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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Andarín
pepepreservi@hotmail.com
ENSOÑACIONES DEL GENIL

A mi memoria floran recuerdos de mi niñez. Una niñez nacida del despertar de la primavera sobre las cumbres de Sierra Nevada.

A las faldas del Veleta el derrame de sus nieves me fue dando fuerzas para comenzar mi venturoso caminar.

La belleza de una noche de luna llena, me ayudó a descubrir mis primeras sensaciones, al recorrer raudamente una fuerte pendiente, qué desde los pies del Veleta, guiaba mis meandros, incitándome a rozar con mi cuerpo, las bellísimas extremidades de una montaña, que con sus encantos en forma de helechos y gráciles hiedras trepadoras, me acompañaban mientras surcaba mi destino temblorosamente, entre dos altas montañas, y siempre acompañado por una sinuosa vereda que se hacia llamar De La Estrella.

Alrededor, un paraje natural engalanado por los colores y aromas de los fresnos, castaños, quejigos, encinas, robles y arces, que se erguían sobre un fresco y manto verde.

En mi rápido y torrentoso caminar, me sentí embriagado por la belleza del lugar, mientras observaba a lo lejos, los graciosos y ágiles saltos de alguna que otra cabra montés por las escarpadas laderas de la montaña.

En un recodo del camino, un castaño centenario, llamado El Abuelo, me decía adiós meciendo al viento su alta copa.
Aminoré mi marcha, al encontrarme de frente, un valle inmenso, rodeado de hermosas huertas, que me sugerían un deambular más cansino.

A mis ojos, ávidos por descubrir nuevas sensaciones, llegaban las siluetas de unas colmenas, de color bermejo, que sobresalían al amparo de unas cumbres nevadas, y que un tímido vencejo, mientras bebía sobre mi torso, me dijo que era La Alhambra.

Continué mi marcha por ese inmenso valle, llegando a un lugar que me hizo descansar. Era un atardecer envuelto por los cansinos rayos del sol, cuando volví a sorprenderme, con el volar sobre mi pecho, que desde las entrañas abiertas de la Cueva de Belda, jugueteaban alegres una bandada de murciélagos.
Amanecía y más seguro de mis fuerzas, continué mi insólito caminar, dejando a mi paso hermosas praderas envueltas en mantos de flores y torosos olivares, que me incitaban a variar mi rumbo, con tal de descubrir nuevos rincones, que hacían saltar dentro de mi vientre, en forma de pececillos, escalofríos de placer, que me obligaban a seguir.
En esas conocí a El Tempranillo, que mientras saciaba su sed en mis varadas orillas y narrándome sus aventuras, me guió por lugares recónditos, mientras deambulaba por parajes bellísimos que me iban transformando, sintiendo sobre mí el aleteo de graciosas aves que me daban la bienvenida.
Con tan inmenso bagaje de sorpresas y emociones, me encontré ante una elata y altiva sierra, que contorneaba el embalse del malpasillo, al que pude llegar, no sin antes de manera sutil pero firme, penetrar en la virginidad de la montaña y excitarme, a fuerza de riadas, con sus bellísimas intimidades kársticas.
Exhausto pero feliz tras mi enamoramiento con la montaña, descansé sobre un fondo formado por margas yesíferas de relieve escarpado, conformando un embalse surcado por mis meandros, y con sus riberas engalanadas por juncos, carrizos y espadañas, además de sauces y tarajes, donde la garza real, la imperial y la cigüeña común alegraban el lugar con algun otro calamón y la sin impar grulla, que junto a algunas fochas y patos colorados se regocijaban de mi llegada.

Entretanto, mas allá del embalse, intuía la presencia del Guadalquivir, un amigo fuerte y vigoroso que esperaba mi llegada.
Tras un largo sueño reparador, con la compañía de una noche agasajada de estrellas, el despertar de los rayos del sol me hizo volver a la realidad, encontrándome de nuevo, recostado en mi lecho blanco de nieve, rodeado de siete bellísimas lagunas a los pies de Sierra Nevada.

Como dijo un amigo, Los sueños, sueños son, pero los sueños a veces se hacen realidad.

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