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Los jesuitas novohispanos: Ilustración desde el destierro.

Juan Carlos Esparza R.

Aguascalientes, México.

 

Intermedio: los jesuitas en Aguascalientes.

Aunque la Corona española nunca autorizó la fundación de un colegio jesuita en Aguascalientes, éstos tuvieron un papel preponderante en la actividad económica de la región. Cuenta Agustín R. González que una vez que la minería prosperó en la villa de los Asientos de Ibarra, la Compañía compró las minas, incrementando con ello su riqueza y la del pueblo. Bajo su patrocinio floreció la arquitectura y al pintura, pero después de su expulsión, la minería se abandonó y Asientos sufrió una gradual decadencia.

El Real de Asientos fue la única población aguascalentense que tuvo asentamientos jesuitas, específicamente en la hacienda de cieneguilla. Las familias pudientes mandaban a sus hijos a educarse en los colegios de Zacatecas y de San Ildefonso en México. Al momento del destierro, se tuvo noticia de tres jesuitas aguascalentenses: “La familia Díaz de León vivió la expulsión de dos de sus miembros y la familia Gallardo de uno de ellos”.[1]

La miopía de la Ilustración europea.

La misma Ilustración europea que produjo tantos textos que sentaron las bases de la ciencia moderna y la formación del estado, también se dedicó a atacar todo lo referente la continente americano; algunos autores concuerdan en la suposición de la inferioridad y degeneración americana provocada por el determinismo climático; y rechazan los textos de los cronistas de la conquista. El patriotismo de los criollos fue severamente ofendido y serían los jesuitas quienes, desde Italia, lanzaron sus obras de vindicación, todas ellas con un carácter sistemático y objetivo sumamente admirable.

Todo comenzó en  1747, cuando George-Louis de Leclerc, conde de Buffon desarrolló en su Historia Natural la hipótesis de que, geológicamente, América era un continente nuevo, recién emergido de las aguas cuyas tierras no eran sino pantanos y “fétidas marismas”; su postulado de la inferioridad americana por el determinismo climático es aceptada sin cuestionamientos por tres autores ampliamente difundidos: Cornellius de Pauw, William Robertson y Guillaume Thomas Raynal, pero todos ellos serán refutados por los jesuitas exiliados, quienes con su defensa, realizaron los primeros estudios sistemáticos de México.

El ataque sigue con Cornellius de Pauw mediante la aparición en Berlín en 1768 de sus Investigaciones filosóficas sobre los americanos. Describía a las civilizaciones precortesianas “como una mezcla de bajeza y barbarie, al indio como un ente estúpido, borracho, corrompido y degradado, a los millones [sic] de castas de la misma condición y negligencia del indio ya los criollos como libertinos, viciosos e indolentes”.[2]

El historiador escocés William Robertson, ministro presbiteriano y rector de la Universidad de Edimburgo, en The History of America (1777), presenta a la cultura azteca como un pueblo que no tiene ningún derecho de “compararse con las naciones que merecen el nombre de civilizadas”;[3] para tan sabio juicio se basa en los relatos de los marinos cuyo único contacto con los pueblos indios había sido con las tribus nómadas del Canadá. A pesar de sus desvaríos, la obra fue premiada en Madrid y traducida al castellano y publicada con el aval de la Real Academia de Historia de España.

Finalmente Guillaume Thomas Raynal, un jesuita renegado de origen francés presenta en su Historie philosophique... du commerce des eurpeéns dans les deux Indes un

verdadero popurrí en que fragmentos de estadísticas comerciales competían por el espacio con anécdotas sentimentales, disquisiciones o temas tan técnicos como el cultivo del añil, todo con una buena dosis de retórica, el resultado fue un galimatías que se quería hacer pasar por historia universal.[4]

Su opinión de los indios y de los criollos no difiere de los otros escritores y abiertamente califica a España como una extensión de África del norte, fanática e ignorante, más afín al salvajismo del Islam que a la Europa moderna. Mientras que Cortés era “un asesino cubierto de sangre inocente”, un guerrero animado por la avaricia y la sed de gloria, Carlos III significaba la promesa de futuros progresos para España, pues gracias a él se incrementó el poderío naval y el comercio oceánico mediante al atinado decreto de 1788.

Surgimiento de una Ilustración americana.

Confinados en Bolonia y Ferrara y privados de las fuentes necesarias para emprender el contraataque a los Ilustrados europeos, los jesuitas mexicanos sacaron a la luz obras magistrales de carácter histórico, jurídico, teológico y de todas las artes y ciencias que significaron la consolidación de la inteligencia novohispana y las primeras obras científicas hechas por mexicanos patriotas que trascendieron las límites del virreinato. Dos autores de la Compañía de Jesús bastan a considerar dentro de esta empresa: Francisco Xavier Clavijero y Francisco Xavier Alegre.

Al primero se le debe la conformación de lo que pude considerarse como la primera Historia de México libre de prejuicios teológicos maniqueos que resalta el pasado prehispánico y lo incorpora a la ideología del criollismo para forjarse un pasado glorioso y por tanto, afianzar su legitimidad. El segundo es autor de una Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en la Nueva España redactada prácticamente de memoria desde el exilio y privado de sus manuscritos originales, así como del rescate de la tradición neoclásica española en los asuntos del gobierno y la soberanía.



[1] Beatriz Rojas, De la conquista a la independencia, en Breve Historia de Aguascalientes, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, Fideicomiso Historia de las Américas, México, 1995, p.55.

[2] Luis Villoro, El proceso ideológico de la Revolución de Independencia, UNAM, México, 1983, p. 145.

[3] Robertson en Brading, Orbe Indiano, de la monarquía católica a la república criolla: 1492-1867,Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p. 472.

[4] Ídem, p. 478.