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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Armando Salcedo Henríquez

 
DIME LO QUE COMES Y TE DIRÉ COMO PUEDEN SALIRTE ALAS

A Luis le gustaban los gorriones. Los miraba posar en la ventana de su habitación que daba a un patio interno, oscuro y sombrío, que le ofrecía como paisaje, más y más ventanas del edificio de enfrente a unos tres metros de exigua intimidad. Los miraba, les daba migas de pan, y cuando estaban descuidados tragando con ansia e ingenuidad, cogía la tabla de madera donde partía el pan, y les dada con fuerza suficiente para quitarles la vida procurando no aplastarlos del todo. Una vez tuvo un sueño donde corría en la plaza tras las palomas, y que las mordía y masticaba, y de este modo, le iban creciendo alas de ángel. Después de ese sueño, éste se volvió recurrente, aumentando en intensidad, empezaba a volar, a hacer viajes casi astrales, así conoció parajes lejanos, podía escoger los destinos y las rutas, de hecho una vez, llegó a sentarse a comer en una terraza en el Cairo, y saborear la comida, tanto que al día siguiente no pudo desayunar al encontrarse tan lleno. Otro día, estuvo toda la mañana respirando el olor de las flores de lavanda de Avignon, por la tarde al echarse la siesta, bailando en una carroza del carnaval de Río, con unas espectaculares alas, que eran la envidia de las mulatas de las escuelas de zamba. Una mañana, al abrir los ojos descubrió que estaba cansado de tanto soñar, pues como toda fantasía, siempre hay que despertar y continuar con lo cotidiano y el sinsabor de lo terreno. Así pensó en hacer realidad su sueño, este secreto tachado por cualquiera de locura, pasó a ser el sentido de su vida, y el cambio de sus hábitos alimenticios. Poco a poco fue adquiriendo el arte de un buen cazador, de discriminar a sus víctimas. Luego de afinar su tino, fue mejorando en la preparación de los mismos, la combinación de sabores y mezcla de ingredientes. Cada mañana al despertarse, alucinado por la intensidad de sus sueños, limpiaba su cama de restos de plumas, que no sabía de donde provenían, ya que su espalda no daba señales de metamorfosis alguna. Pero un día, al ducharse y enjabonarse la espalda, sintió dos bultos a cada lado, luego por antojo, desayunó migas de pan mojadas en leche tibia. Empezó a notarse asustadizo y libre a la vez. La pupila de sus ojos estaba dilatándose de tal forma que casi no se veía la parte blanca, solo eso, ojos negros y brillantes. Así más y más, hasta que una mañana después de tener el sueño más intenso de todos, se despertó y al estirarse se desplegaron como un paraguas unas inmensas alas, que le hicieron llorar primero y reír después, con dificultad, pues con pico en vez de labios es difícil sonreír. Empezó a dar saltitos hasta la ventana, con algo de miedo extendió sus alas y se lanzó al vacío, controlando a los pocos minutos el planeo y el vuelo, ya que bastante lo había practicado en sus sueños. Voló y voló toda la mañana y parte de la tarde, se maravilló de ver que los sueños y la realidad tienen una diferencia que se nota en el estómago y en las ganas de llorar cuando se logran. Decidió regresar a casa, con hambre y algo exhausto de tanta excitación, al llegar a su edificio, vio como su vecina, con quien no tenía una relación mas allá de un gruñido casi cortes cada vez que topaba con ella ventana a ventana, estaba colocando migas de pan en el rellano. La situación le causó morbo, ante la ironía y el poder que ostentaba recientemente. Se posó en la superficie y comió con vulgaridad y ansia, mirando de vez en vez a su vecina. Ésta, le observaba con ojos brillantes, y cuando estaba disfrutando descuidadamente del festín, su vecina sacó una tabla de madera y lo único que sintió fue el dolor que ocasiona cuando se pierde un sueño, para hacer que los viva otro que también quiere tener alas.

ANITA Y SUS PAREDES

Ya se acercaban las cinco de la tarde, cuando Anita empezaba a turbarse como de costumbre. Desde que ingresó en la residencia de ancianos y su alzheimer fue empeorando, sobre la misma hora, día tras día, empezaba a tocar las paredes palmo a palmo, buscando algo inexplicable, angustiada en sus tormentos. Medía, exploraba la textura, miraba de arriba a abajo, se quejaba, recorría casi todas las paredes sin lograr consuelo, todo lo contrario, con más rabia y odio en su mente incomprensible, alejada de recuerdos, sensatez, y paz. La angustia iba creciendo, hasta que llamaban para la cena, entonces, como si de un milagro se tratase, se calmaba, dejaba su tarea de medición infernal, se reincorporaba a la vida, y sonreía sudando hasta el comedor. Todos los días lo mismo desde hacía cinco años, de sus noventa recién cumplidos, en su taurina actitud de empecinada y obstinada rutina. Una vez que veía la frugal comida, engullía todo con placer. Al hacerlo, recordaba los amargos días de hambre a que fue sometida cuando era una niña y que perduraron hasta que se casó. Su matrimonio iba a representar la libertad, el amor, y el volver al cauce de una vida normal de familia alejada de limitaciones, entregada al hogar como Dios mandaba en sus creencias y convicciones. No resultó fácil, ni para ella, ni para sus hijos abandonados a merced de su orgullo y obstinación. Su marido, una vez engendrado el cuarto y último hijo, dijo no poder soportar más la amargura de Anita, y las riendas del matrimonio. Huyó con una joven secretaria del banco donde trabajaba, y solo se supo de él con la publicación del cartel de demanda de divorcio, injusta e irónica por cierto, por abandono del hogar de Anita. En ese entonces, luchaba por aprender un oficio, para salir adelante de su infortunio, y dar de comer a sus hijos, darles un futuro, y no añorar el olor de Hugo, su prófugo marido, en cada noche donde se sentía mujer, sin costumbres ni religiones, solo eso, una mujer enamorada. Si la vida le había enseñado a ser una mujer de hierro, hasta convertir la dulzura de caricias sobre la cabeza de los niños en algo que parecía mas un golpe, la situación de los años venideros, la llevaron a endurecer su corazón, para luchar en ese entonces con la ignominia social que provocaba ser una mujer divorciada, abandonada y tal vez lo que era peor, pobre. Pudo salir adelante, en su soledad acompañada de responsabilidad. Sus hijos crecieron, estudiaron, se casaron y se fueron, visitando su dolor el día de la madre, navidad, y resolviendo alguno que otro achaque producto de su vetustez. Ya nada era suficiente, no a sus años y con sus cargas, era imposible reconocer el amor, cuando éste se ha alejado y disfrazado tanto. La bondad se convirtió para ella, en no hacer, en la omisión, en no hacerle daño a nadie, pero no hacer nada por nadie. Como nunca hicieron por ella. Aprendió que así también se puede vivir. Sola por dentro, pero contando sus historias para afuera, para drenar sin poder, para ejemplarizar a su manera, para mantener vivo su amor entre los retorcijones nocturnos de su obligada soledad. Una tarde en la residencia, luego de la misa de domingo por la mañana, se acercó un anciano a su banco de la iglesia, y le dijo: “Anita la dureza de tus ojos, son un libro abierto puro y transparente, que seguiremos escribiendo en cada pared de esta casa”. Era Hugo, mas anciano que ella, más adolorido, más entregado. Acababa de ingresar en la unidad de cuidados paliativos, pues pocos días de recuerdo le quedaban. Esa tarde, sobre las cinco, Hugo la encontró, arrancando las paredes, con las uñas, con los nudillos, con el alzheimer. Entonces él, cogió un lápiz rojo, y empezó a escribir en las paredes, las frases de amor que siempre le escribía en las cartas propias del cortejo y en los primeros días del matrimonio. “Anita, haces que la realidad sea más hermosa, que a veces siento que no estoy vivo, sino resucitado”, “Eres la carne que rellena mis heridas, sanándola, curándola, y convirtiéndose en mi cuerpo”. Así siguieron mientras Anita empezaba a llorar y a escribir junto a él otras frases que milagrosamente lograba recordar. Continuaron toda la tarde, rayando y escribiendo sobre cada pared, manchando de sangre la residencia, ante los ojos atónitos de los pocos ancianos que les observaban. A las pocas horas, fueron llamados a cenar. Anita pidió solo dormir, y así fue. Soñó, recordó, sonrió, con el lápiz rojo a punto de romperse entre sus manos. Al día siguiente, Hugo ya no estaba, había muerto, cumpliéndose la profecía de sus médicos, y Anita, al llegar las cinco de la tarde, empezó a borrar las paredes, a limpiarlas, con una sonrisa, sin angustia, sin temor, y a la espera de terminar de limpiar todo, si sus años y los días se lo permitían. Anita no supo qué pasó, ni que era Hugo aquél pintor de matinée, pero lo que sí es cierto es que por el resto de sus pocos días, jamás volvió a medir las paredes, a tocarlas, ni a escribir sobre ellas y todos los días a las cinco de la tarde, sonreía hacia el vacío, con el lápiz entre sus manos, y el amor entre sus ojos.

 

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