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RELATOS


Por Alejandra Elena Casuso Campos


INSTRUCCIONES PARA ABRIR UNA PUERTA

Un elemento tan sencillo que el hombre, en su afán de penetrar en los porqués más profundos de la cosas, continúa complicando su significado, a través de la propia realidad o metáfora, y su apariencia, es decir, los ropajes que sin duda alguna predominan en esas majestuosas puertas antiguas que ojos delicados y perceptivos han tenido el placer de contemplar. En este caso, yo también imitaré a esos curiosos exploradores de la selva de las causas y efectos con unas detalladas pero breves explicaciones sobre la utilización correcta y merecedora de esta estructura; tan simple para una persona cualquiera y a la vez tan compleja tanto para artistas como para pensadores y filósofos, los cuales con su sensibilidad han llenado de espirales nuestros pensamientos más profundos. Claro que, de manera que el lector absorba cada palabra como si de la última brizna de aire se tratara.

Lo primero, una vez se ha determinado la posición de la puerta y tenemos claro que nos dirigimos a ella, analizamos nuestra actitud. Ésta debe ser firme y segura, pues si antes de cruzar dicha estructura nos encontramos cubiertos de sudor, manos temblorosas, ojos perdidos en el espacio que nos rodea y que miran hacia todas direcciones excepto a lo que tenemos delante y ganas de ceder a las manos invisibles de ese monstruo llamado miedo las cuales te empujan hacia atrás, bien seguro nos resultará imposible realizar la acción de apertura.
Por lo tanto, con la cabeza erguida, ojos fijos en la manilla y una gran decisión que se pueda transmitir a través de su mirada, dé los pasos necesarios hasta dejar la mínima distancia entre la puerta y su cuerpo.
Una vez lo haya logrado, pare.
Este punto, créame, es muy importante. Pues si no para podría sufrir ligeras desfiguraciones en el rostro, provocando además una elevación en la parte superior de la cabeza cual colina sin prado, sin mencionar la baja autoestima causada por la caída y la ridiculez.

A continuación, teniendo en cuenta de que no ha perdido su decisión, alce suavemente cualquiera de los dos brazos de los que dispone y con la mano perteneciente a la ya mencionada extremidad, agarre cuidadosamente la manilla, la cual, dependiendo de la forma que presente, nos obligará a colocar los dedos de una manera o de otra. Con lo cual, el siguiente paso consistirá en empujar hacia abajo o dar un giro suave, ya se sabe, a consecuencia de su mecanismo.
Por último, desplace la estructura hacia delante y no hacia usted, si es que no desea ningún mal a su rostro, y a continuación pase a través de ella.
Mi enhorabuena, pues al fin ha finalizado.
Si otro individuo cruzase la puerta justo después de usted, facilítele la labor dejando la puerta abierta y si no, para no pillar un resfriado, le aconsejo que la cierre con la magnífica habilidad de la que sólo usted dispone (o debería disponer).

 

 

 

 

 

 

 

 



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