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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL INGLÉS, UN ENEMIGO A BATIR

De Bernd Dietz
Catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Córdoba
 
EL INGLÉS, UN ENEMIGO A BATIR

"La lengua española esta llena de anglicanismos", dice la Ministra de Cultura, doña Carmen Calvo, no se sabe si a modo de chiste o confundiendo la religión con la lexicología. Sea como fuere, la frase expresa una actitud muy real de su gobierno, menos preocupado por la pureza lingüística o la salud de la identidad española que por lucir su aversión a la hegemonía planetaria del inglés, quizás por contrariarle el modelo cultural anglonorteamericano, y que de paso sustente hechos tan odiosos para una mentalidad progresista como la globalización, la democracia liberal y el descrédito de las utopías anticapitalistas.

Para probar que ese talante no se agota en las perlas verbales, los responsables educativos se disponen a borrar los estudios de Filología Inglesa del catálogo de titulaciones que ofrece la universidad española. Ello implica la desaparición de un perfil profesional y académico, dentro del campo de las letras, que es el más solicitado tanto por los estudiantes españoles como por el mercado de trabajo, hasta el punto de que, en cualquier universidad, la demanda de Filología Inglesa llega a duplicar, e incluso a triplicar, a la del resto de las demás filologías juntas, incluyendo Filología Hispánica. Así, son unos 22.000 universitarios los que hoy cursan Filología Inglesa en España, y cerca de 900 los profesores funcionarios a su cargo. Según exige la universalidad del saber, son expertos contrastados en lingüística, crítica literaria, cultura y civilización o metodología de la enseñanza del idioma, que cumplen una función esencial como formadores de todos aquellos profesionales, sobre todo profesores de inglés, que buscan mejorar la competencia lingüística y las oportunidades de empleo de los españoles. Como potenciar nuestra inserción en el mundo es una meta permanente, y aquí aún vamos a la zaga de muchos países, el éxito de la titulación es innegable, al ser la única que garantiza una salida efectiva en el ámbito humanístico.

Ahora se trata de legislar para que en el nuevo mapa de titulaciones esa demanda se reoriente a la fuerza. La misma perspectiva ideológica que llegó a cuestionarse meses atrás la supervivencia de los estudios de Lengua y Literatura Españolas, y luego los dejó en pie de igualdad con los de Lengua y Literatura Catalanas, Vascas y Gallegas (y quiso añadir el grado de Lengua y Literatura Asturianas al elenco, aduciendo ¡rentabilidad social y homologación con Europa!), ha urdido una ingeniería administrativa para que la Filología Inglesa se subsuma en unas llamadas Lenguas Europeas Modernas, diluyendo drásticamente los contenidos de inglés y agrupándolos con otras materias poco valoradas por el mercado laboral. La vuelta a Europa, desde luego, pero con la maleta de cartón bajo el brazo y entendiéndonos por señas. ¿De verdad nos compensa rechazar la pujante realidad de países como Estados Unidos, Canadá y Australia, a la par que desdeñamos el papel del inglés como lengua mundial de la ciencia, la economía, la tecnología, la comunicación y las relaciones internacionales? ¿Tanto nos beneficia retornar a la tradicional amistad con los países árabes y unirnos a sus fobias? La última consigna presidencial es que no hay que mirar demasiado lejos.

Que todo esto sea una buena noticia para las filologías minoritarias no es de extrañar. Después de tantas décadas sin apenas eco, asisten complacidas a los funerales de su formidable rival, y con la bendición del progresismo dominante. ¡Quién les iba a decir que volverían los planes de estudios de hace treinta años! Entretanto, los anglistas -que no los anglicanos-españoles estamos desolados. Más que nuestra suerte individual como profesionales o funcionarios, que se saldará con jubilaciones o reconversiones a una actividad laboral más cómoda, nos duele una decisión profundamente lesiva para los intereses de España, si es que tenerlos en cuenta resulta todavía admisible. También pensamos en los cientos de profesores jóvenes y becarios de investigación del país, cuya preparación es equiparable a la de sus mejores homólogos extranjeros, y a quienes truncan su futuro de un plumazo. ¡Rancio y castizo progreso el nuestro!

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