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RELATOS


Por Aitor Céspedes Suárez

 

POR LAS CALLES DE URUK

-"Ups, disculpe, es la tercera vez que choco con alguien desde que llegué, jamás vi una ciudad tan arrebatada de gente"

-"¿Nunca habías estado aquí antes?"

-"No...es la primera vez que visito Uruk" respondió el joven quedando asombrado por el bello rostro de la persona con quien chocó

-"Vaya, ¿de donde vienes?"

-"De la honorable ciudad de Babilonia, mi nombre es Nabónido y he venido a Uruk para contemplar su gran Templo Blanco. ¿Y tu, de donde vienes?, no pareces de por aquí"

-"Mi origen es lejano. Ven, te dirigiré hacia el templo"

El joven se dejó guiar por aquella muchacha recorriendo las serpenteantes y estrechas calles de la ciudad. A ambos lados una hilera de casas hechas con adobe, pegadas unas a otras, con un techado plano que servía de terraza, sugiriendo un esbozo monolítico, sin diferenciación entre ellas. Las calles bien pavimentadas estaban repletas de gente, vendedores con sus comercios desplegados, curiosos merodeando por ellos y ladronzuelos esperando algún descuido para hacerse con un mediocre botín. Se podía atisbar a unos miembros de la Guardia de Uruk que debía vigilar a las gentes y mantener el orden en cualquier altercado, pero lo cierto es que estaban charlando y debatiendo de forma enérgica cual sería la mejor herradura para los onagros. Era de día y el sol radiante iluminaba toda la ciudad.

-"Dicen que las murallas de Uruk son impenetrables, que jamás ha sido conquistada, que hay una guarnición permanente apostada en esta ciudad"

-"Claro, las murallas de Uruk están bendecidas por la sangre de Inanna y Meskiangash. Como verás, hay un gran apelotonamiento de gente. Uruk es siempre una ciudad alegre y llena de personas, pues cuenta con más de 300.000 habitantes, pero estos días está más arrebatada de lo normal porque se celebra, durante esta semana, las fiestas en honor a Inanna, diosa tutelar de la ciudad"

-"¿Y Meskiangash?"

-"Meskiangash...fue el primer soberano de esta ciudad, el primer Ensi que trajo la gloria a Uruk extendiendo sus dominios desde el golfo Pérsico hasta el mar Mediterráneo para después desaparecer en las montañas del este. Volvió transcurrido mucho tiempo, diferente, marcado, más poderoso y más sabio para traer de nuevo la gloria esta región"

-"Después de tanto tiempo...¿y que hizo durante todos esos años fuera de Uruk?"

-"Esa es una historia muy larga", rió, "pero te puedo contar una parte de ella, como lo conocí: Verás, soy natural de un pueblo de oriente situado más al allá de las montañas, una aldea situada en una zona elevada, limítrofe con la selva. Teníamos una vida tranquila, pobre, sin nada que destacase sobre el resto de aldeas. Un día ocurrió algo extraño, tres extranjeros aparecieron, uno por la mañana, otro por la tarde y, el último, por la noche. Era algo insólito, pues no solía llegar nunca gente de fuera, es más, eran los habitantes de la aldea la que solía emigrar en busca de un mejor porvenir. Sin embargo, esas tres presencias, harían emerger al pueblo. Meskiangash era el último de los tres extranjeros, el que llegó durante la noche y al que más temían todos. Resulta que tras acomodarse, el primero de los extranjeros comenzó a crear estatuillas, imágenes votivas para los dioses. El segundo de ellos, mientras, las cuidaba, las trataba para que se conservasen mejor y durante más tiempo. Eso hizo que surgiese cierto tipo de turismo del exterior, para verlas, lo que beneficio económicamente al pueblo. Además, las cosechas fueron cada vez más prósperas, más abundantes, como si los dioses respondieran positivamente a la llamada de las estatuillas".

-"¿Y Meskiangash?"-interrumpió

-"Meskiangash en un principio rara vez lo veíamos, solo cuando salía a abastecerse de alimentos con su pálida piel y con esa marca en la frente que traía ya consigo. Pero un tiempo más tarde empezó su actividad, comenzó a destruir las estatuillas, como si las odiase desde lo más profundo de su corazón, como si una ira irrefrenable lo invadiese y solo se saciase con la destrucción de esas magníficas obras de arte. Todos en el pueblo se asustaron, se preocuparon, temiendo la ira de los dioses y que la gloria de la aldea se tornara en desgracia y oscuridad. El jefe del poblado le sugirió que se marchase, pero hizo caso omiso y nadie se atrevió a expulsarlo por la fuerza".

-"Y los otros extranjeros, ¿cómo reaccionaron?"

-"De ninguna forma, parecía no importarles, seguían haciendo su trabajo...Mucho tiempo después, con generaciones nuevas ya presentes, los dos primeros extranjeros murieron, uno por la mañana y el otro por la tarde. Los aldeanos sintieron la pena en lo más profundo de su interior y el temor al futuro les invadió. Al día siguiente lo insólito ocurrió. Meskiangash, que siempre acostumbraba a despertar al atardecer, esta vez fue el más madrugador. Al despertar los campesinos quedaron asombrados: ¡estaba construyendo estatuillas! Así pasaron los días y así continuó Meskiangash, construyendo estatuillas por la mañana y tratándolas por la tarde, para que se conservasen mejor y durante más tiempo. Como cada día había más estatuillas el trabajo era mayor, acababa la jornada agotado y cada día más desanimado. Una diosa de la zona, Kala, que había seguido todo el proceso de los extranjeros, estaba fascinada con Meskiangash y decidió intervenir. Se presentó y se conocieron, ella, divinidad relacionada con la danza, le bailaba todas las noches, hablaban, cenaban, curaba sus heridas, lo llenaba de energía, en definitiva, le daba un motivo para seguir luchando. Así pasaron los días, los meses, los años, las décadas...eran buenos tiempos, hasta que el pueblo se saturó de estatuillas...en ese momento todos, incluido Meskiangash, aprendimos una lección, ¿quién destruía las estatuillas? Meskiangash olvidó su misión primigenia...la aldea estaba tan llena de estatuillas que era incomodo andar por sus calles y los turistas perdían interés por algo que, por su número, se tornaba vulgar. De este modo, el soberano de Uruk se propuso destruirlas y, previendo el futuro, inició un proyecto. Enseñó a un grupo de campesinos a construir estatuillas, otros a conservarlas y otros a destruirlas, y dijo que enseñaran a sus hijos lo que él les había mostrado. Una vez acabada esa tarea y, después de diezmar la población de estatuas de la aldea, de pronto, desapareció, dejó una huella imborrable en ese pueblo...Mira, ya casi estamos en el templo"

-"Vaya, es una historia apasionante"

Ambos se pararon en seco contemplando asombrados el magno Templo Blanco de Uruk, residencia de Meskiangash, una construcción ovalada que rompía la planta rectangular del resto de construcciones de la ciudad y que se elevaba unos 15 metros por encima de estas. Estaba construido en mármol y piedra caliza presentando una estructura blanca, impoluta, que emitía un brillo casi cegador al chocar en ella los rayos del sol.

-"Mira, ahí está Lugalzagesi, el Conquistador...y allí Gigamesh, el héroe de las epopeyas".

-"Pero, ¿cómo?, eso es imposible, ¡murieron hace siglos!"

-"Meskiangash los ha devuelto a la vida. Recuerda que fue quien encadenó el aliento de los hombres en el barro"

-"Oooh, ¿es un brujo o algo así?"

-"Algo así..."

-"Y tu, ¿cuanto tiempo has vivido aquí ?, ¿fuiste tras Meskiangash?"

-"Ninguno, de hecho hoy es la primera vez que visito esta ciudad"

-"¡¿Pero eso es imposible?!, ¡¿cómo sabes tantas cosas y...?!"

La joven espetó una sonrisa contenida y picaresca para después desaparecer entre la multitud.

 

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