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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Alicia Párraga
alicia_parraga@hotmail.com

HEMOS ABIERTO LOS OJOS

Aún soñolienta, porque era de madrugada, exactamente cinco y media, Sara se dirigió a la ducha en busca de un alivio a sus tribulaciones y la pereza que invadía todo su cuerpo y mente. Entró al baño. Hacía mucho frío, encendió la luz y el radio. ¿Música clásica?, bueno esta pieza de Chopin me agrada, además sólo lo tendré encendido antes de entrar a la ducha. Se desnudó con calma, como siempre hacía las cosas. Colocó su toalla, jabón y bata donde siempre. Se aplicó el gel facial para piel grasa, apagó el radio y se introdujo en la ducha. Se lavó el cabello, largo y ondulado, con el shampoo recomendado por su estilista, lo enjuagó y continuó con el reacondicionador, mientras se lavaba el cuerpo. Pero oyó un ruido, mejor dicho varios ruidos.

Sonidos conocidos, almacenados en su mente, pero que no deberían escucharse a esa hora ni en ese lugar. Gritos, autos encendidos, cláxones, aves. Todos los ruidos posibles mezclados en varios segundos de angustia. Los gritos eran de niños, de adultos de ancianos. Eran de alegría, desesperación y pena. Sara se enjuagó rápidamente el cabello. Cerró la ducha y apagó la terma. Se puso la toalla en el cabello y se vistió con la bata. Salió del baño. ¿Abuela?, llamó. ¿Susana?, dijo mientras tocaba la puerta del cuarto de su hermana mayor. La abrió y no estaba. La cama estaba hecha y todo parecía estar en orden, como si no hubiera estado allí hace mucho tiempo, aunque Sara sabía que su hermana regresaba de trabajar tarde y a veces la veía sólo los fines de semana. Se respiraba un aire frío y húmedo, típico de Lima y ella no lograba comprender. Bajó a buscar a sus padres. Mientras lo hacía, el eco producido por sus pasos que era amplificado por el profundo silencio, la asustaba. Encontró la misma escena del cuarto de su hermana.

Miró a la calle, todo en silencio. Encendió la televisión y esperó. Pasaron diez minutos y el televisor no captaba ningún canal, todos estaban en estática. Sara comenzó a impacientarse, ya eran las seis y media, y tenía que ir a la universidad. Apagó el televisor y encendió el radio. Música, música y más música. Todas las emisoras que lograba captar tocaban música clásica, no había voces ni cantos, sólo música. Llamó al celular de su hermana y éste comenzó a sonar, estaba dentro de la casa.

Comenzó a llamar a sus amigos, a sus tíos, a las radios, las televisoras. Por último cogió la guía de teléfono. Nada. Sólo timbraba hasta que se cortaba la llamada. Tomó una decisión. Buscó una maleta y llenó en ella toda la ropa necesaria para cinco días. Su corazón, exaltado, latía cada vez más fuerte. Abrió la refrigeradora, sacó el jamón y el queso. Buscó panes y se hizo la mayor cantidad de sanwiches que pudo. No demasiados porque podrían pudrirse, pensó. Llenó agua en una botella y leche caliente en un termo. Cogió las llaves y salió de casa sin rumbo fijo, pero decidida a no parar hasta encontrar a otro ser humano.

¿Estoy sola?, pensó Sara, mientras caminaba por una pista larga que la llevaba al centro de la cuidad. Cada cierto tramo, se detenía a tocar la puerta de una de las casas o edificios que veía, pero nadie atendía a su llamado. Según su reloj eran las cuatro de la tarde. La hora de almorzar había pasado, pero no se detuvo. Sacó un pan y lo masticó sin entusiasmo. Continuó su recorrido hasta que se oscureció. Busco una casa que tuviera un jardín grande y en él se recostó. Estaba cansada, había caminado todo el día sin ver a otro ser humano y se sentía muy triste. Con esa tristeza que carcome el corazón, que es tan honda que ni siquiera deseas llorar por el dolor que te produce. Se tendió mirando al cielo. Felizmente en esta época del año no hace tanto frío de noche, dijo, mientras se cubría con la frazada gruesa que llevó por si acaso.

Su sueño fue profundo. Estaba tan cansada que se durmió hasta las diez. Al despertar y ver la hora, se desperezó y comió otro pan, tomó algo de leche y siguió caminando. Prendió su walkman para sentirse acompañada por la música, aunque la clásica no era su favorita, pero al intentar oír los cassettes y cd´s, no escuchó más que ruidos distorsionados y prefirió dejarlos, también porque sus pilas se gastarían de inmediato. Su rostro sin maquillaje era igual de armonioso. Tenía unos ojos místicos, como si hubiera nacido en el Oriente, con pestañas largas y abundantes, pero era limeñísima. Sus labios eran serios pero siempre dispuestos a esbozar una sonrisa.

Delgada, alta y agraciada, Sara era un ángel. Era de esas personas que hacen todo por los demás sin esperar recompensa. Sólo tenía un problema. A veces le daban unos ataques existenciales en los que sentía que en el mundo no era indispensable. Que si desaparecía, no lloraría ni el perico del vecino por su ausencia. Se sentía no querida ni apreciada porque no había quien la abrace ni le diga ´te amo´. Ese era su problema, se sentía sola. Y cuando comenzaba ponerse así no había palabra que la animase ni gente que la alegrase. Nada. Era imposible.

Aquel día en que se inició todo, había comenzado a sentirse así y ahora estaba realmente sola. Mientras caminaba sin rumbo claro se preguntaba ¿por qué yo?. Así pasaron varios días, ocupándose en unos jardines, durmiendo en otros. Tocando puertas incansablemente, gastando el agua y la leche para beber, sacando el agua de algunas casas con caño hacia afuera para lavarse, porque no soportaba estar sucia. Hasta que se acabó la comida que tenía.

Comenzó a sentirse miserable. Absurda. Tonta. Inexistente, porque si no tenía con quien hablar, ¿para qué vivir?, meditaba. Miró a su alrededor. Nada. Nada. Ni un ser humano, ave, perro o algún ser vivo además de ella. Había llegado a un puente. Se sentó en el borde y lloró. Lloró por horas sin querer detenerse hasta morir seca y sin lágrimas, No sabía exactamente cuanto tiempo había estado sin comer, dos o tres días, cuando despertó.

Le dolía el estómago y se lamentó de no haber muerto dormida, porque ahora tendría que terminar con su vida. Se lavó la cara con los últimos mililitros de agua que logró sacar de un caño de jardín. Se apoyó en la baranda del puente y miró hacia abajo. Vértigo. ¿Arrepentimiento?, nunca. Quiso llorar pero ya no tenia lagrimas, Es mejor, dijo. Apoyada en un poste logró subir y sentarse en la baranda. Cerró los ojos y se encomendó a Dios pidiendo perdón por lo que haría.

Por última vez vio el mundo, pero esta vez notó algo diferente. A lo lejos distinguió una figura que se movía, parecía ser un humano. Despacio, bajó del borde del puente. Dios, estoy alucinando, debe ser el calor. Pero la figura se vislumbraba cada vez más clara y humana. Era un hombre. Sara caminó hacia él hasta que logró distinguir sus rasgos. Era alto, de cabellos negros y con rizos. Ojos enormes y brillantes. Vio en ellos la desolación y el cansancio que debían tener los suyos. Es simpático, pensó, Me parece haberlo visto antes, pero...

Se detuvo. Él la miraba como preguntándose lo mismo. La conozco, pero de dónde y hace cuánto. Sintió un impulso y comenzó a caminar más rápido. Sara hizo lo mismo. Ese caminar se convirtió en trote y luego corrieron ambos. Uno al encuentro del otro, como si un imán fuertísimo los atrajera. Se abrazaron en un sueño eterno. ¿Quién eres?, preguntó Sara. La única respuesta fue un beso. Un beso largo y pausado, el que Sara no deseaba terminar. Él no respondió con un nombre sino que dijo las palabras que Sara siempre deseaba oír, Te amo, dijo con convicción el desconocido y Sara rompió a llorar. Él la besó nuevamente para calmar su llanto. Mientras lo hacía comenzó a oír ruidos, ruidos que le parecían lejanos y ajenos, pero que estaban produciéndose a unos metros de ellos. Sara abrió los ojos y vio que había gente, tráfico, aves, perros. Todo estaba allí de nuevo. Miró al desconocido y comenzó a reír a carcajadas fuertes y llenas de alegría. La gente que pasaba por el puente la miraba extrañada. Debe estar loca. Le pidió matrimonio. ¿Estará embarazada?, comentaban al pasar. Todo está como antes, dijo Sara al desconocido. Él respondió, Sólo hemos abierto los ojos, estábamos lejos pero nos veíamos en sueños. Ahora que nos encontramos, todo es real y nunca los volveré a cerrar porque no quiero dejar de verte. Si no desaparecían ellos no te hubiese encontrado y ya no estaría aquí, respondió Sara.

AL ABRIR LOS OJOS

Aquella mañana me desperté con ese presentimiento que desconsolaba mi vida desde hace un tiempo. Las noches eran cortas y nerviosas, tensas en la espera de dejar de sentir ese raro sentimiento. Era una percepción de la vacuidad que, análogamente, llenaba todos mis sentidos. La mezcla de emociones era rarísima y perfecta, pero aún no lograba acostumbrarme a ella. Tenía náuseas, mareos, no comía. A veces lloraba por nada, sólo lloraba.

Bajé como siempre algo tarde a desayunar. Conté lo que sucedía a mi madre y esta me miró con ojos extrañados, pero ahora era distinto porque ella también lo sentía. Lo vi en sus ojos que prácticamente se salían de sus órbitas diciéndome que no pensara en ello, como acusándome de haberla atraído. Antes se había mostrado renuente a creer que algo así existiera pero ahora se estaba dejando absorber por el pánico, sentía esa presencia. Todas las mañanas, desde hace unos meses, dos o tres, podía oírse ese ruido por toda la casa, por cada ambiente por el que yo circulaba, a través de cada pared y dentro de cada puerta. Mientras servíamos el café o hervía el agua, mientras me vestía o caminaba por mi casa. Era sordo, desgarrador, enloquecedor, algo así como un lamento mezclado con una golpiza. Era escalofriante. El ruido estaba acompañado por una presencia, algo inexistente que estaba allí, que cargaba el aire de mi habitación y lo volvía irrespirable. Era como un cúmulo de energía, entre negativa y positiva. Era como promesas rotas, era como infelicidad, como pesadillas, pero a la vez ternura y cuidados. Sólo puedo decir que era raro y casi imposible.

Mi madre buscaba como distraernos, para evitar oír el ruido, que sonaba como un martilleo en nuestros cerebros. No era fácil porque ella nunca sabía como conducirse en casos extremos. Lo único que atinó fue leer el periódico y comentarme las noticias. Luego sonrió y me dijo "ve a la escuela".

Salí algo molesta porque mi madre nunca encontraba soluciones muy útiles para los problemas que se nos presentaban, es algo que siempre lamentaré no haber podido reparar. Cerré la puerta de mi casa y caminé a la avenida, tomé el bus y llegué a la escuela. Ese día fue diferente, sólo eso puedo decir. Todo me fue bien mientras estuve lejos de mi casa y el día transcurrió con celeridad. Una vez que me encontré nuevamente entre las calles cercanas a ella, todo volvió a ser denso, tan cargado de esa energía rara que parecía seguirme mientras estuviese cerca de ella. Mi madre me recibió con una mirada vacía, diferente, con una mirada casi como hubiese mirado aquel ente que habitaba mi casa.

Oscureció rápido mientras hacía mis tareas y decidí dormir temprano, acto que ya era normal en mí desde que comencé a sentir esos malestares y el miedo que acompañaban al ente. El miedo estaba cobrando mucha importancia en mi vida, sobretodo al llegar la noche.

Abrí la puerta de mi habitación. En ella sentía más frío que en el pasadizo que estaba a centímetros de la misma. La cortina cerrada impedía el paso del más mínimo rayo de luz. La habitación estaba más oscura que nunca. No deseaba entrar, ya no, pero algo me llamó la atención, un reflejo en la oscuridad. No sabía que era pero deseaba saberlo a pesar del terror que acompañaba mi duda.

Entré. Palpé la pared buscando el interruptor pero este no encendía la luz. A oscuras, decidí buscar la cuerda que abría la cortina dejando entrar al fin algo de luz. De espaldas al resto de la habitación, lo sentí. Era una respiración agitada, un gemido entrecortado. Comencé a sentir una presión en el pecho. El miedo, un miedo que no tenía principio ni fin, me guiaba por sus enrevesados caminos.

Dejé de oír, deje de respirar. Sólo yo, esa respiración y el pavor que casi me había congelado. De mi mano derecha cayó la cuerda de la cortina. Mi mano estaba inerte, así como el resto de mi cuerpo. Comencé a girar cogiendo el poco valor que aún tenía dentro. La atmósfera de mi habitación era opresiva. Tenía los ojos cerrados, mis labios trataban de hilvanar una oración, pero no se movían, no hallaba pensamiento posible.

Logré voltear todo mi cuerpo. Abrí los ojos violentamente y lo vi. Fue como un sueño. Vi mi cuerpo caer, desplomarse como un trozo de seda, como un títere al que le han cortado las cuerdas. Mi corazón no latía o ya ni podía sentirlo latir. Me vi caer y lloré. Aquel ente que por tanto tiempo me persiguió, ahora esbozaba una sonrisa macabra, mortal, que no existía pero lograba imaginar.

Antes de caer había visto su rostro. Era nada y era todo, era profundo y sin fin. La había visto, sí a la muerte me refiero, pero ahora estoy feliz, sin miedo y mi madre está conmigo
.

UN RUMOR EN NEGATIVO

Se acercó. Su mirada se mantenía firme en el vacío, pero su subconsciente conocía el lugar al que se dirigían sus pasos. Gabriela había llegado temprano ese día a la universidad sin presagiar el cambio que tendría su vida. Ximena, su mejor amiga, había interrogado a la mayoría de los alumnos del aula sobre los sentimientos de Mario hacia cualquier chica de la universidad, esperaba que las respuestas dijeran su nombre, pero lamentablemente nadie la mencionó, en cambio, todos mencionaban a Gabriela. Algo pasmada por la noticia, Ximena decidió contárselo a Gaby, que hace mucho esperaba el amor, un amor verdadero.

Gabriela caminaba con los cuadernos sostenidos sobre el pecho en forma de cruz, apretados tan fuerte que sus senos casi desaparecían ante la presión. Su lacia cabellera castaña permanecía inerte ante la noticia. Sus enormes ojos color miel ya no sabían donde mirar. Comenzó a sentir que le faltaba el aire, que en cualquier momento le comenzaría un ataque de asma. Sus nervios no podían dilatarse más y sus labios se destrozaban poco a poco por la forma compulsiva en que los mordía. A unos metros de Mario, se detuvo. Para qué continuar. No tenía sentido continuar basándose sólo en un rumor, tal vez mal infundado que llegó a oídos de su amiga.

Se dio vuelta. Pensó. Y si es cierto, vale la pena intentarlo. Ubicó a lo lejos los ojos de Ximena y ésta le sonrió para darle ánimos. Sin duda era una buena amiga, dejar al chico que le gusta sólo para que su amiga tiente la opción de conocer el amor. Volteó nuevamente, ahora con más ímpetus y aires de triunfo, pero esta vez se encontró con la mirada de Mario. La había estado observando desde que se volteó para regresarse por donde vino. Eso la intimidó. Se acercaba mirándola a los ojos de los que ella no podía huir. ¡Trágame tierra!, ahora qué. Mario sonreía con esos dientes blancos y perfectos. A Gabriela le sonaba todo. El estómago, ese peculiar ruido de hambre. Los conejos de la espalda, los pies. Las manos no dejaban de transpirarle. Tenía la garganta seca. Ella no estaba roja como siempre que se ponía nerviosa, esta vez estaba más blanca que un papel y eso alteró la marcha de Mario, acelerándola. Gaby apenas se mantenía en pie y sentía que con la primera palabra se caería y perdería el conocimiento. ¡Qué vergüenza!... desmayarte, no.

Horas en el tiempo de Gabriela fueron sólo segundos en el de Mario, que con rostro preocupado no apartaba sus ojos de los de ella. ¿Qué tienes?. Espero resulte, pensó Ximena. Gripe, contestó Gabriela, para justificar su palidez y los escalofríos. ¿Es verdad?, preguntó Gabriela. ¿Qué?, eso debería preguntarlo yo, dijo Mario, ¿me amas?. La sola pregunta le devolvió el alma al cuerpo y Gabriela se sintió renovada. Apenas lograba respirar y en medio de la confusión logró articular un tenue sí.

El abrazo de Mario estuvo a punto de ahogarla y poco faltó para que desista de haber aceptado, pero segundos después se sentía otra. Otra vez enamorada, pero esta vez iba en serio. El momento definitivo se acercaba. Nuevamente le faltaba el aire y sentía la presión en el pecho. Con la boca cerrada o abierta, ¿cómo lo hacen en las novelas?, me he fijado mucho pero no logro comprender cómo. Mientras pensaba, Mario había tomado su mentón con la mano y casi lograba sentir su aliento. Me dejaré llevar, pensó Gaby. Le faltaba el aire, ahora porque la boca de Mario estaba en contacto con la suya.

El beso duró unos quince segundos, para Gabriela una eternidad perfecta. Cuando por fin logró abrir los ojos y respirar se sentía en lo más alto de la felicidad, se sentía realizada y todo era como un cuadro, estático y matizado de colores. Mario le dijo entonces, Yo no. Una risa algo estúpida escapó de los labios de Gabriela, mientras Mario la soltaba y esbozaba una sonrisa de conquistador. Gabriela comenzó a reír cada vez más fuerte, más y más fuerte. Mario se alejó. Gabriela comenzó a sentir otra vez la presión en el pecho. Es la emoción, se dijo. Cada vez dolía más. Se desplomó. Ximena corrió, comprendió lo ocurrido. Gabriela sangraba por la boca. Había muerto con el corazón roto.

MALA COSTUMBRE

Como todos lo miércoles a las cinco de la tarde y como se le estaba haciendo costumbre, Lidia se dirigió a la avenida, que estaba a unas ocho cuadras de su casa, por la que pasaban los ómnibuses que la llevaban hacia donde siempre quería estar, donde estaba él, Julio.

Sabía que lo sentía era demasiado extraño y no correspondido, bueno, eso pensaba. Lo conocía hace casi dos años y antes no se fijaba mucho en su existencia, en verdad lo único que le atraía de él eran sus ojos, de enorme tamaño y pestañas largas, los que siempre te miraban de manera sincera y a la vez agresiva, pero que no rehusaba a mirar por nada del mundo, ni tampoco apartaba la vista cuando él miraba dentro de los suyos, tratando de intuir por qué le hablaba así, por qué lo miraba así.

Tal vez Julio ya lo sabía, por simple deducción o porque alguno de sus amigos había notado la extraña relación que ellos dos tenían, no se podía negar que eran muy buenos amigos, se contaban todo. A pesar de ello, siempre discutían por todo, pero ella siempre encontraba el modo de amistarse, porque no soportaba estar peleada con él. Lidia escribía cuentos y poemas, los que siempre pasaban por el ojo crítico de Julio, su mejor amigo. Ella era partidaria de que entre hombre y mujer no existía amistad verdadera, pues del lado del hombre, generalmente, se sacaba siempre cierto provecho de la amiga, y la amistad quedaba un poco de lado.

Por ello, su primer enamorado había sido un amigo al cual le dio demasiada cabida en ese corazón ávido de amor, porque una de sus virtudes era la de ser muy pródiga de amor, pero su necesidad principal era también la de ser amada, la de que le restituyan todo aquello que ella daba a otros. Su néctar de vida era el que algún día hallaría al hombre de su vida. Debido a esto, todo amigo nuevo que tuviera tenía que pasar en algún momento y forma por lo más profundo de su corazón, donde el cofre del amor tenía cerrada la puerta con llave y cada afortunado amigo ostentaba la posibilidad de tentar en una o varias oportunidades con la llave que poseía, si podía abrirla y ser finalmente el dueño de su corazón. Porque Lidia se perdía en sus pensamientos y en sus sueños, que sólo desahogaba en sus cuentos, venidos en momentos de éxtasis literario y que sólo se animaba a plasmar en hojas cuando realmente estaba inspirada.

La inspiración se le había perdido en un nombre ahora, Julio, era en lo que pensaba, por lo que respiraba y vivía, en fin era su actual concursante con la oportunidad de abrir el cofre. Cuando ella se ilusionaba, lo hacía de todo corazón, ponía todo en ello y la caída dolía mucho, pero ya se estaba acostumbrando a las desilusiones. Bajó del ómnibus, caminó las cuatro cuadras respectivas, presionó el botón y esperó. Una voz de mujer adulta le contestó que Julio había salido un momento a comprar y decidió esperar afuera, para que el mismo le abriera la puerta. Lidia pensaba acabar con la duda, quería de una vez que el probara suerte con la llave, pero ella sabía que nunca lo haría porque ella era para Julio sólo una buena amiga, porque nunca se fijaría en ella como otra cosa.

Mientras esperaba a Julio imaginó como sería si él dijera que no. A la desilusión estaba acostumbrada, al desamor también. Por temporadas le daba remordimientos haber dejado a su ex, pero al rato se le pasaba. Se estaba acostumbrando a estar sola. Llegó a pensar que no le importaría mucho si él dijese que no, el problema era si él decía que sí. Todo sería perfecto, tal vez se acabara la larga búsqueda y luego qué. Ya no abría emoción. No tendría nada que esperar, que desear. Se acabaría la lucha de sentimientos. Luego todo sería monótono, y a los tres meses ya no lo soportaría y rompería con él antes del cuarto, como lo hizo con su primer enamorado, el que nunca la besó. Un beso. Eso era lo único que necesitaba para morir tranquila. Un beso desde el fondo del corazón y podría morir conociendo el sabor de un beso de amor verdadero. Pero después qué. Nada. Por ello decidió irse antes de ver a Julio y tener otro ataque de indecisión.

Por el camino se lo encontró. Venía por la misma acera, la saludo y ella respondió con un lánguido hola, lo besó en la mejilla y se alejó en dirección a la avenida. Julio la miró contrariado, mientras sujetaba la bolsa de la encomienda con la mano derecha y en la izquierda sus llaves. Llegó a su casa y se sentó a pensar en cómo era posible de que amara tanto a esa loca que ni cuenta se daba de sus sentimientos. Mientras comía un sándwich de pollo hecho en casa, pensaba en ella, mientras veía la tele, pensaba en sus locuras y en especial en la que le dio hoy. Ir a su casa como todos los miércoles y no lograr decirle nada. Lidia otra vez en el ómnibus. Pensando ahora en si debió o no preguntar. Otra vez. Otro ataque de indecisión, pero ahora tenía el aliciente de lo antes meditado. Mejor pensar en que hubiera dicho no y así le dolería menos la desilusión.

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