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RELATOS


Por Andrés Ramos Broseta


LOS TAMBORES DE ARRIA

El resonar de siempre se extiende desde la profundidad indefinida del bosque otra noche más, ninguna sorpresa para los habitantes de la aldea de Arria, aunque esta calma se va a ver perturbada por gente de todos lados, con cámaras de televisión, micrófonos, entrevistas, fotos, flashes.

Fue por aquel muchacho que llegó hace un mes y pasó la noche allí, y claro, oyó los tambores, lo primero que creyó fue en una procesión católica, aunque la frecuencia del sonido no se correspondía, era algo más parecido a una ceremonia tribal, revestida de una gran solemnidad. Al día siguiente sólo encontró silencio a sus preguntas, aún así no le dio mayor importancia, pero tuvo que quedarse otra noche más, debido a una gran tormenta, y en la lejanía, solapados por los estruendos del trueno y la letanía de la lluvia, los volvió a escuchar.

Cuando hubo escampado, a primera hora de la mañana, partió, pero ya había decidido cambiar de rumbo.
Alguien había investigado su rastro desaparecido y lo había llevado a esa pequeña y taciturna aldea, llena de frío y musgo. El poder mediático se había hecho eco y había echado sus redes. Aún así el resultado no fue el esperado, solo mutismo y continuas negativas. El muchacho había pasado por allí, hasta ahí todo estaba claro, del resto nadie hablaba aunque todos sabían en la aldea. El silencio se extendió más allá de los primeros árboles, no hubieron tambores en la noche, el bosque estuvo callado siete noches, el tiempo que tardó en dejar de ser noticia la desaparición de aquel muchacho tan curioso.
Todo perfecto... el bosque seguía creciendo.

 


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