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RELATOS


Por Ahmed Oubali
oubali47@hotmail.com


CARNAVAL DE SERPIENTES

Cuando aplastó con un golpe de palo la enorme cabeza del reptil, pensó que aquello era sólo un incidente aislado. Pero cuando extendió le mano para recoger el saco de patatas y volver a casa, vio horrorizado un grupo de otros reptiles acercarse y comprendió fugazmente que una larga pesadilla había empezado. No tuvo tiempo de retirar el brazo: dos ardientes y largos colmillos le perforaron las venas de la mano y otros dos colmillos se le hundieron en la pantorrilla izquierda, mientras que una tercera serpiente le atacó repetidas veces por la espalda. El dolor no tardó en aterrarle. Su estómago ardió como incandescente carbón y sintió el veneno corrosivo filtrarle en la corriente sanguínea y quemarle las venas del corazón. Su cara se contrajo de dolor y cayó al suelo, donde se quedó inmovilizado.

Otras serpientes enfilaron la senda que atravesaba un largo recorrido rodeando el lago, ahora seco, para desembocar en la aldea más próxima.
Hacía tiempo que no había llovido. La atmósfera era asfixiante y el cielo desapacible. Los pocos árboles que se erguían por el camino parecían unos esqueletos que la sequía de agosto amenazaba por incendiar.

En la aldea del campesino cuyo cadáver yacía ahora frío y cargado de veneno, las tres únicas viviendas estaban distanciadas por algunos centenares de metros y bastaba media hora para ir de una a otra. Eran de una planta, de barro blanqueado y construidas alrededor de un inmenso patio que servía a la vez para perforar un pozo, permitir a los niños jugar y a las mujeres cocinar. De las seis o siete habitaciones rudimentariamente amuebladas, que circundaban el patio, una estaba destinada para los animales domésticos.

-Mamá, ¿no crees que papá ha tardado bastante para el almuerzo?, preguntó la menor de las seis hijas del campesino fulminado por las serpientes.
-Aisha, cosechar patatas requiere mucho tiempo. Así que tardará un poco más. Mientras tanto, os voy a preparar una tortilla de huevos. Ve a llamar a Selwa y a Fuad.

Selwa, la hermana mayor, estaba en la pequeña habitación que servía de ocio y se disponía a vestirse tras hacer sus abluciones, cuando vio al reptil en un rincón de la sala. Era una víbora enorme, con la cabeza en forma de un triángulo aplastado. Empezó a erguirse con soltura, mostrando sus colmillos en forma de unos ganchos, dispuesta a triturar a su presa. La joven se quedó estupefacta un momento y luego visualizó la situación: el monstruo había penetrado por la pequeña ventana pero se hallaba afortunadamente al otro lado de la puerta. Gritar sólo empeoraría la situación. Extendió cautelosamente la mano hacia su ropa colgada a un clavo para echarla sobre la bestia, saltar hacia la puerta y salvarse. Al mismo tiempo que extendía el brazo con coraje, la víbora se abalanzó sobre ella, alcanzándola en la nuca, donde le clavó los colmillos. Sus manos se crisparon sobre el cuerpo pedregoso del animal e intentó liberarse de la mordedura. Pero sintió su yugular encenderse en un fuego tan abrasador que le provocó literalmente un vuelco en el corazón y su cuerpo desnudo cayó de bruces como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

De la habitación que servía de establo salieron unos mugidos inhumanos.
A Aisha le pareció reconocer la voz de Fuad, su hermano mayor. Se acercó, abrió la puerta vio la serpiente enrollada al cuello de su hermano. Le estaba succionando la sangre. Aisha retrocedió, aterrorizada, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Fue entonces cuando vio a Selwa con la cara desgarrada. La visión le golpeó la retina con toda crudeza. Se echó abruptamente atrás, se levantó con dificultad y corrió como una loca a avisar a su madre. Ésta le ordenó ir a buscar a su padre y franqueó el umbral, armada con un hacha. La escena le produjo náusea y hormigueos en todo su cuerpo: el cadáver de su hijo yacía encogido, los ojos desenfocados y la mirada fija. Las únicas dos vacas que poseían yacían también sin vida. Intentó localizar a los malditos reptiles. Mas, ni rastro había de ellos. Al menos en su campo de visión. Se arrastró como una autómata hacia el cadáver de su hijo. Se arrodilló para cerrarle los ojos. Iba a enderezarse cuando oyó en su espalda un ruido peculiar. Reconoció horrorizada el ruido ensordecedor de cascabel que producían las serpientes con la punta de su cola, antes de atacar a su presa. Empuñó el hacha, giró sobre sus talones para asestar el golpe salvador, pero no encontró al animal en su punto de mira. Éste, como si leyera el pensamiento de su víctima, había cambiado de sitio, girando hacia la derecha. La mujer sintió súbitamente los mortales colmillos hundirse en su pantorrilla izquierda. Lanzó un alarido desgarrador de dolor, que aprovechó para ordenar a su hija a que fuera a pedir auxilio, se sacudió convulsivamente y cayó sin vida, junto al cadáver de su hijo.

En su camino hacia la casa de su prima Yasmín, donde estaban los demás hermanos, Aisha topó con varios cadáveres (le horrorizó reconocer a los padres de Abdelali) que la impulsaron a correr como una loca pero al descubrir el de su padre se le heló la sangre en el corazón y se desmayó al ver a dos gigantescas serpientes dirigirse hacia ella.

Mientras tanto, en la tercera vivienda, la de Abdelali, el emigrante que había vuelto al país para pasar sus vacaciones, los acontecimientos traspasaron la barrera de la pesadilla. Estaba almorzando él, su mujer, sus cuatro hijos y su hermana, Hanan, la futura novia de Fuad.
Sus padres habían ido al zoco más próximo y no volverían hasta la puesta del sol. El pobre ignoraba lo que les había ocurrido.

Era la hora de la siesta. Hanan se dirigió a su habitación y la pareja entró en la suya. Era una habitación acogedora y fresca en comparación con el infierno que hacía fuera, donde el sol achicharraba el campo y sembraba la desolación. Oyeron al perro ladrar y a las gallinas cacarear pero no podían saber que era a causa de las mordeduras mortales de las serpientes. Apenas se habían desnudado cuando tuvieron la impresión de que un intruso horripilante los estaba observando. La serpiente tenía unas proporciones que bastaban para estrangular simultáneamente a tres personas, triturarlas y luego engullirlas.

La mujer se llevó la mano a la boca para reprimir un grito y le costó ver cómo una serpiente podía ser tan gruesa, larga y erguirse con tanta facilidad. El hombre se sirvió de una silla para defenderse. Pero el monstruo se arrastró jadeando hacia el matrimonio, asestó abruptamente un tremendo golpe con su cola a la silla, que transformó en trizas y se enrolló alrededor del cuello del emigrante, estrangulándole al acto. Su mujer saltó desnuda de la cama y se vio acorralada en un rincón de la habitación. Vio cómo la bestia arrojaba el cadáver de su marido, cuya mirada se quedó vacía y extraviada, y se disponía a acercarse a ella.

Sintió terribles aguijonazos de dolor en todo su cuerpo y empezó a temblar espasmódicamente. Luego ocurrió todo rápidamente. El reptil se irguió y se abalanzó sobre ella. Ambos cayeron al suelo en una lucha encarnizada. La mujer intentó con pies y manos desprenderse del reptil, pero éste se había enlazado a su cuerpo como la madreselva al árbol y parecía complacerse en estrangularla simultáneamente por la cintura y el cuello. La joven comprobó que no podía gritar ni moverse. El sudor perló su cuerpo. Terribles estragos de dolor la asaltaron. Empezó a ahogarse y súbitamente y se quedó sin respiración. Entonces el monstruo procedió a triturarle el pecho, antes de pasar a la siguiente habitación donde dormían profunda y plácidamente los niños.

A varios metros más lejos, en el ala oeste de la vivienda, descabezaba la novia de Fuad un sueño para recuperar fuerzas y ánimo antes de proceder a lavar el montón de ropa que la esperaba en el patio y que había previamente mojado en agua y con detergente. La habitación estaba sumida en una semioscuridad que aprovechó la serpiente para deslizarse fugazmente debajo de la única sábana que cubría el cuerpo desnudo de la joven. Esta sintió roces y cosquilleos en la parte interior del vientre. Estiró el brazo y cogió de repente en la mano algo grueso que se puso a dilatar desmesuradamente. Lo soltó disgustada al acto, se puso de cuclillas en la cama y comprendió que aquello que tuvo un instante entre manos era la cabeza de una víbora. Lo comprobó al vislumbrar el curioso y espeluznante dibujo que adornaba la cabeza del reptil que ahora la observaba groseramente. Sintiéndose traicionado, el animal se irguió hasta alcanzar un metro de altura y se lanzó con rapidez sobre su presa. La joven sintió calambres en el vientre y saltó de la cama, como expulsada por un resorte. Notó que sudaba profundamente y tuvo que frotarse los ojos para aclararse la visión. Cuando los abrió, se encontró cara a cara con dos reptiles. El que acababa de llegar tenía proporciones humanas. Volvió a cerrar los ojos creyendo que era víctima de una alucinación. Pero sintió al mismo tiempo unos colmillos que se hundían en la sien derecha y un cinturón de hierro cerrarse sobre su vientre. Un fuego mortecino estalló en su cerebro e inmovilizó la sangre en sus venas. Su rostro tornó en una máscara cenicienta y se contrajo en un rictus de sufrimiento.

El escalofrío le produjo tiritera, su respiración empezó a entrecortarse, entró en una fase de mareos oníricos, su corazón sufrió nuevos vuelcos, el veneno hizo efecto de forma fulgurante, su muñeca izquierda se dobló hacia dentro y quedó rígida, sus pies empezaron a torcérsele y un agudo dolor le recorrió la médula espinal y le paralizó toda la parte inferior.

Un débil gemido logró escapársele de la garganta. Se le desorbitaron los ojos. Cayó sobre la cama exangüe, a la merced de los dos monstruos.

Cuando Aisha llegó a la casa de su prima, le sorprendió encontrar aquel absoluto silencio inhabitual. Pero lo entendió todo cuando descubrió al perro, a las vacas y al burro muertos, hinchados y con patas arriba. No obstante, llamó varias veces. Nadie contestó. Aturdida, se acercó al establo y descubrió que todos los animales domésticos yacían inertes en el suelo. Sintió que caía en un abismo de desesperación y echó a correr hacia la habitación de sus tíos. Empujó le puerta, entró sigilosamente y vio los cuerpos, boca abajo. Pensó que dormían.
Se arrodilló para sacudirles y despertarles. Cuando les dio la vuelta, descubrió con espeluznante terror que sus ojos la escrutaban con absoluta vacuidad y fijeza, como si pidieran socorro. Sintió un vuelco en el pecho y se echó atrás, horrorizada.

Luego su mirada se paralizó. Al otro lado del patio yacían otros cadáveres. Observó como primos y hermanas estaban en la misma macabra posición.
Vio entonces como las serpientes abandonaban a sus víctimas, franqueaban el umbral y se dirigían ahora hacia ella, agresivas y hambrientas.

Cerró los ojos y mentalizó las muertes de sus padres y hermanos y comprendió que, después de todo, ella no tenía ninguna razón para seguir viviendo.

No merecía la pena luchar.

Abrió un momento los ojos para presenciar su propio fin y… vio cómo los reptiles se retiraban, sin más….

GUSANO ENTRE FRESAS

Sinopsis. Tu sueño de siempre es acostarte con dos bellísimas mellizas. Las encuentras pero una de ellas se enamora de ti y piensa en el matrimonio. ¿Cómo te las arreglarás para conquistar a la segunda sin que se entere la primera?


Rabat, una tarde de verano, en la famosa y concurrida terraza del café Balema. Dos bellísimas mellizas rubias discuten saboreando unos abultados helados, sin prestar atención a la corrosiva curiosidad con que las obsequiaban los comensales. Vestían unas camisas sin cuello y pantalones blancos estrechos y sus cabellos iban recogidos en la nuca en un pulcro moño. Desprendían gracia y suavidad por sus ademanes y la muchedumbre devoraba con la mirada sus cuerpos voluptuosos.


-No tengo ni la menor idea de lo que les voy a decir, carraspeó una de ellas, en tono dubitativo.
-Cálmate, mujer, inquirió la otra con acaloramiento, todo saldrá como anillo al dedo, si Dios quiere.
-Seguro que ellos también se parecen como dos gotas de agua.
-Elías me dijo que su hermano Selam lleva gafas y bigote para que la gente no los confunda.
-¿Cómo lo enganchaste?
-Nos conocimos en el Maryán, donde yo estaba de compras...
No acabó la frase. Un hombre alto y atractivo se acercó a ellas y dijo con voz suave y rematada por un deje de acento norteño que las dejó atónitas:
-Soy Selam, el hermano de Elías...
-Encantadas. Yo soy Yamila, la que conoció a tu hermano y ésta es mi hermana Firdaus.
-Mucho gusto, dijo él con entusiasmo, luego añadió clavando su mirada en Firdaus, el problema es: ¿cómo identificaros?
-Muy simple, explicó Yamila, yo nunca dejo crecer las uñas. Tenemos otras diferencias, pero son más íntimas.
-Por Dios, mujer, no saques detalles…
-Ah! Casi lo olvido: Elías os pide disculpas por no poder acudir. Tiene que realizar algunas diligencias impostergables.
Mientras seguían hablando se les acercó un camarero en zaragüelles amarillos, chaleco rojo y babuchas blancas. Les atendió sin dejar de devorar con sus ojos a las mellizas, cuya deslumbrante belleza seguía suscitando rumores entre los comensales.
-Bien, apuntó Yamila en dirección de Selam, visiblemente interesado por Firdaus, así que te gusta mi hermana...
-Muchísimo. Lo que me dijo mi hermano coincide en todo.
-Gracias a Dios. Como ya le expliqué a Elías, nuestro difunto padre nos puso una sola condición para disfrutar de la totalidad de la herencia al sentar cabeza: casándonos inevitablemente con gemelos.
-¿Y hasta ahora esta voluntad no ha podido cumplirse?
-Nuestra madre nos impone a unos gemelos, parientes de una prima suya...Nos persiguen como alimañas, rompió a reír Firdaus.
-No nos gustan, irrumpió Yamila con irritabilidad quejumbrosa, luego añadió con sarcasmo: Habrá que verlos...son horriblemente feos...
-Que se vayan a la mierda, masculló malhumorada Firdaus, mostrando su dedo corazón enhiesto.
-Si entiendo bien, concluyó Selam frotándose la barbilla con deleite, Elías y yo somos las otras dos mitades de la manzana que andáis buscando...
-Ojala así fuera...
Se separó de ellas besándoles la yema de los dedos.
……..

Aquella misma noche sonó el teléfono en la espaciosa y lujosa vivienda de las mellizas.


-Soy Elías… ¿Cómo? Ah! Eres Firdaus. Si...Selam está aquí conmigo. Ponme primero con tu hermana y luego te lo paso. Gracias.
-¡Dime! entonó Yamila cogiendo el aparato con fruición.
-Hola, mi vida. Siento no haber podido acudir a Balema...Sí...Vale, pagaré el precio de la disculpa: te invito mañana a comer en el mismo lugar... ¿De acuerdo? Bien. Oye, sabes que estoy loquito por ti desde que te vi...Te lo juro. Te quiero...un momento, que Selam me arrebata el aparato...Dile a Firdaus que se ponga.
-Sí. Dime, Selam.
-Hola, princesa. Quería decirte que estoy, como se dice, derretido... ¿Cómo? pues sí. Como los helados de esta tarde. 0 peor.
-Me has caído muy simpático.
-A mi también. Oye ¿Por qué no cenamos mañana en Balema y hablamos de lo nuestro?
-Maravilloso. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Un beso muy grande.
Hubo un clic y le conferencia se cortó.
.......

Medianoche, al día siguiente en el salón, mientras veían la tele:

-Venga, cuenta. Que tú empezaste primero.
-Hermanita, no te lo puedes creer. Primero me llevó a una joyería y me compró este anillo resplandeciente. Míralo.
-¡Dios mío! A mí también me compró Selam otro igual. Mira.
Ambas exhibieron las piedras preciosas, maravilladas.
-Parece que obran con telepatía.
-Por eso son gemelos.
-Mientras almorzábamos me recitó de memoria poemas eróticos de Omar Aljayam, me habló luego de su trabajo (es intérprete de conferencias) y me prometió muchos viajes después de la boda.
-En cuanto a mí, nada de poemas. Ya sabes cómo son los ingenieros. Pero hizo lo mismo en todo lo demás. Dime: ¿qué hicisteis por la tarde?
-Estuvimos en mi habitación...
-No os he oído. Posiblemente habría ido a la peluquería...
-Sin embargo, yo os oí...
-Selam me trajo aquí después de la cena. Y…
-¿Estuvo muy cariñoso?
-Mujer, ¿qué crees que hacen dos enamorados en pelota en una cama?
-Total. Todos lo pasamos de maravilla.
-Bien, querida. Vayamos a nuestras habitaciones y durmamos con los angelitos. Que Dios haga que continúe esta maravillosa felicidad.
.....

La casa de las mellizas corría longitudinalmente de norte a sur. Ostentaba un porche en la parte delantera, persianas blancas e hiedra encaramada. El aire era aromático debido a las frescas fragancias que exhalaba el espacioso jardín.
Anochecía. Pero Elías aprovechó los tenues y translúcidos fulgores de la luna que iluminaban la vivienda pare abrir la puerta con la llave que le había dado Yamila. Abrió silenciosa y minuciosamente, cerró de la misma forme y se dirigió discretamente al cuarto de su amada. Tardó unos momentos en discernir exactamente lo que estaba viendo: Yamila lucía un camisón transparente con ribetes de encaje. Por primera vez pudo ver con deleite su cintura de avispa, la exquisita perfección estructural de sus pechos enhiestos y las curvas gráciles y sensuales de sus caderas. Se acercó y la cogió por el talle, delicadamente. Ambos se besaron frenéticamente, estrujándose mutuamente el cuerpo. Pronto sintió ella un placentero cosquilleo en la ingle. Luego se abandonó a la ceremonia de la posesión amorosa.

Dos horas más tarde, la dejó exangüe y se dirigió al cuarto de baño, común a ambos dormitorios de las hermanas, no sin coger antes algo del bolsillo de su chaqueta. Entró y cerró a cal y canto. Se acercó al espejo, se puso primero las gafas, luego se pegó un bigote postizo. Se dirigió acto seguido a la otra puerta que comunicaba con la habitación da Firdaus. La abrió y una luz tenue le indicó donde estaba la alcoba.


-¿Eres tú, Yamila?, preguntó Firdaus, bostezando.
-¡Shut! Soy Selam. Échate a un lado...
-Pero si estás desnudo, ¿por dónde diablos entraste?
-Elías tiene una llave. He venido con él.
-¿Quieres decir que él y mi hermana...? a estas horas...
-Sí. Pero déjate de preguntas y caliéntame.
-Pero si estás helado. Ahora sí que te creo si me dices que estás derretido... Dios, ¡Como tienes la piel!...y...y...


La interrumpió besándola. Notó ella cómo empezaba a estrujarle el pecho con una mano y acariciarle las ingles con la otra. Pero luego de nade se acordó al sentir que sus cuerpos se fundían en uno.

Mucho más tarde, tras dejarla a ella también exánime, Elías hizo el recorrido el revés: se metió en el cuarto de baño común, se desembarazó de las gafas y del bigote y penetró en la habitación de Yamila. Dejó entreabierta la ventana antes de quitarse su albornoz melva y meterse en la cama. Fuera en el jardín se reflejaban unas sólidas y brumosas tonalidades doradas debido al amanecer que apuntaba. Notó cómo la neblina se disipaba poco a poco en tonos grisáceos que a su vez desaparecían paulatinamente.
Yamila extendió un brazo como si buscara algo.

-Estate quieta, mi vida, le susurró él al oído, mientras la abrazaba fuertemente, te he retenido en mis brazos toda la noche y no pienso liberarte nunca más...

Al día siguiente, en el comedor, mientras desayunaban.

-¿Qué tal anoche, hermanita? Para mí fue arrebatador e inconmensurable.
-Para mí, indescriptible y enloquecedor. ¡Vaya fuerza e imaginación!…
-¿Elías también se ha marchado temprano?
-No. Ya sabes que está de vacaciones.
-Menuda lotería nos ha tocado. Llevamos dos años en el dique seco...
-¿Qué programa tenéis para hoy?
-Viene a comer y se queda toda la tarde.
-Nosotros cenamos en Balema. Después iremos al cine y luego...

No terminó la frase: Elías bajaba en ese momento las escaleras, muy contento...de volver a verlas.
......

Llegó la hora del almuerzo y se presentó Elías puestos ya las gafas y el bigote bien ajustados. El menú estaba riquísimo y las mellizas, deslumbrantes de voluptuosidad y dulzura. La conversación versó sobre los preparativos de la boda y la felicidad que aguardaba a las dos parejas. Cuando hubieron terminado de tomar el postre, subieron los tres al primer piso para descansar.
Elías lo tenía todo bien claro: terminar de hacerle el amor a Firdaus, dejarla exhausta tras despedirse, meterse en el cuarto de baño, quitarse el bigote y las gafas y pasar a la habitación de Yamila, sin dar explicaciones porque lo de llegar a casa y meterse primero en el cuarto de baño estaba ya consagrado por las mellizas que no cesaban de repetir que aquello les ahorraba tiempo en todo. Pero las pobres criaturas creían que había dos príncipes azules y que ambos entraban por la puerta principal del cuarto de baño y no por las puertas laterales.

Satisfizo primero a Firdaus. Luego se despidió explicándole que se ducharía antes de irse. Entró en el cuarto de baño, corrió el cerrojo e iba a desembarazarse de sus dos chismes cuando, en la puerta opuesta, apareció Yamila.
Ambos se quedaron boquiabiertos. Apenas tuvo él tiempo para girar sobre sus talones y quitarse bigote y gafas, ayudado por el vaho de la ducha, pues el espejo estaba emborronado con el vapor.
Dijo en son de disculpas:

-Cariño, voy a cerrar esta puerta detrás de mí. No quiero que tu hermana nos observe...
-¿Pero no ibas a llegar a las siete? preguntó ella en tono de reprobación.
-Quería hacerte una agradable sorpresita.
-Acertaste. La fórmula mágica: ¡de la ducha a la cama! Hiciste bien en cerrar esta puerta, sabes: están los dos follando en la cama.
-¡Dios mío! gritó él simulando espanto.
-Venga. Ahora nos toca a nosotros...

Entraron en el cuarto de baño y abrieron los grifos de la ducha.

La bañera exhalaba un agradable aroma a jazmín que inundaba toda la estancia. Yamila se desembarazó de su bata de seda escarlata, dejándola caer al suelo limpio. Sus pechos eran voluminosos y rebosaban vitalidad y firmeza, vientre liso, cuerpo rechoncho y caliente…
El pelo castaño le invadía casi las nalgas, sin ocultar su piel inmaculada y blanquecina, sus curvas divinamente proporcionales.
Elías se acercó y empezó a pellizcarle los pezones. Ella los irguió con orgullo como para avivar la excitación del hombre. Procedió con mordisquearlos y luego, sin poder más, la penetró con fuera bestial, cogiéndole las caderas por detrás, levantándolas alternativamente mientras ella le cabalgaba flaqueada y mareada por el placer. Empezó a sudar como una posesa. En ocasiones esenciales sintió ella las manos sabias viriles, sobre todo los dedos, iniciar unas incursiones imposibles de imaginar para una chica como ella. Humedeció él un dedo y le acarició el clítoris. Ella se estremeció y sintió infinitos orgasmos, luego, en un arrebato, sumisa e inocente, apretó sus labios contra los suyos y se oyeron besos…Sus impulsos eran insaciables……
.......

Y así transcurrieron los días, llenos de delicias y golosinas.

Pero pronto empezó la pesadilla cuando aparecieron los otros gemelos en la vida de Elías. Tenían un aspecto de payasos: cara redonda, macilenta e insulsa; cejas espesas, barbillas luchadoras y ojos hundidos. Su acento traicionaba una ignorancia y una rudeza flagrantes.
-Sabemos que usted vive solo y no tiene hermano. Y sólo le interesa el dinero de las mellizas. No le delataremos a la policía si renuncia a su mezquino proyecto.

Elías no les hizo caso al principio. Pero cuando le abordaron en varias ocasiones, amenazándole seriamente, empezó a sentir una dolorosa punzada, como si le hubiesen hincado un colmillo en el corazón. No se esperaba a que alguien le coaccionara de aquella forma. Su sueño se iba a derrumbar como un castillo de naipes. Desaparecerá de la vida de las mellizas. Era la única solución que le quedaba. Se iría sin darles explicaciones, ya que los gemelos se encargarían de hacerlo.

Faltaba un día para el noviazgo cuando los gemelos campesinos se presentaron ante las dos hermanes, triunfantes y agresivos. Elías se prestaba a abandonar definitivamente la vivienda, tras pasar una larga noche en su paraíso sexual habitual. Bajaba las escaleras cuando vio a sus contrincantes acusarle del dedo. Dijeron a coro humedeciéndose los labios, pasando la lengua de un extremo a otro:

-Este señor es un impostor, taladró el enano con nariz aplastada contra la cara. Os ha dado gato por liebre. No tiene hermano alguno. A Dios no le gustan los hipócritas. Los castiga en el infierno.
Gritaban al unísono, recalcando les últimas palabras, henchidos de satisfacción. Elías sintió latirle el corazón con violencia y se quedó aturdido ante la mirada de las mellizas. Iba a confesarlo todo cuando Firdaus, cariacontecida y en tono perentorio, refunfuñó:
-¿Ah Sí? ¿De veras? luego deshaciéndose en improperios: Pues esperad un momento que llame a mi novio Selam para que os rompa la cara. Está en la ducha.
Dio en el quid. Los dos campesinos retrocedieron incrédulos y echaron a correr, aterrados a la idea de ser aporreados y molidos a golpes.

-No entiendo, carraspeó Elías, atónito, al ver desaparecer a los gemelos, Selam no existe y lo que afirmaron ésos es la pura verdad.
-Hace tiempo que descubrimos tus artilugios y artimañas de gusano, exclamaron alegres las dos al unísono.
-¡Dios mío! ¿Y no os espantó la cosa?
-Al principio. Pero luego comprendimos que eras inigualablemente único.
-¿Qué diréis a vuestra madre?
-Seguirás interpretando el papel de Selam. Después lo eliminaremos "mandándolo" a América. Luego, si quieres, te casas legítimamente con una de nosotras...
-Venga, suspiró Firdaus, dejaros ahora de hablar y subamos los tres a olvidarnos del susto.
-Sí. La noche es muy larga y tenemos tantas cosas que compartir...

Y las fresas acogieron al gusano.

EL OBSESO

Abdeltif salió de la Hacienda y se dirigió directamente al café Balema, donde solía merendar con sus amigos, antes de volver a casa.
Los encontró discutiendo sin son ni ton, como de costumbre.

-Aquí viene nuestro recaudador para zanjarnos el problema. Tú que tienes más experiencia que nosotros: ¿No es acaso la insatisfacción sexual la que induce a una mujer a cometer el adulterio? Kaled dice que no…
-¡Menuda pregunta! Desde luego, no es la única razón. Hay que considerar muchas cosas.
-Exacto, refunfuño Salem.
-Una mujer puede engañar a su marido por venganza.
-Puede que lo haga por dinero. 0 si trabaja, por promoción interna.
-0 por homosexualidad...
-Yo sigo manteniendo que si no la satisface el marido...
-Hombre, si es una ninfómana o si su marido es impotente...
-Olvidamos otro caso: si la esposa insatisfecha es además extremadamente hermosa y asediada por lobos sedientos...

Abdeltif sostuvo la mirada inquisitiva de Salem y éste se dio cuenta de que había metido la pata:

-Créeme, no pensaba en tu mujer...

-¿Y qué? ¿Qué más da? Estamos aquí de cachondeo, exteriorizando nuestras opiniones. Es verdad que mi mujer es demasiado hermosa. Pero tenéis que saber también que en los dos años que llevamos casados, en ninguna ocasión reñimos seriamente.

Se produjo un silencio plomizo, puntuado por unas miradas recelosas.

-La verdad, pensé en un embrollo conyugal determinado donde la esposa estuvo pringada con chanchulleros de poco abolengo.
-¿Era guapa?
-Hermosísima. La pillaron en fraganti con su jefe. El marido engañado le perdonó todo al saber que lo que ganaba él en muchos meses ella lo ganaba en un día. Le permitió reincidir a cambio de dinero. Pero pronto se las arregló ella para divorciarse de él y dedicarse a la profesión lucrativa más vieja del mundo.
-Ahora recuerdo otra historia similar-entonó Kaled-, pero donde el marido fue más maquiavélico. Comercializó por así decirlo, la hermosura sin par de su esposa induciéndola a prostituirse directamente entre gente adinerada selecta.
-Desde luego qué falsos musulmanes son éstos. El Islam te permite casarte con hasta cuatro mujeres para evitar cometer el adulterio.

Tras separarse de sus amigos y tomar el coche para volver a casa, Abdeltif se quedó pensativo. Aquella conversación intempestiva no le dejó indiferente. Condujo por la avenida Mohamed V, dobló luego por la calle Bagdad, rumbo hacia Agdal. Volvió a considerar las ocho causas de la infidelidad, planteándose la inevitable pregunta de si su mujer mantenía relaciones extra conyugales.

Le pareció una mentecatez formular dicha pregunta, pero pensó que tenía que zanjarla una vez por todas. Cuando se casaron, él renunció a tener hasta la más mínima aventura con otras mujeres, no por deber sino por convicción y satisfacción personales. Nezha le consentía todo. Pese a los años que le llevaba, ella también se mostraba satisfecha y colmada. En cuanto a su trabajo, que él suponía, no tenía ningún problema: siendo una secretaria de dirección, trabajaba a la luz del día y volvía al caer la noche para ocuparse del hogar. Ambos tenían sus coches y no sufrían de ninguna clase de privación. Lo de procrear, lo habían aplazado para más tarde, de común acuerdo.

¡Qué desfachatez! ¡Pensar que Nezha podría engañarle con otros! En cuanto a su hermosura, era ciertamente un incomparable maniquí, deseado por los hombres y envidiado por las mujeres. Pero era fiel como ninguna.
Rememoró su silueta, gustoso. Era alta, esbelta y con talle cimbreante. Pecho voluminoso y piernas perfectas.
Sus vestidos, falda o chilaba, le ceñían con elegancia, las sinuosidades de su cuerpo generoso y ágil. Su rostro irradiaba siempre una profunda alegría de vivir. Su melena era lisa y abundante. La mirada turbadora y vivaracha. Los hombres la devoraban con los ojos y sus colegas se mostraban solícitos. Pero nada de engaños.

Se detuvo ante un semáforo, cerca de la Facultad de Letras y, mientras tamboreaba sobra el volante, intentó expulsar para siempre de su mente la idea de un posible engaño por parte de su mujer. Cuando pasó a verde, maniobró y salió en tromba.

Sin embargo las misteriosas insinuaciones de sus dos amigos eran abrumadoras.
¿Qué pretendían? ¿Querían buscarle las cosquillas, leyéndole aquella cartilla lamentable? ¿Se propusieron, indirectamente y por amistad, hacerle ver que su matrimonio encerraba espinas mortíferas?

Rebuscó, desconfiado, posibles sospechas en algún rincón perdido de su memoria y vislumbró indicios insignificantes : la manía que tenía Nezha de cuidar su atuendo, despilfarrando cantidades exageradas de dinero; las múltiples escapaditas en que reincidía en su tiempo libre, alegando compromisos femeninos y profesionales; su negativa en la alcoba a practicar perversiones, alegando pudor y concupiscencia religiosa; sus visitas esporádicas al ginecólogo; sus misteriosos viajes a Tánger, para ver a su madre; las onerosas facturas del teléfono que pagaba ella misma…

Sin distraerse de la conducción, Abdeltif pensó de repente en posibles rivales.
Su jefe, Mulay Alí, era amabilísimo con ellos, insistiendo siempre en invitarles los fines de semana. Apoyó su promoción a cargos superiores en dos ocasiones y en presencia de Nezha, perdía todos los estribos. Había que verlo tan solícito y servicial en su finca de Temara…
De allí a pensar que él y Nezha…
Era absurdo, porque el aspecto del gordinflón repelía a las mujeres. Barrigón y cincuentón, llevaba gafas gruesas y tenía moretones en la calva.

El patrón de Nezha era aún más servicial que Mulay Alí. La autorizó a ausentarse en múltiples ocasiones sin pedirle tramitar papeleos. También insistía en invitarles a su vivienda en la alcazaba de Los Udaía. El pobre no soportaba la presencia de su mujer que, para ocultar su precoz vejez, utilizaba khul y llevaba pesadas alhajas caras.
Era imposible pensar que él y Nezha…Un hombre tan gordo y bajito, con, además, la horrible manía de hurgar y manosear la nariz con al dedo índice.

El ginecólogo de Nezha, un solterón de cuarenta años, era el más apuesto y gallardo de todos. La última vez en que ella fue a visitarle, le había colocado un dispositivo intrauterino para aplazar el embarazo. . .

En cuanto al cuarto rival, era el vecino impertinente, al que vio en varias ocasiones, rondar por la acera de su vivienda. Tampoco podía haber algo entre él y Nezha por la simple razón de que parecía un pelmazo fatuo, una especie de microbio que vive a expensas de las mujeres casadas. Además era delgaducho, bigotudo y de ojos maliciosos.
Los cuatro hombres eran, sin embargo, mujeriegos y muy reprimidos sexualmente.

Agrupando coincidencias y sacando conclusiones, Abdeltif se acordó súbitamente de unos hechos penosamente comprometedores: Nezha había visitado sola y en varias ocasiones las viviendas de sus respectivos jefes, por separado.
Decía que era para entregar recados a sus mujeres.
Recordó haberla visto también, aunque no podía jurarlo, con el vecino vicioso: más que discutían en aquella callejuela, parecían reñir… Tenía más de chantajista que de amante.

En cuanto al ginecólogo, las visitas se repetían de forma muy exagerada.

Otro remolino de imágenes y recuerdos aislados y desparramados se apoderó de su mente y sintió de repente que la vida de su mujer hasta entonces ordinaria era más enigmática y difícil de desenmarañar y recomponer.

Recordó con espanto que ella no había exhibido el tradicional paño para dar prueba de su virginidad. Más que eso: aquella noche hicieron el amor mientras él había estado borracho. Y fue ella quien insistió en traer cerveza ¡Menudo anzuelo! De haberlo sabido no se habría casado con ella.
¿Quién fue entonces el primer afortunado en desvirgarla?
Sus amigos no podían haber sido…

Recordó también a la médium que, de cachondeo, había visitado una vez con sus amigos: Le había vaticinado que su matrimonio se desmoronaría tras un largo periodo de engaños…

Cuando llegó a casa, pensó inmediatamente poner en marcha algunas estratagemas para cebar a su mujer, poniendo atención en no despertar ninguna sospecha.

Se sentaron a cenar y él le lanzó el primer cebo.

-Hace un minuto, me crucé con nuestro vecino y ¿me creerás si te digo que ni siquiera se dignó saludarme?
Ella se sobresaltó un instante, como movida por un resorte, pero pronto se contuvo y dijo, como si no le interesara el caso:
-A veces la gente está en la luna y no ve a los que pasan y saludan.
-Me pregunto en qué se ocupará este curioso personaje...
-Me dijeron que su mujer trabaja en un banco y él está empleado en el Hotel Hilton.
-¿Qué proyectos tenemos para este fin de semana?
-¡Ah! Ahora que me acuerdo: estoy invitada a un cumpleaños de una amiga, en la alcazaba de los Udaía.
-Eso queda cerca de la casa de tu jefe.

Ella dio otro sobresalto, como si recibiera una carga eléctrica.
-Claro...Es verdad. Bueno, ¿y tú qué vas a hacer?
-No sé. Ver la tele, o ir al cine...ya veré.

Ya tarde en la cama, Abdeltif pasó a la otra artimaña. Empezó a desabrochar el camisón de su mujer. Le puso los dedos sobre uno de sus pezones. Procedió luego a acariciarle las abultadas y duras nalgas y el pubis. Su mano derecha alcanzó zonas prohibidas, deslizándose por las ingles. Sus dedos emprendieron el sendero tan anhelado. Pero ella se movió, abrochó el camisón y dijo excusándose:

-Cariño, el ginecólogo me recitó otro tratamiento de quince días. Lo siento.

Acto seguido, le dio de espaldas y echó a dormir a pierna suelta, como un lirón.

Abdeltif apagó las luces y, en vez de dormir, se puso a juntar los pedazos desparramados del puzle.
La médium tenía razón y las insinuaciones de sus amigos le estaban destinadas. Hacía tiempo que su matrimonio había empezado a erosionarse, sin saberlo él, el muy idiota.

De pronto vislumbró una serie de escenas obscenas que harían palidecer de vergüenza al más atrevido de los perversos. Sintió que la razón se le abdicaba al comprender que el altar en que situaba a Nezha se desvanecía. La imagen del cuerpo desnudo de su mujer tomó proporciones inauditas. Lo entrevió jadeante y fogoso, acogiendo, gustoso, las torturas y el semen de sus amantes. El barrigón de su jefe se erguía y se encorvaba sobre el trasero de Nezha, gritando de dolor placentero; el jefe de ella soltaba risitas patológicas, enloquecido por los quejidos de su amante al eyacularle en la cara; el fatuo vecino transpiraba como un cerdo bajo el peso de ella, mientras que el ginecólogo, variaba a lo infinito sus asaltos y retozos eróticos más atrevidos.

Aquellas escenas le produjeron súbitamente una tremenda jaqueca y sufrió alucinaciones.

Miró despavorida y fulminantemente hacia el cuerpo ahora apacible y angelical de su mujer y le asaltaron deseos de estrangularla con la almohada pero temió desencadenar una lid con gritos que alertarían a los vecinos. Pensó en asestarle una serie de puñaladas con el cuchillo de la cocina, pero no era fácil hacer desaparecer el cadáver. Mas el reloj de pared del salón adquirió bruscamente una tonalidad inaudita y el tictac insistente taladró en sus oídos, enturbiándole los pensamientos.

Se deslizó de la cama, huyendo de aquella mujer a quien tanto amó y corrió a refugiarse en el cuarto de baño para vaciar vomitando sus entrañas del amargo licor del engaño. Echó la cabeza debajo del agua tibia del grifo, esperando borrar de su mente aquellas asquerosas escenas. Se secó y luego abrió el botiquín. Escogió tres frascos de color, uno de barbitúricos, otro de antibióticos y el último de sulfamidas. Los llevó a la cocina, donde se encerró. Dispuso el mortero sobre la mesa, vertió en él varias píldoras de cada frasco y las machacó silenciosamente hasta reducirlas en un maxún o pasta que bastaba para matar a un camello.

Tiró los frascos al cubo de basura y confeccionó el maxún para untar los ingredientes del desayuno y colocarlos cómodamente donde era necesario.
De dos cosas estaba seguro: la muerte será instantánea y sus amigos estarían orgullosos de él cuando descubran su cadáver y el de su mujer. Él no era como esos cobardes proxenetas que permitían a sus mujeres prostituirse a cambio de dinero. Divorciar hubiera sido una solución equitativa, pero de nada le habría servido porque se convertiría en el hazmerreír de todo el barrio. Había que destruir el vicio con la muerte misma.

Mientras pensaba en su tortuoso proyecto, una viva agitación le asaltó. Tuvo mareos y el delirio se apoderó de él.

Empezó a despuntar el día y llegó la hora del desayuno.
Nezha se duchó y al entrar en la cocina se sobresaltó al ver el estado de agitación en que estaba Abdeltif.

-¿Qué te pasa, cariño? Tienes el rostro abotagado y sin afeitar. ¿Estás enfermo?
-Tuve unas pesadillas. Además me levanté temprano para preparar el desayuno.

Nezha miró hacia la mesa y su preocupación desapareció y dio lugar a una afectuosa sonrisa.

-Mi vida, esto no es habitual en ti. Qué bueno eres hoy. Te mereces muchos besos.

Se irguió y abrazó a su marido, sin sospechar que todo estaba cuidadosamente envenenado.

Se tomó ella el zumo de un trago. Paladeó el té con hierbabuena al mismo tiempo que hincó sus dientes en la sabrosa torta untada con aceite de oliva y miel. Luego atacó los cruasanes con manteca y mermelada.

-Mi amor, ¿A qué es debido esta grata sorpresa? Parece un festín. Sin embargo, este olor a medicamento…

No terminó la frase. Sintió una quemadura en el vientre. Lanzó un agudo grito de dolor. Tosió y se retorció, presa de convulsiones. Finalmente cayó al suelo, donde se quedó inanimada, con los ojos abiertos, mientras que, de su boca entreabierta, empezó a brotar un hilillo de baba.
Entonces Abdeltif la imitó, comió igual que ella y luego cayó al suelo, boca arriba, fulminado a su vez por la muerte.

Mucho más tarde, en al hospital Ibn Sina, Nezha logró abrir los ojos y reconoció, atónita, a Malika, una colega de trabajo.

-¡Alabado sea Dios!-gritó la amiga, excitada, luego llamó al médico jefe, que no tardó en acudir-.

-¿Dónde estoy? -susurró Nezha-.
-Estas a salvo, querida mía. Te esperé, como de costumbre, junto a tu coche, para ir al trabajo y como no aparecías, pensé que te habías quedado dormida y, temiendo llegar tarde al despacho, llamé a tu puerta para despertarte. Oí muchos ruidos, algo pesado que caía al suelo, quejidos insoportables. Pedí ayuda, rompimos el cristal del dormitorio, entramos y...te descubrimos... ¡Era horrible!

Malika ocultó su rostro entre sus manos y prorrumpió a llorar.

El médico se aclaró la voz, explicó el final de la tragedia y luego añadió:
-Su marido tuvo un grave delirio y por razones que desconocemos, intentó envenenarla a usted y luego a sí mismo. Son las conclusiones del médico forense.
-¿Cómo está Abdeltif? -gimoteó ella-.
-Tomó una dosis muy elevada y no pudimos hacer nada por él.

Nezha volvió a cerrar los ojos y se hundió en una profunda tristeza. Suspiró hondo. Abdeltif lo era todo para ella. Su único amor. Tenía tantos proyectos con él.

Y ahora sin él, sola…viuda…qué sería de ella…

 

DISTORSIÓN DEL TIEMPO

Sinopsis: Todos tenemos fobias y comportamientos neuróticos. Pero ¿qué ocurre cuando descubres que tu neurosis no es sino una metáfora de un asesinato perpetrado en tu infancia? Una metáfora de tu propia orfandad…
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Nadia es extraordinariamente hermosa, una de estas raras marroquíes rubias y de ojos azules que hacen que los hombres se vuelvan a echarles piropos y a suspirar de ansias por no lograr siquiera una sonrisa.
Con sus 27 primaveras y la carrera de medicina recién acabada, es cada vez más admirada por los hombres y envidiada por las mujeres.

Sin embargo, la joven sufre de dos lamentables complejos: tartamudea y tiene fobia al color rojo.
En ocasiones es incapaz de formular una frase coherente y el mínimo matiz rojizo a la vista la deja en un estado asmático. Esto hace de ella una mujer tímida, marginada e infeliz.

Los especialistas intentaron todos los medios terapéuticos, pero no diagnosticaron ninguna tara psicosomática.
Su madre huyó con un amante a Italia y su padre tuvo que casarse con la criada, cuando ella tenía apenas tres años, por lo que aquellos acontecimientos no significaron nada para ella. En compensación, su madrastra desempeñó plenamente su papel maternal. Además, pronto la mandaron a la ciudad, a casa de su tío, para poder frecuentar la escuela primaria y jugar con sus primos, cosa imposible de realizar en la aldea donde nació.
Después del bachillerato, obtuvo una beca y se fue a Francia a estudiar la carrera de medicina. Total, nada en su vida que justificara su enfermedad actual.

El cielo de Tetuán está nublado, pero aún no empieza a llover. Nadia sale del municipio donde estuvo solicitando la autorización para abrir su consultorio y se dirige ahora a Correos para echar algunas cartas y luego tiene planeado amueblar su nuevo apartamento. Más tarde, como cada jueves, le llevará pasteles y otros regalos a su madrastra.

Cruza la calle con paso firme y decidido, pero de repente la asalta un coche rojo que frena con un chillido justo a su altura, rozándole las rodillas. Inconscientemente alarga un brazo para defenderse y toca con la mano el ala derecha del coche. El contacto con el metal rojo le produce un escalofrío y nota que súbitamente todo el paisaje empieza a adquirir tonos rojos que le excitan la retina.

Cierra los ojos para borrar dicha impresión, pero en su mente estalla una inmensa mancha de sangre que se pone a extenderse y a alcanzar proporciones extraordinarias.

Deja caer su bolso y sus cartas y se pone a correr como una loca, arrollando a los transeúntes que se detienen a mirarla sin entender. El conductor sale precipitadamente del coche, recoge las cartas y el bolso y se dispone a alcanzarla, en vano. La joven corre con todas sus fuerzas, como si viera a un fantasma. Siente que la repugnante mancha de sangre la está alcanzando por la espalda, para engullirla. Titubea y resbala.

Intenta gritar y pedir socorro, pero sólo logra tartamudear con voz de niña una frase incoherente: " No quiero ver a mm...mi ma...mamá". Finalmente su vida cesa allí, en medio de aquel océano de sangre.

Más tarde alguien llama a una puerta y un hombre alto y amable acude a abrir, sin disimular su asombro al ver al visitante.
- Soy el doctor Ilabou y vengo a devolver sus cosas a la señorita Nadia. Fui primero a buscarla en su nuevo apartamento, basándome en la dirección del DNI y el conserje me dijo que aún no lo ha estrenado y que la encontraría aquí en casa de su tío.
- Soy su tío, pase por favor. No sabemos cómo agradecerle esto, pues en el bolso hay documentos importantísimos para mi sobrina.
-Me siento culpable por haberla amedrentado con mi coche, al frenar bruscamente a su altura y rozarla. Pero no entiendo por qué se echó a correr tan de prisa.
-¡Curioso! No se acuerda de ningún coche. Nos dijo que tuvo un mareo y se desmayó. Por suerte, una mujer la reconoció y la ha acompañado a casa.
-¿De qué color es su coche?
-Rojo. ¿Por qué?
-Ahora entiendo. La verdad esto suele ocurrirle de vez en cuando.
-¿De vez en cuando?
-Tiene fobia al color rojo y esto es incomprensible. Sólo sabemos que huye por no poder soportarlo. Además tartamudea desde niña.
-¡Ah!
-Estuvo un día rebuscando entre sus papeles de colegiala cuando descubrió una vieja foto donde aparecen un matrimonio y un bebé. Dedujo que el bebé era ella y que estaba con sus padres. Mi mujer me dijo que tras ese descubrimiento, la pobre ha dejado de ser la misma.

-¿Algún detalle raro en la foto?
-Nada. Tres caras sonrientes y alegres. La foto se tomó antes de que su madre emigrara a Europa por su propia voluntad, dejando al marido la vivienda y las tierras heredadas. El marido abandonado terminó casándose con la criada que tenían y a Nadia me la mandaron aquí a estudiar en los mejores colegios. Obtuvo luego una beca para Francia donde logró terminar su medicina.
- ¿Consultó a algunos médicos?
-A muchos, pero no detectaron nada anormal. Sin embargo lo que no entiendo es la misteriosa frase que pronuncia desde niña cuando tiene pesadillas o está en estado de inconsciencia.
-¿Cuál es?
-"No. Quiero ver a mi mamá."
-¿Hay un punto después de "No”?
-Por supuesto. Marca claramente una pausa y luego insiste en ver a su madre.
-¿Por qué dice primero "No"?
-Esto es, en efecto, problemático.
-Si se encuentra bien, quisiera presentarle mis disculpas y proponerle mi ayuda profesional. Me siento en deuda con ella.
-Está aún durmiendo. Pero si quiere, podemos despertarla.
-No, déjela que descanse. Lo necesita. Aquí tiene mi tarjeta. Le ruego que se la dé en cuanto se reponga.

Al día siguiente, sin esperar y muy excitada para conocer a su bienhechor, Nadia acude al consultorio del famoso psicoanalista.
Pero habla con dificultad:

-Le ag...agrade...dezco su a...yuda.

Sin hacer atención al tartamudeo, el médico contempla maravillado el hermoso rostro de la joven y, para disipar su embarazo, dice en voz amistosa:
-Llega justo cuando me disponía a preparar una infusión. ¿Le apetece un té?
-Sí.
-Pues bien. Póngase cómodamente en ese sillón. Para empezar le ruego me perdone por haberla asustado.
-No ha ss...si...do por su cul...pa.
-Para redimir ese gesto, estoy dispuesto a ayudarla en lo máximo.
Mientras el médico prepara las tazas de té, ella le mira con curiosidad y descubre a un hombre atractivo y guapo.

Observa que sus dientes son tan blancos como su blusa. Su mirada es profunda y agradable.
-Aquí tiene: Allí está el azúcar. Como le decía, estoy dispuesto a ayudarla pero antes quisiera hacerle algunas preguntas para confirmar o corregir los pocos datos que tengo sobre usted.
-Us...ted di...ga.
-Sé que no recuerda casi nada de su madre y que su padre vive fuera de Tetuán. Quisiera saber si en sus sueños pronuncia frases incoherentes, si las memoriza, si ve imágenes del pasado, sobre todo los colores y si sabe cual es el origen de su tartamudeo.
Ella le contesta que no tiene ni la menor idea de estas cosas y lo único que la atormenta es la dificultad que tiene de hablar.
-Bien. Usted es médico también y sabe que lo que nos atormenta puede a veces estar inhibido y reprimido en el inconsciente. Creo que en su caso, algo la traumatizó en su infancia y ahora le provoca fobias, vértigos y tartamudeos. La introspección alucinógena puede ayudar.
-¿Qué es la intros…spec...?
-Consiste en inyectar un alucinógeno que tiene como efecto retractar y comprimir el tiempo del paciente hasta inmovilizarlo en el momento del trauma. El paciente revive entonces con exactitud la experiencia traumatizante. Como en un psicodrama. Al volver el paciente al tiempo real el mal desaparece instantáneamente. No se preocupe por nada. Yo la orientaré y notaré todo lo que dice y ve. ¿Está dispuesta a tomar la droga Psm?

Nadia explica que se sometió a varios tratamientos sin que nada ocurriera pero ahora cree tener otra oportunidad y está dispuesta a aceptar la propuesta.

El médico ordena entonces a su secretaria aplazar todas las demás citas, por tratarse de un caso serio.

Nadia descubre el brazo izquierdo, lo extiende y presenta la vena para recibir la droga. De pronto siente un dolor atravesarle el cerebro y tiene la impresión de que tiempo y espacio se le van escapando, como si se torcieran y retrajeran.

Todo empieza a dar vueltas, la cara del doctor, el consultorio y su propio cuerpo. Algo así como viajar a las estrellas.

Entonces nota que su edad se distorsiona y se comprime. El tiempo también. Observa que van pasando escenas de su vida y paisajes como vistos desde un tren que avanza a toda velocidad: la universidad, su estancia en Paris, el instituto de Tetuán, la casa de su tío. Comenta estas escenas según las preguntas premeditadas del médico.
Unas imágenes atropelladas le asaltaron la memoria; una maraña de múltiples senderos que bifurcaban en figuras indescifrables…
Se quedó impertérrita e inmóvil. De pronto el tiempo empieza a aminorar su movimiento y se detiene en una aldea remota y aislada.
-Concéntrate ahora, Nadia. Alguien quiere hacerle daño a tu mamá. Quieres defenderla pero no te dejan. Dime, por favor. ¿Quién está con tu madre?

Orientada por la voz del médico, Nadia nota que ahora tiene tres años y está en su habitación, lista para dormir. Pero no puede porque oye fuertes voces que provienen de la cocina. Sus padres están riñendo. Alguien está con ellos. Es una mujer. Nadia intenta entrar en la cocina para defender a su madre, pero su padre la empuja hacia atrás y le prohíbe acercarse: "No. Quiero ver a mi mamá", solloza. Pero de nada le sirve. La encierran en su habitación.
-No abras los ojos, Nadia, le susurra el médico, dime ahora donde estás exactamente y qué ves.
Ella le explica ahora todo sin tartamudear porque en ella habla la niña de tres años. El médico insiste y vuelve a preguntar:
-intenta acercarte a la cocina para ver quién es la otra mujer.

Nadia se acerca sigilosamente y oye gritar a su madre:
-"No os dejaré casaros, antes lo venderé todo".
De pronto estalla un ruido tremendo, acompañado de un grito de dolor como si alguien asesta un fuerte golpe a otra persona. Nadia reconoce la voz de su madre que está pidiendo socorro. No puede más. Corre esta vez hacia la cocina.
"No. Quiero ver a mi mamá". Y de nuevo es empujada por su padre, esta vez con más violencia. La encierra con llave en su dormitorio. Pero antes logra ver algo.
-¡Mi padre está estrangulando a mi madre! Hay otra mujer es...es mi madrastra. He visto una mancha en el suelo de la cocina. Es sangre.
-Concéntrate, por favor, Nadia, y dime de qué están hablando ahora los dos.

-"En el jardín", dice ella, noto que están arrastrando algo muy pesado. Luego, nada. Silencio. Estoy en la oscuridad y sola en mi habitación. Tengo mucho miedo.

Viendo que la escena traumatizante podía perdurar y causar otros efectos a Nadia, el médico procede con cautela a los pormenores que han de devolver a la joven a la realidad. Le hace un suave masaje en las sienes, luego en los ojos.
-Todo ha terminado, Nadia. Voy a contar hasta tres y te despertarás. Estás ahora a salvo y curada por completo.

La joven nota que de pronto el tiempo empieza a fluir en dirección contraria, es decir, a extenderse hacia el futuro hasta detenerse en el consultorio del médico. Nota que éste le está frotando la frente.
-Has sido muy valiente, Nadia. ¿Te cuento ahora lo que ocurrió realmente en tu pasado?
-No hace falta, doctor, dice la joven sin tartamudear ahora. Gracias a usted, acabo de reconstituir el asesinato de mi madre. Sólo que no entiendo que los asesinos sigan viviendo felices.
- No por mucho tiempo. Te lo prometo.

En el camino rumbo al aduar de Nadia, el comisario aún sin entender la increíble historia sigue escuchando la versión de la joven:

-Es muy simple, comisario: mi madre descubre las relaciones íntimas que mantienen mi padre y la criada. Se siente ofendida, se enfurece y amenaza por pedir el divorcio y vender la finca y la vivienda. Para impedírselo, mi padre la asesina y, ayudado por la criada, la entierran en el jardín. Luego inventan esa absurda historia de emigración, que es, dicho de paso, una afrenta para mi madre, después de muerta. Temiendo que yo recordara algo, me mandan a Tetuán, so pretexto de que allí podría estudiar y tener más ventajas que en el campo.

-¿Cómo surge entonces todo esto hora, han pasado más de veinte años?

El médico interviene para corroborar los hechos.
-No es fácil explicarlo, comisario. Nadia tenía apenas tres años cuando presenció aquel terrible drama. No podía entender lo que ocurría por aquel entonces ni tenía posibilidades de delatar el crimen. Además, al marcharse a la ciudad, lo olvidó todo con el tiempo. Hasta que su inconsciente sintetizara los hechos pasados e intentara sacarlos a la superficie de la conciencia utilizando como síntomas el tartamudeo, la fobia a los colores rojos y la frase incoherente que pronuncia cuando se desmaya. Son todos ellos unos síntomas que utiliza el inconsciente para recordar aquella tragedia.

Al llegar al pueblo encuentran primero a la madrastra que, al ver a Nadia se echa a correr hacia ella para tenderle los brazos. Pero la joven la detiene fríamente y le presenta al policía:

-El señor comisario y sus hombres han venido a deteneros a ti y a tu marido por haber asesinado a mi madre y haberos apropiado su finca.

Incrédula y boquiabierta, la antigua criada no sabe si echar a correr o estallar en carcajadas. Se queda petrificada por unos momentos, mirando ora a su ahijada, ora al policía.
Luego mira hacia la casa como si buscara la ayuda de su marido.

-Su marido ha confesado ya, inventa sin parpadear el comisario, implorando al cielo que caiga ella en la trampa.
Y en efecto, la madrastra pica en el anzuelo y estalla como una bomba:

-¿El muy cobarde y sinvergüenza ha confesado? Le dije mil veces que no bebiera...le dije que la bebida terminaría con nosotros algún día. Y ya está. Íbamos a vivir felices con nuestros cuatro hijos y la finca. ¡Qué va a ser ahora de nosotros cuando destierren al cadáver!
-¿Dónde lo enterraron?, pregunta gravemente el comisario, temiendo que la mujer no contestara.

Abatida, la mujer apunta hacia un naranjo del jardín. Inmediatamente los hombres del comisario se ponen a cavar y momentos después, destierran los restos de un descompuesto esqueleto humano que el médico identifica ser el de una mujer.
Nadia no puede soportar la escena y entra en casa, acompañada del médico.
-Es aquí donde ocurrió todo. Lo veo como si fuera esta mañana: la pelea, el cuchillo de la cocina, la sangre. Yo estaba secuestrada en la habitación de enfrente.

Viendo que sus ojos humedecen, el médico le permite agazaparse en sus brazos.

Cuando salen momentos más tarde, un gendarme les informa de que los culpables han sido esposados y llevados al juzgado, bajo la custodia del comisario.

Ahora la puesta del sol es profundamente púrpura pero a Nadia no le inspira fobia sino una agradable sensación.
¿Será porque la pesadilla había terminado o porque el médico la tiene otra vez acurrucada tiernamente en sus brazos?

-Estoy decidido a no dejarte sola nunca más, le susurra cariñosamente el médico, nunca más, mi amor.

-Llévame a casa, cariño.

AMOR AÉREO

Sinopsis: Si no crees en el amor, es mejor no leer este relato.
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Hacía una mañana lúgubre y oscura. El avión rugió sobre la pista del aeropuerto de Barajas, despegó con un fuerte zumbido y ascendió oblicuamente hacia el cielo con destino a Marrakech.
Los viajeros desabrocharon sus cinturones para ponerse cómodos. Una joven que cubría su cabello con un pañuelo con monedas de oro que le caían sobre la frente, pidió disculpas para cambiar de sitio a un joven que aceptó afablemente. Le explicó que estar pegada a la ventanilla le producía vértigo y ambos se rieron del incidente y se dejaron caer sobre los respaldos cerrando un momento los ojos para descansar.

Ella era alta, delgada, cutis de maniquí pero sin cosméticos, cuerpo fino y cimbreante. Vestía ropa gris y rosa que le caía formando pliegues hasta los pies. Llevaba un brazalete con incrustaciones de brillantes en su muñeca izquierda y su aspecto general denotaba educación y opulencia. El era de ojos castaños, pelo negro como el azabache. Iba también bien ataviado y era suave en sus modales. En el asiento delantero, una mujer se puso a cambiar de posición al niño que no cesaba de llorar; lo puso en su regazo y, para acallarlo, tiró de la cremallera de su chilaba, sacó el seno izquierdo y acercó al bebé para que mamara. Su compañero de asiento, un hombro corpulento, con un grotesco bigote y pelo rizo, se quedó furtivamente mirando de reojo al seno erecto y opulento de la joven madre, sin pestañear. En el lado contiguo, a la derecha, otra mujer se arrellanó cómodamente en su asiento, desplegó el diario La Mañana y se enfrascó en su lectura, sin notar que el hombre sentado a su derecha la escudriñaba discretamente, impresionado visiblemente por los encantos con que la naturaleza obsequiaba magnánima y generosamente a ciertas criaturas femeninas. Era una mujer bellísima, de formas esculturales, rubia, de ojos azules y labios carmíneos. Llevaba cabello recogido en un gran moño en la nuca. Vestía una atrevida creación en azul marino y blanco que le daba un aspecto distinguido.

Ella parecía muy preocupada y tenía el ceño fruncido. El hombre miró los titulares del periódico y comprendió la preocupación de la joven: " Una mujer recién casada castra a su novio y se suicida"; "Una joven seropositiva logra contaminar a varias personas, por venganza". Desplegó su propio periódico y notó que aquellos títulos eran casos aislados y sensacionalistas, destinados a un público específico. Se interesó por la página de política nacional y no pudo contener su emoción: tras una larga e ingrata sequía, la situación volvía a su curso normal, con un rebrote general de la vegetación y el abastecimiento oportuno en recursos hidráulicos. En cuanto a los labradores e inversores extranjeros todos manifestaban su euforia y confianza en el porvenir.

Un fuerte codazo sacudió al hombre y le hizo volver la mirada hacia su compañera de asiento, quien se apresuró a disculparse:
-Lo siento, dijo con voz suplicante, me disponía a abrir el bolso para sacar caramelos cuando, debido a la sacudida del avión, le di a usted este golpe sin querer.
-No se preocupe, son cosas que ocurren, le dijo él tranquilizándola.
-¿quiere un caramelo?, invitó con acaloramiento.
-Gracias, aceptó el hombre, llevándose la golosina a la boca, mm, muy delicioso, prosiguió.
-Son de chocolate con anís, dijo orgullosa, luego agregó: me llamo Aurora Gómez y soy periodista.
-Encantado. Yo soy Adel Sekal. Acabo de terminar mi carrera de ingeniero de minas y vuelvo a casa definitivamente.

Miró al joven y, por primera vez, pudo recrearse en su contemplación, estudiándole a su antojo. Era también alto y de formas esculturales; pero moreno, de ojos castaños, cabellos y cejas de un negro profundo. Tenía también un aspecto pulcro y distinguido.
-¿Cómo se dice en árabe dialectal "perdone" y "Gracias"?
-"Smahli" y "Shukran".
-pues le digo Smahli por lo del codazo y Shukran por su indulgencia.
-Estupendo. Lo pronuncia muy bien.
-¿Otro caramelo?
Adel aceptó gustoso, engulló el bombón y preguntó:
- ¿Va usted en misión o de vacaciones?
-Ambas cosas, para serle franca. Me han elogiado mucho su país y pienso descubrirlo por mi cuenta.
-Si quiere, tendré mucho placer en ayudarle a visitar mi ciudad natal.
-Muy agradecida. Supongo que necesitaremos mucho tiempo…
-Por lo menos una semana para ver lo esencial.
Una azafata morena y sonriente se acercó e interrumpió su conversación, obsequiándoles con un suculento almuerzo con refrigerios.

La joven del brazalete y su compañero, que habían ya alcanzado una intima amistad, zamparon el pollo con arroz e insatisfechos, sacaron dos desbordantes bocadillos de sus bolsos de plástico y los engulleron también. El hombre del grosero bigote, que no dejaba de escudriñar a la joven y embelesada madre, se dejó finalmente guiar por su impulso e invitó a su compañera a compartir con él unos deliciosos pasteles madrileños, como postre. La joven aceptó, mientras un vivo rubor se extendía por sus mejillas que pronto empezaron a irradiar múltiples colores. Hasta sus orejitas se sonrojaron, cuando su compañero le dijo que no entendía cómo una bellísima criatura como ella viajaba sola.

Cuando hubieron terminado de almorzar, les proyectaron una película que resultó ser de violencia. Aurora se disculpó para echarse un momento y Adel hizo lo mismo. La joven cerró los ojos y la imagen de Pedro irrumpió en su mente. Recordó que empezaron a reñir tras el divorcio de los padres de ella. El joven empezó a distanciarse, luego a evitarla. Finalmente se separaron sin más. Al borde de una depresión nerviosa, fue a consultar a un psiquiatra que le aconsejó cambiar de vida viajando y descubriendo otros horizontes. “Viajar es morir un poco", pensó. Sus ojos, aunque cerrados, no pudieron detener dos grandes lágrimas que brotaron y resbalaron por sus mejillas.

En aquel preciso instante, por cambiar el avión de trayectoria, los viajeros se sacudieron y Adel se irguió en su asiento, miró a Aurora y descubrió que sus ojos estaban humedecidos.
-Si puedo hacer cualquier cosa, le dijo, solícito, entregándole un clínex.
-Lo siento, contestó con voz apagada, recordé cosas amargas de mi vida.
-A veces es bueno llorar para borrar cosas...
-Las mujeres somos tan sensibles y débiles...
-Usted tiene todo para ser feliz: juventud, belleza, salud, carrera, inteligencia…
-Alguien me abandonó cuando más necesitaba su ayuda...creí que me quería.
-¡Qué curioso! exclamó él, arqueando las cejas, a mí también me ocurrió lo mismo.
-¿qué le pasó exactamente?
-Una historia banal y ordinaria. Me enamoré de una española que estudiaba conmigo y cuando pensamos casarnos últimamente, su familia se opuso categóricamente a nuestra unión. Ella tuvo que elegir y prefirió a sus padres.
-Por incompatibilidad cultural, supongo...
-Sí. Rechazó la idea de venirse a vivir aquí conmigo.
-¡Qué barbaridad! La pobre no sabe que Marruecos ha evolucionado bastante durante estos últimos años y que es la mezcla de culturas que hasta ahora ha permitido que las civilizaciones progresen y se enriquezcan...
-Según comprendo, sus padres se mostraron opuestos al matrimonio mixto.
- ¿Y qué tiene de malo un matrimonio mixto? ¿Acaso en los demás matrimonios no hay divorcios, dramas y tragedias? No entiendo cómo puede una religión, una cultura o una nacionalidad separar a dos personas que se quieren de verdad...
-Aurora, le agradezco que me haya devuelto la confianza en la gente y en mí.
-¿Qué le parece si brindamos por los matrimonios mixtos? dijo ella, sacando una botella de zumo de melocotones y dos cubilotes.
- Buena idea.

En el asiento contiguo, el joven del pelo azabache y la bella del brazalete parecían absortos y sumidos en una conversación interesante. Ella hablaba con voz dulce y acariciadora. El escuchaba con radiante júbilo. Súbitamente se abrazaron y besaron con ardor. En el asiento delantero, la joven madre y su compañero mantenían también una conversación entretenida y enternecida. Sus miradas eran ansiosas, solícitas y lánguidas. Aurora y Adel veían que las dos parejas se comportaban como viejos enamorados. El hombre tenía al bebé en sus brazos y la madre le tarareaba en voz baja una canción de cuna para que se durmiera.

-Según los pocos fragmentos de conversación que he podido captar, aclaró Adel, la joven madre acaba de divorciarse y vuelve a casa de sus padres. Su compañero le propone casarse con ella y ocuparse del niño. En cuanto a la otra pareja, acaban de comprometerse individualmente y lo harán oficialmente cuando lleguen a Marrakech.
-Dios mío, exclamó Aurora, atónita, con qué facilidad se cruzan ciertas vidas… ¡Qué fácil es lograr aquí la felicidad! ¿Suele ocurrir así en su cultura o es pura magia del cielo en que volamos?
-Ambas cosas. Idilio aéreo y encanto bereber, musitó él enigmáticamente, luego agregó, cambiando de tema:
-¿Qué le gustaría hacer mañana, para empezar?
-¡Uy! Muchas cosas. Y antes que nada, un baño cultural: comer platos vuestros, beberme ese té delicioso con hierbabuena, pintarme los ojos con khul, tatuarme las manos y los pies con hena, comprarme estatuillas, vestirme con traje bereber y viajar por el sur profundo. En esto consiste mi reportaje etnográfico.
-¡Vaya programa! Tendré que avisar a mis hermanas para que la ayuden...
-¿Cree que al final me será posible aprender unas palabra en bereber?
-Por supuesto, apoyó él.
-Quisiera que me aclarara unos puntos. Es que me hago todo un lío: sois a la vez marroquíes, beréberes, árabes, musulmanes, moros, magrebíes...
-No es difícil. Los árabes (habitantes de Arabia Saudita), tras convertirse al Islam, conquistan e islamizan a Marruecos (palabra calcada sobre "Marrakech" y que significa "occidente"), antes inicialmente habitado por Imazighan (que significa "hombres libres") llamados "beréberes" por el invasor, a semejanza de los Griegos y romanos que llamaron " bárbaros" a sus protegidos. En cuanto a "moros", es una palabra que nos viene de nuestros vecinos mauros o Mauritanos con quienes tuvimos antiguamente lazos históricos, sin más. Por fin, la palabra " magrebí" es un adjetivo de "Magreb" (occidente también) pero región que abarca a los tres países que ya conoce.
-¿Cómo entró el Islam en el país?
-Difícilmente, tras setenta años de una lucha encarnecida. Anteriormente el país se judaizó y cristianizó sin problemas. Somos un país tolerante, pues hay iglesias y sinagogas también…
- ¿Y en cuanto al idioma bereber?
- Tenemos tres dialectos muy diferentes.
-Bueno, tomaré notas a su debido tiempo. A ver, cómo se dice "yo quiero beber agua" en rifeño, es sólo para escuchar los sonidos.
-Nash Jsagh adaswagh aman.
-¡Qué melódico pero difícil! Supongo que existe una gramática sistemática.
-Claro. La transcripción original se ha perdido, pero ahora se intenta recuperarla. Antiguamente el idioma se transcribía en púnico, luego en latín, en romano y ahora, indiferentemente en cualquier lengua internacional.

El avión empezó súbitamente a perder altitud y los viajeros pudieron paulatinamente vislumbrar las primeras palmeras, el color rojizo del relieve y la vegetación propia a la ciudad eterna. Aurora se inclinó hacia la derecha, deshizo su moño y echó la cabeza atrás. Sacó del bolso un pequeño espejo y se retocó los labios, pintados ligeramente de rosa. Luego sacó un perfumador y se aplicó unas gotitas detrás de las orejas. Percibió por el rabillo del ojo que Adel la estaba desnudando con la mirada.

Su cabellera rubia exhaló una fragancia embriagadora que no dejó indiferente al hombre. Una sensación de felicidad pareció reflejarse en sus facciones que no escapó a la mirada aguda de la pareja que ocupaba el asiento contiguo. Los dos jóvenes le lanzaron una sonrisa cómplice. Por su parte, Aurora intentaba analizar sus confusos sentimientos.

Curioso destino el suyo. Se creía desgraciada. Pensó que viajar era olvidar desdichas y morirse un poco. Creyó que nunca encontraría la felicidad. Sintió de repente una profunda sensación de triunfo. Había huido de aquella tenebrosa historia, de aquella insoportable niebla… para encontrarse con la luz…

Comprendió que el hombre que la acompañaba ahora la atraía irresistiblemente. La embargó súbitamente una sensación de euforia nunca experimentada antes. Sintió que debía besarle. Tenía que hacerlo. En su movimiento, dejó caer deliberadamente el capullo de rosa, que tenía en el ojal de la solapa, sobre las rodillas de Adel. Éste se agachó, aún aturdido por la fragancia de la joven, para recoger la rosa, aspiró su aroma y al erguirse sus rostros se rozaron, como ella había imaginado.
-Adel, yo…

La besó. Le correspondió ella, entregándose cuerpo y alma.
-¡Contigo ahora todo es mágico!, susurró él, luego miró por la ventanilla y añadió, ya llegamos. Bienvenida a tu nueva casa.


 

 


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