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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

AUTOPSIA DEL EGO ASESINADO


Por Alejandro Maciel
talomac@pol.com.py

En busca del ego disgregado en “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos

De los “Escritos de juventud” de G.W.F. Hegel un fragmento del poema

“Eleusis”

“El sueño y la dulce fantasía se desvanecen.
Mis ojos se levantan hacia la eterna cúpula del cielo,
Hacia ti. Oh astro brillante y nocturno,
Y de todos los deseos, de todas las esperanzas,
El olvido, desde tu eternidad, sobre nosotros desciende.

Se pierde el espíritu en esta contemplación.
Lo que tenía por “mío” se desvanece.
A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo.
El pensamiento, vuelto en sí, cae en el desconcierto,
Tiembla ante el infinito, se llena de estupor.
No comprende la profundidad de esta contemplación.

 

La imaginación pone la eternidad al alcance del espíritu...”

En la última frase, Hegel cifra la clave del enigma: sólo la imaginación comercia con la eternidad. Y el Yo de “El Supremo” de Roa está proyectado como una inmensa constelación de visiones imaginarias que abarca desde el arranque de la novela en un panfleto ajeno al personaje pero enajenado por el autor, hasta el apetito de comerse el universo entero como repudio post-mortem: en la jaculatoria final de la novela, un tercero, anónimo, antípoda del yo-identidad, cierra el mundo imaginario con un elemento imperioso tan contundente como la realidad: el hambre. Negación del hombre. Afirmación de la animalidad anónima, puro instinto. En todo ese ciclo que va desde la apertura al cierre abierto, se pueden seguir ciertas pistas de las múltiples visiones-divisiones que establece el autor, aunque haya decidido borrarse del escenario y de la tramoya desde un ante-principio. Antes del prefacio.

Este complicado andamiaje tendido como un contorno alrededor del eje temático, lo aborda y al mismo tiempo es abordado por la mirada multiplicada en mil visiones de un mismo problema semántico: la relación entre el significante, el significado y el signo~palabra.

¿De qué significante hablamos? Me refiero especialmente al concepto de “Yo” tan vital en la obra que inicia hasta su título. Se puede aventurar el trayecto de la novela como un recorrido sustancial a través de la propiedad de un Yo que se proyecta en el poder por medio de la letra escrita.

No accidentalmente la búsqueda de ese Ego-identidad se inicia con la obra cuando el mismo Gaspar Francia instiga el análisis del yo desde la sospecha de su adulteración escrita[1], en el panfleto que han fijado a la puerta de la Catedral los enemigos del poder. Ese yo/escrito y cuestionado por el yo/reescrito que sospecha, ejerce una especie de imantación en el carácter de la obra. Una dualidad polarizada en los extremos de lo real y lo imaginario-ficticio como una persecución sin fin que instiga desde su inicio una desconfianza ejemplar hacia todo lo que está fijado en la “forma muerta” de una escritura, como un gran cuestionamiento meta-temático a la pobreza de recursos de toda literatura frente a la insondable realidad, idea propia de Roa y desarrollada en casi todas sus obras.

Dice G.W.F Hegel en su “Lógica”:

XX. Si tomamos al pensamiento en su representación más inmediata, le veremos aparecer primero en su significación subjetiva común, a saber: como una de las actividades o facultades al lado de otras facultades como la sensopercepción, la intuición, la imaginación, el deseo, la voluntad, etc. Su producto, la determinabilidad o forma de ese pensamiento será lo universal, lo abstracto en lo general. El pensamiento en tanto actividad es, por consiguiente, lo universal activo, y que se hace a sí mismo por su actividad, puesto que su producto es también lo universal. El pensamiento representado como sujeto, es el ser pensante y la expresión simple que designa al sujeto existente como ser pensante es “yo”.

‘Yo el Supremo' nos involucra lentamente en ese proceso de construcción en el que “se hace a sí mismo” por su misma actividad gráfica, aparece gradualmente partiendo desde la particularidad de un momento histórico de quiebre y reconstrucción institucional en el Paraguay post-independiente para ampliarse gradualmente escalando nuevos niveles de significado, transformando el Ego-signo en un símbolo de nuevo nivel, cada vez más abstracto y general, cada vez –al decir de Hegel- más universal. Este proceso iniciado en la sospecha de la escritura adulterada del panfleto[2] que cuestiona el yo-real frente al yo-fraudulento manifiestamente parasitario, egodistónico[3] del panfleto, se extiende ininterrumpidamente a lo largo de la obra. Así, esta persecución del Yo-Supremo (como único símbolo absoluto del poder, como garantía del mismo) hacia el desenmascaramiento del Yo-Plagiado se vuelve un cuestionamiento al poder desde el poder mismo.

Esta cualidad de refracción es una de las bases de la originalidad de ‘Yo el Supremo' dentro del subgénero “novelas de la dictaduras”. Los antecedentes y sucesores, desde el Carpentier del “Recurso del Método”, el Asturias del “El Señor Presidente” y recientemente el Vargas Llosas de “La fiesta del chivo” ejercen de una u otra forma la crítica desde “afuera” denunciando los actos de gobierno como actos de prepotencia, como fuerza ilegítima que se legitima por medio de la fuerza. [4]Ninguno antes ha puesto en el centro la pregunta ¿qué es el poder?, desde un personaje que, siendo el símbolo absoluto del poder, se discute a sí mismo la legitimidad. En este desdoblamiento el lector asume alternativamente la función de espectador y personaje.

El mismo fenómeno de desdoblamiento a través del espejo de la escritura se da cuando Gaspar Francia lee, (en realidad el lector es quien lee) un oficio[5] en el que el comandante de Villa Franca detalla los oficios fúnebres realizados en la Villa luego de la noticia de la supuesta muerte del dictador. En el texto declamatorio (...gemidos, sollozos, lamentos desgarradores. Muchos se arrancaban los cabellos con gritos de profundo dolor. Almas paraguayas en su máxima intensidad....) el personaje central intuye la profunda hipocresía del contexto. Nuevamente el ego se desdobla en un segundo nivel de crítica que, al mismo tiempo que cuestiona su propia legitimidad, ofrece su propia visión irónica de la caricatura del duelo público: “Exprésale mi agradecimiento por las lucidas exequias. Dile que las próximas no resulten tan llovidas; que las arrancadas de pelos no sean tan copiosas. No tienes necesidad, mi estimado Escobar, de levantar “cúmulos” iluminados, pues mi edad no se mide por candelas. Tampoco revestirlo con espejos que dan una visión falsa de las cosas”. Estas inocentes recomendaciones tienen un plano de significados concretos (Diles que las próximas.... No tienes necesidad....) y que pueden reducirse a su lectura lineal; pero hay otro plano como significantes de mayor espesor, más ampliamente incluyentes que pueden ser interpretadas como una discusión de la legitimidad del personaje, reducido en el informe de Villa Franca a objeto de una sucesión ritual, de formas vacías de contenido. Combatir estas formas y relativizarlas a través de la ironía, es una constante en el diálogo entre Gaspar Francia y Policarpo Patiño:

“No uses tanto Usía, Vuecencia, Vuesa Merced, Su Excelencia y todas esas paparruchas que ya no se estilan en un Estado moderno.... Por ahora usa el Señor si necesitas vocarme a toda costa. No te acercará eso más a mí aunque revientes....”[6]

El mismo autor, en otro párrafo, expone su particular visión del problema hegeliano entre la identidad, ser y mundo circundante. Dirá G.W.F Hegel en “Fragmentos de un sistema” (1800) “El concepto de individualidad implica, por tanto, una oposición a la diversidad infinita y, a la vez, una vinculación con ella. ¿Cómo es posible esta aparente contradicción? Un hombre es una vida individual en la medida en que conserva su alteridad en relación a todos los elementos y a toda la infinidad de las vidas individuales que se dan fuera de él. Pero al mismo tiempo el hombre es una vida individual sólo cuando constituye una cosa con todos los elementos y con toda la infinidad de la vida exterior a él. Existe en la medida en que el  todo de la vida se divide en partes, siendo él mismo una parte, y el resto de la totalidad, otra parte; pero al mismo tiempo sólo existe en la medida en que no es únicamente una parte y en cuanto que nada se da separado de él.”

Para el Supremo, esta fórmula de juego entre el yo y no-yo, entre la unicidad individual y la pluralidad subjetiva se reformula en el diálogo/explicación a Policarpo Patiño.

“Si el hombre común nunca habla consigo mismo, el Supremo Dictador habla siempre a los demás. Dirige su voz delante de sí para ser oído, escuchado, obedecido. Aunque parezca callado, silencioso, mudo, su silencio es de mando. Lo que significa que en El Supremo por lo menos hay dos. El Yo puede desdoblarse en un tercero activo que juzgue adecuadamente nuestra responsabilidad en relación al acto sobre el cual debemos decidir”.

El acto de objetivación se fragmenta como en los miles de cristales de un espejo roto en el que la realidad (la pluralidad subjetiva) se refleja según la especial situación de cada esquirla-reflejante: un tercero activo que juzgue adecuadamente.... que invierten el orden aparente de las cosas: su silencio es de mando...; los ejemplos podrían multiplicarse tanto en el texto como en el contexto de la novela, pero como decía el finado monje franciscano Guillermo de Ockam: “no conviene multiplicar innecesariamente los entes”, siendo los ejemplos, entes ausentes, basten los referidos anteriormente.

Como decía al principio G.W.F. Hegel al principio, en su “Eleusis”:

“Se pierde el espíritu en esta contemplación.
Lo que tenía por “mío” se desvanece.
A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo”.

Avanzando en la línea de la trama de Yo el Supremo, cada vez se hace más intrincado separar ese Yo casi omnisciente en el sentido teológico (no literario), de las miradas que se cruzan desde la exterioridad que está enajenada, confiscada por la fuerza de ese pequeño universo centrípeto que todo lo subsume en sí mismo, como si “En él soy yo, soy todo, soy yo mismo y el mismo”. Todo Paraguay queda reducido a la visión fantasmagórica del personaje convertido en eje y cimiento del Estado, primer motor inmóvil de esta historia detenida en el tiempo, lo que da un nuevo significado al conjunto social, el de la plenitud del poder sin representatividad: el poder de todos que es de nadie. Hay dos salidas de la trampa solipsista en la que, inevitablemente se encierra. Una: la recuperación de la individualidad a través de la memoria; de la individualidad colectiva (valga la aparente contradicción) por medio de la memoria social. Decir memoria es decir historia. Pero aquí nuevamente el Yo omnisciente nos cierra el paso: “Del Poder Absoluto no pueden hacerse historias. Si se pudiera, El Supremo estaría demás, en la literatura o en la realidad” Y vuelve a desmentirlo un párrafo más adelante, esta vez con un argumento casi ontológico: “Si a toda costa se quiere hablar de alguien, no sólo tiene uno que ponerse en su lugar: Tiene que ser ese alguien”.

El otro camino, el de la individuación absoluta también está cerrado: “Difícil ser constantemente el mismo hombre. Lo mismo no es siempre lo mismo. YO no soy siempre YO. El único que no cambia es ÉL. Se sostiene en lo invariable.” Ecos del pensamiento de Hume resuenan en esta negación. El Yo omnisciente, y el autor, en complicidad, desmienten la armonía y el crédito de un yo continuo[7], siendo auténticamente él mismo a lo largo del tiempo, reconociéndose en sus hechos y en sus escritos;[8] tal vez como reflejo íntimo de la tarea literaria que inexorablemente cumple pasos y etapas que nos mienten y desmienten en una cadena de escrituras cuyo reconocimiento filial únicamente se podría operar a través de la autopsia. Pero ningún ser vivo puede someterse a una necropsia. Antes, es necesario morir. Otros, nunca el mismo yo, harán el análisis. Esta analogía forense puede explicar (y lo hablamos con Roa en alguna oportunidad) la tarea de una crítica responsable en el campo compartido del texto,  intertexto y pretextos.

Como no hay escapatoria posible y la historia está esperando ser escrita, leída e interpretada, se vuelve a la escritura. El mismo autor-personaje que reniega de la escritura, sin embargo, escribe.

“Al principio no escribía; únicamente dictaba. Después olvidaba lo que había dictado. Ahora debo dictar/escribir; anotarlo en alguna parte. Es el único modo que tengo de comprobar que existo aún. Aunque estar encerrado en las letras ¿no es acaso la más completa manera de morir? ¿No? ¿Sí? Se escribe cuando ya no se puede obrar. Escribir es renunciar al beneficio del olvido. Cavar el pozo que uno mismo es. Arrancar del fondo lo que a fuerza de tiempo allí está sepultado”[9]

De este modo la escritura, volcada desde el turbulento interior hacia el fumoso exterior, objetivada en un sistema de símbolos, oficia como puente entre la realidad y el Yo. Puente y espejo. Uno se mira en la otra. La otra se desconoce en el uno. Se discuten. Se analizan. Se derrumban y vuelven a reconstruir como los muros del Templo de Salomón.

Volvemos a G.W.F Hegel: “El yo es el ser para sí puro, en que toda particularidad es negada o suprimida, es el punto culminante de la conciencia, ese punto en que la conciencia existe en toda su pureza. Se puede decir que el yo y el pensamiento son una sola y misma cosa, o de un modo más determinado, que el yo es el pensamiento en tanto que piensa”[10].

Esa conciencia-yo o yo-puro-conciencia es la fuente de las indagaciones del solitario Francia ejerciendo un poder que requiere justificativos ante sí mismo. Ante la supremacía del yo. ¿Qué yo? Para Freud el yo es el vínculo entre la voluntad que decide y los sentidos que perciben; una especie de poder ejecutivo de la personalidad con un claro registro conciente de la realidad del mundo en el que vive y turbios presentimientos de sus propios deseos. Este yo freudiano en permanente batalla entre tres fuerzas antagónicas: el oscuro infierno de los instintos por un lado, las exigencias celestiales de la conciencia moral por el otro, y la solidez del mundo real con sus reglas y posibilidades complica más la identidad entre yo y pensamiento que había diseñado Hegel. ¿Qué pensamientos? ¿Los derivados de los deseos y emociones, que desconocemos en nosotros mismos?, ¿las construcciones racionales, bastardas de toda forma de sensibilidad cuando más elevadas?, ¿los fundamentos axiológicos de cada cual, fundados en la ética o la religión? En la novela de Roa Bastos esta multiplicación de fuentes que confluyen en el yo inmediatamente se refractan en el acto de la escritura. El autor duda, y deja constancia escrita. El personaje sigue una cadena de razonamientos e instintivamente los empapa en tinta, llega a rasgar el papel para tener más intimidad con su escritura. Todo cuanto sucede a su alrededor va transformándose en registro escrito. Hasta los escritos, como las providencias y órdenes[11] son copiados en forma constante por un amanuense que sigue escrupulosamente las palabras del amo ‘para no dejar nada entre líneas'.

‘Yo el Supremo' es un mundo de escrituras dentro de un universo alítero. Las únicas confesiones que se permite son de índole política: en la trama de la historia sudamericana únicamente cabría escuchar las confesiones del poder. El Paraguay también se encuentra en la triple encrucijada de tensiones. Por un lado, las potencias europeas que se disputan su mercado, por otro, Buenos Aires que la reclama como provincia, y por último, el Imperio expansionista del Brasil. En este difícil encuadre el Supremo Dictador mantiene un poder que no se permite la mínima duda, férreo, absoluto, omnipotente como representación cabal del Dios Padre tribal. Las únicas dudas están en la escritura. ¿Es suficiente acto de fe la palabra impresa, destinada a la irreversibilidad, como la sentencia de Pilatos?.[12]

La escritura funciona como cadena para re-hilvanar y zurcir las múltiples fracciones de un Yo que por omnipotente, ha tenido que transformarse en todo lo que lo circunda, ha tenido que ser por momentos Correia Da Cámara, Manuel Belgrano, la Deyanira-Andaluza, José Gervasio Artigas (con trato exclusivamente epistolar entre ambos), el protomédico Estigarribia a quien confiesa “Ya ve, Estigarribia, cuando nada se puede hacer, se escribe”, los naturalistas Juan Rengger y Marcelino Lonchamp, los hermanos Robertson, Pedro Juan Caballero, el tamborero Efigenio Cristaldo: múltiples difracciones de un sujeto que se objetiva en tanto es instantáneamente la otredad que intenta analizar. El abordaje por identificaciones sucesivas va creando esa multiplicación de voces casi coral que hacen a los ‘climas' de cada parte de la novela un ámbito único, privado, como un pequeño universo cerrado en sí mismo que se va cargando de tensiones y que al estallar, se abre a nuevos tramos para la indagatoria del yo que en el tránsito, se metamorfosea, cambia, necesita la transmutación alquímica para convertirse en la próxima escritura. El Yo de ‘El Supremo' es, simultáneamente la suma de las tensiones que sugirió Freud. Es el deseo colectivo de mantener la unidad en la dispersión histórica, es la realidad del momento crítico con todas las acechanzas y las decisiones que asumirá en cada circunstancia, es el dolor moral de saber que el poder está destinado al autismo, a la ignominia de un destino cuyo precio será el repudio, un destino en el que la muerte misma estará sometida a venganza como si la persiguieran las Erinnias de la antigüedad.

Es al mismo tiempo el Yo-pensamiento que quería Hegel.

La alternancia sutil y constante entre estas dos posiciones juega un movimiento fascinante que obliga al lector a recuperar su propia dosis de imaginación creativa. “Yo el Supremo” no tiene ni tendrá jamás la lectura lineal de una obra naturalista. Porque el Yo no es enteramente el yo, y el supremo no es más que la desnudez de un poder miserable que no se apiada de auto-confesarse la profecía de su destino infausto en medio del solipsismo en el que está entrampado para siempre.

Ya adelanté que este pequeño trabajo no pretende más que ser una contribución abierta a futuras indagaciones de este maravilloso texto. Sé que han quedado más puertas abiertas que direcciones trazadas. Prometo continuar en otro trabajo, en tono más coloquial, la visión de la Historia en esta novela, visión necesariamente más ligada a la imaginación que a los documentos firmados de los archivos y museos.

Alejandro Maciel.

 

   LAS  CARTAS   DEL   CAPITÁN     -primera nota-.

“De un británico que se hace sepultar en un mausoleo con forma de tienda de campaña se puede esperar cualquier cosa”, dijo un cronista francés cuando visitó el cementerio de Mortlake donde yace sir Richard Francis Burton, el autor que nos inspiró (de algún modo algo extraño) la escritura de “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”.

Sir Richard nació en Torquay, Devon, un día de San José del año 1821, lo que lo hacía dos años menor que la Reina Victoria. Se graduó de médico en la ya por entonces  célebre Universidad de Oxford en 1849 y rápidamente se alistó en la Compañía de las Indias Orientales como funcionario en Bengala. El primer informe que envió versaba sobre “El arte musical en los burdeles de Karachi”. Falleció en 1890 en Trieste, como Cónsul de Su Majestad Británica.

La vida de Burton tuvo las agitaciones y tumultos propios de un protagonista del nervioso siglo XIX. Como escritor, consideró que Burton era (como su admirado Demóstenes) más que súbdito británico, ciudadano del mundo. Esa peregrinación iniciada en Bengala seguiría recorriendo África, Asia y América, desde puntos tan distantes como  Sebastopol, Damasco, Etiopía, Medina, Salt Lake City (donde conoció y entrevistó a Brighman Young, heredero del patriarcado mormón de Joseph Smith), San Pablo, Montevideo y Asunción. Esta vida de viajero incansable alimentó una escritura casi febril, obsesionada por el detalle y las descripciones en las que la ironía es el arco tensado a punto de disparar la crítica de actitudes y modelos  mal trasplantados de Europa en las colonias. La visión de sir Richard Burton tiene todo el valor (si anulamos el inveterado etnocentrismo que la inspira) de una mirada desde la vieja Europa-centro-del-mundo al continente satélite, desde las estepas rusas a las selvas indígenas. Desde los desiertos orientales a las montañas y prodigios de América. Sir Richard tuvo la misión de su visión. Como cónsul itinerante de Su Majestad, sus “Letters” (Cartas) estaban más dirigidas al Foreing Office que al misterioso “Estimado Mr. Z” a quien, oficialmente, están dedicadas. Los casi cincuenta libros relatan palmo a palmo las aventuras y desventuras a lo largo, ancho y profundidades del planeta. Títulos geográficos: “Las estepas del Brasil”, históricos: “Expedición a la ciudad perdida de Harar”, etnográficos: “Primeros pasos en el este de África”, religiosos: “Viaje a la ciudad  de los santos: el país de los mormones”, literarios: “Las Lusíadas, de Camoens” no han sido suficientes para cerrar su biografía. Pocos años después de su muerte, su esposa, Elizabeth Arundell Burton, después de quemar unos quince manuscritos del finado capitán en un rapto de puritanismo católico, escribió su versión de “The Life of Captain Sir Richard Burton”. Cinco años más tarde, una sobrina de Burton, Georgina Stisted, impugnó la idílica historia de su  pía tía Elizabeth con otra “The true life of Sir Richard Burton”, mucho menos reservada y mucho más salaz que el casi catecismo de su tía.

Sin perjudicar el recuerdo de toda la inmensa obra de Burton, que abarca el arte de la esgrima, las traducciones del Kama Sutra y el Ananga Ranga indostánicos, la versión celebrada por Borges de Las mil y una noches, los ensayos históricos y antropológicos; propongo exhumar las “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” escritas entre el 11 de agosto de 1868 y el 21 de abril de 1869, es decir, en pleno incendio de la Triple Alianza.

Esta visita predica una visión general de lo que hoy es la región del  Mercosur. El viaje empieza en Río de Janeiro y termina en Monte Vidéo, abarcando en su mirada San Pablo, Asunción (y todas las villas del teatro de guerra) , Corrientes, Buenos Aires y Montevideo. En cada ciudad Sir Richard consigue capturar los rasgos del identikit personal, el soplo vital y las carcomas de sociedades mal integradas, articuladas sobre falsos valores que seguirán arrastrándose a lo largo de los años y por los siglos de los siglos. Las “Cartas” de algún modo son como un espejo que a veces deforma y otras veces reforma la visión de un continente áspero debatiéndose en una guerra que nadie sabe explicar. Sir Richard indaga, observa, investiga, teoriza; la curiosidad al borde de lo  malsano lo empuja siempre la más allá de las apariencias. Si a veces se equivoca, jamás da por sentada una verdad y su método (que es acumulativo) resulta siempre implacable como recurso del sentido común. Las “Cartas” fueron publicadas en Londres, en 1870, y el libro entero está dedicado a Don Domingo Faustino Sarmiento por quien sentía una fuerte admiración. Un “Ensayo Introductorio” avisa al lector qué es el Paraguay, cuál es su trayectoria histórica y quiénes lo habitan. Algo de censo perturba frecuentemente la descripción de la “China Americana”, como llamaban los europeos al Paraguay, aunque inmediatamente reconoce que lo único que tienen en común chinos y paraguayos es el cultivo del té. Dos páginas dedica a la etimología de la voz “Paraguay”. La topografía, agrimensura y demografía le ocupa otras cinco páginas del ensayo y al describir nuestra población nos divide en cuatro razas: blancos, mulatos, indios y negros.

Brillante, contradictorio, polémico, intrépido pero siempre fascinante, Sir Richard que odiaba a los judíos, al Canciller británico, a la democracia y al cristianismo –en ese orden- ha dejado el testimonio de su vida entre nosotros. Si bien escribe  y describe su arte de injuriar desde el podio de la superioridad europea, también reconoce que sus conceptos están sesgados y que para hablar como Burton, no puede dejar de ser Sir Richard Burton con su Imperio Británico, sus obcecaciones  racistas, sus manías gastronómicas y la etiqueta de su rango.

¿Cómo nos vio el Cónsul?. En las dos siguientes notas trataremos de analizar sus descripciones de Río de Janeiro, Asunción, Humaitá, Corrientes, Buenos Aires y Montevideo.

                                                    


[1] “Remedan mi lenguaje, mi letra, buscando infiltrarse a través de él; llegar a mí desde sus madrigueras. Recubrirme en palabras, en figura.” Yo el Supremo, edición de Alfaguara, página 14.

[2] Lo llama sucesivamente: panfleto, pasquín, libelo, caricatura, anónimo, mofa, burla.

[3] Perdón por introducir la jerga psiquiátrica en un escrito de carácter literario: yo mismo no puedo huir indemne de la egofragmentación. En semiología psiquiátrica llamamos “egodistónico” a un pensamiento (como el de los obsesivos) que el yo no reconoce como propio, sino como idea parásita, externa, que acosa a la conciencia sin que el individuo sepa por qué, cómo, ni de dónde viene.

[4] Aunque el personaje de Carpentier se exprese en primera persona, no deja de ser una descripción de actos, de justificaciones de la represión y visiones violentas de camarógrafo tomando las tramas de un documental.

[5] páginas 24-25 de la edición de Alfaguara

[6] Edición de Alfaguara, página 26.

[7] Inútil hacer la referencia a Heráclito y su río: ya caeríamos en el puro truísmo o, lo que es peor, en la tautología.

[8] Necesita secundarse y escudarse en una proyección de sí mismo, un extra-yo vertido hacia el mundo inmóvil, observado desde lejos como un intruso o como un dios, ajeno a los cambios mundanos.

[9] Yo el Supremo, edición Alfaguara, página 63

[10] Hegel, “Lógica” XXIV, Zusatz 1.

[11] Oficio al delegado de Itapúa, pág. 218.

Lista de pedido de juguetes, pag. 222 ‘Yo el Supremo' en la edición de Alfaguara, 1990.

[12] “Lo que está escrito, está escrito” (cuando quisieron corregir el I.N.R.I. inscripto en el cabezal de la cruz)

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