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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Carlos Pleguezuelos
cplegue2002@yahoo.es
LA SEÑORA


María, una niña, vivía en un pueblo pequeño, tanto que parece una islita, una islita envuelta de campo, con sus árboles, sus pastos y en vez de meros, corderos. Ya se sabe que las islas están rodeadas siempre de agua, algunas con su náufrago, pero en este caso el pueblo queda lejos del mar, tan solo un pequeño embalse que cambia de colores cuando el cielo lo desea. Por un lado es largo y por otro estrecho, dicho de otra manera, el pueblo es alargado. Lo cruza una franja gris por donde pasan coches o vehículos a motor, también personas, animales, bicicletas o todo aquello que se mueva, su nombre es la carretera.

La niña tenía y tiene una casa al final del pueblo, por la parte ancha, cerca de la carretera. La puerta de entrada se orienta al sur, igual que el balcón de su habitación, o pequeño balcón, pues no caben mas de dos personas sin estar sentados, eso sí, tiene una barandilla para que la gente no se caiga a la calle. La casa es de tres plantas y con una cochera que da a un patio con arbolitos, rosales, geranios, e incluso una camelia muy bonita que alegra con sus flores el invierno, un invierno de largas tristezas, con un cielo gris de continuos sollozos y nubes osadas que acarician el suelo.

En la primera planta del edificio está la cocina, un cuarto de baño y el salón que lleva incluido una chimenea. La chimenea entraba en el lote, de ahí la tremenda desconfianza a la hora de encenderla , nadie se atrevía con ella, los vecinos no la encendían ni la encenderán. Corre el rumor de ser una pequeña fábrica de humos; por lo escuchado, a un señor le llenó toda la casa a una velocidad supersónica, visto y no visto. De todas maneras hay que reconocer su función decorativa, pues queda muy bonita e incluso sirve para poner botijos o platos de cerámica. La cocina es grande y si te asomas a la ventana ves al vecino y el patio. Antes tenía una vista estupenda, era como un suplemento, parte del lote; consistía en ver el cerro de las cabezas todo impregnado de árboles, unos árboles que cambian según la estación meteorológica. Ahora han colocado unas casas adosadas justo enfrente de la ventana, lo único que se divisa son paredes y cuadraditos con cristales, el patio, algún vecino y algo de cielo. En la segunda planta están las habitaciones, dos que dan al norte y dos que dan al sur, por la mitad queda otro cuarto de baño. En una de ellas estaba y está el cuarto de la niña. La cama era de un color rosa pálido, la mesita que hacía juego y el armario empotrado que entraba en el lote. En un principio era un hueco con cuatro puertas, gracias a un peluquero reconvertido a carpintero, el hueco tomó utilidad, tanta que incluso sigue con ropa dentro. El perchero y una pequeña estantería completaban el dormitorio, con sus cortinitas y el balconcito ya mencionado. Las habitaciones no tienen ningún extra y el cuarto de baño, mas grande y oscuro que el otro. Dicho esto, solo queda el tejado, las escaleras, las puertas y el resto que hace una casa.

Dicen que por aquellos lugares no hace calor, que los veranos son muy frescos, lo cierto es que María siempre dormía con el balcón abierto, y el resto del pueblo hacía lo mismo; unos con los balcones, otros con las ventanas, e incluso había gente que quitaba los cristales. Ahora resulta que duermen con aire acondicionado, pero siguen con la misma copla, es como la canción de todos los veranos. Pero ahí no acaba la cosa, pues esa fama ha traspasado la comarca y llegan muchos turistas con el fin de no pasar calor, lo cierto es que todo el mundo se baña en las piscinas y buscan las sombras de los árboles, van en pantalones cortos y se ponen una camiseta para no quemarse al sol.

El balconcito de María se abría a las a las ocho de la tarde y se cerraba a las diez y treinta de la mañana, se tiraba nueve horas y media cerrado, sin embargo, la casa estaba dieciocho horas a oscuras, sin luz natural, esto durante todo el verano. María tenía la costumbre de levantarse a las once o las doce de la mañana; se acostaba con todo abierto y se levantaba con todo cerrado.

Desde el balcón las estrellas se podían y se pueden ver. En el pueblo las estrellas no faltan, miras al cielo y se ven muchos puntitos que brillan, algunas brillan más que otras e incluso algunas parecen mas simpáticas, parpadean y parpadean como si fueran a saludarte, otras son mas gorditas y las habrá jóvenes y menos jóvenes. La niña apenas entiende de ellas, sabe que son soles lejanos, muy lejanos y si te arrimas puedes derretirte de calor, y sabe también que nuestro sol es una estrella madurita pero que le quedan muchos años. En el pueblo los atardeceres no son ni bonitos ni feos, en la montaña apenas se nota, alguna vez el cielo se tiñe de naranja, pero poco. Por aquí se esconde de forma tímida, parece tener vergüenza de mostrarse, sin embargo en otros sitios dice buenos días, buenas tardes y en colores diferentes, casi siempre anda disfrazado, aquí nada de nada, es antipático, soso e incluso roza la impertinencia; en verano mete mucho calor y en invierno no hace nada por calentar, una cosa muy aburrida, es como una bombilla gigante, solo da luz.

El pueblo a pesar de lo pequeño tiene su piscina y muy apañada, mide veinticinco metros de larga por quince de ancha. Está situada en la dehesa. La dehesa es una dehesa, con su embalse, sus cabras, sus vacas, sus ovejas, con sus robles ya centenarios y todas esas cosas que hay en el campo. Al lado de la piscina un campo de fútbol, al lado del campo de fútbol una pista polideportiva, al lado de la pista polideportiva un merendero con sus mesas y al lado del merendero la piscina. La suelen abrir a primeros de Julio, casi siempre tarde, en otros pueblos a mediados de Junio ya funcionan, en este nada de nada, es como una especie de maldición que se prolonga año tras año. La señora del bar, que tiene una tienda de comestibles, un estanco, una tienda de golosinas, que vende pan, se echa la lotería primitiva, la quiniela, se juega a las máquinas, que vende helados, y que todo el bar está empapelado con fotos, bufandas, banderas, etc, del Real Madrid, incluso en el techo, dice:

- La gente se ha vuelto muy señorita, antes todo el mundo iba al río y de excursión y ahora con la tontería de la piscina nadie pasa calor.-
La piscina del pueblo es como una grandísima diva o un genio ente los genios, no necesita ser presentada, se le perdona todo


María se levantaba, desayunaba e iba a la piscina, casi siempre sobre las once y treinta de la mañana, muchas veces era la primera en llegar. Allí estaba Jorge, el gran Jorge, su función era limpiar la piscina, cobrar las entradas, hacer de socorrista, cortar el césped, limpiar el césped, regar, ayudar en el bar y otros menesteres visibles y no visibles que entran en el apartado de suplementos y extras. El caso es que todo quedaba en casa, el muchacho es el hermano del encargado de aquello, una especie de explotación familiar. Jorge no tenía un horario muy fijo que digamos, oficialmente la piscina se abría a las once de la mañana, pero algunas veces llegabas y aquello estaba por limpiar, esperabas según el retraso y nadie se quejaba, es que había muy poca gente. Era y es un lugar de reposo, como una urbanización particular, un lugar de sosiego, todo un lujo, un disfrute. Por las tardes la cosa cambiaba, aunque no mucho, se estaba tranquilo; el bar permanecía abierto durante la noche e incluso alguna que otra vez daban un concierto, que resultaba ser gratis para todo el pueblo, pues se escuchaba perfectamente en todas las casas


Si el sol es antipático, la luna es diferente, de vez en cuando se asoma hermosa y redonda, simpática, atractiva, bella y enigmática, derroche de colores cálidos, encendida al surgir del horizonte, trepadora del cielo

Desde el balcón de la niña se podía contemplar, como si de un palco se tratase a la luna lunera, que muchas veces salía a saludar. María en los veranos había establecido una especie de relación con ella. Se quejaba que tenía muchos granos y que en ocasiones estaba muy delgada, que incluso la miraba con buena o mala cara. Cuando estaba llena le llamaba la piruleta

Como todos los veranos dormía con el balcón abierto, notaba la presencia de la luna e incluso en ocasiones podía verla desde su cama, para ella la luna era como su ángel de la guarda y, no le importaba tener todo abierto, pues allí permanece su amiga, su gran amiga que mimaba sus sueños,
Para la niña había nubes buenas, nubes malas y nubes muy malas. Las nubes buenas eran aquellas que hacían figuritas en el cielo, las que saludaban o las que parecían algodones iluminadas por su amiga, almohadas que hacían descansar a la luna, también se encontraban las nubes que echaban lágrimas blancas, pues pensaba que eran de alegría. Las nubes malas eran aquellas que llenaban el cielo de gris, las que tocaban el suelo,- esas eran muy pesadas;- las nubes tristes, que siempre lloran; las muy malas, aquellas que hacen mucho ruido y sueltan chispas. Decía que eran nubes guerreras, venidas de lugares lejanos para pelearse entre ellas y meter miedo.

En invierno pasa lo mismo que en el verano, la gente dice que allí no hace frío, que el clima es muy bueno, lo cierto es que las ventanas están siempre cerradas. Si se abren es para airear la casa y para de contar. Todo el mundo va con abrigos y el paraguas siempre disponible. Ahora la gente duerme con calefacción, pero siguen con la misma copla, es la continuación de la canción del verano; en el pueblo no hace ni frío ni calor.
El balconcito de María apenas se abría, estaba casi todo el día cerrado, las persianas se subían o bajaban según la luz solar: si hacía sol levantada, si llegaba la noche bajada.

Encima de antipático y soso, en invierno el sol se vuelve más tímido. La montaña lo arropa y la oscuridad devora a la tarde con infinito apetito; la luna se asoma al espectáculo con su luz donada; una suave brisa juega con las nubes. La noche se adueña del cielo.

La niña sabia que la luna estaba en la calle, pero ahora no mimaba sus sueños, el balcón estaba cerrado y no había problemas, por eso pensaba que la luna en invierno entretenía a la noche- para que no se aburriera-, dado que la oscuridad era larga y con tanto lloriqueo muy triste. Alguna que otra vez la se asomaba al cristal, saludaba a la luna, miraba sus granos, le sonreía y echaba la persiana, allí estaba ella, era encantadora, siempre iluminada.

Poco a poco el tiempo pasa, en el pueblo todos tienen aire acondicionado, los balcones por la noche permanecen cerrados en invierno y en verano. Dentro de las casas no hace ni frío ni calor, pues allí no hace ni calor ni frío.

Una señora como todos los veranos acude al pueblo. Una suave brisa mueve las cortinas de un balconcito, con sus ventanas abiertas. Alguien cuida de sus sueños; la luna lunera que no deja de alumbrar.

HISTORIA DE FÁTIMA

Cielo gris, de otoño lluvioso, mar gris, de otoño inquieto. Fátima y su madre montan en el barco que cruza el charco, dentro de un espacio que acerca dos continentes, que surca dos mares y une dos culturas. Ella asomada a la barandilla de popa ve alejarse poco a poco la Djebel Musa , o mujer muerta entre el balanceo del barco y el surco nevado y efímero que deja la nave al pasar. La silueta de Ceuta se difumina, la otra columna de Hércules da inicio a un nuevo continente.

En la estación marítima, de Algeciras un autobús espera la llegada de Fátima, por delante, cruzar Andalucía, lugar de nombres y monumentos que evocan a sus antepasados, al final, un letrero verde anuncia la entrada en Extremadura: Mérida, Cáceres, Ruta de la Plata hacia la hermosa Plasencia, donde le espera su padre.

Fátima se dirige hacia un pequeño pueblo, por un sendero gris de suaves curvas rodeado de robles. El aire empuja las tímidas hojas de ocres colores para emprender su corto viaje hacia el suelo, desde la ventana del coche observa el baile continuo de los árboles mudando su piel, de vez en cuando la carretera ejerce de lienzo improvisado.

Para ella empieza una nueva vida, sola en un pequeño pueblo de distintas costumbres, nuevo colegio, niños diferentes, todo un mudo por delante para una niña de catorce años

ue hace de su sonrisa el único medio de comunicación. Un autobús la llevará todas las mañanas al instituto, a pocos kilómetros donde hay muchas más casas y comercios.

El padre la acompaña a la parada, todos los estudiantes la miran, el color de su piel es más oscuro que la de ellos, su pelo negro de rizos poblado se asemeja al de ellos, su mirada tímida y esquiva la hacen el centro de atención. No son los niños de su pueblo natal, no es el idioma de su pueblo natal, no visten como en su pueblo, no es el autobús de su pueblo, no es la carretera de su pueblo, que casi seguro es de color marrón , no son las casas iguales que en su pueblo, ni el clima, que aquella mañana se mostró frío y de espesa niebla, no son las costumbres de su pueblo, ni el color de la tierra es como su pueblo natal, todo es diferente a la mirada de Fátima.

Ya en el autobús, sentada al lado de la ventanilla, sentía como una niña la miraba de una manera fija, pasado un pequeño rato, los ojos de las niñas coincidieron y una sonrisa se cruzó entre asiento y asiento. Fátima notó que aquella niña sonreía igual que las de su pueblo, que aquella niña miraba igual que las de su pueblo.

María y Fátima montaron juntas de vuelta en el autobús, la proximidad de la primera letra de su apellido las hizo estar una al lado de otra en el aula, toda una casualidad.

Así transcurrieron algunos días, las niñas iban poco a poco comunicándose, ella, Fátima mencionaba algunas palabras en Castellano, la otra, María soltaba algunas palabras en el dialecto del Árabe, las dos se expresaban con gestos, con miradas, con pequeñas frases, con buenos sentimientos.

Abajo, junto a la piscina, en la dehesa de robles ya desnudos, las niñas quedaban para jugar, correr o andar en un manto de hojas, al lado de la pista y del campo de fútbol, que jamás conoció césped.

Así pasaron los días, la dehesa estaba siempre dispuesta a recoger los niños, a escuchar sus voces, la dehesa estaba contenta con los niños, había visto pasar varias generaciones de ellos y los niños estaban muy contentos con la dehesa.

Fátima cuando podía y el tiempo la dejaba, bajaba a jugar. La lluvia en ocasiones se prolongaba demasiado, se hacia pesada, las tardes se prolongaban. Ella se asomaba a la ventana y miraba al cerro repleto de robles, observaba como la lluvia iba empapando la tierra y originaba pequeños ríos de corta existencia, ríos que llevaban naves de hojas a la deriva como si de naufragios se tratara. En ocasiones la niña, salía a la calle y como si de un gigante se tratara, botaba algunos barquitos de papel, que desaparecían en el cerca- no horizonte o encallaban en su singladura.

Poco a poco las tardes aumentaban de luz, Fátima podía salir a la calle con mas frecuencia. La dehesa empezaba tímidamente a vestirse, los robles adquirían poco a poco su traje de verde color.

Los niños de nuevo volvían a jugar junto a la piscina, en la pequeña grada del campo de fútbol o en la pista, de nuevo los niños bajaban la cuesta de cemento que atravesaba pequeñas fincas de huertas repletas, con olor a tierra mojada y pequeños muros de piedra colocados de forma magistral.

En la grada jugaban, allí, Fátima en el escenario de la dehesa hacía muescas y movimientos para que alguno de ellos se riera,, cosa difícil, todos aguantaban como podían, pues con los mofletes inflados y las caras de color rojo de algunos, se reflejaba el poco interés que tenían por la interpretación.

Cuando no era a reírse, era a esconderse; al fútbol, al baloncesto, a la comba, juegos y más juegos que se fundieron en la piscina, ya acicalada y preparada para recibir el verano con los robles del todo vestidos que regalan hermosas sombras y suavizan el estío

Con el paso del verano la piel de los niños se parecía cada vez mas a la de Fátima, su pelo se asemejaba a los otros, su sonrisa, sus sentimientos, su corazón latía igual que los otros..

Cielo gris de otoño lluvioso, cerro ocre de otoño frío, Fátima y María montan en el autobús que le llevará al instituto.

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