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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

Hijo de hombre: primera visión de un espejismo 2/3


Por Alejandro Maciel
talomac@pol.com.py

En “Madera y carne”, el segundo capítulo de HDH alguien hace amanecer en Sapukai, un pueblito somnoliento en el departamento de Paraguarí. El mundo de HDH oscila entre estos tres espacios: Paraguari, Guayrá y Caazapá. Ese universo perdido le sobra y basta a Roa para encontrarse desde el exilio. No olvidemos que HDH se escribió íntegramente en Buenos Aires, Argentina, desde la memoria, que es siempre más fiel al temblor de los sentimientos que los mapas y las crónicas históricas. Este segundo relato vibra continuamente entre el presente y el pasado reciente, los rieles y durmientes del ferrocarril esbozan un itinerario poético con hitos y trayectos que siempre pasan por el interior del hombre.

Sapukai pertenece al pasado. Cuando instalaron el reloj en la torre de la iglesia, los obreros pusieron el mecanismo exactamente al revés y las agujas en vez de avanzar, retrocedían. Era un reloj que huía al pasado.

La descripción de un hecho sórdido tiene toda la carga de la contingencia de la vida humana. Escribe Roa Bastos:

“Los cuadrilleros están rellenando poco a poco el socavón dejado por las bombas cuando estalló el tren con los revolucionarios, pero el agujero parece no tener fondo. Allí yacen las víctimas de la explosión: unas dos mil personas, entre mujeres, hombres y niños. Cada tanto tumban adentro carretadas de tosca, tierra y pedregullo, pero siempre falta un poco para llegar al ras. Puede ser que el relleno se vaya sumiendo por grietas hondas y haya que seguir echando más, hasta que ese pueblo de muertos enterrado bajo las vías se aquiete de una vez”.

La descripción, como la voz de los paraguayos, habla de crímenes sin castigos pero con resignación, con esa fuerza extraña que tienen los que llamamos débiles y son capaces de sobreponerse a las peores calamidades con la impasible tranquilidad de alguien para quien la “conciencia” consiste en el deber de continuar viviendo, pase lo que pase.

Hablando con Roa Bastos, me aclaró que, efectivamente, había ocurrido un accidente en las cercanías de Sapukay. Una locomotora que circulaba fuera de horario había embestido en plena noche a otro tren destrozando varios vagones. La gente recordaba este accidente de una y mil formas, como las noches orientales. Cada vez que escuchaba una nueva versión, Roa Bastos quedaba arrobado por las distintas metamorfosis de un hecho aparentemente único pero que en las versiones y conversiones del imaginario popular era como decía Duns Scoto de las Sagradas Escrituras, “como las plumas del pavo real cuyo color variaba según el ángulo desde el que se las miraba”. Cada narrador tenía un testimonio diferente de aquel accidente que ya había tomado las proporciones de lo mítico. “ Por eso, me pareció un terreno fértil para insertarlo en medio de un hecho social convulsivo, como marco para una revolución agraria destinada desde el principio al fracaso. Como el tren bólido que iba hacia ninguna parte”.

También la muerte real de Albino Jara está transfigurada en el relato. Albino Jara fue un caudillo militar, protagonista de una de las tantas revueltas de principios del siglo XX que terminó derrocando al presidente de la república el 4 de julio de 1908. El coronel Albino Jara asume como nuevo Presidente en 1911 y su primera medida de gobierno es la extensión de la línea ferroviaria hasta la ciudad de Encarnación; pero otra revuelta militar lo destituye en julio de 1911. El 15 de mayo de 1912, después de una refriega, es herido de varios tiros en el tórax en la estancia “Primavera” donde estaba refugiado. Lo suben a una carreta para llevarlo hasta el hospital de Paraguarí pero muere desangrado antes de llegar. El hombre que había extendido el ferrocarril tuvo que ser auxiliado por una carreta tirada por bueyes. Estas paradojas constantes forman parte del destino del Paraguay, una país, como dice Roa, “del que se ha enamorado el infortunio para siempre”.

Pero sigamos con la historia de HDH. Hay un extranjero rubio, lacónico y cerrado que llega al pueblo de Sapukai y a su alrededor se van tejiendo mil historias amparadas por lo que no se sabe de él. Alguno lo compara con Albino Jara, el militar revolucionario que había pasado por Sapukai cuando inauguró el tramo de ferrocarril que había ordenado tender desde el gobierno. En él, los lugareños vuelven a recordar la conspiración revolucionaria, el tren cargado de explosivos que había despachado el gobierno desde Paraguarí y terminó estrellándose en Sapukai el 1º de marzo de 1912. De nuevo se dividen los bandos. Los rebeldes agrarios y los oficialistas asesinos. El gringo silencioso ha vuelto a despertar las viejas voces del desastre. Ha hurgado en el recuerdo todavía fresco. Un recuerdo aciago. El extranjero pasea su mirada llena de preguntas por los rincones de un pueblo sin respuestas. Un día sube a la torre de la iglesia y repara el error para que el reloj vuelva a caminar hacia el futuro, marcando las horas de un porvenir siempre incierto. Otro día cura de unas convulsiones a María Regalada, una adolescente de quince años que vive entre tumbas, cuidando el cementerio. Después cura llagas, leprosos, heridas. Poco a poco se convierte en el “Doctor” y se hace indispensable. La gente desfila frente a su choza escondida entre los árboles para rogar su atención hasta que un día el “Doctor” desaparece tan misteriosamente como llegó. Deja una leyenda rondando las casas de ese pueblo condenado de antemano a transformarse en cementerio; en catafalco de recuerdos, de un tiempo que va continuamente hacia atrás como el reloj de la iglesia que sólo por un truco del extranjero caminó hacia donde no debía algún tiempo. Y después quedó fijo, detenido en el presente continuo de un tiempo al que no le queda tiempo.

TERCERA SECUENCIA

En “Estaciones” la narración cambia de voz. Ahora es un niño, un niño que quiere parecer adolescente quien nos transporta en el viaje fantástico en el tren hacia la capital, acompañando a Damiana Dávalos que viaja con su crío en brazos a visitar al marido, que es un preso político, en la capital. El niño/adolescente quiere ser cadete en la Escuela Militar. Nada más natural en un país como Paraguay donde el poder militar ha sido siempre más fuerte que el poder civil. La máxima aspiración de un campesino es llegar a ser general del ejército. El ejército ha instigado todas las algaradas y golpes de Estado desde los tiempos inmemoriales de su fundación. Las estampas de Mariscales y presuntos héroes están presentes en las aulas, en los clubes deportivos, en las casas de los más humildes paraguayos. Hay una permanente vocación épica y un culto al heroísmo gráfico, casi Carlilianos. Roa Bastos ha retratado como nadie esta situación. Pensemos en un pobre muchacho de un pueblo olvidado y condenado al pasado.

“Mamá sufría con aquel sueño mío de llegar a ser cadete.

-Déjalo- mascullaba papá-. El país es un gran cuartel y los militares están mejor que ninguno.

-Sí, pero también hay una revolución cada dos años- se quejaba mamá, mirándome como si yo ya estuviera con un fusil en el hombro.

-Pero en cada revolución mueren más civiles que militares”.

También hay un culto a las formas, que es lo mismo que decir al militarismo ya que los cuarteles viven de formas porque en el fondo sólo hay absurdos. Que un hombre estudie toda su vida la mejor manera de matar a otro, no deja de ser un sinsentido. Por eso nuestro niño del relato admira las condecoraciones, el uniforme, las banderas y todo el despliegue castrense como modelo de organización y orden.

Todo este capítulo de “Estaciones” está marcado al ritmo del viaje. Resuenan los ecos de rieles, el machacón arrastre del tren, las paradas. El ferrocarril es como un nervio que atraviesa toda la historia. Las descripciones del paisaje alejándose/acercándose están entre las páginas magistrales de Roa Bastos. En el tren viaja un extranjero, de él sólo se desprende desconfianza. No habla. Un grupo animado al lado hace comentarios acerca del Cristo del cerro, que todos ven cuando el tren hace un recodo en Itapé. Después sube un viejo músico ciego a tocar en una guitarra piezas casi olvidadas del repertorio folclórico; lo guía un niño sirgando una cadena. Los dos están encadenados a la misma miseria.

Paraguay es un país difícil de comprender; tal vez no más difícil que otros países de la infausta Latinoamérica. Roa Bastos quiere explicarnos algo, pero no lo hace a través de complejas teorías que analizan la técnica de un fenómeno, cierran un círculo y se extinguen. Roa Bastos nos mete en el círculo de esa historia infernal. Uno se pregunta desde afuera ¿cómo es posible que un militar, un dictador tiránico, déspota y corrupto se mantenga en el poder como lo hizo Stroessner durante 35 años sin que nadie reaccione?.

Una vieja sube al tren en una estación. Damiana Dávalos le explica que va a visitar a su marido, que es un preso político “lo llevaron presos los civiles en la última revolución”, dice. Entonces interviene la vieja, de quien se espera una sentencia razonada y sabia.

¡Cuándo van a aprender nuestros hombres a no meterse!, recomienda, casi ofendida.

Cuando llegan a la estación de Sapukai todos deben trasbordar porque las vías continuaban destrozadas desde los tiempos de la explosión. Están todos cansados, sedientos, somnolientos. Damiana Dávalos se recuesta, el bebé llora, no quiere amamantar. El gringo se le acerca y lo toma en brazos, la mujer, con toda la desconfianza que suscita en un paraguayo cualquier extranjero [1] , se pone a gritar pensando que le quieren robar su hijo. El hombre gesticula para defenderse, no sabe hablar en español y mucho menos comprende las frases en guaraní que unos y otros vociferan en medio del disturbio; hasta que terminan echando al gringo del tren. Es el mismo extranjero que llegará misteriosamente a Sapukai para curar enfermos y torcer el curso del reloj cangrejo, que marcaba las horas hacia atrás.

El calor sigue atufando el aire húmedo. Crece la sed. Cuando el tren reinicia la marcha, todo se aquieta. Damiana se quedó dormida con el pecho afuera y el niño que quiere ser cadete y tiene sed busca en el abrigo de esa mujer el amparo. El acto es conmovedor. Vuelve a mamar buscando en la leche de esa madre, que es todas las madres, la seguridad de un abrigo, de un instante de plenitud, de protección. El niño-cadete necesita ser de nuevo cadete de niño y en esa unión purísima con las fuentes de la vida, él también se queda dormido.

CUARTA SECUENCIA

Éxodo.

Hasta ahora, Roa Bastos nos condujo por caminos transitados; si orilló el monte lo hizo como forma de presentir amenazas, como algo velado y oculto que está “en otra parte” acechando los tímidos brotes de civilización de esos pueblos que se empecinan en contrariar el curso de la historia.

En este “Éxodo”, como en la selva oscura del Dante, ya estamos perdidos en la maciega del monte desde la primera línea del relato. Recordando el éxodo de la Sagrada Familia, aquí también hay un hombre, una mujer y un niño atravesando distancias inhóspitas, perseguidos por una turba de esclavistas y capataces que no admiten que un hombre necesite respirar el aire de libertad indispensable para seguir vivo y seguir siendo humano al mismo tiempo.

El sistema colonial en Hispanoamérica admitía, por un lado la esclavitud real reservada a la raza negra que era arreada como animales desde las colonias africanas de Angola y Senegal y trasplantada a los territorios recién descubiertos. A los indígenas se les reservaban formas atenuadas de esclavitud: la mita, la encomienda y el yanaconazgo. De una u otra forma se les exigía el trabajo a cambio de vivienda, alimentación y el conocimiento del catecismo cristiano que todos sabemos es tan indispensable para vivir como la Geometría de Euclides. Con la relativa independencia de las jóvenes repúblicas, aprovechando que Napoleón Bonaparte había desligitimado las gastadas monarquías borbónicas, las condiciones de los más pobres no cambiaron demasiado. Pasaron del yugo de los españoles al dominio de los grandes terratenientes que los explotaban en su provecho en un sistema mil veces más degradante que el feudalismo europeo que ya había sido superado hacía más de trescientos años.

Este infierno de selvas, esteros, víboras y fieras encierra el círculo diabólico del yerbal de Takurú-Pukú. La yerba mate ocupa el mismo sitio que el café o el té en el Paraguay. Más importante todavía porque el largo y ardiente verano con el aire permanentemente escaldado hace necesario recuperar el líquido que pierde el cuerpo constantemente. El tereré, una bebida fresca que se hace con la yerba mate, viene a saciar la sed interminable de los días de verano. El cultivo del árbol que produce las hojas de yerba mate exige muchísimos cuidados, desde el mantenimiento del terreno, el cuidado de los brotes y la cosecha de las hojas que deben pasar por complicados procedimientos antes de ser molidas y convertidas en yerba mate lista para el consumo. A fines de la Guerra de la Triple Alianza el Paraguay quedó sumido en la más espantosa de las miserias. El gobierno tuvo que malvender grandes extensiones de tierras para cubrir los gastos de la reconstrucción de las instituciones mínimas; los compradores eran extranjeros ávidos de hacerse ricos, de “hacerse la América” como se decía en Argentina. El mismo gobierno favoreció la explotación del obrero por medio de una ley que llamaron eufemísticamente –como ahora- “de fomento de las inversiones”. Una legislación leonina que avasallaba todos los derechos del trabajador a favor de los patrones. Era la reinstalación de una esclavitud disfrazada.

Los yerbales de Takurú-Pukú (hormiguero alto, en guaraní) mantenían atrapados miles de hombres y mujeres a quienes se hacía trabajar de la noche a la mañana, controlados por habilitados y capataces, brutales y crueles como los centinelas del infierno. La ciudadela cerrada y escondida en la selva es un espacio mítico que el autor nos presenta como un reino del mal al amparo de la ley, una ley fraguada para desamparar al hombre frente al terrateniente omnipotente.

Hay un pasaje que me gustaría destacar. Si ningún fugitivo puede escapar de esta ciudad maligna, los versos de los compuestos, verdaderas coplas poéticas musicalizadas en las que el hombre lamenta sus desgracias, consiguen lo imposible: a lomo de las guitarras, estos versos van de uno en otro y franquean la muralla de rifles y balas que sirve de contención a esta prisión del eterno trabajo.

Casiano, el hombre y Natividad, la mujer están presos en este círculo de condenación. Cuanto más trabajan, más se endeudan ya que todas las provisiones mínimas para sobrevivir las venden los mismos dueños de la hacienda y de esta manera mantienen cautivos en un endeudamiento eterno a los zafreros y trabajadores, vigilados por los guardianes embrutecidos y sórdidos. La vida se va hundiendo en un fangal de fatiga, castigos, hastío y rutina conviviendo con la muerte en la ciudad del mal. Pero obstinadamente la vida se impone. Natividad queda embarazada y ese hijo que va a nacer devuelve la dignidad a la pareja: repentinamente toman conciencia. Su hijo no puede nacer en medio de tanta ignominia. Ellos deben salvarse, para salvarlo. Y emprenden la fuga, perseguidos por jaurías amaestradas y los vigilantes del presidio.

El prodigio de Roa Bastos consiste en hacernos sentir la persecución paso a paso, las acechanzas, la sequía, la sed, el barro que convierte a los expulsados de ese paraíso de perdición en verdaderas estatuas de terracota roja, en premonición de la quietud final de un cadáver en su fosa. Esa misma evasión hacia la luminosa promesa de la libertad es el destino del artista. Los antiguos gnósticos, entre ellos Marción de Sínope decían que el alma es una prisionera en la cárcel del cuerpo, una rehén detenida entre la carne llena de apetitos. Una reclusa perfecta condenada a un sitio inmundo. Purificarse a través del ascetismo y la renuncia a los placeres mundanos propios de ese cuerpo contagiado, era el ideal de los místicos y ascetas. Esta fuga de miserables que buscan recuperar el mínimo de dignidad para seguir sintiéndose humanos, puede ser una referencia histórica del hombre lobo del hombre del que hablaba Jonh Looke. Pero también puede ser una metáfora brillante de la salvación que únicamente el arte puede prodigar a nuestra conciencia contemporánea para recuperar el valor de ser humanos frente a un mundo cada vez más deshumanizado. 

[1] Sir Richard Francis Burton describió esta suspicacia del paraguayo en sus “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” de 1872. “Los viajeros han observado las múltiples contradicciones del espíritu nacional, como por ejemplo su reserva “india” por un lado y la amabilidad y aparente franqueza por el otro. Su hospitalidad para con los extranjeros frente a su aversión a estos; la seguridad del bolsillo aunque no la del pescuezo y su excesiva desconfianza y suspicacia oculta por una aparente sinceridad y candor”

 

 

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