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  Guías culturales

JULIO CORTÁZAR Y UN CUENTO INTERESANTE


Por Carmen Goimil Peluffo
crgoimil@gmail.com

Julio Cortázar nació en 1914 el 26 de agosto, de padres argentinos, en Bruselas. Desde los cuatro años se crió en Banfield y como dice Luis Hars: “Nadie era más argentino que Cortázar”...”Era altísimo (debía andar por el metro noventa y cinco), flaco, huesudo y pecoso. Se lo veía frágil”.

Casi todos los cuentos que escribió los denominó “obras fantásticas” por falta de mejor nombre. Utiliza dicho término para contraponerlo a las obras realistas. La literatura fantástica es un desafío al racionalismo, a la infabilidad de las leyes postuladas por la ciencia. Se busca romper con las leyes impuestas, con lo real, con lo lógico. Es una visión subjetiva de la realidad que transgrede el canon realista y funciona con un mecanismo semejante al de los sueños, cuyas imágenes flotan en el inconsciente. El escritor plantea experiencias fuera de lo común, nuevas visiones de la realidad; visiones inusitadas, imprevistas, para lo cual, a veces, inventan palabras. Con esto se intenta provocar una ruptura dentro de un orden determinado, ruptura que sorprende y sacude al lector. Esta es la función de la Literatura Fantástica: sacudir al lector, llamarle la atención, sacarlo de la rutina, hacerlo reaccionar y que piense por sí mismo. Se intenta que éste reflexione y busque por sí mismo nuevas respuestas posibles, códigos para descifrar el mensaje del escritor. La visión lúcida se instala en sus relatos, el juego instaura su propio mundo extraordinario que explora los límites ambiguos de la ficción y de lo real.

En el cuento que aparece en “Bestiario”, “Carta a una señorita en París”, se juega con el significado de unos conejitos que el narrador- protagonista vomita. Este le escribe a una chica, Andreé, que le ha prestado su apartamento en la calle Suipacha mientras se extiende su estadía en París. Comienza la carta manifestando su dolor y su pena “al ingresar en un orden cerrado”. Manifiesta un sentimiento de culpa al cambiar cualquier elemento del apartamento, y él mismo se siente en falta por ingresar en dicho ambiente.

Lo extraño es que mientras va en el ascensor “entre el primer y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado, pero naturalmente uno no vaa ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito”.

 Este, cuando nace, parece contento, es un conejito normal, perfecto, muy pequeño. Lo coloca en la palma de su mano y lo acaricia amorosamente. Este acto creativo lo realiza cuando está a solas, en la privacidad total y en forma sistemática. Este hecho de vomitarlo en el ascensor le produce miedo: “En seguida tuve miedo porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro que por un mes, por cinco semanas no lo volvería a hacer”.

Decide matarlo, pero no puede hacerlo, y esa noche vomita otro conejito, “y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris” Finalmente crea diez conejitos “casi todos blancos”. La vida de estos seres es muy particular porque de día duermen “encerrados en su cúbica noche de tristeza”, en el armario del dormitorio de Andreé. En la noche, “a esa hora que sigue a la cena”...”los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón”...”saltan por la alfombra, las sillas, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos, un poco el sueño de todo dios”.

 Cortázar nos inquieta y cuestiona haciéndonos pensar qué pueden ser estos conejitos, especialmente cuando la convivencia se va tornando cada vez más difícil, porque el trébol no alcanza y ellos tienen sus propias necesidades.

A medida que el cuento avanza el protagonista llega a la conclusión que no puede continuar con esta existencia y necesita realizar una elección: los conejitos o él. Resuelve acabar con ellos, y con su carta, de este modo: “No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales”

 El autor deja a cada lector la tarea de imaginar qué pueden significar estos conejitos. Su labor consiste en otorgar verosimilitud a una situación que al principio del relato se perfila como irreal, pero que a lo largo de la narración vamos aceptando con la misma naturalidad con que él nos muestra a los conejitos “vomitados” como si se tratara de un resfriado, o de algo que normalmente nos ocurre a diario.

Podemos tener algunas pistas: los crea a solas, entre un primer y segundo piso: cuando va a conocer lo nuevo, lo inesperado, lo distinto. Son blancos. Cobran vida en la noche, y en el día están encerrados igual que las ilusiones, los miedos, los ideales, los deseos, sueños, quimeras que reprimimos ante nuestra vida rutinaria y conflictiva; las expectativas que saltan, bullen en la soledad nocturna. Sentimientos o conejitos delicados que una vez muertos, desaparecidos, su vida no tiene sentido.

Bibliografía: Luis Harss, “Los nuestros”

Jaime Alazraqui, “En busca del unicornio perdido”

Pedro Lastra, “Julio Cortázar

La Profesora Carmen Goimil nació en San José, Uruguay en 1966. Es Profesora de Literatura, egresada del Instituto de Profesores Artigas (I. P. A.) y actualmente se encuentra en el grado 5 del Escalafón Docente. Integró Tribunales de Concurso por Efectividad en Literatura en el año 2004, y fue Jurado en el segundo y tercer Concurso Infantil de Cuentos en San José en 2003 y 2004. Actualmente es docente de Bachillerato Diversificado y de Primer Ciclo en su ciudad natal. También trabaja en Docencia Indirecta (Adscripción) en el Liceo Nº 2 , Prof. Héctor Almada.

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