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CARTA A JUAN
Carta a Juan.
I
No sé por qué te escribo.
Tal vez sea un intento o un modo de acercarme.
Pero la realidad es presa de estas calles.
Y entre nuestros silencios no surgen esperanzas.
Hoy ya no es hoy, lo dicen los caballos
que juntos admirábamos.
Por cada atardecer te ando buscando,
en cada callecita mi voz alza tu nombre.
Ascendemos sin rumbo y marcamos el tiempo.
Ya no estarán las cartas mecidas
por tus manos
como buscando el aire, como buscando el viento.
Y en el bar de la esquina tu mesa estará sola
y en el tango de ayer, ya no sabré nombrar
más que tu nombre.
Oración.
Que el silencio no confunda las palabras.
Pero que al fin pueda lograr
hacer con ellas algo
que perdure en mi imaginación
y restablezca lo que creía olvidado.
Que el silencio no confunda las palabras.
Y las mañanas de campo vuelvan a
mí.
Y yo vuelva a sentarme en la falda del abuelo;
sin preguntar cuánto llovió o cuánto
falta,
para que el viento ilustre el resplandor de los caballos
que sostienen este horizonte memorable.
Que el silencio no confunda las palabras
y que todo lo perdido no llegue a quitarme el aire.
Sucesos que no dictan.
No es la confesión librada
al atardecer.
Ni el amor que nos dieron
y no supimos dar.
Hay algo más, siempre, detrás
de todo.
¿Es preciso advertirlo?
Jugar con los colores, mezclarnos en la tela,
dar el trazo final.
Hay algo más siempre.
Quedarse con la forma, aproximarse a la
imágen
y repetir ese trazo con el pulso de lo ajeno.
Ahora vuelvo al gris, al enlutado gris que hace memoria
y se repite en cada álbum familiar.
Familia de colores.
Trazos en los que busco la identidad.
¿Hace falta color para hablar de
la infancia?
Vuelvo al gris.
Persisto.
Voy enhebrando palabras en las que el humo
brilla.
Todo es color = Todo es infancia.
Sucesos que no dictan se acercan
al quiero decirte. Y ese quiero decir jamás lo digo.
Todo es color = Todo es infancia.
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