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Monografía de Procesos Sociales de América III

Receta para fabricar un argentino medio 4/

Gretel Echazú  Año 2003

 

En Salta, donde no es posible creer en la sola existencia de una cultura europea que identifique a maestros ni alumnos, se han realizado otras aproximaciones. El trabajo Sentido Común, Discriminación y Crisis Social, de Rubén Correa, Carlos Abrahan y Marcelo Agüero, reflexiona sobre la forma en que se entreteje este tipo de representación del otro a nivel local. Se estudian las formas más comunes de discriminación en la escuela (a partir de entrevistas realizadas a 243 estudiantes en escuelas secundarias y terciarias de Salta):

Sobre esta población escolar lanzamos la primera pregunta de nuestra encuesta: ¿Piensa que Salta es una sociedad discriminatoria? Sobre los 243 encuestados, respondieron afirmativamente el 61,7% (150); por la negativa 22,2% (54); no contestaron o no supieron contestar, el 16,8% (41). 

Analizadas las respuestas por sexo, el 45,3% (68) de las mujeres sostienen que la sociedad de Salta es discriminatoria, mientras que el 54,4% (82) de los hombres tienen el mismo criterio (…).

Las cuestiones por discriminación racial, que comprendían una gama de respuestas particulares vinculadas al color de piel, aspecto físico, origen étnico y nacional, fueron señaladas como las acciones discriminatorias más frecuentes, alcanzando el porcentaje del 18,8%, el más alto del total de las respuestas obtenidas.

La discriminación por cuestiones económicas y sociales identificadas directamente con la pobreza (mal trato al humilde, vestimenta, lugar de residencia) representa el 9,1%. Deberá precisarse si algunas de las cuestiones identificadas como discriminación racial, en realidad están encubriendo la discriminación por pobreza.

Puestos los/as encuestados/as frente a la disyunción de si aceptarían o no que un/a docente de sus hijos/as fuera: discapacitado - homosexual - militante político/social - madre soltera - ateo/a - de otra religión, es decir, puestos frente a una situación concreta cuya respuesta puede implicar una acción discriminatoria en el ámbito escolar: el 16,8% opinó que no aceptaría un docente discapacitado; el 37,4% rechaza al homosexual, el 26,7% al militante político y social; el 6,1% a la docente madre soltera; el 26,3% a los ateos/as y el 9,4% a los que profesan otra religión.

Consultados si los extranjeros debían ser admitidos en las escuelas públicas en iguales condiciones que los argentinos, el 32,4 % contestó que está en desacuerdo, o más o menos en desacuerdo. Cuando se les preguntó si los hospitales públicos no deben atender a los extranjeros gratuitamente, el 59% respondió que está de acuerdo o más o menos de acuerdo”

Es necesario contextualizar la percepción social del inmigrante limítrofe en el contexto de ‘crisis’ que tanto evoca actualmente nuestra sociedad. ¿Tiene ésta alguna injerencia sobre las actitudes y acciones discriminatorias?

Si la crisis es contemplada como “conflicto de valores que se presentan como ineficientes frente a una nueva situación” y, a la vez, “momento en que se exaltan particularmente las actitudes que una sociedad maneja en forma implícita, en tiempos de estabilidad”, las percepciones realizadas acerca del tema inmigratorio estarán muy teñidas del espíritu contradictorio que se vive en el momento actual.

La crisis es el caldo de cultivo de nuestros fantasmas. El miedo genera espontáneamente la necesidad de seguridad. Activa la creatividad en la construcción de modelos que nos orientan en una realidad que se manifiesta como imprevisible y amenazadora. El estereotipo, más rígido mientras más endebles se perciban a sí mismos los actores, se compone de dos elementos fundamentales: la simplificación y la generalización. La acción cotidiana es simplificada en la elección de elementos específicos, omisiones conscientes y olvidos.

El históricamente negado e incomprendido cabecita negra revela un clásico prejuicio, simplificador y grosero, que oculta en sí ‘miedos sociales’.

La categoría de cabecita negra no discrimina contenidos nacionales: más allá de ser salteño, boliviano, paraguayo, catamarqueño, es cabecita negra el sujeto que tiene piel oscura y se incorpora a la vida de las grandes urbes (Buenos Aires, Rosario).

Esta categoría parece haberse generalizado hacia los años ‘50, período en que área metropolitana de Buenos Aires se constituye en el centro del subsistema migratorio del Cono Sur de América Latina (Maguid, 2002).

La avanzada hacia las ciudades (protagonizada tanto por limítrofes como por provincianos del interior) comienza a ser considerada un factor invasivo: la percepción de la sociedad argentina hacia el ‘cabecita negra’ está teñida de temores similares a los sufridos en el momento de la entrada masiva de inmigrantes europeos, hacia mediados del siglo XIX.

Si bien no puede negarse que hubo un traslado masivo a Buenos Aires durante el auge de la industrialización y la urbanización, tanto de personas del interior como de países limítrofes, sería interesante mostrar el ritmo que éstas llevan en el mediano plazo.

La siguiente tabla muestra el porcentaje de inmigrantes nacidos en países limítrofes en relación al total de la población argentina del momento, durante 8 censos:

 

AÑO CENSAL

% DE NACIDOS EN

PAÍSES LIMÍTROFFES

1869

2.4

1893

2.9

1914

2.6

1947

2.0

1960

2.3

1970

2.3

1980

2.7

1991

2.6

Fuente: Alicia Maguid, ‘El chivo expiatorio’, Revista Encrucijadas # 7, UBA Buenos Aires.  

Como puede verse en el cuadro, la incidencia de los migrantes limítrofes en la población total de nuestro país casi no ha variado, indicando la persistencia de estos movimientos desde larga data.

El contacto entre las zonas aledañas a las fronteras y las regiones vecinas de Bolivia, Chile, Paraguay etc. tiene la característica de ser ‘estructural’, esto es, ha mantenido flujos bastante constantes, y no sólo en una dirección (desde los otros países hacia el nuestro) sino en ambas, desde incluso antes de establecerse las fronteras nacionales. Por ese entonces, el migrante no era tal, en tanto que el movimiento poblacional fronterizo no estaba aún legalizado.

Hoy es posible encontrar pequeños indicios de cómo esta relación se continúa.

En la investigación realizada en la Dirección Nacional de Migraciones, fue posible observar la cantidad de trámites fronterizos por nacionalidad durante todo el año 2002[1].

Allí se observan 484 realizados por bolivianos, frente a 92 realizados por argentinos. El primero corresponde a un 68 % del total (702 trámites), mientras que el segundo, a un 13 % de los trámites, siendo estas dos nacionalidades las que más trámites realizados tienen (los siguientes son: peruanos, que representan un 3 %, y colombianos, un 2, 13 %[2]).

Aunque la categoría ‘trámite’ no es del todo superponible a ‘individuo migrante’ (puesto que un solo individuo puede realizar varios trámites), creemos que puede dar una idea de la cuestión más general: el contacto bilateral entre ambos países.

Pero volvamos a lo que connotan las ideas xenofóbicas en el contexto de nuestra crisis argentina.

Actualmente y de acuerdo a Galeano (2001), el cabecita negra es un símbolo que desafía al país blanco y cosmopolita que Buenos Aires creyó y quiere ser. Lo peor es que aún así, ese país está en una crisis que contradice todos los pronósticos que hizo de sí mismo.  Subdesarrollo y pobreza con explosiones sociales, eran cosas que sucedían en las regiones oscuras del planeta, las regiones condenadas de antemano a padecer la pobreza por su color de piel debido a mestizajes que no dieron buenos frutos[3]. Cuando se producen los episodios más tristes de esta crisis, los argentinos no nos explicamos cómo pudo ocurrir.

Pero si ya he introducido la distinción justo es continuarla: cuál puede llegar a ser la diferencia en la vivencia de la crisis en la capital y en nuestra periférica Salta? Y cómo la ‘resolvemos’ nosotros?

El trabajo sobre discriminación y crisis en Salta arroja respuestas que deben ser relativizadas. Por tratarse de un trabajo en una escuela, los actores subrayan que puede haber una actitud en las respuestas condicionada por la situación estructural que impone la escuela en el joven: cuando los actores (que en ese ámbito son ‘alumnos’) tienen que definir situaciones que implican una acción personal en el ámbito educativo, emerge una concepción al parecer arraigada en el sentido común como concepción del mundo dominante, que le asigna a la institución escuela la difusión de determinados valores con los cuales se busca modelar la sociedad en forma unánime, separando o segregando al otro.[4]

Al que se presenta como diferente, es decir al homosexual, al militante político/social y al ateo, en el ámbito de la escuela se le rechaza. Por otro lado, se limita la influencia de los intelectuales no tradicionales comprometidos política y socialmente, y finalmente, se consagra el orden social a través de una religión predominante.

 

El fenómeno inmigratorio está constituido por sujetos que actúan dentro de procesos[5]: un análisis cuantitativo, como única fuente de información y para la reflexión, correría el riesgo de la simplificación excesiva. Categorías tales como ‘número de encuestados que están de acuerdo o mas o menos de acuerdo con el hecho de que los extranjeros no deben acceder a los servicios públicos’ ponen su peso analítico en los procesos, mientras que los sujetos, las causas personales, los detalles, el gran universo de las vivencias cotidianas de las personas son soslayados.

¿Qué pensará la gente? El espíritu más fundado en el mito del crisol de razas podrá negar muchas cosas, pero no las vinculaciones andinas que atraviesan su cultura en todos los niveles: “estas raíces, ignoradas pero no ignorantes, nutren la vida cotidiana de la gente de carne y hueso, aunque muchas veces la gente no lo sepa o prefiera no enterarse, y ellas están vivas en los lenguajes que cada día revelan lo que somos a través de lo que hablamos y lo que callamos, en las melodías que nos bailan, en los juegos que nos juegan y en las mil y una ceremonias, secretas o compartidas, que nos ayudan a vivir”, sintetiza Eduardo Galeano. Salimos a la calle y convivimos con los ‘cabecitas negras’, muchos de nosotros, en Buenos Aires, y sin necesidad de abrir la boca, sería asumido por cualquier porteño como tal.

No, no es que nuestra sociedad no sea discriminatoria ‘hacia adentro’. No se trata de encarar el problema acudiendo a otra dicotomía, la que opuso el centro al interior, y reveló que el tradicionalismo hispánico resultaba ser ‘mejor’que el cosmopolitismo portuario. Pero indudablemente los puntos de vista frente al mismo problema variarán de acuerdo a aquellos que los enuncien. En Salta todos podríamos encontrar raíces andinas en nuestras formas de expresarnos y de festejar, de comer, de hacer funerales. Que en los trabajos de investigación o la prensa se repita lo que todos queremos oír es en parte responsabilidad de los investigadores, y en parte, comodidad de los interlocutores.

Hay un gran desfasaje entre lo que se ‘debe’ pensar y exponer sobre esto o aquello y lo que es la experiencia cotidiana. Si se asume únicamente la información más ‘ideológica’, o más ‘extrema’, se olvidan los niveles o los puntos en que converge la convivencia real, armónica o desarmónica entre los diferentes grupos.

Miremos para adentro. La sociedad salteña no ha construido realmente zonas de exclusión de los migrantes como minorías culturales. Tal vez en forma invisible, se valoran en nuevos contextos los símbolos culturales del otro. Más aún, cuando la frontera entre el ‘otros’ y el ‘nosotros’ no es muy nítida.

Cuando se analizan las vinculaciones entre por ejemplo ‘salteños’ y ‘bolivianos’, que tienen que ver con la permanencia y readaptación de antiguas relaciones culturales, ricas y variadas, es comprensible que, en nuestra provincia, el ‘odio al otro’ de Bolivia sea muy complejo de sostener como ideología en acción.



[1] Mitre 64, Salta. A falta de registros estadísticos, se me facilitó la información distribuida en las planillas de trabajo diario.

[2] Los siguientes porcentajes correspondientes son: 2,13% de españoles; 1,28% de mexicanos; 0,99% de paraguayos; 0,99% de chinos; 0,85 % de chilenos; 0,71% de ucranianos; 0,71% de brasileños; 0,56% de ecuatorianos; 0,56% de venezolanos; 0,42% de estadounidenses; 0,42% de holandeses; 0,28% de uruguayos; 0,28% de sirios; 0,28% de georgianos; y en adelante 0,14% de franceses, singaporeses, iraquíes, rusos, belgas, yugoslavos, polacos, ingleses, finlandeses, italianos, suecos, hindúes, coreanos del sur, libaneses y alemanes respectivamente.

[3] Eduardo Galeano, 2001.

[4] Lo mismo debiera haber ocurrido en los tiempos de la Escuela Normal, normalizadota: se abrían los brazos para aquellos que con buena voluntad se quisieran integrar, pero esta integración requería de una disciplina para ayudar en la tarea niveladora excluyendo todo lo diferente. Aún por ese entonces, los niños discapacitados, homosexuales y otros ‘desviados de la norma’ tampoco habrían encontrado su lugar.

[5] Se entiende por proceso, en este caso, la cantidad de individuos que emigran, los países emisores y receptores. Por un análisis centrado en el sujeto se entiende aquél que intente analizar, por ejemplo, los contrastes identitarios, las vivencias cotidianas, los matices de cada psique individual.