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RELATOS


Por Batista


TRAS LAS MONTAÑAS, MI VALLE (SIEMPRE)

Bajaba la pendiente, tras el esfuerzo de subir aquella enorme y árida montaña, solo, sediento, con un frío atroz y en medio de un manto de niebla que apenas me permitía ver y que intensificaba la horrible sensación de soledad que me acompañaba desde hacía un tiempo. Llevaba muchos días haciéndolo, una tras otra, sin descanso; quizás sin la esperanza de salir de esa cadena montañosa, agotadora, implacable, sin fin. Las fuerzas me fallaban y en mi alma se extendían las sombras de tristeza y desesperación.

Pero eso acabó, de repente, sin esperarlo. Poco a poco, la niebla se fue disipando, el frío comenzó a dejar paso a una agradable sensación de calidez, acentuada por una luz que se incrementaba a cada torpe paso que daba. Ante mí, aparecía un pequeño valle, cruzado por un serpenteante río de aguas cristalinas y tocado por multitud de colores sobre una alfombra verde. Sobre él, un cielo azul inmenso, coronado por un sol que brillaba con una intensidad para mí desconocida. La vida en él era animada. Niños y jóvenes riendo, jugando; hombres atendiendo las fértiles huertas; mujeres sonrientes en las calles y en los hogares; ancianos recibiendo el calor del día y el de la compañía de los amigos. Mi avance por el valle fue llenando de alegría mi corazón y mi espíritu. Me daba fuerza, me hacía sonreír, daba brillo a mi mirada y llenaba de luz mi existencia. Despertaba en mí un irrefrenable deseo de conocerlo y de disfrutar de él, todo el tiempo, hasta el final de mis días.

Así lo hice. Fui, poco a poco, conociendo ese valle, todos sus rincones, las costumbres de sus gentes, sus miedos, sus esperanzas, sus anhelos. Entré en sus casas, compartí sus comidas y sus momentos. Disfruté en sus parajes más recónditos. Me recosté en su manto verde y recibí su abrazo cálido y suave.

En el valle, el tiempo se detenía. Las prisas, la necesidad de llegar a algún lado, en el algún momento, quedaban suspendidas. Nada artificial medía el tiempo. Nada me perturbaba, ni me preocupaba.

Pero yo no pertenecía a ese valle. Las vidas en él ya estaban construidas y tenían sus pasos marcados. La mía también, en otro lugar, con otras gentes. Allí llegué, sin quererlo, sin pensarlo. Pero llegué. Lo hice tras una larga marcha en la que me sentía triste, abatido, sin ganas de seguir. Y ese valle me dio fuerza, alegría… y esperanzas. ¿Cómo no volver aunque tuviese que regresar miles de veces a otro lugar, tras las montañas?

Claro que volveré, todas las veces que pueda y todas las veces que sienta que el valle me lo pide. Caminaré durante horas, días y semanas por parajes solitarios, fríos y oscuros. Subiré las altas montañas y descenderé laderas imposibles. Lo haré con hambre o sed, con todas mis fuerzas y a toda velocidad, o parándome si mi cuerpo me lo pide para poder continuar. Iré a rastras si fuese necesario. Dando el rodeo más grande que se pueda imaginar. Pero regresaré siempre a ese valle que me da calor y sosiego, alegría y paz, ganas de vivir y esperanzas. Me perderé por sus estrechos senderos, me abrazaré a él en busca de calidez, respiraré su aire fresco, me impregnaré de sus aromas, me llenaré de su vida. Volveré a mi valle con el deseo de que algún día pueda quedar en él, para siempre, hasta que se borre mi última sonrisa, mis ojos dejen de ver y mi corazón de sentir. Pero, si mi existencia se prolonga en otra realidad, ese valle será mi eterna morada.

Para A.L.M.S.



 

 

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