El Universo tejido por manos divinas,
mil leyendas y cada cual se respira.
Manos divinas pero no tan lejanas;
mas, ¡qué recuerdo mayor olvidado!
Desde mis ancestros,
forjado ha sido sin pretextos
un símbolo de fuego inapagable;
cual lágrimas de ángel de alas rotas,
que desde el cielo, llora llamas de ira
y sueños que jamás cobraron vida.
Pasión fría y guerras que os estremecerían.
Lluvia de almas sin dueño,
que en el limbo buscan a los miembros del clan
para que así ellos continúen el plan.
Tantas noches hemos luchado,
con la esperanza de que el sudor frío
arrebate para siempre el sentimiento de fuego
que agoniza sobre nuestra espalda.
Pues, ¡e ahí la clave!
Son los signos del clan,
las cadenas de metal forjado por miedo a lo diferente,
por una frase:
‘No puedes estar conmigo porque no eres de los míos.’
¿Acaso es la ley de los desafíos?
Aún así, ¿impuesta por quién?
Por el dolor; ni para mal, ni para bien.
Es simplemente el escudo que nos puede proteger,
con el que supuestamente quedamos bien
cuando deseamos alejarnos de lo extraño,
lo desconocido,
de lo que tenemos miedo,
y por eso pedimos compasión.
Mas cuan triste cuando afirmé
que estos sentimientos florecen
ante un ser de gran poder.
Le conocemos, nos reímos con él,
mas al descubrir el brillo, belleza
y saber que puede llegar a poseer,
nos alejamos por el sendero oscuro del bosque,
tanta luz puede ser peligrosa…
¡MENTIRA!
Cuanta más luz irradian unos ojos,
más cariño y amor
es el que te mostrará con el corazón.
Por eso lo simple, oscuro y vulgar
se aprovecha de aquellos inocentes.
Y lo más increíble es que se enorgullecen
con falsos pretextos y autoengaños,
pensando que se trata del modo perfecto
para satisfacer su ingenuo ego.
Pero por suerte, las almas puras,
que son aquellas de espíritu infantil pero maduro,
una combinación lograda por auténticos seres especiales;
aquellas que aborrecen los males;
han descendido para luchar contra la Luna negra,
que aprovecha su color para aparecer en la noche,
sin ser vista,
y despertar a aquellos que aún no aceptan su pasado.
Para que ellos se reencuentren
con los niños que un día fueron.
Los abracen y así cambien sus harapos
por vestidos blancos con alas.
Para volar más allá del oscuro manto que conocemos
y gocen del calor de aquellas manos divinas;
tal vez expulsadas por aquella maldita frase:
‘No puedes estar conmigo porque no eres de los míos.
Tu luz me quemará,
Pues no existe algo tan brillante
que pueda controlar.’
Mas no os preocupéis,
en el sendero no os demoréis,
pues volveremos a nuestros orígenes
el día en el que acojáis
a aquel inocente pequeño chiquito.
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