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Monografía de Procesos Sociales de América III

Receta para fabricar un argentino medio

[1]

Gretel Echazú  Año 2003

 

LA CONSTRUCCIÓN DE LA IMAGEN SOBRE EL INMIGRANTE

EN LA SOCIEDAD ARGENTINA

INTRODUCCIÓN

A partir de que el estado argentino se estructura, las acciones inmigratorias pasan a ser parte fundamental de su función política. Particularmente en Argentina, desde el siglo XIX, se hizo hincapié en la construcción de un país multicultural, con flujos provenientes ‘de todos los países del mundo’. Es así como las políticas de recepción de inmigrantes europeos, sobre todo desde 1870 a 1930, dieron forma, no sólo a la sociedad del momento, sino a la imagen que esa sociedad construyó de sí misma, y a la imagen que en otros países del mundo se popularizó sobre nuestro país.

El flujo de migrantes europeos participará de la modificación de muchas estructuras económicas, pero también en la construcción de la idea de la nación argentina, de la argentinidad.

Los migrantes europeos representaron durante mucho tiempo lo que nuestra nación quería mostrarse a sí misma y mostrar al mundo: una ética del trabajo particular, una cultura, una situación de privilegio en el concierto de naciones.

Sin embargo, en la práctica hubo matizaciones de este estereotipo: las acciones de la comunidad migrante y las de los propios nativos demuestran muchas variantes respecto del modelo la sociedad integrada armónicamente en la vasija del ‘crisol de razas’.

La acción cotidiana e incluso la expresión política de ambos grupos (nativos y extranjeros) se considera fundamental para explicar estos matices, pues no siempre los nativos han sido tan receptivos (aún respecto de los europeos), ni los europeos, colectiva o individualmente, han querido acatar siempre la imagen que de ellos se impuso.

La tarea reordenadora del estado fue por ese entonces prioritaria para incluir todas estas respuestas dentro de su propia lógica (reprimiéndolas, fomentándolas, o ignorándolas deliberadamente).

El estado modela la nación sobre dicotomías morales, tendientes a dar unidad a su variada población en la construcción de la alteridad: somos porque nos oponemos a, porque nos diferenciamos de. Además, esta alteridad está cargada de valoraciones morales: buenos vs. malos. A partir de esta dicotomía, se modela históricamente lo que será bueno ‘ser’ para la sociedad: ser blanco o negro, capaz o incapaz, civilizado o bárbaro, trabajador o vago, noble o traidor. La construcción de este modelo no contempla grises. Esos grises, en todo caso, se ignoran, aclaran u oscurecen.

Ahora veamos cómo los aplica el estado en el caso particular de la inmigración, y cuáles son los matices que es necesario introducir.

En el contexto del nacionalismo, ser bueno significa básicamente ser nativo, por oposición a ser extranjero (Anderson, 1997). El inmigrante como tal es producto de los nacionalismos y de las fronteras que por éstos se generaron.

Pero ser nativo no significa lo mismo que haber nacido en el país. Existe la  opción de la naturalización, por la cual la fatalidad histórica de haber nacido en el extranjero puede remediarse.

Además, la categoría de pertenencia a la nación puede abrirse formalmente y a través de una ley para los migrantes de determinado origen, y puede cerrarse para los demás. Eso depende de las políticas abiertas o restrictivas que encare el estado, y de si ellas son, además, selectivas. En Argentina, eso ocurrió hacia el año 81 durante el gobierno de Videla.

Pero no nos adelantemos. Aunque las políticas inmigratorias de fines del siglo XIX estaban claramente orientadas a la recepción y facilidades para migrantes europeos, y en este sentido eran selectivas, no había habido más diferenciaciones a nivel jurídico respecto de los otros flujos inmigratorios. Es más: la sociedad no había siquiera pensado que podía haber, cuando de hecho había, una gran diversidad étnica ingresando a nuestro próspero país por los cuatro puntos cardinales[2].

La primera generación de europeos fue reconocida popularmente como la generación de ‘los’ inmigrantes. Las diferencias idiomáticas y de rasgos corporales así lo confirmaban a primera vista. No hacía falta preguntarse sobre la extranjería de aquél hombre de traje raído, que bajaba del barco únicamente con su maleta de cuero y que aparecía recurrentemente en los dibujos de la época. Asimismo, nadie se planteó el origen también inmigratorio de aquél ‘cabecita negra’ que llegaba a la ciudad de Buenos Aires. La situación real de los primeros no fue, en términos de ayuda estatal, muy diferente de la de los segundos. Pero la nativización y la integración cultural fueron pensadas solamente para los primeros, los ‘visibles’.

De esta forma, no sólo el hecho de ser nativo o extranjero va a configurar la actitud que tenga la sociedad o el estado respecto del individuo. Va a ser no sólo importante, sino también determinante, la diferencia entre ser extranjero europeo o latinoamericano. Los primeros, además de mayor visibilidad, tendrán guardado el lugar de la cúspide en el modelo de crisol de razas de la sociedad argentina, pues como ya han destacado otros, la idea de crisol de razas no alude siempre a una fundición definitiva de los componentes, sino que muchas veces se presenta como un proceso ordenador y diferenciador.

El inmigrante europeo es entonces el que se ve, al que se quiere ver pues es el que se busca, mientras que el migrante limítrofe e incluso el del interior viene a representar un pasado bárbaro, diríamos, demasiado cercano como para mirarlo objetivamente. Los esfuerzos modernizadores del estado nacional habían tendido a superar la barrera que separaba la barbarie de la civilización, y para la elite dirigente no había nada tan satisfactorio como ver a esos pequeños símbolos humanos arribar al puerto de Buenos Aires.

El primer pensamiento inmigratorio de la generación de Sarmiento, Alberdi y otros postula otra pauta de selectividad para los inmigrantes, digamos una ‘preferencia’: los nord – europeos, aquellos más inconfundiblemente adscriptos a la raza blanca y a la Cultura Ilustrada: alemanes e ingleses, mayormente. Sin embargo, los contingentes más voluminosos no fueron para nada estos, sino una gran diversidad de grupos étnicos rurales conglomerados en la‘hispanidad’o ‘italianidad’, que por otro lado fueron categorías de pertenencia nacional que también se hallaban en formación.

Más adelante, en el primer gobierno de Perón se popularizan otras variantes de selectividad: así, en medio del temor generado por la segunda posguerra, del fantasma del racismo que el gobierno de Alemania difundió ante el mundo, se estableció una oficina étnica, el Instituto Étnico Nacional, que atendió a la cantidad y forma de la inmigración, "antes de que el aluvión inmigratorio de la posguerra complique aún más la vida orgánica del país” (Congreso Argentino de Población, 1940).

El tipo humano más conveniente para mestizarse con la sociedad argentina no se consideraba ya que fuera el habitante del norte, sino el de climas mediterráneos, que en razón de su fisiología adaptada a los climas cálidos podría integrarse a nuestra sociedad sin mayores dificultades. El elemento hispano e itálico, incorporado al ethos de la sociedad, fue arma para no integrar minorías indeseables como la de los judíos[3]. En el proceso de fusión de razas que de acuerdo a los intelectuales nacionales debía preceder al del sentimiento patriótico, era imprescindible conservar la gran mayoría de italianos y españoles, principales representantes del ‘Homo Mediterraneus’(Imbelloni, 1947).

Pero mientras los grupos de origen europeo participan de esta forma en el modelo de la sociedad deseada argentina, hay otro grupo que paralelamente será contemplado casi como antítesis de esta imagen, cosa que ocurrirá sólo más adelante cuando de ser ‘invisibles’, los migrantes limítrofes pasen a ser ‘un problema’. Y ello será expresión de una nueva actitud del estado respecto de esta clase de migraciones.

Así, a mediados de este siglo, de la misma forma en que el inmigrante europeo se mostró como encarnación de las virtudes de la nación, el limítrofe pasa a representar en forma cada vez más frecuente y consensuada el papel del ‘antihéroe’, causa de los males más temidos de nuestra sociedad.

Como incluso los miedos que los actores de una sociedad tiene tienen raíces históricas, los males atribuidos han ido variando: desde el temor a la ‘pérdida de calidad genética’, con las consecuentes taras sociales que la raza americana reproducía, hasta el miedo a la violencia o la desocupación, el fantasma más poderoso que enfrentamos en el ocaso de nuestra sociedad salarial.



[2] Piénsese en las migraciones de países limítrofes, pero además de  judíos, árabes, libaneses, norafricanos etc. que en forma menos visible acompañaron a las de pueblos europeos.

[3] Los judíos fueron excluidos según criterios explícitos de "deseabilidad" del Primer Plan Quinquenal. Los tres puntos críticos fueron: 1) la no emisión de  permisos de ingreso a favor de parientes de segundo y tercer grado; 2) la suspensión completa de la emisión de permisos de permanencia en favor de inmigrantes judíos procedentes de países limítrofes; 3) el rechazo del Ministerio Relaciones Exteriores y Culto a otorgar visas de tránsito a países vecinos. (Senkman, 1992)