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Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS


Por Carlos Montuenga
cmrbarreira@hotmail.com

UNA TARDE CON COROT

Una tarde calurosa de verano en Madrid. Al entrar en el museo Thyssen Bornemisza, el alboroto callejero queda atrás, envuelto en el aire denso y cargado de luz, incapaz de traspasar los recios muros del edificio. Me sumergo en una atmósfera de calma que invita al recogimiento y a la contemplación, mientras atravieso el amplio corredor que conduce a la sala de exposiciones temporales , dedicada en esta ocasión a la primera muestra restrospectiva de Jean Baptiste Camille Corot que se exhibe en nuestra ciudad.

Corot, considerado como uno de los más notables paisajistas del siglo XIX, se desvela ante nosotros en una exposición que reúne más de ochenta obras representativas de las distintas fases por las que atravesó el artista entre 1821 y 1873. Nada más comenzar la visita, me acerco intrigado a un pequeño cuadro cuyo título es París, el viejo puente Saint Michel. Un óleo de 1823 que me sorprende con la visión descarnada, casi onírica, de un Sena terroso, estancado bajo las órbitas desnudas del puente, tras el que aparece a lo lejos, el perfil sombrío de las torres de Notre Dame que se elevan con aire severo por encima del caserío ciudadano. En las guías de arte que he consultado, se insiste en la importancia de la arquitectura como componente esencial de los paisajes de Corot, sobre todo durante los años iniciales de su carrera. Los paisajes de su primer período italiano contienen, en efecto, construcciones precisas de volúmenes envueltos en el velo azulado del cielo, donde la luz cristaliza en el corte firme de los planos y transmite una gran riqueza de tonos incluso a las zonas de sombra. Tal puede apreciarse en algunas de las obras expuestas, como El Coliseo visto desde los jardines de Farnesio o Vista de la Cevara. En El campanario de Donai , óleo realizado en Francia hacia 1821, la atmósfera sutil del paisaje urbano parece condensarse en la gran torre del reloj de la ciudad, bastión formidable coronado de torrecillas, que reluce al sol y proyecta su sombra protectora sobre una masa compacta de casas, con empinadas buhardillas y chimeneas, que configuran la calle principal.

Afirman los expertos que a partir de 1830, se aprecia en la pintura de Corot una flexión romántica que sitúa progresivamante al artista en una visión lírica del paisaje y la figura; lo cierto es que los cuadros pintados en el Tirol italiano que contemplo en esta exposición, describen lugares impregnados de melancolía, que despiertan en nosotros resonancias íntimas, una invitación a dejarnos conducir por la luz cálida del atardecer, que al reflejarse en lagos y montañas sugiere caminos hacia regiones del espíritu apenas entrevistas. Ambientes húmedos y vaporosos, como el que me envuelve frente a Mañana en Ville d´Arbay (1868) donde los contornos del paisaje se desdibujan, como si se transformaran en la expresión misma de los recuerdos del artista. Agua, árboles , personas y animales se confunden en un territorio ambiguo en el que la luz crea mil reflejos ténues. El lirismo de su pintura alcanza quizá las más altas cotas en esos bosques que se llenan de vibraciones mágicas con la melodía que arranca de su flauta un pastor (Puesta de sol. El pastorcillo, 1840) o en escenas en las que palpita una serena tristeza, como la que representa a una mujer junto a una lira, envuelta por la oscuridad de la espesura que rodea a una remanso de agua, en el que aparece una pequeña franja de reflejos luminosos (La Soledad. Recuerdo de Vigen, Limoussin 1866) o aquella otra en la que , al tiempo que la bóveda celeste resplandece con las primeras luces del día , una figura destacada apenas de la penumbra de los prados cargados de rocío, levanta su brazo con gesto anhelante en dirección a una estrella que refulge en lo alto ( La estrella del pastor, 1864)

Llego a la última parte de la muestra, dedicada a la figura humana y a recuerdos del artista, y me detengo sobre todo frente a algunos retratos femeninos de los que surgen siluetas evanescentes, miradas perdidas que se enredan en una atmósfera de evocaciones (Sibila, Cristine Nilson, Gitana con mandolina , Lectura interrumpida;obras realizadas entre 1865 y 1874) Cerca de ellas, el cuerpo resplandeciente de una diosa se ondula suavemente junto a las aguas que brotan de una fuente, en lo más profundo del bosque (La fuente de Diana, 1869-70) y ya a punto de abandonar la exposición, un cuadro extraño en el que se adivina la silueta de un animal salvaje, que se recorta sobre el fondo rojizo del atardecer, me sumerge de nuevo en el espacio incierto de lo imaginado (Paisaje nocturno con una leona, 1873)

He salido del museo y una brisa fresca libera el aire de la pesadez propia de la estación estival, hasta convertirlo en un medio diáfano, capaz de transmitir con nitidez los reflejos luminosos que zigzaguean por el corazón de la ciudad y de prestar su temblor a las hojas de los viejos árboles, alineados en una simetría perfecta a lo largo del Paseo del Prado. Los rincones y esquinas de las calles donde se alzan las elegantes mansiones que fueron testigos del esplendor isabelino, parecen sumidas en un estado de ensueño, en el que adivinamos el trasiego de la alta burguesía que se pavonea en sus carruajes, mezclado con el griterío de las vendedoras callejeras de violetas y el redoblar de tambores al paso marcial de las tropas que se reunían en la vecina estación de Atocha, para iniciar su larga marcha hacia los lejanos destinos en ultramar. Anochece en Madrid, y mientras las primeras estrellas comienzan a brillar sobre el perfil boscoso de los jardines del Retiro, llega hasta mí un eco de canciones infantiles que desgranan con candidez letrillas de corro entre la luz difusa de los faroles.

UN CAMINO EN EL BOSQUE

Hace unas semanas, con motivo de una excursión por la sierra de Guadarrama, recordé un día pasado hace ya muchos años en esos mismos parajes. Había ido a finales de mayo al palacio de la Granja de San Ildefonso, que se levanta en la vertiente norte de la sierra, a poca distancia de Segovia. Los jardines que rodean el palacio mostraban en todo su esplendor la plenitud de la primavera. Tilos, olmos, castaños y secuoyas enmarcaban amplias avenidas rodeadas de macizos geométricos de flores bellísimas, formando un espacio delicioso por su orden y variedad, en el que las escenas mitológicas de numerosas fuentes ponían una nota melancólica y un poco teatral, muy al gusto francés e italiano de la época . Todo en aquel ambiente invitaba a dejarse invadir por una íntima sensación de sosiego, y me hacía evocar el espíritu de esencial confianza en el progreso que caracterizó a la ciencia y al pensamiento europeos allá por 1721, cuando Felipe V ordenó la construcción, en un rincón alejado de la corte, de este palacio pensado para el recreo y descanso de la familia real entre las montañas que cierran por el norte la planicie de Madrid.

En medio de aquellas umbrosas avenidas rebosantes de belleza, me sentía trasladado a un mundo ideal recreado por el hombre, en el que las fuerzas ciegas de la naturaleza se habrían al fin doblegado a la presión irresistible del genio humano. En el siglo XVII, antes de que se instaurára, con Felipe V, la dinastía borbónica en España, el nuevo concepto de razón lógico-matemática había culminado en el nacimiento de un modo particular de describir el mundo, de acuerdo, sobre todo, con las ideas que Newton expuso en su magna obra, Philosophiae naturalis principia mathematica, publicada en 1687 y considerada como uno de las referencias fundamentales en las que basa sus métodos la ciencia moderna. Según las ideas del ilustre físico y matemático, la totalidad de los fenómenos del cosmos podría abarcarse con la ayuda de unos pocos principios generales, que harían posible desarrollar por vía deductiva la explicación de cualquier suceso que acontezca en el mundo físico. A partir del siglo siguiente, esa nueva razón capaz de imponerse al aparente caos en el que estamos inmersos, será puesta al servicio de la liberación del hombre, cuya mayoría de edad proclama con entusiasmo el movimiento ilustrado: partiendo del dominio y transformación de la naturaleza, el ser humano se sacudirá al fin el yugo de la ignorancia y la superstición, para caminar en adelante por la senda luminosa del progreso ilimitado.

Ensimismado en estos pensamientos, llegué a una de las verjas que comunican los jardines con el bosque circundante de Valsaín y proseguí mi paseo durante un buen rato , sin reparar apenas en que me estaba adentrando en un espacio muy distinto del que dejaba atrás entre las avenidas y fuentes del palacio. Al fin, fuí consciente de que las sensaciones de complacencia que me dominaban poco antes, iban transformándose en una actitud alerta y expectante, en respuesta tal vez a los cambios que se hacían visibles en el entorno. Pues el sereno discurrir del agua en las fuentes se había convertido en el empuje impetuoso de los arroyos que descienden desde ventisqueros lejanos en esa época del año, y la simetría admirable de los muros de verdor del palacio, dejaba paso a una espesura informe de pinos y abedules, entre los que, de tanto en tanto , destacaba algún roble centenario cargado de ramas oscurecidas por el musgo, que se retorcían en todas direcciones, a modo de tentáculos empeñados en alcanzar las copas de los pinos más altos o las matas de enebro que tapizaban el suelo del bosque en derredor suyo.

Proseguí mi marcha hasta llegar a un claro en el que infinidad de flores luminosas como diminutas estrellas, salpicaba con su colorido el verdor intenso de la hierba, y allá en lo alto, sobresaliendo entre la masa arbórea , apareció ante mí la cumbre de Peñalara coronada por las últimas nieves de primavera, atalaya gigantesca que se eleva hasta las nubes, apoyándose en oscuras moles graníticas, testigos mudos de la glaciación que, en un remoto pasado, sumergió valles y montes bajo las olas petrificadas de un mar de hielo. Me recosté sobre un tronco seco para contemplar el panorama, mientras me envolvía un silencio solemne, turbado sólo por el murmullo de la brisa entre el ramaje y el graznido lejano de algún ave rapaz. Se sentía allí con fuerza la presencia de algo salvaje, como si en aquellos bosques perviviera el espíritu de una época lejana y audaz, extraña por completo a nuestra cautelosa mentalidad ilustrada. Por momentos, imaginaba oir el crepitar de grandes hogueras encendidadas en honor al sol, que elevaban sus lenguas ardientes hacia las estrellas, llenando de sombras danzantes el prado cuando el solsticio acudía a su cita anual. Luego, era el chasquido de las ramas bajo el paso apresurado de cazadores armados de arcos, que perseguían con tesón infatigable a los venados que intentaban huir hacia la espesura, enloquecidos por el pánico, en medio del ladrido de los lebreles. Un instante después, el lugar parecía vibrar con el choque de espadas y el tremolar de estandartes entre un grupo compacto de jinetes revestidos de hierro que embestía con furia a una multitud vociferante de hombres de armas, afanados en cerrarles el paso por alguna angostura labrada en altas peñas que se elevaban sobre los pinos...

De improviso, un trueno retumbó sobre la montaña y el aire se agitó como si anunciara la proximidad de alguna amenaza desconocida. Pero al levantar la vista, bien pronto se aclaró que no había motivos para el recelo: el vuelo majestuoso de un avión hendía el azul de la tarde con estelas blancas de gases condensados, mientras el sol arrancaba destellos de fuego de aquel fuselaje esbelto. En seguida, la visión fugaz desapareció tras el perfil quebrado de las cumbres, volviendo a dejar en silencio los neveros y roquedales.

Las sombras se iban alargando y me incorporé para emprender el regreso en dirección al palacio. El prado, tan solitario poco antes, se llenó con las risas de unos niños que corrían, ante la mirada divertida de sus padres, tras algún animalillo que trataba de ocultarse entre los rosales silvestres. Al volver a entrar en el bosque, insectos multicolores zumbaban alrededor del tronco nudoso de un viejo olmo cubierto de madreselva, y el brincar inquieto de jilgueros y herrerillos entre las ramas más altas de los árboles, inundaba la espesura de resonancias y temblores, como si la naturaleza se estremeciera bajo el abrazo tibio de la primavera.

LAS RIBERAS DEL DANUBIO

Lunes 22
El avión de Austrian Airlines ha salido de Madrid en plena madrugada y lleva más de dos horas volando por encima de un oscuro mar de nubes sobre el que brillan las estrellas. Al iniciar la maniobra de descenso para aproximarse al aeropuerto de Budapest, penetramos en una atmósfera opaca que nos aísla del exterior. No consigo ver nada, pero poco después el avión vira hacia nuestro lado y, allá abajo, la oscuridad aparece taladrada por una miríada de puntos luminosos, que dibujan en la oscuridad de la noche las avenidas y los puentes del Danubio, tendidos como senderos de plata entre las orillas de Buda y Pest. La ciudad duerme sin ocultar su belleza, y es ella misma un sueño en esta hora que precede al amanecer.

Al poco de abandonar el aeropuerto, ha empezado a llover con fuerza. Los suburbios aparecen desdibujados, envueltos en la niebla de un día gris que se abre paso con timidez, mientras el autobús rueda despacio entre un tráfico cada vez más denso. Van pasando calles, grandes parques, plazas, naves industriales destartaladas que producen un vivo contraste con los edificios nuevos de oficinas. Se ven por todas partes paneles publicitarios que anuncian, en la indescifrable lengua magiar, teléfonos móviles, calzado deportivo y restaurantes de comida rápida. Llegamos a nuestro hotel, situado al oeste de la ciudad en un lugar tranquilo, pese a la proximidad de la autopista que conduce a Viena, rodeado de pequeñas casas con jardín y de amplias zonas arboladas que descienden con suavidad hacia el centro urbano. No se cansa de llover, y después de no haber dormido en toda la noche, me siento poco dispuesto a abandonar la seguridad de la habitación para volver a sumergirme en el mundo borroso que queda del otro lado de la ventana. Pero al fin, animado por mi mujer , consigo sacudirme la pereza y cogemos un taxi que nos deja en Belváros (casco antiguo) justo después de cruzar el Puente de Isabel. Deambulamos bajo el paraguas por avenidas apenas transitadas y , más bien por casualidad, terminamos en Váci utka, la famosa calle peatonal donde están ubicadas algunas de las tiendas más elegantes de Budapest, con sus rutilantes escaparates que ofrecen al turista desde delicatessen húngaro hasta cristal de Bohemia. Nos sentimos un poco desfallecidos y entramos a comer en un restaurante próximo, en el que por el módico precio de 2300 forints (unos 11 euros) es posible reponer fuerzas con un suculento menú a base de gulasch (estofado de carne) y tarta de manzana.

Martes 23
Hemos descansado bien y tenemos ganas de explorar a fondo la ciudad . En la recepción del hotel me han dado todo tipo de explicaciones sobre los transportes públicos, así que nos animamos a coger un autobús hasta Fövam tér, cerca del Puente de la Libertad, y luego uno de esos tranvías de color crema que circulan junto a los embarcaderos de Pest, del que nos bajamos al llegar a las inmediaciones del soberbio edificio neogótico del Parlamento. Hay que esperar una larga cola antes de visitarlo, pero al fin trasponemos el vestíbulo y nos reunimos con un grupo de españoles para iniciar el recorrido dirigidos por la guía, una mujer muy flaca que derrocha amabilidad y pone verdadero empeño en hacerse entender. Subimos todos por una maravillosa escalera, que parece fuera a transportarnos en un viaje a través del tiempo, hasta aquellos días felices del final del siglo XIX, cuando la ciudad se convirtió en una de las joyas más preciadas del imperio austrohúngaro; atravesamos salas de elevados techos policromados por los que vuelan nervaduras esbeltas de mármol rojo apoyadas sobre capitales dorados, nos detenemos a contemplar grandes lienzos con escenas alusivas al nacimiento de la nación húngara y llegamos a la impresionante sala circular cubierta por la gran bóveda del edificio, donde permanecen expuestas las joyas de la corona: el cetro, el orbe, la espada y la corona de San Esteban, primer rey de Hungría. Explica nuestra guía, en un castellano correoso, que se trata en realidad de dos coronas ensambladas, una inferior bizantina y ,sobre ella, una latina que fue enviada por el Papa Silvestre a San Esteban en el año 1000, como reconocimiento de la entrada del reino húngaro en la órbita de la cultura política y religiosa del occidente cristiano.

La brisa cargada de humedad que sopla del Danubio ( Duna, para los húngaros) nos deja empapados, al tiempo que paseamos por el muelle Széchenyi en dirección al emblemático Puente de las Cadenas , entre el trasiego de los tranvías y el rumor de los vapores que llevan a los turistas hacia la cercana isla Margit, medio oculta ahora por la bruma. Una vez en el puente, a medio camino entre el Parlamento y las colinas de Buda, dominadas por el palacio imperial de los Habsburgo, me he detenido un momento a contemplar la formidable vía de agua que discurre serena entre ambas orillas, como ese gran camino sin polvareda del que hablan los cronistas medievales. Un camino que condujo a los cruzados hasta los confines de Europa, pero también una linea divisoria entre el mundo occidental y el imperio otomano, hasta que los turcos, tras ocupar Buda en 1526, se hicieron amos de la ciudad durante más de un siglo, construyendo gran número de mezquitas en estas colinas.

Miércoles 24
Hoy hemos decidido visitar la Plaza de los Héroes. Viajamos por una de las cuatro líneas que componen la red de metro de Budapest, en un minúsculo vagón que atraviesa estaciones situadas a tan escasa profundidad, que la luz de la calle se cuela por las escaleras de acceso hasta alcanzar los andenes. Van pasando fugaces las paradas: Opera, Oktogon, Vörösmarty utca, Kodály Körönd; nos bajamos al llegar a Hosok tere (Plaza de los Héroes) y salimos a la avenida Andrássy , frente a una inmensa plaza, en la que destacaba antes una gran estatua de Lenin y hoy día, casi olvidados ya los tiempos del comunismo, ha pasado a presidir el mismísimo Arcángel San Gabriel, que eleva al cielo los símbolos de la monarquía húngara desde la cima de una imponente columna de treinta y ocho metros de altura. Alrededor de su base, monta guardia un grupo de figuras ecuestres de aspecto fiero; según leo en mia guía de Budapest, representan a los caudillos de las siete tribus magiares escoltando al principe Árpád. Detrás de ellos, cierra la plaza una elegante columnata en la que aparecen los reyes y dirigentes de la nación, desde San Esteban hasta Lajos Kossuth, pasando por Matias Corvino, el gran soberano húngaro bajo cuyo reinado, a finales del siglo XVI, el país conoció un espectacular florecimiento cultural y artístico.

Vuelvo a acercarme al grupo de guerreros magiares, que miran con gesto desafiante hacia la avenida Andrássy desde la base de la gran columna. Al contemplarlos, la imaginación vuela hacia aquellos siglos turbulentos de las grandes migraciones, cuando el empuje incontenible de los pueblos mongoles procedentes del corazón de Asia, provocó el desplazamiento hacia las llanuras bañadas por el Danubio de godos, alanos, magiares...forzando a las legiones romanas a abandonar esta última frontera de su imperio.

Jueves 25
Unos amigos húngaros, Ferenc y Annita, se han ofrecido a llevarnos en su coche hasta Bratislava. Llegamos a la ciudad poco después de mediodía, tras cruzar la frontera eslovaca. Es un día espléndido, resplandeciente tras las últimas lluvias. Iniciamos nuestro paseo subiendo desde la avenida Spitálska, en el centro de la ciudad nueva, hasta la puerta de San Miguel que, a través de un pasadizo situado bajo la torre del mismo nombre, bello bastión defensivo que en épocas pasadas controlaba la entrada a la ciudad, nos conduce al corazón histórico. Al llegar aquí, nos sentimos perdidos en un laberinto de palacios barrocos, fuentes y calles estrechas de aire medieval, en las que se alinean viejas casas de tejados empinados cubiertos de buhardillas y chimeneas. Cruzamos por delante de muchas tiendas de libros que, sin duda, contribuyen a satisfacer las demandas culturales de esta pequeña ciudad de medio millón de habitantes, en la que una numerosa población de jóvenes ocupa cada año las aulas de varias universidades, situadas la mayoría en estas mismas calles.

Nos cuenta Ferenc que Bratislava fue fundada antes del siglo X, aunque entonces se la conocía por otros nombres: Presburg ,en alemán, y Pozsony, en húngaro. La ciudad destacó como importante puerto fluvial de Hungría y desde 1490 por ser sede de una importante universidad. Más tarde, durante el siglo XVI, llegó a convertirse en capital de Hungría. Al recorrer las altas naves de la catedral y llegar al ábside, una inscripción grabada junto al altar nos recuerda que sobre estas mismas baldosas, enrojecidas en este día luminoso por el juego de la luz que cae desde las vidrieras, fueron coronados durante siglos los reyes de Hungría.

Volvemos a asomarnos al Danubio cerca del puente Novy, al pie de la colina del castillo que domina la ciudad vieja. La corriente poderosa del río rompe en ondas de espuma contra las quillas de los barcos que navegan desde Bratislava hacia la cercana Viena y me transmite la fuerza de sueños que aún se deslizan, confundidos con la bruma, entre las ramas de los viejos álamos que pueblan sus orillas. Sueños, bruma... jirones tal vez desprendidos del alma de los pueblos que llegaron hasta el verdor de estas riberas y quisieron quedarse ya para siempre junto a ellas. Inmenso camino de agua que avanza sin descanso como el discurrir de la propia vida y se ondula a veces en remolinos fugaces, como si por un momento, el aire se agitara con la música vibrante de los grandes compositores románticos. Fuente permanente de inspiración para las naciones de estas llanuras, que luchan para encontrar su lugar en el mundo actual.

LOS CONFINES DEL MUNDO

Esta noche he vuelto a soñar que estaba en tierras de Valladolid. Paseaba por un pinar próximo a Olmedo con mi padre, quien se lamentaba por la mala situación de sus negocios. Era un día radiante, colmado de promesas primaverales, pero sin saber cómo, se desataba un viento helado, el sol se oscurecía y sobre la negrura del firmamento comenzaban a brillar las estrellas.

Quedaba yo mudo ante aquel prodigio, pero mi padre continuaba hablando y hablando de sus asuntos, sin prestar ninguna atención a la extraña mudanza que sufría el mundo. Luego, su voz perdía poco a poco el timbre humano para ir convirtiéndose en una especie de lamento monótono , cada más agudo, mientras la tierra se llenaba de resplandores que proyectaban sombras fantásticas entre el ramaje de los pinos. En este punto me desperté con sobresalto y caí en la cuenta de estar oyendo el canto lastimero de una de esas aves con penacho rojo y plumas multicolores que anidan en los enormes árboles de la isla.

Mis ocho compañeros y yo hemos perdido la cuenta del tiempo que llevamos aquí ¿dos años? ¿tal vez más? pero recuerdo como si fuera ayer, aquella mañana en que nos hicimos a la mar en la Coruña: las armas de Castilla ondeando al viento en los mástiles de las naves , el trajinar de los hombres por la cubierta atestada de aparejos, la voz firme del piloto ordenando tender las velas, el griterío de familiares y curiosos agolpados en el muelle para ver la flota partir rumbo a las Indias.

Nuestro señor, el emperador Carlos, había encomendado a García Jofre de Loaisa , capitán general de la Armada, organizar una segunda expedición a las Molucas, aquellas islas ricas en especias situadas al otro lado del mundo, que había descubierto unos años antes Fernando de Magallanes, en el curso de un asombroso viaje en el que perdió la vida. En su nave viajaba un vasco de Guetaria, un tal Juan Sebastián de el Cano, que al ser capaz de regresar a Sevilla desde las islas viajando siempre hacia el oeste, disipó cualquier posible duda que pudiera albergarse aún sobre la redondez de la tierra y, al tiempo, encontró el camino hacia la fama.

Pero volvamos a la expedición de Loaisa; se fletaron siete buques y se nombró al propio Juan Sebastián piloto mayor de la flota. El monarca confiaba en que esta empresa cumpliera varios fines: por un lado estaba la organización del comercio de especiería entre los nuevos territorios de su inmenso imperio, por otro se trataba de llegar a un acuerdo con el rey de Portugal, quien alegaba no sin razón, que la línea de demarcación establecida en el tratado de Tordesillas había quedado desvirtuada, pues si el orbe era esférico, tal línea , válida solo para un mundo plano, habría de convertirse en un círculo máximo que lo dividiera en dos hemisferios, uno portugués y el otro castellano.

Cuando se organizó la expedición de Loaisa, contaba yo con veintinueve años. A los dieciocho, había salido de Olmedo contrariando a mi padre, quien estaba impaciente por que me pusiera, cuanto antes, al frente de un próspero negocio de manufacturas de lana, que había ido pasando de una generación a otra desde mucho tiempo atrás.

Ya durante mi niñez, la familia gozaba de una situación desahogada ,y cuando alcancé los once años de edad, habíase encomendado mi educación a un canónigo de Valladolid, una persona docta y bien intencionada, de quien aprendí fundamentos de lógica, gramática, matemáticas, geometría e incluso astronomía. Recuerdo con cariño a aquel hombre bondadoso, quien a veces no podía contener la risa ante mis ocurrencias acerca del tamaño de la Tierra o del movimiento de los astros. A medida que fui dejando atrás la infancia, sentía una creciente necesidad de formarme una imagen del mundo, y las noticias que llegaban sobre los viajes a las Indias, no hacían más que alimentar aquel afán; pues si se había conseguido navegar más allá de los abismos del mar tenebroso, desafiando los horrores sin cuento relatados en las leyendas ¿no era ello prueba segura de que la industria de los hombres era capaz de resolver cualquier misterio?

Llegué a la adolescencia dominado por estas y parecidas fantasías. Para enojo de mi buen padre, se me iban las horas enfrascado en la lectura de cualquier libro que cayera en mis manos o deambulando por los campos de la vecindad, más atento al salto de las liebres en las jaras y al vuelo inquieto de los vencejos entre los álamos del río, que a pensar en hacerme cargo de las obligaciones propias de mi edad y condición . A veces, me quedaba tendido sobre la hierba, húmeda aún con el rocío de la mañana, y perdía la noción del tiempo viendo pasar las nubes sobre el cielo luminoso de Valladolid. El espectáculo del mundo en perpetuo cambio, ofrecía al menos un refugio seguro frente al sinfín de sucesos carentes de interés, que día a día tejían la trama de la existencia en el hogar familiar.

Cuando mi padre perdía la paciencia, solía decir que lo mío era vivir como un ermitaño; tal vez no errara en demasía, acaso la vida contemplativa fuera lo único capaz de ofrecer respuestas a tantas preguntas que bullían dentro de mí. Ansiaba yo, cada vez más, huir de la cárcel en que se había convertido mi vida en Olmedo y al fin, gracias a la intercesión del canónigo, conocedor de mis buenas dotes para el estudio, conseguí la licencia paterna para cursar leyes en Salamanca. El autor de mis días debió pensar que, tal vez, el contacto con aquel templo del saber obrara el milagro de convertir a un haragán soñador como yo, en un hombre con seso, que pudiera atender al fin los asuntos de nuestra hacienda.

Salamanca me deslumbró. Su universidad era como un inmenso caldero en ebullición, donde se mezclaban, de forma incomprensible para mí, los elementos más dispares: a un lado, la solemnidad de las aulas, el rigor de los maestros, el placer de poder profundizar en cualquier disciplina; a otro, las burlas al esfuerzo intelectual, las borracheras, las aventuras galantes, el alma inquieta de la población estudiantil, más inclinada a buscar las verdades del Cielo y de la Tierra bajo el corpiño de mozas complacientes, que en el estudio perseverante de las obras de Aristóteles o San Agustín.

Pasé unos meses sin poder centrarme en nada, dedicando la mayor parte del tiempo a deambular de un lado para otro con los compañeros de estudio, como una hoja arrastrada por aquel vendaval de nuevas sensaciones, y solía responder a las frecuentes misivas de mi padre con un rosario de excusas y falsos propósitos.

Algún tiempo después, conocí a Pedro Mejía, hombre de ciencia venido de Sevilla, que habría de jugar un papel decisivo en mi vida. Este joven maestro llevaba algunos años en Salamanca y, a pesar de no alcanzar aún la treintena, poseía profundos conocimientos de cultura clásica, matemáticas e historia, pero sobresalía sobre todo por su inclinación al estudio de los astros, lo que, entre la población estudiantil, le había valido el apodo un tanto desdeñoso de “el astrólogo”, y no era raro verlo en compañía de marinos afamados y de cartógrafos, quienes acudían a él atraídos por su creciente fama de sabio.

Era persona de costumbres austeras y apenas dedicaba cuatro o cinco horas de la noche al sueño. Durante el día impartía clases de matemáticas y atendía un sin fin de obligaciones derivadas del renombre que había adquirido en las aulas. Algunos aseguraban que mantenía correspondencia con Erasmo de Rotterdam, aunque él se declaraba siempre ardiente defensor de la Iglesia romana.

Empecé a asistir a sus clases, y quedé impresionado por la rara habilidad con que era capaz de convertir los cálculos más intrincados en un simple juego de propuestas lógicas. Pero lo que más influyó en mi ánimo para decidirme a indagar en las enseñanzas del maestro, fue su profunda convicción de que el Sumo Hacedor había concedido al hombre de un poder de raciocinio capaz de elevarle hasta la comprensión del cosmos. En su opinión, la ciencia matemática brindaba el único camino seguro para desentrañar las leyes inmutables con las que Dios había decidido regir la Naturaleza.

Todo aquello tuvo el efecto de avivar mi fascinación ante tales asuntos ¿sería pues posible llegar a entender qué es el mundo? Desde la antigüedad, los más grandes filósofos se habían esforzado por encontrar una respuesta a tan arduo enigma; los estoícos concebían el universo como un organismo vivo dotado de un alma, el logos, que regía todas las relaciones entre sus partes . Aristóteles explicó el movimiento de los planetas por medio de un complicado mecanismo de esferas transparentes que giraban unas dentro de otras, y Aristarco de Samos propuso, por vez primera, un sistema heliocéntrico, en el cual , el Sol y la esfera de las estrellas fijas se encuentran en reposo, mientras que los planetas y la Tierra giran alrededor del astro rey. Tiempo después, Tolomeo volvió a situar la Tierra en el centro del universo, al desarrollar un modelo matemático más preciso que se ceñía mejor a las observaciones astronómicas.

Decidí arrinconar los libros de leyes y, durante los años siguientes, me dediqué con ahínco al estudio de esas cuestiones, convirtiéndome a la postre en el discípulo más destacado del “astrólogo”, lo que a más de abrirme numerosas puertas en el mundillo universitario, me permitió intervenir en la preparación de varios estudios sobre nuevas técnicas de cartografía, que suponían avances importantes sobre las existentes y fueron recibidos con gran interés por los cosmógrafos del emperador.

Una o dos veces al año volvía a Olmedo a visitar a mi padre, quien resignado desde tiempo atrás a no contar con mi ayuda para la administración de sus negocios, mostrábase cada vez más sorprendido ante el creciente prestigio que su extraño hijo iba adquiriendo entre los doctores de Salamanca.

Realicé estudios importantes por encargo de varias universidades alemanas. Viajé a Italia en algunas ocasiones, y estando en la Universidad de Bolonia, recibí una escueta misiva de mi maestro, rogándome que volviera cuanto antes a España para reunirme con él. Así lo hice, no sin sorprenderme de que omitiera en su mensaje cualquier detalle acerca de tan apresurada demanda, y cuando nos encontramos en Valladolid, me puso al corriente de una importante nueva: se estaba organizando una segunda expedición a las Islas Molucas y Juan Sebastián de el Cano, designado piloto mayor, había requerido sus servicios para auxiliarle en una misión que le había encomendado el emperador en persona; tratábase de establecer con exactitud la posición de las islas, para demostrar que era posible alcanzarlas navegando hacia poniente, sin atravesar los territorios portugueses. Pero el maestro Mejía, aquejado desde hacía meses de unas fiebres que habían mermado sus fuerzas, no se encontraba en condiciones de sumarse a la expedición y había pensado en recomendarme a mí, su más distinguido ayudante, para reemplazarle.

Todavía ignoro por qué motivo me alisté. A nadie se le ocultaban los riesgos inmensos que entrañaba una empresa tal; además mi vida parecía haber encontrado un rumbo seguro, y todavía en plena juventud gozaba ya de cierto reconocimiento.

¿Me movió la ambición? ¿el afán de aventuras? Aun hoy no encuentro repuesta a tan graves cuestiones.

Zarpamos de La Coruña en el verano de 1525 con rumbo a las Islas Canarias. En Tenerife, se hizo provisión de agua y víveres, al tiempo que se reforzaba el timón de la nao capitana Santa María de la Victoria . En el término de una semana, aprovechando una fuerte brisa del noreste, el almirante Loaisa dio orden de tender todas las velas y la flota avanzó con rapidez hacia la inmensidad del océano. Se sucedieron las semanas con monotonía y sólo recuerdo que pasaba buena parte del tiempo en una pequeña recámara, rodeado de mapas y cartas marinas. Al anochecer, si el cielo estaba despejado, me reunía en cubierta con el oficial de navegación para fijar nuestro rumbo con la ayuda de las estrellas.

Transcurridos más de dos meses, tras alcanzar los veintidós grados bajo la línea equinoccial, avistamos las costas del Nuevo Mundo bajo soberanía de rey de Portugal. Navegamos hacia el sur sin perder de vista la lejana franja de tierra, hasta que la escasez de las reservas de agua comenzó a sembrar el malestar entre los hombres y el almirante decidió recalar en una amplia bahía al abrigo de los vientos.

Allí permanecimos durante el tiempo necesario para revisar el casco de los navíos y hacer acopio de las escasas provisiones que aquella región fría y desolada podía brindarnos. Durante esos días, hablé en varias ocasiones con El Cano; era un hombre recio, magro de carnes y parco de palabras. Su mirada penetrante translucía una determinación capaz de superar cualquier adversidad imaginable. Supe por él de la insistencia del Emperador en que, una vez alcanzadas las Islas Molucas, no se escatimara ningún esfuerzo para encontrar una ruta de vuelta hacia las costas de Nueva España, pues sólo así sería posible organizar el transporte de especias entre sus dilatados reinos, sin necesidad de cruzar las posesiones portuguesas.

Hicímonos de nuevo a la mar hasta alcanzar el paso al océano de las Indias, descubierto cuatro años antes por Fernando de Magallanes, que Dios tenga en su gloria. Bien quisiera poder olvidar las desgracias que se abatieron sobre todos nosotros a partir de ese momento. El tiempo cambió bruscamente y fuertes ráfagas de un viento helado barrieron la cubierta, mientras enormes olas coronadas de espuma sacudían la nave como si fuera una cáscara de nuez. El pavoroso silbido del viento en las jarcias y los violentos golpes de mar impedían escuchar las órdenes del piloto, salvo durante pausas momentáneas. Tras algunos días de temporal, la nao Santiago, que bogaba a estribor con la arboladura muy dañada, desapareció de nuestra vista, como tragada por la niebla; nunca supimos de la suerte que habría corrido la tripulación y su capitán, Santiago de Guevara.

A breves períodos de calma, siguieron nuevas tempestades, a cual más espantosa, que hicieron zozobrar a tres de las naves restantes. Pero Dios había dispuesto que nuestras calamidades no acabaran ahí; el almirante ordenó fijar derrota noroeste, y al cabo de varios meses más de navegación sin divisar ninguna isla, fue necesario racionar el agua y los alimentos. Los hombres, desmoralizados y con escasas fuerzas, enfermaban de un extraño mal; hinchábanse las encías y los dientes se separaban de su natural asiento con solo tocarlos. El hambre llegó a torturarnos de tal modo, que algunos empezaron a comer ratas que conseguían atrapar en las bodegas.

Las bajas se contaban por decenas y la muerte no respetó ni siquiera al almirante de la flota, quien falleció cuando había transcurrido alrededor de un año de nuestra salida de España. Pocas semanas después, fue Juan Sebastián el Cano el que nos dejó para siempre. Todavía me parece estar viendo a los que quedábamos con vida en nuestro navío, contemplando desde la cubierta cómo el cuerpo amortajado de aquel navegante ejemplar era entregado a la mar desde la Santa María de la Victoria.

De lo que sucedió en los meses siguientes, sólo guardo recuerdos confusos. La poca agua que aún restaba en la bodega estaba corrompida y sólo gracias a la lluvia que podíamos recoger en algunas velas extendidas sobre cubierta conseguíamos mitigar la sed. La fuerza del sol nos abrasaba, me sentía aturdido por la fiebre y albergaba el convencimiento de que era llegada mi última hora.

Hacía ya varias semanas que habíamos perdido de vista a la nao capitana y navegábamos sin rumbo fijo. Una noche, mientras yacía extenuado en la toldilla de popa, me sobresaltaron los gritos de la marinería; empezó a soplar un viento huracanado y a cada golpe de mar, la mesana y el palo mayor crujían de un modo espantoso, como si fueran a saltar en mil pedazos en cualquier momento. En medio de la confusión reinante, sólo alcancé a comprender que nos hallábamos a merced de la tormenta. Al poco, retumbó bajo nosotros un rumor sordo, como el de un trueno, mientras la nave viraba de costado y se oía el estrépito de las cuadernas al saltar hechas astillas. Luego, intenté ponerme en pie y alguien tiró de mí con fuerza, después me sentí envuelto en el silencio y la oscuridad…

Aquella isla perdida en el reino de las mareas se convirtió en una nueva patria y, si Dios así lo ha ordenado, será nuestra última morada. Gracias a los restos del naufragio, los escasos supervivientes conseguimos construir una rústica vivienda, en un lugar protegido del sol y los vientos, frente a esta inmensa playa de arena blanca que se extiende entre los arrecifes poblados de peces y las selvas del interior.

Nuestros afanes, desde entonces, se resumen en uno solo: sobrevivir. Y lo cierto es que hemos tenido la fortuna de dar con nuestros huesos en un lugar dónde la prodigalidad de la naturaleza nos asegura el diario sustento.

No creo tener cumplidos más de treinta y dos años, pero me siento como si hubiera visto ya transcurrir toda mi vida. Se desvanecieron las ilusiones que encandilaban los tiempos felices de Salamanca y, sin embargo, cuando en las noches serenas levanto la vista hacia las estrellas, resplandecientes entre el ramaje de la selva, me invade un sosiego que no alcanzo a explicarme.

Me pregunto a veces si nuestra ciencia puede bastar para dar respuesta al misterio de la Creación. Hasta he llegado a pensar que, tal vez, sea vano el afán de buscar la verdad en el discurso sutil de los sabios. Puede que la verdad viva en nosotros ya antes de empeñarnos en encontrarla.

Nosotros y el anhelo que sentimos de entender el mundo, acaso sea esa la única verdad.

Notas del autor:

-El protagonista del relato es un personaje de ficción. No así Pedro Mejía (1497-1551) destacado matemático y cosmógrafo sevillano, conocido también por su producción literaria, así como por ser cronista del emperador Carlos V.

- En realidad, sólo la Santa María de la Victoria, nao capitana de la expedición de Loaisa, consiguió internarse en el Océano Pacífico y llegar a las Islas Molucas ( octubre de 1526) El resto de las naves que componían su flota, o bien se hundieron al intentar cruzar el estrecho de Magallanes, o se extraviaron. Los supervivientes de la nao capitana construyeron un fuerte en Tidore ( Islas Molucas) y resistieron los ataques de los portugueses hasta noviembre de 1530, cuando les llegó la noticia de que Carlos V había firmado el Tratado de Zaragoza, cediendo dichas islas a Portugal por 300.000 ducados.

- Los últimos españoles abandonaron las islas especieras entre 1534 y 1535: Entre ellos figuraba Andrés de Urdaneta, a quien le estaba reservado el descubrimiento de la ruta para volver de Oceanía a América.

LAS ESTRELLAS BRILLAN SOBRE TOLEDO

No me canso de contemplar esta ciudad, que se eleva con gallardía sobre ásperas peñas ceñidas por el abrazo del Tajo. Me gusta sentarme entre las jaras de la orilla, junto al puente de San Martín, sentir el temblor de la brisa entre las ramas, recorrer con la mirada las murallas de Toledo, tras las que se vislumbran las bellas formas góticas de San Juan de los Reyes, circundadas por jardines, torres almenadas y campanarios mudéjares. Las aguas impetuosas del Tajo, en su viaje hacia poniente, rodean la ciudad por este lado formando un profundo foso, que fue decisiva defensa natural para sus antiguos moradores . Entorno los ojos; el rumor sordo del río sobre el lecho rocoso y el sonido lejano de alguna campana, que araña el cristal puro del aire en esta tarde fría de otoño, se mezclan con el bullicio de los pájaros en la arboleda de las orillas. Parece como si todos nuestros afanes e inquietudes quedaran en suspenso, mientras la niebla de la llanura asciende por las murallas alcanzando las almenas; una atmósfera incierta, en la que los contornos se diluyen, lo va envolviendo todo.

Hay veces en que, al morir la tarde, los últimos rayos del sol flamean sobre las torres más altas y envuelven en resplandores dorados el caserío terroso de la ciudad, como si, por obra de algún antiguo hechizo, el polvo de los siglos se transmutara en oro. Entonces, los ojos de la imaginación nos pueden mostrar cosas que casi siempre permanecen ocultas: tal vez palacios resplandecientes de los visigodos elevándose sobre la bruma, o quizá alcázares árabes rodeados por jardines y altos minaretes, como los que hace siglos se encumbraban sobre estas rocas, cuando Toledo era una de las perlas más admiradas de la España musulmana. A medida que nos confiamos a la fantasía, las barreras del tiempo se van desvaneciendo, al igual que los arcos del puente de San Martín, apenas visibles ya entre las veladuras de la niebla. Sólo hay que atreverse a dar el primer paso, y tal vez...

He atravesado el puente, y al alcanzar la otra orilla e iniciar la subida por las cuestas pobladas de maleza que conducen a las murallas, empiezan a insinuarse las siluetas borrosas de una multitud que se apresura a regresar a la ciudad al finalizar el día, llevando animales, pequeños carromatos tirados por asnos y enseres de labor. Distingo a mujeres, niños, hombres de todas las edades, cubiertos con burdas túnicas de campesino y mostrando la piel curtida por los rigores del trabajo a la intemperie en los viñedos próximos. Al verme, algunas mujeres se ocultan el rostro tras sus velos y me observan con curiosidad. Corre el último cuarto del siglo XI; reina en Toledo al-Mamun, soberano musulmán que ha reunido en su corte un verdadero ejército de hombres de ciencia. Cruzo la muralla y paso bajo un arco con grandes sillares de piedra oscurecidos por el humo de las hogueras, sobre el que ondean estandartes de vivos colores. Apenas puedo moverme entre el gentío, los pies se me hunden en el piso embarrado, donde la paja se mezcla con los excrementos de los animales, y por poco no me doy de bruces con varios hombres armados que no reparan en mí, atentos nada más que a las órdenes de un oficial responsable de controlar el acceso a la ciudad; es un individuo alto, de gesto altivo, cubierto por una cota de cuero reforzada con pequeños discos metálicos, que porta al cinto una espada curva con empuñadura de marfil.

La calle serpentea entre edificios de ladrillo, torrecillas abovedadas, paredes blancas con ventanucos cubiertos por celosías, de los que sale olor a frituras. Más adelante, desemboca en una plaza con numerosos tenderetes, algunos cerrados ya a esta hora de la tarde, donde los comerciantes se afanan en recoger todo tipo de mercancías; se amontonan allí cántaros de vino, tinajas de aceite, carnes en salazón, frascos con hierbas medicinales al lado de cestos con frutas. Paso junto a talleres de curtidores, sastres, zapateros y herreros. Continúo ascendiendo por un laberinto de callejas en dirección a la parte más alta de la ciudad. Al pasar frente a un zaguán, entreveo un pequeño patio cubierto de enredadera, y en su centro, un pozo de brocal labrado en el que se apoya una muchacha de larguísima melena negra. Un poco más arriba, varios hombres con turbantes blancos conversan junto a la puerta de una casa. De un callejón cercano, sale corriendo un grupo de niños con grandes racimos de uvas, perseguidos por una anciana enfurecida que dobla la esquina amenazándolos con una vara.

Ha anochecido hace rato y no queda ni rastro de la niebla. Reparo con sorpresa en la tibieza del aire, impregnado con las fragancias de un jardín , al borde mismo de las murallas, donde se oye el murmullo de un surtidor sobre el rumor lejano del Tajo en el fondo del barranco. En la parte más alta de la ciudad, se recorta contra la negrura de la noche el alcázar del rey al-Mamun iluminado por la luz oscilante de las antorchas, y próximo a él, la llamada Casa de la Sabiduría, un centro que alberga a una multitud de estudiosos al servicio del monarca. En alguno de los torreones del palacio está el famoso observatorio, desde el que los astrónomos escudriñan el cielo estrellado en las noches serenas. Tal vez en este momento, se encuentre allí mismo al-Zarqalí, sabio eminente bajo cuya dirección se completaron hace años unas tablas en las que se recogen las posiciones y movimientos de los astros; dicen que su visión del sistema planetario supera en audacia a todas las que se han concebido hasta ahora, y ha sido el primer astrónomo de la historia capaz de imaginar el giro de los planetas menores en torno al sol. Varios siglos atrás, los astrónomos árabes ya habían iniciado, a partir de los tratados babilónicos, cálculos muy complejos de los movimientos celestes, permitiendo el desarrollo de una astronomía matemática que culminó en la primera y más importante crítica al sistema geocéntrico de Tolomeo. Siglos después, esta aportación de la ciencia islámica jugará un papel decisivo en la revolución copernicana.

Pero la corte de al-Mamun no sólo debe su fama a los astrónomos; en Toledo viven también otros sabios entregados a estudios de alquimia o a la preparación de remedios eficaces para aliviar múltiples dolencias. Tal es le caso de Ben Uafid, un insigne naturalista que dirigió la plantación de un jardín botánico junto al Tajo y ha escrito un tratado sobre plantas y medicamentos conocido en todo al-Andalus.

Levanto la vista hacia el cielo nocturno, resplandeciente sobre los tejados de Toledo con el fulgor lejano de las estrellas. Al elevarse sobre el Palacio Real, el rostro impúdico de la luna sumerge calles y plazas en una luz fría de plata derretida. Me pregunto si bastaría con la fuerza de los sueños para viajar en sus rayos más allá de los confines del firmamento, rumbo a la inmensidad misteriosa en la que brillan Aldebarán, Rigel, Alhabor, Alhurab...

Puedo sentir, en este momento, la fascinación que ejerce la noche sobre los pueblos originarios del desierto. Los nómadas ven surgir ante sí la bóveda estrellada cuando el sol abrasador se oculta cada tarde tras el horizonte, y en medio del silencio que envuelve las dunas, el espíritu se dilata sin esfuerzo en la contemplación del infinito.

Los astros no sólo se mencionan con frecuencia en el Corán, sino que permiten a los creyentes orientarse hacia la Meca en sus rezos diarios. Para la mentalidad del mundo árabe, el objetivo último de la ciencia no puede ser otro que la salvación del hombre, la de su alma pero también la de su cuerpo; tal vez por eso, grandes filósofos como el persa Avicena, han sido profundos conocedores de las cuestiones teológicas, al tiempo que excelentes médicos.

En Toledo, como en otros centros del saber de al Andalus, ciencia y filosofía han alcanzado tal pujanza en estos últimos años del siglo XI, que la España musulmana se convierte en un verdadero faro para Occidente. Tras un largo período de postración intelectual, la Europa cristiana empieza a recuperar su pulso al entrar en contacto con la realidad cultural y científica del Islam. Los vastos conocimientos en teología, filosofía, medicina, astronomía o ingeniería que atesoran los musulmanes andalusíes, se difunden entre los estudiosos latinos, ávidos de descubrir nuevos campos del saber. Los manuscritos de los grandes pensadores clásicos, como Aristóteles y Tolomeo, que los árabes habían traducido del griego e incorporado a su acervo cultural en épocas pasadas, se vierten ahora del árabe al latín; se propicia así el redescubrimiento de los autores griegos en el mundo cristiano, iniciándose una recuperación cultural y científica que culminará en el Renacimiento.

El aire se ha llenado con sones de flautas y laúdes que, desde algún lugar cercano, se ondulan con languidez en la quietud de la noche. Camino, atraído por la música, hasta llegar a una plaza donde aparece una villa de aire señorial rodeada por jardines. Tras altas tapias cubiertas por enredaderas en flor se eleva, entre el perfil oscuro de los cipreses, una esbelta torre coronada por bovedillas blancas, y al lado hay un portalón entreabierto a un patio rodeado por columnas en las que arden lámparas con aceites aromáticos. Veo allí a numerosos personajes de aspecto ilustre que pasean entre los surtidores del patio rodeados de macetas con flores, mientras los músicos arrancan las más dulces notas a sus instrumentos y los criados se afanan llevando de un lado a otro grandes bandejas colmadas de manjares. Es una más de las frecuentes veladas que animan la vida nocturna de Toledo con el encuentro de renombrados poetas y filósofos. La ciudad se recrea en su propio esplendor y tal vez sus moradores hayan llegado a creer que ninguna amenaza puede poner fin a este período venturoso.

Mientras tanto, la situación política que se vive en la península es cada vez más favorable a la expansión de los reinos del norte, y en el año 1085 estas mismas calles se estremecerán con la entrada victoriosa de Alfonso VI. Pero lejos de terminar con la supremacía de la ciudad como promotora del desarrollo científico y filosófico, la llegada del monarca cristiano, que aspira a convertirse en un protector de de la distintas culturas que conviven en Toledo, va a encumbrarla todavía más. Así, durante los dos siglos siguientes, terminará por convertirse en uno de los centros del pensamiento más destacados en el mundo occidental.

Atraídos por la Escuela de Traductores, que funda el obispo Raimundo en el año 1130, llegarán aquí sabios procedentes de todos los rincones de Europa, como Gerardo de Cremona, traductor de un número ingente de tratados sobre matemáticas, medicina y astronomía, entre los que destaca el Almagesto de Tolomeo, una obra capital de la astronomía alejandrina codiciada durante largo tiempo por los eruditos cristianos. Ya en el siglo XIII, los colaboradores de Alfonso X confeccionarán, a partir de los textos de al-Zarqalí, las Tablas Alfonsíes, que van a ser las más utilizadas hasta el Renacimiento. En ese mismo siglo, las traducciones de las obras de Averroes realizadas en Toledo, permitirán que el pensamiento del eminente filósofo y médico cordobés, quien propone por vez primera la supremacía de la razón sobre la fe, se difunda por las universidades europeas, coincidiendo con el despertar de la escolástica.

El canto de un gallo en la lejanía saluda las primeras luces del alba. Pronto va a empezar a clarear sobre la vega del Tajo y la voz poderosa de los muecines no tardará en dejarse oír por todas partes, llamando a la oración. La ciudad irá recuperando poco a poco el trajín cotidiano, mientras los comerciantes se preparan para exponer sus mercancías en los puestos del zoco. Las calles se van a llenar una vez más de artesanos, mujeres con cántaros de agua, menestrales que acuden a desempeñar sus funciones, aventureros, sanadores y mendigos. La guardia de la ciudad volverá a hacer subir las pesadas rejas que cierran el paso en las puertas de las murallas y se iniciará el trasiego de gentes en todas direcciones; labriegos que acuden a cuidar los campos, patrullas de soldados, viajeros en ruta hacia tierras lejanas.

Los contornos del puente se insinúan de nuevo entre la bruma que asciende del río. Es tiempo de volver a cruzarlo…

LABERINTO DE ESPEJOS

-Bueno, no me digáis que no os gusta el hotel, un antiguo palacio renacentista situado a dos pasos de la Piazza Venecia. Sí, de acuerdo, las habitaciones son pequeñas y las camas tienen somieres metálicos de esos que ya no se llevan por el mundo, pero ¿habéis subido ya a la terraza que hay sobre el último piso?

El panorama que se contempla desde allí es extraordinario: al frente, tras las pequeñas cúpulas barrocas de dos iglesias, casi adosadas al viejo caserón del hotel, surge majestuoso el monumento en mármol blanco de Víctor Manuel II, coronado por dos cuadrigas que conducen ángeles; a la izquierda, se extiende el perfil boscoso del Palatino, con el óvalo achatado del Coliseo asomando entre los pinos. Y al volver la vista en sentido opuesto, aparece a los lejos la cúpula de San Pedro, dominando un mar de tejados rojos, torrecillas y campanarios de innumerables iglesias.

¡Esto es de locos! son sólo las siete de la mañana, y ya estamosen la recepción del hotel esperando a que llegue el taxi, después de atragantarnos con el desayuno. La luz gris de un día lluvioso envuelve calles desiertas, mientras cruzamos la ciudad en dirección al Vaticano. El taxi se detiene en la Vía Leone IV, y el conductorseñala con gesto significativo al otro lado de la calle, donde una cola larguísima, formada por los que han tenido la osadía de madrugar más que nosotros, se estira bajo las severas murallas de ladrillo que rodean los Museos Vaticanos.

Pues ahora es cuestión aguantar aquí, con estoicismo, las casi dos horas de espera que tenemos por delante, hasta poder alcanzar la entrada; ¡lo que faltaba! empieza a llover con fuerza; ahora me veré obligado a compartir el paraguas con este señor tan pesado, que se ha pegado a nosotros y va mal preparado par la lluvia.

Un verdadero ejército de gente, vigilado por algunos agentes de la policía romana, avanza sin cesar en sentido opuesto por mitad de la calzada; buscan el final de la cola, que dobla ya la calle tras de nosotros y se pierde en dirección a la plaza de San Pedro.

En fin, ya estamos dentro; allá vamos, perdidos en el torrente de visitantes, a través de salas bellísimas,en donde no se sabe si admirar máslas esculturas, los tapices, la gracia de los suelos de mármol veteado con formas geométricas, o la filigrana de los techos dorados.

Y aquí está la famosa galería de los mapas, con sus grandes frescos de colores brillantes que muestran, como en una visión área,distintas comarcas de Italia, bordeadas por el azul intenso del Adriático y el Tirreno.

Porlos ventanales de la sala se ven los patios interiores de este entramado de edificios que fueron residencia de los papas, y surgiendosobre ellos aparece la cúpula imponente de San Pedro, en la que descubro con asombro a la gente asomada en su cúspide, una multitud de seres minúsculos encaramados a la cima de una montaña artificial. La visión me produce vértigo, como cuando me veo ensueñossubiendopor un edificio de dimensiones imposibles,que se eleva sobre el mundo hasta desaparecer entre las nubes. Así representaban la torre de Babel en los cromosque cambiaba con los compañeros del colegio, al salir por las tardes de clase .

Pero la cúpula de ahí enfrente no llega a tanto, las nubes tendrían que ir muy pegadas a la tierra para ocultarla, y sin embargo es fascinante, tiene algo de sobrehumano. Me pregunto qué tipo de sensaciones despertaría en los habitantes de Roma, cuando hace casi cinco siglos empezó a erguirse por encima de los tejados de la ciudad: una estructura gigantesca emergiendo de la polvareda oscura producida por obreros y artesanos, en incesante hormigueoentre el andamiaje levantado en torno suyo.

Vamos a ver lo que dice mi guía de Roma: “La construcción de la basílica fue uno de los proyectos más audaces del Renacimiento italiano. La iniciativa partió, a comienzos del siglo XVI, del papa Julio II,quien se propuso devolver la independencia al papado y conseguir que los estados pontificios recuperaran todo su esplendor y poder”

¡Pues vaya si lo consiguió el tal Julio II! Este singular personaje, un verdadero peso pesado entre los sucesores de San Pedro, fue capaz de poner de rodillas a los señores feudales que desafiaban su autoridad. Llegó incluso a tomar la espada para someter a la ciudad de Bolonia y no dudo en aliarse con el rey de Francia, para que Venecia se viera obligada a devolver varias ciudades a los estados pontificios. Pero luego, temeroso del creciente poderío francés, el pontífice concertó por separado la paz con Venecia y atacó a sus antiguos aliados galos. Se celebraron varios concilios, hubo excomuniones, y al final los franceses salieron de Italia con la cabeza gacha. Por supuesto, el papado recuperó sus antiguos territorios.

Bueno, todo eso es historia, pero en Julio II vemos sobre todo al impulsor de las artes, al mecenas, bajo cuya protección los grandes artistas del Cinquecento dejaron el sello de su genio en la Capilla Sixtina o en la basílica de San Pedro.Por encargo del papa, Bramante inició la construcción de la basílica en 1506, y a su muerte le sucedió Rafael como arquitecto responsable de las obras. Pero el tambor, la enorme estructura que sostiene la cúpula, no se remató hasta bastante tiempo después, bajo la dirección de Miguel Ángel, que por entonces sobrepasaba ya los ochenta años.

Me imagino al anciano, yendo y viniendo con paso renqueante por el crucero de la basílica,para comprobar el progreso de las obras; ahí está, con su aspecto desaliñado, sus ropillas negras cubiertas de polvo, dando órdenes a un grupo de de artesanos que suspenden un momento su trabajo para escucharle con atención;ahora se ha detenidobajo los andamios del crucero, y siente un estremecimiento al levantar la vista hacia el colosal basamento que configuran esos pilares destinados a recibir el empuje de la enorme cúpula, una de las más audaces estructurasconcebidas por el genio humano. El viejo artista queda absorto, durante largo tiempo, en lacontemplación de ese abismo invertido que se va abriendo paso hacia el cielo, y siente el vértigo de la inmortalidad, la certeza de que durante los siglos venideros, la gran obra será admirada por millones de hombres y mujeres llegados desde todos los rincones del planeta…

--Papá ¿se puede saber qué miras por esa ventana? si te paras a cada momento, vamos a estar aquí todo el día y aún nos queda por ver la Capilla Sixtina.

-Perdona, pensaba en cosas mías; ahora mismo vamos para allá.

La lluvia ha cesado y Roma se despereza bajo el sol tibio de Mayo. Dejando atrás la escalinata flanqueada por flores de la Piazza di Spagna, las viejas casas de la Via Condotti despliegan ante nosotros un calidoscopio de escaparates, donde los turistas se detienen para admirar las creaciones que exhiben las primeras marcas de moda italiana. Más adelante, nos adentramos en un laberinto de callejuelas, entre viejos edificios de paredes desconchadas; fachadas decadentes, desfiguradas por el paso de tiempo, rincones y pasadizos sombríos, que trasconfundirnos con sus pretensiones de modestia y su aire de recogimiento, desembocan bruscamente enespacios diametralmente distintos, plazas luminosas dominadas por templosocolumnasdescomunales, donde está presente el nervio de la Roma imperial.

¿Y si nos damos una vueltecita por la Piazza Navona? Está muy cerca de aquí y es tal vez ellugar más emblemático de la Roma barroca. Su forma alargada obedece a que en ese mismo lugar se alzó el estadio de Domiciano en el siglo I d.c., para celebrar competiciones deportivas. Siglos después fue escenario de grandes fiestas , durante las cuales era inundada para representar espectáculos en los que se simulaban batallas navales ¡vaya ocurrencia!

Pues aquí estamos ya. Pocos lugares hay en la ciudad más animados que éste amplio espacio reservado a los peatones. Seguimos por inercia el movimiento de la multitud, hacia una esquina de la plaza dónde se ha formado un corrillo alrededor de dos jovencitas minifalderas, que bailan claquéfrente a la terraza de un café. Las notas estridentes de un reproductor de cintas situado en el suelo, se mezcla con las risotadas de un grupo de borrachos, que jalean el taconeo de las chicas.

La actuación ha finalizado, se serena el ambiente y retrocedemos hacia el centro de la plaza para hacernos unas fotos junto a la famosa Fontana dei Fiumi -de los Ríos para entendernos- debida a Bernini. Cuatro gigantes atléticos, en torno a un obelisco, representan a algunos de los mayores ríos del mundo: Danubio, Ganges, Nilo, Río de la Plata… es curioso que el artista no pensara en el Amazonas como símbolo del continente americano. El conjunto escultórico es magnífico. Parece como si Bernini hubiera infundido a los cuerpos una energía que los libera de su peso. Ayer, mientras veíamos los frescos de la Capilla Sixtina, pensé algo parecido frente a la escena del Juicio Final, la gran obra de Miguel Ángel que ocupa la pared situada detrás del altar. El espectador queda allí situado ante un torbellino de cuerpos titánicos que despiertan de la muerte en el último día. En el centro de la escena, el gesto implacable de Cristo parece impulsar el movimiento vertiginoso del conjunto, que oscila entre la dicha del Paraíso y el espanto de los abismos.

-Este rissoto alla romana está de primera, cuando volvamos a casa tenemos que ir un día a Ginos, a ver si lo hacen igual que aquí .

Es hora de reponer fuerzas y da gusto contemplar el panorama desde esta terraza de la Via Della Pilotta, casi en la esquina de la Piazza Venezia. Las mesas están atestadas de gente que disfruta del día primaveral. No es un restaurante de altos vuelos, pero ofrece una cocina de calidad y el personal es de lo más amable, te hace sentir en casa. Los camareros están siempre de broma, hace un momento los hemos visto fotografiándose con dos chicas americanas que no dejaban de reírse con sus ocurrencias.

Veo que en la acera de enfrente, al lado deun edificio con aspecto de palacio renacentista, se está congregando mucha gente; alguno prepara su cámara fotográfica, como si esperara la aparición de algún famoso. Pregunto al camarero, que pasa junto a nosotros moviéndose con su bandeja entre las mesas

-Loro vogliono vedere il presidente- me responde, sin volver apenas la cabeza.

De repente, la gente congregada rompe a aplaudir y, en la puerta del edificio aparece un grupo de hombres de pelo engominado, con trajes oscuros, que avanzan presurosos hacia un enorme automóvil.

-Es Romano Prodi- dice alguien en la mesa de al lado.

De otro grupo que se mantiene algo apartado, surge un¡viva Berlusconi! que es acogido con abucheos por los fieles del nuevo mandatario.

-Bueno, terminaos los Capuchinos y voy a pedirla cuenta. Yo creo que ahora podíamos acercarnos a las ruinas del Foro, me parece que el Coliseo se puede visitar a partir de las cinco.

La tarde va transcurriendo con placidezen la Via dei Fori Imperiali, una gran avenida que Mussolini tuvo la ocurrencia de abrir en mitad de la Roma antigua. Me produce una sensación extraña este revoltijo de ruinas a ambos lados del paseo. El arco de Septimio Severo, el templo de Saturno, los muros del Palatino… parece la osamenta gastada de un gigantesco fósil. Sin embargo, aquí estuvo una vez el centro del mundo, la capital de un imperio que se extendía desde Finisterre hasta Jerusalén.

Al acercarse el día a su fin, las sombras se alargan y el lugar sepuebla de siluetas borrosas, como si las ruinas quisieran desaparecer del todo y confundirse con el polvo. Pero los últimos rayos del sol, casi oculto ya tras la colina del Capitolio, han envuelto las viejas piedras en un resplandor fugaz que las saca de su letargo.

Por unos instantes, los muros descarnados del Coliseo, las columnas del foro, el estanque lleno de maleza y las estancias donde moraban las vestales, recuperan el aliento de su pasada gloria y son como un laberinto de espejos, por el que se deslizan estellos de un mundo lejano, bello y cruel a la vez. Parecen escucharse voces animadas de los mercados, discursos de los magistrados en el foro, suaves notas musicales de ceremonias en honor a los dioses. En la Vía Sacra, un clamor vibrante de trompetas se eleva sobre el griterío de la multitud, al paso de una legión que vuelve victoriosa de Germania y desfila hacia el Capitolio. En cabeza del cortejo, varios hombres, cubiertos con pieles de lobo, elevan con orgullo sus enseñas, y los aurigas apenas consiguen sujetar sus caballos, para esquivar a grupos de muchachas que invadenla calzada, arrojando flores a los soldados de Roma.

Se escuchan otra vez las trompetas y entonces… pero, un momento, ¿no están sonando de verdad…?

-¡papá mira!-

-¿eh? ¿qué?

-¡mira, un Ferrari Enzo!

-¿un qué?

A pocos metros de donde estamos, pasa veloz un coche impresionante lanzando al aire una sinfonía de bocinazos, que resuenan como clarines de caballería. Se oyen silbidos y exclamaciones de admiración entre los paseantes. Alguno, hasta apunta su móvil hacia el bólido para intentar inmortalizarlo en una foto.

-¡fíjate qué ruedas, cómo se pega al suelo!

- sí, sí, ya lo veo, pero ¿adonde irá ese loco, circulando así por una vía peatonal?

El Ferrari se aleja en dirección al monumento de Víctor Manuel II y gira a la derecha , desapareciendo entre los árboles de la plaza. Durante unos segundos, seguimos oyendo el ronquido de sus seiscientos setenta caballos, hasta que acaba por perderse en la distancia.

La noche ya ha caído sobre Romay el guiño de mil luces invita a descubrir otras caras de la ciudad, nuevas sensaciones que sólo despiertan cuando el día se apaga. Los cafésvuelven a llenarse de animación; las calles son un bullir de gentesque deambulan sin rumbo fijo, sorteando el intenso tráfico en la Vía del Corso y parándose frente alos restaurantes o las tiendas de recuerdos, donde es posible encontrar desde cristal de Murano hasta recortables del Coliseo. Desde el Palacio del Quirinal, una callejuela mal iluminada desciende en silencio por la colina, como si buscara a tientas el esplendor serenoque irradia la cercana fontana de Trevi.

NEWTON EL MAGO

Llueve en París. La lluvia, menuda y fría, extiende su velo turbio sobre la ciudad.

Al sur del río, las calles angostas que ascienden hacia la colina Saint Genevive, están convertidas en lodazales inmundos por los que ruedan con lentitud los carruajes. Gentes miserables, envueltas en harapos, van de un lado a otro arrastrando los pies por el fango, o se agrupan frente a pequeñas hogueras, en las que arden los objetos más dispares.

La posada donde me alojo se encuentra en la esquina de una plaza formada por viejas casas contejados de pizarra negra.

Suelenhospedarse aquí viajeros que permanecen unos días en la ciudad. Hay comerciantes de peluca empolvada, un buhonero fachoso cargado con su arcón de baratijas y algún militar de baja graduación que cambia de destino. A veces se ven tipos extraños, como un viejo alto y flaco, con el que suelo cruzarme al salir por lasmañanas. Va vestido de riguroso luto y se diría que es un buitre al acecho de sus presas.

Hace unos días apareció un grupo de estudiantes extranjeros, creo que son alemanes. No he conocido gente más ruidosa. Se reúnen algunas tardes junto a la chimeneay, en medio de un alboroto indescriptible, vacían, una tras otra, las botellas de aguardiente que les sirve Arlette, la camarera.

Arlette es pelirroja y tiene un cuerpo esbelto. Se mueve con agilidad entre las mesas con su bandeja en alto y trata de complacer a todo el mundo. Suele estar de buen humor, pero si algún patán sin modales abusa de su paciencia, se pone hecha una furia y le contesta con descaro. Cuando está irritada, sus grandes ojos verdes relampaguean como los de un felino.

Conmigo siempre se muestra amable, incluso yo creo que está demasiado pendiente de mí. Cuando llegué a la posada se las arregló para que pudiera ocupar una de las mejores habitaciones; un cuarto amplio, provisto de chimenea, con una cama grande y mullida.

Por fin ha cesado la lluvia. Al caer la tarde, cruzaban el cielo grandes jirones de nubes que parecían los restos de un inmenso ejército en desbandada.

Durante la noche, mientras deambulaba por las proximidades del Sena, el aire había recuperado su transparencia. Una gran luna brillaba contra el cielo limpio, cuajado de estrellas. Su luz helada, al derramarse sobre la ciudad, producía la ilusión de un mundo lleno de perfiles cristalinos, un lugar mágico, del que había desaparecido la fealdad de las paredes, oscurecidas por la humedad, y la inmundicia de las calles.

Caminaba yo abstraído, cuando al doblar un callejón solitario, pude distinguira un grupo de individuos, armados con grandes garrotes, que impedían el paso a un carruaje, sujetando las bridas de los caballos. Me aproximé con sigilo, ocultándome en las sombras, y alcancé a ver a varios hombres con elegantes libreas, sin duda sirvientes del vehículo, que yacían maltrechos en el suelo. Uno de ellos sangraba profusamente por una herida en la frente y suplicaba que no le matasen. El cabecilla de la banda se abalanzó al interior del carruaje, y después de hacer salir de su interior a una vieja dama de aspecto aristocrático, la conminó a que le entregara sus joyas.

Aunque tenemos órdenes terminantes de evitar situaciones comprometidas, no pude permanecer impasible ante aquella escena. Sin pensármelo dos veces, me acerqué con paso decidido hasta situarme junto a los malhechores, quienes, tras un momento de sorpresa, se lanzaron sobre mí. No me fue difícil reducirlos, mejor dicho apenas tuve que hacer nada. Ni siquiera sentía el impacto de los garrotazos que llovían sobre mí. Los dejé durante unos minutos que se esforzaran en vano y, cuando los pobres diablos se hallabanjadeantes y confundidos, bastó algún que otro empujón para hacerlos rodar por el suelo embarrado.

Un momento después, toda la cuadrillasalió corriendo presa del terror, como si se hubieran topado con el mismísimo diablo, y desaparecieron en la oscuridad.

La pasajera resultó llamarse Madame Geoffrin. Una mujer de edad avanzada y, por lo que pude comprobar bastante miope, que se mostró tan agradecida por mi oportuna intervención como admirada de la facilidad con que puse en fuga a sus asaltantes.

Al oírme hablar, Madame Geoffrin me tomó por inglés y yo decidí seguirla la corriente, presentándome como un joven profesor de Cambridge, de paso por la ciudad.

Mi nueva amiga, es un personaje singular. Se trata de una vieja aristócrata apasionada por la cultura. En los salones de su palacio se organizan tertulias literarias a las que acude lo más granado del mundillo intelectual. Ha insistido tanto, que la he prometido asistir a una de estas reuniones en cuanto mis obligaciones me lo permitan.

Madame Geoffrin suele invitar a jóvenes autores deseosos de darse a conocer en la alta sociedad. Tras una breve presentación, el poeta de turno prepara sus cuartillas, aclara la garganta y, en medio de un silencio expectante, comienza a declamar sus versos.

Apenas entiendo el sentido de esos largos poemas en los que se repiten frases ampulosas sobre el amor, la búsqueda de la libertad y el fatal destino. Me resulta casi imposible prestar atencióna esos pedantes. Cuando ya no aguanto más tanta simpleza, me dedicoa observar a la audiencia con disimulo, sobre todo a las damas; algunas son de una elegancia insuperable: trajes suntuosos bordados con hilo de plata, collares de perlas, grandes pelucas blancas adornadas con lazos de seda… nunca había visto nada parecido. He notado que ellas también me observan a mí. A veces, cuando nuestras miradas se cruzan, arquean levemente las cejas y me sonríen con la mayor naturalidad, mientras juegan a abrir y cerrar sus abanicos. Me parece asombroso que se muestren tan amables con un desconocido.

Seguro que los superiores no aprobarían mi asistencia a las reuniones que celebra Madame Geoffrin en sus salones; para ellos, cualquier cosa sin relación directa con nuestros objetivos es una frivolidad, una pérdida de tiempo sin justificación posible. Claro que, no tienen por qué enterarse de todo lo que hago.

Además, no es el mejor momento para complicarse la vida; bastante agitación hay ya en las altas esferas. En los últimos comunicados difundidos por el Consejo Supremo, se asegura que el continente se encamina hacia una nueva guerra. Por lo visto es ya un hecho innegable que la firma de la Triple Alianza por Francia, Inglaterra y Holanda fue sólo una componenda de la que no se puede esperar una paz duradera.

Para mí,las alianzas y tratados que estas gentes hacen y deshacen con tanta facilidad, son un embrollo imposible de entender, pero allá los honorables miembros del Consejo con sus conclusiones. Según ellos, esas naciones sólo buscan el modo de aumentar su área de influencia para imponerse a las demás y erigirse en árbitros de un equilibrio imposible.

En fin, pintan un panorama bastante sombrío. No es raro que algunos compañeros aseguren que estamos preparando una operación a escala mundial. Pero sólo son rumores.

Ayer, al finalizar la veladaliteraria, se me acercó un hombre joven con aire de intelectual. Tras una leve inclinación de cabeza, se presentó:

- Disculpadme señor, no creo conoceros. Soy Lucien de Sourignac. He cursado estudios en las Universidades de Paris y Lovaina. Llevo unos meses ayudando al barón de Montesquieu en la preparación de un informe para la Academia de Burdeos. Hemos estado investigando el efecto del clima tropical sobre los hábitos sociales de los indígenas antillanos.

-Vaya, no sabía que esos indígenas hicieran vida social- respondí.

Lucien me miró con curiosidad.

-Vos sois inglés ¿no es cierto?

-Eh… sí, así es caballero. Mi nombre es un poco difícil de pronunciar. Podéis llamarme simplemente, Lem.

¿Lem?curioso nombre. Los ingleses sois un tanto peculiares ( y al decir esto, no pudo ocultar un cierto aire de superioridad)

- Tengo entendido que impartís cursos de filosofía en Cambridge.¿domináis algún área enparticular?

Le contesté lo primero que se me ocurrió:

-Bueno, estoy doctorado en teología, pero me interesa también la filosofía natural y …

-¿La filosofía natural? Entonces imagino que seréis un newtoniano convencido.

No me esperaba una pregunta tan directa y, durante un momento, sentí que se me quedaba la mente en blanco. En seguida me recuperé e hice un rápido análisis de la cuestión: newtoniano… seguidor de las teorías de Isaac Newton. Sí, recordaba haber leído algo al respecto en los archivos del Consejo . Lucien se referíaa un gran matemático que en el siglo anterior revolucionó el estudio de los fenómenos naturales.

No se me ocurrió nada mejor que contestar de forma afirmativa a la pregunta, aunque me intrigaba el tono desdeñoso con que había sido formulada.

- Desde luego, respondí.Sir Isaac Newton fue un sabio eminente por el que siento la mayor admiración.

- ¡Por supuesto!- exclamó Lucien , levantando los brazos.

-Pero vuestro admirado Newton ha sembrado la confusión en lo que antes era un camino luminoso. El camino de la ciencia mecánica, el único capaz de conducirnos a una visión racional del mundo.

Mi gesto de perplejidad pareció divertirle.

-Ya veo que os sorprendéis. Ahora tengo que atender algunos asuntos urgentes; tal vez podamos continuar esta conversación en otro momento. Confío en que vuestra estancia en París sea placentera. Y se alejó de mí tras hacer una nueva inclinación de cabeza.

Llevo varios días sintiendo hormigueos por todo el cuerpo. Muchos compañerosdescriben sensaciones parecidas. Es lo mismo de otras veces. Según dicen los sabihondos del Consejo, las radiaciones que atraviesan esta atmósfera pueden producirnos ciertos efectos que deben controlarse. Sobre todo, hay que evitar que nuestra apariencia humana sufra algún cambio imprevisto.

Ayer no me encontraba de humor para ir a ninguna parte y pasé la mayor parte del día encerradoen mi cuarto, esforzándome en descifrar los últimos informes. A última hora de latarde sonaron unos golpecitos tenues en la puerta y, apenas había tenido tiempo de decir nada, cuando entró Arlette con una gran bandeja , en la que había dispuesto algunas viandas y una jarra de agua.

-Señor- dijo con su voz cantarina, pasáis mucho tiempo encerrado aquí y apenas coméis. Deberías ocuparos más de vuestra salud.

La miré con expresión agradecida y ella me dedicó una dulce sonrisa.

Después de dejar la bandeja sobre la mesa, se quedó mirándome con sus grandes ojos, como si esperara que yo hiciese algo. Al ver que yo seguía a lo mío, empezó a dar vueltas por la habitación, poniéndolo todo en orden. Alisó la colcha y cambió algunos objetos de lugar. Se movía sin cesar de un lado para otro y estaba empezando aponerme nervioso. Hice un esfuerzo por ignorarla y volví sobre mis informes con intención de continuar trabajando.

En eso estaba, cuando sentí la respiración de la joven muy cerca de mí, al tiempo que sus brazos me rodeaban con suavidad. Luego, un beso cálido se deslizó por mi nuca. Durante unos instantes, permanecí rígido como una estatua, con los brazos apoyados sobre la mesa y Arlette pegada a mi espalda. Entonces, sin saber bien lo que hacía, me levanté con tanta brusquedad de la silla, que los dos estuvimos a punto de perder el equilibrio y caer de espaldas sobre la cama . El corazón me latía con fuerza y no acertaba a pronunciar palabra.

-Arlette, estás muy sofocada- dije al fin, con un hilillo de voz. Espero no haberte lastimado. Toma, bebe un poco de agua.

Y llenando el vaso de la bandeja se lo alargué, pero el pulso me temblaba de tal modo, que no pude evitar derramar un poco de líquido sobre su amplio escote.

Ella me miró confundida y rompió a llorar. Tiró el vaso con furia y salió corriendo de la estancia, dando un tremendo portazo.

He vuelto a ver a Lucien en un par de ocasiones. El último encuentro se produjo de modo casualen “El Gato Negro”, una taberna próxima al río que no goza de muy buena fama. A mí me gusta dejarme caer por allí, cuando al anochecer se llena de estudiantes y buscadores de fortuna.Aprovecho entonces para escuchar con disimulo sus conversaciones, no tanto por la información que puedan proporcionarme, como por el mero placer de satisfacer mi curiosidad. Lucien estaba sentado solo, en el extremo de una mesa, frente a una gran jarra de cerveza. Al verme, salió de su actitud abstraída y me pidió que le acompañara. Estuvimos un rato bebiendo y conversando sobre cosas triviales. Luego, el tono de la conversación se fue haciendo más confidencial y me habló de algunas cuestiones personales. Parece ser que ha contraído deudas importantes y teme que su modesta fortuna se evapore en poco tiempo. Sin embargo, confía en que sus numerosos contactos en la alta sociedad le ayuden a salir del apuro.

- Por cierto Lem, Madame Geoffrinme ha comentado que el próximo martes va a asistir Voltaire a su velada. ¿Le habéis conocido ya?

-No tengo ni idea de quien es ese caballero- respondí con candidez

-¿Es posible?Pero ¿tan aislados del mundo estáis en vuestra maravillosaisla?

Me encogí de hombros, sin saber qué responder.

- Ademas, Voltaire es de los vuestros. Quiero decir- prosiguió Lucien guiñando un ojo con malicia- que es un ferviente admirador de las teorías newtonianas.

En vista de que Lucien volvía otra vez sobre ese tema, no ví otra salida que animarle a continuar.

-Lucien, para ser sincero, no puedo entender el motivo de vuestra aversión hacia ese gran sabio. ¿Acaso os molesta que un inglés haya alcanzado tan justa fama?

-De ningún modo -dijo él con acritud- Su lugar de nacimiento me tiene sin cuidado. Lo que no puedo perdonar a tu admirado Newton es que empleara su genio indiscutible para volver a abrir de par en par las puertas a la magia y la superstición. Esas puertas que el gran Descartes y sus seguidores creían haber sellado para siempre, en servicio de la humanidad.

Al oír aquello, debí adoptar una expresión muy estúpida. La verdad es que no entendía nada, además los efectos de la cerveza comenzaban a hacerse patentes,y me sentía un poco mareado.

-Veo Lem, que mis palabras os escandalizan.Eso es algo que me maravilla de vosotros: habéis optado por mirar a otro lado, preferísignorar lo que es obvio y sólo sabéis alabar el genio matemático de vuestro maestro.

-Es cierto que Newton ha ofrecido una visión unificada del universo a partir de un lenguaje matemático riguroso, pero ¿a qué precio? Él mismo dejó claro que la gravedad, esa fuerza con la que sus seguidores pretenden ahora explicarlo todo -desde el movimiento de los astros hasta la atracción entre los seres vivos- no puede ser algo material. Se trataría, por el contrario, de un principio misterioso que opera a distancia, algo que, en definitiva, nos conduce de nuevo hacia la visión mágica del mundo. Y nosotros estamos decididos a combatir tal desatino con todas nuestras energías.

Me sentía completamente perdidoen aquel laberinto, de modo que decidí adoptar una estrategia evasiva y, para cambiar de tema, le conté mis apuros con Arlette.

El gesto crispado de Lucien no tardó en disiparse. Empezó a reírse a carcajadas, y no dejabade propinarme fuertes palmadas en el hombro.

Parece que encuentra muy gracioso ese penoso incidente. A veces pienso que somos demasiado diferentes de los seres humanos; tal vez nunca lleguemos a entenderlos.

Siguen los rumores de una gran operación ofensiva.

Por el momento, los del Consejo no han dicho nada. Ni creo que lo hagan; otras veces se ha dado por seguro que nuestra intervención era inminente, y al final todo queda en puras suposiciones.

Llevamos mucho tiempo observando a los hombres y siempre nos hemos mantenido en la sombra, estudiando su extraño comportamiento y limitándonos a analizar las consecuencias de lo que hacen. Hasta ahora la postura del Consejo no ha podido ser más clara: debemos permanecer al margen de sus asuntos.

Sin embargo, hay quienes piensan que no será posible mantener esa actitud de manera indefinida. Según ellos, estos seres terminarán por perder el control de su mundo, convirtiéndose en una amenaza imposible de ignorar.

No sé… yo creo que exageran.

DOCTOR PARACELSO

Ha pasado ya algún tiempo desde que perdí el contacto con los demás. Tengo que encontrarles como sea. A veces, lo ocurrido me parece un mal sueño del que voy a despertar en cualquier momento.

Recuerdo los tejados de París recortándose contra el cielo sereno de la tarde. En la lejanía, las campanas de Notre Dame elevaban su voz severa sobre el bullicio de calles y plazas. Yo paseaba despreocupado, observando las travesuras de unos pilluelos quecorrían entre la gente.

Luego las cosas tomaron mal cariz. Recibimos orden de trasladarnos con urgencia y muchos creímos que se iba a iniciar una gran ofensiva. Cuando llegó el momento señalado, fijé las coordenadas y me preparé para la partida. Pronto, aquella ciudad tan fascinante no sería para mí más que un lejano recuerdo.

Durante el tránsito no percibí nada anómalo. Como ya había ocurrido en otras ocasiones, los contornos de todo cuanto me rodeaba empezaron a borrarse y me fue invadiendo una intensa sensación de ingravidez. Procuré no pensar en nada y me abandoné al placer de sumergirme en un torbellino luminoso en el que todo desaparecía estallando en mil destellos fugaces.

Sé que aquello sólo duró un instante, pero cuando las luces se extinguieron ypude palpar otra vez mi cuerpo,habría jurado que regresaba de cruzar un océano sin límites.

Pronto comprendí que algo iba mal. En el lugar donde me encontraba, no había ni rastro de los míos, nada familiar, ninguna referencia; he de admitir que algún fallo inexplicable me desvió de la ruta prevista.

Ahora sólo puedo confiar en que consiga comunicarme con ellos. Mientras tanto, dependo de mis fuerzas para sobrevivir en un mundo que apenas conozco.

He tomado la decisión de dirigirme hacia alguna población importante. Tal vez allí tenga más posibilidades de ganarme la vida, mientras sigo intentando establecer contacto.

Ayer tuve que emplear la mayor parte del día en atravesar un bosque solitario. Al fin, se fue aclarando la espesura y apareció ante mí un territorio llano con abundantes pastos y tierras de labor.

Ya avanzada la tarde, entré en una pequeña aldea rodeada de prados.

No había probado bocado desde el día anterior y mis tripas no dejaban de protestar. Me acerqué a una choza y di unos golpes en la puerta. En el umbral apareció una mujer muy delgada, con dos niños agarrados a sus faldas, y me invitó a pasar. El suelo de la estancia estaba cubierto de paja y se oía el gruñido de cerdos tras una estacada. Flotaba en el aire un olor nauseabundo. La mujer me ofreció una escudilla concoles hervidas y algunos trozos de tocino, que devoré en un santiamén sentado junto al hogar. Tras terminar el refrigerio, conseguí queme entregara unas libras de carne en salazón y medio queso, a cambio de una hebilla de plata.

Las últimas luces del día se apagaban cuando salí de la choza para proseguir mi camino. Parecía como si la aldea hubiera quedado sumida en un profundo letargo; sólo el silbido de los vencejos y el eco lejano de algunavozturbaban el silencio.

Cuando noté que el cansancio se adueñaba de mí, dejé el camino y me tendí bajo los árboles, dispuesto a descansar unas horas. El verano derramaba su aliento tibio sobre la tierra y las hojas plateadas de los abedules brillaban en la oscuridad; en seguida, me venció el sueño.

Apenas rompía el alba cuando sentí que alguien me sacudía el brazo. Un hombre alto, embutido en faldones negros, estaba junto a mí observándome con atención.

-La paz del Señor esté contigo- dijo.

Respondí a su saludo asintiendo con la cabeza; luego le expliqué, tan bien como pude, que el azar me había llevado lejos de casa y necesitaba encontrar algún modo de ganarme la vida.

-Por tu forma de hablar, veo que eres extranjero y desconoces nuestras costumbres- dijo él- pero pareces un joven decidido, y tal vez encontremos para ti alguna ocupación en el monasterio. Acompáñame, si ese es tu deseo. Con la ayuda del Señor, llegaremos allí antes de la hora Sexta.

El monasterio está asentado sobre un promontorio desde donde se divisan extensos campos de cebada, salpicados por algunos viñedos. El abad ha dispuesto que mientras permanezca con la comunidad, he de ayudar a los hermanos que cuidan del huerto.

Hay un monje muy enfermo que ocupa una celda contigua a la mía; es el hermano Wenceslav, un anciano que antes estaba encargado de dirigir la cocina. Respira con mucha dificultad y apenas tiene fuerzas para levantarse del catre. Siempre que puedo, me acerco a verle por si necesita algo. Ayer estaba ayudándole a tomar un poco de caldo, cuando se presentó el abad acompañado de un hombre de semblante adustoque, tras reconocer al enfermo, sacó algunos frascos de un pequeño cofre forrado en cuero. Luego empezó a extender un ungüento amarillo sobre el pecho del anciano.

-Señor, este hombre está muy enfermo- le dije. Temo que su vida se apague en cualquier momento.

-¡Nadie ha pedido tu opinión!- bramó él - ¿Con quién crees que hablas? Soyel doctor Teophrastus Bombastus von Hohenheim, muchos me llaman Paracelso. He viajado por todas partes y estudiado en varias universidades, pero mi saber no procede de los libros.

Luego, mirando con malicia al abad, prosiguió:

-Tal vez por eso, algunos me toman por brujo y hasta se ha llegado a decir quehago pactos con el demonio.

-¿Los brujos pactan con el demonio para auxiliar a los enfermos? - pregunté intrigado.

- Verdaderamente, ni el asno que transporta mis medicinas es tan necio como tú- dijo Paracelso escupiendo al suelo – ¿Cómo te llamas?

- Señor, mi nombre es Lem.

- ¿Lem? ¿Eso es todo? Más parece el nombre de un perro. Créeme muchacho,nuncallegarás a nada con un nombre así ¿Acaso no sabes que los nombres definen la esencia misma de lo que somos? Fíjate en el mío, yo no podría ser quien soy si me llamara, digamos… Teo.

-En fin no sé por qué pierdo el tiempo contigo. Ya veo, por tu forma de mirarme,que noentiendes nada . Por cierto, tus ojos son oblicuos y hablas el alemán con un acento extraño. ¿Has nacido en las tierras del norte?

-Pues… sí maestro, de muy al norte.

-Bueno muchacho, dejémonos de charla. Si quieres hacer algo por el enfermo, asegúrate de que ingiera una pizca de este polvo negro una vez al día.

En medio de la noche me despertó el tañido de una campana que llamaba a los monjes a la oración. Estaba a punto de volver a dormirme cuando oí toser al enfermo. Me levanté con sigilo de mi jergón y entré en su celda.El anciano ardía de fiebre y respiraba con gran dificultad; sufría continuos accesos de una tos convulsa que le sacudía de los pies a la cabeza.

Consideré la situación: tenía serias dudas de que los remedios del eminente doctor fueran de alguna utilidad; aquel pobre hombre podía morir, a menos que yo hiciera algo… pero eso significaba contravenirel reglamento del Consejo Supremo.

Me aproximé al enfermo y enfoqué sobre él mi campo devisión. En seguida, pude apreciar una zona oscura que se extendíapor su pulmón derecho.

El proceso infeccioso estaba muy avanzado y tomé la decisión de actuar con rapidez. Coloqué ambas manos sobre la zona enferma, y en seguida empecé a sentir un cosquilleo característico que circulaba por todo mi cuerpo. Al cabo de un buen rato, la mancha casi había desaparecido y el monje comenzaba a respirar con más facilidad. Me senté junto a él para recuperarme del esfuerzo. En la penumbra de la celda, las corrientes de luz que escapaban de mis manos ascendían hacia el techo, envolviéndome en un resplandor rojizo que, al iluminar débilmente la estancia, proyectaba sombras vacilantes sobre los muros.

El monje carraspeó y miró en torno suyo con expresión aturdida. Me miró sin reconocerme y, abriendo unos ojos como platos, exclamó:

-¡Que Dios se apiade de mí! ¿Acaso te envía el maligno para arrastrarme a los infiernos?

Le aseguré que no tenía intención de arrastrarle a parte alguna, pero él estaba fuera de sí y agitaba los brazos como un loco. A pesar de mis esfuerzos, se las arregló parasaltar fuera del catre y, al pisar descalzo las frías baldosas, resbaló y se dio de narices contra el muro.

Al poco rato, oí girar los goznes de la puerta y apareció el abad acompañado de dos monjes que portaban antorchas. El enfermo yacía en el suelo atontado por el golpe, pero yo habíatenido tiempo de comprobar que sólo sufría una ligera contusión.

-¿Pero qué es esto?- exclamó sorprendido el abad - ¿Qué ocurre aquí?

La situación era comprometida. Tragué saliva y me dispuse a improvisar una explicación convincente.El ambiente se distendió cuando le dije al abad que sin duda el hermano Wenceslav se había caído del lecho, tras de lo cual yo acudí al oír el golpe y le encontré tendido en el suelo.

Por suerte, mi apariencia humana era ya completamente normal y los monjes no sospecharon nada.

Reina una gran inquietud en el monasterio. Por lo que he creído entender, han llegado noticias de cierto edicto promulgado en Worms, que condena a un monje agustino por defender ideas contrarias a las enseñazas de la iglesia romana. El acusado, un tal Lufer o Luther, es un profesor de la Universidad de Wittemberg . Según dicen, hace unos años protagonizó un gran escándalo al publicarnumerosas tesis contrarias a algunas prácticas habituales de la Iglesia. Eso último me resulta muy confuso, pero por lo que me han explicado los monjes, las autoridades eclesiásticas venden unos documentos muy particulares; por medio de ellos, el comprador consigue una reducción de la condena que le corresponde cumplir en un lugar llamado purgatorio, cuyo emplazamiento exacto nadie es capaz de aclararme.

El abad dice que todo esto puede traer consecuencias nefastas, pues algunos príncipes alemanes apoyan las tesis del monje rebelde y no vacilarían en enfrentarse al mismísimo Emperador.

Hace unos días que abandoné el monasterio para seguir mi camino hacia Marburg. Me disponía a buscar algún lugar donde pasar la noche, cuando divisé a lo lejos el humo de una fogata que se elevaba junto a un carromato. Al acercarme, pude ver al doctor Paracelso, abstraído en la contemplación de las llamas. Nome había vistoy se puso en pié de un brinco cuando llegué junto a él.

-Maestro, espero que os encontréis bien- dije, haciendo una inclinación de cabeza.

-¿Eh? ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?

-Soy Lem , maestro, he dejado el monasterio y me dirijo a la ciudad de Marburg.

Al reconocerme, se tranquilizó e hizo un gesto para que me sentarajunto a él. Sobre el fuego se hallaba suspendido un caldero del que escapaban efluvios capaces de resucitar a una legión de muertos.

Permanecimos un rato en silencio. Luego, él clavo en mí su mirada y dijo:

-Muchacho, tal vez te sorprenda el que un eminente doctor viaje de un lado para otro como un vulgar buhonero, cuando podría llevar una vida opulenta al servicio de algún príncipe. Pero nada aprecio tanto como la libertad. Todas las riquezas del mundo carecen de valor si se comparan con el placerde tenderse sobre la hierba y contemplar la belleza del cielo estrellado. Pero dime ¿cómo se encontraba el hermano enfermo cuando dejaste el monasterio?

-Maestro, cuando me despedí de él, se sentía aún muy débil, pero respiraba con bastante normalidad y su fiebre había desaparecido.

-¡Rara vez he fallado al tratar un caso como el suyo!- exclamó él con gesto triunfal - . Has de saber que mis remedios superan todo lo conocido. Mientras muchos se obstinan en seguir utilizando purgas y sangrías, yo he descubierto que la Naturaleza oculta sustancias capaces de destruir el núcleo mismo de la enfermedad.

- ¿Y sería posible encontrar agentes específicos para tratar cada dolencia ? pregunté interesado.

-Vaya, parece que no eres tan necio como me figuraba- respondió él - . Así es, tal como supones. Algunas de esas sustancias son de naturaleza mineral, como la sal Tartari y el sulfuro de antimonio; otras,esencias volátiles, tal el alcohol vini y los espíritus que pueden extraerse de las plantas por destilación. Sin embargo, Lem, hay algo quedebes tener siempre presente: sólo un hombre virtuoso puede practicar con éxito el arte de curar; todo en el cosmos forma parte de una trama que la voluntad suprema teje en secreto.

He cambiado de planes. Por el momento, no iré a Marburg. El doctor Paracelso me ha ofrecido una pequeña paga con la que puedo cubrir mis necesidades básicas. A cambio, le ayudo a realizar sus curas y me ocupo de recoger las plantas que precisa.

Cada día que pasa, acuden a nosotros más enfermos y la bolsa del maestro engorda sin cesar. Poco se imagina él que a veces yo intervengo en secreto para acelerar las curaciones.¡Al fin he conseguido establecer contacto! La señal se mantuvo estable tan sólo unos segundos, pero bastó para notificar mi posición y pedir instrucciones. Poco después llegó la respuesta. Se hacen cargo de la difícil situación en que me encuentro y han calculado las trayectorias de regreso que les parecen menos arriesgadas. Pero me dejan a mí la decisión final. Esta vez no puedo fallar…

 

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