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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Ariadna Puig


ENTERRADO EN VIDA

Mi familia regenta esta funeraria desde que esta ciudad no era más que un pequeño pueblo en medio de una planicie que la vista no alcanza a delimitar por ninguno de sus lados. Desde hace generaciones, los de mi estirpe han relatado una especie de diario del negocio, anotando efemérides o simples curiosidades que han tenido como protagonista nuestro humilde negocio. Las he leído docenas de veces y no recuerdo caso mas extraño que el que me sucedió hace diez años.

Era un agradable lunes. La primavera estaba en su mejor momento. Lo más habitual es que nuestros clientes entren con rostro afligido y ademán deprimido, pero el primer cliente de aquel día entro con gesto ansioso e ilusionado. Parecía que viniera a cobrar un premio y no a comprar un traje de pino.

Largo rato merodeó por mi establecimiento, deteniéndose y comentando con sus acompañantes. Todos parecían compartir su alegría. Al fin se dirigió hacia mi e hizo una petición que aun hoy me sorprende al recordarla, quería probarse tres féretros que le gustaban.

Como el que entra en una tienda de ropa y elige tres piezas de su agrado, aquel sujeto seintroducía en los ataúdes despacio, acomodándose en su interior. Sus familiares buscaban todos los ángulos posibles para juzgar el atuendo. El hombre, con rostro inerte y las manos en el pecho, posaba para ellos.

Tras una hora en la que no salía de mi asombro estuvieron mis peculiares clientes discutiendo cual preferían. Finalmente se decidieron por el más caro, porque al final, a uno solo lo entierran una vez en la vida, y no hay que escatimar.

Había llegado el momento de hablar de los detalles de la ceremonia. Querían un funeral por todo lo alto, con la iglesia rebosante de flores y velas, con librillos de tapa dura en todos los asientos del templo con las oraciones que se dirían en su recuerdo y una dedicatoria de agradecimiento personificada que el futuro difunto firmaría de su puño y letra.

En mi cabeza tomaba forma el argumento para acabar con aquella locura. Que cura oficiaría un funeral de esa calaña?. Pues en ese mismo instante llamaba a la puerta la última persona que esperaba ver allí, el párroco del pueblo, que entro riendo con los brazos abiertos directo al extraño cliente para fundirse en un amistoso abrazo. El cura preguntó al hombre como iba la organización del evento y aprovecho para pedirme unos cuantos bancos para poner en la iglesia, pues preveía una asistencia masiva al funeral de tan distinguido vecino y no tenían suficientes acomodos para tanta gente en la iglesia.

El funeral estaba previsto para dos meses después de la visita de aquel hombre a mi establecimiento, tiempo en el que nuestro pueblo estuvo inmerso en una actividad frenética, preparando adornos para las calles, pancartas dando el último adiós al difunto… incluso la parroquia aprovecho la ocasión para limpiar y revisar la joya del templo, un órgano de principios de siglo XVII, fabricado por uno de los más populares hijos que había dado nuestro pueblo al mundo y que dedicó media vida a la construcción de aquel instrumento único en el mundo, pues venían organistas y expertos de todos los rincones de Europa para admirar y estudiar las peculiaridades que hacían de aquel órgano el más prestigioso del país.

Durante todo aquel tiempo creí hallarme bajo el terrible efecto de alguna sustancia alucinógena todavía sin catalogar. No podía creer que la gente, mis vecinos, a los que conocía de toda la vida les hubieran tenido un acceso de locura colectiva repentina y que durara tanto. Era imposible tener la certeza que exhibían de que aquel hombre moriría próximamente. Nunca había estado enfermo, no se le recuerda ni un simple catarro, pero cuando se comentaba este tema en la calle, la gente se mostraba afligida, como si lo hubieran condenado a muerte y la decisión fuera irrevocable.

Me decidí a hablar con el futuro muerto, por que montaba todo este espectáculo. Me explico que yo estaba en lo cierto, que nada hacía pensar que muriera en breve, lo único que pretendía era saber como sería su funeral de verdad, quería hacer un ensayo general de su funeral para supervisar todos los detalles y que todo saliera como el había imaginado, pues era un hombre obsesionado con la muerte y con el control de todo lo que sucede a su alrededor. Para que la prueba tuviera éxito, había engañado a todo el pueblo. A su mujer y amigos les explicó que hacía un tiempo le había diagnosticado un cáncer demasiado desarrollado para poder tratarlo y el médico le dio como máximo un mes de vida. Le explicó que la noticia no era tan mala como parecía, pues llegaba al fin de sus dias en plenas facultades y sabiendo el tiempo que le quedaba, así lo podría aprovechar como mejor creyera. Dos de sus amigos más próximos eran las únicas personas que sabían la verdad.Estos quedaban encargados de que su auténtico funeral se desarrollara igual que la prueba si era superada satisfactoriamente. Me dio los nombres y una detallada descripción de los hombres que garantizaban que todo saldría bien. Rogó que no dijera nada a nadie.

No sabía si estar tranquilo o más preocupado que antes de oír aquella macabra historia. No lo sabía ni su mujer.

Llegó el gran día. Los familiares y conocidos de todos los rincones del país entraban en el pueblo en silenciosa comitiva dirigiéndose hacia la iglesia. Se daban el pésame unos a otros, alguno rompía en llanto sordo…Todo era perfecto.

La misa se desarrolló con abrumadora solemnidad, todos cantaban, un coro sobrecogedor al compás del órgano. Imaginé que el muerto estaría satisfecho de cómo transcurría su misa.

Con gran trabajo se abrieron paso los portadores del féretro a través de las masas congregadas en la puerta del templo. El mar de gente cubría toda la plaza y seguía cuesta arriba por la empinada calle que nacía al lado opuesto de la iglesia. El cortejo salió del pueblo en dirección al cementerio. Solo se oían los pasos, arrastrados, como los de un ejército derrotado que vuelve de la batalla en silencio, extenuado por la lucha y absorto en lamentos.

El camino se me hacía largo. Levante la vista para ver la distancia que nos quedaba hasta nuestro destino. Tras los muros del campo santo se alzaba imponente una cripta de arco gótico. Ocupaba más de la mitad de la superficie del cementerio, era más grande que la propia iglesia del pueblo.

Sobre dos pilares de mármol estaba el sarcófago de piedra en la que descansaría nuestro acaudalado vecino. Los porteadores metieron el ataúd y, con ayuda de seis hombres más, colocaron la losa sobre la que se depositarían las ofrendas florales. Todos circularon en fila de a uno alrededor de la tumba dejando allí sus ramos y besando la tumba y saliendo de vuelta al pueblo. Cuando solo quedaban unas diez personas en la fila caí en la cuenta. El muerto me dio una precisa descripción de las dos personas que se encargarían de parar el entierro y sacarlo de allí una vez todo el mundo le hubiera dedicado el último adiós. Aquellos hombres no habían venido.

Intenté por todos los medios que alguien me ayudara a mover la losa y abrir el ataúd. Aquel hombre llevaba allí encerrado mucho tiempo y debía estar al borde de la asfixia. Todos me tomaron por loco. La muchedumbre se abalanzó sobre mi y me propinó puntapiés e improperios hasta que quedé sin sentido. Desperté en el hospital con tres huesos rotos, mi mujer a un lado de la cama y mi abogado en otro.

Me cayeron dos años por intentar profanar una tumba y una indemnización que me obligó a hipotecar mi casa y mi negocio.

Días después de ingresar en la cárcel, leí en un periodico que dos hombres cuyos nombres me había rebelado mi último cliente, se despeñaron con su coche a cinco quilómetros del pueblo y con ellos, la garantía de que todo terminaría sin consecuencias.

Años después abrieron la tumba y descubrieron violentos golpes en el féretro y varios huesos del esqueleto rotos.

 

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