Le echaron al agua cuando aún no sabía
hablar. Antes que gatear, ya sabía recorrer el fondo
del río como una carpa, acompañado por el
curioso canto de los gorriones que le aguardaban en la orilla.
Y allí estaría, con el cuerpo empapado, su
eterna mirada seria, y un pez en cada mano, como debe ser.
-Señor Abel. No sea usted tan cabezota y déjeme
acompañarle en esta cacería. -replicaba el
párroco del pequeño pueblo en el que vivía.
-Usted disculpe Padre, más no acostumbro a llevar
perro.
Viviría una larga e inconsciente guerra, donde comprendería
el significado de la vida, viendo morir a sus amigos; y
a sus enemigos, que tampoco tenían culpa de serlo.
Supo dar de comer al hambriento sin consultarlo antes con
el Dios Padre. Pues para él, en el Cielo, se encontraba
cada día el más bello de los amaneceres, desde
aquella escarpada montaña donde la vida despertaba
a una nueva lucha.
Y convivió con el miedo de sus semejantes, aquellos
que creían en lo que no creían, que alzaban
la mano para que la muerte no fuera en su busca la noche
menos pensada; ¡como tantos otros!
-Señor Abel ¡qué afrenta la suya! ¡No
alzar la mano cuando suena el himno! -le diría uno
de sus paisanos.
-Debo recibir un tren, señor mío. No puedo
dejar que descarrile por quedarme aquí escuchando
música.
Pero, eso sí, lo que no podía perderse era
el siguiente amanecer en la montaña, su montaña.
Una guinda que había dormido en un baño de
aguardiente le protegería del frío, las temerosas
liebres correrían a esconderse para no morir a sus
manos, y el curioso párroco le seguiría de
lejos y se acabaría perdiendo en el camino. Era a
él al único que conseguían detener
los hijos de la "Benemérita".
Y como siempre, como cada día, recibiría
de nuevo a los primeros rayos del Sol, y escucharía
una vez más, el todavía adormecido trino de
los gorriones. El mismo que le viera renacer en las aguas
de aquel riachuelo, donde aprendería a nadar antes
que a llorar.
Bien es cierto, el señor Abel nunca supo llorar.
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