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Monografía de Procesos Sociales de América III

Receta para fabricar un argentino medio 3/

Gretel Echazú  Año 2003

 

EL CRISOL DE RAZAS, IMAGEN ORDENADORA DE LO SOCIAL

Ahora cuentan la historia no los grupos que la hicieron, sin aquellos que tuvieron la posibilidad de presentarla para las nuevas generaciones.

RECETA PARA FABRICAR UN ARGENTINO MEDIO.    Tomar por orden: una mujer india de caderas anchas, dos caballeros españoles, tres gauchos muy mestizos, un viajero inglés, medio ovejero vasco y una pizca de esclavo negro. Dejar a fuego lento durante tres siglos. Antes de servir, agregar de golpe cinco campesinos italianos (del sur), un judío polaco (o alemán, o ruso), un tendero gallego, ¾ de mercachifle libanés y también una prostituta francesa entera. Dejar reposar sólo cincuenta años. Luego, servir, amoldado y engominado.”

 

Desde el humor se han captado muchas veces los prejuicios que todos tenemos, pero que no solemos poner en tela de juicio. El mito del crisol de razas tiene muchas rajaduras por las que no nos hemos atrevido a mirar.

La escuela ha contribuido enormemente a simplificar la complejidad y armonizar los conflictos que el tema inmigratorio suscitó en la etapa inmediatamente anterior. Y es que, una vez que el aluvión se había asentado, había que reordenar lo social en forma urgente.

La Nación Argentina necesitaba símbolos que unificaran tanta heterogeneidad. Necesitaba, además, recortar la compleja historia real y hacer con trozos, saldos y retazos, la Historia Oficial que se enseñara en los centros educativos y se alzara frente al mundo a viva voz.

Para cumplir con estos objetivos, el estado construyó, con una serie dispendiosa de recursos, una máquina cultural. Desde luego, una máquina que no funcionaría perfectamente pues estaba manejada por millones de personas en los diversos ámbitos de la vida social, pero que tenía un programa.

Maestras y militares son los agentes más visibles en la consolidación del nuevo imaginario nacional, pero también lo hacen políticos y periodistas, y lo rehacen los nuevos argentinos: esa mezcla entre los que venían siéndolo y los que acaban de empezar a ser.

Vivimos en un país que abrió siempre, de par en par, sus puertas a todos los hombres de la tierra, y `donde los pensamientos, a veces extraviados, tuvieron cabida en la prensa porque las ideas son más libres que los pájaros’[1]                              

La escuela, espacio organizador de los nuevos recursos simbólicos, va, además, a ser un espacio de imposición de derechos. El derecho a la nacionalidad se enseña como la única forma de incorporarse a la sociedad argentina, y el derecho a comportarse como argentinos se enseñará como la forma de comportarse. Así, la educación, antes factor de civilización, se convierte ahora en factor de nacionalización por excelencia.

La resolución del servicio militar obligatorio (1901) tuvo objetivos parecidos: civilizar al bárbaro y nacionalizar al extranjero.

La homogeneización cultural, imagen que evoca el crisol de razas con su contenido fundiéndose para lograr una aleación, alianza, requerirá de la voluntad de integración y adaptación de todos los actores sociales.

El estado tenía necesidad de una población asimilable sobre todo desde el punto de vista cultural. Los ghettos urbanos o lingüísticos debían ser abiertos. La integración a través de la escuela y el ejército, al hacerse efectiva, contribuiría a la mutua comprensión.

Muchos extranjeros participarán entusiastamente de esta posibilidad de integración e incluso ascenso social, y la incorporación de aquella primera masa migrante se hizo realmente efectiva.

Acaso los argentinos tenemos otra cosa que cariño a los extranjeros que lo merecen, se entiende?” le dice el padre a su hija en un libro de lectura de la época retratado por Beatriz Sarlo. A los que lo merecen, se entiende. Se entiende que merecer los lazos afectivos imaginados que tiende la escuela a los migrantes es no desairar las expectativas de la patria. Los imperativos del estado son lograr la ciudadanía cultural masiva. La ciudadanía cultural lograda será, a fin de cuentas, la intervención simbólica que garantizará, en forma duradera, la cohesión social amenazada.

Los criterios de afectividad se vinculan especialmente al nacionalismo en esta etapa. La nación viene a representar ‘la gran familia’, la ‘comunidad de hombres’ donde coexisten intereses y funciones en forma armónica. Es por eso que el motor que se pretende avive la integración sea ‘superior a los mismos sentimientos filiales, el amor a algo más grande, más inmenso, más sagrado: el Amor a la Patria’ (citado por Sarlo, 2002).

Sin embargo, incluso en los tiempos en que se estructuró más fuertemente el estado protector, fue posible conservar cierta diversidad.

A pesar de la fuerza de la imagen de crisol, también hubo algunas resistencias, puestas por grupos asociativos de inmigrantes por ejemplo. Desde dentro de estas organizaciones, muchas veces se planteó el problema de preservar la identidad de la nación de origen. Es así como hacia adentro se intentó unificar la gran diversidad italiana, por ejemplo, bajo la caracterización de la ‘italianidad’, sustentada sobre todo por la existencia de la lengua común, por oposición a la argentinidad.

Es claro que estos esfuerzos en el plano de las representaciones están limitados en el plano real por la necesidad de integración a la nación receptora que experimentarán tarde o temprano estos colectivos.

Esta época parece haber sido ejemplo de que la mejor forma de resistir es a través de la asimilación, sobre todo cuando hacerlo representó acceder a una serie de nuevos derechos (ciudadanos, culturales, políticos).

Por otro lado, no sólo los proyectos políticos sino también las experiencias colectivas reales dieron luego forma al sentimiento de argentinidad, la idea del crisol de razas dio una pauta identitaria a las siguientes generaciones en nuestro país.

El conflicto social siguió existiendo, sólo que tomó nuevas formas, y a partir de entonces, estructurada la sociedad argentina en su nuevo molde, serán otros los migrantes los que reclamen su participación en la sociedad.

Pero la nueva sociedad, creyente de su recién formada unicidad, volverá a condenar lo extranjero, cada vez con más fuerza. Sobre todo, cuando lo extranjero represente un pasado conscientemente ignorado.

El nacionalismo tiene la característica de hacer parecer que las tradiciones pertenezcan a un pasado remoto, con el fin de afianzar las identidades nacionales (Hobsbawm, 1983). El 'invento de las tradiciones' fue un elemento importante de estabilidad en sociedades en proceso de cambio rápido y profundo.

“La fundición” del crisol de razas se apaga a mediados de este siglo, y a partir de entonces la identidad nacional se pretende conformada para siempre. Se reordena el nosotros. Y aparecen los ‘nuevos otros’. El emigrante, al superar su histórica exclusión, se integra e incluso se somete al vaciamiento simbólico, pero luego trasmuta de reprimido a represor.

¿Cuáles son los síntomas del fin de este proceso de visibilidad e integración de los migrantes?

En primer lugar, evocar a nuestro sentido común nos da una pauta: ¿qué imagen vemos cuando se nos dice “Argentina es una sociedad de inmigrantes”? Volvemos a ver al hombre de la valija parado en el puerto de Buenos Aires, o vemos la foto en blanco y negro de una familia italiana numerosa vestida a la usanza decimonónica, o vemos la ciudad de La Boca, paradigma de la belleza y el hacinamiento de la clase popular migrante que compuso las primeras oleadas. Se trata, de acuerdo a Hobsbawm, de “formaciones discursivas cuyas prácticas articulatorias construyen y organizan relaciones sociales, a la vez que fijan parcial y provisoriamente, identidades y relaciones”. Las identidades se fijaron en este proceso de modo tal que conformaron un nuevo núcleo cultural, representado por el pícaro, etnocéntrico y engominado ‘argentino medio’ de más arriba.

En segundo lugar, la inconsistencia, la fragmentariedad de las leyes de inmigraciones que a partir de mediados del siglo XX se vinieron sancionando. Si hay algo que caracteriza en primer lugar la política migratoria hacia los grupos provenientes de países latinoamericanos es, sino el descuido, el olvido, sino el olvido, la represión.

Se ha negado sistemáticamente una historia más antigua, aquella que vincula a grandes regiones de nuestro país con grandes regiones de países limítrofes, y se la ha guardado para ‘dar la nota típica en las fiestas de fin de curso o conmemorar las fechas patrias’ (Galeano, 1998).

Esta profunda dinámica histórica tiene su expresión en términos concretos y palpables: la movilidad de fronteras vincula los países del sur americano en una dinámica recíproca (se entra y se sale, no se entra solamente).

Estas disgresiones abren camino al último problema presentado en este trabajo: el de la construcción de la percepción del migrante limítrofe.

DEL ‘PROYECTO INMIGRATORIO’ AL ‘PROBLEMA INMIGRATORIO’

Y cómo será la historia de aquellos que no tienen su lugar en la historia. Apuntes, cada vez más fragmentarios, para intentar decir algo sobre lo que todos algo callamos.

“Seis de cada diez argentinos creen que el Gobierno no debería permitir el ingreso de inmigrantes de países limítrofes que vengan a trabajar. Se apoya la expulsión de los bolivianos por ser los causantes y portadores del cólera, propagando  esta enfermedad en nuestro país, debido a su entrada indiscriminada  por nuestras fronteras y porque en    su patrón cultural no existe el aseo[2].

¿Pero cuándo empezaron estos fantasmas a hacerse su lugar en la boca y los oídos de la opinión pública? Podríamos señalar a los gobiernos de facto del período posterior al primer gobierno de Perón como aquellos que modelan las primeras políticas migratorias claramente selectivas.

Los movimientos de migrantes limítrofes parecen no haber sido exhaustivamente contemplados en las legislaciones ni en los discursos emitidos por el estado o la prensa sobre el tema. De acuerdo a Pacceca, la inmigración limítrofe no parece haber logrado ni la entidad ni la legitimidad de la inmigración ultramarina. Desde el punto de vista de la legislación, lo primero que salta a la vista en relación al ingreso y permanencia de estos colectivos es la ausencia de un corpus normativo consistente y focalizado. Las normativas se efectivizan de acuerdo a las exigencias por vía de decretos, y es así como se fortalece la tendencia cada vez más clara a delegar cada vez mayor a las fuerzas de orden y control. El papel estatal respecto de las políticas migratorias se reduce a ello: efectivización del control.

La “Ley General de Migraciones y Fomento de la Inmigración”, más conocida como Ley Videla y promulgada en 1981 postula la conveniencia de un texto global que legisle todos los aspectos del fenómeno inmigratorio. Sus características más importantes serían:

-         Se otorga al estado un rol activo en cuanto a la admisión y expulsión de los migrantes;

-         Se facilita el ingreso de población proveniente de Europa (migración selectiva);

-         Se da la facultad al Ministerio del Interior de expulsar a todo extranjero que realizare en el país actividades que afecten la paz social;

-         Se prohíbe expresamente a todo extranjero ilegal desarrollar tareas remuneradas;

-         Se formulan polítcas restrictivas respecto de los migrantes limítrofes, ampliándose las actividades de control y expulsión sin control judicial;

Esta ley no ha sido modificada hasta nuestros días, aunque no han faltado los proyectos presentados en el Parlamento para tal fin (Oteiza, 2001).

De acuerdo a E. Raúl Zaffaroni, ‘la ley de facto Videla no sólo es discriminatoria sino que nos crea serios problemas y sus consecuencias son absolutamente absurdas. La dificultad y los negocios que crea no tienen el efecto de disminuir la inmigración, sino de disminuir la inmigración legalizada, de modo que se nos va acumulando una población migrante no legalizada’. En efecto, al favorecer la ilegalización de los movimientos migratorios limítrofes, la ley permite en forma implícita una serie de abusos por parte de los organismos del gobierno nacional y provincial (Dirección General de Migraciones, policías, Gendarmería, Prefectura…).

Paralelamente a la vigencia de esta ley, las políticas del estado de bienestar han experimentado un acentuado retroceso sobre todo a partir de los ’90, y el discurso oficial tomó ribetes ‘abiertamente estigmatizantes y xenófobos’ (Oteiza, 2001), exagerando la cantidad anual de migrantes limítrofes, atribuyéndoles la culpa de la saturación de hospitales y escuelas etc.

Es en esta misma etapa en que el estado de bienestar, que como expresamos anteriormente invirtió muchos recursos en la homogeneización cultural, comienza a entrar en una prolongada crisis que los conflictos étnicos se reavivan. Ello sucede por falta de políticas que encaminen la integración, y además porque el extranjero es el sujeto que encarnará todos los miedos de esta nueva clase media amenazada y afectada por las nuevas políticas.

Los argentinos rara vez nos asumimos como racistas, pero la relación nosotros-otros respecto de los migrantes limítrofes se representa cada vez más como una relación entre colectivos irremediablemente opuestos. Un "nosotros" de "cultura occidental", "cumplidores de la ley y la normatividad vigente", "trabajadores", "decentes", frente a un "otros" visto como "perezosos, ilegales, atrasados, inmorales, deficientes, invasores...".

La escuela misma, que anteriormente había fomentado en forma especial las prácticas homogeneizadoras (el guardapolvo blanco puede simbolizarlo bien) comienza a ser escenario de una nueva construcción de la alteridad, con prácticas que rozan cotidianamente el etnocentrismo y la xenofobia.

En entrevistas realizadas por Sinisi (1998), muchas veces aparecen estas categorías de oposición "nosotros pagamos los impuestos con mucho sacrificio y ellos (referiéndose a los migrantes limítrofes) tienen hospital gratis, comedor escolar gratis..."; "mis abuelos eran inmigrantes pero le dejaron algo al país, el Hospital Italiano, el Hospital Español, estos que nos dejan?..."; "nosotros tenemos una cultura europea y por lo tanto es muy difícil intercambiar con una cultura inferior" 



[1] Citado por Beatriz Sarlo, 2002.

[2]Diario Clarín, febrero 1993. Citado por Sinisi, 1998.  Imagen:

http://www.cubaencuentro.com/20030424.html