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Los jesuitas novohispanos: Ilustración desde el destierro.

Juan Carlos Esparza R.

Aguascalientes, México.

 

La Compañía de Jesús cobró tal influencia que un gran número de familias tenía parientes en la orden; la educación y las ciencias corría a cargo prácticamente de la Compañía y su expulsión fue un duro golpe a la intelectualidad, pues al tiempo en que el decreto se aplicó, la provincia mexicana se encontraba en un movimiento de regeneración, así que no se trataba de forma alguna de una congregación ni obsoleta ni moribunda: 

Un puñado de jóvenes sacerdotes se había empeñado en la renovación de la enseñanza de la filosofía escolástica. Postulaban la vuelta a los textos originales de Aristóteles en combinación con la discusión de los progresos científicos y filosóficos del siglo XVII. Sin embargo, tuvieron que enfrentarse a las corrientes libertinas y escépticas que se manifestaban en la ilustración europea.[1]

Los jesuitas adujeron como causa de su destierro la campaña emprendida por los philosophes en contra de la Iglesia católica, campaña que inspiraría los ideales de la Revolución Francesa, aunque, en España esta interpretación es muy endeble pues la península no se distinguía por la abundancia de librepensadores, a tal grado de que muy poco tiempo atrás, el clero español todavía condenaba a Galileo y Copérnico.

El decreto se dio a conocer en la Nueva España hasta el día 25 de junio de 1767, y con ello cerca de 2600 jesuitas fueron exiliados de toda la América española, 678 en particular de la provincia mexicana, de los cuales más de 500 eran criollos. Así pues, ordenó el virrey Carlos Francisco de Croix: 

Hago saber a los habitantes de este Imperio, que el Rey nuestro Señor [...] se ha dignado á mandar [...] se estrañen de todos sus dominios de España é Inidas, Islas Philipinas y demás adyacentes á los religiosos de la Compañía, [...] estando estrechamente obligados todos los vasallos de qualquiera dignidad, clase, y condición que sean, á respetar y obedecer las siempre justas resoluciones de su soberano, deben venerar, auxiliar y cumplir esta con la mayor exactitud y fidelidad [...] pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos de el gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar, y obedecer, y no para discurrir, ni opinar en los altos asumptos del Gobierno.[2]

La conmoción fue tal que de inmediato brotaron motines en las principales ciudades del reino. En Guanajuato, el visitador José de Gálvez, quien fue el encargado de aplicar todas las reformas modernizadoras en América, persiguió personalmente a los iniciadores del tumulto y ordenó que fuesen decapitados y que sus cabezas se exhibieran en los lugares públicos y cerros de la ciudad. En México el virrey ordenó a la Inquisición expedir una condena a todo el que escribiese en pro o en contra de la Compañía.

Se embarcaron los jesuitas con destino a la Península Itálica pero el Papa Clemente XIII se negó a recibirlos en los Estados Pontificios. Esto no era sino una táctica política para que regresaran a España, nulificar el decreto y ridiculizar la autoridad de Carlos III, pero esto no sucedió; la voluntad del monarca se impuso y los jesuitas pudieron llegar al fin a Génova y Córcega para repartirse después en Bolonia y Ferrara.

La expulsión de los jesuitas marca el declive de la autoridad de la Iglesia sobre los Estados nacionales, es decir, es uno de los primeros pasos para la revolución de la modernidad: el triunfo del poder temporal sobre el espiritual, y ello se aprecia en la extinción de la Compañía por Clemente XIV a instancias del Monarca español.

Si la Compañía de Jesús era culpable en Europa de los excesos que se le imputaban, al parecer en América su vida se desarrollaba también a favor de las letras, las artes y las ciencias y fueron ellos los arquitectos de la incipiente conciencia nacional entre los criollos. En palabras de algunos de los miembros mexicanos de la Compañía de Jesús, las impresiones de su acción en el reino y del destierro fueron las siguientes:

Prescindiendo de los motivos ocultos y políticos, de que se decía movido el soberano, sus vasallos de Indias no veían en los jesuitas, sino unos hombres observantes de su profesión, recogidos en sus colegios, sinceros y honrados en su trato, pobres en su vestido, [...]

sin excepción cuidadosos del culto divino, en el cual y en alivio de los pobres empleaban todo el sobrante de sus colegios, a quienes el silencio, la modestia, y el decoro de sus acciones distinguían de todos los demás: a quienes el estudio, el consejo, la devoción, la explicación de la doctrina cristiana, las visitas de cárceles y hospitales [...] y más que todo la educación de la juventud, hacía ver como los más útiles y necesarios al público.[3]

La política modernizadora de los monarcas Borbones en el aspecto educativo parece estar encaminada a subsanar desde el estado la pérdida de la educación dada por la Compañía de Jesús y por ello comienza la fundación de Colegios Reales como el de Minería y la Academia de las Nobles Artes de San Carlos; además se alentó facilita la publicación de libros y periódicos que la Inquisición antes censuraba. El golpe de gracia fue el documento Papal Dominus ac redemptor de Clemente XIV en que se abolía la Compañía en el año de 1773.

Existe una tendencia a considerar la expulsión de la Compañía de Jesús como la ruina de la Nueva España a cargo del más déspota de los monarcas; esto es una exageración, pues como se ha visto, “si los jesuitas se hubieran limitado a su labor pastoral, a sus colegios y misiones y aún a una que otra polémica teológica, el decreto real resulta inexplicable y hasta poco político”.[4]



[1] David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, Era, México, 1997, p. 32.

[2] Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos, tomo IV: Historia del Virreinato, Editorial Cumbre México, 1984, pp. 385-386.

[3] Francisco Xavier Alegre, en Testimonios..., op. cit., p 31.

[4] Cecilia Frost, prólogo a Ídem, p. 8.