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Tres
joyas tiene Valladolid escondidas en sus planos y abiertos campos. Tres joyas
sencillas, austeras, más viejas que la misma Castilla, de muros gruesos, que
dan testimonio de la fortaleza en la fe y perseverancia en las raíces. Joyas
arquitectónicas que constituyen un orgullo para Valladolid, ya que forman
parte del más importante patrimonio del arte hispánico.
La
historia es muy remota y se asienta a principios del siglo X. Por aquel
entonces, la Península estaba dominada en la mayor parte de su territorio por
los musulmanes, que comenzaron a invadirla por el sur desde el 711. Alrededor
del año 900, los rebeldes cristianos del norte, que se constituyeron en el
reino astur, fueron ganando terreno a los primeros, llegando hasta las márgenes
del río Duero, lo que constituye hoy el norte castellano.
Hasta
entonces, la capital de este reino cristiano astur estaba situada en Oviedo.
Con García, sucesor de Alfonso III, se traslada la corte a León, convirtiéndose
esta ciudad en la nueva capital del reino cristiano septentrional. A este
traslado de la capitalidad, van anexas una serie de medidas que tratarán de
repoblar, cristianizar y colonizar el Valle del Duero.
Esto
trajo como consecuencia una organización política y económica del
territorio, a la que va unida su plasmación material, no exenta de su carga
ideológica como es el arte de aquel momento y en concreto de la arquitectura.
Lo
que resulta clave para entender la arquitectura de la época a la que nos
estamos refiriendo, es el estudio y la comprensión de la ideología que los
nuevos pobladores ribereños trajeron consigo. Los pueblos procedentes del
reino astur se consideraban a sí mismos herederos directos de los visigodos,
quienes fueron invadidos por los musulmanes. Se veían como los únicos
capaces de restaurar las viejas costumbres de los cristianos que habitaron la
Península antes de la invasión del Islam. Por tanto, se puede considerar que
su arte es heredero directo de la tradición preislámica, representando así
un neovisigotismo
no exento de las novedades aportadas por el arte asturiano, que también
refleja la identificación con el arte visigodo.
No
debemos olvidar además, ya que es un hecho clave e importante que ha dado pie
a profundizar en los estudios sobre el prerrománico hispánico, la existencia
de cristianos dentro del territorio ocupado por los musulmanes y que
constituyeron un ejemplo de perseverancia en la fe cristiana durante el
dominio musulmán, que no siempre llevó a cabo la tolerancia para con estos
cristianos herederos del reino visigodo. Estos cristianos que habitaban dentro
del dominio musulmán eran llamados mozárabes. Su ideal y deseo de restaurar
las costumbres visigóticas en la Península les llevaron a unirse con los
cristianos del norte, que no habían sido invadidos. Como consecuencia de
ello, muchos de estos mozárabes emigraron hacia las nuevas tierras
conquistadas por sus colegas norteños (la mayoría de ellos comunidades monásticas)
para disfrutar de su libertad de culto y colaborar con los astures en la
repoblación del Valle del Duero.
Estos
deseos, por parte de los dos “frentes” cristianos, se hicieron realidad y
tuvieron su plasmación material en la arquitectura de una serie de edificios
religiosos, que han llegado hasta nuestros días y que se sitúan en las márgenes
del río Duero, a lo largo de su curso por varias provincias del norte
castellano. No obstante, nos ceñiremos a Valladolid, territorio que también
tiene el orgullo de albergar tres de los mejores ejemplos de la arquitectura
hispánica de repoblación, de los cuales hablaremos más adelante.
Desde
que en 1919 Manuel Gómez Moreno, publicara sus Iglesias
Mozárabes, ha sido así como se ha venido denominando este tipo de
manifestaciones artísticas a las que nos estamos refiriendo. Fue en 1963
cuando Camón Aznar planteó la doble posibilidad de denominar a este tipo de
construcciones del siglo X como arquitectura de la repoblación y mozárabe.
Habrá que esperar a los años 70, cuando Isidro Bango Torviso descarte la
denominación de mozárabe aplicada a este tipo de arquitectura. Hoy en día,
muchos historiadores aceptan ya esta hipótesis, sin embargo hay quienes, por
comodidad o falta de compromiso en el estudio de este aspecto, siguen denominándolo
como lo hizo Gómez Moreno.
No
puede ser atribuida la manufactura de este tipo de edificios a manos
exclusivamente mozárabes. Los mozárabes que emigraron de sur a norte en la
Península durante el siglo X eran en su mayoría comunidades monásticas. Fue
la tradición del norte unida al intento restaurador neovisigótico quienes
dieron forma a estas construcciones del Valle del Duero, de ahí que los
historiadores actuales sean partidarios de denominar este tipo de arquitectura
como de la repoblación del siglo X. Además, si en alguna ocasión pudiera
atribuirse una de estas obras a manos directas de los mozárabes, no podría
ponerse en duda el afán restaurador del neovisigotismo que ellos mismos también
encarnaban. Un ejemplo de ello es el rito aplicado a la liturgia eucarística,
siguiendo la tradición visigoda, que aun hoy día viene denominándose rito
mozárabe, si bien no es exclusivamente de ellos, sino que arraiga de la
tradición católica visigoda.
Erróneamente
se ha querido ver una influencia del arte musulmán traído por los mozárabes
del sur y aportado en los edificios que vamos a analizar. Ante dicha afirmación
no debemos olvidar que los mozárabes, por lo dicho anteriormente, estaban
lejos de querer asimilar lo aportado por un pueblo considerado opresor. Aunque
ello hubiera sido así, no debemos olvidar que el arte califal es una recreación
del arte visigodo que los invasores encontraron en la tierra invadida. Si
acaso existe alguna influencia por parte de los musulmanes sobre esta
arquitectura castellana, ha de considerarse meramente superficial, ya que no
afecta a la principal estructura e idea del edificio, la cual se ajusta a los
dictados del neovisigotismo.
En
la provincia de Valladolid encontramos tres hermosos y famosísimos ejemplos,
no lejos de la capital: San Cebrián de Mazote, San Román de Hornija y Santa
María de Wamba.
Desde
la A-6, habiendo dejado atrás Tordesillas, existe un desvío hacia la
localidad vallisoletana de San Cebrián de Mazote. En ella encontramos la
vieja iglesia de San Cebrián o San Cipriano, una de las más hermosas de la
arquitectura de la repoblación del siglo X, cuya diafanidad y orientalismo
recogido de la tradición bizantina, la asemejan con su contemporánea de San
Miguel de la Escalada en León. Se sabe que antes del 952 habitaron en ella
monjes procedentes de Córdoba, de manera provisional, hasta fundar el
monasterio de San Martín de Castañeda.
La
planta presenta una cabecera dividida en tres estancias, de las cuales, la
central presenta forma de arco de herradura, como en Escalada, mientras que
las laterales son cuadradas. Los transeptos aparecen rematados en curva,
mientras que la nave queda dividida en tres partes a través de columnas que
sustentan arcos de herradura de evidente tradición visigoda. Lo más peculiar
de este templo quizá sea el ábside de los pies que, aunque de mayores
dimensiones que el de la cabecera, también presenta en su planta un arco de
herradura. Esta manera de contraabsidar la iglesia arraiga de los templos
martiriales del siglo VI y, aunque en este caso se desconoce su función,
también aparece en Santiago de Peñalba (León). Uno de los aspectos más
llamativos de este templo es la riqueza de mármoles y capiteles con que
aparece decorada, fruto del reaprovechamiento de material romano y visigodo
existente en la zona. Los capiteles que se elaboraron expresamente para la
construcción de esta iglesia muestran gran similitud con su contemporánea de
San Román de Hornija.
Dentro
de la provincia de Valladolid pero no muy lejos de Toro (Zamora), existe una
pequeña localidad bañada por el río Hornija, donde encontramos la iglesia
de San Román. De ella, lo que más destaca es su historia y la decoración
conservada en muchos de los capiteles, ya que de la obra original del
siglo X es poco lo que se conserva.
Fue
en esta ciudad donde el rey Chindasvinto falleció y fue enterrado en una
iglesia que él mismo mandó construir y cuyos restos se veneraron aquí hasta
el siglo XVI, época en que fue transformada. La mayoría de sus elementos,
fruto de la restauración llevada a cabo en la primera mitad del siglo X, según
Fontaine, aparecen dispersos por edificios anexos a la iglesia
y constituyen un grupo de dieciséis capiteles cuya decoración se
ubica dentro de la serie leonesa de tradición bizantina (transmitida, ésta
por la cultura preislámica peninsular), además de otros elementos que hoy día
aparecen reaprovechados.
Volviendo
a las cercanías de la capital y partiendo de ella por la N-601, hacia
Villanubla, nos dirigimos hacia el oeste desde esta localidad para llegar a
Wamba, localidad que toma el nombre del rey visigodo que fue elegido en este
mismo lugar, en contra de sus propios principios, tras la muerte de Recesvinto. Esta iglesia fue elegida por el obispo Fruminio de León como
lugar de retiro espiritual. De la época del siglo X encontramos su cabecera,
el muro norte y gran parte del muro sur, además de otros elementos arquitectónicos
del interior, muy en sintonía todos ellos con Santa María de Lebeña. Al
igual que en esta última, se puede apreciar con evidencia la influencia del
arte asturiano, de modo particular en la volumetría del edificio. También se
trata en este caso del fruto de la restauración de una iglesia visigoda que
existía anteriormente, por los restos decorativos encontrados en ella.
Decoración, arcos de herradura y disposición perimetral nos dan idea de que
se trata de un nuevo intento material de restaurar las formas visigodas y
neovisigodas asturianas, frente a lo que tradicionalmente se ha querido ver
como un resultado de la influencia califal. De nuevo en Wamba encontramos un
ejemplo de triple cabecera, que no olvida la tradición preislámica hispánica.
Uno de los aspectos más destacados de este templo son los restos de pintura
mural, raros por su escasa presencia en esta época y lugar.
Desde
luego, no solo la fama y el renombre de estas iglesias prerrománicas, ni el
misterio que aun encierran por su peculiaridad y distancia en el tiempo son
motivos suficientes para recorrer este fácil itinerario de la provincia de
Valladolid, sino la belleza que a modo de breves pinceladas intuyen estos
edificios de gran fuerza espiritual, capaz de sobrevivir al tiempo y a las
transformaciones sufridas por los mismos. Merece la pena conocer la capital de
Valladolid, pero sería imperdonable marcharse sin visitar los tesoros de su
provincia, unos tesoros de los cuales no se puede hablar sin olvidar los
contemporáneos de sus provincias aledañas, ya que todos ellos pertenecen a
un patrimonio común: el de la arquitectura hispánica.

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