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Los jesuitas novohispanos: Ilustración desde el destierro.

Juan Carlos Esparza R.

Aguascalientes, México.

 

Ilustración y modernidad.

El siglo XVIII marca en occidente el inicio de una forma de vida y pensamiento que rompería con los paradigmas antes inamovibles del poder y del conocimiento. El saber se vuelca sobre el individuo como “valor supremo criterio de referencia con el que deben medirse tanto las instituciones como los comportamientos”,[1] y en las revoluciones burguesas se manifiesta la puesta en vigor de las teorías ilustradas del estado moderno. Son además, el ejemplo más anhelado de las próximas naciones americanas, pues no ven alternativa en la tradición política hispánica para resolver la cuestión de la soberanía.

Mientras que la independencia de las trece colonias inglesas, y la Revolución Francesa son la esperanza de los nuevos estados, en el reino de la Nueva España las diferencias nacionales se vuelven más evidentes; españoles americanos y peninsulares no se ven ya tanto paisanos sino extranjeros. La modernidad en el Imperio español ofrece el ejemplo máximo del Despotismo Ilustrado: el poder absoluto del rey alcanza su máxima expresión bajo con Carlos III a la vez que las ideas ilustradas se expanden a todos los aspectos de la vida, ya que

una buena parte de las élites burguesas de finales del siglo XVIII era a la vez ilustrada y profundamente adicta al absolutismo que constituía para ellas el instrumento fundamental de las reformas. Así se explica que los altos funcionarios reales fuesen a menudo en el mundo hispánico [...] los principales agentes, no sólo de la modernización administrativa, sino también de las nuevas ideas.[2]

Así, en América la Ilustración es algo mas que la introducción de nuevas lecturas: concierne a la conciencia de si misma, de su estatus jurídico ante la Corona, el descubrimiento y rescate de su antigüedad y su proyección en el mundo como una nación que trasciende las visiones miopes y mal informadas de los ilustrados europeos. En principio, los responsables de constituir lo que se ha llamado Ilustración Americana fueron los jesuitas novohispanos que, como buenos criollos ilustrados tradujeron el amor a la patria perdida en magistrales obras de notable erudición destinadas a presentar a la Nueva España como una nación por derecho propio. A pesar de todo ellos, en Europa la Compañía de Jesús era vista con muy malos ojos y no sin razón.

Las causas de la expulsión de la Compañía de Jesús.

En el Viejo Continente la actuación de esta orden se extralimitó en sus funciones, pues se inmiscuyó en los altos asuntos del Estado, ya que no había prácticamente monarca sin un confesor jesuita; Además, al llegar a ser los principales confesores de la sociedad, influyeron fuertemente en la vida política, social y económica. Paralelamente a su cercanía con el poder, llevaron al extremo la doctrina del regicidio de Santo Tomás de Aquino a tal grado que en Francia se les implicó en los asesinatos de los reyes Enrique III en 1589 y Enrique IV en 1610, y en el atentado fallido contra Luis XV en 1757, lo que finalmente llevó a su expulsión. En 1750 España y Portugal firmaron un Tratado de límites para poner fin a las disputas entre los territorios de Paraguay y Brasil, en el que ante las acusaciones de corrupción y haber atentado contra su monarca, fueron expulsados de Brasil en 1754 y de Portugal cinco años más tarde. La Compañía aún confiaba en que el Papado tenía más poder que cualquier estado nacional, y por ello buscó su amparo. Clemente XIII emitió en 1765 la bula Apostolicum Pascendi, donde asienta que “La Compañía de Jesús respira el más alto grado de piedad y santidad” y que tildarla de “irreligiosa e impía” era una grave injuria para la Iglesia. Pero, como era de esperarse cuando el siglo de la Ilustración se encontraba en plenitud, esta defensa no tuvo eco alguno.

Sólo quedaba para los jesuitas un estado católico bajo el cual ampararse: España, cuyo rey, Carlos III era conocido por su vida piadosa, pero el rey estaba al tanto de la situación. Por su voto de obediencia absoluta al Papa, los jesuitas resultaron súbditos poco leales al poder terrenal a tal grado de considerarse un verdadero Estado dentro del Estado. Con este “espíritu cismático”, más las acusaciones de regicidio, el monarca español tuvo miramientos para decretar su expulsión. Así pues, la noche del 2 de abril de 1767 los funcionarios de la Corona española recibieron la pragmática real de expulsar a la Compañía de Jesús de España y sus dominios:  

Os revisto de toda mi autoridad y todo mi poder real para que inmediatamente os dirijáis a mano armada a casa de los jesuitas. Os apoderaréis de todas sus personas y los remitiréis como prisioneros en el término de 24 horas al puerto de Veracruz... Si después del embarque quedase en este distrito un solo jesuita, aunque fuese enfermo o moribundo, seréis castigados con pena de muerte.[3]

Las causas en su momento no fueron publicadas, pues Carlos III se reservó “los secretos de su real dilatado pecho” y fue hasta mediados del siglo XX que se encontró el dictamen del extrañamiento. El documento incrimina a la Compañía de Jesús en los motines de 1766 y añade un listado de las conspiraciones y atentados contra de otros monarcas europeos.

Los jesuitas en la Nueva España: abismal diferencia.

En la sociedad virreinal mexicana la Compañía de Jesús en la Nueva España desempeñaba un papel diametralmente opuesto al de sus hermanos europeos; ideológicamente los jesuitas novohispanos se inclinaron desde el siglo XVII por una tendencia de pensamiento cristiano sincretista; y más que hacer  una labor evangelizadora, se apropiaron el pensamiento religioso indígena y establecieron aspectos paralelos entre ellos a fin de cristianizar el paganismo.

Además de enemistarse por esta causa con los dominicos y franciscanos, se les imputaron “los obstáculos que opusieron a la beatificación de Juan de Palafox, obispo de Puebla de los Ángeles, y Virrey y visitador de la Nueva España durante el siglo anterior”,[4] quien obligó a la Compañía a pagar el diezmo.  

El peso intelectual de los jesuitas en la Nueva España determinó el despertar criollo, pues fueron maestros, mentores, voceros y conciencia del pueblo. Su sincretismo también rescató el pasado indígena para limpiarlo de la idea de barbarie que nadie había podido o querido desmentir.



[1] François-Xavier Guerra, Modernidad e independencias: Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p. 23.

[2] Ídem, p. 26.

[3] Carlos III, Orden de extrañamiento de los jesuitas en la Nueva España, en Francisco Xavier Alegre et al., Testimonios del exilio, prólogo de Cecilia Frost, Jus, México, 2000, p. 18.

[4] Fernando Pérez Memen, El episcopado mexicano y la independencia de México (1810-1836), México, Jus, 1977, p. 21