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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

EL SALVADOR


Por Ana Belén Gordo Caballero
anabelen.gordo@uclm.es

- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3

- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6

EL SALVADOR

-1-

La cajita pequeña se venció en mi mochila empujada por la mano de Guillermo. En silencio, vigilando que nadie lo viera, levantó la tela que cerraba mi bolsa, dejando caer un pequeño joyerito y pidiendo discreción.

Permanecí callada mientras intentaba palparlo: no era más grande que la mitad de un paquete de tabaco. Muy ligero, de esa madera que nunca se hunde, suave por los esmaltes de los dibujos que decoraban la tapa y la cara delantera.

Luego, sentada bajo los soportales del Museo, resguardada de la lluvia de aquel día, lo saqué como quien saca una lámpara mágica y lo miré con detenimiento. Los colores se extendían formando pájaros, casas, árboles, montañas... Detrás de aquello, en aquello, se encontraba mi billete de ida. Había comenzado lo que siempre esperé, el viaje que no supe cómo pedir pero que ya tenía entre las manos.

Ni siquiera pude sentir ninguna emoción ni cosquilleo. Después de todo lo caminado, sólo sentí aquello como mío, como de mi pertenencia, como si siempre lo hubiera tenido en mí y no hubiera buscado bien. Ni la alegría de encontrarlo me afloró a la cara, pero sí la ilusión me repletó los ojos, colmándolos de una mezcla sana de miedo, angustia, esperanza y descanso, mientras se iban alejando mis quimeras y tabúes.

La noticia pronto recubrió las paredes de mi cuarto, de mi salón, de mi gente, de todos los lugares por donde iba. Cubrió los ojos de mi madre de lágrimas de comprensión y pena, los de mi padre con un velo de resignación. Mis hermanos, con sus nombres de poeta: Gabriel y Enrique; me obsequiaron con la ilusión del viajero, como si fuesen ellos los que iban a volar por los caminos desconocidos de un mundo aparte. Elena me entregó la emoción del compañerismo, la felicidad de Nuria terminó por contagiarse a Paqui, a Mariano, a Eva...

Ya ha pasado mucho tiempo desde que todo esto ocurrió, pero lo recuerdo tan bien, lo tengo tan presente, que no puedo evitar que un amasijo de sentimientos entre melancolía y alegría, se apodere de mí. Al rememorarlo, mi corazón late fuerte, supongo que tan fuerte como entonces, o quizá más porque ya conozco el desarrollo de la historia, sé cómo sigue cada instante, cada minuto.

Desde la misma selva de edificios y estrés donde me encuentro ahora, se inició aquel viaje a ninguna parte. Donde el destino (El Salvador) se unió con el verdadero motivo de mi viaje: abrir mi alma.

A veces me asaltan sensaciones de allí, nuevas preguntas, antiguas personas, olores que no descubrí entonces, sabores que busco, el acento de la Niña Julia con el ceceo susurrado, las risotadas de Ninel... la pupusa de las 7:15... Y no puedo evitar, ni quiero, echarlo de menos como si hubiera pasado allí la mayor parte de mi vida. Una parte de mí se quedó allí y, por supuesto, yo me traje todo lo que pude de aquel lugar de sueños y esperanzas, entre sollozos de angustia y satisfacción, mientras miraba el camino recorrido e intentaba aferrarme a lo que me quedaba de él.

Como decía, la noticia afectó de una u otra forma a todo aquel que me rodeaba. Por esas casualidades de la vida, todo pareció cambiar justo antes de mi partida: se reforzaron todos mis vínculos familiares. Mis primos, a los que me siento muy unida y, por desgracia, lejana; me organizaron una fiesta de despedida que aún hoy me emociona cuando la evoco. Conservo los carteles que hizo Raquel y parece que todo ocurrió ayer por la noche. Y conservo también sus gestos, sus miradas, el esfuerzo que hicieron para sacarme de casa aquella noche María y Susana, la cara de Sergio y Armando bailando, a Ismael y Rubén gastando bromas, a Héctor riendo sin parar, a Abel haciendo el loco, a Noelia a mi lado, a Juan Carlos incitando al brindis, a mis hermanos tan dulces... y eché de menos a Álvaro y Daniel, por entonces los dos pequeñajos.

Mientras pasaba el tiempo, mis temores crecían. Es ese tipo de miedo que uno siente cuando sus deseos se cumplen y entonces ya no sabe si será capaz de conseguirlo a pesar de tenerlo entre las manos. Cada día que pasaba acercaba más el momento, las ansiedades, los deseos, la paz, las dudas, las ilusiones. Cada segundo formaba parte de un entramado complejo de sentimientos y situaciones nuevas, extrañas, inseguras, que me empujaban dulcemente a la realización de un sueño.

Durante las semanas previas fui haciendo un inventario mental de todo aquello que me hacía falta, sin mover nada, sin empaquetar nada hasta el día anterior, para poder saborear la precisión de la colocación del equipaje y conservarlo intacto, inmóvil, hasta mi destino. Ese era el momento definitivo. Todo listo. Preparado. En la puerta de casa. Quieto. Seguro. Cerrado. Esperándome hasta el día siguiente.
No pasé la noche en vela.

Por la mañana entré en silencio a las habitaciones de los poetas. Ambos dormidos. Les besé en la mejilla con cuidado de no despertarles. Enrique abrió los ojos despacio y susurró: "Ten cuidado". Gabi se desperezó durante unos segundos y dijo: "Cuídate". Cerré la puerta de sus respectivos dormitorios y me fui. Allí se quedaron los dos, dormiditos como cuando eran pequeños. En casa. Sin imaginarse por un momento cuánto les iba a echar de menos y que su calor me acompañaría a todos los lugares a los que fuese. Una vez allí, recorriendo caminos tortuosos, les imaginé a mi lado subiendo y bajando colinas, lomas, cruzando bosques y escuchando aquellas historias.

Subimos al coche rumbo Madrid. Es el camino que siempre hemos recorrido para ir a Guadalajara. Los desvíos de siempre, con las mismas paradas que hacemos siempre los cinco juntos. Aquella vez era distinto. En el asiento trasero, la emoción aumentaba conforme nos íbamos acercando a Barajas, la mía al menos.

Faltaban todavía cerca de unas tres horas para el despegue pero allí estábamos ya plantados mis padres y yo, pendientes del panel de control donde iban sucediéndose los vuelos y avisando a los pasajeros de la hora de embarque.

Creo que la angustia que estaba siendo yo, la sentía por triplicada mi madre. Entretanto, papá se entretuvo en comprar unos candados para las maletas y un llavero (que aún uso) para que recordase España (tampoco iba a olvidarme). Después de facturar el equipaje buscamos un sitio para sentarnos, nos temblaban un poco las piernas y no era del calor. En estos casos es cuando uno no sabe cómo ponerse: si te sientas es malo porque las piernas te siguen temblando igual o más, pero si te levantas corres el riesgo de caerte sin poder controlar esos pequeños espasmos musculares que te recorren de arriba abajo y quién sabe si serás capaz de levantarte normalmente o darás algún traspiés.

Cuando anunciaron mi vuelo nos quedamos mirando a la puerta de embarque con resignación. Ya era hora. Me acompañaron hasta el último metro. Más allá, solo podían entrar pasajeros. Aquel nudo del principio crecía cada vez más en mi pecho, también en el de mamá. Pasé la mochila por el detector, enseñé mi pasaporte y la tarjeta de embarque. Las dulces manos de mi madre y los sinceros ojos de mi padre, me siguieron durante los cortos primeros pasos. Y mi nudo seguía creciendo cada vez más hasta asfixiarme lentamente. Dos metros más adelante les saludé con la mano y les lancé un beso. ¡Dios mío! Esas lágrimas de niña comenzaban a asomar...

De repente, giré la cabeza, miré al frente y el nudo se tornó alegría, amplitud, felicidad. Lo que tenía delante era ya solo mío, de mi responsabilidad, de mi incumbencia. Un camino que seguiría sola. Sola.


-2-

La azafata esperaba en la puerta saludándonos a todos conforme pasábamos al interior del avión. Busqué mi asiento y me instalé lo más cómoda que pude, me esperaba un viaje largo. Quizá me acomodé antes de tiempo porque aún no habíamos despegado y ya me había cansado de la misma postura

Mi compañero de viaje era un niño de cinco años. Revoltoso y gritón, no paraba de moverse haciendo caso omiso a las indicaciones de su madre, de su hermano mayor y del personal de vuelo.

El avión tomó velocidad y sentí cómo la parte delantera se elevaba. No conseguía ver nada por la ventanilla. Dejé de notar el suelo a los pocos instantes mientras mi estómago subía un poco por delante de lo que lo hacíamos los demás pasajeros y yo.
Y aquel niño sin parar de moverse y hablar a voces.

Una vez estables en el aire y comenzada la película, intenté por todos los medios dormir un poco. No pude. Estaba agotada, pero el gusanillo revoltoso que tenía dentro de mí no dejaba de incordiarme.

Durante las dos primeras horas de viaje, el nerviosismo de aquel chiquillo crecía cada vez más. Cuando ya estaba a punto de decirle algo (muy amablemente, por supuesto), se giró rápidamente, me miró con los ojos muy abiertos y me dijo: "¿Jugamos a los secuestros?". Luego empezó a contarme que había nacido en China que "está lejos porque mi papá trabaja por todo el mundo y es italiano" y que había estado viviendo en Pakistán. "Mi mamá es de Honduras, sí, ella es de Honduras; y allá yo tengo a mi abuelita y voy de vacaciones con ella".

Y al final me secuestró, y el rescate (chapurreando un español-hondureño-italiano) lo pidió a un nadie invisible que parecía conocer de toda la vida. Después terminó por pedírmelo directamente a mí.

Estuvimos mirando el mapa del mundo y viajando por África, Holanda, España, Francia, Argentina, EE.UU., Rusia, Egipto y, por supuesto, Italia. Todo en nueve horas, desde Madrid hasta Miami, donde haríamos escala hasta subir al vuelo que me llevaría hasta El Salvador.

Mientras escribo, ahora, en estos momentos, parece que aún siento su manita sobre mi brazo y puedo oír su vocecita a mi derecha. Siento cómo el avión despega y la inquietud de saber que cada vez estaba más cerca de todo. Y tengo un nudo en la garganta que me dibuja una sonrisa melancólica y triste.
Antes de parar para hacer trasbordo, Dávide (que así se llamaba) preguntó: "Linda, ¿nos separaremos al arribar?". Le miré confundida y asentí. Él, el Principito, asombrado y en tono lastimoso volvió a la carga: "¿Y con quién hablarás cuando yo no esté? ¡tú vas solita! ¿conocerás a otro niño? ¡pues yo no quiero conocer a otra chica!". Y apoyaba en mi brazo su cabeza dándome besitos minúsculos en la mano.

"No voy a conocer a otro niño".
A mitad de vuelo ya no podía más y me levanté a dar un pequeño paseo hasta la ventanilla de emergencia. Dávide se agarró a mi cuello y me suplicó que le llevara conmigo. Le agarré de los bracitos y lo levanté. Prendido de mi nuca fuimos los dos hasta las últimas ventanillas para ver el mar.
Pesaba demasiado poco para tener cinco años.

Lo que sentí al asomarme no lo puedo explicar. El océano se confundía con el cielo hasta el punto de no saber donde empezaba uno y terminaba el otro. Me sentí tan pequeña y tan insignificante en comparación con lo enorme y maravilloso de aquello... somos tan pequeños... y nos creemos dioses que todo lo manejan y todo lo pueden.

Dávide nunca se había asomado desde la ventanilla. En mi regazo, con sus bracitos delgados rodeándome el cuello, se estremeció. Su primera reacción fue alejarse de la ventana y abrazarme mirando hacia el interior del avión. Luego, más tranquilo, miró el mar con recelo mientras se asomaba lentamente. "Mirá, ¡allá hay un barco! ¡qué chiquiiiiiiiiiiiiiito!".

En ese momento me di cuenta de algo que todavía no había visto, no sé por qué no me fijé antes, ni por qué no tuve ningún tipo de intuición: Dávide estaba enfermo. No sé de qué y no me hace falta saberlo. Tampoco entraré en detalles ni en diagnósticos baratos de inexperta. Sólo sé que estaba silenciosamente enfermo.

Volvimos a nuestros asientos intentando calmar nuestra emoción. Otra vez, con su carita de príncipe de cuento que nunca pudo ser, se giró hacia mí y estuvo jugando con mis brazos, poniendo voces de ogro y de gnomo.

Después de la primera película la azafata trajo la comida: pollo, pasta y unos panecillos acompañados de mantequilla y un trocito de tarta de chocolate. Dávide tenía hambre y le estuve dando de comer de lo suyo y luego de lo mío: unas tostadas, la tarta y refresco de naranja a escondidas.
Intenté dormir entonces pero el niño quería jugar, solo jugar horas y horas.

La madre, sentada dos asientos a su lado, dormía plácidamente. Cuando despertó, y tras la insistencia de Dávide, me apuntó su dirección de Honduras y la de Italia para que les escribiera. Les he escrito dos veces pero no he recibido respuesta.

Buscábamos un trozo de papel para hacer las respectivas anotaciones pero no encontrábamos nada. De repente, Dávide levantó con el orgullo del héroe algo en su mano mientras gritaba: "¡Aquí, mamá, Ana! ¡Aquí, en la bolsa del gómito!". Y en la bolsa del gómito nos apuntamos las direcciones (sin usar por supuesto) por el empeño que se había tomado aquel chiquillo.

Cuando llegamos a Miami no sabía dónde ir. Afortunadamente, las opciones de variar la ruta eran nulas y, aunque intentásemos evitarlo, todos debíamos seguir el mismo pasillo hasta llegar a la pequeña sala internacional (de donde no podíamos salir) para esperar nuestros vuelos.

Allí estaba yo, acompañada por Dávide, su hermano y su madre, esperando durante dos horas el vuelo que me llevaría definitivamente a El Salvador.
Cuando lo anunciaron entregué mi enorme tarjeta blanca con las letras SAL, a la chica uniformada de la salida de la sala internacional e ingresé en un avión mucho más pequeño que el anterior. Mis tres amigos se dirigían al mismo lugar que yo aunque a asientos completamente distintos. Ellos entraron primero y se acomodaron. Luego entré yo, a mi aire, con calma.

La cabeza de Dávide se asomó desde uno de los asientos y gritó: "¡Aaaaanaaaaa!, ¡estoy aquí! ¡hola! ¡vení!". Pero mi asiento era otro.
Poco después de despegar, me quedé dormida y desperté cuando anunciaron la llegada a Honduras. Mis tres amigos se levantaron para desembarcar y yo lo hice para despedirme. El niño se había dormido. Le besé en la frente despacito y me despedí de los otros dos, deseándonos una suerte mutua.
La parada para repostar se alargaba más de la cuenta y yo ya me estaba impacientando por volver a despegar. Por fortuna, mi anterior compañera de vuelo ocupaba un asiento junto a la ventanilla y había desembarcado en Honduras. Era mi oportunidad.

No hace falta que diga cuanto eché de menos a Dávide.

El avión se elevó de nuevo. Pude ver las nubes a ambos lados. En la izquierda eran nubes oscuras, cerradas, esponjosas, azules... en la derecha parecían más claras, como un mar blanco sobre el que navegábamos lentamente como dunas blancas y barrancos escarpados que venían hacia el avión amenazantes y suaves. Cuando despejó se me encogió el corazón: los campos de Honduras dibujaban parcelas de tierra, pequeñas casas salpicaban las llanuras y colinas. Entre todo aquel paisaje abrupto y aquellas montañas gigantes y romas de aspecto imponente, se podían distinguir como granitos de arena, las personas en sus labores: un carro, una casa, un labrador, un caballo, montañas, lagos, cosas que jamás imaginé. Todos curados de costumbre a aquel paisaje maravilloso que a mí me emocionaba.

"A su derecha el volcán de San Miguel de El Salvador". Creí que rozaríamos a aquel gigante de dos cabezas mientras sobrevolábamos un enorme río y su desembocadura en el mar. Un estero, campos, carreteras... el océano justo debajo nuestro producía la sensación de ser aquel lugar nuestra pista de aterrizaje. Me invadió una sensación de inquietud, esperanza y curiosidad.

Todos aquellos lugares sin nombre los conocería después uno a uno. ¡Qué diferente fue mi llegada de mi partida! Cuando salí de El Salvador, busqué lugares concretos, con sus nombres, con sus playas. Y volví a sentir emoción, esta vez de tristeza y admiración por lo que ya conocía.



- 3 -

Descendíamos despacio, eternamente, hasta que alcanzamos la tierra entre los aplausos de los pasajeros.

La azafata se despidió de nosotros con amabilidad latinoamericana.

Al salir por la pasarela un calor húmedo hizo que se me pegara la ropa. Seguí a los demás pasajeros hacia la cinta donde podría recoger mi equipaje. El aeropuerto estaba vacío (aparentemente) y aquel calor empezaba a asfixiarme. Con mis maletas a cuestas, entregué mi tarjeta explicando los motivos de mi viaje y la duración de mi estancia en el país, a un señor uniformado que esperaba junto a un semáforo con una luz en ámbar.

“Disfrute de su estancia señorita”

Me dirigí hacia la puerta de salida y quedé sorprendida por la cantidad de gente que se apelotonaba formando un gran círculo a la espera de familiares, amigos, clientes o, simplemente, alguien que les diese dinero. Yo ya me había colocado el cigarro entre los labios y salía con una maleta en cada mano, la mochila a la espalda y los ojos entornados para evitar que me entrara el humo. Distinguí a Guillermo, que me saludó a lo lejos y me acerqué a él mientras reíamos a carcajadas. Su presencia me reconfortó y empecé a sentirme como en casa.

“¿Siempre hace este calor?”

“Sí, pero no te preocupés, ya te acostumbrarás”.

Nos repartimos mi equipaje entre Guillermo, Wilson (el chofer del Ministerio) y yo. De camino al coche un grupo compacto de niños entre 7 y 10 años se acercó a nosotros pidiendo a voces una limosna. Vestían con ropa normal, nada sucio, con las caritas limpias. Pronto comprendí que existen grados dentro de la pobreza y aquel era uno de ellos: sin rozar apenas la miseria y sin tocar ni un poquito la condición digna de la clase media occidental.

El aeropuerto de El Salvador está a unos 40 km de San Salvador, por tanto, tuve tiempo de sobra de observar el paisaje de camino a la capital. A ambos lados de la carretera se alzaban montañas cubiertas de un color verde clorofila, el ambiente olía distinto y aquel olor a tierra resentida por la historia se me metía en el pecho como un puñetazo esperanzador. América huele distinto, sabe distinto; y es eso precisamente lo que me maravilló al principio.

Subimos al Plan para que viera San Salvador de noche. Un montón de cafetines rodeados por pequeñas tiendas de artesanía, se extendían en una zona asfaltada bordeada en uno de sus extremos por una reja de metal que se asomaba a la amplia explanada oscura, salpicada por incontables luces que abrazaban con fuerza un volcán: es la ciudad de San Salvador. A lo lejos una enorme tormenta acechaba la capital como si fuera a engullirla. Otra vez ese olor, con rincones de lluvia esta vez, se plantó ante mí para avisarme de lo que se avecinaba.

Bajamos hasta la Universidad Politécnica para que conociera a la que sería mi anfitriona y amiga: Ninel.

La Universidad era un edificio pequeño, en su mayoría al aire libre, dividido en dos por una pasarela de piedras difícilmente colocadas. Un patio de tierra separaba la parte principal de la cafetería, completamente abierta en una de sus paredes. Bajo un porche alargado de color azul, había cuatro o cinco mesas circulares de piedra. Del centro de cada una de ellas, emergía una sombrilla grande que cubría la mesa y los asientos.

En la mesa del fondo, se giró hacia mí una muchacha gordita. Aparentaba unos 25 años, su piel era morena, los ojos grandes, el pelo corto y una amplia sonrisa que desprendía luz. Nos acercamos a ella y ella abrió los brazos y me abarcó con ellos risoteando: “Hola, Anita. Soy Ninel. Vamos o nos agarrará la tormenta”.

Dejamos las maletas en la parte trasera de un pick-up rojo con la luna delantera golpeada. Arrancó como una motosierra y emprendimos rumbo a lo que sería mi casa durante ese mes. Ninel amenizó el trayecto explicándome que todo aquello que estaba viendo a ambos lados de la calle eran ya los puestos de comida y cafetines preparados para la V acación (la feria de agosto).

La Colonia Miramonte estaba formada por un montón de casas iguales que formaban calles paralelas. Entramos por una de ellas hasta la casa de Ninel. El coche quedó aparcado en la puerta y nosotras nos encargamos de bajar el equipaje y entrarlo en la casa.

El patio frontal era tan grande como para albergar el coche de la Niña Julia. Junto a la puerta principal, a la derecha, había otra que daba acceso a la cocina.

Mi anfitriona introdujo la llave como cada día, abriendo las puertas de “mi casa”. Me recibió un saloncito con una pequeña cómoda a la derecha. Un sofá, flanqueado por dos sillones, se ajustaba a las paredes de mi izquierda frente a una mesita y varias fotos de familia.

Este pequeño recibidor daba paso al salón, con enormes sillas de gran respaldo de mimbre y una mesa para unos diez comensales. El pasillo, (por así llamarlo) no medía más de dos metros de largo.

Ninel me enseñó mi habitación: dos camas antiguas, una ventana rectangular muy alta, un armario empotrado. La sala estancia estaba vacía, las sábanas limpias, todo preparado para mi llegada. El suelo limpio y las almohadas mullidas. El retrato de su hermana (que había muerto durante la guerra), dos estanterías de corcho blanco... y el eco que pronto desaparecería con mi llegada.

Frente a la puerta de mi habitación había un baño. A la derecha, la habitación de Ninel, con su propio aseo. Un poco más allá, el despacho. El salón tenía una puerta de acceso a un patio interior que, a su vez, daba a una pequeña estancia de un piso de alta con un soportal al resguardo donde me esperaba la hamaca en la que pasaría las tardes, un sofá, un casette (que reproduciría muchas veces Platero y Tú) y muchas plantas bajo tres cuerdas de tender ropa.

En aquel recinto alto estaba situada la habitación de la madre de Ninel (la Niña Julia) y otro dormitorio de invitados. Este último lugar de la casa no lo vería hasta mi última semana en el país, cuando Julia me invitó a subir con ella. Ni pensé por un momento subir ni acercarme a ver qué tenía aquello.

Deshice el equipaje y me instalé en treinta minutos. Pedí permiso para darme una ducha. Las trece horas de viaje me habían dejado machacada y ya empezaba a notarme un cierto olorcillo a sudor.

Entré sedienta de jabón en la ducha y encendí la manivela del agua caliente. Cuando desistí de esperar me armé de valor y me introduje bajo aquel chorro de agua fría, conteniendo la respiración.

“El grifo del agua caliente no funciona” comenté.

“¡Bah, pues!, ¡con este clima! ¿quién quiere agua caliente?”

Sólo me quedaba una opción: acostumbrarme. Algo que no me resultó excesivamente duro después de padecer aquel calor húmedo.

Duchada, agotada, en pijama y cómoda, me senté con Ninel a fumarme un cigarro mientras me iba hablando de Teresa y de El Salvador. Ella era de Barcelona y había estado en su casa el año anterior. Su sombra me persiguió todo el tiempo.

La puerta se abrió y la Gran Señora Julia se presentó ante mí dándome un gran abrazo.

“Bienvenida a mi país. Bienvenida a mi casa”. Aprendí mucho de aquella mujer, pero eso es algo que veremos más adelante.

Enseguida me metí en aquella cama y caí redonda. Alrededor de las cinco de la mañana desperté con el canto de mil pájaros que jamás había escuchado. La luz entraba en mi habitación con una gran intensidad en las primeras horas del día, como si viniera a avisarme que él ya se había levantado. Cuando ya estaba completamente espabilada, la luz se atenuaba. Era entonces cuando podía volver a dormirme.

Mi primera mañana allí me llevó Ninel a comer pupusas. Yo ya las conocía, Guillermo me había hablado de ellas durante sus viajes a España. Nos sentamos en un cafetín, en unas mesas de madera. El sol de las siete de la mañana pegaba fuerte en mi espalda. Sobre dos platos de plástico duro que simulaban flores, nos trajo la mesera dos pupusas para cada una: una de chicharrón y otra de queso con loroco, dos enormes tazas de café, una jarra llena de salsa de tomate y un bote con curtido.

La pupusa es una tortita redonda hecha con harina de trigo o de arroz. El relleno va sobre gustos y hay infinidad de combinaciones. Se asan sobre un comal (una plancha grande) hasta que el queso se derrite, y se comen muy calientes cortándolas a trocitos con los dedos. La pupusa se acompaña tradicionalmente con una salsa de tomate triturado y con repollo, zanahorias y varios tipos de verduras, curtidos en vinagre y agua. Si pudiera conseguir una ahora mismo...

El café se sirve en enormes tazas de desayuno. Tiene un aspecto muy claro y un sabor muy suave. Pregunté el por qué de aquello: el mejor café de El Salvador es para exportar y dentro del país se quedan con el café de menor calidad, de ahí el sabor suave y el color traslúcido. Miles de familias viven del cultivo de café. De las recolecciones, la mayor parte va para el exterior y el pago suele ser muy bajo. En algunos lugares el pago se hace fijando el salario mínimo y oscila entre unos 140 $ o €, pero no todos tienen este privilegio y los más perjudicados son los que cobran a destajo: depende de lo que recolecten se les abonará una cantidad u otra. A veces incluso familias enteras trabajan en la recolección de café para poder subsistir.

Esto no sólo ocurre con el café.

Después de este tremendo desayuno dimos una vuelta por la ciudad. Mi sensación constante era de espera a que llegaran los grandes edificios de las ciudades que había imaginado, pero aquellos edificios no estaban por ningún lado. Tan solo alguno esporádico que pertenecía a EE. UU. El concepto de ciudad era muy diferente a lo que yo había preconcebido. Las casas eran pequeñas y bajas y todas me parecían iguales. Un jardín pequeñito presidía a menudo la entrada y el ambiente estaba tranquilo y cálido.

Por todas partes estaba la Guardia Nacional, armada, vigilando. Al principio me impresionó bastante, pero luego terminé por acostumbrarme a la presencia continua de los guardias armados por las calles, en los centros comerciales, en algunas zonas concretas de San Salvador. Guillermo me contó que los componentes de esta Guardia suelen ser ex- guerrilleros o militares que lucharon en la guerra, acostumbrados al fusil en sus brazos durante años y mil conflictos, que ya no saben separarse de él porque es lo único que conocen.

Ninel me llevó al Ministerio de Medio Ambiente donde está la oficina de Guillermo. Al entrar, un guardia me pidió la documentación para poder acceder y me entregó una identificación de visitante . Subí al cuarto piso. Las oficinas eran muy similares a esas que vemos en las películas americanas: un montón de mesas en un gran salón separadas por biombos de madera por los que asomaba de vez en cuando alguna cabeza.

“Vengo buscando al arquitecto…”, y una chica muy amable me indicó su despacho, en uno de los laterales del gran salón de oficinas individuales y junto a una puerta de daba a la escalera de incendios.

Allí estaba Guillermo. Me dejó su ordenador y me pidió que mandara un correo a Albacete para contar cómo me iba por aquí y que todo estaba bien. Así me pasé la mañana. De vez en cuando una chica se pasaba a recoger las tazas de café de los empleados. Luego descubrí que había un cuartito justo a la izquierda según salías del ascensor, donde estaban dos muchachas que servían los desayunos en las respectivas tazas de cada trabajador. A menudo me pasaba con ellas y, mientras me ponían esas grandes tazas de café, charlábamos un rato.

Eran dos morenazas regorditas, una de ellas con gafas; llevaban siempre el pelo recogido, o bien un moño o una horquilla que sujetaba los mechones del flequillo en el cogote. Ambas tenían unos enormes ojos negros y una sonrisa tranquila y alegre. Siempre estaban riendo y gracias a ellas, muchas de mis aburridas mañanas en el Ministerio se hicieron más llevaderas.

Para fumar me salía a la escalera de emergencia. Desde allí tenía una bonita vista de El Boquerón y de las colonias que hay desde el Ministerio hasta el volcán. Gran parte de San Salvador se veía desde allí y a veces salía solo para mirar todo aquello mil veces, pues cada día descubría un encanto distinto. Hice muchas fotos desde aquel lugar, al menos los primeros días. Desde allí, ese olor que comenté era mucho más intenso y se veía fortalecido por la vista y el paisaje: las casitas de las colonias intentaban asomarse entre los árboles de la ciudad, todo quedaba cubierto de verde. Las plantaciones de café emergían a la derecha del edificio, tras otro grupo de edificaciones.

A las doce del mediodía fui con Guillermo a comer. Salimos del Ministerio por la puerta principal, que no era la misma que por la que yo había entrado aquella mañana. Una inmensa avenida se abría frente a mí: el Boulevard de los Héroes (creo, pero no lo aseguro con determinación).

Caminamos hasta un pequeño restaurante a unos cien metros del lugar de trabajo. Pasamos por la puerta de un restaurante con un cartel llamativo: un gran pollo amarillo con un sombrerón marrón sonreía al público invitándolo a entrar. La famosa cadena de restaurantes Pollo Campero . Guillermo me prometió que iríamos a comer allí algún día con Maritza, a quien le gustaba mucho aquel tipo de comida.

Comimos en un pequeño bar de comidas caseras salvadoreñas. Los sabores son distintos aunque el material sea el mismo de la cocina española. Una patata no es igual allí que aquí. Aunque a algunos les parezca una tontería.

La costumbre por aquellas tierras es beber dulce durante la comida: horchata, batidos, etc. algo que se me hacía tremendamente extraño y a lo que no terminé de acostumbrarme excepto durante mi visita a La Unión y a Zacatillo.

De camino de vuelta al Ministerio fuimos hablando tranquilamente mientras nos fumábamos un cigarrillo y concretábamos mi horario durante mi estancia en el país:

•  Los miércoles y los sábados debía acompañar a Guillermo a la Universidad en sus clases de Urbanismo en la licenciatura de Arquitectura de 18'30- 20'30 los miércoles y desde 9'15 hasta 11'15 los sábados.

•  Lunes y martes, debía asistir a la oficina, al menos los días 30 y 31 de julio.

•  Entre el 1 de agosto y el 6, tenía vacaciones (como todos allí) y podría hacer lo que quisiera excepto durante un día, en el que iría a la Bahía de Jiquilisco a realizar mi cometido en colaboración con un proyecto de hermanamiento del colegio Ana Soto de Albacete con la comunidad Rancho Viejo en la Isla Madre Sal.

•  Desde el día 7 hasta el día 13 de agosto, debía recopilar información en el archivo General de la Nación para hacer la introducción histórica del Golfo de Fonseca.

•  El día 13 hasta el 17, iría a la isla Zacatillo.

•  Desde mi regreso hasta mi partida, debía hacer mis conclusiones del viaje, reorganizarlo todo, hacer mis compras, etc. y prepararme para partir el día 28.

Cada tarde desde ese día 27 de julio del 2001, me tumbaba tranquila en la hamaca del patio a escuchar música y a escribir mis impresiones en mi inseparable cuaderno rojo, en el que contaba todo aquello que me iba sucediendo y que ahora mismo me sirve de apoyo para recuperar mis recuerdos difusos de aquellos primeros días.


- 4 -

Lamento no haber escrito mil cosas más. No lo hice por egoísmo, para que nadie supiera y quedármelo yo. Ahora es hora de rememorarlo y dejar constancia de ello. Aunque bien seguro se me olvidarán cosas que se llevó el tiempo y de las que solo me quedan sentimientos. Las caras, las personas, los nombres, se han nublado en mi mente y han dejado solo la huella que marcan los recuerdos de lo que sentí, de la rabia, del enfado y de la indignación; de la alegría y la paz.

Balanceándome en la hamaca esperaba las tormentas a diario, mirando el volcán desde mi rincón, intentando analizar qué podía ser el olor al que tanta referencia hago y que no me cansaré de repetir. El silencio me abrigaba en las tardes, cuando comenzaba a refrescar. Luego empezaban a oírse los susurros de truenos como dragones enfurecidos que venían hacia la casa. El cielo se oscurecía y caían gotas con opulencia y desafío, del tamaño de un tapón. Llovía con insistencia durante toda la noche y algo metálico en el firmamento parecía agrietarse con cada rayo.

Al día siguiente se repitió todo, pero con cierta diferencia. Cada día veía algo nuevo, algún detalle que se me había escapado antes.

Todas las mañanas bajaba andando al Ministerio con un mapa improvisado que me había dibujado Ninel a mano alzada, de calles torcidas pero claras. A lo largo del camino, el sol abrasador de las ocho me pegaba fuerte en los hombros, quemando como el sol del mediodía español.

Las calles estaban agrietadas, las aceras mordidas, las raíces de los árboles sobresalían en algunos tramos e incluso se podían observar a veces las huellas de los recientes terremotos de enero y febrero de ese mismo año.

Los conductores locos no paraban en los semáforos ni respetaban a los demás, el tráfico parecía descontrolado y cada vez que agarrábamos el coche para salir, una sensación de miedo me hacía estar alerta. Los cruces eran un amasijo de direcciones, de cláxones, de peticiones a gritos e insultos proferidos con la calma que da la costumbre.

En una ocasión, Ninel tenía ganas de escapar de todo, quería subir al plan . Su jefe estaba construyendo allá una oficina y había equipado el lugar con cocina, salón, televisor, etc. Aún hacía sol cuando fuimos a buscar a dos de los trabajadores. Ambos se subieron en el pick- up rojo, en la parte trasera.

Empezó a llover sin avisar. Pasamos la carretera que divide Santa Tecla de San Salvador y nos adentramos en un camino de tierra, sin asfalto, con árboles a la derecha del camino y urbanizaciones cerradas a la izquierda.

Llovía con intensidad, las gotas salpicaban del suelo barro y agua sucia.

Un 4x4 oscuro emergió de repente de una de las entradas a un condominio y se posicionó delante nuestro. Nosotras íbamos dentro riendo y hablando de esas cosas banales que nos hacían tanta gracia: de España, de las formas de hablar de cada lugar para compararlas y volver a reír. De vez en cuando se giraba hacia mí y decía: “¡Ay, Anita! ¡Sos bayunca!”.

Los trabajadores, de clase no muy alta, iban botando cada bache y cada piedra en la parte trasera descubierta del pick- up, sonriendo entre la lluvia.

De repente el coche que teníamos delante frenó en seco, Ninel reaccionó rápido y pisó el freno de golpe, mientras el morro del coche se incrustaba en el guardabarros del 4x4. Mi cuerpo se venció hacia el cristal delantero empujado por la inercia. Me dio tiempo a colocar los brazos delante y parar el supuesto golpe que íbamos a recibir. Un grito agudo se oyó entre la lluvia y el sonido ensordecedor de un cuerpo contra nuestro cristal trasero nos hizo pensar lo peor: los muchachos, ¿estarían bien?.

El tiempo se detuvo en unas décimas de segundo que eran horas.

Todo quedó en silencio, inmóvil, hasta que el 4x4 arrancó y siguió su camino como si nada. Sin preguntar si había pasado algo o si estábamos bien, sin mirar por el retrovisor, con la seguridad de que aquel gigante no tenía ningún rasguño del pequeño accidente.

Respiramos y miramos hacia atrás.

“¿Quién gritó como una señora?” preguntó mi anfitriona irónica.

“Fue mi hermano Chamba, señorita Ruíz”

Nos reímos de eso después del susto y de ver el capó del coche destrozado. Una vez relajadas en la oficina y, sobretodo, luego en casa, reímos largo rato de aquel grito histérico.

Aún hoy, cuando hemos hablado por teléfono alguna vez o nos hemos escrito un correo, recordamos la anécdota entre risas sin olvidarnos del gran susto.

Todavía era muy pronto para comer pero yo tenía hambre. Necesitaba comer algo sólido y contundente pero, por desgracia, en aquella oficina solo habían sopas de sobre.

Me recosté en un sillón tapizado de verde oliva, con algunos bordados en color más claro. Tenía la ventana frente a mí. Tras el cristal una explanada de árboles verdes cubría la montaña y el horizonte. La lluvia hacía rebosar ese olor de todos sitios. Los truenos, más débiles que los de días anteriores, parecían lejanos. Me fui acurrucando poco a poco hasta quedarme dormida. Entre sueños escuché los pasos de Ninel sobre el piso nuevo. Los plásticos que cubrían las ventanas de la sala contigua, bailaban al viento despacio.

Ese olor... me sumía cada vez más en un sueño reparador pero extraño. Tal vez no era un sueño. Tal vez era una tranquilidad que no había sentido jamás y que confundí cuando cerré los ojos.

“Este rato es solo para mí”

La puerta principal se abría en silencio. Solo el pequeño crujido de madera nueva y el rozar lento de las bisagras, me hacían suponer que la puerta estaba abierta o que había entrado alguien. El viento empujaba las gotas de lluvia contra el cristal. El repiqueteo del agua sobre la hierba, sobre el suelo... la brisa fresca de olor a verde...

Las personas entraban cautelosamente en aquel salón para no despertarme. Les oía pisar despacio y pararse cuando algún sonido sobresalía por encima de los demás. El rozar de los brazos sobre un mantel de plástico, el eco de los paquetes de papel que desenvolvía Ninel y su respiración fuerte entrecortada por alguna tos...

La campana del microondas anunció a los comensales que ya era la hora de tomar esa sopa de sobre que tanto esperaban y me sirvió a mí de despertador.

Pero no me moví de allí. Preferí quedarme donde estaba. Escuchando entre la calma toda aquella orquesta de ruidos suaves y evocadores. Luego abrí los ojos y me quedé como estaba, mirando por la ventana en la misma postura, analizando todo aquello que me rodeaba: cada metro de la sala, cada hoja de cada árbol que alcanzara a ver. Y lo sentía todo tan cerca que pensé que si me esforzaba un poco más, podría llegar a tocarlo.

Era casi imposible figurarse que hace unos pocos años, habían estado en guerra en aquel país de calma y recelos. Entre la maleza intenté imaginar a los grupos de guerrilleros, quizás para hacerme una idea de cómo era esto antes. Pero se me hacía tan difícil insertar un factor negativo entre aquella belleza, que desistí al poco tiempo y preferí verlo todo como está ahora, sin ningún fantasma del pasado que, de seguro, no dejaba nada bueno allí.

Creo que fue el momento de más calma que había tenido en toda mi vida, al menos hasta entonces. Y nunca lo había escrito por ser tan mío como es, tan íntimo que no puedo evitar un vago pudor secreto al contarlo. Deseé con fuerza que no terminase nunca aquel desfile de imágenes, sonidos, sentimientos, visiones... Pero la realidad es más fuerte que los sueños, aunque solo sea porque siempre nos vemos obligados a volver a ella.

Cuando salí de mi letargo pude ver a los trabajadores de aquella empresa bajo la lluvia, en sus labores, como si no se les dejara resguardarse de la tormenta. Un entramado complicado de exclusión social se desplegaba ante mis ojos y todos los motivos de ello desembocaban a la misma conclusión. A veces la diferencia entre clases sociales es una delgada línea invisible formada por pequeños detalles de autoridad, de cotidianeidad, de medios tan simples como puede ser un chubasquero.

Si dejaban entrar al resto de trabajadores al cobijo de aquellas cuatro paredes mal construidas, entonces ya no habría diferencia entre la jefa y los empleados. Excepto Chamba y su hermano, a los que sí se dejó entrar porque pertenecían a otra empresa, lo cual también era una diferencia importante.

Tal vez no lo entendí en su momento, pero además de las barreras formadas por la exclusión social, me pareció que se encuentran otras mucho menos visibles. Cuando han traspasado la primera deben hacer frente a su descarte como personas. Es decir, cuando se ha pasado ya por la aceptación de la clase social, viene la parte dura: la aceptación por lo que es la persona. Algo que, en principio, parece menos complicado pero que conforma el germen de la exención. Vi muchos ejemplos de esto durante mi estancia a pesar del respeto y la compostura.


- 5 -

La noche de mi segundo día allí decidieron salir a cenar.

“Te vamos a llevar a Los Cebollines ” un restaurante mejicano que los viernes obsequiaba a sus clientes con rancheras cantadas por dos jóvenes y un grupo de mariachis con grandes guitarras y lujosos sombrerones de colores oscuros con borlas y brillos.

La familia de Ninel estaba muy unida a Méjico. Ella misma había estado estudiando allí algunos años y su hermana mayor (AnaCris) fue la primera de su promoción en la Universidad de Monterrey. La Niña Julia sentía un amor especial por aquella tierra, se sentía parte de ella desde siempre y tenía la esperanza de ir algún día para quedarse definitivamente. Supongo que la guerra civil dejó una huella imborrable en su espíritu. Nunca me hablaron de ello.

Como cada día, la tormenta se ciñó sobre San Salvador. Julia conducía despacito, la lluvia no le dejaba ver más allá de un palmo y manejaba el coche cautelosa, con el pecho pegado al volante y las manos bien firmes. Lamentablemente los demás conductores no circulaban con su cuidado y parecíamos estar en un videojuego: los coches pasaban a nuestro lado a grandes velocidades para la que estaba cayendo, sonaban cláxones por delante, por detrás, girando... hasta que llegamos al aparcamiento del bar.

Salió un camarero a recibirnos con una gran sombrilla y nos fue llevando una por una hasta la entrada al restaurante.

En la puerta, el olor de la tierra mojada se mezclaba con el de los tacos y los burritos y a lo lejos podía oír una canción que me resultaba familiar y que intentaba deshilvanar en mi mente mientras Ninel se despedía de aquel joven tan amable.

Un paso más y estaríamos dentro.

¿Qué canción era? ¿Por qué estaba evocando sentimientos sin imagen ni recuerdo? ¿Qué canción...?

Tuvimos que esperar un rato en la entrada hasta que nos dieron una mesa para cenar. Desde allí tenía una panorámica estupenda del restaurante: estaba separado en dos por una especie de balconaje de madera, una zona era para fumadores y la otra para los no fumadores. Las mesas de diferentes tamaños se adherían al suelo y a los asientos y estaban inteligentemente dispersas por toda la sala. Las paredes habían quedado relegadas al mínimo y grandes cristales tapados con gruesas cortinas de colores o celosías de madera fina y cálida, simulaban los tabiques.

Los comensales se giraban hacia una parte despejada, un hueco que se respetaba para las actuaciones. Algunos suspiraban, relajando a veces la mirada en el centro de flores que decoraba la mesa; otros sonreían con la cabeza hacia un lado, como si despertara en ellos algún recuerdo secreto que no se atrevían a desvelar; otros asentían al ver al cantante alzar el micrófono y alargar con fuerza las sílabas de las rancheras, dando señales evidente de aprobación.

La canción era La Bikina . Me acordé al instante de mi madre, de lo mucho que le gusta esa canción, de las veces que la hemos escuchado en casa y nos hemos puesto a cantar a viva voz sin importarnos si nos oía o no la vecina, las dos solas “ solitaria camina La Bikina, la gente se pone a murmurar, dicen que tiene una pena...”

Y la voz de aquel muchacho me sonó aterciopelada, grave, oscura, recordando la leyenda de aquella muchacha en la época de los Cristeros, en el pueblo de Los Altos en Jalisco.

La niña nació de un lucero que se precipitó al vacío en una noche. Fue recogida por un indígena que la llevó a su casa y, tras un tiempo, la niña quedó a cargo de las monjas Carmelitas que la llamaron, como no, Carmen.

Un día negro de 1925 el ejército irrumpió a tiros en el convento. El capitán Humberto Ruíz quedó impresionado por la belleza de Carmen: era una muchacha deslumbrante, los cabellos negros hacían resaltar el color azul de sus ojos y sus 17 años de encierro no habían hecho sino avivar el halo de misterio que siempre le rodeó.

En su afán por poseerla, Humberto la raptó y la llevó consigo. Carmen permaneció inconsciente durante días. Al despertar, el capitán se limitó a cuidarla en un silencio que se prolongaría durante años. Ella nunca le habló, ni siquiera cuando él le besó las manos y le pidió llorando mil perdones. Luego se marchó para siempre.

La muchacha continuó sola su vida, en un mutismo enigmático, haciendo tareas domésticas por los pueblos. Siempre en un silencio que se tornaba furia cuando alguien intentaba tocarla. Hasta que Ruíz apareció un día y ella decidió emprender el camino a su lado. Después de una noche de amor infinito, Carmen (La Bikina) se perdió en el firmamento con el amanecer... como la última estrella que desaparece espantada por el sol.

Dicen que tiene una pena que le hace llorar...”

La voz de mamá sonó en mi interior con la de aquel chico. El aire se volvió mágico, la música, la presencia de mi madre, la lluvia fuera, las guitarras, la intermitencia de la pluralidad de voces, el estar lejos de casa...

Al fin nos sentamos y pedimos el menú para cenar. Desde mi mesa pude ver mejor la actuación. El cantante vestía un traje charro negro con bordados en color plata y con una chaqueta corta que dejaba ver un fajín de seda anudado a la cintura. Una fila de sombreros de ala ancha tras él, ocultaban los rostros de sus músicos, salvo alguna vez que alguno de ellos levantó la cara para acompañar en coro al muchacho y nos dejó ver su amplia sonrisa.

Luego apareció una chica, vestida igual que el primero pero con una falda hasta las rodillas y unas botas altas con espuelas. Su voz volaba tenue sobre las cabezas de los que allí estábamos, entonando canciones de amor y de pérdida, hasta que la soledad invadió visiblemente nuestras almas, a la vez que descolgó su sombrero sobre la espalda, quedando a la vista su rostro y la melena azabache recogida en la nuca. Nos hizo sentirnos tan dentro de aquellos acordes como cada nota resquebrajada que afloraba de su garganta, cayendo como un torrente de añil y amarillo suave directamente a nuestras copas.

Y aquella voz quemada de tristeza, subió de repente hasta la última nota antes de partirse en dos, sosteniéndose en el aire, agarrada por unos instantes a ese ambiente salino que brota de las lágrimas contenidas. Y cesó como quien cae al vacío rápidamente.

Luego silencio.

Ni siquiera podíamos aplaudir. Estábamos tan repletos de todo aquello que había pasado, que no podíamos nombrarlo por miedo a que su fragilidad se deshiciera entre las alhajas y las yemas de los dedos. Pasados unos largos segundos, el público tomó aquella sensación entre sus manos y la comprimió en un gran aplauso que hizo retumbar las vidrieras y las celosías, que encerró esa sensación entre nuestra piel.

Fue la primera vez que escuché cantar una ranchera como dios manda pero no sería la última. Esta, por primera, me apretó el corazón. La siguiente que oí, me lo destrozó.

Ocurrió no sé cuándo. No soy capaz de ubicarlo en el tiempo porque desde que pasó lo intenté recuperar de mi mente cada día.

La falta de costumbre de cocinar en casa de mis anfitrionas provocaba muchas salidas para comer fuera. Siempre me llevaban a lugares distintos, a veces solas Ninel y yo y otras veces también con la Niña Julia.

Ante la promesa de que comería una buena paella en El Salvador y un buen cóctel de conchas, me llevaron a un restaurante casi en la calle. Gran parte del establecimiento estaba en un porche de tamaño mediano, con las mesas pegadas a los troncos que lo rodeaban simulando barandillas.

Nos sentamos junto al balcón de madera gastada y pedimos el menú. Hacía un calor sofocante pero en aquel sitio aún podíamos disfrutar de una pequeña brisa.

El cóctel estaba delicioso. La paella... era una tómbola de sabores: chorizo, pollo, gambas, calamares, guisantes, zanahoria y algún ingrediente más que no logré descubrir y que tampoco pregunté.

Mientras mis compañeras de mesa repasaban cada grano de arroz de su plato y lo saboreaban apenas décimas de segundo, aprecié de lejos un señor con un bandoneón pequeñito acompañado de otro señor más bajito con un guitarrón viejo.

“Ya vienen esos vagos a pedir dinero. Mirá Anita... esa gente no trabaja porque no quiere. Acá en este país se puede trabajar, pero a algunos... les resulta más cómodo vivir así... de los demás... que eso no supone ningún esfuerzo” me dijo la Niña Julia en un tono medio enfadado, como evidenciando situaciones puntuales con las que generalizar a aquellos que carecían de su posición.

“Yo no les voy a dar, ¡bah!”

El soniquete de la música se iba acercando poco a poco, mesa a mesa bajo la balconada. Y una voz antigua entonaba canciones antiguas.

Solo faltaba una mesa para llegar a la nuestra. El señor de la guitarra me miró de reojo y volvió a ocultarse bajo el pequeño sombrerito, imitación pobre del sombrerón chaparro de Los Cebollines. Miró hacia las cuerdas. Ya no forzaba los dedos, el mástil de la guitarra se ceñía a sus manos, a sus líneas y posiciones. Y la guitarra lloraba al compás del bandoneón, bailando entre sus brazos como la mujer que amó.

Llegaron a nuestra mesa (al fin). El más alto, casi de setenta años, no llevaba sombrero y abrazaba aquel organillo sin mirar dónde pulsaba, mecánicamente, mientras su voz intentaba llegar donde él ya no podía y se quedaba en el camino tropezando con algún año de los muchos que tuvo que sobrellevar. Que en la miseria, los años no se llevan, los años hay que superarlos como obstáculos insalvables.

La ranchera sonaba débil. Era muy lenta. Y mostraba sus entrañas mordidas por el lamento de la experiencia: “ dime que volverás a mis brazos...” . Los labios arrugados de aquel hombre sin pasado, dibujaban bocanadas de suspiros de las palabras cantadas y me acariciaban las mejillas rodeando mi cabeza, jugueteando con mi pelo.

El más gordito había pasado los sesenta años sin ninguna duda. Me miraba de vez en cuando haciendo imposibles esfuerzos por que su sonrisa fuera sincera. Y lo era. Pero al descifrar aquel gesto, las mil fórmulas deshilachadas de lo que decían sus ojos recitaban la misma canción de tristeza y parecía pensar: “No me mire señorita” y agachaba la cabeza, avergonzado, sin yo saber de qué.

Algunas sílabas se perdían con la brisa, que me las robaba egoísta para que yo no pudiera saborearlas, para que no pudiera jugar con ellas y cobijarlas a mi antojo o despegarlas de las canas y beberlas...

Y si ya no he de tenerte...”

El señor cerró los ojos y todo se volvió de los colores de su voz. Si los de aquella chica fueron añiles, estos sabían a sangre y tierra, a ternura y a muerte, a oscuridad y albores. Y me entraron tan directamente que fundieron mi ánimo con el resplandor de sus ojos haciéndome llorar de emoción.

Cada arruga de sus manos escondía un lamento nuevo, roto; que me regalaba cuando a ciegas levantaba sus brazos y dibujaba el rostro de la mujer a la que creía besar.

Dime al menos que me llevarás contigo...”

Me llevaron aquellas palabras, aquellos desgarros del tiempo y las mellas del espíritu, a un balcón donde esperaba a mi pretendiente entre la oscuridad. Y él no aparecía. Y pude sentir la desilusión, la sensación de fracaso y de angustia, de soledad. Aquella sensación que ya sentí hace años y que nadie escuchará tan fuerte en su corazón si no la ha vivido. El abandono y la esperanza perdida del amor que se fue y que no deseas que te olvide. La sacudida y el estremecimiento que provoca tener el alma fruncida por los desvelos de una noche triste en que recuerdas el calor de su piel y el desenfreno de sus besos. Y añoras sus añoranzas, y sudas su calor, y amas lo que tuviste hasta el punto de hacerlo permanecer en las sombras de tu mente; solo para olvidar que te olvidó.

Donde nadie pueda saber que me amaste...”

Una pena, tan grande que no puedo describir, me subió desde el estómago y me rasgó los labios, ensombreciendo tanto mi paladar que ya no pude seguir comiendo. Sentí un peso en mi espalda y un ahogo doliente que me traspasaba el pecho. Sentí mi piel arrugada y los años en mi cabellera. Y recordé (¡vaya si recordé!) aquellos tiempos en que me envolvió la calma de ese algo pasional que no sé si recuperaré algún día. Recordé aquel que me ilusionó tanto como para seguir adelante a pesar de todo lo que se pusiera en mi camino. Me acordé tanto de él que no pude evitar sentirlo cerca de mi, conmigo.

Se desgajó aquella voz temblorosa, rompiéndose en mi regazo y golpeándome la nuca, hasta perderse en un infinito que no sé muy bien si hubo en ese momento.

Miré sus ojos mientras se alejaron con paso tardo, mientras se volaban sus versos en el horizonte y me dejaban allí desvalida, ensordecida del mundo, abandonada de las piedades sin sombra que se buscan a la desesperada. Sólo él apareció en mi mente, sólo él se quedó ante aquel cantar de inquietudes. Sólo él se sentó a mi lado. ¡Cuánto hubiera deseado que estuviera allí! Y agarrarlo de la mano fuerte para fundirlo en mi pecho como hice antes, hace ya años; y amarlo, amarlo hasta el fin del mundo con toda mi pasión y mi locura, amarlo hasta el punto que nadie viera algo igual. Tal vez solo amarlo era lo que yo quería… y me quedé allí… donde “nadie pudo saber que me amó”. Allí, en aquel rinconcito, sola y repleta de atardeceres desnudos, cuando abrazaba su cabeza contra mi pecho y creía que moriría sin sus caricias. Pero sola.

Poco faltó para que mis anfitrionas les echaran a patadas de allí. Mostraron una desgana que no había visto yo nunca hasta entonces. Ellas siguieron hablando y comiendo como si nada y de vez en cuando se giraban y miraban a aquel par de trovadores con insolencia. No les culpo por ello. Deben estar saturadas de ver estos espectáculos por la calle. Ellas conocen mejor que yo el país y sus vaivenes. Lo peor es que la costumbre no les deja ver lo que tienen delante y su sensibilidad está cubierta por un callo ácido de indiferencia. Es como si vieran la realidad desde un atrio elevado rodeado por biombos, como si nada pudiera afectarlas, como si todo lo que ocurría estuviera al margen de sus vidas. Sus ojos ya no mostraban nada, ni un sentimiento removido. Por el contrario se deshacían en delirios para hacer críticas, excepto en algunos casos evidentes.

Como digo, yo no sé nada de aquel lugar excepto lo poco que pude ver en un mes de estancia. Sé que no es mucho y, por supuesto, ese corto período de tiempo no me justifica para hacer suposiciones sobre esto o lo otro. Por eso creo que, en parte, podían tener razón. Igual que podían estar tremendamente equivocadas. Supongo que en algunos casos la realidad era, por desgracia, como ellas la veían. Pero lo importante era que su desatino me daba a mí la razón. ¿Cómo distinguir unos casos de otros? Desde mi ingenuidad imagino que lo único que hay que hacer es mirar a los ojos de la gente y esperar a ver qué dicen y de qué manera.


- 6 -

El sábado fui a clase con Guillermo. Al principio todos me miraban extrañados. Lógico: entre todas aquellas pieles oscuras y pardas, destacaba la mía (aún blanquecina).

Un sol radiante y despiadado se abalanzó sobre San Salvador a las 5:30 de la mañana y a las 7 ya quemaba como en las altas horas del mediodía.

La Universidad parecía distinta a como yo la había visto el día que llegué. Estar allí era como terminar un largo paseo por la playa y luego sentarse a tomar algo frío en una de sus mesas.

Entré al cafetín a pedir algo de beber. Guillermo me aconsejó gaseosa de uva. Como gaseosa allí se entiende todo tipo de bebida que contenga gas. Es decir: gaseosa de cola, gaseosa de naranja, gaseosa de mango, gaseosa de uva (mi preferida). Al llegar a la barra pedí una. Cuál fue mi sorpresa cuando la mesera me contestó: “¿En bolsa o en botella?”.

¿En bolsa? ¡Pues sí, en bolsa! Una bolsa de plástico trasparente con una caña de plástico que sobresalía de su abertura. El agua también se vendía en bolsas en lugar de las botellas de 50 cl españolas. Algo curioso y práctico a lo que uno se acostumbra con rapidez.

Pedí mi bebida en botella. En lugar de ser de esas de 20 cl de precio elevado que nos meten por los ojos los estadounidenses, las botellas eran de algo más de un tercio de litro. ¡Cómo echo de menos mis gaseosas de uva bien frías!

Las oficinas de los profesores en la Universidad eran también cabinas, pero algo más pequeñas que las del Ministerio y sin aire acondicionado. Un estrecho pasillo con seis puertas de cristal, cada una daba a uno de los habitáculos que contaba con un escritorio y un armario archivador, un ordenador y dos cajones. En mitad del pasillo había un máquina para servirse agua y al fondo, un gran ventanal con un par de mesas, rincón de descanso para fumarse un cigarro, expuesto al sol y a la vista de la gente de la calle.

Pasé allí la mañana, organizando, tomando apuntes... hasta que se hizo la hora de irme.

Ninel había quedado con su hermana Brenda, que ella iría a recogerme a la Universidad con las niñas y que me llevaría al supermercado. Nunca había visto a Brenda ni a ninguna de las niñas por lo que me resultaba difícil reconocer el coche. Evidentemente, yo no pasaba tan desapercibida y, tan pronto como Brenda me vio de lejos, supo que era yo.

Entre aquel calor denso apareció un coche negro y de él salió complicadamente una muchacha entradita en carnes y con cara de quinceañera. Era muy joven, unos 23 o 24, pero supe que era ella. Me sonrió y me saludó con la mano desde el coche, haciéndome un gesto con la palma para que me quedara allí quieta: las niñas querían salir del vehículo. Valeria bajó primero: era una niña de unos cinco años, de rasgos suaves, morena de piel y cabello, vivaracha pero tímida, fina, educada, recatada y muy guapa. Luego Camila, una muñequita de piernas muy delgadas, dos añitos y medio, piel clarita; ojos grandes, profundos y negros; boquita enana, bracitos cortos y aire espabilado.

Las niñas me miraban extrañadas desde el asiento trasero del coche. Eran guapísimas y delicadas, nada que ver con otros niños que conocería después. Camila sonreía avergonzada mientras se tapaba con el bracito los ojos y Valeria permaneció sentada mirándome a los ojos, escrutándome para intentar conseguir alguna pista sobre mí.

Brenda me llevó al supermercado, quería comprar algo para que las niñas comieran durante el fin de semana en el rancho de AnaCris y Celio (su hermana y su cuñado) y por si yo quería también comprar alguna cosa.

Hicimos el camino prácticamente en silencio, comentando alguna cosa tonta sin importancia, como el que ya se conoce y se lo ha dicho todo a su compañero y solo se comentan cosas cotidianas.

El padre de las niñas estaba en Panamá y llegaba justo el día que yo volvía a España. Eso fue lo único que me comentó Brenda. Hablaba lenta y pausadamente, respirando hondo entre las frases, lamentando la ausencia de su marido.

Todo parecía descontrolado en el supermercado. La gente con prisas iba y venía, los coches (como siempre) cruzaban de un lado a otro sin importar si pasaba alguien o no. El pavimento estaba roto y abultado, lleno de baches. Y, por supuesto, había gente pidiendo en la puerta, en su mayoría niños que reclamaban un cachito de la compra de los que salían.

Más de diez clases de bananos: para freír, para comer crudos, para mezclar, para postre... grandes, verdes, pequeños, amarillos, medianos... mil productos estadounidenses y otros tantos importados de España, algunos de ellos yo ni siquiera los conocía. Yo siempre preguntaba a quien fuera conmigo si los productos eran salvadoreños. Prefería comprar algo de allí que algo de EE.UU. o español. El desconocimiento o quizás la costumbre, hacían suponer que la mayoría de las cosas eran autóctonas. Brenda me lo confirmaba a cada momento: “Esto es producto nacional, Ana”. Luego, en casa, yo descubría que no lo era porque la dirección de fábrica solía estar en Madrid.

Busqué en la charcutería un poco de jamón, pero no encontré, solo en tiendas especializadas en embutidos.

Busqué una barra de pan, pero tampoco había y aquello que parecía pan era en realidad un bollo sin azúcar con forma de barra, bastante parecido, sí, pero no lo era.

He de reconocer que lo único que eché realmente de menos fue el jamón serrano. Me encanta la comida de allí, me gusta la forma en que se desayuna, me gusta todo lo que probé. No podía ir a El Salvador a comer comida española. Por el contrario, intenté hacerle la cata a cualquier alimento nuevo. Normal que luego regresara a mi casa con cinco kilillos de más, muy bien puestos y alegres.

Como decía, Brenda, las niñas y yo revoloteamos un rato por el supermercado, mirando, comprando y enseñándome qué eran todos aquellos productos raros que pretendía probar en no mucho tiempo.

Después fuimos todas a casa. Ese día comerían allí con nosotras y luego partiríamos todas hacia la costa a casa de AnaCris.

Saqué la llave para abrir la puerta principal: estaba abierta. Me asusté, pensé mil cosas, ¿habrían entrado? ¿es que no estaba bien cerrada?. Giré la cabeza hacia Brenda sorprendida y ella me miró sonriendo:

“Ha de estar acá Martita”

¿Martita? ¿qué Martita? ¡yo no sabía nada de ninguna Martita!

“La asistenta”

¿Asistenta? ¡Caray, tenían asistenta!

“Buenos días Martita”, dijo Brenda al entrar.

En silencio apareció una muchacha del despacho de Ninel. Su vestido era ligero y la tela se despegaba de su cuerpo. Los brazos firmes sostenían una bayeta y el gran trapeador (fregona). El pelo lacio y negro escapaba en mechones de su coleta. Martita no debía tener más de 25 años y no levantaba la mirada del suelo con frecuencia. Se limitaba a permanecer en ese silencio inocente del que aguarda una reprimenda. Es cierto, a la chica bien le podía caer una en cualquier momento; lo sabía y lo aceptaba sin más, supongo que pensaba que era su trabajo.

Había hecho mi cama, colocado y doblado las toallas, había recogido el cenicero y los zapatos y los puso en fila junto a la pared. El armario estaba ordenado, más ordenado de lo que yo lo solía tener. Le di las gracias y ella sonrió.

Martita ayudaba a poner la mesa. No lo hacía sola, Ninel, la Niña Julia y yo nos encargábamos de las tareas preparatorias y Brenda se hacía cargo de las niñas. Valeria permanecía todo el día bajo las faldas de Ninel, no podía separarse de ella y le iba siguiendo por donde ella caminara e imitaba a veces sus movimientos y sus formas de hablar.

Martita era considerada como una más de la familia. Se sentó a la mesa con todos y comió su ración de tortilla, su arroz, su huevo con chicharrón y su bebida. Y permanecía en silencio. Más de una vez quise dirigirme a aquella sombra y preguntarle cómo le iba y qué tal estaba ese día, las veces que lo hice ella me miró y asintió sonriendo. Nada más.

Preparamos todo para irnos al rancho de AnaCris y Celio. Ninel y yo nos acercamos al Hiper a comprar hielo y bebida para las niñas. Por supuesto, ahí vino Valeria, abrazada a la pierna de mi anfitriona.

Hacía mucho calor. Imagino que serían las 14 o 15 de la tarde y el calor caía sobre San Salvador con pesadez. Tenía la sensación constante de que me faltaba el aire, de que respiraba agua caliente. La ropa se me quedaba pegada al cuerpo y el pantalón, a su vez, se adhería al asiento tapizado roto del pick- up de Ninel, que parecía derretirse al igual que mi piel. ¡Como echaba de menos en aquellos momentos el frío seco del aire acondicionado del Ministerio y los inviernos de Albacete!

Me pareció una eternidad el tiempo que tardamos hasta llegar a casa. En el Hiper la gente compraba con parsimonia mientras sus frentes relucían por el sudor. Parecía que el tiempo se detenía cada minuto, que cada segundo eran dos, todo ocurría muy lento. Las calles ondeaban por el efecto del sol, hacían reflejos que iluminaban los colores de los árboles, de los ladrillos de las casas... y nosotras caminábamos despacio suplicando las gotas de lluvia del atardecer.

Cuando llegamos a casa, Brenda y la Niña Julia, con Camila y Martita, estaban cargando ya el coche para partir: la nevera con fruta, bebida, algunas mochilas con poca ropa y el hueco para seis personas dentro del coche deportivo de la señora.

Aupé a Camila y la acogí en mi regazo dormida. Pequeña y frágil, respiraba lentamente su piel blanquecina sumida en un profundo sueño. De repente vi una hormiguita sobre su brazo, dos, tres, cuatro; en sus piernecitas, en mi pecho, en aquel cuello nacarado infantil... y, con cuidado de no despertarla, avisé a Ninel.

Descubrimos entonces mil hormigas más en el maletero del coche, subían y bajaban por todas partes y en todas nosotras. Sacudíamos una y teníamos otra, sacudíamos diez y aún quedaban veinte...

Pasó un rato hasta que conseguimos librarnos de aquel ejército de insectos laboriosos que buscaban comida entre nuestra piel y que mordían como si tuvieran dientes.

El olor a insecticida nos acompañó todo el viaje, desde la misma puerta de casa hasta la urbanización donde vivía AnaCris. Conducía la Niña Julia y a su lado iba sentada Ninel. En la parte trasera, Brenda sujetaba a Valeria y yo a Camila. Las ventanas permanecieron abiertas durante todo el camino para airear el coche haciendo que, a fuerza de entornar los ojos, nos diera sueño a todas.

El paisaje me resultaba familiar: era la misma carretera que iba hacia el aeropuerto. Pasamos por Olocuilta a comprar pupusas. Son las más famosas de El Salvador. Las pupuserías se despliegan a lo largo de la carretera ofreciendo todas los mismos productos con muy pocas variaciones: pupusas de trigo, de arroz; rellenas de chicharrón, queso, etc.; café caliente, salsa de tomate recién hecha, curtido casero, ventilación, comal a la vista y buen cargamento de loroco.

Las mujeres hacen una bolita de masa con las manos. Luego, con los dedos, se hace un hueco hasta formar algo parecido a un cuenco donde se coloca el relleno. Se cierra la masa por los bordes y se pega bien para que no se agriete y evitar que se salga el contenido. Una vez hecha una bola rellena se aplana con las manos pasándola de la mano derecha a la izquierda rápidamente hasta conseguir que quede una tortita plana que se deja cocer en el comal hasta estar bien tostada y hasta que el queso del interior esté muy derretido, tanto que al cortarlas debes quemarte los dedos.

Compramos un montón de pupusas para la cena y el desayuno del día siguiente. Es imposible pasar por Olocuilta y no parar a por una pupusa, aunque sea sólo por curiosidad y por el delicioso olor que desprende el lugar.

No puedo evitarlo, desde que las probé, no puedo resistirme. En el coche, con el aromático paquetito de cinco de aquellas alegrías, no pude sino paliar el sufrimiento de mi estómago e ir pellizcando poco a poco la que estaba colocada arriba. Para mi sorpresa, mis compañeras de viaje padecían el mismo “síndrome de la pupusa olocuiltiana” y cada vez que yo abría el papel de aluminio para atrapar aquel sabor, el olor se expandía por el coche haciendo salivar a mis cómplices.

Valeria, en cuanto notó el rugido de sus tripas dijo: “Mami, ¿puedo comer una pupusa?”. Fue como una señal del cielo y, sin decir nada más, repartimos una para cada una y calmamos nuestros padecimientos. Después, con el estómago lleno, respiramos mejor.

Llegamos al cruce donde estaba el desvío para el Estero de Jaltepeque. Allí convergían dos o tres carreteras, no lo recuerdo con exactitud. Lo que sí recuerdo bastante bien es la percepción de desorden que tuve de la zona. Algunas camionetas quedaban apartadas de la circulación, en los bordes de la calzada y todas ellas llevaban gente en la parte trasera de carga, tanta que se apelotonaban como en los autobuses. Esperaba mucha gente para cruzar de una orilla a la otra, en su mayoría mujeres con cántaros o barreños en la cabeza y niños mal vestidos y sucios que correteaban de un lado a otro para acortar el tiempo de espera.

El tráfico en todo el país es descontrolado, creo que ya aludí al tema con anterioridad. Cruzar de un lugar a otro, en la ciudad y más en carretera, entrañaba un peligro importante para el peatón.

Los arcenes estaban plagados de gente: puestos donde se vendían frutas o pupuserías improvisadas y, por supuesto, gente pidiendo. Algunas chabolas se levantaban a ambos lados, con tendederos pobres hechos con cuerdas o cables, donde los animales iban y venían a su antojo.

Este paisaje continuó el resto del camino. Incluso en las zonas de mucha vegetación, sin esforzarse mucho, había escaleras hechas con troncos y cubiertas de barro que conducían a algún barrio entre los árboles en alguna colina. Las brechas del terremoto herían la tierra por todas partes.

Cerca de la costa, se alternaban los tugurios con las zonas ricas. Tres cabañas de paja y madera, de techo de uralita, con hamacas deshilachadas, niños jugando descalzos, gallinas, cerdos, algún anciano mirando el tiempo; luego un muro largo del que sobresalían árboles, con un gran portón enrejado desde el que se podía ver el puesto de vigilancia y a los guardias armados del interior, con veredas y los caserones sobrecargados de detalles de gente adinerada con sus grandes coches y sus barcos para navegar frente a la puerta. Eran condominios cerrados que destacaban como titanes entre los barrios vecinos marginales de los que se excluían y protegían.

Al entrar en el condominio al que íbamos, nos detuvieron ante la puerta los dos guardias armados. Tras la identificación había que citar el nombre y apellidos de la persona que se iba a visitar y, si era posible, también había que especificar el número de la casa a la que íbamos. “Venimos a casa del Dr. XXXXX XXXXX, caserío nº xxx”.

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