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Aún soñolienta, porque era de
madrugada, exactamente cinco y media, Sara se dirigió
a la ducha en busca de un alivio a sus tribulaciones y la
pereza que invadía todo su cuerpo y mente. Entró
al baño. Hacía mucho frío, encendió
la luz y el radio. ¿Música clásica?,
bueno esta pieza de Chopin me agrada, además sólo
lo tendré encendido antes de entrar a la ducha. Se
desnudó con calma, como siempre hacía las
cosas. Colocó su toalla, jabón y bata donde
siempre. Se aplicó el gel facial para piel grasa,
apagó el radio y se introdujo en la ducha. Se lavó
el cabello, largo y ondulado, con el shampoo recomendado
por su estilista, lo enjuagó y continuó con
el reacondicionador, mientras se lavaba el cuerpo. Pero
oyó un ruido, mejor dicho varios ruidos.
Sonidos conocidos, almacenados en su mente, pero que no
deberían escucharse a esa hora ni en ese lugar. Gritos,
autos encendidos, cláxones, aves. Todos los ruidos
posibles mezclados en varios segundos de angustia. Los gritos
eran de niños, de adultos de ancianos. Eran de alegría,
desesperación y pena. Sara se enjuagó rápidamente
el cabello. Cerró la ducha y apagó la terma.
Se puso la toalla en el cabello y se vistió con la
bata. Salió del baño. ¿Abuela?, llamó.
¿Susana?, dijo mientras tocaba la puerta del cuarto
de su hermana mayor. La abrió y no estaba. La cama
estaba hecha y todo parecía estar en orden, como
si no hubiera estado allí hace mucho tiempo, aunque
Sara sabía que su hermana regresaba de trabajar tarde
y a veces la veía sólo los fines de semana.
Se respiraba un aire frío y húmedo, típico
de Lima y ella no lograba comprender. Bajó a buscar
a sus padres. Mientras lo hacía, el eco producido
por sus pasos que era amplificado por el profundo silencio,
la asustaba. Encontró la misma escena del cuarto
de su hermana.
Miró a la calle, todo en silencio. Encendió
la televisión y esperó. Pasaron diez minutos
y el televisor no captaba ningún canal, todos estaban
en estática. Sara comenzó a impacientarse,
ya eran las seis y media, y tenía que ir a la universidad.
Apagó el televisor y encendió el radio. Música,
música y más música. Todas las emisoras
que lograba captar tocaban música clásica,
no había voces ni cantos, sólo música.
Llamó al celular de su hermana y éste comenzó
a sonar, estaba dentro de la casa.
Comenzó a llamar a sus amigos, a sus tíos,
a las radios, las televisoras. Por último cogió
la guía de teléfono. Nada. Sólo timbraba
hasta que se cortaba la llamada. Tomó una decisión.
Buscó una maleta y llenó en ella toda la ropa
necesaria para cinco días. Su corazón, exaltado,
latía cada vez más fuerte. Abrió la
refrigeradora, sacó el jamón y el queso. Buscó
panes y se hizo la mayor cantidad de sanwiches que pudo.
No demasiados porque podrían pudrirse, pensó.
Llenó agua en una botella y leche caliente en un
termo. Cogió las llaves y salió de casa sin
rumbo fijo, pero decidida a no parar hasta encontrar a otro
ser humano.
¿Estoy sola?, pensó Sara, mientras caminaba
por una pista larga que la llevaba al centro de la cuidad.
Cada cierto tramo, se detenía a tocar la puerta de
una de las casas o edificios que veía, pero nadie
atendía a su llamado. Según su reloj eran
las cuatro de la tarde. La hora de almorzar había
pasado, pero no se detuvo. Sacó un pan y lo masticó
sin entusiasmo. Continuó su recorrido hasta que se
oscureció. Busco una casa que tuviera un jardín
grande y en él se recostó. Estaba cansada,
había caminado todo el día sin ver a otro
ser humano y se sentía muy triste. Con esa tristeza
que carcome el corazón, que es tan honda que ni siquiera
deseas llorar por el dolor que te produce. Se tendió
mirando al cielo. Felizmente en esta época del año
no hace tanto frío de noche, dijo, mientras se cubría
con la frazada gruesa que llevó por si acaso.
Su sueño fue profundo. Estaba tan cansada que se
durmió hasta las diez. Al despertar y ver la hora,
se desperezó y comió otro pan, tomó
algo de leche y siguió caminando. Prendió
su walkman para sentirse acompañada por la música,
aunque la clásica no era su favorita, pero al intentar
oír los cassettes y cd´s, no escuchó
más que ruidos distorsionados y prefirió dejarlos,
también porque sus pilas se gastarían de inmediato.
Su rostro sin maquillaje era igual de armonioso. Tenía
unos ojos místicos, como si hubiera nacido en el
Oriente, con pestañas largas y abundantes, pero era
limeñísima. Sus labios eran serios pero siempre
dispuestos a esbozar una sonrisa.
Delgada, alta y agraciada, Sara era un ángel. Era
de esas personas que hacen todo por los demás sin
esperar recompensa. Sólo tenía un problema.
A veces le daban unos ataques existenciales en los que sentía
que en el mundo no era indispensable. Que si desaparecía,
no lloraría ni el perico del vecino por su ausencia.
Se sentía no querida ni apreciada porque no había
quien la abrace ni le diga ´te amo´. Ese era
su problema, se sentía sola. Y cuando comenzaba ponerse
así no había palabra que la animase ni gente
que la alegrase. Nada. Era imposible.
Aquel día en que se inició todo, había
comenzado a sentirse así y ahora estaba realmente
sola. Mientras caminaba sin rumbo claro se preguntaba ¿por
qué yo?. Así pasaron varios días, ocupándose
en unos jardines, durmiendo en otros. Tocando puertas incansablemente,
gastando el agua y la leche para beber, sacando el agua
de algunas casas con caño hacia afuera para lavarse,
porque no soportaba estar sucia. Hasta que se acabó
la comida que tenía.
Comenzó a sentirse miserable. Absurda. Tonta. Inexistente,
porque si no tenía con quien hablar, ¿para
qué vivir?, meditaba. Miró a su alrededor.
Nada. Nada. Ni un ser humano, ave, perro o algún
ser vivo además de ella. Había llegado a un
puente. Se sentó en el borde y lloró. Lloró
por horas sin querer detenerse hasta morir seca y sin lágrimas,
No sabía exactamente cuanto tiempo había estado
sin comer, dos o tres días, cuando despertó.
Le dolía el estómago y se lamentó
de no haber muerto dormida, porque ahora tendría
que terminar con su vida. Se lavó la cara con los
últimos mililitros de agua que logró sacar
de un caño de jardín. Se apoyó en la
baranda del puente y miró hacia abajo. Vértigo.
¿Arrepentimiento?, nunca. Quiso llorar pero ya no
tenia lagrimas, Es mejor, dijo. Apoyada en un poste logró
subir y sentarse en la baranda. Cerró los ojos y
se encomendó a Dios pidiendo perdón por lo
que haría.
Por última vez vio el mundo, pero esta vez notó
algo diferente. A lo lejos distinguió una figura
que se movía, parecía ser un humano. Despacio,
bajó del borde del puente. Dios, estoy alucinando,
debe ser el calor. Pero la figura se vislumbraba cada vez
más clara y humana. Era un hombre. Sara caminó
hacia él hasta que logró distinguir sus rasgos.
Era alto, de cabellos negros y con rizos. Ojos enormes y
brillantes. Vio en ellos la desolación y el cansancio
que debían tener los suyos. Es simpático,
pensó, Me parece haberlo visto antes, pero...
Se detuvo. Él la miraba como preguntándose
lo mismo. La conozco, pero de dónde y hace cuánto.
Sintió un impulso y comenzó a caminar más
rápido. Sara hizo lo mismo. Ese caminar se convirtió
en trote y luego corrieron ambos. Uno al encuentro del otro,
como si un imán fuertísimo los atrajera. Se
abrazaron en un sueño eterno. ¿Quién
eres?, preguntó Sara. La única respuesta fue
un beso. Un beso largo y pausado, el que Sara no deseaba
terminar. Él no respondió con un nombre sino
que dijo las palabras que Sara siempre deseaba oír,
Te amo, dijo con convicción el desconocido y Sara
rompió a llorar. Él la besó nuevamente
para calmar su llanto. Mientras lo hacía comenzó
a oír ruidos, ruidos que le parecían lejanos
y ajenos, pero que estaban produciéndose a unos metros
de ellos. Sara abrió los ojos y vio que había
gente, tráfico, aves, perros. Todo estaba allí
de nuevo. Miró al desconocido y comenzó a
reír a carcajadas fuertes y llenas de alegría.
La gente que pasaba por el puente la miraba extrañada.
Debe estar loca. Le pidió matrimonio. ¿Estará
embarazada?, comentaban al pasar. Todo está como
antes, dijo Sara al desconocido. Él respondió,
Sólo hemos abierto los ojos, estábamos lejos
pero nos veíamos en sueños. Ahora que nos
encontramos, todo es real y nunca los volveré a cerrar
porque no quiero dejar de verte. Si no desaparecían
ellos no te hubiese encontrado y ya no estaría aquí,
respondió Sara.
Aquella mañana me desperté con ese presentimiento
que desconsolaba mi vida desde hace un tiempo. Las noches
eran cortas y nerviosas, tensas en la espera de dejar de sentir
ese raro sentimiento. Era una percepción de la vacuidad
que, análogamente, llenaba todos mis sentidos. La mezcla
de emociones era rarísima y perfecta, pero aún
no lograba acostumbrarme a ella. Tenía náuseas,
mareos, no comía. A veces lloraba por nada, sólo
lloraba.
Bajé como siempre algo tarde a desayunar. Conté
lo que sucedía a mi madre y esta me miró con
ojos extrañados, pero ahora era distinto porque ella
también lo sentía. Lo vi en sus ojos que prácticamente
se salían de sus órbitas diciéndome
que no pensara en ello, como acusándome de haberla
atraído. Antes se había mostrado renuente
a creer que algo así existiera pero ahora se estaba
dejando absorber por el pánico, sentía esa
presencia. Todas las mañanas, desde hace unos meses,
dos o tres, podía oírse ese ruido por toda
la casa, por cada ambiente por el que yo circulaba, a través
de cada pared y dentro de cada puerta. Mientras servíamos
el café o hervía el agua, mientras me vestía
o caminaba por mi casa. Era sordo, desgarrador, enloquecedor,
algo así como un lamento mezclado con una golpiza.
Era escalofriante. El ruido estaba acompañado por
una presencia, algo inexistente que estaba allí,
que cargaba el aire de mi habitación y lo volvía
irrespirable. Era como un cúmulo de energía,
entre negativa y positiva. Era como promesas rotas, era
como infelicidad, como pesadillas, pero a la vez ternura
y cuidados. Sólo puedo decir que era raro y casi
imposible.
Mi madre buscaba como distraernos, para evitar oír
el ruido, que sonaba como un martilleo en nuestros cerebros.
No era fácil porque ella nunca sabía como
conducirse en casos extremos. Lo único que atinó
fue leer el periódico y comentarme las noticias.
Luego sonrió y me dijo "ve a la escuela".
Salí algo molesta porque mi madre nunca encontraba
soluciones muy útiles para los problemas que se nos
presentaban, es algo que siempre lamentaré no haber
podido reparar. Cerré la puerta de mi casa y caminé
a la avenida, tomé el bus y llegué a la escuela.
Ese día fue diferente, sólo eso puedo decir.
Todo me fue bien mientras estuve lejos de mi casa y el día
transcurrió con celeridad. Una vez que me encontré
nuevamente entre las calles cercanas a ella, todo volvió
a ser denso, tan cargado de esa energía rara que
parecía seguirme mientras estuviese cerca de ella.
Mi madre me recibió con una mirada vacía,
diferente, con una mirada casi como hubiese mirado aquel
ente que habitaba mi casa.
Oscureció rápido mientras hacía mis
tareas y decidí dormir temprano, acto que ya era
normal en mí desde que comencé a sentir esos
malestares y el miedo que acompañaban al ente. El
miedo estaba cobrando mucha importancia en mi vida, sobretodo
al llegar la noche.
Abrí la puerta de mi habitación. En ella
sentía más frío que en el pasadizo
que estaba a centímetros de la misma. La cortina
cerrada impedía el paso del más mínimo
rayo de luz. La habitación estaba más oscura
que nunca. No deseaba entrar, ya no, pero algo me llamó
la atención, un reflejo en la oscuridad. No sabía
que era pero deseaba saberlo a pesar del terror que acompañaba
mi duda.
Entré. Palpé la pared buscando el interruptor
pero este no encendía la luz. A oscuras, decidí
buscar la cuerda que abría la cortina dejando entrar
al fin algo de luz. De espaldas al resto de la habitación,
lo sentí. Era una respiración agitada, un
gemido entrecortado. Comencé a sentir una presión
en el pecho. El miedo, un miedo que no tenía principio
ni fin, me guiaba por sus enrevesados caminos.
Dejé de oír, deje de respirar. Sólo
yo, esa respiración y el pavor que casi me había
congelado. De mi mano derecha cayó la cuerda de la
cortina. Mi mano estaba inerte, así como el resto
de mi cuerpo. Comencé a girar cogiendo el poco valor
que aún tenía dentro. La atmósfera
de mi habitación era opresiva. Tenía los ojos
cerrados, mis labios trataban de hilvanar una oración,
pero no se movían, no hallaba pensamiento posible.
Logré voltear todo mi cuerpo. Abrí los ojos
violentamente y lo vi. Fue como un sueño. Vi mi cuerpo
caer, desplomarse como un trozo de seda, como un títere
al que le han cortado las cuerdas. Mi corazón no
latía o ya ni podía sentirlo latir. Me vi
caer y lloré. Aquel ente que por tanto tiempo me
persiguió, ahora esbozaba una sonrisa macabra, mortal,
que no existía pero lograba imaginar.
Antes de caer había visto su rostro. Era nada y
era todo, era profundo y sin fin. La había visto,
sí a la muerte me refiero, pero ahora estoy feliz,
sin miedo y mi madre está conmigo
.
Se acercó. Su mirada se mantenía firme en
el vacío, pero su subconsciente conocía el
lugar al que se dirigían sus pasos. Gabriela había
llegado temprano ese día a la universidad sin presagiar
el cambio que tendría su vida. Ximena, su mejor amiga,
había interrogado a la mayoría de los alumnos
del aula sobre los sentimientos de Mario hacia cualquier
chica de la universidad, esperaba que las respuestas dijeran
su nombre, pero lamentablemente nadie la mencionó,
en cambio, todos mencionaban a Gabriela. Algo pasmada por
la noticia, Ximena decidió contárselo a Gaby,
que hace mucho esperaba el amor, un amor verdadero.
Gabriela caminaba con los cuadernos sostenidos sobre el
pecho en forma de cruz, apretados tan fuerte que sus senos
casi desaparecían ante la presión. Su lacia
cabellera castaña permanecía inerte ante la
noticia. Sus enormes ojos color miel ya no sabían
donde mirar. Comenzó a sentir que le faltaba el aire,
que en cualquier momento le comenzaría un ataque
de asma. Sus nervios no podían dilatarse más
y sus labios se destrozaban poco a poco por la forma compulsiva
en que los mordía. A unos metros de Mario, se detuvo.
Para qué continuar. No tenía sentido continuar
basándose sólo en un rumor, tal vez mal infundado
que llegó a oídos de su amiga.
Se dio vuelta. Pensó. Y si es cierto, vale la pena
intentarlo. Ubicó a lo lejos los ojos de Ximena y
ésta le sonrió para darle ánimos. Sin
duda era una buena amiga, dejar al chico que le gusta sólo
para que su amiga tiente la opción de conocer el
amor. Volteó nuevamente, ahora con más ímpetus
y aires de triunfo, pero esta vez se encontró con
la mirada de Mario. La había estado observando desde
que se volteó para regresarse por donde vino. Eso
la intimidó. Se acercaba mirándola a los ojos
de los que ella no podía huir. ¡Trágame
tierra!, ahora qué. Mario sonreía con esos
dientes blancos y perfectos. A Gabriela le sonaba todo.
El estómago, ese peculiar ruido de hambre. Los conejos
de la espalda, los pies. Las manos no dejaban de transpirarle.
Tenía la garganta seca. Ella no estaba roja como
siempre que se ponía nerviosa, esta vez estaba más
blanca que un papel y eso alteró la marcha de Mario,
acelerándola. Gaby apenas se mantenía en pie
y sentía que con la primera palabra se caería
y perdería el conocimiento. ¡Qué vergüenza!...
desmayarte, no.
Horas en el tiempo de Gabriela fueron sólo segundos
en el de Mario, que con rostro preocupado no apartaba sus
ojos de los de ella. ¿Qué tienes?. Espero
resulte, pensó Ximena. Gripe, contestó Gabriela,
para justificar su palidez y los escalofríos. ¿Es
verdad?, preguntó Gabriela. ¿Qué?,
eso debería preguntarlo yo, dijo Mario, ¿me
amas?. La sola pregunta le devolvió el alma al cuerpo
y Gabriela se sintió renovada. Apenas lograba respirar
y en medio de la confusión logró articular
un tenue sí.
El abrazo de Mario estuvo a punto de ahogarla y poco faltó
para que desista de haber aceptado, pero segundos después
se sentía otra. Otra vez enamorada, pero esta vez
iba en serio. El momento definitivo se acercaba. Nuevamente
le faltaba el aire y sentía la presión en
el pecho. Con la boca cerrada o abierta, ¿cómo
lo hacen en las novelas?, me he fijado mucho pero no logro
comprender cómo. Mientras pensaba, Mario había
tomado su mentón con la mano y casi lograba sentir
su aliento. Me dejaré llevar, pensó Gaby.
Le faltaba el aire, ahora porque la boca de Mario estaba
en contacto con la suya.
El beso duró unos quince segundos, para Gabriela
una eternidad perfecta. Cuando por fin logró abrir
los ojos y respirar se sentía en lo más alto
de la felicidad, se sentía realizada y todo era como
un cuadro, estático y matizado de colores. Mario
le dijo entonces, Yo no. Una risa algo estúpida escapó
de los labios de Gabriela, mientras Mario la soltaba y esbozaba
una sonrisa de conquistador. Gabriela comenzó a reír
cada vez más fuerte, más y más fuerte.
Mario se alejó. Gabriela comenzó a sentir
otra vez la presión en el pecho. Es la emoción,
se dijo. Cada vez dolía más. Se desplomó.
Ximena corrió, comprendió lo ocurrido. Gabriela
sangraba por la boca. Había muerto con el corazón
roto.
Como todos lo miércoles a las cinco de la tarde
y como se le estaba haciendo costumbre, Lidia se dirigió
a la avenida, que estaba a unas ocho cuadras de su casa,
por la que pasaban los ómnibuses que la llevaban
hacia donde siempre quería estar, donde estaba él,
Julio.
Sabía que lo sentía era demasiado extraño
y no correspondido, bueno, eso pensaba. Lo conocía
hace casi dos años y antes no se fijaba mucho en
su existencia, en verdad lo único que le atraía
de él eran sus ojos, de enorme tamaño y pestañas
largas, los que siempre te miraban de manera sincera y a
la vez agresiva, pero que no rehusaba a mirar por nada del
mundo, ni tampoco apartaba la vista cuando él miraba
dentro de los suyos, tratando de intuir por qué le
hablaba así, por qué lo miraba así.
Tal vez Julio ya lo sabía, por simple deducción
o porque alguno de sus amigos había notado la extraña
relación que ellos dos tenían, no se podía
negar que eran muy buenos amigos, se contaban todo. A pesar
de ello, siempre discutían por todo, pero ella siempre
encontraba el modo de amistarse, porque no soportaba estar
peleada con él. Lidia escribía cuentos y poemas,
los que siempre pasaban por el ojo crítico de Julio,
su mejor amigo. Ella era partidaria de que entre hombre
y mujer no existía amistad verdadera, pues del lado
del hombre, generalmente, se sacaba siempre cierto provecho
de la amiga, y la amistad quedaba un poco de lado.
Por ello, su primer enamorado había sido un amigo
al cual le dio demasiada cabida en ese corazón ávido
de amor, porque una de sus virtudes era la de ser muy pródiga
de amor, pero su necesidad principal era también
la de ser amada, la de que le restituyan todo aquello que
ella daba a otros. Su néctar de vida era el que algún
día hallaría al hombre de su vida. Debido
a esto, todo amigo nuevo que tuviera tenía que pasar
en algún momento y forma por lo más profundo
de su corazón, donde el cofre del amor tenía
cerrada la puerta con llave y cada afortunado amigo ostentaba
la posibilidad de tentar en una o varias oportunidades con
la llave que poseía, si podía abrirla y ser
finalmente el dueño de su corazón. Porque
Lidia se perdía en sus pensamientos y en sus sueños,
que sólo desahogaba en sus cuentos, venidos en momentos
de éxtasis literario y que sólo se animaba
a plasmar en hojas cuando realmente estaba inspirada.
La inspiración se le había perdido en un
nombre ahora, Julio, era en lo que pensaba, por lo que respiraba
y vivía, en fin era su actual concursante con la
oportunidad de abrir el cofre. Cuando ella se ilusionaba,
lo hacía de todo corazón, ponía todo
en ello y la caída dolía mucho, pero ya se
estaba acostumbrando a las desilusiones. Bajó del
ómnibus, caminó las cuatro cuadras respectivas,
presionó el botón y esperó. Una voz
de mujer adulta le contestó que Julio había
salido un momento a comprar y decidió esperar afuera,
para que el mismo le abriera la puerta. Lidia pensaba acabar
con la duda, quería de una vez que el probara suerte
con la llave, pero ella sabía que nunca lo haría
porque ella era para Julio sólo una buena amiga,
porque nunca se fijaría en ella como otra cosa.
Mientras esperaba a Julio imaginó como sería
si él dijera que no. A la desilusión estaba
acostumbrada, al desamor también. Por temporadas
le daba remordimientos haber dejado a su ex, pero al rato
se le pasaba. Se estaba acostumbrando a estar sola. Llegó
a pensar que no le importaría mucho si él
dijese que no, el problema era si él decía
que sí. Todo sería perfecto, tal vez se acabara
la larga búsqueda y luego qué. Ya no abría
emoción. No tendría nada que esperar, que
desear. Se acabaría la lucha de sentimientos. Luego
todo sería monótono, y a los tres meses ya
no lo soportaría y rompería con él
antes del cuarto, como lo hizo con su primer enamorado,
el que nunca la besó. Un beso. Eso era lo único
que necesitaba para morir tranquila. Un beso desde el fondo
del corazón y podría morir conociendo el sabor
de un beso de amor verdadero. Pero después qué.
Nada. Por ello decidió irse antes de ver a Julio
y tener otro ataque de indecisión.
Por el camino se lo encontró. Venía por la
misma acera, la saludo y ella respondió con un lánguido
hola, lo besó en la mejilla y se alejó en
dirección a la avenida. Julio la miró contrariado,
mientras sujetaba la bolsa de la encomienda con la mano
derecha y en la izquierda sus llaves. Llegó a su
casa y se sentó a pensar en cómo era posible
de que amara tanto a esa loca que ni cuenta se daba de sus
sentimientos. Mientras comía un sándwich de
pollo hecho en casa, pensaba en ella, mientras veía
la tele, pensaba en sus locuras y en especial en la que
le dio hoy. Ir a su casa como todos los miércoles
y no lograr decirle nada. Lidia otra vez en el ómnibus.
Pensando ahora en si debió o no preguntar. Otra vez.
Otro ataque de indecisión, pero ahora tenía
el aliciente de lo antes meditado. Mejor pensar en que hubiera
dicho no y así le dolería menos la desilusión.
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