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RELATOS


Por Alejandro Ruiz Criado
arcac@hotmail.es


PRIBISLAV SIJIC

Cuando me levanto de la cama, siempre temprano, lo primero que hago es abrir las cortinas y mirar por la ventana. Vivo en el último piso de un edificio de diez alturas, la vista es magnífica. Normalmente mi mujer está ya en la cocina, preparándonos el desayuno a mí y a nuestros hijos, y yo aprovecho para mirar por la ventana durante unos minutos antes de afeitarme, lavarme y vestirme. La ciudad en general es bastante sucia, llena de humo de coches y de fábricas, pero por alguna razón, cuando está amaneciendo el cielo está limpio, como si en la faz de la tierra nunca hubiese existido la impureza.
Según la época del año el espectáculo es diferente, casi podría afirmar que cada día es distinto en matices y en riqueza de tonos. En invierno solo se puede ver un todo negro, roto ocasionalmente por algún pequeño cuadrado lejano de luz y cierta inquietud en el horizonte; algo que sin dejar de ser negritud parece que alberga una promesa de colores. Algo en una casi imperceptible insinuación de un violeta oscurísimo. Lo miro y tengo una sensación de contención, de sentirme como una roca que por algún mágico portento se transformara en una planta verde y carnosa al cabo de unos meses. Realmente es muy hermoso.
En primavera y en otoño, conforma va llegando o se va marchando el verano, miro con mayor gozo y más excitación a través de la ventana. Hay días, incluso, en que no puedo contenerme más tiempo tumbado en la cama cómo va a ser el panorama matinal que me tengo que levantar. Salgo de nuestro dormitorio, para no molestarla, y voy hasta el salón. Aún es de noche cerrada, pero me quedo horas sentado, esperando a que el amanecer comience. Cuando mi mujer se levanta no suele sorprenderse, ya me conoce, se acerca por mi espalda, me revuelve el pelo, me besa en la comisura de los labios y se va a la cocina. Esos días no son frecuentes, pero siento algo como eléctrico en las yemas de los dedos hasta la noche.
Me gustaría poder describir, expresar con palabras lo que siento y lo que veo, pero no me veo capaz. Supongo que cualquiera que haya visto amanecer en las montañas o cerca de la orilla del mar puede sentir lo mismo que yo. La luz que va creciendo desde la nada, el color que se transforma; la realidad muta ante nuestros ojos en minutos. Las cosas no parecen tener peso ni consistencia en esos momentos. No sé si se puede entender lo que expreso, pero ya dije que las palabras no llegan tan lejos, no pueden. Tal vez con otro tipo de lenguaje; pero eso son solo cosa mías, yo no entiendo mucho de esos asuntos. Tal vez alguien que haya estudiado pueda, pero yo no.
El verano siempre es contradictorio. Ami me gusta mucho el calor, disfruto cuando sudo. Pero amanece demasiado pronto, a veces creo que hasta las noches no son del todo lo negras que pudieran ser. He leído que más al norte eso sí puede pasar, pero aquí no; aunque a mí me lo parece. Aún así, también es hermoso despertarse y ver el cielo azul, que en partes tiene tonos ya terrosos, mientras me llega el olor a café desde la cocina. Es muy bonito, pero prefiero esas mañanas frías de los últimos días de invierno. Durante esos amaneceres todo se produce tan rápidamente que a veces, por cualquier descuido, me quedo sin verlos. Incluso el aire empieza a tener algo de dulzor; ciertamente es algo maravilloso. En esos momentos siento que puede hacer cualquier cosa, que tengo la fuerza de diez hombres. Ese tipo de cosas; no es original, lo sé, pero es cierto, lo puedo jurar.
Después me afeito. No me gusta afeitarme, tengo muy sensible la piel del cuello y se me irrita mucho, pero es parte de mis obligaciones. He de ser muy escrupuloso en mí higiene. He probado en ocasiones a dejarme barba o bigote, pero no me gusta, me da un aspecto turbio, peligroso. A mi mujer sí, dice que la haga cosquillas al besarla, pero desde hace años prefiero ir bien afeitado.
A continuación me ducho y me pongo la ropa de trabajo. Ya vestido desayuno con mi familia. Sé que no debería, pero acostumbro a comer poco por las mañanas. Un café y una tostada o galletas; a veces ni eso. El hambre me viene cuando regreso por la tarde, prefiero cenar temprano y muy fuerte.
Antes acompañaba a mi mujer y a mis hijos hasta la puerta del colegio antes de camino al trabajo. Pero ahora ya no van; mi mujer les obliga a leer y a hacer ejercicios de matemáticas durante unas horas al día. No los deja solos a no ser que tenga que bajar a comprar comida.
Yo no tengo otro remedio y debo salir, pero no me gusta; el país está mal y eso me pone triste.
Trato de no pensar mucho cuando estoy trabajando. Es decir, pienso en cosas que no tienen que ver con el propio trabajo.
CLAC
No odio mi labor, propiamente. Quiero decir que a pesar de que hay otras muchas ocupaciones en las que me sentiría más a gusto, trato de realizar mi obligación lo mejor que puedo. Creo que soy bueno en mi especialidad, al menos eso es lo que me dicen satisfechos mis superiores. Además tampoco son muy puntillosos conmigo, me dejan hacer.
CLAC
A parte de eso, mi trabajo tiene dos cosas que yo creo que son buenas, o al menos a mí me lo parecen. Por un lado trabajo al aire libre; nunca me han gustado los lugares cerrados. Las fábricas y las oficinas me ponen muy nervioso. Es agradable sentir el aire, la luz, el viento, cuando trabajas; a mí me hace sentir vivo. Incluso esos días de lluvia suave y menuda me gustan, aunque llegue empapado a casa. La otra cosa que me gusta es que tengo mucho tiempo para pensar. Al principio me aburría mucho, incluso me llevaba libros a escondidas. Pero una vez fui recriminado por ello y dejé de hacerlo. Me gustaba tumbarme con un volumen enorme entre las manos en esos ratos muertos en los que no tenía nada pendiente que hacer, solo estar allí y esperar. Disfrutaba, pero ahora que no puedo pienso mucho.
Pienso en muchas cosas, menos en el trabajo, como ya he dicho. Imagino las cosas que voy a hacer cuando acabe mi jornada o cuando el país salga de esta mala época y todos podamos tener una vida más normal.
Yo, lo primero, meteré a toda mi familia en el coche y hacer un viaje hasta el mar. Desde hace mucho tiempo no piso con los pies descalzos las arenas suaves de las playas de mi país.
De niño pasaba los veranos enteros jugando y tomando el sol. Mi padre tenía un buen trabajo y podíamos permitirnos el lujo de pasar casi dos meses del verano en los pequeños pueblos de pescadores de la costa. Recuerdo esa época con mucho cariño, como un juguete delicado y antiguo, envuelto en telas para que no se rompa con él la memoria de la felicidad. Fue entonces cuando aprendí a nadar entre agua salada de un azul verdoso inimaginable; creo que fue por entonces cuando empecé a maravillarme y a obsesionarme por los colores. Pero todo eso pasó y mi padre ahora está muerto.
Aunque los colores siguen allí. Continúan en los amaneceres que miro desde mi ventana cada mañana, en los corazones de la fruta que corto por la mitad para verla antes de comérmela, en la sangre derramada y de un rojo fascinante, irreal; en los ojos de mi mujer. En tantas cosas.
Como todos los días con mis compañeros. Yo preferiría hacerlo solo, pero forma parte de mis obligaciones. Prefiero no hablar con ellos, y ya que es mi deber lo que hago es comer en silencio en un lugar apartado, acabar rápido y regresar a mi puesto. No es que sea antipático, es que son raros, casi macabros. Tienen unas ideas extrañas y violentas, y me siento incómodo rodeado por personas así.
Creo que tienen una idea errónea de su labor. La toman como algo, no sabría muy bien de qué forma definirlo, como algo superior. No lo entienden como un medio para sustentarse, como un lugar en el que pasar unas horas al día. Piensan que su labor es más importante que la de un panadero, como si el mundo pudiera existir sin pan. Y cuando salen del trabajo miran con desprecio al resto de la gente. Yo no soy así, yo hago lo que tengo que hacer, y ya está. Preferiría no hacerlo, pero ahora no tengo otro remedio.
CLAC
Después de la comida todo es más tranquilo. Hay menos gente por las calles, hay menos cosas que hacer. Ya no hay prisa y los superiores ya no están pendientes de nosotros, y se dedican al papeleo y a beber cerveza.
De esa forma hay día, pocos, en que me escapo para volver más temprano a mi casa. No lo hago a menudo porque se enfadarían mucho si se enterasen. Lo normal es que me pase las tardes mirando al cielo, como atardece, y pensando. Solo me ocupo del trabajo de vez en cuando.
CLAC
Lo hago porque es mi obligación y mi responsabilidad. Pero más que nada porque nadie me diga que no soy profesional, y mis superiores me destinen a otra parte. Entonces estaría lejos de mi mujer y de mis hijos, no podría protegerlos y estaría siempre triste y preocupado.
Cuando se pone el sol recojo las herramientas y me lavo las manos con un jabón que guardo en un bolsillo de mi chaqueta. Debería también cenar con mis c,ompañeros, pero en ese momento acostumbran a ser más permisivos y solo me piden que guarde las herramientas hasta que las vuelva a necesitar, a la mañana siguiente.
En ese momento me gustaría quitarme ya la ropa de trabajo, pero eso no les agrada. Así que cuando salgo caminando espero hasta que sé que no pueden verme y me quito la chaqueta al menos. A veces paso frío, mucho por esa razón, pero yo lo prefiero. Sé que mi mujer se pasa mirando por la ventana horas hasta que me ve regresar; y también sé que a ella le gusta más, aunque nunca me lo ha dicho, que no lleve puesta la ropa de trabajo.
Cuando llego hasta el piso, donde tenemos nuestro apartamento, ella ya me espera con la puerta abierta. No me gusta mirarla porque tiene la cara asustada y los ojos húmedos de lágrimas; así que la abrazo muy fuerte. La estrujo entre mis brazos con su cara hundida en el hueco que hay entre mi cuello y mi hombro izquierdo. Sé que en esos momentos llora; no me gusta, pero de todas formas yo soy tremendamente feliz en ese instante. Luego por un acuerdo secreto entre los tres que nunca me dirán, vienen corriendo nuestros dos pequeños y se abrazan locos de alegría a mis piernas. Por ese pacto secreto siempre esperan unos minutos, dejándonos a solas a su madre y a mí, antes de lanzarse hacia mí. Son muy listos, y yo les quiero mucho. No es solo porque sean mis hijos, pero sé que son inteligentes y cariñosos por ese tipo de detalles.
Como todavía son pequeños se esperan para acostarse hasta que yo he llegado, aunque deberían hacerlo antes. Mientras mi mujer los cambia y los arropa, yo aprovecho para quitarme la ropa de trabajo y para lavarme de nuevo las manos. No me gusta el olor que me deja en las manos la herramienta.
Luego, sé que mi mujer me espera en la puerta de la habitación de nuestros hijos, afuera para que no nos vean besarnos.
Podría decir muchas cosas de ese beso que se repite todos los días. Palabras hermosas y cálidas de algo que para mí es tan bello; pero no lo haré. No podría y no quiero.
Entro en el dormitorio y me acuclillo entre las dos camas. Mis hijos tienen los ojos cansados pero me sonríen. Luego me cuentan cosas que han hecho durante el día o cosas que les gustaría hacer cuando acabe la guerra. Hablan hasta quedarse dormidos. Cuando cierran los ojos yo respiro aliviado, pero el pequeño es muy, muy listo, y antes de que salga siempre me pregunta: ¿Cuántos?
No me gusta hablarles de mi trabajo; a su madre tampoco le parece bien que lo haga. Pero yo entre susurros accedo y le digo: Hoy cuatro, CLAC, CLAC, CLAC, CLAC. Le guiño un ojo y cierro la puerta a mis espaldas. Luego ceno con mi mujer y nos vamos a la cama.
Mi nombre es Privislav Sijic, y soy francotirador del ejercito servio.


 

 

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