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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Alex Campoy Galera
kmpoy26@hotmail.com


EL LABERINTO DEL MINOTAURO

PRÓLOGO

CUENTAN QUE DESDE LOS TIEMPOS de la antigua Grecia y la imperial Roma, ciudades casi hermanas que compartían más de lo que jamás quisieron admitir sus moradores, que en el mar Mediterráneo que sus costas bañaba, había una isla denominada por el nombre de Creta y que en ella se encontraba el Laberinto del Minotauro. Lugar, del que nadie, o casi nade, logró jamás escapar y todos los que en el se aventuraron muertos acabaron a manos del mitológico minotauro.

Muchos ignoran que tal laberinto es también el palacio de Minos, rey de Creta (doce o trece siglos antes de Cristo). Cuentan que deseaba obtener un heredero y que solo obtenía serpientes y alacranes hasta que, un día, Pasifae logró darle hijos normales. Su dicha duró poco pues ofendió al dios del mar, Poseidón, cuya venganza provoco el amor entre Pasifae y un toro, animal sagrado. De aquella unión nació el Minotauro, extraña bestia de dos metros y varios centímetros más de altura, dotada de poderosos cuernos y gran cabeza de toro y el cuerpo de una persona, no normal, si no de gran musculatura y de pezuñas negras.

Ordenase pues Minos a Dédalo que construyese el Laberinto para albergar a la monstruosa bestia en su interior junto al constructor y su hijo Icaro. Imposible salir andando el padre construyo alas de cera para huir por el cielo, mas su Icaro olvido que acercarse al sol no debía y al mar cayó, mientras Dédalo se precipitaba a Sicilia.

En tanto el Minotauro exigía anualmente siete doncellas y sitie mujeres para comérselos. Minos arrojaba al Laberinto damas de pueblos ya vencidos por la guerra. Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, pidió entrar en tal lugar para matar al monstruo. Con la ayuda de la hija de Minos, Ariadna, marco el camino con un hilo, mientras acompañaba a las pobres mujeres. Una vez salió del laberinto Teseo, haciendo honor a su promesa, contrajo matrimonio con Ariadna.

Muchos afirman que tales hechos solo leyenda son, pero yo os digo que ocurrieron con veracidad hace ya tantos años que nadie recuerda cómo acabo realmente la leyenda. Pues el Minotauro no fue destruido por Teseo.

Nadie volvió a entrar en el laberinto, pues aunque sin monstruo era imposible salir por tantas encrucijadas y desvíos. La bestia no dio señales de vida y mujeres no reclamaron de modo que se olvidaron del Laberinto y su Minotauro. Pero el Minotauro seguía vivo, herido por Teseo, de gravedad, pero vivo al fin y al cabo.

Nadie sabe qué ocurrió a continuación de aquellos hechos, ya que el Laberinto fue abandonado dejan que las arenas del tiempo lo cubrieran y enterraran en el olvido toda su leyenda salvo por los escritos y mitos. Pero de algún modo u otro el minotauro acabó convertido en piedra, aunque algunos dicen que tan solo una escultura en honor a tal bestia es la que adorna el Laberinto.

Y así quedó todo olvidado por el paso de los años y los milenios.

I. CRETA

AUNQUE LA LEYENDA FUERA OLVIDADA el lugar aún ahora, en la actualidad, es hogar de interés, tanto de turistas entusiastas como de arqueólogos y estudiantes de la época o mitología. Llegó aquel día de Junio, haciendo un horrible calor en la isla, un barco de blanco casco y gran calado, al puerto de la importante ciudad de Candía. Era mediodía y el calor era más sofocante que de costumbre.

Descendían los pasajeros por las rampas blanquecinas habilitadas para ello hacía tierra y entre ellos no destacaba especialmente un hombre de estatura baja y una barriga considerable, bigote oscuro y gran nariz, sobre la cual descansaban dos gafas de lentes redondas y pequeñas, algo alejadas de los dos ojos negros. Llevaba en sus manos dos maletas forradas en marrón oscuro, sin decoración, exceptuando unas letras doradas maltratadas que rezaban: D. ALBERT MAGÍN. A su lado caminaba, más alegre sin duda alguna, una joven que rondaría los dieciséis años, de cabellos también oscuros como los de su padre y ojos azules. Era más bien delgaducha y alta, con el rostro pecoso y una nariz pequeña y respingona.

Caminaron por el puerto atestado de gente, a la búsqueda de algún taxi que los llevará a su hotel o al menos una reseña de dónde podían hallarse. Dio la casualidad que, cargado de maletas como iba el buen hombre no consiguió evitar que el último taxi fuera ocupado por una familia de típicos turistas ruidosos. Tuvieron que conformarse con adquirir un mapa gratuito de la ciudad y encontrar el hotel por si mismos.
La muchacha observaba todo, bebiendo con los ojos, la ciudad era bella ante su mirada y tenía mucho que decir, tiendas de libros y otros objetos llamaban su atención y parecían llamarle y decirle “ven a descubrir Creta”. No pudo evitar pegarse unos instantes al escaparate de una librería, observando un libro de gran contenido, por su tamaño, titulado “El Laberinto del Minotauro”.

—Es ese el lugar que visitaremos, ¿verdad?- preguntó instantes después a su padre, mientras caminaba a su lado.

—Por supuesto, ¿qué si no?- respondió él con una voz que encajaba a la perfección con su aspecto.

—Llevas mucho estudiando el Laberinto- comentó la chiquilla.

—Así es, siempre me ha llamado la atención.

—¿Podré ir contigo?- inquirió, aunque no le costaba imaginarse la respuesta, que no se hizo de rogar, saliendo tajante de los labios de su padre.

—No.

Fue a decir algo pero vio que nada lograría con ella, de modo que volvió a su silencio, observando la ciudad hasta, que al fin, hallaron el hotel.

EL vestíbulo, ricamente adornado con plantas y alfombras, era blanco, del mismo tono que el mármol del mostrador. En tanto blanco solo destacaba el dorado pasamanos de la escalera.

—Buenos días y bienvenidos a nuestro hotel. ¿Tenían una reserva?- preguntó amablemente la recepcionista, de cabello moreno peinado en un elegante moño y bonito uniforme azul oscuro.

—Si, si dijo el hombrecillo posando las maletas en el suelo y buscando en los bolsillos múltiples de su chaqueta marrón—. ¿Dónde lo habré metido?- murmuraba para si mientras buscaba. Al fin sacó dos papeles de color blanco y azul marino. Los colocó sobre el mostrador y dijo—. Hice una reserva para dos, en una habitación normal, para dos semanas.

—Perfecto- dijo la mujer, Miriam, según su identificación, cogiendo ambos comprobantes de la reserva y tecleando rápidamente en su ordenador, para comprobar la veracidad—. ¿Hace el favor de dejarme su DNI, por favor?

—Claro- dijo él, mostrándole el carné plastificado. Una vez comprobó la señorita que concordaban los datos y la foto les hizo entrega de una llave plateada y una tarjeta.

—Pueden usar cualquiera de las dos cosas- informó.- Es el tercer piso, habitación 253. Que pasen una agradable estancia.

Recogieron ambos objetos y se las ingeniaron para llegar al ascensor sin dejar caer nada. Marcaron el tercer piso y cinco minutos después estaban ya en el pasillo, de color blanco, como no, y bonitos paisajes marítimos de la ciudad. La habitación 253 estaba al final del pasillo y los números eran letras doradas, similares a las de las maletas que portaba el hombrecillo. Introdujo la chica la tarjeta en la ranura negra a la derecha de la puerta y la luz rojiza se torno blanca dejándola pasar.

La habitación era bastante amplia, con dos camas separadas y una mesilla de noche entre ambas con una lámpara. La pared derecha tenía unos ventanales que propiciaban una preciosa vista de la ciudad y, más allá, el mar. No se veían los grandes barcos en esa zona, pues se hallaban más a la derecha del hotel. La moqueta era de un tono azul oscuro, al igual que las sábanas, y contrastaba bien con el blanco de las paredes. El baño quedaba en una pequeña habitación a la izquierda de la puerta.

La chica se sentó en una de las camas, sonriendo.

—Está bien el hotel, ¿verdad?- comentó.

—Si, bastante bien, me alegra que te guste, vas a estar bastante aquí.

—Pero yo quiero acompañarte a la excavación, papa- protestó la joven incomprendida.

—He dicho que no, es peligroso.

—No decías eso antes de que…- la frase se perdió en la garganta de la chica y bajo la vista, apenada. El rostro de su padre se tornó triste.

—Sol buscó lo mejor para ti, Sara. No quiero arriesgarme a que vuelva a ocurrir, ¿lo entiendes?- ella asintió.

—Pero seguro que de poder me hubieras dejado en el colegio, internada—Sara sabía bien que si estaba allí era porque ya a finales de Junio su horrible colegio estaba cerrado.

—Acertaste.

La chica le miró enfurruñada y frunciendo el ceño, pero no replicó. El padre sonrió levemente y se dispuso a deshacer la maleta y preparar su mochila. Esa misma tarde, dos horas después, debía ir a la excavación.



Había dejado a Sara en el hotel, junto a la tarjeta de acceso, mientras él se llevaba la mochila preparada y las llaves. De este modo la chica podría salir a investigar la ciudad y hacer, si le apetecía, alguna compra. Ambos hablaban a la perfección el ingles, de forma que no tendrían problemas a la hora de desenvolverse en la inhóspita ciudad. Al preguntarle que haría durante su ausencia ella respondió escuetamente algo que sonó como “No sé, tal vez me de una vuelta por ahí”.

 

II. EL LABERINTO

MUCHOS HABÍAN QUERIDO ACOMPAÑARLE, MAS él insistió en entrar solo, al fin y al cabo ya no existían los impedimentos de antaño y era más fácil orientarse en el Laberinto. Armado con su brújula y siguiendo las marcas que los otros arqueólogos habían hecho en las paredes de piedra podía recorrer el lugar tranquilamente, seguro de poder hallar la salida tan esquiva.

El suelo era arena y las paredes de piedras grandes estaban también cubiertas por una fina capa de arenisca, partículas diminutas de miles de todos tanto blancas como negros, marrones o anaranjadas. El deslustrado techo impedía que el sol penetrase en aquel lugar y Albert se sentía como debió sentirse Teseo cuando se aventuro en aquel lugar con el propósito de matar al Minotauro, bueno quizá él se sentía más tranquilo: solo iba a investigar y no había minotauro que matar. Su linterna era una antorcha lamida por pequeñas llamas anaranjadas y rojas, y su brújula no era tal si no un fino hilo que lo guiaría de nuevo al exterior.

Emocionado, pues por fin cumplía su deseo de visitar el lugar en solitario como un héroe de la antigüedad, caminaba silencioso y atento a todo. Observando cada detalle, por ínfimo o efímero que fuera. Pues era d ela clase de personas que creía que incluso la más extraña u horrenda flor guardaba en su interior la belleza de una rosa.

Le pareció oír un sonido, como el de la arena crujir bajo una bota, tras él y raudo se giró. ¿Había alguien tras él? ¿Lo seguían? No parecía que nadie estuviera ahí. Albert rió suavemente, para relajar sus nervios, repentinamente disparados. ¿Qué creía? ¿Qué iba a estar el Minotauro tras él, dispuesto a destrozarlo y alimentarse de sus carnes, dejando solo de mísero recuerdo sus huesos? Bobadas, tonterías, ¡que imaginación tenía! Quizá por ello le gustaba tanto la mitología, especialmente la griega y romana, muy similares en muchas cosas, sin ir más lejos en los dioses, casi idénticos salvo por los nombres.

Siguió su camino, avanzando con cuidado, no le extrañaría que trampas hubiera, aunque parecía ser que todas habían sido descubiertas e inutilizadas por los escaladores y los primeros equipos de arqueólogos que habían entrado en el lugar. Algo perfectamente lógico.

Anduvo dos horas sin detenerse a descansar, era cierto que el Laberinto era enorme y lleno de bifurcaciones, a buen seguro de no ser por las indicaciones gravadas en tiza blanca en las paredes, se habría perdido tiempo atrás. ¡Cómo debía sentirse alguien perdido! Sin saberlo hasta que ya no puede si no aceptar la evidencia, que no conoce el lugar en el que se equivocó por primera vez, incluso puede que no este perdido y simplemente lo crea. ¡Que frustración debe sentir un extenuado hombre perdido en aquel lugar! Si hasta él mismo había pensado levemente que podría estar en el camino equivocado, y justo en esos instantes de flaqueza veía una marca blanca sobre la pared de piedra. Esa incertidumbre era, sin lugar a dudas, la mejor baza del Laberinto contra intrusos.

Descanso unos minutos, sentado en una roca de un tono ocre sombría, con una señal de tiza sobre la cabeza justamente. Hecho mano a la mochila y estragó de su interior una cantimplora de un tono gris metálico, con una correa para llevar al cuello. Cosa que nunca solía hacer, era un truquillo personal contra el cansancio: tener el agua a la vista le hacía creer que la necesitaba cuando generalmente no era así, de este eficaz modo la racionaba y guardaba mejor. Aunque siempre había que tener cuidado de cuándo es un espejismo ese ansia de agua y cuándo una verdadera necesidad. Albert ya era un experto tras tantas expediciones.
Tras un corto trago de agua y apoyar levemente la cantimplora en su frente para refrescarse, continuo la marca a un ritmo no lento, no rápido, pero continuo. Los cortos cabellos oscuros se pegaban a su frente ligeramente perlada de sudor, pero continuó, bien sabía que si descansaba demasiado a menudo avanzaría peor, pues le hacía sentir más abatidos los pies.

Le pareció escuchar un par de veces más un crujido, un sonido, un leve jadeo o tos por la arena tras él, pero nunca había nadie. Incluso una vez retrocedió varios metros para mirar en la esquina, pero el que produciría aquellos sonidos no estaba. La primera vez había pensado que imaginaciones suyas eran, pero en esos instantes dudaba. Andaba con la mosca tras la oreja, deseoso de descubrir quién le seguía. Los arqueólogos estaban a fuera, investigando varios objetos hallados ahí dentro, y aunque fueran ellos no se ocultarían de aquella manera.

Oyó de pronto como alguien caía al suelo, y se volvió rápidamente al anterior pasillo.

En el suelo, habiendo tropezado con una pequeña roca disimulada por la arena, estaba una muchacha de ojos azules y cabellos castaños recogidos en una coleta, delgada y alta, frotándose el seguramente dolorido tobillo. Parecía disgustada por su tropezón.

—¡Sara!- exclamó Albert, con el ceño fruncido y los brazos en jarras. Sara levantó la vista hasta cruzar su mirada con la de su padre, que esperaba una explicación. Una buena explicación.

—Yo… eh… -comenzó, acalorada, apartando la vista, sin saber qué decir exactamente. No había excusa que valiese, bien claro estaba que le había seguido. De modo que decidió no mentir, sabiendo que de esta forma evitaría que el castigo fuera mayor, incluso puede que con suerte ni siquiera hubiera tal castigo—. Yo te eh seguido, papá. ¡Pero es que yo también quería entrar al Laberinto! Llevas toda mi vida hablándome de él, he leído miles de libros y ahora que por fin podía entrar no podía dejar pasar la ocasión.

—Aún así te dije que te quedarás en Candía, en el hotel o paseando por la ciudad.

—¡Intenta entenderlo!- replicó Sara, levantándose por fin, dejando en el suelo su mochila de aventurera, decorada con varias chapas o trozos de tela cosidos, que hablaban por si solos de todos los lugares que había recorrido aquel objeto: el cairo, Roma, Atenas, y otros muchos sitios.

—Aún así…

—¡Si de joven tus padres hubieran venido a verlo seguramente habrías hecho lo mismo!- acuso ella, como bien decía: la mejor defensa es un buen ataque—. No pude evitarlo, siempre he deseado venir a este sitio. Y desde aquel estúpido accidente no me llevas ya a ningún lado. Antes iba contigo y mamá a todos los sitios y ahora me dejas en un espantoso internado donde no saben que significa “buena comida”- despotricó.

—Sabes que es por tu seguridad.

—Lo sé, pero corro el mismo peligro que antes, puede incluso que menos ya que he crecido y no soy una niña. Quiero volver acompañarte, estar contigo en las excavaciones y no quedarme encerrada en una clase estudiando lo mismo con una profesora del tres al cuarto que no sabe ni como se vestía en Roma.

Albert la miró, callado, la verdad es que tenía parte de razón, había pasado a ser muy estricto desde aquel día.

—Mira, papá, lo que le ocurrió a mamá fue un accidente no es culpa tuya ni mía, pero seguro que ella no desearía que por culpa de aquello me encierres en una burbuja de cristal. Ella no era así.

—Tienes razón, Sara- acabó cediendo Albert.

Su hija pudo ver como una lágrima rodaba por su afilada nariz, y estuvo segura de que en sus mejillas había otra. A ambos les entristecía hablar de cuando Miriam, su madre, murió por culpa de un desprendimiento en un templo egipcio, un año atrás. Pero no podía permitir que la sobreprotegiera por ello. No podía su padre darle a probar la miel de la aventura y cuando ya la había saboreado negársela.

De modo que ambos se pusieron en camino guiándose de las marcas de blanca tiza en las paredes. Caminaban rumbó al centro del Laberinto, donde dormiría y viviría el Minotauro, milenios atrás, o tal vez solo en la fantasía de un poeta que contemplo un día la majestuosidad de aquel lugar.

 

III. LA ESTATUA

DESTACABAN, DIN DUDA ALGUNA, SUS CUERNOS de toro, en la gran cabeza de rasgos del mismo animal. Tal y como en la leyenda media más de dos metros y de hombros abajo era un hombre de grandes y poderosos músculos que en vez de pies pezuñas tenía. En la mano derecha, apuntando al suelo, tenía un hacha cuya cabeza era más alta que la cabeza propia del Albert.


El arqueólogo observaba la estatua, maravillado, mientras murmuraba: “Asombroso, verdaderamente asombroso”. Sara, por su parte, aún estaba en la boca del corredor, que desembocaba –al mismo tiempo que media docena más- en una sala redonda de unos diez metros de radio y unos veinte de diámetro.

El suelo estaba cubierto de arena al igual que varios objetos tales como joyas o monedas de oro y plata, ya algo desgastadas, pero brillantes, si se limpiaba el polvo y se ponían a la luz de la linterna. Había también en una esquina unos huesos ya pulidos por los años que Sara evitaba mirar. Y en frente, presidiendo la sala, un trono de oro macizo y alguna joya incrustada, aunque para joyas las que cubrían el suelo a pies del trono: zafiros, rubíes, esmeraldas y también otras piedras o minerales de gran valor o belleza tales como cuarzos de todos los colores: blancos, rosas, azules… Una fortuna. También había armas tales como dagas y espadas, seguramente las portaban valientes guerreros que muerte intentaron darle al minotauro.

La visión era impresionante. Pero más impresionante aún era el Minotauro, una estatua de piedra grisácea con alguna beta negra o gris, muy pequeñas. Debía estar esculpida a tamaño natural y tanto el padre como la hija se preguntaban de dónde habría salido. ¿Quién la había esculpido? ¿Cómo había llegado hasta ahí?

Y lo mejor de todos, ¿era cierta la leyenda? Las joyas, armas y huesos decían que si y la estatua parecía reafirmarlo, pero… solo era una estatua. ¿Podía ser que un bandido se ocultará en el Laberinto y usara la estatua y la leyenda para lograr amasar aquella fortuna? Aquello era un misterio, y nunca mejor dicho.

Albert se preguntó, para si, por qué los otros arqueólogos no le habían mencionado la estatua. Quizá no consideraron que fuera de interés el dato…

—Mira, padre- llamó Sara, que en esos instantes contemplaba la estatua de la bestia. Señaló un medallón que llevaba puesto, parecía faltar una gema del tamaño de un huevo de gallina.

—Humm… que curioso- dijo mesandose los bigotes.

Se agacho y empezó a rebuscar entre las piedras preciosas. Al cabo de unos minutos se irguió con una curiosa esmeralda ovalada de un tamaño aproximado al agujero en la estatua. Se acercó y la colocó en el centro del medallón. No encajaba. La piedra cayo rodando con un ruido sordo a la arena.

—Ven, agudamente a buscar, Sara- pidió el hombre.

La chica se movilizó al instante agachándose y buscando entre las gemas.
Probaron varias veces con distintas piedras preciosas y minerales: un cuarzo azul, una aguamarina, un ámbar incluso, un azabache negro como la misma noche… Ninguna encajaban o se pasaban de tamaño o eran demasiado pequeñas o la forma no era exacta.

Albert examinó el medallón de roca, pensativo, de pronto se fijó en una pequeña línea que separaba el hueco en dos.

—¡Está rota! La piedra que buscamos no es una, ¡son dos! ¡Se rompió!- dijo al final, entusiasmado, mirando a su hija.

Volvieron a remover aquella fortuna en joyas buscando dos que formaran un círculo ovalado.

Tras media hora Sara halló un bonito rubí de mil y un facetas que hechizaba solo con mirarlo y Albert halló otro, si se juntan encajaban perfectamente, de modo que colocaron la gema en el medallón y encajó a la perfección.

Sonrieron ambos. Una persona normal no habría dedicado más de una hora a buscar una simple gema para completar una estatua, pero ellos si, porque odiaban que algo estuviera incompleto pudiendo completarlo.

Repentinamente Sara sintió que sus piernas se tambaleaban y creyó que caería al suelo, no solo ella si no también su padre, todo el suelo de arena se movía agitado por lo que parecía ser un terremoto. Fina arena calló del techo y las paredes y algunas joyas resbalaron de sus sitios o montañas y cayeron al suelo, incluso una pequeña daga cayó demasiado cerca para el gusto de Sara.

De pronto se le ocurrió a la chica mirar hacía la estatua y vio, boquiabierta, como unas grietas entre los formidables cuernos de la bestia empezaban a resquebrajar la piedra. Soltó un pequeño grito. Albert, alarmado también volvió la vista hacía donde ella miraba, a la estatua. Se quedó, al igual que su hija, paralizado y boquiabierto ante el espectáculo.

El suelo temblaba aún más si cabe, caía arenisca del techo y joyas resbalaban por el trono o los montones o rocas en las que se hallaban. Y mientras la estatua se resquebrajaba, dejando ver debajo de la cáscara de piedra y polvo una piel de un tono rojizo. Callose la capa fina de roca de los cuernos mostrando el lustroso blanco marfileño bajo ella. De similar color eran los dos imponentes dientes que salían de su boca sobre los labios, demasiado grandes para estar en el interior de su mandíbula. Cualquier dibujo, ilustración, estatua, quedaba pequeña y defectuosa ante la magnifencia del Minotauro… vivo.

 

IV. LA CÓLERA DEL MINOTAURO

OCURRE QUE, A VECES, EL TERROR y la fascinación son compañeros y nos visitan al mismo tiempo, cogidos de la mano. Abrazándose el uno al otro, Sara y Albert estaban congelados, incapaces de mover un solo dedo, ante la increíble visión que ante ellos estaba.

El Minotauro vivo. Calló al suelo con un sonido sordo y seco la última partícula de roca y la bestia movió los brazos en los que sostenía aún la afilada hacha y de entre sus mandíbulas salió el sonido más potente y aterrador que cualquiera de los dos hubiera oído o pudiera oír. Resonó en la cámara y pareció producir otro temblor de tierra. Ello los sacó a ambos de su trance.

Se detuvo por fin el terremoto y la bestia bajó del pedestal de piedra, sus ojos eran amarillos como los de un águila y sus pupilas se clavaron en los intrusos. No eran bien recibidos en sus dominios.

En pie se pusieron a toda prisa y a los lados debieron tirarse para evitar el agudo filo del hacha, que venía acompañado de otro formidable rugido. Se levantaron del suelo, no les importó dejarse sus mochilas atrás, incluso mejor era así: cuanto menos peso mejor que mejor.
Corrieron como nunca, Sara delante y poco más atrás Albert. Sus ojos casi desorbitados y el cabello atrás por el viento aparente formado por su cayera les daba un aspecto de hostería silenciosa, pues de sus labios no salía sonido alguno, ni un solo grito.

No se paraban a contemplar las marcas de los arqueólogos: si era el camino correcto a la salida o a otro sitio el caso era poner de por medio entre ellos y el Minotauro el máximo de metros posibles. Aún así se las apañaron para seguir el camino marcado, gracias a la vista de Sara que observaba rápidamente los dibujos antes de llegar y no tener que detenerse a malgastar unos preciosísimos y valiosos segundos.
A sus espaldas resonaban los bramidos del monstruo. Sus zancadas, equivalentes a dos de los pobres desdichados, resonaban en los pasillos a pesar de ser de arena el suelo.

Un miedo, un pánico incoherente se adueño de Sara y Albert irremediablemente y aumentaba al pensar que habían tardado más de tres horas en llegar a la sala circular.

Y de pronto encontraron otra, por la que no recordaban haber pasado a la entrada. Los pasos del Minotauro ya no se oían y una inquietante calma se había adueñado del Laberinto, tan solo rota por los mudos jadeos de la pareja. La calma que precede a la tormenta. Sara se puso de espaldas a Albert para cubrirle y que no les pillaran desprevenidos y comenzaron a ver cuál era exactamente la salida.

—Esta cerca- susurró Sara en voz queda.

—Lo sé… Hay que encontrar la salida y pronto.

Sara contemplo a su alrededor, nerviosa pues tal silencio era mal presagio. Pronto se les echaría encima el Minotauro. Estaba segura. Aquel presentimiento creció y creció en unas décimas de segundo que fueron como largas horas para ella, con los ojos fuertemente cerrados, a, sin poderlo evitar, con un grito, se tiró a un lado empujando a su padre, al suelo. Justo en aquel instante el hacha del Minotauro cortó el aire a escasos centímetros de sus cabezas.

El Minotauro asentó las pezuñas en el suelo arenoso y con un grito levanto el hacha dispuesto a rematar el trabajo de un solo tajo, Albert retrocedió aún sentado en el suelo, aterrado y Sara se arriesgo a pasar bajo las patas - ¿o eran piernas? Tanto daba en aquella situación…- del Minotauro, le agarró por el tobillo derecho y barrió el otro con la pierna, tirando del tobillo hasta hacer caer al monstruo al suelo, escabulléndose en el último instante para evitar ser aplastada.

Se levantó a toda prisa, mientras su padre ya estaba en pie casi y corrió por el pasillo que tenía una puerta marcada: la señal de la salida. Corrieron como el viento, o eso les pareció al menos.

Salieron sudorosos del Laberinto.



Los demás arqueólogos salieron de sus típicas tiendas de loca que les cubrían del sol, atraídos por el grito de júbilo de Albert. A plena carrera ambos, padre e hija, emergieron de la boca de piedra del Laberinto del Minotauro. Ambos tenían la piel de la frente perlada de sudor y el cabello pegado al semblante. Empero sus rostros mostraban satisfacción, alegría y alivio.

Sara no se detuvo al salir del Laberinto, si no que comenzó a girar sobre si misma, cuán peonza, con los brazos extendidos hacía el cielo. Dichosa pues se hallaban fuera de los dominios del Minotauro, bestia mítica que acababan de ver con sus propios ojos y por la cual habían sido perseguidos hasta salir del Laberinto. De acuerdo, no había sido una aventura heroica, pero era lo más emocionante que había sucedido en su vida, dudaba que nada de lo que fuera a ver en un futuro pudiera superar aquello.

Albert por su contrarió se había sentado en una de las rocas, sudoroso, y lo primero que había hecho era beber un largo trago de agua de su cantimplora. El líquido no estaba frío, pero su temperatura tampoco era excesiva y su reseca garganta lo agradeció.

¡El Minotauro existía! No podía creerlo: aquella criatura le había fascinado desde su niñez, el Minotauro y su famoso Laberinto en la isla de Creta, en el mar de Creta, frente a la grandiosa y maravillosa Grecia. Era un gran descubrimiento, ¡la leyenda era cierta! El arqueólogo no cabía en si de gozo.

Habían logrado escapar del Laberinto del Minotauro.

V. LA POCA FE DEL MUNDO

NADIE CREYÓ SU HISTORIA. Los arqueólogos le miraron con las cejas enarcadas, signo de incredulidad. Albert, ya más calmado, podía haber predicho tal actitud, pero había albergado la ínfima esperanza de que lo creyeran.

Trato de explicarse durante una extensa hora y media, recurriendo a su hija, Sara, mas, aún así, su historia parecía demasiado fantástica.

—Hombre, ya que te inventabas una historia, haberte puesto como gran héroe y dí que has matado al Minotauro- rió su compañero Jack Evans, rubio, algo esmirriado y con una recortada barba, perfectamente cuidada.
Aquel comentario hirió al hombre. Sobre todo porque Jack era buen amigo suyo y siempre lo había apoyado. Podía entender su posición, realmente nunca salvo en leyendas el Minotauro había existido, y, de pronto, aparecía él para decir que acababa de verlo salir de una estatua. Aún así no pudo evitar un gesto de frustración y resentimiento mientras los veía salir de la tienda de lona.

Se quedó largos minutos apoyado en la mesa, perdido en sus mudas cavilaciones. ¿Debían contárselo a alguien más, o por el contrario guardárselo? Seguramente nadie les creería. Era un dilema difícil solución. Contarlo era arriesgarse a ser acusado de loco y casi seguramente nadie salvo muy pocos, tal vez, confiarían en sus palabras. Si, por el contrario, decidían callar y dejarlo estar so alguien entraba en el Laberinto de Creta, seguramente arqueólogos pues aún quedaba mucho que descubrir, sería atacado con total seguridad por el Minotauro.
Se sintió culpable, habían sido él y Sara los que habían “despertado” al Minotauro, si hubieran contenido su curiosidad nata tal vez el monstruo seguiría siendo una grandiosa estatua, incapaz de dañar a nadie.
Bueno, acabó decidiendo, lo hecho, hecho está, de nada sirve lamentarse cuando no hay vuelta atrás.


Por fin, con Sara mantuvo una conversación esa misma noche, de vuelta en el hotel. El posible castigo de Sara ya no existía, había quedado relegado al olvido para pasar a ser cubierto por el polvo del tiempo. Pasaron gran parte de la noche discutiendo que hacer.
Llegaron a la misma conclusión, suya era en parte la culpa, su deber por tanto era arreglarlo, o en su defecto tratar de evitar que haga el menor mal. Lo contarían en la prensa y medios de comunicación, puede que no les creyeran al menos pero quizá creasen la duda en alguna familia que visitar el Laberinto quería y lograrían rehusarlos de hacerlo.
Merecía la pena intentarlo.


—Bueno, al final esto ha sido más peligroso de lo que ni siquiera tu podrías imaginar…- comentó Sara.

Albert fijo en ella sus ojos oscuros, adivinando a dónde quería llegar. Asintió en silencio, para dejarla continuar, sabiendo que no había acabado aún.

—Creo que ha sido lo más peligroso que podría ocurrirnos… Por tanto, espero no equivocarme si aventuro que ya no hay excusa para que me dejes en el internado cada vez que salgas a una expedición.- Sara sonreía, tímidamente, esperanzada, mientras aguardaba la respuesta.
Respuesta que se hizo de rogar pues el hombrecillo debía meditarlo. Los argumentos de su hija eran ciertos e innegables, aún así no quería arriesgarse. Frunció el ceño, ligeramente enfadado consigo mismo. No podía anclarse en el pasado, lo ocurrido a su esposa Miriam no podía hacer que le robara la vida a su hija, pues él sabía que para ella vivir era acompañarle a lugares inhóspitos y compartir sus descubrimientos. Varias veces había dicho que se dedicaría a lo mismo que su padre y no había duda de que buena arqueóloga sería.

Albert sonrió amablemente, mirándola, al decir con voz suave:

—Hoy has demostrado que me equivocaba, que eres capad de hacer cualquier cosa que yo haga, e incluso más. Por tanto supongo que podrás acompañarme, de vez en cuando. Para no perder demasiadas clases— aclaró él, aliviando a Sara que al escuchar ese “de vez en cuando se había alarmado, pues bien podía significar “una vez y punto”.

Sara sonrió ampliamente y abrazó a su padre. Olvidándose del Minotauro y su Laberinto, de Creta, del mundo, para ella solo existía su padre, sin duda el mejor que jamás hubiera podido soñar en tener.


No se habían equivocado, nadie los creía: se lo tomaban a broma e incredulidad.

—Desde luego era más fácil vivir en la antigüedad, ¡el mundo tenía más fe en lo extraño e imposible!- exclamó Albert tras ver otro programa en la televisión del hotel.

Albert estaba tumbado en la cama, con la ropa puesta. Afuera la noche caía sobre Creta, abrazándola como cada vez que el Sol se ocultaba por el oeste, dejándole a la luna sola con su romance y el mar. El reloj de la mesita de noche, traído por el arqueólogo, marcaba las ocho de la tarde y, en opinión de ambos, era pronto para irse a la cama. De modo que se habían recostado para ver qué decían sobre sus declaraciones acerca del famoso Laberinto del Minotauro.

Había pasado una semana desde que salieran del Laberinto, tres días desde que declararán para los medios, por insistencia de Albert.
Sara cogió el mando y apagó la televisión cuya pantalla se puso negra al mismo momento de tocar el botón. Suspiró levemente pero no dijo nada.
A caso esperaba que les dieran la razón? No, eso sería ser demasiado optimista, un grado de optimismo que rozaría el de la locura.


Pero no todos los llamaron locos o se rieron de ellos.

Un día, paseando ambos por la ciudad, un hombre delgaducho y alto, todo lo contrario a Albert, de cabellos rubios y ojos claros ocultos tras unas gafas; se acercó a ellos.

—Buenas tardes, Doctor Magín, soy el Doctor Rupert. Antes de ayer leí en un periódico que afirmaban que el Minotauro del Laberinto existía y había estado petrificado.

Sara frunció los labios ligeramente, no le apetecía que aquel hombre les detuviera, de modo similar a tantos otros, para llamarles locos.
Albert, en cambio, conocía aquel nombre.

—Usted estudia el laberinto, ¿verdad?- aventuro para verificar que no se equivocaba de persona.

—Exactamente- afirmó Rupert—. Al igual que usted.

—¿Nos sentamos a tomar un café?- inquirió el arqueólogo, señalando a un bar cercano bajo cuyas sombrillas de tonos blancos, había un grupo de mesas y sillas dispuestas para recibirles.

—Por mi perfecto.

Se acercaron los tres a la terraza y se sentaron en una de las mesitas acomodados bajo una sombrilla para evitar el fuerte calor de mediodía.

—Tenía muchas ganas de hablar con usted- informó Rupert—. Por varios motivos: el primero, usted es un gran arqueólogo y muy interesado en el Laberinto, al igual que yo; y segundo, por el programa del otro día. Aunque a decir verdad ese programa solo aumento mi curiosidad por usted.

—A mi también me alegra conocerle, es toda una autoridad en mitología, sobre todo en la referente a Creta, cuya estrella es el Laberinto del Minotauro- contestó Albert recostándose en la silla.

Un camarero de pelo engominado y perfecto uniforme negro y blanco les preguntó que deseaban, los dos hombres pidieron un café, mientras Sara se contentaba con un refresco pues detestaba el amargo sabor del café.

—He de decirle que yo le creo- les sorprendió el doctor Rupert. Sara y Albert cruzaron una mirada, animados—. Yo fui hace tiempo al Laberinto y vi la estatua del Minotauro, cuando oí sus declaraciones pedí volver al Laberinto y descubrí que, efectivamente, la estatua ya no estaba: solo quedaban trozos de piedra resquebrajada. Y eso no es todo, juraría haber oído el sonido de un toro furioso. He de admitir que salí corriendo.

—Nosotros también hicimos lo mismo- comentó Sara, ligeramente divertida, tanto por ala actitud del doctor como de la suya propia en el Laberinto. No tenía derecho a reírse de él, pues ella había actuado igual.
Continuaron hablando largo rato en aquel café y ambos doctores decidieron mantenerse en contacto gracias a sus teléfonos y sus respectivos correros.


De este modo, días después embarcaron de nuevo en el blanco barco de vuelta a Italia, donde cogerían un vuelo a su país. Entusiasmados por la aventura vivida y por ser creídos por al menos una persona.
Porque puede que haya que tener fe y saber reconocer cuando una leyenda pasa de mito a verdad e impedir que todo quedé olvidado por el paso de los años y los milenios.

LÁGRIMAS DE FUEGO

El eco le traía el recuerdo del murmullo del entrechocar de miles de espadas cargadas de odio y furia; el recuerdo de una batalla legendaria, casi mitológica, y más antigua que el tiempo. Cerró los ojos, y oyó el clamor de guerra de cientos de miles de soldados embravecidos, de los niños y mujeres que intentaban salvar sus inocentes vidas como podían y de las personas valientes que se habían sacrificado por salvar a sus seres queridos. Casi pudo sentir el calor del fuego que envolvía la torre principal de la fortaleza y su siniestro crepitar. La gente a su alrededor la empujaba, chillaba y lloraba amargamente.
Estaba claro que ya no quedaba esperanza, ni había piedad para nadie. Rezó por que todo aquello acabara, suplicó a los ángeles que acudieran en su ayuda, desesperada.
Las llamas lanzaron un sonoro chasquido, y en medio de aquél infierno, surgió una chica de no más de catorce años, de rodillas, con la cabeza gacha. Estaba sola, completamente sola. El fuego le era indiferente: y es que ella era el fuego en sí. Las llamas la envolvían, como queriendo protegerla de aquella tragedia, del dolor, del sufrimiento, bailando una danza de muerte. Diana contemplaba aquella chica de su misma edad que la miraba con unos ojos de misterio, de color azul celeste brillante, su mirada profunda y penetrante. De repente, el color de los ojos de la chica se apagó pero se volvieron mas brillantes aun, se convirtieron en un color dorado brillante, como el oro más puro del mundo. Su mirada se convirtió en serenidad, sabiduría y de extraña inteligencia. Era un espectáculo majestuoso, solemne…pero sobretodo terrorífico. Una voz se escuchaba en la dulce boca de la chica, que comenzó a sonar una seductora y tranquila canción. Su voz era aterciopelada y suave. La luna asomó su blanco rostro a través de la oscura noche llena de estrellas brillantes. La melodía, esa dulce y preciosa canción simplemente terminó. Todo sucedía muy lentamente, era todo un extraño sueño mezclado con una horrorosa pesadilla. La extraña chica empezó a formular unas palabras:

-Diana, acércate...-dijo la chica misteriosa...

Diana, asustada cruzó con miedo ese circulo de fuego.

-Siéntate...-dijo la chica

Diana se sentó en la tierra arenosa sintiendo el calor de una temperatura que era ideal.

-Te contaré la historia de la que fui yo, Eva Alcázar.

 El sol cabeceaba ya plácidamente sobre el horizonte, tiñéndose de rojo carmesí, mientras que la noche extendía suavemente su manto de estrellas sobre el firmamento. En medio de la oscuridad, un carruaje avanzaba por un camino de piedra bordeado por dos columnas de olmos. El fuerte viento inclinaba ligeramente los troncos viejos y sinuosos de éstos árboles, haciendo crujir sus ramas. Desde la ventana de la tambaleante diligencia, Eva observaba preocupada y distante el caserón que las hojas de la arboleda dejaban atisbar. Era una vivienda de dimensiones muy generosas, y se notaba incluso desde aquella distancia que se trataba de la residencia de alguien muy acomodado. Sin embargo, la idea de tener que entrar en ella tenía a la muchacha agobiada y confundida. Mucho tiempo atrás, su padre y el duque dueño de las tierras que ahora tenía ante sus ojos habían concertado el matrimonio entre sus dos hijos. Y, aquella noche, se celebraba el baile en el que, por fin, se conocerían. Pero Eva no quería casarse. No solo por el hecho de aún tuviese quince años, sino porque, simplemente, no quería estar atada a nadie, quería ser libre. Jamás había querido todos los lujos que le habían ofrecido, jamás había querido nacer en una familia noble. Despreciaba la falsedad con la que tenía que comportarse cada día delante de personas a las que ni siquiera conocía. A veces miraba con envidia a los niños campesinos jugando al sol, riendo y disfrutando de su vida, mientras ella aprendía cosas que no le importaban: coser, cantar, y otras asignaturas que según su padre más tarde le servirían. En su fuero interno, cada vez que se lo repetía, más se lo cuestionaba. Suspiró.
El vehículo se detuvo en seco ante la imponente fachada de la mansión, haciéndola volver a la realidad. La joven dama, más que por costumbre que por que realmente sintiese que era necesario, dejó que un sirviente algo regordete le abriese la puerta y le tendiese servicialmente la mano para ayudarla a bajar. El chico le lanzó una mirada de profunda admiración. Aquello, no sabía porqué ya que estaba acostumbrada, le irritó muchísimo, pero decidió ser amable y le sonrió dulcemente. El criado la guió hasta la puerta de la mansión, donde la estaba esperando un hombre alto, de pelo castaño oscuro, algo enclenque y muy pálido; no debería pasar la cuarentena. Iba vestido con un traje de noche elegantísimo de color negro, parecido a los que solía llevar su propio padre, y en su ojo izquierdo llevaba un monóculo. Tenía una expresión relajada y despreocupada. Eva le reconoció enseguida: era el duque, el padre de su prometido.
- Buenas noches, señorita, y bienvenida a mi casa. Espero que el viaje no os haya cansado demasiado para el baile – saludó con una sonrisa cuando Eva llegó junto a él, indicando con un gesto al lacayo que podía volver a su puesto.
- Ha sido un trayecto bastante tranquilo, señor, gracias.
- Me alegro…me alegro – éstas últimas palabras las pronunció lentamente, mirando a la muchacha de arriba abajo- ¿No os importará que hayamos empezado la fiesta sin usted? Los invitados estaban ansiosos y no les he podido hacer esperar más. Supongo que desearéis entrar, hace mucho frío aquí fuera con tanto viento.
- Muy bien.
Eva subió las escaleras que conducían a la puerta principal con el duque, que llamó con los nudillos varias veces.
- Antes de entrar, hija mía (¿no os importa que os llame así?), me gustaría advertiros de una cosa. Mi casa es ahora vuestra casa, de modo que podrá andar por ella a sus anchas cuando quiera. Pero hacedme un favor, o más bien hacéroslo a vos misma: nunca, repito, nunca, en ninguna circunstancia, os acerquéis al molino de viento que hay en la parte trasera.- ordenó el duque con tono serio y grave.
- ¿El molino? – Durante su trayecto hacia la mansión, Eva no se había percatado de la presencia de ningún molino, por lo cual le extrañó el comentario del hombre.- ¿Por qué?
Como única respuesta, su suegro esbozó una amarga sonrisa y quedó en silencio. La curiosidad de la muchacha nunca fue satisfecha...

Un mayordomo les abrió la puerta y entraron en el interior de la suntuosa casa. Estaban en un vestíbulo circular, que al parecer hacía la vez de sala de recepción. Lámparas de oro, cuadros magníficos, vestidos de ensueño…Se veía claramente que la velada había sido preparada con cuidado y buen gusto. Las mesas habían sido empujadas hacia las paredes, y encima los cocineros habían dispuesto un suculento buffet. Desde carnes asadas con varios tipos de guarniciones, hasta deliciosos postres de chocolate y hojaldre; cualquier manjar que se os pueda pasar por la mente, lo podíais encontrar en aquél lugar. El destello de las luces sobre la inmaculada vajilla de plata era casi cegador. La sala estaba ya repleta de gente y bullía de una actividad frenética. Con un ademán de su mano, el duque la invitó con cortesía a que entrara en ella.
- ¿Veis a aquella dama y ese joven de ahí?- le indicó señalando con su dedo índice.- Aquéllos son mi esposa y mi hijo.
Eva guió su mirada hacia donde le mostraba.
Efectivamente, al fondo de la sala, una hermosísima mujer de mediana edad, de rostro fino y de un color ligeramente avellanado les estaba saludando entusiasmada. En su mano derecha sostenía un amplio abanico que movía con una elegancia seductora. A su lado se mantenía en pose muy erguida un joven de diecisiete o dieciocho años, como mucho. Eva tuvo que reconocer que era muy guapo; su cabello era de un castaño muy claro, al igual que sus ojos profundos y autoritarios. Era más bien delgado, pero su musculatura hacía ver claramente que era un muchacho aficionado al deporte. La observó detenidamente como su padre, con una mirada indescifrable, pero que delataba una confianza y un orgullo casi repulsivos. Los ojos de ambos se cruzaron durante un breve instante en el que la joven dama no pudo evitar sentirse incómoda. Si los ojos eran el espejo del alma, la del muchacho estaba completamente vacía. Así que, por más que lo intentaba, no podía sentirse feliz de conocerlo, ni a él ni a su madre. La confusa muchacha no sabía qué pensar, qué decir ni cómo actuar. Estaba completamente asustada. Cuando quiso darse cuenta, se encontraba oculta tras la espalda del duque, temblando como una hoja ante ellos dos. La mujer pareció percatarse de su presencia, y le sonrió ampliamente, enseñando sus dientes blancos como perlas.
- ¡Menos mal que has vuelto por aquí, cariño, ya te estábamos echando en falta! – Exclamó dirigiéndose a su marido con una voz pedante y aguda, revolviéndose la melena con las manos- ¡Y aquí, como seguramente bien supondré, tenemos a nuestra preciosa prometida! ¿Verdad?
- Así es.- Respondió el interlocutor riendo amablemente- Ésta es Eva Alcázar, heredera del conde de Soria. Acaba de llegar hace unos instantes de su largo viaje.
- Es un poco tímida, por lo que veo- respondió la duquesa sarcásticamente.
Esas palabras sentaron a la muchacha como mil agujas, que se clavaron de pronto en su sensibilidad. “Empezamos bien” pensó amargamente para sí.
- Bueno, no precipitemos juicios innecesarios. Seguramente se le pasará con el tiempo.
- Por cierto, hablando de precipitar las cosas…- continuó la distinguida dama con tono alegre- Pablo, hijo mío, acércate a tu futura esposa. ¡No vaya a pensar que eres un maleducado por no saludar!
Eva tragó saliva. Sabía lo que significaba eso. Ahora, les dejarían a solas durante todo el baile para que se conociesen mejor, y, si las cosas iban…bien, tener algo de intimidad. Todo estaba yendo demasiado deprisa. Quiso detener el tiempo, pero no pudo. Pidió a la tierra que la tragase para poder evadirse de aquél lugar de vicios y riquezas. Rezó por estar sola, sin nadie a su alrededor pendiente de ella. Deseó poder ser ella misma. Pero nada de eso surtió efecto, y vio con impotencia cómo su novio se le acercaba, levantaba delicadamente su mano y depositaba un caballeroso beso en ella. Mientras tanto, la volvió a examinar como antes con esa mirada inexpresiva e impersonal, esbozando una media sonrisa burlona que le hizo saltar su sexto sentido.
- Encantado de conoceros, Eva Alcázar. Me alegro de poder admirar por fin vuestra elegante belleza después de tantos años de espera.
- Yo…yo…también me siento muy emocionada al poder…estar con vos y saber que dentro de poco estaremos tan unidos…el uno al otro.- mintió. Lo que dijo le pareció tan estúpido, cursi y banal que tuvo que convencerse de que no era ella al fin y al cabo la que había hablado, sino su insoportable faceta falsa e hipócrita.
- ¡Qué escena tan conmovedora!- prorrumpió la duquesa.- No sé tú, querido, pero yo creo que ya es hora de dejar que los dos enamorados puedan disfrutarse mutuamente como se merece la ocasión, ¿no te parece?
- Desde luego. Además, nuestros invitados nos están esperando, no les vamos a hacer demorar más. Muchachos, os dejamos a vuestro libre albedrío.
Si hubiese tenido fuerzas para hacerlo, Eva habría gritado sin dudarlo. La pareja de nobles desapareció, confundiéndose con la tumultuosa multitud. Ahora estaban relativamente hablando, Pablo y ella solos. Ninguno de los dos se decidió a hablar primero. Pero el guapo joven rompió el hielo a su manera; cogió a la doncella de la mano, haciéndola estremecerse, y tiró de ella a través del aparentemente infranqueable vestíbulo, hasta una de las salas de anexo. Cerró la puerta de la habitación con violencia y rapidez, amortiguando el insoportable murmullo de las decenas de personas que había fuera.
- ¿Qué…qué estáis haciendo?- se atrevió a preguntar la muchacha, sintiendo que los nervios le iban a estallar.
- Lo que nos han pedido, querida; quedarnos a solas- respondió socarronamente- Y, por favor, estamos a punto de casarnos, me parece que ya es momento de que empecemos a tutearnos ¿no te parece?
El temor, o tal vez la rabia, hicieron entonces que algo estallara en el pecho de la muchacha, haciéndole olvidar la timidez y las apariencias. Una vocecilla en su interior le dijo que no aguantase, que desahogara todos los pensamientos que le estaban rondando por la mente. Era tan tentadora, que no pudo evitar hacerle caso, y se sorprendió al responder:
- Por mí como si ni siquiera me diriges la palabra. Me estarías haciendo un favor.
- Una chica difícil ¿eh? No me lo esperaba, pero me gusta…Te pones más guapa todavía cuando te enfadas.
Antes de que ella pudiera replicar de nuevo, Pablo se aproximó más a ella y la prendió de las muñecas, inclinándose hacia delante en un intento de besarla. La joven trató de zafarse de su fuerza tenaz, pataleando y mordiéndole en el antebrazo. El chico soltó un grito de dolor y se frotó la zona dolorida, dejando libre a Eva. Ésta, en ese momento de distracción, aprovechó para abrir la puerta, a continuación volver a cerrarla de un portazo y girar la llave en el picaporte dejando a su decepcionante prometido encerrado en la estancia

Cerró los ojos, tratando de calmar el latido desenfrenado de su corazón. Lo único que quería ahora era abrirlos y ver que nada de aquello había pasado, que aún se encontraba plácidamente dormida en la habitación de su palacio de Soria, y que todo había sido un mal sueño. Dos lágrimas de amargura rodaron por sus mejillas, porque sabía que ya no le quedaba nada más. Había perdido una familia y su honor. ¿Con qué cara miraría a su padre ahora? ¿Cómo la trataría él después de lo que había pasado? A pesar de éstas dudas, estaba convencida que dadas las circunstancias su actitud era un hecho innegable e irreprochable. Esa idea hizo que recobrara sus fuerzas.
Fue entonces consciente que desde que había dejado atrás la habitación, todo había quedado súbitamente en silencio. Levantó suavemente los párpados, intrigada, pero cuando lo hizo se quedó helada. Lo único que pudo atisbar fue la oscuridad más intensa y aterradora. Se sorprendió, pero por una vez no tuvo miedo. “Seguramente habré cogido la puerta equivocada” se dijo a sí misma. “Habré entrado en el armario de algún invitado”. Pero tras tantear en las tinieblas se dio cuenta de que se encontraba en un sitio muchísimo más grande. Buscó a tientas una vela que le ayudara a orientarse. Lo único que tocaron sus manos fue el vacío.
- ¿Hola?, probó Eva a preguntar, ¿alguien puede oírme?
Sólo recibió el silencio como respuesta, pero ésta apareció instante después de una forma más curiosa. De sus pies brotaron diminutos tallos de flores que empezaron a crecer y a crecer a una velocidad vertiginosa, formando un círculo expansivo. Maravillada, la muchacha presenció la creación del jardín más hermoso y abundante que jamás había visto. En él se juntaban plantas, hierbas y flores de todos los colores y formas posibles, que desprendían un perfume embriagador. Parecían estar intactas, tan vivas como el primer día. Había incluso una pequeña cascada en cuyas aguas una pálida luna creciente se reflejaba tímidamente. Pero, aunque parezca mentira, lo que más atrajo a la chica fue la última cosa en la que una persona corriente se habría fijado. Era un molino viejo y usado, que no había podido soportar la fuerza del tiempo y se convertido en unas tristes ruinas. Contrastaba mucho con la vida que lo rodeaba. Dos de sus aspas se habían desprendido de su eje, y las demás estabas prácticamente partidas por la mitad. Una parte de su muro estaba derrumbado sobre la hierba, con todas sus piedras esparcidas por doquier. Todo esto le daba un aspecto bastante lúgubre y sucio. Sin embargo, cuando Eva lo vio no pudo evitar pensar en los castillos encantados de los cuentos de hadas, con sus torres en ruinas y sus rincones ocultos. Aquél molino tenía un aura de misterio casi mágico y sobrenatural, que ejercía una extraña fascinación sobre ella. Era como si tuviese vida propia y la estuviese llamando desde lejos, hablándole de su experiencia y de tiempos inmemoriales. Una pequeña vocecilla en su mente le recordó entonces las curiosas palabras del duque: “Hacedme un favor, o más bien hacéroslo a vos misma: nunca, repito, nunca, en ninguna circunstancia, os acerquéis al molino que hay en la parte trasera.”. Tenía dos opciones: o bien pensar que le habían querido gastar una broma pesada, o bien creer que el duque hablaba seriamente y convencerse de que el amable noble era un paranoico crónico. Decidió optar por la segunda opción. Había tenido que aprender desde pequeña a conocer el extravagante humor aristocrático y sus compulsivas “medidas de seguridad”. El molino estaba abandonado, ¿Quién podría hacerle daño? Si tan sólo echaba un vistazo…Sólo para investigar un poco…No debía ser tan malo. Entonces, con un extraño brillo en su mirada, la joven dama avanzó firme y lentamente hacia su perdición, ignorando los miles de ojos que la observaban desde las sombras de la noche.

La hierba crujió bajo sus pies. El viento sopló en su rostro con una suave brisa que olía a noche. La puerta estaba delante de ella, la madera gris carcomida y ligeramente descolgada de sus goznes. Con mucha delicadeza, la muchacha la empujó dificultosamente, porque de tanto tiempo sin ser usadas, las vigas se habían oxidado, dejándola algo atrancado. Y por fin, penetró en el misterioso molino. No era más que una pequeña sala circular con un eje que terminaba en una especie de martillo que mucho tiempo atrás molió montones y montones de trigo. Aparentaba ser un lugar totalmente normal. Sin embargo, cuando se fijó bien, el alma se le calló a los pies. Había algo más. Sobre los muros, alguien había pintado con sangre formas que no lograba distinguir…afortunadamente. Lo que sí distinguió fue esa sangre aún relucía, lo que significaba que aún estaba fresca. ¿Con que el molino estaba abandonado? Parecía ser que no.
Eva sintió cómo se ponía lívida de súbito.
Una risa estridente y chillona resonó en sus oídos, sobresaltándola. Poco a poco el sonido fue multiplicándose convirtiéndose en un estruendoso caos. No pudiendo soportarlo, la chica se tapó los oídos, inclinándose hacia delante rompiendo a llorar. Estaba muerta de miedo.
- ¡Parad! ¡Por favor, dejadme en paz! ¡No quería molestaros, seáis quienes seáis!-gritó desesperada.
Quien estuviese ahí con ella, escuchó su petición. Las risas cesaron bruscamente, y todo quedó en un silencio sepulcral. Eva levantó la mirada, examinando a su alrededor.
-Estoy aquí, pequeña dama…
Escuchó la voz que había pronunciado esas palabras justo a su lado, y casi pudo sentir el aliento de su dueño. Era siniestra, áspera y profunda. Su cuerpo se estremeció en un escalofrío. Desvió automáticamente su mirada hacia el lugar de donde procedía la llamada. Dos ojos achatados, de un rojo incandescente como el fuego más ardiente, la quemaban con la vista. El rostro de su interlocutor quedaba oculto tras el velo de las sombras, pero por alguna razón extraña, supo que no querría verlo de todas formas.
- ¿Qui…quién eres tú? ¿Eres de…de la mansión?-preguntó intimidada. Aún no estaba segura de si lo que estaba viendo era real.
- Una chica curiosa…bastante típico en una muchacha de tu edad.- contestó el desconocido, con tono divertido- En primer lugar, tu pregunta es incorrecta. No “soy”…somos.
- ¿A qué te refieres?
- Hace mucho tiempo, en esta casa vivió un hombre…tirano, cruel y frío como un témpano de hielo. Era un duque; el quinto de una dinastía de nobles, todos igual de sangrientos y desalmados. Pero él era distinto. Cualquiera que lo hubiese conocido le habría tomado por el mismísimo diablo. Su mirada advertía ya de su locura, pero tal vez por necesidad, tal vez por que no nos quedaba otra opción, nos sometimos a él. Nos esclavizó, nos humilló y descuartizó nuestras vidas sin ningún escrúpulo. Podíamos ser prisioneros de sus innumerables guerras, podíamos ser campesinos honestos e inocentes…para él, era lo mismo. Y después de todo aquello, nos torturaba y finalmente nos mataba…aquí mismo. Todos nosotros exhalamos nuestro último aliento entre estas paredes. Pero al morir, juramos la venganza eterna hacia su familia. El duque murió, pero sus descendientes mantuvieron la casa, los bienes y la fortuna. Pero nadie vino aquí a despertarnos con su aliento de vida, y el castigo quedó incumplido hasta hoy. Después de cien años de espera, nuestras almas vuelven a ser libres por fin…gracias a ti.
Eso no había sonado muy bien. El sexto sentido de Eva saltó instantáneamente, avisándola de que estaba jugando a algo muy peligroso quedándose ahí. Ahora se arrepentía de haber querido entrar en aquél lugar.
- ¿Las gracias? ¿Por qué?
- Oh, querida mía... ¿aún no lo has comprendido? Te necesitamos. Necesitamos sangre inocente que nos alimente y selle el juramento irrompible con el que se cumplirá la condena…Es un sacrificio por una buena causa, ¿no crees?
Aquello debía de ser una mala pesadilla, un sueño del que se despertaría en cualquier instante. “No es real, nada de lo que estoy escuchando es cierto. Por favor, ¡que alguien me ayude!” pensó con desconsuelo, echándose al suelo de rodillas sin apenas fuerzas. Ante el silencio de la muchacha, la voz continuó de forma más grave y sentenciosa:
- De cualquier manera, no tienes escapatoria.
Entonces fue cuando comenzó el sufrimiento de verdad. Eva notó cómo se desgarraba algo en su interior, haciéndola arrancar un grito de puro dolor desde lo más hondo de su ser. Se retorció en el suelo, cubriéndose el rostro marcado por la angustia con las manos. La agonía continuó durante todavía unos instantes, mientras notaba cómo algo borboteaba dentro de ella, quemando su vida. En un solo segundo, Eva Alcázar, hija del conde de Soria, lanzó un suspiro que pareció casi de alivio extendiéndose inmóvil sobre la piedra fría. Era el último hálito de vida que le quedaba, y nadie estuvo ahí para verlo.
La mañana amaneció serena y tranquila tras el ajetreo de la noche anterior. En la casa aún se podía respirar el ambiente alegre y festivo que habían dejado las decenas de invitados. Como siempre, el duque se despertó temprano y bajó al vestíbulo despreocupado. Miles de criados y doncellas se atareaban ya en él, limpiando los restos del banquete. Uno de ellos, que no pasaría los veinte años, hecho un manojo de nervios y tembloroso, se acercó a él con precaución y se inclinó en una reverencia exageradísima.
- Mi señor…Tengo noticias para usted…-balbuceó.
- ¿Y qué noticias son esas, joven? Os escucho.
- Veréis, señor…A muy temprana hora, cuando una de las criadas se levantó para comenzar sus tareas, escuchó unos ruidos extraños en una de las salas anexas…
- ¿Y bien?
- Resulta que la puerta estaba cerrada con llave, y ésta aún continuaba puesta en el picaporte. Así que la doncella la abrió…y se encontró con el joven Pablo encerrado en ella.
- ¿A mi Pablo? ¿Y estaba solo?
- Sí, mi señor. Por lo visto había estado toda la noche aprisionado en ella. Estaba hecho una verdadera furia. Entonces fue cuando llegué yo, señor, empujado por la curiosidad y nos contó que…
- ¿Qué…qué os contó?- preguntó el duque impaciente sacudiendo al aturrullado hombre.
- Nos dijo…nos contó, su señoría, que había sido su prometida quien le había dejado así, pero no nos quiso dar ninguna explicación.

El noble hombre se sobresaltó, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Se olía que algo no iba bien en todo aquél asunto. Había más.
- ¿Eva Alcázar? ¿Su prometida?- estas palabras las pronunció casi con miedo, como un mal presagio que le cubría la mente de sospechas y desespero. Parecía a punto de estallar en cualquier momento- ¿Dónde está? ¿Dónde está esa muchacha? ¿La tenéis localizada?
- No, excelencia…Nadie ha vuelto a verla desde que estuvo en el salón de baile, ayer al crepúsculo.- sentenció el criado.
Los ojos del duque se iban a salir de sus órbitas. Olvidando su condición de hombre honorable y respetado, salió corriendo como alma que lleva el diablo. No podía ser. Después de tanto tiempo…a pesar de todas las advertencias... ¿era posible que hubiese ocurrido? No tendría que haberse fiado de aquella chiquilla de Soria. Se notaba a la legua que no era como esas estúpidas jóvenes empolvadas como muñecas de porcelana, que obedecían a las órdenes como borregos. Ella era diferente. Tendría que haber sabido que su inteligencia le habría llevado a sentir curiosidad por el molino. Esperaba que aún no fuese demasiado tarde.
Llegó exhausto al jardín, después de la carrera desenfrenada. A la luz del día, tenía un aspecto menos sobrenatural, pero aun así se veía algo extraño en él.
Dirigió su mirada directamente hacia el lugar maldito. Y cuando lo vio, su corazón dio un vuelco. Ya no quedaba nada. Las vigas, las piedras y la paja estaban calcinadas. De ellos, lógicamente, no quedaban más que oscuras cenizas. El duque se aproximó, sabiendo de antemano lo que iba a encontrar. Justo en el sitio exacto donde debería haberse erigido la imponente construcción, quedaba un trozo de roca en el que leyó grabadas estas palabras:

Entre nobles viví,
Por nobles morí.
Buscando mi lugar
Aquí vine a parar
A éste lugar maldito
Donde la vida me quitó.
Por venganza me llamaron
Los espíritus condenados
A un juramento eterno.
Juramento de sangre,
Durante años dormido.
Hasta que la vida os arranque,
Os perseguirá hasta el olvido.
Yo no quise creerlo,
Y así terminé.
Ahora corred, huid
Es un consejo.
La ira será ruin
Así que id muy lejos,
A dónde no os puedan oír.
Si mis advertencias seguís,
Tendréis esperanza…mas si no
Me escucháis...acabaréis junto a mí.


El duque supo entonces que las cartas de su destino estaban echadas, y ya no le quedaba más remedio que jugar con ellas.

-Entonces, ¿estás muerta?- se atrevió a preguntar Diana a aquella chica.

Con un suspiro del viento todo se apagó, Diana había despertado, estaba en su cama, tumbada y muy extrañada por la historia que había escuchado y que en realidad no era un simple sueño.

 

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