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RELATOS


Por Carmen Quesada Martín
linamacchi@fibertel.com.ar


TAPATÍN

Tapatín era alto, bajo, rechoncho, delgado. Tenía forma de pelota, de puño, de lápiz, de cuadro, de globo, de zapatilla y de muchas cosas más. Podía estar a la vez en la China, en Italia, en Francia, en la costa, en la montaña, en un pueblo muy pequeño o en una ciudad inmensa, no tenía límites para poder estar. Le llamaban de mil maneras distintas, pero en esta historia que os voy a contar era bajito, tenía forma de uve al revés y vivía con su amiga Vanessa en España. No sabía cuanto tiempo estaría con ella pero lo que sí tenía claro es que le haría compañía todo el tiempo que fuera necesario, como solía hacer siempre que un amigo o una amiga le reclamaba. Era muy entretenido tener amigos en distintos lugares y de diferentes razas, pero lo que más le divertía eran los primeros días de estancia entre la nueva familia y los sustos que se llevaban cada uno de sus miembros cuando detectaban su presencia. Aún recuerda el día en que la madre de Vanessa la recogió de casa de su abuela, que era la encargada de cuidarla mientras ella trabajaba, la subió en el asiento trasero del coche y de camino hacia su casa la oyó hablar con alguien. Fue tal la impresión que le causó que por poco se traga una piza carbonara, con caja incluída, del motorista que tenía delante. O aquel domingo de Agosto en que la niña se encontraba en casa con su padre el cual andaba ocupado pintando una estantería para su nueva colección de libros y como su mujer había bajado a comprar el pan y no había nadie más en la casa , le inquietó oir a su hija diciéndole a alguien con su lengua de trapo de tres años – ven, vamos a jugar a mi habitación- corriendo con la brocha en la mano se dirigió al pasillo donde la había oído hablar y con las prisas tropezó con matusalén la vieja tortuga que tenían en casa y por esquivarla se dio contra el quicio de la puerta teniendo que recurrir durante una semana a una antigua gorra que se había comprado unas vacaciones en Alicante para poder tapar el chichón cada vez que salía a la calle. El animal no sufrió ningún daño aparente, pero estuvo ivernando el resto del mes sin atreverse a sacar la cabeza del caparazón, no se sabe si por el susto o por vergüenza, pues más que una tortuga parecía un pisapapeles amarillo, consecuencia del brochazo que se llevó.

Una vez que toda la familia fue consciente de la existencia de Tapatín, le aceptaron e incluso bromeaban con él, cosa que a Vanessa no le hacía demasiada gracia pues intuía que no se tomaban en serio a su nuevo amiguito, solamente ella le hacía caminar moviendo sus dedos índice y corazón y le contaba cosas interesantes. Le hablaba de un señor alto, guapo, canoso y que se llamaba abelo, o por lo menos así le llamaba ella cuando iban al parque y le pedía que le comprara golosinas, le decía que no sabía donde se había escondido porque hacía tiempo que no le veía y que su prima Alicia le había dicho que estaba en el cielo pero que ella no sabía donde estaba eso y que si quería ayudarla a encontrarlo. Se lo preguntaba casi todos los días y Tapatín la escuchaba sin contestar pero eso no le impedía volver a preguntárselo una y otra vez.

Cóntadole cosas y jugando con él fue pasando el tiempo y se iba haciendo mayor y fue al colegio e hizo nuevos amigos y amigas y sin darse cuenta Tapatín se fue alejando de ella según iba viendo que su compañía ya no era necesaria. Como siempre sucedía, como siempre hacía cada vez que un amigo le pedía ayuda. Se presentaba urgentemente a socorrerlo y cuando sospechaba que ya estaba de más, se marchaba despacito, en silencio, sin pena, sin rencor, con alegría.

Vanessa se fue despidiendo poco a poco de él, ahora le contaba más cosas a los niños de su edad, hablaba de novios con las demás niñas del colegio, acompañaba a su vecinita Irene a pasear a su perro Westie, un cachorro muy travieso que tenía marcados todos los coches del barrio incluído el de su dueño que lo marcaba doblemente todos los días para que ningún otro perro se atreviera a quitárselo. Llegó a saber donde estaba el cielo, su madre se lo explicó un día de primavera cuando matusalén se quedó profundamente dormida y no hubo manera de despertarla.

El recuerdo de Tapatín era ya muy lejano, solamente volvió a recordarlo con más intensidad un día que entró en el dormitorio de su abuela y la vio con un crucifijo en la mano pidiéndole algo que ella no consiguió oir, y fue entonces cuando Vanessa pensó que como su abuela no tenía amigas se había buscado un amigo invisible que se llamaba Jesús, igual que su compañero de clase, para hablar con él cuando estaba sola y contarle sus cosas y que tal vez también éste sería su amigo cuando ella fuera mayor.

Ahora ya no le preocupaba nada, sabía que tenía muchos amigos, que su familia la quería con locura y que Tapatín quizás estaría en otro país, en un pueblo, en una aldea... que sería más alto o más delgado, más gordo o más flaco, que tendría forma de oso, de lápiz, de globo, de nada... que se llamaría Dani, Yogui, Chiqui, Calamar, Botochinen, Tomasín... pero seguro, seguro que se encontraría en compañía de otro amiguito o amiguita más pequeños que ella y que pasarían una larga temporada juntos hasta que otra vez hiciera el equipaje y se marchara a su nuevo destino.


 

 

 

 

 

 

 



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