FIGURAS DE
CERVANTES EN LOS ANDES: DE LA CREACIÓN LITERARIA
A LA REALIDAD HISTÓRICA
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Miguel de Cervantes Saavedra veía
la luz del mundo en Alcalá de Henares, el día
de San Miguel de 1547. Era una luz cambiante, difusa y propia
de un mundo abocado a transformaciones profundas que iban
desde la geografía, la fe, el pensamiento y la fortuna.
Esta última era, por aquellos años más
bien breve, generalmente esquiva y muchas veces, inesperada,
como lo supieron pronto el mismo Cervantes y sus contemporáneos.
Valladolid, Córdoba, Sevilla, Sanlúcar de
Barrameda o Nápoles eran ciudades donde se respiraban
por igual, las carencias cotidianas y las grandezas épicas
de un imperio en expansión; lugares donde los sueños
se poblaban de fantasías que menguaban el hambre
y acrecentaban el deseo de gloria.
Eran tiempos contradictorios: tierras nuevas americanas,
viejas amenazas musulmanas; tiempos de evangelización
y de cruzada. El añoso mar mediterráneo alentaba
vientos humanistas, mientras en los mares del sur desconocidos
e inquietos, las figuras de Amalís de Gaula, Lisuarte
de Grecia y Olivante de Laura hacían suyos los cuerpos
de los pasajeros de Indias. El capitán Francisco
Magariño era uno de ellos. Al igual que muchos vecinos
de pueblos y ciudades andaluzas, había reconocido
la codicia y la incertidumbre en los rostros de aquellos
que se alistaban para abordar las embarcaciones con rumbo
hacia el Nuevo Mundo. Sus asombrados ojos habían
percibido también el brillo del oro indiano, el color
intenso de ornamentos y frutos extraños y el aroma
sensual de especies americanas que invadían las calles
de la calidoscópica Sevilla.
Allí estuvieron Francisco Magariño y también
el joven Miguel de Cervantes. El primero, para aprovisionarse
de permisos y vituallas necesarias para su eminente viaje
y el segundo, durante un corto remanso de su agitada vida
familiar, en el que pudo reanudar los estudios bajo la tutela
de los jesuitas.
¿Fue acaso la atmósfera lúdica de
los mesones o las realidades metaforizadas en la voz de
las gentes de esa ciudad, las que transformaron la dimensión
del contenido de los libros de caballería? ¿Sería
allí, que el relato en voz alta se convirtió
en encantamiento? Es difícil saberlo. Magariño
no quiso dejar pasar la fortuna, se encomendó a Dios
y se hizo a la mar profunda, negra y misteriosa como el
reino de las siete Fadas.
Detrás quedaba la tierra de los suyos, donde veló
sus armas, confesó sus pecados y juró lealtad
al Creador y al monarca, antes de ser armado "espadero
del Rey", como proclamaba la inscripción de
su espada envainada y ceñida a la cintura. Su figura
se destacaba además, por el uso de espuelas de rodaja
y por el empeño de conservar junto a el, aquella
silla brida con sus estribos largos, emblema de caballeros
cristianos e incluso de reyes y príncipes castellanos
de siglos pasados.
Estos eran sus bienes más preciados y por tanto,
los más cuidados durante la larga travesía.
El resto eran prendas de vestir que guardó en petacas
de piel y que contenían, entre otras: "algunas
camisas, cuellos y puños de holanda, un sayo de paño
negro, una ropilla y un capote, un coleto negro de cordobán,
2 jubones: uno de melinje y otro de holanda blando; unas
calzas de terciopelo, botas de vaqueta, guantes de cordobán
y pantuflos de terciopelo negro". *
A medida que transcurrían los días, las aguas
y los humores se alteraban. Sobre la cubierta del navío,
frailes, aventureros, mercaderes, algunas mujeres y no pocas
criadas, buscaban apoderarse de algún espacio para
descansar sus cuerpos debilitados. Agobiados por todas las
incomodidades y malestares propios de las galeras, los pasajeros
de Indias veían disminuida, no solo su condición,
sino su categoría. Las costas habían desaparecido
del horizonte y con ellas también el recato de marinos,
roedores y alimañas que invadieron la privacidad
del descanso de unos, la integridad de las barbas de otros
y la solidez de las viandas de muchos.
Francisco Magariño conocía los rigores de
la navegación. El mar embravecido lejos de turbarle,
le sumía en un estado de particular fascinación,
a través del cual los episodios del Amadís,
adquirían visos de absoluta realidad. ¿Estaría
cerca la ínsula habitada por Endriago, aquel demonio
que fuera derrotado por el valiente Caballero de la Espada
Verde? Su corazón se inquietaba al imaginar los misterios
y las hazañas que le aguardaban al otro lado del
orbe conocido y su entendimiento se llenaba con imágenes
de gigantes y enanos, hechiceros y doncellas que enmarcaban
las hazañas heroicas del mundo caballeresco. A su
memoria acudían también, de manera incesante,
las crónicas fantásticas de quienes habían
integrado las primeras campañas de conquista de las
Indias. "Vamos a comenzar guerra justa, buena y de
gran fama", había arengado Hernán Cortés
a sus soldados, antes de internarse en los dominios de los
señores mexicanos y, para quienes como Francisco
Magariño, entendían el significado de estas
palabras, la causa era fundada como grande era la promesa
de gloria.
Pasarían 62 días desde que el navío
zarpara de Sanlúcar hasta que divisara tierra, en
la costa de Veracruz. En este puerto como en muchos otros
lugares de la geografía americana, esa visión
alegórica se nutrió de la exuberancia del
trópico, la magnificencia de la naturaleza y la extraña
apariencia de sus habitantes. Por ello, lejos de desaparecer,
el mundo de lo maravilloso adquirió en el Nuevo Orbe,
un significado particular. Para muchos de los recién
llegados, las campañas de conquista y exploración
de estos reinos, se transformaron en episodios inéditos
de los Libros de Caballería que celosamente guardaban
en su equipaje. Los paisajes, la vegetación y los
animales americanos fueron identificados con ayuda del imaginario
fantástico. De tal manera que, la búsqueda
de las Siete ciudades de Cíbola, la Fuente de Juventud
de la Florida, el reino de las amazonas, de grifones y gigantes
o la gran montaña de plata, fueron los objetivos
primordiales de expediciones como las que dirigieron: Nuño
de Guzmán, Ponce de León, Ginés Vásquez
del Mercado o el mismo Hernán Cortés y posteriormente,
Francisco de Orellana. Los animales que habitaban estas
tierras fueron descritos por algunos exploradores como sierpes,
unicornios, dragones y águilas bicéfalas;
seres heráldicos cuyos poderes mágicos acrecentaban
las proezas de los caballeros.
A esta geografía de quimeras llegó Francisco
Magariño posiblemente, durante la primera mitad del
siglo XVI. Su itinerario de vida es difícil de precisar
y, como suele suceder cuando se quiere recuperar del olvido
a los protagonistas que participan en la historia desde
el anonimato, es imprescindible aguzar la mirada y enfrentar
el desafío de explorar los indicios. Gracias al hallazgo
del testamento de Francisco Magariño en el Archivo
Nacional de Quito, sabemos dónde nació y dónde
murió nuestro personaje. Allí reposan los
folios que recogen su: "última y postrimera
voluntad", dictada en una posada de la ciudad de San
Francisco de Quito, donde declara ser: "natural de
Sanlúcar de Barrameda,de los reinos de Castilla;
hijo de Alonso Ximénez y de Leonor González,
su legítima mujer, vecinos del dicho pueblo"*
Al igual que otros españoles que le precedieron,
su interés habrá sido el de integrarse a las
huestes de Hernán Cortés luego de la conquista
de Tenochtitlán, en el año de1521. Durante
la década siguiente, las expediciones hacia el norte
y hacia el sur se multiplicaron, alentadas por relatos seductores
de reinos y tesoros que aun aguardaban por ser descubiertos.
Francisco Magariño pudo haber seguido la huella de
otros conquistadores más conocidos como: Pedro de
Alvarado, Juan de Salinas Loyola o Sebastián de Benalcázar
quienes estuvieron presentes en la conquista de Centroamérica
y luego se integraron a las expediciones de los reinos del
Perú, al mando del gobernador Francisco Pizarro.
Tres décadas más tarde, su nombre aparece
ligado a las campañas de descubrimiento y conquista
de Yaguarzongo y Pacamoros, dirigidas por el capitán
Don Juan de Salinas Loyola, en el año de 1556. El
investigador Alfonso Anda Aguirre resalta el papel de Salinas
Loyola y de otros hombres de a caballo, en episodios como
la toma de Cajamarca, el resguardo y traslado hasta San
Miguel de Piura del Quinto Real correspondiente al rescate
de Atahualpa o la defensa de la Ciudad de los Reyes y del
Cuzco durante la rebelión de Manco Inca Yupanqui.
Es probable que Magariño acompañara a este
experimentado conquistador con sus armas y su caballo y
que, posteriormente, también estuviese con el, defendiendo
la causa de la Corona durante las guerras pizarristas.
Esta última contienda sangrienta y larga, puso al
descubierto la fragilidad de un imperio distante, la crueldad
de la codicia y la aspereza de la intriga. Los ideales de
caballería decaían en estas tierras nuevas.
Las riquezas y el poder eclipsaban las virtudes del Amadís
y las proezas de Lisuarte caían en el olvido. Para
la mayoría de los conquistadores, el Dorado había
dejado de pensarse como un reino de gigantes y faunos y
su permanente búsqueda era más una obsesión
que una certeza. En efecto, cuando el Marqués de
Cañete, Virrey y Capitán General del Perú
encarga a Don Juan de Salinas Loyola el descubrimiento del
Dorado, parece referirse a una utopía a cuya existencia
sin embargo, se niega a renunciar.
La crónica del descubrimiento de Yaguarzongo y Pacamoros
constituye el relato de una empresa temeraria, en un paisaje
agreste e impredecible. En las estribaciones de la cordillera
oriental, a muchas leguas de distancia de la ciudad de Loja,
Salinas Loyola fundó varias villas que servirían
de asiento para españoles y de soporte en la ruta
de exploración al Dorado. Valladolid fue una de ellas.
Al igual que en todas las otras ciudades de españoles
establecidas en tierras recién conquistadas de América,
también allí se repartieron indios en nombre
del Rey y se los entregaron en encomienda a los vecinos
fundadores. Entre éstos consta el nombre del Capitán
Francisco Magariño, quien posiblemente no se asentó
de inmediato en el lugar sino que, siguiendo la costumbre
de los conquistadores de aquella época, continuó
hasta el río Ucayali bajo el mando de Salinas Loyola,
Gobernador y Capitán General de esta expedición.
En Valladolid mientras tanto, los vecinos habían
encontrado oro y plata en las montañas cercanas.
La mítica imagen de la montaña de Plata, atracción
y codicia de tantos en Zacatecas y Potosí, reaparecía
en estas tierras de periferia. Alentados por las riquezas
que estaban por llegar, los nuevos encomenderos tentaron
a hijos y hermanos para que cruzaran el océano y
probaran suerte en esas latitudes orientales. De esta manera,
la gobernación de Yaguarzongo y Pacamoros se convirtió
por algunos años, en el centro minero más
importante dentro del territorio de la ya Real Audiencia
de Quito. Sin embargo, el sometimiento de la población
local era grande y la explotación de su trabajo en
las minas, sumado a la exigencia de una tributación
en metales preciosos, impulsó una resistencia férrea
e implacable.
Había transcurrido un poco más de dos décadas.
Valladolid había sufrido el embate de una feroz rebelión
de los naturales de la zona. Caballos, puercos, cabras y
carneros perecieron bajo las llamas de un incendio que consumió
gran parte de la ciudad española. Francisco Magariño
aun guardaba estos recuerdos, mientras cabalgaba, armado
con su espada, sobre su caballo castaño. Junto a
el iban también otros encomenderos, camino de San
Francisco de Quito.
Era el año de 1586 y su cuerpo sentía el
peso de antiguos combates. Algunos de sus indios le acompañaban
en esta última jornada, cargando sobre sus hombros
unas cuantas petacas desgastadas que guardaban sus pocas
pertenencias. Allí estaban esos cuellos y puños
de holanda raídos por el tiempo, las calcetas, el
capote, el jubón de melinge y el sayo de paño
negro que le habían acompañado desde sus tierras
de origen. Sus fieles escuderos andinos cargaban también
un pequeño colchón de camino con una manta
de algodón y una sábana de ruán sobre
la que descansaba sus huesos doloridos, al final de la jornada.
¿Serían las melancolías y los desabrimientos
los que le acababan? ¿O era el encantamiento que
había perturbado su razón y le había
empujado a tierras lejanas, el que se desvanecía
con el?
Sintió que se acercaba el tiempo de aliviar su conciencia
y atender a la salud de su alma. Por ello, cuando finalmente
llegaron a la posada de la ciudad de Quito, Francisco Magariño
pidió un cura para confesarse y un escribano para
que hiciera su testamento. Siguiendo las fórmulas
de la época y atendiendo a los rigores propios del
camino de salvación, el texto recogió su testimonio
cristiano y sus últimas disposiciones.
Su cuerpo debía ser sepultado en la Iglesia Mayor
de la ciudad de Quito, en la parte y lugar que ordenaran
sus albaceas, especificando luego que fuese enterrado en
el Altar del Crucifijo. Dispuso también, que se diga
una misa cantada de cuerpo presente, el día de su
entierro si fuese hora y sino al día siguiente. A
su primogénito, Marcos Ximénez Magariño,
le nombró heredero universal de sus bienes y que:
" después me suceda en los dichos indios que
tengo encomendados en la dicha ciudad de Valladolid me descargue
mi anima e aga bien por ella en todas las ocasiones que
se ofrecieren pues para ello lo hacer tiene obligación".
Por otra parte, pide a su hermano Gerónimo Ximénez
Magariño que entregue a cada uno de los indios que
estaban junto a el, dos varas de sayal, una camiseta y tres
pesos de plata "para se ir a su tierra".
Finalmente, dispone que se remate y venda: su caballo castaño,
la silla brida con sus estribos, las espuelas de rodaja
y, "una espada con su daga y en la dicha espada dice
Espadero del Rey". A esto se sumarían otros
bienes como: "un pavellón de Quijos nuevo y
una parrilla de plata con su pie por marcar, con sus dos
asas". En este listado constarán además,
sus prendas de vestir, "el colchón de camino,
una sábana de ruán, una manta vieja remendada
de colores de algodón y una bacinilla de alcofar"*.
El Capitán Francisco Magariño moría
en Quito, el 6 de octubre de 1586. Horas antes de expirar
pidió nuevamente la presencia del escribano para
rectificar su testamento. En su agonía recordó
que tenía también una hija legítima
llamada Inés Suárez quien: "residía
con la dicha su mujer, en Sanlúcar de Barrameda".
Dispuso entonces que sus dos hijos: "hereden hermanadamente
de a dos sus bienes por iguales partes porque esta es su
voluntad"*. Moría con el también, ese
singular espíritu caballeresco que se conservó
en la Península Ibérica y se refugió
en estas tierras americanas.
Al otro lado del océano, el genial Miguel de Cervantes
Saavedra acumulaba las memorias y cicatrices de su tiempo.
Al igual que muchos, había sentido la seducción
de la cruzada y el aliento de la fantasía. Pero los
vientos mediterráneos habían expulsado definitivamente
de sus confines a los protagonistas de los Libros de Caballería
y éstos se embarcaron hacia el sur, en un viaje sin
retorno, llevando consigo sus insignias, sus ideales y sus
sueños.
* Conferencia dictada el 27 de mayo 2004, con motivo del
homenaje desde el Ecuador al cuarto centenario del Quijote,
en el Museo de la Ciudad de Quito.
* Archivo Nacional de Historia - Quito, Notaría 1era.,
Volumen 1, Testamento e Inventario de bienes de Francisco
Magariño, 1586.
* Archivo Nacional de Historia - Quito, Notaría 1era.,
Volumen 1, Testamento e Inventario de bienes de Francisco
Magariño, 1586.
* Archivo Nacional de Historia - Quito, Notaría 1era.,
Volumen 1, Testamento e Inventario de bienes de Francisco
Magariño, 1586.
* Archivo Nacional de Historia - Quito, Notaría 1era.,
Volumen 1, Codicilo de Francisco Magariño, 1586.
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