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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

JOB, O LAS MORTIFICACIONES DEL JUSTO


Por Alejandro Maciel
talomac@pol.com.py

Para el Occidente la Biblia, como su etimología lo indica, es una biblioteca ya que se podría traducir como “los libros” dejando por sentado que son los libros inspirados por Dios ya que por aquellos tiempos del nacimiento de la civilización únicamente los dioses dictaban o escribían.

Toda la Biblia conforma un corpus fascinante que sigue suscitando piedad, polémicas, fe, rechazo, anatemas, curiosidad, consuelo y en pocos indiferencia. Pero lo que se echa por la puerta entra por la ventana. De una forma u otra, algún tema de actualidad cruza en los medios como este aluvión del “Código Da Vinci” que tiene como protagonista absoluto al símbolo de Cristo, personaje central del Nuevo Testamento, apéndice del Viejo Testamento agregado por los griegos que siempre fueron propensos a debatir en cualquier forma de pensamiento.

El Antiguo Testamento tiene 39 libros, el Nuevo 27. Es difícil escoger entre 66 libros cuál es el que más profundo sentido humano refleja considerando que todos tienen como centro a Dios. Pero si se me diera a elegir entre los 66 venerables textos, yo me inclinaría, antes que por la demografía del Libro de los Números, o la jurisprudencia del Levítico o las truculencias del Apocalipsis; yo volvería a leer el Libro de Job.

¿Qué es el Libro de Job?

El testimonio detallado de las mortificaciones de un hombre justo. La historia bien podría ser breve y enunciarse sencillamente en esta proposición: “la observancia de la ley no garantiza a ningún hombre una vida dichosa”. La ley no siempre ampara a quien la vigila y observa. Job es el primer extranjero en la patria de Dios; como todos sabemos, era Idumeo como los patriarcas, de la ciudad de Hus. De espíritu puro, incondicional a la obediencia de la Ley de Moisés era el más poderoso de los hombres del naciente. Tuvo diez hijos y la gloria acompañaba su casa, su familia y su hacienda. Pero como todos sabemos, la felicidad es un pasajero apurado. Allá en lo alto, como en la tramoya de la tragedia griega Dios y Satanás observaban el mundo, y en el mundo estaba Job, orgullo de Dios por la devoción insobornable que le profesaba.

¿No resulta curioso este libro donde Dios y Satanás conversan amablemente, cuando en el resto de los libros se ven como enemigos enconados? Yo prefiero este diálogo civilizado entre dos seres que piensan por sí mismos a las guerras celestes de milicias angélicas y demoníacas que nos plantean otros libros de la Biblia, como Génesis, Ezequiel o el mismo Apocalipsis con sus bestias 666, sus rameras babilónicas y sus ángeles pérfidos. No, yo prefiero siempre el diálogo y en el Libro de Job Dios y Satanás dialogan. Y no está mal. ¿Acaso la función original de la Serpiente que se escondía detrás de Satanás no ha sido la de tentar a Eva y Adán? ¿No representaba el deseo de transgredir las normas y leyes que todos en mayor o menor medida tenemos adentro? Cuando los seres humanos dejamos de ser manadas y nos convertimos en sociedades tuvimos que pactar reglas y códigos de convivencia que pusieran límites al deseo individual en beneficio colectivo. Pero estas leyes siempre están en pugna con mis deseos. No olvidar por favor este detalle: que no necesitamos a Satanás para hacer un perjuicio o pecar. Basta con nuestros deseos e instintos. Por eso en el Libro de Job el personaje de Satanás sigue siendo un cadete de Dios pero al servicio de la tentación. No hay que olvidar que según los evangelios, somete al mismo Cristo a la triquiñuela de tentarlo ofreciéndole todos los poderes del mundo si lo adoraba. Es sabido que Cristo lo rechaza.

-¿Ves, como me respeta mi siervo Job?, pregunta orgullosamente Jahveh en las alturas.

-Claro, ¿cómo no adorarte si le has dado todos los beneficios?, replica el astuto Tentador. ¿Por qué no le quitas su hacienda y su ganado a ver si no maldice tu nombre?

Dios acepta la apuesta y este dato es curioso. ¿Por qué, siendo omnisciente, sabiendo de antemano el resultado del azar acepta que Satanás arrase las tierras, esclavos y rebaños del justo Job sólo para probar su templanza? Es un viejo enigma que las escrituras no revelan. A pesar del daño, Job sigue alabando a Dios.

-¿Ves cómo persiste mi siervo Job?, dice entonces el Altísimo.

-Tiene una larga familia y descendencia, replica el Tentador. ¿Por qué no diezmas sus hijos e hijas y verás cómo escupe tu nombre?

Nuevamente Dios concede a Satanás la potestad de arrasar con la familia del justo Job “sólo a él no lo toques”, dice como resguardo.

Hijos e hijas celebraban una fiesta cuando un gran viento derrumbó la casa donde estaban aniquilándolos por completo. Cuando se entera de la infausta noticia, Job celebra la gloria de Dios.

-¿Ves la integridad de mi siervo?, vuelve a indagar Dios en su diálogo con Satanás, el tentador.

-¡Rebosa salud!, responde éste, ¿por qué no me dejas herir su carne y después veremos si reza o maldice tu Nombre?

-Puedes atacar su cuerpo, de la cabeza a los pies, sólo debes respetar su alma sin tocarla, autoriza Dios instalando el dualismo cuerpo/alma que después seguirá abriéndose camino en la obra de Platón, Plotino, Descartes, Leibtniz y otros grandes filósofos y pensadores. Ya vemos que este Libro de Job es riquísimo en referencias, en cada línea uno puede detenerse y maravillarse de la amplitud de ideas y reformulaciones que permite el texto. Pero sigamos nuestro camino.

Efectivamente, Satanás hiere a Job llenándolo de llagas, pústulas, eczemas y mil dolencias más. El hombre no está solo. Ha perdido su hacienda, su mies, sus tierras, sus hijos y la salud del cuerpo. Ha perdido todo, sólo le queda su esposa quien, como Eva, lo instiga constantemente a perjurar de su fe haciendo de nuevo a la mujer, aliada del mal. No olvidemos que el rol de villana es una preferencia de los hagiógrafos de la Biblia: Eva, Dalila, Jezabel, Rahab, la misma actitud de Sara para con Agar, Salomé, Herodías y María Magdalena se nos presentan como pecadoras, adúlteras, asesinas y traidoras. Pero a pesar de las recomendaciones de su esposa, Job persiste firme en su fe y reflexiona con una pregunta que aún hoy resuena en nuestros oídos mundanos: ¿Hemos de recibir de Dios todo lo bueno y hemos de rechazar lo malo? ¿Por qué?

Yo creo que ésta es la pregunta esencial que hace del Libro de Job la joya de fidelidad a uno mismo que el escritor ha querido reflejar y la usura de los siglos no ha menguado. Si adoramos a Dios para recibir bienestar físico convertimos a la fe en una especie de extorsión. Si me beneficias, te bendigo, si me perjudicas te maldigo sería la fórmula que el hombre propondría a Dios. Pero a Dios no se le pueden dar órdenes ya que Él es el ordenador del mundo.

La fe de Job es irracional porque está más allá de la razón, no porque la contraríe. Como diría Kart Popper “no es posible falsarla” es decir encontrar hipótesis capaz de demostrar que es un error. No conviene olvidar que el Libro de Job es anterior a los profetas, Dios aún no había prometido al hombre la vida después de la muerte; una secta completa del judaísmo avanzado de los tiempos del Cristo, los saduceos, seguían negando que hubiese vida después de la muerte. Recién con Cristo y su resurrección aparece esta promesa de sobrevivir eternamente para los justos, pero en tiempos de Job este concepto era fantástico. Por eso, la figura de Job brilla con luz propia: estamos ante un hombre íntegro. No traiciona sus ideas para acomodarse a los hechos. Sigue creyendo a pesar de no tener ninguna promesa de recompensa. Cree como creía Sócrates que elegir el bien ya es el premio y la felicidad.

Pero volvamos al pobre Job. Ha perdido hacienda, descendencia (algo vital para los judíos cuya única forma de perpetuarse era a través de los hijos), bienes, salud. La esposa no hace sino blasfemar lanzando insultos al cielo en nombre de un Dios desconocido. Job, frente al calcinante resol del desierto, enfermo, cubierto de llagas y de sarnas sigue alabando a Dios.

Así como me entregó la matriz, desnudo al mundo

He de volver a estar, sin oros ni atavíos, desnudo

Prestada mi carne miserable al desgraciado cuerpo

Al que quita Quien dio sus desventuras: el destino.

Los tres amigos en realidad son tres nuevos tentadores. Elifaz de Temán, Bildad y Sofar vienen a sumar suplicios morales al dolor del abnegado Job. Básicamente la pregunta que formulan es: ¿cómo es posible creer en tu justicia si Dios te desprecia enviándote calamidades? ¿Qué puede responder el noble Job, que se sabe bueno, que se sabe justo y no obstante ha recibido castigo tras castigo? La virtud produce felicidad, por tanto, Job no puede ser virtuoso ya que ha recibido desdichas. Elifaz de Temán extrae conclusiones éticas por medio de un análisis empírico. Ignora que en el cielo hay una apuesta. Ignora que Dios confía tanto en Job como Job confía en Dios. Ignora que un hombre puede permanecer fiel a sus principios aunque el mundo se ponga en contra.

¿Qué responde el paciente Job en su defensa? Opone la insignificancia del hombre ante la inmensidad de Dios, el mismo argumento que usará siglos después el obispo de Hipona, san Agustín: la imposibilidad humana de conocer a Dios que rebasa toda medida de la imaginación. Job responde con el misterio y para eso invoca dos monstruos fabulosos creados por medio de pesadillas: Leviatán y Behemot. Exegetas modernos quisieron rebajarlos a ser cocodrilos e hipopótamos pero yo prefiero creer, como creía Job que son criaturas espeluznantes soñadas por Dios para amenazar a los incrédulos. Y aquí se plantean las interpretaciones de los textos. La tradición judía tenía el Testamento con la Torá, los libros proféticos, los sapienciales y los históricos y paralelamente el misticismo creó dos maravillas que trataron de desentrañar a lo largo de los siglos la parquedad de algunas frases sagradas. Por un lado el Talmud y por el otro el Zohar o Libro de los Esplendores de la tradición mística judía que se conoce popularmente como Kábala o teosofía para los alemanes. ¿Y qué viene a decirnos el paciente Job, enfermo de cuerpo pero brillante de alma? Job nos dice, poco más o menos que el pensamiento de Dios –que es Dios- es inescrutable porque si en él está el futuro y fuese legible ya conoceríamos de antemano lo que nos sucederá mañana del mismo modo que haciendo un pequeño esfuerzo podemos recordar lo que vivimos ayer. A fin de cuentas, en horas, es la misma distancia. Pero además, Job nos opone la imagen de dos bestias fabulosas: Leviatán y Behemot, estandartes del poder de Dios que, aunque son parientes del mal, han salido de Sus sueños como todo lo creado. ¿Y cómo se creó lo creado en los siete días míticos del Génesis?

Isaac Luria el-Arí (1514-1572) fue un místico, secretólogo y cabalista judío del centro Sabed que meditó en los jardines del cielo en sucesivos sueños y así se le reveló el secreto del Séfer Yesirá que enseña la Creación. Es el compilador y autor principal del Zohar o Libro de los Esplendores. No desconocía la Torá, ni el Talmud ni las doctrinas de los gnósticos del desierto quienes, antes de escribir una página ayunaban de una luna a otra viviendo de raíces y el agua del rocío que recogían en cuencos de piel de camello durante las noches. El desierto de la Tebaida estaba infestado de cuevas donde eruditos ermitaños meditaban en sus refugios ante el resplandor de la resolana. Estos fugitivos gnósticos se habían apropiado de las doctrinas de Platón y de los gimnofisistas indostaníes. Tampoco desconocían la metempsicosis que proponía un tránsito de almas vagando de cuerpo en cuerpo hasta alcanzar el perdón original o fundirse en la inmensidad del infinito con la Nada que ellos suponen tan sólida como el Todo. Esta antiquísima tradición asimiló Isaac Luria. Antes de él, todo el misticismo judío se reducía a imitar las formas helenísticas del viaje astral a través de las siete esferas que envolvían el mundo hasta el empíreo. Isaac Luria, por otra vía, buscó la visión en éxtasis del carro de Dios conducido por el profeta Ezequiel: el markabá. No es posible ver a Dios tal como lo comprobó Moisés en la zarza ardiente. Basta con ver su trono. Y saber cómo creó el mundo.

Para Platón existen las esencias eternas o arquetipos celestiales que representan la perfección de cada cosa. En el topus uranus ustedes podrían buscar el arquetipo del Alejandro Maciel ideal perfecto muy lejos de esta poca cosa que soy yo. El Alejandro ideal es eterno, inmóvil, no envejece, no tiene problemas de próstata, no es correntino, ni miente. Lo que ustedes ven es la copia o encarnación material de esa idea perfecta. Una copia un poco adulterada como esos DVD piratas que venden en las calles de Ciudad del Este. Una copia llena de defectos porque al materializarse arrastra consigo todas las carencias propias de la materia que como dijo Heidegger “es algo tan inmaterial”.

Según Platón, un dios insuficiente llamado Demiurgo nos hizo poniendo los ojos en el arquetipo celestial y las manos en el barro con el que nos amasó. Los cabalistas dieron con otra solución: la Creación se operó por medio de 32 vías misteriosas que habilita el Señor a partir de su nombre, inescrutable. Estos 32 caminos (ni uno más ni uno menos) se forman y señalan con las 22 letras del alfabeto y los diez primeros números (Sephirots) de las diez primeras letras. Una combinación de palabras y cifras informa toda la creación de todo lo posible. Hay tres entidades en los 10 Sephirots: espíritu, agua y fuego que se orientan dentro de los seis puntos cardinales: Norte, Sur, Naciente, Poniente, Arriba y Abajo. Pero para crear algo o alguien, se necesita el soplo divino. El Señor de los Ejércitos piensa en un árbol e inmediatamente el orden de la creación se pone en marcha porque pensamiento, palabra y obra son una misma cosa en la mente de Dios. Lo prodigioso es el mecanismo. Supongamos que Dios quiere crear una tortuga. Escoge en Su Mente la T (tau hebrea) que aún no está determinada: podría servir para crear una tortuga, una taza, un toro, una tienda. Pero en la sucesión T+O+R+T+U+G+A ya incuban los rasgos propios del quelonio: la forma semiesférica, las patas escamosas, los rombos del caparazón, la sed de las aguadas y la morosidad de movimientos. Para completar esta creación harán falta los Sephirots: seleccionar el instante exacto en el que la tortuga iniciará su dinastía en la eternidad. Y también la determinación de un punto dentro del infinito donde aparecerá el animal. Entonces esa tortuga recién estrenada ya no será un arquetipo en la mente de Dios donde permanecen los atributos En-Sof. Allí, íntegro, está el alfabeto, las letras originales que se necesitan mencionar para formar los nombres que serán entidades materiales cuando Dios los mencione en la soledad de su silencio. El mundo de la Kábala empieza con las letras uniéndose en palabras para comunicar lo que Dios piensa y en el acto se materializa en el tiempo y el espacio. Tal vez no durará lo creado pero el nombre sigue existiendo atravesando tiempos y distancias. Por eso el Pueblo Judío era llamado por los idólatras “Pueblo del Libro” porque en vez de postrarse ante figuras humanas, animales y becerros de oro se encerraba en la meditación de las palabras que contenían los rollos sagrados, repitiéndolas incansablemente para volver a pronunciar lo que algún día Dios mismo había dictado. Para no olvidar jamás que Dios habló una vez para la eternidad.

Muchas gracias.

Alejandro Maciel. 13/7/06.

No quiero privarlos de la versión textual de esta cita: “Desnudo salí del vientre de mi madre/desnudo llegaré a mi fin/ Yahveh dio, Yaveh ha quitado/ Bendito sea el nombre de Yaveh”

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