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RELATOS


Por Alejandro Maciel
talomac@gmail.com

 

 
ENCOMIO DE LOS CUERNOS

El doctor Justo Ovelia, conocido sinólogo del barrio y obsesivo estudioso de las "Técnicas de engarrafar agua mineral (1) entre los beréberes" ha debido de viajar al extranjero y como vive solo tomó antes la previsión de pedir a mi familia el cuidado de la casa, depositar algún dinero para solventar gastos durante su ausencia prevista en no menos de seis meses y dejarme una escueta saluda caligrafiada agradeciéndome resolver cualquier situación "de índole judicial o policial" que pudiera presentarse en este lapso. Siempre me sorprendieron las reacciones de mi vecino pero este supuesto allanamiento de la gendarmería forense me produjo cierta zozobra no exenta de curiosidad.

Que una patrulla de la comisaría decidiera súbitamente agraviar con sospechas el domicilio de un hombre que vive estudiando el rotulado de la Dinastía Shang y las diversas manipulaciones previas al envasado de agua bajo los diferentes sucesivos califatos me parecía propio de una mentalidad obtusa, muy lejos de las previsiones de mi ilustre aunque anónimo vecino.

Entre las discordes y tenuemente contradictorias directivas que nos adscribió figuraba una inspección ocular (así lo dejó escrito, como si yo o mi familia fuésemos a tantear mobiliarios y enseres en la oscuridad) de toda la casa cada diez días. En una de esas excursiones por la mansión, (que es amplia, tiene dos plantas y quizás unas veinte habitaciones que ocupan alternativamente el doctor Ovelia y su gato al que llevó consigo librándonos de la fastidiosa tarea de cuidarlo, ya que se trata de un cuadrúpedo áspero y lesivo), encontré el escrito que figura bajo el turbador título de "Encomio de los cuernos"; panfleto que supongo traducido de alguna homilía procaz al uso oriental o de quién sabe qué fuente tan original como el pecado. Pongo las manos en el fuego en nombre del sinólogo a quien conocemos desde que nos mudamos al elegante barrio "Las Gardenias" hace unos veinte años. El doctor Justo, justo es decirlo, se aplica con insistencia casi malsana a los dictámenes de su ética protestante y jamás condescendería a redactar algo nocivo o con intenciones aviesas o traviesas.

Aunque milito en el cursillismo católico, me considero una especie de revisionista dogmático y la copia y divulgación de este curioso documento no zahiere mi alma inmunizada por el salterio y el Libro de Job. Queden en paz los doctores de la Iglesia; todas las vírgenes que soportaron con ahínco el asalto de sus pudores por parte de -casi siempre- lúbricos italianos en tiempos del Imperio; castos y legales concúbitos que jamás mancillaron los ajuares domésticos con intromisiones de terceros o terceras. Quede en paz todo el mundo de los probos contra esta prueba activa de la canallería sensual elevada a misión redentora por quién sabe qué oscuro oriental pervertido de ojos y moral oblicuos. No me mueve más que la curiosidad y el sentido de la solidaridad al propagar esta advertencia. Vaya la prédica para amonestación de los justos ya que el inicuo, con pasión contumaz, jamás se dejará persuadir acerca de las ventajas de la vida conyugal libre del león del adulterio. Ignoro con qué intenciones el doctor Justo Ovelia recopiló esta pancarta malsana ya que nadie más libre que él, soltero consuetudinario, de las acechanzas de la infidelidad conyugal. Tal vez fue estafado en su buena fe y lo compró, como suele hacerlo, en un bazar magrebí a un buhonero que lo anunciaba como reliquia autógrafa del Emir de Tesalónica. Quizás abonaba la intención de hacérmela llegar o propalar entre los vecinos pacíficos el libelo adulterino para advertir el peligro. Adulterado en sus formas, ya que no me pude resistir a retocar el estilo decorativamente gentil que usaba el autor, lo doy a la prédica de todos, que es la forma más sencilla de decir nadie.

Supo el sabio Ab-ahl-ami que entre los axiomas del difundo Euclides Geómetra figuraba uno que enunciaba que "dos líneas paralelas jamás se cruzarán aunque se las prolongue hasta el infinito" y, contra tal precepto que confirma la razón hasta del hombre más torpe, por ser evidente en sí mismo sin requisitos de demostración, se alza la voz de un Imán, un pastor, un Papa o un Pope quienes, amparados en rutinarias escrituras anónimas, quieren cruzar dos destinos y no conforme con hacer de ellos una cruz, reclaman atarlos de por vida hasta el infinito.
Lo que no puede la Geometría -ciencia de las mediciones demostrables- lo quiere la Teología, ciencia de las afirmaciones indemostrables.

El lazo matrimonial asfixia por igual al hombre y a la mujer. Basta repasar con neutral criterio la historia entera para saber que los amores más apasionados nacieron y ardieron lejos del lecho conyugal. La alcoba marital es el patíbulo de cualquier pasión, por ardiente que fuere. El sexo se sustenta en las sombras, respira en la clandestinidad, se abona con el fermento del anonimato o la ocultación. La posesión anatómica del cuerpo ajeno se basa en el vil traslado del derecho a la propiedad privada extendido indebidamente al dominio físico de otra persona y si reaccionamos enfáticamente contra la esclavitud, ¿por qué nos resignamos a seguir pasivamente con la mala costumbre de atar la gente de por vida en yuntas como si fuesen bestias de tiro? ¿No constituye otra flagrante forma de mita, encomienda o yanaconazgo cívico-sexual esta donación de nuestra libertad individual más íntima; esta capitulación de nuestra patria-potestad erótica?

Yace hace milenios la sensualidad humana sepultada bajo la lápida del consorcio marital. Miles de hombres y mujeres se agostan inútilmente siguiendo la receta ajada de la fidelidad al vínculo dual amparándose en la cuestión material de la propiedad privada. El razonamiento que sustenta esta hiperbólica costumbre social degenerada en jurisprudencia podría resumirse de este modo: Toda persona es mortal, soy persona: luego, moriré y mis bienes quedarán bajo la custodia de mis hijos. Si soy fiel tendré la seguridad de que mis hijos son míos y así, el arduo esfuerzo de mi trabajo no beneficiará a un extraño.

Analizando bajo sospecha este razonamiento comprobaremos que sólo tiene vigencia para la mujer y descansa en un cálculo materialista y mezquino. Ya está dividiendo la sociedad entre "mis hijos legítimos" y "los otros". Como es costumbre ancestral, deposita los deberes en la mujer y los derechos en el hombre. La fidelidad del esposo no es fundamental para asegurar la paternidad y esto culmina en la doble vida que todos sabemos llevar y callar entre caballeros. Pero aún si la mujer decidiera quebrantar esta norma anormal y devinieran frutos foráneos en la casa familiar, ¿no estaríamos cumpliendo el ideal que el finado Platón programó en su "República"? Los hijos serían un bien público al que todos deberíamos prestar asistencia obligatoria ya que el niño rollizo de la vecina que alguna vez visitó mi lecho bien podría ser mi progenie, como así también la cándida escolar que cada mañana me saluda creyéndome un simpático conocido cuando soy nada más y nada menos que su padre biológico aunque ambos lo ignoremos.

De esta manera desaparecerían los niños de la calle por los que tantas ONGs, fundaciones y fundiciones laboran en confortables oficinas acondicionadas imprimiendo folletos con instrucciones sociales, elaborando estadísticas, arduas investigaciones acerca de causas y consecuencias sin dar con la salida al laberinto de perdición que es la calle en la que cada vez más y más niños y niñas adquieren destrezas poco recomendables.

Decir fidelidad es contradecir celos, ese castigo antediluviano de la raza que amargó más de una vida decente con la sombra de la sospecha elevada a hipóstasis de la existencia. En la mente de quien padece celos la coyunda sexual pasa (para exponerlo en términos aristotélicos) de la potencia al acto en cuestión de segundos y todos sabemos entre caballeros lo arduo que resulta a veces pasar al acto por falta de potencia cosa que nuestras esposas/dueñas/amas ignoran en su imaginación facinerosa. Esposa que no sospecha de su mejor amiga, tiene ojos torvos para con nuestras colegas de trabajo, las vecinas, las ex camaradas de colegiatura, ni qué decir de las secretarias o auxiliares de cualquier índole. Nada escapa al ojo suspicaz de quien duda metódica y cartesianamente de la fidelidad. ¿No será una incubación de su propia mente deseando caballeros ajenos lo que hace suspicaz a las consortes sin suertes? ¿No será que recela en el otro lo que desea para sí? Y esto nos lleva a sugerir que la infidelidad, respetables lectores, anida por igual en hombres y mujeres aunque unos la lleven sistemáticamente a la práctica y las otras se queden casi siempre en el camino envenenado de la teoría. Lo que daña el alma es la intención y ambos por igual son reos de duplicidad que estafa el juramento nupcial inmortal, que se vuelve inmoral.

Pero, ¿es naturalmente indispensable la monogamia "quo ad vitam"? Fuera de los considerandos hipotecarios y sucesorios, ¿fortalece los vínculos sociales o antes bien, es un factor permanente de sospechas, disputas, rencillas y hasta refriegas domésticas que no pocas veces culminan en tragedias que estampan las portadas de los diarios sensacionalistas? ¿Por qué empecinarnos en cargar sobre los hombros de hombres y mujeres este pesado yugo que ni siquiera Moisés pudo soportar en las tablas de piedra que, como cuenta la historia si algún judío no la retorció, terminó arrojándolas al becerro, símbolo de la fertilidad natural de la raza?

La felicidad queridísimos lectores es en sí, efímera. ¿Por qué habría de ser eterno el amor que no es más que un estado de felicidad vivido a dúo? Pasa, ínclitos lectores. Cede su sitio a la rutina, a la misma mesa, a la misma cama, a las mismas posiciones anatómicas, al desgaste y la usura de los años.

Y ya que dijimos años, la edad es la piedra de Sísifo a la que natura nos condenó inocentemente: nada le hemos hecho al nacer para sufrir la maldición del desgaste, las artrosis, la próstata, la menopausia, los taponamientos arteriales, la diabetes o la gota. Si algo alivia al hombre y la mujer en la edad madura es el bálsamo de la juventud, aunque fuese prestada. ¿Quién, aunque hubiese propasado la barrera de la cuarentena no se inflama de ardores juveniles junto a una cándida joven de veinte años? Y Viceversa. Hemos sido testigos de verdaderas resurrecciones hormonales en señoras cincuentonas que adoptaron un entenado de veinte. ¿Qué futuro le espera a esta digna señora al lado del hombre averiado de sesenta años al que las leyes humanas y divinas ataron de por vida? Este mismo señor deteriorado ya hallará recursos de reparación junto a una joven mujer de treinta con olor a espliego y salud.

Hasta aquí la traducción del sinólogo, siempre metido entre los vericuetos de su conciencia que alberga, como lo acabamos de constatar, ideas casi subversivas y altamente peligrosas para la paz social basada en la sagrada familia. Copié la traducción traicionando alguna que otra frase para seguir los dictámenes del autor tan contrario a la fidelidad. En cuanto al misterio del doctor Ovelia sigue pareciéndome sospechosa la aplicación insana que invirtió en trasladar al español esta receta impía que, de acatarse derrumbaría los muros de Jericó que defienden el orden, los pilares de la sociedad, la democracia, la participación ciudadana en la responsabilidad pública, la estabilidad de los títulos bursátiles y quién sabe cuántas cosas más que podrían averiarse si malgastáramos el bien ganancial que es la base del capitalismo. No sé qué otra excusa agregar para silenciar mi conciencia y, en consecuencia, la del sinólogo.

Ya saben qué esperar de ahora en más de un hombre que vive con un gato.

LA SIRENA DEL AIRE

En algún año del siglo XVII hubo un capitán que, amargado por la enfermedad de la nostalgia y el abandono de sus amigos, se hizo a la mar buscando una isla. En la isla, según decían sus camaradas, vivía un monje ermitaño muy sabio que podría ayudarlo.

Zarpó al mediodía cuando el sol rutilaba en el cabrilleo marino y dio instrucciones tan confusas al timonel y al piloto que la fragata se perdió en la bruma de un pasaje que todos llamaban "el silencio tenebroso". Nada se movía en la quietud mórbida de esas aguas espesas cuyos miasmas parecían supurar una niebla verdosa y picante que escocía los ojos. El capitán sabía que traspasada la calma especiosa y malsana, se encontraba la isla. Y en la isla una cueva. Y en la cueva un león que custodiaba la entrada al cenobio donde el monje escribía cláusulas a los textos sagrados.
Pasó un día y el barco seguía inmóvil, como amarrado a las fuerzas de las profundidades. Al segundo día el piloto se acostó en la amura y abandonó el timón inútil en la parálisis de la nave que no podía avanzar ni retroceder porque el aire se había coagulado a su alrededor. Al tercer día se escucharon golpes en la quilla, hacia babor. El capitán bajó una escala de gato y por ella trepó una bellísima Sirena.

Era una criatura límpida, de tez parecida al alabastro, casi traslúcida. En sus ojos, si no habitaba la divinidad, estaban los rastros de esa visión.
-He vivido mil años en las profundidades, -dijo con voz tímida-. Ya no soporto las tinieblas ni el hondo pesar del mar. Quiero vivir en la luz.
El capitán se limitó a encogerse de hombros; no buscaba redimir a nadie ni librar a un inocente de sus culpas. No buscaba ayudar: buscaba ayuda.
Buscaba en el mar al monje que le daría paz a su vida.
-Puedes vivir en mi barco, -respondió sin dar mucha importancia a sus palabras que seguían lánguidamente a sus pensamientos.
La Sirena suspiró hacia la lejanía y respondió sin alzar los ojos:
-Sigue siendo el mar.

El capitán pensó un momento, algo inquietante le había cedido la extraña criatura envuelta en algas que pisoteaba su propia cola con dos aletas del color del acero bien pulido. Ahora, repentinamente, sentía una infinita lástima por la Sirena pensando que también ella sentía el dolor de la nostalgia; que vivir diez años en las profundidades sería un castigo insoportable; pero mil años ya ofendía el pensamiento.
-¿Quieres que te deje en algún puerto? ¿Quieres vivir en tierra?
-Yo misma podría haber llegado al puerto más próximo. Necesito el aire, ¿acaso ignoras que las sirenas fuimos criaturas aladas en el pasado? El vértigo de volar es la libertad. Han pasado más de mil años pero aún recuerdo la libertad. Nunca se olvida el origen de la vida.

El capitán se puso pensativo. Atardecía con un cielo desgarrándose en rojos y violetas cuando empezó a soplar el viento. El barco se puso en movimiento y el piloto despertó de su largo sueño para retomar el timón.
-Sé lo que haré contigo-, dijo al fin el capitán. Te izaré en la cúspide del campanil de la iglesia más alta que encontremos. Allí serás feliz indicando a cada cual el rumbo de su libertad.
-¿Cómo puedo indicar a nadie la felicidad si yo misma no la conozco?, preguntó la Sirena con dulzura.

El viejo capitán recordó que durante una tempestad, en la nasa, habían rescatado del fondo agitado del mar una lira de oro que él guardaba celosamente en su camarote. Bajó a buscarla sin decir nada y al acariciarla sintió que algo muy delicado estaba a punto de suceder. La lira de oro parecía temblar como esas gaviotas que a veces caían exhaustas en la cubierta de la nave. Se la dio a la Sirena.
-Si puedes tañirla sabrás lo que es la felicidad y dónde encontrarla, señaló mirando fijo la frente nacarada de la doncella del mar.
No bien la tuvo en sus manos la Sirena meció sus dedos traslúcidos y era como si un cristal rozase el oro desprendiéndole la música más sublime que jamás se había escuchado. La música de los ángeles.

El capitán comprendió enseguida que se había unido dos partes del universo que se necesitaban desde los lejanos tiempos de la primera luz.
La Sirena empezó a cantar y su voz llenó el vacío que había impuesto la tristeza al capitán, que había removido viejas culpas e hizo que el sueño huyese de sus ojos.

El piloto, diestro en el manejo de la rosa de los vientos, señaló a lo lejos una vieja iglesia de piedra recostada contra el farallón. Tenía una torre y en lo alto, el sitio de la veleta estaba vacío junto a la cruz.
-Allá serás dichosa, dijo.

Han pasado muchos más de cien años. La Sirena con la lira de oro sigue allá en lo alto, temblando, asida a los vientos para indicar el sitio exacto donde éstos van a extinguirse en la calma. Con sus dedos de anémonas de cristal hace la música que indica a cada cual el sitio desde el cual puede perdonar el pasado y bendecir el futuro. El capitán comprendió que en ese sitio empezaba la paz que estaba buscando.
Ya no necesitó encontrar la isla, ni despertar al león de su letargo. El monje escribiría entonces, en los márgenes de un texto sagrado:
"La belleza nos enseña a salvarnos de nosotros mismos".

LA PUTANISA

-¿Les conté la historia de la putanisa?

Sin decir palabra fuimos sentándonos como siempre haciendo corro alrededor de la abuelita que pacientemente se pasaba las manos sobre el vientre y las faldas para hacer tiempo. Es curioso pero tía Victorina, la madre de prima Marita siempre se estaba quejando de la falta de tiempo, que no me alcanza el tiempo para terminar una cosa cuando ya viene otra, que no me queda nada de tiempo, se pasaba la vida hablando de algo que, evidentemente se le escurría de las manos o al menos ella así lo creía. En cambio, tía Nidia se quejaba continuamente de tener que hacer tiempo para tal o cual cosa y uno se la imaginaba fabricando almanaques o clavando las agujas del reloj para encontrar un lapso donde encajar lo que quería sin apuros porque como era tan baldada no se podía dar el lujo de la prisa aunque la casa estuviese envuelta en llamas.

-¿Qué es eso que dijiste, abu?, empezó Estelita mientras dejaba en el césped la valija de cuero con los cuadernos y demás útiles.

-La verdadera palabra es pitonisa y se les dice a las mujeres que adivinan lo que va a pasar.

-¿Adivinan el futuro?, intervine como llamado por un reclamo ya que justamente estaba metido en mis adentros discutiendo conmigo mismo (costumbre que tía Nidia adjudicaba invariablemente a los orates) ese asunto del tiempo.

-El futuro no se adivina mi tesoro, me respondió abuelita acariciándome los cabellos. En ocasiones, alguien puede adivinar algunas cosas que sucederán en el futuro pero yo no sé, creo que eso es imposible, casi siempre son embusteros que se aprovechan del crédito de la gente.

-¿Crédito no es eso que se pide en el banco?, señaló Marita un poco perpleja.

-Crédito viene de creer, hijita. Quiera Dios que el banco nos pudiera dar más fe, pero no, yo me refería a la esperanza que a veces depositamos en quienes menos la merecen. En la esquina donde ahora está la farmacia antes vivía una mujer llamada Margot Puyol que decía ser clarividente, adivina. En las revistas ustedes podrán leer que dice “la pitonisa” y como esta mujer era un poco indecente el finado Ramón Chávez le decía “la putanisa”; atendía vestida con una túnica blanca y miraba en una bola de vidrio donde ella decía que se le venían las visiones para atención del cliente.

-¿Atendía vendiendo visiones?, quiso saber Marita porque le costaba creer que hubiese gente tan ingenua dispuesta a comprar algo que no sirviera para decorar la casa.

-Llegaban de todas partes; sobre todo mujeres porque han de saber que las mujeres tenemos más problemas con el futuro que los hombres.

-¿Por qué, abu?, intervino Estelita.

-Nos gusta confirmar nuestras intuiciones y Titina Micheli estaba segura de que su marido le ponía los cuernos con alguna otra mujer. Ella estaba casada con Juan Ponce, un abogado muy distraído que sin embargo le era fiel, pero nunca se preocupaba de llegar temprano a la casa, cuando salía con los amigotes a ver un partido no avisaba, o viajaba por algún caso sin decirle a la esposa “allá voy” o “vuelvo a tal hora”. Titina era joven y eso de estar casada era nuevo para ella, hacía apenas un año había estado brindando, no tenían hijos todavía y la vida les sonreía pero tenía clavada la espina de la duda que no les aconsejo mis queriditas en el futuro imperfecto que nos espera a todas.

Prima Estelita miró a prima Marita un poco aturdida por los anuncios alarmantes que descargaba la abuelita sobre nosotros y como viera que la angustia se retrataba vivamente en mis primas suavizó lo dicho:

-Ese tema de los celos es una tortura para quien cela; es muy antiguo y siempre ha traído desgracias a la gente que cae en esa trampa.

-¿Y cómo es que caen en eso si saben que es dañino?, objetó Marita.

-¿Y por qué fuman, si saben que les destroza los bronquios? ¿Por qué juegan con armas? Hay muchas preguntas y pocas respuestas en el alma humana mi corazón, dijo suavemente la abuela, pero este feo asunto viene desde que se consideraba a la gente como propiedad privada. Así empezó la cosa. Antes los maridos compraban a sus mujeres y en algún momento se llegó a pensar que la esposa era un utensilio más y se quiso tener plenos derechos de posesión sobre ella; los hombres se confabularon para tramar leyes que defendieran sus derechos y las pobres mujeres tuvimos que obedecer o morir.

-Pero en este caso es al revés, abu, siguió Estelita que para mi sorpresa había comprendido cabalmente todo lo que dijo la abuela.

-Sí, acá era Titina la que desconfiaba porque después de lo que les conté acerca de la compraventa de mujeres la historia se dio vuelta: todos empezaban a pensar que en el casamiento se adquieren los unos a las otras; que la palabra del pastor, el Papa o el pope ata a la gente de por vida para esperar juntos la eternidad. Eso suena romántico pero la verdad es que las casadas y los casados suelen aburrirse de estar juntos al poco tiempo y buscan cambiar las montas. Unos antes, otras después pero casi siempre se repite la historia de adulterios o separaciones, llantos aquí y allá, alguna que otra demanda legal y en fin, un desastre casi invariablemente. Por eso les aconsejo: cuando se casen nunca se olviden, dijo mirando tiernamente a mis dos primitas e ignorándome como si me condenara al celibato, que ese señor no es un seguro de vida para ustedes sino un transeúnte que podría andar de paso por sus vidas y con apuro. Titina se confundió y fue a ver a la adivina, desesperada. Como sucede en estos casos, la agorera puso los ojos en blanco, tembló un poco para impresionar y le advirtió que efectivamente veía en el cristal una mujer rubia muy amiga de ella interponiéndose entre Titina y el abogado. Ésta salió hecha una furia teniendo en la mente el nombre y apellido de la sospechosa: Silvia Peratino, otra abogada muy amiga que vivía a dos cuadras de la casa y tenía todas las condiciones para seducir a su marido; era delgada, simpática, muy desenvuelta y con los ojos claros. Era ella, no podía ser otra en la mente de la pobre Titina que se sentía muy infeliz por ser víctima del engaño a dúo orquestado por la turra de su amiga y su propio marido.

Esa misma noche cuando el abogado entró en su casa lo estaba esperando Titina hecha una furia.

-¿Cómo estuvo hoy la Silvita en la cama? ¿Se meneó de lo lindo?, dijo al marido al recibirlo. El pobre Juan se limitó a mirarla sin parpadear. Creyó haber escuchado mal.

-¿Qué dijiste?

-Que si te gusta más estar con Silvia en una cama, andá a vivir con ella.

-¿Silvia?, repitió el abogado como aturdido, ¿qué Silvia?

-¡Silvia Peratino! Sé que me engañás con la que era mi mejor amiga pero ahora sé que andaba detrás de tu bragueta. Con razón tantos regalitos de cumpleaños, tantos vinos finos y saluditos de aquí y de allá.

El abogado Ponce padecía de una epilepsia fronto-parietal desde que tenía cinco años. Mientras se mantuviera tranquilo con la rutina del trabajo y dos pastillas que tomaba diariamente no tenía problemas, pero si surgía de repente un contratiempo o un enojo sin aviso le venían crisis de ira y se podía transformar en una bestia en cuestión de minutos.

-Que por favor no juegues con eso que me va a venir la crisis, mi amor, advirtió a su esposa pero ésta no encontraba la forma de controlarse y siguió atacándolo.

-Yo sé porque me dijo la adivina Margot que los vio en el cristal besándose desnudos.

-¿Quién vio qué?, gritó el abogado epiléptico.

-Margot vio a Juan, mi marido, revolcándose en una cama con Silvia Peratino, la que era mi amiga.

-Esa grandísima puta está inventando calumnias, dijo ya transformado en una fiera el doctor Ponce y volvió a salir. Titina escuchó que el auto arrancaba y después el sonido que a medida que se alejaba iba desapareciendo y se echó a llorar desconsoladamente.

-¿Por qué lloraba, abu, si nadie murió?, objetó Estelita no sé por qué siendo como era tan llorona.

-Habrá creído que se murió el amor mi vida, lo cierto es que el doctor Ponce fue directo a la casa de la adivina. Hizo sonar la bocina varias veces hasta que Margot asomó a la ventana.

-¿Qué necesita, doctor?, preguntó amablemente pensando que el abogado quería conocer su futuro.

-¡Ábrame la puerta!, exigió el abogado que conocía el pasado bajándose del auto. Entró en la casa de la asustada mujer enjugándose el rostro con un pañuelo arrugado y con la cara congestionada por la crisis.

-¿Qué le pasa?, investigó Margot.

-Adiviná lo que me pasa grandísima yugua, dijo el abogado entre ahogos de furia dentro del living de la maga. Giró la mirada alrededor hasta dar con un sable que había sido de un tío militar de la adivina y estaba colgado de la pared. ¿De dónde sacaste esa noticia que le diste a mi mujer? Te voy a cortar esa lengua peligrosa para que no vuelvas a decir disparates maldita bruja, la amenazó sable en mano con el índice temblando. Margot empezó a temblar, un nudo le subió desde los tobillos a la garganta y los ojos se le inundaron de líquidos como si fuera a llorar pero estaba demasiado aterrorizada para echar un suspiro o una lágrima; instintivamente atinó a buscar la puerta que daba al patio y huyó disparando clamando “soy inocente, Dios me libre”. El abogado la siguió blandiendo el sable corvo como un sarraceno. Igual te voy a alcanzar, víbora. ¡Virgen de la Merced socorre a tu sierva!, rogaba Margot saliendo espantada al patio y entonces vio su salvación. Contra el gigantesco árbol de mango estaba la escalera que usaban las gallinas para subir a dormir entre las ramas y Margot, a pesar de ser cristiana y no gallina, trepó los peldaños en un abrir y cerrar de ojos. El abogado subió detrás con tanto ímpetu que la vieja escalera se destartaló echándolo por tierra con sable corvo en ristre. Arriba entre las ramas Margot sentía cierto alivio pero no dejaba de rezar a cuanta Virgen recordaba en demanda de auxilio. Vio que el abogado volvía a entrar en su casa y suspiró aliviada creyendo que había decidido marcharse. Empezó a pensar cómo bajar del árbol cuando vio de nuevo la inconfundible figura de su agresor saliendo de su casa al patio con varias sábanas y una jarra en las manos. Al menos, había dejado el sable cortalenguas en otro sitio. Hizo un bollo con los trapos, le echó el líquido rosado, buscó el encendedor en el bolsillo y le prendió fuego. Con una pica alzó la bola de fuego y la dejó en la horqueta donde el mango se dividía en dos grandes ramas. ¡Socorro!, empezó a gritar la adivina muerta de terror. Era evidente que el hombre estaba loco y la quería asar viva. La humazón subía junto con las llamas hechas hilachas rojas y aunque estaba lejos, el humo la atoraba y entre ahogos seguía gritando en demanda de auxilio. Vio que el abogado, lejos de saciar su odio, hizo otro amasijo de trapos, le echó queroseno y alzó la tea al árbol depositándola a sus pies.

-Te voy a cocinar viva, grandísima yegua, profería maldiciones el abogado muy resuelto.

-¡Santa María! ¿Qué le hice yo?, reclamó la adivina.

-Le dijiste a mi mujer que tengo relaciones con mi vecina, ¿te parece poco?

-¡Auxilio! Yo no dije eso, señor.

-Ah, ¿no? ¿Y qué dijiste?, investigó el doctor Ponce sin dejar de armar hatos de ropa para seguir con la ordalía o quema de brujas que había decidido iniciar por su cuenta como si fuese el Gran Inquisidor.

-¿Qué es eso, abuela?, interrumpió Marita.

-En otros tiempos la Iglesia perseguía a las brujas y los herejes y como castigo los quemaban vivos; el fiscal de las causas era el Inquisidor que quiere decir el “preguntador” porque interrogaba a las víctimas y las hacía torturar hasta conseguir confesiones de culpa. Pero la finalidad era hacer quemar a las víctimas, la mayoría eran mujeres por este asunto de las brujerías y demás trámites. Margot desconocía sus propias fuerzas pero el miedo inventa capacidades que nunca tuvimos: trepó de rama en rama para alejarse del fuego pidiendo auxilio y fue a dar a un gajo muy delgado que se dobló con el peso de la mujer que se agarraba desesperada de la rama que cruzaba el muro del patio y terminaba del otro lado, sobre el techo de la vecina doña Elvira Goyrria una señora muy devota de la Virgen del Socorro que estaba rezando tranquilamente cuando escuchó en el techo “Socorro, socorro” entonces salió al patio a ver si se trataba de una aparición de la Virgen del Socorro de tanto ser invocada a lo largo y a lo ancho de sesenta años pero se desilusionó al ver a Margot trepada a las tejas implorando ayuda con las manos, la boca, los ojos en lágrimas y temblando de terror.

-Neneno, una escalera, pidió a su criado. El hombre vino, vio y venció la pesadez del día con una vecina adivina que por lo visto ahora volaba y sin hacer preguntas fue a buscar la escalera de madera y la apoyó contra el alero de la casa. Rápidamente Margot empezó a bajar escala por escala deshaciéndose en llantos y agradecimiento, mientras doña Elvira no paraba de decir “qué barbaridad” y cuando iba a preguntar qué había pasado Margot vio que el abogado avanzaba a paso redoblado por la calle con la cimitarra en alto. Vuelta a subir la escalera ante la mirada atónita de doña Elvira. Suba, señora que ese hombre está loco y nos va a matar a las dos con el sable corvo. Doña Elvira giró y al ver el rostro desencajado de ira del doctor Ponce se asustó tanto que se le olvidaron los misterios gloriosos que venía desgranando in mente mientras socorría a la vecina. Suba, doña Elvira, le juro que está totalmente loco y quiere matar mujeres. En el portón de la entrada Neneno trató de trabar el cierre pero el abogado lo amenazó con la punta del arma:

¡Abran paso que voy a matar a la bruja!

Neneno, que se mantuvo con vida hasta los treinta y dos años en base a la obediencia se apartó del camino y dejó pasar al abogado armado. Doña Elvira, al ver semejante desatino no dudó (era una mujer de fe) y se trepó a la escalera con una agilidad inusitada. Las dos mujeres volvieron al techo y, para evitar el asalto del enemigo, Margot levantó la escalera.

En eso, con paso cansino venía doña Monona como todos los días a levantar quiniela clandestina, espiando a derecha e izquierda antes de abrir portones y dejar pasar el corpachón con grandes bultos a los lados de las caderas y piernas rugosas de várices que se ensañaban en trenzar telarañas bajo las medias color piel. Doña Monona escondía planillas, lápices, y los resultados del sorteo de la fecha de la Nacional y la de Córdoba en un bolso con cebollas, rúcula, apios y otras hortalizas con las que camuflaba el juego prohibido aunque inocente. Al abrir el portón se encontró con el abogado epiléptico que salía hecho un león vaya a saber a buscar qué; al tropezar dijo:

-¡A la mierda con este asunto de las brujas y los cuernos!

Doña Monona, que era lista para la venta de su servicio, aunque fuese clandestino, atinó a decir inmediatamente:

-Tiene que jugar al cornudo, el 47 a la cabeza y a los diez.

-¿Se está burlando de mí?, giró el hombre bestializado. ¿Me está diciendo cornudo, vieja de mierda?

Doña Monona quedo tiesa. Ella jamás trataba mal a nadie ni ofendía gratuitamente y se dio cuenta que el hombre estaba fuera de sí por los ojos ardientes y congestionados, la boca en un rictus de odio y el temblor de la presión muscular en todo el cuerpo que parecía a punto de estallar.

-Perdóneme señor, no quise ofender, no sabía que su mujer le ponía los cuernos pero no se haga mala sangre ya va a pasar. Quiso suavizar el asunto pero el abogado traspiraba mudo hasta que pareció dar con la salida: ¡el arma, en el auto!, dijo y salió de nuevo a la calle a buscar una escopeta que tenía bajo el asiento trasero y usaba para cazar liebres de noche cuando volvía por la ruta.

Desde las alturas Margot y doña Elvira le hacía señas.

-Váyase doña, indicó Margot, el hombre está loco y quiere asesinar a las mujeres que encuentra. ¡Váyase rápido a llamar a la policía!

Doña Monona volvió a colocar su libretita donde registraba las jugadas clandestinas cuando escuchó gritos del abogado, portazos y maldiciones.

-¡Ya viene de nuevo!, advirtió doña Elvira preocupada.

-No hay tiempo, dijo Margot bajando la escalera salvadora, suba lo más rápido que pueda.

-¡Pero tengo várices!, se quejó doña Monona.

-¡Suba, que viene furioso! Y a medida que la voluminosa quinielera iba trepando las dos mujeres desde arriba la jalaban. Fue casi un rescate como los que aparecen en los noticiosos de incendios.

Ya estaban las tres mujeres gritando en el techo con una escalera y el letrado en su auto buscando los cartuchos de la escopeta para malograr a la adivina que había destrozado la paz de su hogar cuando pasó por la vereda Pierina Vallejos con su hijito cretino al que sacaba a dar una vuelta de tanto en tanto.

-¿Qué están haciendo en el techo doña Icha? ¿Están tomando sol?, preguntó llamando por el sobrenombre a doña Elvira.

-No, ¡qué sol vamos a tomar! Vaya a denunciar a la policía que hay un abogado que nos quiere matar.

-¿Por qué la van a matar a usted que es un pan de Dios?, preguntó intrigada la vecina mientras el niño cretino la empujaba como un novillo a cabezazos.

-¡Porque es cornudo y odia a las mujeres!, intervino doña Monona.

-¿Qué número salió hoy en la Nacional ?, siguió Pierina a pesar de las embestidas del niño-cretino cuyo tórax ensanchado semejaba una bolsa de papas.

-El 235 querida, pero vaya urgente a la comisaría.

-¿Y en la de Córdoba?, todavía quiso saber Pierina Vallejos revisando sus talonarios ya que había soñado con la suegra y apostó la edad más el número de hijos que tenía para juntar las tres cifras (no hay suegra que llegue a tres dígitos) y sus sueños nunca la defraudaban.

-El 625.

-¡No me diga! ¡Gané! Carmela tiene 62 años y 5 hijos contando mi marido.

-¡Vaya a la comisaría, por favor!, imploró Margot. El cretinito iba a dar otro empellón cuando se escuchó un “trac, trac” porque el abogado había encontrado los cartuchos, se dio mañas para cargar uno en el catre de la escopeta y la cerró con la traba antes de ponerse a probar puntería en la persona de Margot pero doña Elvira agitando un paño blanco se interponía una y otra vez en la mira, la puta que la parió a la vieja metiche, rezongaba. Por efectos del susto y el calor a doña Monona le bajó la presión arterial y le dio un vahído que por poco no la destecha de no ser por la reacción ágil de Margot ayudada por doña Elvira. ¡Se desmaya, la pobrecita!

-¿Y cómo se llama el abogado?, gritó Pierina Vallejos quien se pasaba las noches viendo tiras policiales y sabía que no se puede denunciar en anónimo ante el alguacil del condado (así decía la tele y ella creía más en la tele que en la Constitución Nacional ) a “un abogado”, debía decirse el nombre del acusado. “Pum” sonó un disparo a sus espaldas y en el acto las dos refugiadas con la desmayada se tiraron al piso, es decir al techo. El pequeño cretino saltaba de algarabía al escuchar el tiro creyendo seguramente que se venía la navidad u otra fiesta de esas bochincheras con cohetes y pirotecnia. Pierina Vallejos de un manotazo tomó al pequeño cretino y lo puso delante de sí como un escudo humano.

-¡Deténgase hombre indolente!, gritó al abogado desquiciado, mire que si mata a este inocente que es retardado mental no tendrá perdón de Dios ni de la Virgen del Carmen.

-¡Saque eso de allí!, se ofuscó el doctor Ponce, ¿a quién le importa su hijo idiota?

Como si hubiese comprendido, el pequeño cretino daba coces al aire con la cara congestionada de fastidio y chillando espantosamente.

Se escuchó la inconfundible sirena del patrullero al que alguien había alertado desde el teléfono al ver la persecución de las pobres mujeres. Se detuvo en seco, bajó el oficial Enríquez portando el arma reglamentaria que apuntaba directamente al abogado.

-¡Quieto ahí, sujeto masculino!, ordenó.

-¡Déjese de pavadas y ayúdeme a cortar la lengua de esa difamadora!, respondió muy seguro el doctor Ponce a quien reconoció de inmediato el policía al verlo de frente.

-¡Doctor! ¿Qué hace con esa escopeta?

-¡Nos quiere matar!, respondió desde lo alto Margot pálida y con la túnica volando asida a doña Elvira como esas estatuas votivas de los cementerios coronando los panteones: dos ánimas dándose ánimos antes de llegar a Dios. Tendida, yacía doña Monona pensando en combinaciones a la cabeza y a los diez para la quiniela vespertina de Montevideo.

De una de las tantas casas cuyas puertas abrían a la pacífica calle San Martín salió de pronto doña Eufemia totalmente desnuda pero en tacos altos cantando el salmo “El Señor es mi pastor / nada me puede faltar” en falsete y pintarrajeada como una buscona. La pobre mujer vivía obsesionada por la gordura aunque cada vez se la veía más magra pero algo en el cerebro le repetía como un martillar sin fin “estás hecha una vaca, unos kilos más y terminarás idéntica a doña Anunciación” cosa que estaba lejos de ser realidad; pero como la mente tiene razones que el cerebro no comprende, tomaba anfetaminas en forma viciada, se pasaba días sin comer tomando sólo agua y para colmo el hijo adolescente vaciaba los cigarrillos para armar porros de marihuana y los dejaba mezclados en la caja. La pobre Eufemia, víctima de los temblores anfetamínicos que buscaba aminorar fumándose un Kent terminó totalmente ida y drogada imaginándose que Dios volvía a impartir la orden de andar en cueros que total ya llegamos nuevamente al Paraíso Terrenal.

Tic, tac, tic, tac… los tacos de Titina martillaban el cemento de la calle sin resuello por la corrida que se traía. Alguien que nunca falta la había llamado avisándole que su esposo terminaba de asesinar en un techo a Margot, Elvira y Monona; y que si no se apuraba corrían el mismo riesgo Pierina Vallejos y su hijito que, aunque cretino, no merecía una muerte tan violenta.

-¿Qué hiciste, Juan?

-Vine a cortar la lengua de esa mujer que te dijo esas porquerías.

-¡Yo no le dije nada!, se defendió desde la altura la cariátide de la túnica flotante.

Ya más calmo, el abogado epiléptico increpó a la Maga :

-Le dijo a mi esposa que me vio acostado con la doctora Silvia Peratino.

-No, mi amor, intervino muy nerviosa Titina al comprobar las trampas de su fe y todo el tremendo lío que se armó a causa de una sospecha. Ella sólo me dijo que había una mujer rubia que te perseguía, yo pensé que se trataba de Silvita, pero veo que me equivoqué; perdóneme señora Margot, rogó.

-¿Qué hacen en el techo, Elvirita?, se sorprendió Eufemia al verlas.

-¿Y usted, por qué salió desnuda a la calle, no tiene vergüenza?, increpó desde lo alto doña Elvira que como buena mujer piadosa abominaba de los escándalos a los pequeñuelos de Dios, sobre todo las indecencias del cuerpo.

-¿Pero es que en este pueblo todas las mujeres son nudistas?, gritó el oficial Enríquez nuevamente atrapado en la encrucijada de las desvestidas en la calle.

-¿No ve que está ida?, advirtió Pierina, póngale una tela don y llévela a la casa de vuelta. Tome Eufemia, le acercó una pañoleta para cubrir las vergüenzas.

-Perdóneme Margot, volvió a rogar Titina.

-Con tal que se lleve a ese hombre, yo perdono todo, replicó la otra desde lo alto, imponente como una imagen de la Madonna con su túnica al viento; realmente era idéntica a la estampita de la medalla Milagrosa.

-¿Qué hice, mi Dios, qué hice?, chilló de pronto el abogado.

-¡Virgen Santa, gracias por escuchar mis ruegos!, clamó hincándose de rodillas doña Elvira al ver que el abogado se apretaba las sienes como quien despierta de una pesadilla. Volvía a convertirse en el hombre afable y simpático que todos conocían. El rostro se le relajó y hasta una tímida sonrisa pretendió borrar las manchas de tanto odio.

El oficial Enríquez buscó en vano en el Manual de Procedimientos de la Policía cosas como “sujeto armado con escopeta”, “mujeres secuestradas en un techo”, “sospechas de cuernos”. Nada halló para imputar al abogado a quien conocía como hombre pacífico y apreciado en todo el vecindario.

-¿Alguien tiene una denuncia para hacer?, gritó con una libreta y bolígrafo en las manos.

-Yo, dijo Pierina Vallejos. Se me perdió un farol en el patio de casa.

Doña Monona lentamente se incorporaba y esto significaba levantar una masa carnal de al menos 150 kilos bien contados que buen trabajo les llevó a Margot y doña Elvira todavía en lo alto.

-¿Y qué tiene que ver con esto?, insinuó el oficial Enríquez, quien era dado a las cosas en su orden.

-Usted preguntó si quería denunciar algo, replicó Pierina Vallejos. Si algo le habían enseñado las series policiales de la tevé, era a ser firme en sus peticiones.

-Vaya más tarde a la comisaría y el sumariante le va a tomar declaración. Siendo así, me llevo a doña Eufemia a la casa, vayan a firmar el parte policial mañana en la comisaría y damos el incidente por concluido, anunció como quien indulta masivamente encausados ayudando a Eufemia a subir al patrullero y dejando a las tres mujeres en lo alto de la techumbre.

CRÓNICAS DESESPERADAS DE DOS ÁNGELES EN SODOMA

“No es del todo cierto lo que está escrito en un libro tenido por sagrado donde se nos imputa habar descendido a censar las abominaciones humanas en un vecindario donde la lujuria corría pareja con su pravedad. Bastante ya ha sido tratar con los pecados del cielo; ni Dios, que es omnipotente podía comisionarnos a la tentación de conocer la culpa antes que la infracción del deseo.

Lo cierto es que bajamos a la tierra con el edicto sagrado para exterminar a los injustos junto con los aduladores; a los forajidos y a quienes observan tan escrupulosamente la ley, que la convierten en una prisión para sus cuerpos y un suplicio para sus espíritus. La ley se escribió para igualar a los mortales con los dioses. La misma muerte no es más que una ley menor.

Era el atardecer, la hora de la mansedumbre cuando un vapor invisible llena la hora moribunda de sombras y grises, la hora en que las alhucemas hacen flotar en ese vapor el gusto ácido, opalescente, que recuerda la omisión de la memoria humana. El sol rojeaba los relieves de las cuestas mientras Lot se inclinaba a gemir sus plegarias por los justos en el umbral de su casa.

También es cierto que al entrar en celo la noche, Lot nos convidó a su mesa, nos hospedó; atendió nuestras fatigas, la sed y el hambre para demostrarse a sí mismo que todo acto de justicia exige una privación.

Después, el escrito sagrado lo consigna con reservas al pudor de sinagogas, templos y catedrales, vino la horda de los sodomitas, vino el asedio. Secretamente intuimos la fiesta de la carne que nos amenazaba.

Los hombres y mujeres nada saben de los ángeles; en cambio, nosotros somos versados en excesos, dolo e indecencias que aprendemos del rebaño humano y por eso, conocemos a la gente. Todos los disidentes del Paraíso aprendieron las maquinaciones humanas antes de entregarse a la estafa y el fraude.

Nuestra fue la idea de instar a Lot a comerciar la castidad de sus hijas para salvar nuestra honestidad. Nuestra existencia, que precede a la sucesión del tiempo humano ya conocía el incesto que el relato describe mucho después del exilio de las ciudades condenadas: Gomorra, Sebohim, Admá y Sodoma. Pero la turba no aceptó el trato. Colándose por los párpados de las persianas nuestra pureza esparcía un perfume a infancia. Ese aroma delicado del pétalo exhalando la llamada del germen encendió el fuego de los ánimos; los placeres largamente agostados se sacudieron repentinamente, un filo de acero parecía brillar en la cabeza de la noche, las chispas de su refriega bullían en el interior de los sodomitas. Todo era fuerza escaldada, humo de bufidos, sudores y gemidos. Los hombros de los hombres arremetían con fuerza contra la puerta. Crujían las fallebas rítmicamente como la máquina de los sitiadores contra los paños de un muro de piedra que se desgaja. Decidimos cegarlos: es sabido que la visión es aliada de la sensualidad; pero ellos seguían insistiendo, aullando de deseo y de odios. Intentaron arrastrarnos al vicio por medio de promesas pero en el cielo nunca creció el árbol del deseo, por esa razón, tanto nuestra virtud como nuestra perversidad no tienen límites.

Quienes no fuimos amasados de materia en el tiempo, ignoramos por completo las desesperaciones del porvenir y las acusaciones del pasado. Lot no parecía entender nuestra misión. Vinimos como mensajeros; para él éramos simples verdugos, artífices de la catástrofe. Primero imploró por cien justos ofreciendo canjear la ciudad por su piedad pero buscando en su memoria no halló los cien. Ofreció diez, tampoco los encontró aunque revisó escrupulosamente sus amigos y parentela. Ofreció uno pensando que la sola existencia de la justicia merece la salvación; pidió por un justo, pidió por Lot. Cerca, más allá de la pendiente reseca gruñía el Mar Muerto. Tuvimos que explicarle pacientemente a la mezquina luz de alcuzas que colgaban de las vigas que ni siquiera un rebaño de justos es suficiente a la hora de limpiar tantas ofensas; que Dios había creado un mundo generoso en el que ser justo no exigiera tanto esfuerzo y eximiera de tanto dolor. Que el Altísmo ya había sentenciado; que la demolición y la hoguera no tardarían más que nuestras dudas que quizás en las entrañas de la oscuridad el azufre ya brotaba para el exterminio.

Clareaba con tibieza en el naciente cuando salimos de la ciudad confiscada al mal. A todos advertimos sobre le riesgo de mirar hacia el pasado, pero la mujer de Lot buscó despedirse de sus recuerdos y volvió los ojos hacia la muralla fulgurante bajo el cielo furioso que estragaban las llamas. Dios la convirtió en sal, materia sagrada, odiosa al demonio porque impide la corrupción de la carne. Nadie sabe que la desobediencia, a veces santifica. Dios la bendijo premiándola con la perpetuidad: los años y los siglos rebanarán los riscos, reducirán la piedra al polvo del que está hecha la criatura humana pero la mujer de sal seguirá observando de pie la dignidad de los exiliados.

Nadie conoce el pensamiento de Dios, que es mortífero. Hemos de confesar que después de acompañarlo desde siempre, sin principios, aún hoy sus enigmáticos designios consiguen sorprendernos.

¿Por qué la lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra cuando sabemos con certeza que en otros sitios se comenten males mil veces más aberrantes, se masacra a los inocentes y se tortura a los justos? Los males, ya lo aprendimos, son necesarios en el universo desquiciado que sin ellos, sería imperfecto. Muchos males prestan valiosos servicios: el crimen enseña a valorar la vida; por el sendero de los vicios llegamos a la prudencia. El odio a la guerra mantiene la paz. Muchas veces un exceso de lascivia conduce a la santidad más ascética, como la de Thais de Alejandría y Agustín de Hipona. ¿Por qué destruir entonces Gomorra y Sodoma, futuros templos de castos?

Hemos de vigilar la historia para descubrir la respuesta. Intuimos que Lot ya la conoce; por eso se salvó del castigo destinado a los fornicadores. Y también sabemos que una larga noche fue amante de sus hijas, y sobrevivió.

No podemos dudar de Dios ni de su justicia; pero sí de Lot”.

LA ETERNIDAD EFÍMERA DEL ÁNGEL RENEGADO

(Sobre una lectura de John Milton)

Pensemos en la Inglaterra de los viejos tiempos de Oliverio Cromwell donde pierde la vista un hombre a los 44 años de edad, creyendo, con la sinceridad de un puritano practicante que las tinieblas son el precio de una vida disipada en los placeres terrenales como el vicio de escribir literatura, que es hacer belleza, y eso está destinado exclusivamente a Dios. La arrogancia del poeta que quiere instalar luz en la penumbrosa conciencia humana se castiga con la oscuridad perpetua en la tierra.

La lectura de Virgilio y Horacio serán desde entonces las teas que guiarán la turbidez del sendero perdido y recuperado de la poesía como sus “Paraísos” que después de caído en la pravedad del pecado es devuelto a la criatura humana. La égloga pagana de Virgilio y Horacio será transcripta en tono sagrado. Lo bucólico se convierte al puritanismo del hombre ciego que dicta palabras a su hija, a la luz de una alcuza en la doble noche que lo envuelve. Antes de la ceguera que lo atacó por 1650, Milton había redactado demandas, oficios y documentos diplomáticos como Secretario del Consejo de Estado. En 1660 la Restauración lo envía a prisión y ordena la quema de sus escritos. Podemos imaginar la decepción, el amargo sabor de la injusticia, el desencanto del puritano que había entregado todo a la política, que es nada. Hasta entonces había creído que su talento no debía desperdiciarse en fantasías literarias. Redactando una defensa de la Causa Anglicana descubrió su ceguera; en ese tenebroso mundo de vacío azul recuperó de la memoria los ecos de aquellos sonidos amados de la poesía y detrás de ese encanto decidió salvarse rescatando el pasado. La muerte de un amigo durante una travesía marina en el arisco Mar del Norte sirvió de acicate y en un doble homenaje a su maestro Virgilio cambió el nombre de Edgard King, su amigo fallecido, por el del pastor Lycidas de la égloga virgiliana tal vez pensando que el homenaje no necesita nombres propios ya que todos vamos a morir. Plugo a los dioses no tener que reiterarlo pero nuevamente advierto a quien está leyendo que soy un apéndice de un aracnoidoma. Nunca tuve la menor capacidad de aprender lenguas y he fracasado tanto con el inglés como con el valón y el chino mandarín. Pero esta discapacidad no ha sido obstáculo para tratar de reconstruir en estos tiempos de la deconstrucción la elegía de Milton. Recurrí a tres traducciones en español y una en italiano. Con temeraria tenacidad emprendo esta descarada tarea de presentarles mi versión libre de prejuicios:

LYCIDAS

Nuevamente oh, laureles, nuevamente,

turbio mirto, hiedra verdecida,

debo arrancar la fruta áspera y cruda

y, con mis manos duras,

estrujar el follaje, antes que el tiempo

le dé la madurez henchida.

Amarga es la ocasión, y dolorida

que me incita a quebrar vuestro verdor.

¡Ha muerto Lycidas, se hundió en el esplendor

Un hombre que un igual no deja en vida!

¿Quién dejaría de cantarle? Así como

sus versos soberanos cantó con tal pasión

como su sombra que ahora flota

sobre el sepulcro acuoso.

En la profunda oscuridad de la ceguera John Milton se reencontró con la belleza de la que había huido durante toda su vida animado por la iconoclasta Reforma que veía en la estética un reflejo de la idolatría de Satanás cuyo mayor crimen había sido la soberbia de querer imitar a su Creador. Idolatría detestable a Lucero, intolerable a Calvino y herética para Ulrico Zwinglio. Ya sabemos que no hay fervor mayor que el del fanatismo de los iniciadores que quieren terminar con todo antes de empezar. En Milton luchan el puritano de Cromwell que intuye la profanación y el humanista pagano que no olvida la música de Virgilio, como Dante que la persigue hasta el trasmundo de la muerte. De ese conflicto, de la lucha que entablan el ángel y el demonio nace la poesía; Milton, el hombre, extrae del tesoro de los clásicos la forma pero sabe que la exaltación mitológica y panteísta ha cambiado de religión y debe buscar entre los toscos símbolos judeocristianos el andamiaje que necesita para levantar su catedral de palabras. ¿Qué verbos, qué adjetivos, qué sintaxis le servirán de materia? La Versión Autorizada de la Biblia de 1611 oficia de diccionario y devocionario de inglés para Milton, Melville y Faulkner. En algún escrito, Milton llama a la ceguera “cárcel del alma”; no olvidemos por favor que Milton ha vivido la vejación del calabozo y entonces surge la comparación implícita: el cuerpo del ciego inundado de penumbras es para el espíritu (que siempre busca la luz) una carencia, como lo es la cárcel (privación de libertad) para el cuerpo. No queriendo inspirarse compasión a sí mismo, Milton, ciego, escribe una poesía a la ceguera. Nuevamente mi intromisión ha logrado “reconstruir” los versos usando ladrillos ajenos.


Cuando pienso que mi luz se ha terminado

Y que la noche viene antes del mediodía

Y que tengo escondida esta moneda mía,

Todo en mí está perdido aunque mi alma

A Dios se vuelva de rodillas, renegando

De culpas y rogando Su perdón.

Pregunté: “¿Qué tarea Él me envía

Si me niega luz?” Paciencia, paciente

Contestó: “No precisa el Creador

Obsequios ni faenas. Quien mejor

Se ajusta a su yugo, más le sirve.

Tan inmenso es su plan que si al llamar

Miles y miles de obreros se apresuran

Igual le sirve quien tranquilo espera.

Pero, ¿qué tendrá que ver todo esto con la eternidad? No hay poeta que en algún trance no tropiece con el enigma del tiempo que transcurre o el imaginario fijo que lo intimide y Milton no podía quedar atrás. En la elegía a Lycidas después de festejar las bondades de la naturaleza, los campos, las flores, el moscardón y la solana tal como lo hiciera Rubén Darío en su “Responso a Verlaine” el poeta ciego advierte:

Mas, ay, oh indigno cambio, que eres pasado

Pasado eres y nunca has de retornar.

¡Por ti, Pastor, por ti las cuevas yermas,

De tomillo y de inquieta vid cubiertas,

Los árboles y el eco, por ti lamentarán!

Fatal como el gusano es a las rosas,

O la helada a las flores

Es al oído del pastor afligido,

¡Oh Lycidas, tu muerte dolorosa!

La Fama nos incita

A vivir cada día, diligentes.

Más cuando creímos hallar la deseada

Recompensa divina como la luz gloriosa

La ciega Furia con tijera odiosa,

El hilo tenue corta de la vida.

Unos versos más adelante Milton propone un enigma; no he leído mucha crítica referida a Lycidas aunque debo suponer que será tan abundante que lo que mi ignorancia plantea como enigma miríadas de esfinges ya lo habrán resuelto ha tiempo. Recordemos que la elegía está dedicada a un amigo ahogado en el mar. Milton se refiere a un piloto del lago galileo que lleva dos pesadas llaves, una de oro, que abre y otra de hierro, que cierra inexorablemente. Tienta pensar que se refiere a Cristo pero dando un nuevo giro es mejor asociar esta imagen con Simón Pedro que era pescador del lago Tiberíades y a quien le fueron otorgadas las llaves del Reino de los Cielos: “Yo te daré las llaves del Reino, todo lo que abrieres en la tierra abierto será en los cielos, todo cuanto cerrares en la tierra, cerrado será en el cielo”. Las dos llaves servirían, para abrir a la bienaventuranza la dorada, para cerrar inexorablemente el mundo de la vida, la férrea, que es la que chirrió cuando Lycidas-Edward King se hundió en el seno del mar.

Habrá advertido quien lee estos tristes escolios míos detrás de la maravillosa poesía de Milton (que aún travestida por mi torpeza consigue abrirse paso) que el poeta recurre a las Parcas (o Furias) y no hesita antes de usar el símbolo pagano porque la imagen de las tijeras fúnebres que indolentemente empuña una vieja macabra sobrepasa cualquier figura de la muerte del repertorio judeocristiano. Átropos es, para Milton, sinécdoque de la muerte, que es metonimia del aquietamiento de los días, los meses y los años que si mal no recordamos es la definición tortuosa de la eternidad: un reloj atascado para quien el tiempo ha dejado de tener tránsito. Un tiempo muerto.

A Lycidas aún le queda el recuerdo que está en el pasado pero sirve de luminosa memoria en los versos del poeta que “fingiendo el consuelo, / juega con el frágil pensamiento / y mitiga el duelo”. A nosotros, pobres lectores, no nos queda nada. Milton ha disuelto la realidad del pasado al transformarlo en literatura. El presente se licua en nuestras manos. El futuro aún no ha llegado y quien sabe si llegará tal como están las cosas. ¿Qué nos queda enfrente? La eternidad que no es más que nada.

 

 


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