A mi memoria floran recuerdos de mi niñez. Una
niñez nacida del despertar de la primavera sobre
las cumbres de Sierra Nevada.
A las faldas del Veleta el derrame de sus nieves me fue
dando fuerzas para comenzar mi venturoso caminar.
La belleza de una noche de luna llena, me ayudó
a descubrir mis primeras sensaciones, al recorrer raudamente
una fuerte pendiente, qué desde los pies del Veleta,
guiaba mis meandros, incitándome a rozar con mi cuerpo,
las bellísimas extremidades de una montaña,
que con sus encantos en forma de helechos y gráciles
hiedras trepadoras, me acompañaban mientras surcaba
mi destino temblorosamente, entre dos altas montañas,
y siempre acompañado por una sinuosa vereda que se
hacia llamar De La Estrella.
Alrededor, un paraje natural engalanado por los colores
y aromas de los fresnos, castaños, quejigos, encinas,
robles y arces, que se erguían sobre un fresco y
manto verde.
En mi rápido y torrentoso caminar, me sentí
embriagado por la belleza del lugar, mientras observaba
a lo lejos, los graciosos y ágiles saltos de alguna
que otra cabra montés por las escarpadas laderas
de la montaña.
En un recodo del camino, un castaño centenario,
llamado El Abuelo, me decía adiós meciendo
al viento su alta copa.
Aminoré mi marcha, al encontrarme de frente, un valle
inmenso, rodeado de hermosas huertas, que me sugerían
un deambular más cansino.
A mis ojos, ávidos por descubrir nuevas sensaciones,
llegaban las siluetas de unas colmenas, de color bermejo,
que sobresalían al amparo de unas cumbres nevadas,
y que un tímido vencejo, mientras bebía sobre
mi torso, me dijo que era La Alhambra.
Continué mi marcha por ese inmenso valle, llegando
a un lugar que me hizo descansar. Era un atardecer envuelto
por los cansinos rayos del sol, cuando volví a sorprenderme,
con el volar sobre mi pecho, que desde las entrañas
abiertas de la Cueva de Belda, jugueteaban alegres una bandada
de murciélagos.
Amanecía y más seguro de mis fuerzas, continué
mi insólito caminar, dejando a mi paso hermosas praderas
envueltas en mantos de flores y torosos olivares, que me
incitaban a variar mi rumbo, con tal de descubrir nuevos
rincones, que hacían saltar dentro de mi vientre,
en forma de pececillos, escalofríos de placer, que
me obligaban a seguir.
En esas conocí a El Tempranillo, que mientras saciaba
su sed en mis varadas orillas y narrándome sus aventuras,
me guió por lugares recónditos, mientras deambulaba
por parajes bellísimos que me iban transformando,
sintiendo sobre mí el aleteo de graciosas aves que
me daban la bienvenida.
Con tan inmenso bagaje de sorpresas y emociones, me encontré
ante una elata y altiva sierra, que contorneaba el embalse
del malpasillo, al que pude llegar, no sin antes de manera
sutil pero firme, penetrar en la virginidad de la montaña
y excitarme, a fuerza de riadas, con sus bellísimas
intimidades kársticas.
Exhausto pero feliz tras mi enamoramiento con la montaña,
descansé sobre un fondo formado por margas yesíferas
de relieve escarpado, conformando un embalse surcado por
mis meandros, y con sus riberas engalanadas por juncos,
carrizos y espadañas, además de sauces y tarajes,
donde la garza real, la imperial y la cigüeña
común alegraban el lugar con algun otro calamón
y la sin impar grulla, que junto a algunas fochas y patos
colorados se regocijaban de mi llegada.
Entretanto, mas allá del embalse, intuía
la presencia del Guadalquivir, un amigo fuerte y vigoroso
que esperaba mi llegada.
Tras un largo sueño reparador, con la compañía
de una noche agasajada de estrellas, el despertar de los
rayos del sol me hizo volver a la realidad, encontrándome
de nuevo, recostado en mi lecho blanco de nieve, rodeado
de siete bellísimas lagunas a los pies de Sierra
Nevada.
Como dijo un amigo, Los sueños, sueños son,
pero los sueños a veces se hacen realidad.
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