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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

Hijo de hombre: primera visión de un espejismo 3/3


Por Alejandro Maciel
talomac@pol.com.py

Hogar

El hijo de los huidos, el hijo de los prófugos del yerbal ya es un hombre. La adversidad de ese destino marcado por los astros nefastos lo ha transformado en un muchacho seco, lacónico, que guarda hasta el más íntimo pensamiento entre los repliegues de su alma desconocida para sí mismo. “Un muchacho de veinte años. O de cien”, dirá Roa Bastos. Cristóbal Jara, el hijo de Natividad y de Casiano Jara conduce a un forastero que anda recorriendo la zona al antro de la selva para observar una curiosidad. Buscan un viejo vagón abandonado.

Alguien, con empecinada obsesión ha trasladado un vagón del ferrocarril hasta el mismísimo vientre del monte usando listones de quebracho como rieles. Es una aventura que únicamente cabe en la mente de un hombre cuya medida es la desmesura. Alguien que sería capaz, como el Demiurgo, de intervenir en la mismísima creación del mundo para torcer las leyes que le parecen absurdas. Alguien que ha llevado su propia libertad al terreno de la fábula o la mitología, domando la rusticidad de un sitio inhóspito por medio de un artificio de dimensiones colosales. Recuerda al Fitzcarraldo de Herzow, aquel alemán alucinado que condujo una compañía de ópera en balsas a través del Amazonas al ritmo de “I Puritani” de Vincenzo Bellini.

Al paso del camión desvencijado uno advierte la familiaridad de un paisaje que no cambia. Una inmovilidad que desmiente toda forma de transcurso. Un mundo fosilizado lleno de criaturas sufrientes en medio de la miseria que recursa: una leprosería que recuerda aquel gringo sanador, la niña de las tumbas, convertida en una mujer, siempre arando entre cruces y sepulturas blancas, las olerías donde se fabrican los ladrillos.

¿Quién es este visitante misterioso que se aventura por caminos olvidados? En el simple hecho de voltear una página ha vuelto la voz del niño~adolescente que quería ser cadete militar y había cruzado por Sapucai. Si aquel fue el viaje de iniciación, éste será el recorrido del descenso. La vuelta a las turbideces de una memoria que está en él como en las cosas que continúan hablando el mismo idioma de desamparo y lento desgaste.

Escribe Roa:

“Durante horas y horas trajinamos por maciegas hervidas de tábanos y sol, espacios imprecisables entre un cocotal y otro, entre una isleta y otra de bosque, distancias difíciles de apreciar por las marchas y contramarchas. Ni una carreta, nadie, ni siquiera el pelo de algún borrado caminito entre los yukeríes y karaguatales encarrujados. Nada. Sólo el resplandor blanco y pesado rebotando sobre la tierra baja y negra, escondiendo todavía la costa del monte”.

Llegan a lo espeso del monte venciendo la resistencia de las enredaderas y arbustos que a la sombra gigantesca de la forestada, les cierran el paso. Zumban los tábanos, el calor late en el aire. Todo es sofocante, de un agobio sin fin. Ese tiempo que martilla vuelve y revuelve los hechos. La historia de fantasmas resucita: las oscuras maniobras de una revolución agraria sofocada por el gobierno vuelve a estallar. Estamos presenciando, como lectores, el recuerdo de un recuerdo. Aquel cadete que había visto el socavón dejado por la explosión de los trenes que chocaron, ahora recuerda la explicación de aquella brutalidad. Siempre la lucha por el poder, hombres enceguecidos por el deseo de dominar un imposible, se imponen unos a otros por medio de la fuerza que destruye a todos por igual. Unos convertidos en huesos, polvo, nada. Otros que continúan vivos en la rutina circular del castigo eterno, rondando sin cesar la misma caminata sin destino ni fe. Orillando la nada.

En aquel vagón desvencijado, aferrado a la selva, testigo tangible de un milagro de la tenacidad de un hombre, el narrador recibe una revelación: la historia es una de las formas de la maldición humana. Él también es un fugitivo, un castigado del ejército que está purgando una condena acusado de sedición. Y en el vagón abandonado en medio de la selva, lo ponen al frente de una conjura. Pudo huir del ejército pero no puede escapar al destino. Tal vez Roa Bastos nos esté diciendo de nuevo: “Paraguay es una tierra de la que se ha enamorado el infortunio para siempre”.

SEXTA SECUENCIA

Fiesta

Esta narración puede leerse como un relato lineal o como una alegoría. Siempre que puedo, considerando que puedo elegir la tonalidad que me resulta más adecuada dentro de la gama de la cola del pavo real de la que hablaba Duns Scoto refiriéndose a la escritura, yo optaría por la alegoría.

En la alegoría hay un discurso que en virtud de una comparación tácita presenta un sentido completo y coherencia al entendimiento. Sé que la comparación es tácita entre el autor y yo. Otro yo puede cambiar la valencia de ese acuerdo tácito y esta maniobra es tan válida como la mía.

Yo veo esta narración como una alegoría de la persecución política, la represión y el espionaje propio de los totalitarismos. Puedo leer “Fiesta” pensando en la treintena en la que gobernó el stronismo en el Paraguay. Hay pistas suficientes para garantizar el traslado de una cosa a otra. Pensemos en un hombre predestinado por un destino aciago a ser un perseguido por la jefatura de una tiranía. Cristóbal Jara, nacido libre por la férrea voluntad de sus padres de librarlo de la esclavitud del yerbal, ahora sufre la persecución de la dictadura política por el solo pecado de haber participado, como tantos, en una manifestación agraria.

Kiritó es un muerto vivo. Se refugia en el cementerio, en una tumba semioculta por los pajonales. Maria Regalada, la mujer que heredó el cuidado del cementerio y su hijo le llevan comida, lo asisten, lo mantienen informado sobre los movimientos policíacos que rondan continuamente la zona buscándolo. “Procuraron hacer hablar a los viejos, a las mujeres y a los chicos de la olería y los arrozales, con amenazas y hasta con promesas de bastimentos y de dinero. Pero nadie sabía nada o nadie podía despegar los labios...” describe con lucidez Roa Bastos. Las requisas militares, el control social hasta sus últimos límites, la técnica de la delación metódica, la polarización social entre adictos al régimen, delatores profesionales por un lado y la resistencia por el otro, margina a los contestatarios condenándolos a una vida miserable o el destierro. En la época de Stroessner los adictos eran llamados “Pyragüé” lo que traducido del guaraní vendría a significar algo así como “el que tiene pelos en los pies” ya que el guaraní es un idioma hecho de metáforas, es un idioma literario en el sentido estético del término. Cualquier frase o palabra tiene sentidos traslaticios naturales. Tener pelos en los pies significa, entre otras cosas, caminar sin hacer ruido. Es la actitud típica del que espía a sus semejantes para delatar cualquier actividad sospechosa. El engranaje de la dictadura estaba perfectamente ensamblado, cada pieza tenía un sitio exacto y el conjunto funcionaba armoniosamente aunque su ajuste fuera morboso y sórdido. Nada faltaba ni sobraba. Fue la única dictadura latinoamericana que funcionó con parlamento. Hasta tenía “opositores” que, por supuesto, a lo único que se oponían era a la rebaja de sus sueldos. El señor éste, Alfredo Stroessner, ganaba las elecciones que, por supuesto, lo tenían como único candidato. La vocación política desapareció en el Paraguay durante treinta y cinco años. La clase dirigente estaba silenciada por prebendas económicas que el Estado concedía como cotos exclusivos a cada “familia”, tal como sucedía con la Cosa Nostra. La corrupción estaba estrictamente regulada desde el Estado. Muchas veces, los mismos opositores sostenían el régimen porque éste les amparaba sus ganancias.

Cada diálogo de esta “Fiesta” reproduce algún aspecto de esa realidad resquebrajada de la dictadura. Hasta los inocentes, aquellos que dicen “yo no me meto en política, porque la política es sucia” terminan tomando partido como don Bruno Menoret que termina delatando a su chofer, Cristóbal Jara, Kiritó.

Hay otro aspecto que conviene analizar. Roa Bastos es un ferviente defensor de los derechos de la mujer, que en Paraguay han estado relegados durante siglos. En el relato, una mujer de pueblo, una caudilla se planta frente a los militares y valiéndose un poco de su gracia y otro poco de su firmeza, consigue que los prisioneros, que venían viajando en un vagón atestado, casi asfixiados de calor y muertos de sed, reciban aloja para calmar la sed. “La mujer, desde abajo, se le estaba imponiendo al cabo militar” dice el autor.

Hay un final que ronda la pesadilla. Se organiza una gran fiesta para agasajar a los militares que están destinados para sofocar la revuelta. Pero el verdadero motivo es la persecución de un solo hombre: Cristóbal Jara, oculto entre las tumbas. En su retrato está cristalizado el valor que tiene el paraguayo, capaz de desafiar a diez hombres. Cristóbal, el perseguido quiere asistir al baile. María Regalada, la sepulturera que lo cuida sabe que sería suicida. Todos los militares estarán en la fiesta. Entonces, en la desesperación, se ingenia la salvación. Llegan a la fiesta, Cristóbal y María Regalada en medio de una comparsa singular: todos los leprosos, la hez de aquel mundo sórdido invaden la pista de baile espantando a los invitados, militares y maestras que se desbandan aterrorizados.

No podía escoger un retrato más fiel de aquella sociedad carcomida por la tiranía que la del leprosario en fiesta. Cada ciudadano lleva la lacra en sí. El baile es el viejo ritmo que se repite como ciclos sin fin, el círculo de los abyectos girando la rueda del mundo desde los trasfondos del infierno.

 

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