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  Guías culturales

ENSAYOS


Por Álvaro Zatón Romón


EL PANTEÓN DE HOMBRES ILUSTRES DE MADRID

Tras cruzar la bella verja de hierro, que rodea el recinto, nos encontramos ante la escalinata que nos lleva frente a la puerta del Panteón de Hombres Ilustres. Desde el exterior observamos un magnífico edificio de planta cuadrada con rojizas cúpulas adornadas con motivos geométricos plateados. Su estilo neobizantino recrea la arquitectura medieval italiana. Sobre el dintel de su puerta, en su tímpano, el escudo de España, engalanado con el toisón de oro y la corona, nos saluda y nos recuerda que nos hayamos ante un edificio real construido para dar cabida en su interior a los sepulcros de personalidades de la vida política del siglo XIX y XX.
Cruzando el umbral, entramos en el edificio mediante el pequeño zaguán que lo comunica con el mundo exterior. En el zaguán, bajo un cielo estrellado hecho con teselas de cristal y oro encontramos en las paredes, sobre un fondo crema, tres cartelas de inspiración romana adornadas con guirnaldas de laurel. Cada una nos recuerda los valores meritorios que poseyeron los que aquí yacen:
Heroísmo, Lealtad y Honor

Ante nosotros otra puerta; en su tímpano apuntado aparece un mosaico representando una cruz latina, rodeada de motivos vegetales, nos recuerda que nos encontramos en un lugar sagrado. Como curiosidad, podemos mencionar que estos mosaicos fueron realizados mediante la técnica veneciana. Según la cuál, las teselas se colocan sobre una superficie, configurando el dibujo, para posteriormente pegarlas sobre un papel y así transferirlo completamente al muro, previamente tratado con el mortero.

Nada más entrar en la galería arqueada nos atrae la luz que se filtra tras las vidrieras procedente del jardín interior, pero abstraemos nuestra curiosidad y comenzamos nuestro itinerario por el sepulcro de Práxedes Mateo Sagasta, que se encuentra a nuestra izquierda. El bello grupo escultórico de mármol blanco, obra de Mariano Benlliure en 1904 se eleva sobre un podium rectangular de cinco alturas. Las esculturas que a tamaño natural lo adornan, se distribuyen sobre las diferentes alturas a lo largo del mismo. En el eje central del conjunto, vemos la figura yacente de Sagasta cubierto parcialmente por el manto de la muerte, sobre el que está bordado el escudo de los Borbones, como si incluso después de su fallecimiento su recuerdo permaneciera presente. Vestido con levita, ostenta en su pecho el toisón de oro, símbolo de la alta jerarquía que alcanzó en su vida política. Cabe destacar la maestría en el tratamiento de las puntillas del almohadón donde reposa su cabeza, así como el realismo de sus facciones.

En la cabecera del sepulcro, sobresaliendo a las demás, está sentada una figura femenina, la Historia, en actitud de cerrar el libro de la época que termina con la muerte de este gran hombre, pues todavía conserva entre sus dedos su utensilio de escritura. La Historia, que unas cosas aclara y otras oculta, se nos aparece semidesnuda únicamente adornada con una corona de hiedra sobre su pelo recogido. La hiedra, como planta perenne y difícil de desarraigar sin un gran esfuerzo, simboliza la inmortalidad después de la muerte como tributo de la Historia. A sus pies, el pueblo representado por un joven obrero, por el que tanto luchó Sagasta. El joven, vestido con un amplio blusón, pantalones de paño y alpargatas, apoya la cabeza sobre su mano izquierda en actitud pensativa y melancólica; mientras su brazo descansa en los evangelios, emblema de la verdad. Su mano derecha sostiene una espada, símbolo de la justicia, en cuya empuñadura aparece la balanza como sinónimo de igualdad. Una rama de olivo cubre la hoja de la espada representando la paz. En los laterales del túmulo aparecen grabados años importantes en la vida política de Sagasta. En el costado derecho, flanqueando el símbolo del poder ejecutivo, las fasces, aparecen los años 1859, año en el que ya como miembro de las Cortes españolas Sagasta es considerado jefe del partido progresista, y el año 1868, en el que tras su exilio de dos años en Francia, regresa a España y se incorpora al Gobierno provisional como Ministro de Gobernación. También, como buen riojano, se aprecia el escudo de Logroño, caracterizado por el puente fortificado de cuatro arcos y sus tres torres. Todo este costado se engalana con flores esculpidas en el mármol. Violetas, símbolo de la humildad y la modestia; azucenas, emblema de la pureza de espíritu; laurel, gloria de los héroes, y hiedra, inmortalidad de la memoria. El otro costado se distribuye de la misma manera. En el centro la corona de España, a quien servía, y en sus lados las fechas 1886 y 1902. El año 1886, hace referencia al año en que consiguió el sufragio universal y la ley de asociaciones, y 1902, remarca el momento en el que finaliza su vida política, muriendo un año más tarde a la edad de 77 años. En el extremo, el escudo de España. Este costado se encuentra bordeado por laureles, azucenas, hojas y frutos de la encina, emblema de la fortaleza de espíritu, y olivos, símbolo de la paz.

Continuamos nuestra visita dejando atrás a Sagasta y nos topamos de frente con la tumba de Eduardo Dato, situada bajo la cúpula sur del panteón. Con un rápido gesto levantamos la mirada hacia el techo de la bóveda donde se simula una arquería abierta hacia el cielo raso, en el que revolotean unas palomas que portan en sus picos una banderola en la que se lee “ honor y paz”. En las esquinas de la cúpula, pechinas, se representan ramos de palmas, emblema de victoria, fama y triunfo sobre la muerte. Esculpidos en las pilastras, los escudos de los reinos medievales festonados con lazadas en señal de duelo.

Bajo estas nobles insignias descansan los restos de Eduardo Dato. Su tumba, al igual que la de Sagasta, se distribuye a lo largo de la figura yacente en su eje central y se eleva sobre un pedestal. En la cabecera una elegante figura de mujer enlutada eleva la cruz en alto como alegoría de la fe. A los pies de la urna dos angelitos flanquean el escudo de España engalanado con guirnaldas de laurel. En el lateral izquierdo de la urna aparecen las siguientes inscripciones: “ Eduardo Dato vivió para la patria murió por ella. Nació el 12 de agosto de 1862”, éstas se aclaran con las del lado derecho: “Asesinado el 8 de marzo de 1921 siendo Presidente del Consejo de Ministros y jefe del Partido Liberal Conservador”. Hace referencia al hecho de que fuera abatido por más de veinte disparos cuando salía de su despacho por un activista anárquico, Pedro Mateu. Ambos costados se engalanan con sendas plumas, símbolo de la volatilidad de la vida, enlazadas con crespones negros.
Como curiosidad, se observan las firmas de sus autores. Tras la figura femenina, parte inferior, “ Mir y Ferrero fundidores Madrid” y en la cabecera, bajo el cojín, el autor, “Benlliure”.

Entramos en la galería sur del panteón y nos encontramos con el sepulcro mural en mármol blanco, con abundantes elementos decorativos pintados en dorado, de Antonio de los Ríos y Rosas. Realizado por el artista catalán Pedro Estany, presenta una marcada tendencia modernista, especialmente notable en la factura de los pebeteros, los adornos florales y las referencias arquitectónicas. El mausoleo se eleva sobre tres escalones a cuyos lados unos pebeteros apagados deberían contener la “flama eterna” como símbolo memorial. Sobre un basamento de mármol se eleva el sarcófago del difunto, en bronce con decoración floral de damasquinados en oro. Dichas flores que recubren todo el féretro son mayoritariamente muguetes, que por ser una de las primeras flores que nacen ante la llegada de la primavera, son consideradas símbolo del advenimiento de Jesús y por tanto de la resurrección de las almas. Destaca en el frontal la calavera con los huesos, y en el lateral el reloj de arena alado, ambos símbolos de la fugacidad de la vida y la muerte.
Tendida sobre el ataúd una mujer, la patria, llora desconsoladamente la muerte de Ríos Rosas, depositando sobre él un ramito de rosas, en alusión a su apellido. Mientras un ángel, que parece flotar por el aire, ofrece una rama de laurel al busto del difunto que, a su vez se encuentra enmarcado por una corona festonada en señal de duelo. El busto del político y embajador ostenta el toisón de oro pero despojado del collar y sustituido por una cinta roja, empleada para actos de menor etiqueta. Bajo el mismo una losa presenta la siguiente inscripción: “ A la memoria del Excmo. Sr. D. Antonio de los Ríos y Rosas. El Congreso de los diputados siendo Presidente el Excmo. Sr. D. Francisco Román Robledo. MDCCCCV”. Sobre el friso rodeado de laureles dos parejas de ángeles se consuelan mutuamente ante el fallecimiento de tan ilustre persona.
En este caso, como curiosidad, podemos indicar que se aprecia la firma del autor a los pies de la plañidera: ”P. Estany”. Además, en la obra se observa con un anacronismo pues los años situados en las pilastras laterales no corresponden enteramente con los años de vida de D. Antonio Ríos Rosas, ya que no nació en Málaga en 1808 sino en 1812

Junto a la tumba de D. Antonio de los Ríos Rosas encontramos la de otro ilustre malagueño, Antonio Cánovas del Castillo. Su sepulcro, en forma de retablo adosado al muro, en mármol blanco, fue realizado por Agustín Querol en 1906. El monumento, de un marcado estilo modernista, presenta algunas indefiniciones simbólicas que trataremos posteriormente. A la hora de analizar la obra la podemos diferenciar en dos secciones, ambas elevadas mediante unos peldaños: el sarcófago y el mural de fondo. El sarcófago está ornamentado con seis hornacinas de arco de medio punto. Una a una las hornacinas acogen las alegorías de las virtudes que poseyó el difunto. ( De izquierda a derecha) Templanza, Sabiduría, Justicia, Elocuencia, Prudencia y Constancia.
La Templanza, se relaciona con la reflexión y la simetría. Aunque sus atributos tradicionales son las vasijas de las que vierte agua de una a otra, en este caso el artista no ha empleado sus atributos más convencionales a favor de los primeros. Así, vemos cómo la figura adquiere una expresión reflexiva mientras de manera simétrica cruza sus brazos. A su lado en la hornacina adyacente, la Sabiduría coronada con laurel, se dedica al estudio, su principal ocupación. Mientras, la Justicia con actitud solemne, parece dictar sentencia sosteniendo en su mano la espada, su principal atributo. La Elocuencia, principal característica de la oratoria, presenta una pose muy expresiva en lo que parece ser un discurso. A su lado descansan los libros de donde ha adquirido sus conocimientos. La última alegoría del frontal es la Prudencia. Su aspecto presenta un sentimiento melancólico y pensativo, su principal característica. En el lateral del sepulcro, semioculta pero preferente, aparece la Constancia, virtud subyacente en las demás pero no secundaria. La Constancia aparece provista de una guadaña preparada para recoger los frutos de su trabajo. En la esquina, un pergamino recoge la leyenda: “ Pro Patria”, haciendo referencia a su labor a favor de España por parte de D. Antonio Cánovas del Castillo. Todas las hornacinas están decoradas por lirios, aunque se desconoce su color. Si fueran blancos, tal y como es el mármol, aludirían a la pureza y la bondad del yacente; si fueran azules, harían referencia al sentimiento de dolor por la muerte de un ser querido; mientras que si fueran rojos, nos recordarían la pasión de Cristo, como trance doloroso antes de su ascensión al cielo.
Sobre la urna yace la estatua que representa al difunto, el cuál aparece condecorado con el toisón de oro, sujetando en su mano izquierda un crucifijo. Salpicando su cuerpo aparecen algunas rosas, atributo de las almas benditas, y los ángeles. (Posteriormente analizaremos de donde proceden estas flores que lo salpican).
Cabe destacar el realismo y detallismo de la escultura ( pliegues de la mortaja, las puntillas, sus facciones, etc.). A su lado, en la cabecera, una mujer, que simboliza la patria, llora mientras otras dos figuras femeninas encuadran la composición. Nos hayamos ante la primera indefinición simbólica.

Si bien la figura de la derecha es más claramente definible como la Historia por su atributo del libro, tal y como indica el cartel explicativo del monumento; la otra figura, definida como el Arte no es tan clara puesto que carece de atributos característicos, tales como los pinceles, el cincel, el compás, instrumentos musicales, libros, etc. Al ser una figura alada y coronada con rosas, corona típica del reino celestial, podemos deducir que se trata de un ángel que porta un ramillete y una corona de laurel para el difunto, símbolo de su gloria y su fama. En bajo-relieve sobre las pilastras que enmarcan el sepulcro aparecen esculpidas hojas de palma, símbolo de victoria, fama y triunfo. Bajo la pilastra derecha, esculpido en la misma, un pebetero encendido como símbolo memorial de la fama del difunto y, bajo éste, otra corona de rosas y otra palma. Todos estos símbolos refuerzan así la figura anterior tratada como la gloria. No podemos dejar de observar los laterales de las pilastras, visibles pero casi nunca vistos, donde encontramos las iniciales del difunto, un búho y un reloj de arena, éstos últimos símbolos de muerte, junto con más lirios.

Por último el mural de fondo. Éste aparece coronado por una cruz flanqueada por dos ángeles melancólicos por la muerte de Canovas. Bajo ellos, aparece el nombre del difunto y, junto a éste, la fecha de su nacimiento y su muerte. Con el mural nos hayamos ante la segunda indefinición simbólica ya que, según el cartel explicativo, el mural representa a “Cristo resucitado rodeado de plañideras y figuras asombradas ante su aparición”. Si bien es cierto que alrededor de la figura central (¿Cristo?) encontramos múltiples plañideras que lloran la muerte del difunto. No es posible que esta figura sea Cristo resucitado puesto que presenta pecho, ausencia de barba, faltan sus atributos ( cruz, corona de espinas, etc.) y parece poseer alas. Este ángel recoge a su lado a una mujer que suelta sus rosas, símbolo mencionado anteriormente como atributo de ángeles y almas benditas. (Serán éstas las rosas que salpican el cuerpo del difunto). Al otro extremo del ángel otra figura porta el cáliz con la ostia. Ésta sí es la presencia de Cristo como emblema de la resurrección y de la vida eterna. A sus pies un capitel derruido evoca la fugacidad de la vida terrenal, mientras que una arquitectura casi velada en el horizonte representa el reino celestial, su futura morada. Todo esto tiene lugar durante la salida del sol que ilumina la escena.

Tras nosotros se encuentra la puerta que nos conduce al jardín central. Cruzándolo y dejando tras nuestros pasos otros monumentos llegamos a la galería norte, donde encontramos dos sepulturas más.

La primera corresponde a D. Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, primer marqués del Duero (1806 – 1874). Este bello sepulcro mural esta bordeado por una barandilla metálica que delimita el perímetro del monumento funerario de este héroe de las guerras carlistas. Una de las primeras figuras que atraen nuestra atención es la lápida arqueada de piedra caliza roja que destaca por su color sobre el mármol blanco. Sobre ella aparece esculpido un león guardián que protege la urna del difunto. El león no sólo es símbolo de bravura y valentía, atributos que el difunto mostró en sus hazañas, sino que, además, representa simbólicamente diferentes aspectos de Jesucristo. El león borra su rastro con la cola, tal y como hizo Jesús, que siendo enviado por su padre mantuvo oculta su divinidad. Según se creía, el león duerme con los ojos abiertos, de la misma manera que Cristo duerme en su muerte. Por último, también se pensaba que los cachorros del león nacían muertos, hasta que pasados tres días su padre les devolvía a la vida soplándoles en el hocico. Por lo tanto, deducimos del relieve que es Cristo quien protege y vela el sueño eterno del difunto. A lo largo del monumento encontraremos más representaciones de leones guardianes. Destacamos cómo se aprecia la firma de artista, Arturo Mélida, en el lateral superior izquierdo de esta lápida. Rodeándola en su parte superior, una cenefa de hiedra, atributo de la inmortalidad. Destaca la perfección de sus hojas idénticas similares a estrellas de cinco puntas. Esta estrella reaparece en la clave del arco junto a una urna alada. Este tipo de estrella, aparte de sus connotaciones mágicas, es símbolo de las cinco llagas de Cristo, y eminentemente cristiana. Por lo tanto observamos un paralelismo con la lápida situada bajo ella ( urna más Cristo).
El sepulcro aparece flanqueado por dos pilastras de abundante decoración. Una visión más exhaustiva desvela cómo lo que creíamos columnas acanaladas adosadas al arco son realmente representaciones de cañones, volviendo a hacer referencia al carácter heroico y militar del difunto. En su parte inferior, recoge cada uno de ellos, respectivamente, las letras griegas Alfa y Omega, símbolos de Cristo. “Yo soy el Alfa y la Omega”. A su lado, en cada columna, un búho con las alas extendidas vuelve a recordarnos la fugacidad de la vida, ya que este animal nocturno es uno de los múltiples símbolos de la muerte. Siguiendo los cañones a lo largo del mismo, vemos los anclajes de unión a la estructura de madera del cañón, así como símbolos marítimos (peces y conchas) de sus victorias navales. Las conchas también hacen alusión al apellido familiar de D. Manuel. Asimismo, la columna de la izquierda aparece engalanada con ramas de laurel, símbolo de la victoria por sus conquistas militares, mientras que la de la derecha se engalana con ramas de encina, emblema de la fortaleza. Sobre la boca de los cañones dos pequeños salientes recogen a cada lado tres estrellas de seis puntas, galardón militar propio del capitán del ejercito de tierra español, cargo que ostentó D. Manuel Gutiérrez de la Concha. Sobre estos salientes, tal y como indicamos anteriormente, reaparece la figura del león guardián.
En la parte exterior del arco, a lo largo del mismo, aparecen los nombres de las batallas en las que destacó, y en su parte interior, el año de cada una de ellas junto con la fecha de su nacimiento y muerte. Cabe destacar la clave del arco, en su parte interior, donde se aprecia una llave acompañada por una banderola en la que se lee “Bilbao”. Esta llave hace referencia a la liberación de Bilbao en 1874 por parte del ejército republicano liderado por el Capitán Gutiérrez de la Concha.
Bajo el arco se cobija la figura del genio de la guerra, caracterizado con su casco. A su lado descasan una sucesión de armas y una pareja de escudos ( defensa y ataque). El genio con actitud melancólica y pensativa, ante la perdida del capitán, sostiene en su mano un medallón con su efigie. A sus pies cabe destacar la figura de un carnero. Éste hace alusión, al igual que el que aparece en el toisón de oro, al vellocino de oro de la mitología griega según la cual Jasón debía conseguirlo para demostrar su valía y conseguir así el trono de Yalcos. Tras la figura del genio, la pared aparece salpicada de conchas, procedentes de su escudo, junto con una placa: “ al primer marqués del Duero”.Sí, nuestro héroe consiguió ese honor al recibir la orden en 1847 de encabezar una expedición a Portugal para ayudar a mantener el gobierno de la reina María II de Portugal, convirtiéndose así en un grande de España de primera categoría. Es por ello que, un poco más arriba dos grifos sostienen el recién creado escudo del marqués del Duero con la corona de marqués y el toisón de oro.

A poco más de un metro se encuentra la tumba exenta de José Canalejas (1854-1912). Llama la atención la composición excepcional de este sepulcro, ya que no responde a los cánones habituales, en los que el difunto se representa tumbado sobre un lecho, o de manera mural con medallones de la efigie del difunto. La tumba de gran belleza a pesar de su simplicidad representa a tres figuras, dos hombres y una mujer, que trasladan el cuerpo del difunto a una cripta subterránea. El cuerpo, del que solo se aprecia la cabeza, está cubierto por uno fino lienzo que le servirá de mortaja. Esta escena tiene lugar sobre un falso podium, ya que no eleva el conjunto, sino que sirve para dar profundidad y mayor teatralidad a las figuras. Su autor, Mariano Benlliure, ha sabido captar con gran maestría el peso muerto del cuerpo, así como la tensión de los músculos al tener que alzarlo. Los porteadores están semivestidos, cubiertos por túnicas, lo que les aporta un toque atemporal. Sobre el dintel de la puerta aparece en medio relieve la figura de Cristo desnudo, que con los brazos extendidos acogerá el cuerpo del difunto en su última morada. Al otro lado del bloque de piedra se dibuja una cruz latina, y bajo ella se lee la siguiente inscripción: “ Canalejas asesinado el XII de noviembre de MCMXII siendo presidente del consejo de ministros D.E.P”. Flanqueando la leyenda aparecen dos guirnaldas, una de laurel y otra de encina.

Continuamos caminando hacia la galería Este. Bajo la cúpula observamos la misma arquitectura simulada que decoraba la cúpula Sur. El fresco representa una arquitectura compuesta por arcos que se abren hacia el cielo raso, donde revolotean unas palomas. En este caso dichas palomas portan en sus picos una banderola con la inscripción latina “pro patria mortuis”, traducida como “a los muertos en defensa (a favor) de la patria”. Ya en la galería Este divisamos a pocos metros la puerta que nos conducirá al jardín del claustro. Éste está presidido por un monumento central elevado sobre una escalinata de granito. Dicho monumento consta de una base rectangular sobre la que se sitúa un cuerpo central constituido por una sucesión de arcos. En cada uno de los vanos se representan hojas de palma, y en su cornisa lo coronan flores de lis, emblema de la casa Borbón. Sobre este cuerpo se alza la columna, en su base se observan pequeños medallones con los antiguos reinos constituyentes del escudo de España (Navarra, León, Castilla y Granada). Esculpido en la columna se lee la siguiente inscripción latina:
“Pro patria mortuis honor et pax”.
Y lo acotan el sello de cristo, crismón, y las letras Alfa y Omega. Esta inscripción recoge las vistas anteriormente en cada una de las cúpulas del panteón (norte y sur). El crismón, que la culmina, es un monograma de Cristo. Constituido por las letras griegas X y P, cuya pronunciación es Ji y ro, respectivamente, constituyen la abreviatura XP (istos) que unido a Iesus formaría Jesucristo. La columna, de capitel de orden corintio, culmina en un globo terráqueo coronado por una cruz de hierro, símbolo de la supremacía de Cristo en el mundo.
Como curiosidad, se observa que a causa de las inclemencias del tiempo la cruz de hierro ha transferido a lo largo de los años un tono verdoso a parte del monumento, debido al óxido de hierro, imprimiéndole un carácter muy significativo.

En el ángulo noroeste del jardín destaca la única cripta conjunta del panteón. El mausoleo alberga los restos mortales de seis políticos ilustres de la época. Aunque originariamente se construyó para albergar los enterramientos de Agustín Argüelles, José Calatrava y Juan Álvarez Mendizábal; en fechas posteriores se enterraron los restos de otros ilustres políticos como: Diego Muñoz Torrero, Francisco Martínez de la Rosa y Salustiano de Olózaga. El mausoleo está formado por un cuerpo cilíndrico rematado por una cornisa y un friso con motivos de orden jónico. Su cubierta coniforme decorada con escamas está rematada por la escultura alegórica de la libertad. Ésta aparece coronada con los tradicionales rayos, así como con el gorro frigio característico de la revolución francesa. Porta en su mano izquierda la antorcha, aunque en este caso aparece mellada, convirtiéndose en un cetro. Su otra mano se posa sobre un yugo roto sobre el que también apoya uno de sus pies, adquiriendo así una pose heroica, como símbolo del cautiverio derrotado. Acompañándola a su lado descansa un gato (dado que éste no soporta verse encerrado en una jaula) que se ha convertido en uno de los atributos de la libertad. Como curiosidad, se cuenta, según la tradición oral, que el propio Augusto Bartholdi, autor de la estatua de la libertad regalada a Nueva York por el Gobierno francés, se inspiró en ella.
Adosadas sobre los laterales del muro hay tres estatuas sobre los sarcófagos de los políticos para quienes se creó el monumento. A la izquierda de la puerta, sobre el sepulcro de D. José Calatrava aparece una alegoría del gobierno, ya que éste fue presidente del Gobierno de España entre 1836 y 1837. Al otro lado de la puerta se encuentra la alegoría de la reforma sobre el sepulcro de D. Juan Álvarez Mendizábal. Ésta hace referencia al proceso de desamortización llevado acabo por Mendizábal, siendo ministro de Isabel II en 1836, según la cuál se pretendía reformar la sociedad (y de paso sanear las arcas estatales) creando una burguesía y una nueva clase media de labradores propietarios mediante la expropiación de terrenos y posterior venta en subasta. La escultura porta en su mano derecha una hoz como principal atributo. La hoz posee una doble simbología en este caso: por un lado, hace alusión a la transición de las cosas y el devenir del tiempo como sinónimos de reforma; y por otro, debido a su importancia en el mundo agrícola ha pasado a convertirse en un símbolo del trabajo, en relación a la reforma agrícola de Mendizábal. Al otro lado del túmulo funerario, escondido a los ojos del mundo, se encuentra el sepulcro de D. Agustín Argüelles, y sobre él la alegoría de la pureza. Esta alegoría hace alusión a diferentes hechos de la vida de tan ilustre personaje. Fue el redactor del preámbulo de la primera constitución española, “ la pepa”, destacando por su intención de abolir la esclavitud y la tortura, así como la aprobación de la libertad de imprenta. También fue preceptor de Isabel II durante su minoría de edad, destacando por su capacidad oratoria.
Esta escultura se caracteriza como la alegoría de la pureza debido a la cinta que cruza sobre su pecho, en la que aparece la siguiente inscripción : “morir pura”, cinta sobre la que apoya su dedo la alegoría atrayendo la atención del visitante. A los pies de la estatua, casi escondido entre los pliegues de su vestido, aparece una cornucopia repleta de monedas. Colocada tal vez de manera despectiva indicando el desprecio de la pureza por el dinero, como símbolo de su incorruptibilidad.

Con este último sepulcro finaliza este paseo por la simbología del panteón de hombres ilustres, uno de los lugares más bellos de Madrid y también uno de los más desconocidos.



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