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Los jesuitas novohispanos: Ilustración desde el destierro.

Juan Carlos Esparza R.

Aguascalientes, México.

 

Francisco Xavier Clavijero (1731-1787)

Proveniente de una noble familia española, desde niño estuvo en contacto con los indígenas súbditos de su padre, situación que favoreció su excelente asimilación de las lenguas autóctonas; por su notable inteligencia, al terminar su noviciado se le otorgaron al frente de las cátedras de letras y filosofía y la prefectura del Real Colegio de San Ildefonso, donde su instrucción fue muy docta no solamente en teología, humanidades sino también en los filósofos modernos como Descartes, Gassendi, Leibnitz y Newton. En el Colegio de San Nicolás de Valladolid fue maestro del joven Miguel Hidalgo, y finalmente fue catedrático del colegio de la Compañía en Guadalajara al momento de expulsión. Su afición principal fue la Historia de su patria; en la ciudad de Bolonia, escribió en italiano su Storia antica del Messico, que salió a la luz en la ciudad de Cesena en 1780.

 

La Historia Antigua de México fue la primera obra sobre los aztecas que presentaba en un solo libro una visión completa de la historia indígena. Inmediatamente después de su publicación fue aclamada por la comunidad intelectual europea como una obra excelente que llenaba los criterios de los mejore historiadores de la época, de la historia ilustrada.[1]

Al año siguiente añadió un cuarto tomo, las Disertaciones donde se encarga de desmentir las patrañas de los philosophes, especialmente del abad Cornellius de Pauw, a quien no le mereció más opinión que la de ser un

albañal [que] ha recogido todas las inmundicias, esto es los errores de todos los demás. Si parecen un poco fuertes mis expresiones es porque no hay que usar dulzura con un hombre que injuria a todo el Nuevo Mundo y a las personas más respetables del Antiguo.[2]

¿Porqué añadir a su brillante Storia un cuarto y último tomo dos años después de su publicación? Clavijero lo explica así:

  las disertaciones [...] son necesarias para disuadir a los incautos lectores de los errores en que han incurrido muchos autores que, sin suficientes conocimientos, han escrito sobre la tierra, los animales y los hombres de América. Porque ¿cuántos al leer, por ejemplo, la obra de Paw, Investigaciones filosóficas sobre los americanos, no se llenarán las cabezas de mil ideas contrarias a la verdad de mi Historia?[3]

Su ataque se dirige principalmente a este autor holandés, “que copia gran parte de las opiniones de Buffon, y, cuando no las copia, multiplica y aumenta sus errores”.[4]

Contra sus hipótesis sobre la degeneración de las especies en el suelo americano, manifiesta que “si Paw hubiera escrito sus Investigaciones filosóficas en América, podríamos sospechar de la degeneración de la especie humana”.[5] Sus opiniones sarcásticas lejos de ir en perjuicio de la objetividad de la Storia, reflejan la autoridad con la que el mexicano derriba los absurdos del europeo.

Resalta en los indios la capacidad de aprendizaje para todas las artes y oficios, su condición física intachable que les permite soportar pesadas cargas de trabajo y realizar espléndidas obras de arte “mientras que el vigoroso Paw y otros infatigables europeos se ocupan de escribir invectivas en su contra”[6] pero su interés central será borrar la idea de barbarie que se tenía de las civilizaciones precolombinas.

La trascendencia de su obra es tal, que “más que autor de la historia de México, debe llamarse su creador. Había miles de fragmentos utilizables para esta gigantesca construcción, pero obra de conjunto, de partes bien tratadas y unidas, no había ninguna”.[7] Muere en 1787 víctima de una dolorosa infección vesicular; sus restos han sido reinhumados en la rotonda de los Hombres Ilustres.

Francisco Xavier Alegre (1729-1788)

Nacido en el puerto de Veracruz, desde niño mostró un gran deseo de conocimiento en todas las materias. Siendo hijo de un importante proveedor de las flotas marinas, se relacionó con los instrumentos y cartas de navegación. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1747 y aprendió por su cuenta las lenguas griega, hebrea y mexicana y del latín.

Una vez ordenado sacerdote se le envió a La Habana donde fue catedrático en retórica y filosofía y donde se inicia en el conocimiento de las matemáticas y de la lengua inglesa. De La Habana se traslada a Mérida para impartir la cátedra de Derecho Canónico y en esta ciudad comienza a redactar su Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en la Nueva España. Durante su estancia en el Real Colegio de San Ildefonso, es promulgado el decreto de expulsión y tiene que abandonar todos sus manuscritos para emigrar a la Península Itálica; cabe decir que

  No es pequeña alabanza [...] movido de las instancias de sus amigos, empleó sus ocios de Bolonia en redactar un Compendio de ella; admirando todos con razón, que conservara no sólo los hechos, sino hasta las fechas y muchos pormenores, sin otro auxilio que su estupenda memoria.[8]

Al tiempo de efectuar las últimas correcciones a su principal obra, Instituciones Teológicas, obra en la que muy anticipadamente a los hechos posteriores, analiza las cuestiones del origen del poder y la soberanía, fue víctima por tercera vez de un ataque de apoplejía y falleció el 16 de agosto de 1788. 

La importancia del texto de Alegre radica en el temprano cuestionamiento y análisis de los asuntos de la soberanía del pueblo, el origen del poder y la autoridad y la capacidad de los soberanos para su ejercicio. El interés de Alegre es la justa ordenación del estado conforme a sus partes, de lo que se aprecia la fusión de las influencias de la tradición jurídica escolástica y neoclásica que se anticipa por cuatro décadas al debate sobre la soberanía generado en 1808:

  Al someterse cada uno con solemne promesa de fidelidad al imperio el soberano, cada uno transfiere al rey el derecho que en sí mismo tenía. Y de todas estas obligaciones de los particulares resulta el derecho del rey sobre todos y cada uno de los ciudadanos. Lo cual una vez establecido, nace la potestad coactiva, mediante la cual nadie pueda impunemente despreciar los mandamientos del rey así constituido, y ayudado por la fuerza de los que a él se liaron y sometieron; ni tampoco podrá alguno pretender que se transfiera a otro la autoridad regia.[9]

Finalmente, la Ilustración Americana, dio sus más admirables frutos en el exilio jesuita, y aquellos sacerdotes demostraron con creces que los escritos de los philosophes europeos carecen de toda objetividad y metodología científica de la que en principio se jactan; las concepciones erróneas y mal intencionadas con las que se refieren a América son abundantes pero no por ello representan un obstáculo infranqueable para aquellos pensadores mexicanos que, afianzados por el fuerte amor a la patria perdida y su genio innato a pesar de las desgracias que su expulsión les acarreó, produjeron tan magníficas obras que serían piedra angular para la formación de la conciencia nacional mexicana.



[1]Dorothy Tanck de Estrada, Clavijero: Defensor de los idiomas indígenas frente al desprecio europeo, en Alfonso Martínez Rosales, (compilador), Francisco Xavier Clavijero en la Ilustración Mexicana 1731-1787, El Colegio de México, México, 1987., p. 15.

[2] Francisco Xavier Clavijero, Historia antigua de México, Porrúa, col. Sepan cuántos..., no.29, México, 1991, pp.422-423.

[3] Clavijero, op. cit, p. 422.

[4] Ídem, p. 456.

[5] Ídem, p. 503.

[6] Ídem, p. 510.

[7] Gabriel Méndez Plancarte, Humanistas del siglo XVIII, UNAM, Biblioteca del Estudiante Universitario no. 4, México, 1941, pp. XI-XII.

[8] Manuel Fabri, De Auctoris Vita Comenarius, en Méndez Plancarte, op. cit., pp. 172-173. (traducción del latín de Joaquín García Izacabaleta).

[9] Francisco Xavier Alegre, Instituciones Teológicas, en Ídem. pp. 48-49.