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RELATOS


Por Andrea Marcano


REINO DE SOMBRAS

Calles invadidas en sombras, enterradas en soledad e iluminadas sólo con la pálida luz de la luna. El silencio carcome, sólo se escucha el débil sonido de un grifo a medio abrir donde el agua cae gota a gota al empedrado camino. A la distancia se divisa un gato acechando sigilosamente a su última comida del día y una mujer que se vende para sobrevivir, evidenciando esa inocencia perdida jamás encontrada. Un ebrio camina dando traspiés aferrándose a las paredes, como un naufrago a su tabla, susurrando incoherencias y gritando vulgaridades. Cuando sopla el viento, arrastra con él botellas y otros objetos, estando a merced de su trayectoria.

De las sombras emerge un hombre que al caminar deja una estela de luz en donde pisa, se detuvo por un instante, alzó su mano con dirección a cielo y puso su dedo en donde quería que una estrella naciera, allí un punto de la celestial luz, brilló. Así lo hizo tantas veces hasta que las penumbras de la calle quedaron exiliadas, siguió caminando, continuó asomándose en las ventanas de las imponentes fachadas, para asegurarse de que todos durmieran. Se paró ante los faroles inservibles y con tan sólo un toque iluminaron el camino, haciendo que las sombras huyeran espantadas ante tanta pureza. Era como si el tiempo se hubiese detenido, haciendo que sólo importara aquel misterioso hombre que resplandecía los caminos.

Al asomarse tímidamente el sol sobre los techos empapados en rocío, aquel hombre desaparece en el olvido y regresa a su tierra donde reina sin ser visto.

AMOR DE VERANO

Era una tarde de verano, la tibia brisa rozaba la piel, haciéndome sentir cada molécula de ella, inundaba los pulmones y movía las verdes hojas de los árboles de en aquella plaza Bolívar, donde el Libertador eleva su espada en señal de triunfo.

Allí, ella se acercaba rodeada de una aurora de indomable juventud y espíritu, tomó mis manos, acercó su rostro hacia el mío, me dio un beso en mí pálida mejilla y se me fue imposible no percibir el aroma de su lacios cabellos dorados, quedé atontado o noqueado, pero evité que lo notara. Me miró con esos profundos ojos color chocolate, penetrando cada pedazo de mí, llegando a mis huesos; sus labios se movían, pero no podía entender e incluso escuchar lo que decían, supongo que fue sólo hola.

Tomados de la mano y caminando a ritmo acompasado, recorrimos la plaza charlando sobre todo, ella notó un edifico blanco en ruinas en frente de donde nos encontrábamos, me preguntó: ¿qué había ocurrido con tan magnífica estructura?, le respondí diciéndole: la obra, es la vieja Gobernación que fue envuelta en llamas por estudiantes rebeldes, defensores de una revolución ficticia y que irónicamente el líder de esos jóvenes se había convertido en alcalde, ocupando un silla en un puesto contra el cual había combatido. Maravillada por la historia y la armonía arquitectónica que desplegaba tan imponente monumento, me pidió entrar, así lo hicimos pateando botellas rotas con los pies, nos adentramos en un mar de escombros y hojas secas, dentro, empezamos a imaginar como sería trabajar allí, ambos corríamos de aquí a allá con montones de papeles por firmar, mirábamos el reloj constantemente para no llegar tarde a una reunión de fantasía y todas esas cosas que suponíamos que hacían los políticos. Quise dejar la imaginación para después, la tomé firmemente por la cintura acercándola a mí, quité sutilmente su cabello del rostro y la besé, al principio fue raro e incómodo, pero lenta y decididamente se convirtió en un acto celestial inundado en pasión, en conclusión una verdadera obra de arte como la novena sinfonía del maestro Beethoven. Al terminar, me dio un beso en la frente, desnudando mí mente.

Seguimos caminando por las calles, esquivando torpemente a la gente y tratando de imitar sus rostros, las miradas y adivinando lo que pensaban. Llegamos al Casco Histórico, el aroma del viento era pasado. Nos adentramos en él como héroes patrios que llegaban triunfantes de una batalla, en el camino había un par de ramas en el suelo, las ondeamos en el aire como si fueran espadas, saludando a la gente y vociferando gritos de extremo regocijo, hizo que me detuviera, me dijo: mi caballero andante, vamos a nuestra fortaleza, en ese momento fue como si me atravesaran con mil puñales, mas no sentía el dolor sólo la sangre roja brotando por las heridas invadidas en pasión y deseo.

Correteamos serpenteando en las escalinatas de la iglesia Santa Inés, espantando todas las palomas para hacerlas volar al despejado cielo, sin olvidar un beso aquí y otro más allá. Me dijo: aquí ante Dios te entrego mí corazón, antes de partir me lo devuelves, no como estaba, quiero que coloques adentro esas manos que tanto me encantan y esa sonrisa que hace suspirar, no me llevaré tus ojos conmigo, para que me puedas mirar de nuevo así como siempre, así como en éste momento. Las palabras fueron exiliadas de mi boca, lo único que salió de ella fue: te amo, no fui capaz de decir nada más, allí se creó un silencio incómodo, que fue interrumpido por: yo también te amo.

Caminamos con dirección al Castillo de San Antonio de la Eminencia en absoluto silencio, porque después de esas palabras no había mas nada por decir. Subimos a lo más alto del castillo, toda la cuidad estaba a nuestros pies, como si fuéramos amos y señores de esa primogénita del continente. El sol caía lentamente, los últimos rayos iluminaban las calles acechadas por sombras, cuando el último haz de luz tocó el suelo, me besó, no fue solo un beso, pude sentir cada pedazo del mundo en mis labios, lo sentí todo, el sello perfecto para ese día perfecto.

Aún la espero, no la veo desde ese verano, se fue con mí sonrisa y mis manos dentro de su corazón. Ahora sólo me limito a mirar porque no puedo tocar el piano o escribir esta historia para no sea olvidada en vano, sólo tengo mis ojos, que han servido para mirar a la mujer que tengo a mí lado que se encargará de que la historia que causó mí delirio y las ganas de no volver a sentir nada, termine en para siempre así sólo sea en un papel extraño.

ÚLTIMO RESPIRO

Se detuvo en frente de él y apuntó hacia su pecho sin titubear. En aquel momento sus sentidos se agudizaron y pudo sentir cada instante de lo que sería su último respiro.

Vio como un gato se movía con refinación entre los botes de basura a metros de distancia, pudo escuchar el peculiar sonido de las gotas ahogando los suelos y percibió el sutil perfume de una dama que había quedado suspendido en el aire.

Apretó el gatillo y el sonido se apoderó de la noche. Vio el proyectil aproximarse. Sintió como el corazón se le aceleraba proyectándosele en el pecho, como tratando de salir. La sangre le hervía y el ardor le arropó el cuerpo como un vapor infernal. Se dio cuenta de que la bala estaba incrustada en su pecho y supo quien era realmente. Exhaló su última porción de oxígeno, vio cosas que jamás había mirado y ahogándose en sus propios pensamientos, acarició la ilusión de una realidad por vez primera.

Cayó al suelo. La sangre recorría como ríos por su cuerpo y por las grietas de la cera, cayendo gota a gota en el gélido asfalto. Escuchó el sonido de los cascos de los corceles de la muerte que venían por él. Aquella noche acompañó a la vida hacia su propio destierro.

 

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