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RELATOS


Por César Rodríguez


MIS DÍEZ MINUTOS DIARIOS PARA OBSERVAR EL ATARDECER

Habían pasado ya varios meses desde que no se detenía a mirar el atardecer. A pesar de que creció en el sector “la esperanza”, un asentamiento muy alejado del vicio urbano del automatismo y dónde todos los días un chubasco, un accidente inofensivo- resbaladizo-, o una noticia del vecino era motivo de conversación en las familias. Las mañanas eran tan impresionantes como sus iluminadas noches de palabras y a la vez oscuras a falta de focos. Y los atardeceres era la sirena que avisaba el fin de la jornada laboral. Quizás por esa razón era tan esperado por los pobladores de esa región que en coro empezaban a bordear las colinas olfateando de sus hogares el aroma de la leña, de las viejas vasijas, de los guayabales que posaban en los alrededores.

Como dos años? se preguntaba en soliloquio mientras se deslizaba intentando un acercamiento más osado. Su mano buscaba absurdamente una cabellera lisa y voluminosa. Pero se retractaba cada vez que se acordaba del estado naciente del cabello de la mujer. – ¿Por qué tan callado? Lo voy a anotar en mi agenda. Cosa rara no verte fanfarroneando o contando esas historias fabulosas que salen de tu cabeza a diario. No sé cómo no se te ha podrido de tanta basura que hablas. Bah, no me digas que te sentiste, cierto?. oye, te estoy hablando.

A medida que su acompañante lo acosaba con preguntas y muletillas que en ese momento se hacían incómodas no hacía otra cosa que mirar el atardecer. Se encontraba muy sorprendido, como si nunca hubiese experimentado tal sensación que corría por cuerpo dándole pinceladas de energía y puñaladas reflexivas.
-Tal vez sea la ciudad y su gente el problema, se dice.
-¿Cómo? ¿Alcides te estás volviendo loco, de qué estás hablando?
La mujer al parecer no comprendía el éxtasis de su compañero.

Ella siempre vivió en la ciudad, creció rodeada de calles de asfalto y de jardines de tulipanes. Cuando comenzó sus estudios de secundaria tuvo su primer novio y recibió una gran reprimenda de su padre amenazándola con inscribirla en la escuela de natación la cual atentaba contra la figura de reina que era su mayor atributo personal. Con los siguientes compañeros conyugales clandestinos experimentó los placeres carnales del amor y se graduó en el arte de seducir. Nunca más fue sorprendida con uno de sus complacientes. Solo cuando ingresó a la Universidad conoció a un joven muy sencillo que le causó mucha gracia. A la cuarta semana lo tenía en su cama en cuerpo y alma. Cosa que ella fue comprendiendo y que decidió presentarlo a su familia. Esta vez las circunstancias eran diferentes y los padres aceptaron resignados. Camila se llevó a Alcides por los bares más caros de la avenida Allende, se revolcaron en los jardines de la universidad en las noches de los viernes, acudieron a citas con la compañera roja de 3x2 que los esperaba muy fiel en el motel de las afueras de la ciudad. Pero en 20 meses de relación nunca habían buscado un lugar tranquilo donde hablar del otro.

Una semana atrás Alcides se lo había propuesto pero ella prefirió asistir a una jornada de 24 horas de música electrónica en la cual, por razones que ella misma admitió no conocer, perdió su hermosa y larga cabellera. No la afectó demasiado reprochando que su cuerpo era su mundo y que el cabello volvía a crecer. Además no le incomodó su nuevo look.
Seis días después se encontraban en la colina “vigía” desde la cual se podía divisar la ciudad que veía como una avalancha rojiza amenazaba con sepultarla y que dibujaba en el rostro de Alcides el mapa de los recuerdos más sagrados de sus pasajes de pela’o.
- No es nada Camila, no me estoy volviendo loco, solo que haber estado todo este tiempo en la ciudad me ha hecho perder diez minutos diarios para observar el atardecer.

Mientras Alcides comentaba a su compañera las historias de su niñez y su región para las cuales nunca había tenido tiempo, en “la esperanza” decenas de pobladores descendían bordeando las colinas olfateando el aroma de la leña, las viejas vasijas, los guayabales, y la nostalgia de la ausencia de quienes se fueron y nunca volvieron.

FIN


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