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RELATOS


Por Belén Soto
benben.soto@gmail.com


A LOS OJOS DE DIOS PADRE

Embuidas por el clamor de un túnel intermitente que los atenaza, erguidos o no, y de la premura del tiempo arañan los minutos.

Yo tengo mi propia teoría, los que viajan en metro siempre llegan tarde. De prisa, de prisa, encomendados a una puntualizad que desciende de los infiernos, entrañas de la tierra herida, cada amanecer y hasta cada atardecer. Porque la tierra encoge las almas, las seca y luego – fin del trayecto- las tiende al sol. Las escaleras mecánicas no dejan traspirar los cuerpos derramados en la bulla de la gran ciudad. Durante el recorrido la gente ansía el recogimiento, aislándose un poco más si cabe, imprimiendo anonimato al anonimato.

La chica de veinticinco lee, esta sobria mañana de abril, Un Mundo Felíz, cual si fuera este vagón el último rincón del mundo digno para llevar a su fín la página aquella. A caballo, entre Atocha y Carabanchel, la chica de 25 lee sin atender las miradas que bucean en sus mismas páginas, ávidas –quizá- de adivinar un rasgo secretísimo de su personalidad. Es bella y se sabe observada, felíz y amurallada entre una avalancha de cuerpos que esperan y desesperan.
Aquí, en la metro, la gente duerme. Todas las marmotas de Madrid cogen el que pasa a las siete y cuarto. Las putas y los soldados van en metro. Sueñan y enmudecen, cada día a la misma hora. Es el rito del retorno a ninguna parte.

En el metro cada cual es lo que es. El obrero reincidente ocupa su pensamiento con todas las bocas de su prole; el oficinista descansado a penas si alcanza a distraer las manos en los bolsillos, hoy le sobran casi tres dedos y le falta agilidad para acomodarlos. El pantalón de pinzas le aprieta tanto como la corbata, pero a distinta altura, anotará esta incomoda sensación en la agenda, se lo dirá a su mejer, a la hora de la cena, justo antes de sacar la basura; la señora refinada del café con pastas en compañía, piensa en blanco y negro, no imagina a ningún viajero poniéndose cachondo entre aquellos aledaños de cemento armado.Una voz varonil y, al cabo, amariconada por un exceso de cortesía, la devuelve de lleno a la línea 5.
- Disculpe, señora mía, que yo me bajo aquí mismo.

La muy señora aprieta los dientes, madura pero entera, hubiera preferido algo así como : ¡apártase, señora, que voy!, o algo mucho más contundente: ¡córrase, buena mujer, deje paso…!. Sólo entonces recala en lo indecente de su libinidosa soledad. Se siente culpable, irremediablemente culpable, insolentemente culpable para, incompresiblemente, solterona y de buen ver caer en la cuenta de que nada escapa a los ojos de Dios Padre. Hoy toca penitencia, hace más de treinta y tantos que no sufría un arrebato tal; hoy con mucho cuidado, pondrá un solo azucarillo al café de la cinco y diéz, quién se vá dar cuenta; pondrá una vela gorda a Santa Bárbara bendita; empezará la vigilia el lunes de Pascua; dará una vuelta y media al Rosario… por mi culpa, por mi grandísima culpa, hasta que la venza el sueño, por mi culpa, por mi grandísima culpa, que en el pecado va la penitencia, por mi culpa…





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