EL INGLÉS,
UN ENEMIGO A BATIR
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"La lengua española esta llena
de anglicanismos", dice la Ministra de Cultura, doña
Carmen Calvo, no se sabe si a modo de chiste o confundiendo
la religión con la lexicología. Sea como fuere,
la frase expresa una actitud muy real de su gobierno, menos
preocupado por la pureza lingüística o la salud
de la identidad española que por lucir su aversión
a la hegemonía planetaria del inglés, quizás
por contrariarle el modelo cultural anglonorteamericano,
y que de paso sustente hechos tan odiosos para una mentalidad
progresista como la globalización, la democracia
liberal y el descrédito de las utopías anticapitalistas.
Para probar que ese talante no se agota en
las perlas verbales, los responsables educativos se disponen
a borrar los estudios de Filología Inglesa del catálogo
de titulaciones que ofrece la universidad española.
Ello implica la desaparición de un perfil profesional
y académico, dentro del campo de las letras, que
es el más solicitado tanto por los estudiantes españoles
como por el mercado de trabajo, hasta el punto de que, en
cualquier universidad, la demanda de Filología Inglesa
llega a duplicar, e incluso a triplicar, a la del resto
de las demás filologías juntas, incluyendo
Filología Hispánica. Así, son unos
22.000 universitarios los que hoy cursan Filología
Inglesa en España, y cerca de 900 los profesores
funcionarios a su cargo. Según exige la universalidad
del saber, son expertos contrastados en lingüística,
crítica literaria, cultura y civilización
o metodología de la enseñanza del idioma,
que cumplen una función esencial como formadores
de todos aquellos profesionales, sobre todo profesores de
inglés, que buscan mejorar la competencia lingüística
y las oportunidades de empleo de los españoles. Como
potenciar nuestra inserción en el mundo es una meta
permanente, y aquí aún vamos a la zaga de
muchos países, el éxito de la titulación
es innegable, al ser la única que garantiza una salida
efectiva en el ámbito humanístico.
Ahora se trata de legislar para que en el
nuevo mapa de titulaciones esa demanda se reoriente a la
fuerza. La misma perspectiva ideológica que llegó
a cuestionarse meses atrás la supervivencia de los
estudios de Lengua y Literatura Españolas, y luego
los dejó en pie de igualdad con los de Lengua y Literatura
Catalanas, Vascas y Gallegas (y quiso añadir el grado
de Lengua y Literatura Asturianas al elenco, aduciendo ¡rentabilidad
social y homologación con Europa!), ha urdido una
ingeniería administrativa para que la Filología
Inglesa se subsuma en unas llamadas Lenguas Europeas Modernas,
diluyendo drásticamente los contenidos de inglés
y agrupándolos con otras materias poco valoradas
por el mercado laboral. La vuelta a Europa, desde luego,
pero con la maleta de cartón bajo el brazo y entendiéndonos
por señas. ¿De verdad nos compensa rechazar
la pujante realidad de países como Estados Unidos,
Canadá y Australia, a la par que desdeñamos
el papel del inglés como lengua mundial de la ciencia,
la economía, la tecnología, la comunicación
y las relaciones internacionales? ¿Tanto nos beneficia
retornar a la tradicional amistad con los países
árabes y unirnos a sus fobias? La última consigna
presidencial es que no hay que mirar demasiado lejos.
Que todo esto sea una buena noticia para las
filologías minoritarias no es de extrañar.
Después de tantas décadas sin apenas eco,
asisten complacidas a los funerales de su formidable rival,
y con la bendición del progresismo dominante. ¡Quién
les iba a decir que volverían los planes de estudios
de hace treinta años! Entretanto, los anglistas -que
no los anglicanos-españoles estamos desolados. Más
que nuestra suerte individual como profesionales o funcionarios,
que se saldará con jubilaciones o reconversiones
a una actividad laboral más cómoda, nos duele
una decisión profundamente lesiva para los intereses
de España, si es que tenerlos en cuenta resulta todavía
admisible. También pensamos en los cientos de profesores
jóvenes y becarios de investigación del país,
cuya preparación es equiparable a la de sus mejores
homólogos extranjeros, y a quienes truncan su futuro
de un plumazo. ¡Rancio y castizo progreso el nuestro!
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