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Monografía de Procesos Sociales de América III

Receta para fabricar un argentino medio 2/

Gretel Echazú  Año 2003

 

Así, las políticas inmigratorias del estado argentino han generado estereotipos que aún hoy condicionan la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y en que percibimos a los otros dentro de nuestra sociedad.

Ya ha pasado la etapa en que el estado ponía en marcha, invirtiendo ingentes cantidades de recursos, mecanismos de propaganda y educación para formar las conciencias ciudadanas. Sin embargo, en esta nueva fase es posible observar prácticas que concuerdan con aquella imagen (sobre todo en los terrenos más ‘estatizados’ como la escuela y los servicios públicos), y que se imbrican con las de los nuevos grupos de poder (la prensa masiva puede representarlos muy bien) muchas veces para continuar la definición negativa del otro por oposición al ‘nosotros’.

Es importante recalcar que ser ‘otro’ no implica en forma definitiva haber nacido en otro país, el europeo en determinada época es muy diferente (en su idioma, en sus rasgos corporales) de la mayoría argentina, pero sin embargo, se naturaliza su imagen, los grupos de poder se apropian de ella y la resignifican. Del mismo modo, aquél sobre el que se construye la alteridad fundamental es sobre el inmigrante limítrofe, alteridad cuyas características principales no varían demasiado de aquél modelo con el que se condenó dentro de nuestro país al gaucho o al indio[1]. Las mayorías de nuestro país han tenido que aprender a verse como minorías, con espacios muy limitados de reconocimiento o valorización de su identidad, condenados por la sociedad dominante a ser ‘feos, sucios y malos’.

El estado, en su función monopolizadora del capital simbólico, ha generado sobre nosotros mismos pautas identitarias que no se corresponden con la realidad cotidiana del mundo en que vivimos: un mundo mestizo y heterogéneo.

La necesidad de reconocer a los ‘otros’ con los que interactuamos cotidianamente (no sólo minorías nacionales, sino también de elección sexual, de capacidades físicas o mentales, de tendencias políticas) y reconocer lo que nos puede identificar en un nuevo ‘nosotros’ puede ser una pauta interesante para comenzar a ver el mismo mundo de otra forma, lo que puede ayudar a ver las alternativas posibles a seguir como sociedad en este contexto de crisis.

Nuestra identidad múltiple, realza sus partes creadoras a partir de la fecunda contradicción de las partes que la integran. Pero hemos sido amaestrados para no vernos. El racismo, mutilador, impide que la condición humana resplandezca plenamente en todos sus colores.”

Eduardo Galeano

LAS MIGRACIONES DESDE EUROPA: EL PROGRESO OBJETIVADO

Esta historia comienza a fines del siglo XIX, y tiene como escenario principal las ciudades portuarias argentinas.

[2]

Así como “el único ferrocarril malo es el que no se construye” (según Lucio V. Mansilla), el único pueblo indeseable es el que no progresa, el que se ata conscientemente a un pasado arcaico y no supera su situación económica, intelectual o étnica.

Por aquel entonces, la Ilustración había elaborado un sinfín de teorías que explicaban el mundo del hombre en forma definitivamente vinculada a su superioridad o inferioridad biológica congénita. Así, miles de explicaciones científicas asumieron la ideología básica de la expansión eurocentrista y los prejuicios de la clase dominante: la superioridad de la raza blanca, la transmisión hereditaria de los valores y las aptitudes morales e intelectuales.

En nuestro país, como habría ocurrido en los países que buscaban una inserción rápida y efectiva en el sistema capitalista mundial (caso de EEUU o Australia), durante el siglo XIX se comenzó a relacionar a las corrientes inmigratorias con el progreso. Los intelectuales progresistas de la época elaboran, en consecuencia, entusiastas proyectos pro inmigración.

El tema inmigratorio se ubica en el marco de las relaciones internacionales entre estados. A mediados del siglo XIX, como afirma H. Donghi, la revitalización de las relaciones internacionales estimula la formación de una imagen más rica y compleja de la relación entre Argentina y el mundo, cuya fluidez comienza a considerarse cada vez más ‘necesaria’.

Argentina, de acuerdo a pensadores y políticos de la época, está embarcada en la tendencia natural a estrechar lazos con las naciones de Europa, recibiendo de ésta brazos y capitales, y dándole productos de la tierra[3].

En principio, las transformaciones en el orden capitalista mundial ofrecen, para los intelectuales del momento, observadores situados en la periferia, perspectivas de cambio inmensas.

No sólo a nivel económico, sino a nivel social: desde la elite liberal el proyecto de modernización de la nación argentina se planteó como meta para alcanzar el Progreso Mundial. La estimulación de la inmigración europea era uno de sus puntos fundamentales.

El europeo es, en forma recurrente, pensado por los intelectuales como una especie de ‘tutor moral’, figura que porta no sólo las semillas de una inminente revolución industrial, sino también el fuego de la cultura, el elemento transformador de la realidad nacional.

El inmigrante es aquel que trae “del trabajo antes no honrado / la visión ennoblecida” y expresaba su suficiencia en términos intelectuales y morales “derramábase la Europa / que sin duda Juan Sin Ropa / era la ciencia en persona” (Rafael Obligado, ‘Santos Vega’, 1855).

Todas estas ideas, sustentadas por algunas teorías biológicas del momento, se mostraban aún más concluyentes: el inmigrante europeo poseía indiscutidos ‘rasgos genotípicos de orden, disciplina y templanza’ (Pacecca, 2001), que lo posicionaron como vehículo civilizatorio por antonomasia.

En el marco de las relaciones internacionales, la posición de Europa en ese momento era hegemónica. Su superioridad no sólo económica sino también ‘racial’ era indiscutida.

Nadie parecería pensar a esta población con tantas dotes naturales simplemente como ‘mano de obra’. El factor económico queda, de este modo, subvertido en cierta forma a los raciales, intelectuales y morales.

De esta forma puede comprenderse con más exactitud la política económica del momento, que requirió inmigrantes para todo tipo de trabajos (urbanos, rurales) y no implementó prácticamente planes de inserción laboral de la población nativa, lo cual, en muchos aspectos, hubiera presentado costos más reducidos para el estado.

La concepción del momento decretaba imposible que Argentina fuera llevada al Progreso en manos de la ‘progenie bastarda, rebelde a la cultura, y sin tradiciones de ciencia, arte o industria’ que se concebía era la población nativa.

Pacecca comenta que un diputado por la provincia de Corrientes sostuvo que los nativos deberían poder gozar de los mismos beneficios que los extranjeros, y propuso dar tierra e instrumentos de labranza a los argentinos pobres, acción destinada a los extranjeros. Su propuesta fue rechazada como una reacción inútilmente filantrópica, que sólo contribuiría a fomentar el ocio de la población nativa.

Es necesario introducir otro elemento al análisis. Si bien el ideario intelectual del momento presentaba una imagen positiva del migrante, en la práctica, las elites aún lucharon por conservar su hegemonía. De esta forma, por ejemplo, en términos reales, el proceso de distribución de la tierra fue muy débil, y la elite criolla continuó poseyendo las mayores concentraciones de la propiedad[4].

Así, aunque algunas leyes fomentan la inmigración orientada a la actividad agrícola[5],  en la mayoría de los casos la necesidad conduce a los migrantes a asentarse en las ciudades: la oferta de trabajo más abundante se hallaba en aquellos núcleos vinculados al creciente proceso de modernización.

Y será este fenómeno el que proporcione el puntal para una nueva complejización de la visión del migrante.

DE IMAGINARIA CLASE LABORIOSA A CLASE REAL PELIGROSA

La historia sigue y las ciudades son ya grandes centros urbanos, mientras los conflictos crecen y las grandes ideas tienen que adaptarse a la simple realidad de todos los días.

[6]

Nunca he visto un anarquista que tenga la cara simétrica

Cesare Lombroso

Las viejas ciudades coloniales no reunían las condiciones necesarias para albergar el aluvión inmigratorio[7] . Así es como Buenos Aires, Santa Fe, Rosario, se extienden hacia los suburbios, se forman barrios que en muchos sentidos se constituirán como los primeros ghettos urbanos. Esto configura para la vida de las ciudades un sentimiento de incomodidad general, sostenida por el hacinamiento, la no planificación de las viviendas, la falta de higiene pública.

A su vez, el migrante, antes modelo de contemplación ideal para el argentino, comienza a actuar en la sociedad: pasa a ser trabajador.

Es en esta coyuntura crítica cuando comienzan a manifestarse los rasgos de un nacionalismo que apela a preservar "las virtudes heredadas y el acervo patrimonial" de los argentinos, para "que no se desnaturalicen dentro de una babilonia cosmopolita mal administrada" (Senkman, 1993). Este nuevo nacionalismo mestizo apela a la hispanidad y aún a lo indígena, en el supuesto de que ello forma la raza argentina nuclear, y se contrapone por primera vez a la imagen idílica a los migrantes transatlánticos.

Los migrantes no sólo poseían manos para trabajar, sino una ética diferente, como grupo luchaban, además, por un lugar en la sociedad, necesitaban expresarse. De este modo, en muchos casos se asociaron, con la consigna étnica y de clase combinadas de renovadas maneras: asociaciones agrupadas por nacionalidades, por oficio, partidos políticos agrupados por una tendencia ideológica común, grupos de resistencia…[8]

La protesta lleva a actitudes condenatorias por parte de la sociedad dominante (y muchas veces, también de los otros grupos subordinados): el extranjero tiene salidas ‘exóticas’, ‘artificiales’ ‘caprichos extranjerizantes’.

Se califica en forma peyorativa al trabajador migrante cuando éste presenta signos de resistencia colectiva; desde ‘arribista’, ‘materialista’, ‘tacaño’ hasta ‘criminal innato’, desde una visión lombrosiana de los rasgos corporales: el criminal, el paria, actuaba por compulsión hereditaria, por impulsos que llevaba ‘en la sangre’ (Svampa, 1994), y algunos migrantes presentaban claros rasgos fenotípicos de su pertenencia a la ‘subcultura europea de marginados’ (Saez Capel, 1991).

El migrante europeo, de alguna forma previamente excluido, ingresa (sobre todo en América Latina) a una sociedad constituida por la desigualdad, con cotas variables de violencia represiva.

La acción estatal se encargó directamente de tutelar el orden público.

Todo emigrante politizado era considerado en la práctica ‘socialmente peligroso’. La Ley de Residencia, sancionada en 1902, tiene como meta expulsar por vías administrativas a todo inmigrante “cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”.

Estas disposiciones evidencian que cuando el extranjero lleva adelante una práctica política encontrada con los intereses de la elite dominante, su ilegitimidad como enunciador será denunciada por la supuesta precariedad de los vínculos que lo unen a esa sociedad.

El crisol ‘fragua’ en varias corrientes, lo natural se opone a lo extranjero, se busca la homogeneidad étnica como expresión de la homogeneidad de intereses, y lo que autoriza a enunciar en esta coyuntura es el vínculo que sólo un nativo puede tener con su patria: ‘las libertades políticas necesitan ser impulsadas por los sentimientos de patriotismo, espíritu de los que alientan un verdadero amor por una nacionalidad determinada’ 

Los elementos del racismo, una vez más, serán los que expresen las raíces de los conflictos sociales y políticos, que tienden ahora a leerse en la simple contraposición de lo nativo con lo extranjero.

Bajo este categórico rechazo se ocultan los miedos de una clase dirigente amenazada, invadida, desbordada, que no había previsto en forma clara las consecuencias del ingreso de estos millones de manos laboriosas.

Hay una suerte de continuidad inconsciente entre las visiones de mundo de la elite criolla previa y posterior al aluvión inmigratorio. Hay un intento desesperado, aunque nunca ya totalmente satisfecho, por perpetuar el orden político y social anterior. De esta forma, apuesta por el proyecto inmigratorio, imagina a la clase migrante, pero se anquilosa en una postura económica, social e ideológica que no se adapta al cambio real que inevitablemente pone en marcha el proceso inmigratorio.

Así, a través de su acción social y política, muchas veces plasmada en los medios de prensa, los más activos colectivos de inmigrantes colaboraron con contrapuntos al imaginario social en construcción, contribuyendo a formar, desde dentro, una nueva y más rica imagen de sí mismos.

La imagen del inmigrante laborioso, arquetipo del trabajador incansable, supuesta en el pensamiento de Alberdi[9], comienza aquí a derrumbarse.



[1]El indio es indio y no quiere / apiar de su condición / ha nacido indio ladrón / y como indio ladrón muere”rescata Eduardo Galeano. Y afirma que, desde la conquista, a los indios les han robado los brazos y las tierras, y también la palabra y la memoria. El racismo opera desde entonces en el mundo: en el mundo colonizado, descalifica a las mayorías, en el mundo colonizador, margina a las minorías (1998). 

[3] Sarlo (2002) habla de cuán precarios han sido los caminos de la importación cultural argentina: desde una perspectiva ilusoria, los intelectuales, especialmente los liberales, han imaginado frecuentemente una relación de simetría entre la cultura americana y la europea,  que en la práctica se tradujo en una serie de malentendidos con consecuencias históricas originales o lamentables, depende del punto de vista con que se los mire.

[4] Para estos migrantes de origen rural, en la mayoría de los casos, el acceso a la pequeña propiedad no fue más que una quimera. El estado resolvió el reparto de tierras muchas veces negociando con sectores políticamente afines, más asociados a la especulación que a la producción (Panettieri, 1970).

[5]   La ley de Inmigración y Colonización de 1876 sistematiza los requerimientos de mano de obra destinada a proyectos agrícolas. Esta ley, denominada ‘Ley Avellaneda’ articularía la política migratoria durante más de 30 años. La ley definía a los inmigrantes de la siguiente manera: "todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor, que siendo menor de sesenta años, y acreditando su moralidad y sus aptitudes, llegase a la República para establecerse en ella se hace acreedor a la asistencia del departamento general de inmigración”, que consistía en alojamiento y alimentación durante cinco días después del desembarco y búsqueda de un trabajo agrícola mayormente. Esta política, si bien incrementó el número de inmigrantes, descuidó cada vez más la responsabilidad del estado frente a los colectivos extranjeros en lo referente a su integración en la clase laboral de la época. 

[6]  www.guayaquil.gov.ec/ museom/imagenes.htm

[7] Durante más de 50 años (1880 – 1930), la proporción de extranjeros superó largamente a la de argentinos. En Buenos aires había cuatro varones extranjeros por cada argentino, y en el conjunto de las provnincias del litoral, seis extranjeros por cada nativo (Ciboti, 2001). En términos relativos, La Argentina resulta ser el país que recogió mayor número de inmigrantes, superando aún a EEUU (Svampa, 1994).

[8] Las relaciones entre la inmigración y el nacimiento del movimiento obrero en Argentina, así como el auge del asociacionismo en las colectividades, son puntos clave para entender, no sólo las estrategias de inserción de los migrantes, sino el proceso laboral general de la época (Sábato, 1998).

[9] Alberdi, de acuerdo a H. Donghi, y a diferencia de Sarmiento, pone énfasis en el ingreso al país por parte de una masa trabajadora que, mientras se adecúe a una economía moderna, conserve la feliz ingorancia de las comodidades burguesas –que sólo podrían ser disfrutadas por una elite, en forma restringida - .Los inmigrantes constituyen para la elite dirigente un instrumento cuyo control ella se asegura para el progreso material de la nación.