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EXPOELEARNING 2009.

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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS


Por Cipriano Lorenzo
lorenzoara@terra.es

 

ES LO QUE TIENE LA MUERTE

Es lo que tiene la muerte. Pensamos los hombres que huele mal, y no, no es cierto. Es maravillosa. Huele como huele un bebé recién salidito del agua templada.

La muerte es como una madre. Lo que pasa es que nosotros la violentamos. De vez en cuando la volvemos un poco loca y entonces se torna algo violenta. Pero la muerte, mi muerte, la que yo reparto es indolora (si te calmas un poco); pacifista (si cierras los ojos); atractiva (si dejas de hablar); ninfómana (si piensas constantemente que todo importa una mierda).

El cura ya está muerto. Frito. Botellazo en la cabeza y Dios recoge los desperdicios. De repente todos sabemos (ojo) que vamos a morir.

El dueño del bareto deja de fregar los vasos por respeto. O algo así. Me vuelve a mirar con cara, un poco, de mala leche. Saca las manos de debajo de la barra. Mojadas. Un pensamiento y me entiende. Se aleja de la barra. Un pasito tras otro y se pone donde le quiero tener.

Los maricones quieren levantarse, dejar de gimotear, dejar de sudar, dejar de mearse en cima, pero algo les impide recobrar la normalidad.

La camarera por primera vez se da cuenta de que es fea, sucia, antipática, vieja, decrépita, asquerosa. Está tan quieta como el muerto. Como la muerta. Mi niña y ella apestan. Es duro que lo diga. Pero sí, mi niña, mi amor apesta. Se descompone en mi cabeza.

Reno deja de hablar por la televisión mientras se aleja riéndose. No sé de qué.

Me acerco a los dos hombrecitos.

-¿Quién la mato?

-Si lo decimos nos matarás. –Dice uno de ellos.

-¿Quién no la mató?

-Yo.

-Yo.

Entonces el dueño del bareto dice lo que quería oír.

-Fuiste tú.

Ah, por qué será que el Polo Norte está lejos y en Chile es verano. Siempre. Por qué será que la boca del hijoputa es abrevadero de pesadillas, todas reales, y la boca del inocente una cueva de océanos tenebrosos. Ah.

Me vuelvo y ahí está. Con un escopetón que tira para atrás. Apuntándome.

-¿Me vas a matar?

-¿Tú que crees?

-Creo que mis manos vuelan en este paraíso.

LA ÚNICA FLOR DEL MUNDO

La ciudad más gris tenía una plaza en donde crecía la única flor del mundo. Millones de personas peregrinaban al lugar para ver la flor y al jardinero que la cuidaba. Era el hombre más laureado. Ni siquiera el militar de la guerra del golfo tenía tantas medallas como él.

Se podía visitar libremente cualquier parte del mundo, pero, si de verdad se anhelaba saber algo de la vida, el porqué de las cosas, entonces tenía que visitarse la plaza, y ver allí a la pequeña y hermosa flor.

Hubo un tiempo, no muy lejano, que las flores abundaban. Dominaban la tierra y el hombre se encontraba bajo sus órdenes. Ellas, las flores, dictaban las leyes.

Pero el hombre, por extraño que parezca, un buen día se despertó con dolor de cabeza. Sin explicación aparente, había comenzado a pensar.

Y claro, todo se fue a la mierda. En primer lugar las flores, que pasaron de estar en la cúspide de la cadena, a convertirse en odiosos seres repelentes y pomposos a los que había que matar y borrar del mapa.

A los pocos meses no quedaba flor en la Tierra, salvo nuestra protagonista en la plaza de la ciudad más gris, sucia, corrompida e inhumana.

De repente el hombre volvió a dejar de pensar, también de manera inexplicable, y el milagro se produjo.

El jardinero fue elegido entre los ciegos, los mudos, los mancos, los bobos, los ateos y los enanos.

El jardinero reunía todas las condiciones indispensables.

El edificio de la ONU alberga ahora una casa de citas. El campo de fútbol del Real Madrid es ahora una heladería. Y la China comunista es ahora un enorme parque de atracciones.

La flor nunca pierde su belleza, tampoco su frescura. A todos encanta, a todos maravilla, a todos concede su gracia. Todos vivimos porque sabemos que la única flor del mundo está bien protegida. En buenas manos.

Pero un niño, todavía más inocente, sin quererlo, formuló la terrible pregunta esta mañana:

“¿Y cuándo muera el jardinero?”

Horror…

Desde hacía años las escuelas habían pasado a ser modernas carnicerías.

Horror…

“¿Y cuándo muera el jardinero?”

Aunque la certeza ya se había instalado en la cabeza y el corazón de la humanidad, y por ese motivo la alegría se había esfumado de la vida, todos los hogares tenían como mínimo una flor de papel. Decorativa.

SOY TORO

Soy toro. Toro bravo. Toro de lidia. Amo. Nunca odio. Muero porque el sol es demasiado pequeño e insignificante para mí. Para los míos. Muero y soy envidiado. Él y yo solos en el universo. Mi verdugo. Mi vida. Soy toro porque una vez fui gusano. Todos los grandes seres de la historia, de esta larga historia han sido alguna vez, en vidas pretéritas, gusanos. No otra cosa sino gusanos. Hambrientos, silenciosos, malditos. Todos los malditos, alguna vez, acabaron siendo un toro. Siempre toro. Negrura llena de agilidad.

Pasión en el albero.

…Y de repente la gallina sale corriendo hacia mí, y espanta al torero, a la cuadrilla, dejando estupefacto al presidente. El público no sabe qué pañuelo sacar. De inesperado los ojos dejan de estar fijos en mí. El picador se baja del caballo y corre tras la gallina una vuelta tras otra, millones de vueltas hasta que se pierde la paciencia y alguien, no sé quién, le pega un tiro. La gallina sigue corriendo.

Me arrimo a tablas y escucho los primeros silbidos. Pero hace ya demasiado tiempo que el torero y sus hombres de confianza, también al apoderado, lo observan todo con minuciosidad. Me han dejado solo y desvalido con una gallina infatigable. Deseosa de su tiempo de gloria.

Los bueyes salen y se la llevan. Todo queda mudo. Detenido el tiempo. Yo no me quiero marchar pero exigen que mi muerte sea indigna, sucia, rastrera. Y yo no quiero esa muerte, ni mi hombre de luces tampoco. Él ya me conoce porque me ha mirado a los ojos. Sabe lo que tengo en mi interior. Yo también tengo alma. Un alma libre y luchadora.

Los dos nos negamos a la rendición. Queremos la lucha noble porque para eso hemos nacido.

Yo no temo a la muerte. No temo a la vida si llega el indulto. Él no quiere la salida falsa de una plaza que da y quita el acceso al Olimpo.


Peleamos. Nos abrazamos. Nos amamos. Romántico todo. El todo.

La espada es aire. Océano límpido que se desparrama por mis ojos.

Caigo. Lentamente. Sin mareos.

Y él se lava las manos…

De repente se oye reír a la gallina, y alguien pregunta desde el tendido de sombra. ¿No sería la gallina la madre del toro?

…Y la madre del torero responde: “No, era la mía”.

EL LOCO QUE NO TENÍA MIEDO AL INVIERNO

Un loco salió desnudo a la calle para protestar porque el invierno tardaba en marcharse. Los periodistas le preguntaron si los demás locos pensaban lo mismo. El loco recapacitó un momento la respuesta y luego pidió que esa misma pregunta se la formularan a los cuerdos de la calle, que detenían el coche o permanecían de pie, a la intemperie, observando cómo un hombre desnudo cogía frío y, casi con toda seguridad, una pulmonía.

Desde las ventanas del manicomio las caras de los locos eran como los agujeros negros que se vislumbran en el espacio. La gente corriente (bah, qué asco) tenía conciencia y datos de que aquellos ojos y los sonidos que procedían de centro psiquiátrico correspondían a extraños seres, marginales, enfermos, asustados, hediondos, vírgenes tal vez.

Según el gobierno, el invierno no se fue nunca más por culpa del loco. Permaneció invariable el comportamiento del tiempo. El loco no enfermo ni se aburrió de estar quitecito en la acera, a la entrada del manicomio.

Como no molestaba a nadie, ni tampoco intentaba alcanzar la luna con la mano, ni defecaba ni orinaba desde que se puso a protestar, las autoridades no encontraban un método eficaz para retíralo de la vía pública.

Lo cierto es que pasaron los años, muchos años, y el invierno ya formaba parte irremediable de las vidas de todas las personas del mundo. También de los esquimales.

El loco fue envejeciendo poco a poco, marchitándose. Pero nunca recibió respuesta. Siempre tuvo el desprecio y la indiferencia de sus congéneres, cuerdos y locos, locos y aburridos (bah, qué asco).

Murió repentinamente una tarde de domingo, cuando más solitaria se encontraba la calle.

Los locos de las ventanas del manicomio se quedaron callados. Cerraron los ojos y se hizo de repente la noche, la más tenebrosa de la noche para la humanidad.

El único hombre que no le tenía miedo al invierno había muerto.

Y DE REPENTE LLEGÓ UN JINETE

Tú busca dinero

¿Y qué más?

Nada más, sólo dinero.

Ya hemos comprobado que no quieren dinero. No lo necesitan.

Tendrán que pagar al enterrador.

A ese chino.

A ese hombre, sí. Va a tener mucho trabajo a las tres de la tarde.

¿También los niños?

También los viejos. Todos. Por esa razón necesito dinero. No quiero que el chino trabaje gratis. Soy un asesino, no un ladrón.

¿En qué lugar nos encontraremos?

Aquí. Tengo sed y seguiré bebiendo.

El salón de Mary, en otro tiempo, se llenaba de humo, de música, de gritos, de guapas señoritas. También de peleas, de empujones. Algún que otro disparo y alguna que otra muerte. Pero siempre sonaba el piano. Siempre. A todas horas. Corría el güisqui. Las habitaciones ocupadas. Vaqueros ahogados en polvo se bañaban y disfrutaban del placer de la carne. Más disparos, más gritos, más movimiento en la calle.

Un pasado así se perdió cuando el oro desapareció. Cuando el oro se convirtió en una enfermad para la que no existía cura. Los ríos se secaron. Las manos se secaron. Se embrutecieron los ánimos. La escuela cerró, y cuando cierra una escuela…

Y de repente llegó un jinete seco, oscuro, huesudo, inexpresivo. Montado sobre un caballo blanco, hermoso, como un espejismo. No dormía, no comía, no hacía el amor con las pocas prostitutas que quedaban en el salón de Mary y en la casa de Hammet.

Güisqui. Esa era la única palabra que salía de sus labios.

Por fin un día se levantó de la silla y marchó al centro de la única calle del pueblo. Aunque parecía adueñado por fantasmas, esos fantasmas tenían piel, ojos, corazón, terror. Eran personas de carne y hueso.

El jinete se quitó el sombrero, enseñando una calva prominente. Encendió un cigarrillo. Habló.

Me llamo Ambler, Erle Ambler. Buenas tardes.

Y aquello era como decir que estaba allí para matarlos a todos.

Erle era un pistolero que trabajaba al servicio del ferrocarril. Se encargaba de despejar el camino por donde se movería la máquina de hierro. Y un pueblo, un sucio y asqueroso pueblo no era un obstáculo para él. Tampoco para los dueños del ferrocarril.

Cuando Erle hacía acto de presencia, se suponía que los prolegómenos habían finalizado. Erle era la muerte personificada.

A las tres en punto de la tarde regresó el viejo Spilane con muchos dólares. El primero en caer muerto fue él.

A los treinta minutos de comenzar el trabajo apareció la cara del chino tras una puerta. Se puso el sombrero y dio unos pasos. En la otra punta de la calle cabalgaba un jinete. Lentamente. Volvió a encender un cigarrillo. Se detuvo al lado del enterrador. Sacó un fajo enorme de billetes y extendió la mano. El chino recogió el dinero con el temblor del que sabe que está al lado de la muerte.

Gracias.

Y el jinete sentenció…

No hay de qué.

JULIO

Un hombre muerto en una calle. Boca abajo. Qué lindo traje. El sombrero a un metro de su cabeza. Sangre que se dirige despacio hacia la alcantarilla. Niños que poco a poco se acercan para oler la muerte. No verla, no tocarla, quieren olerla. Es algo nuevo. El cuerpo al sol. Las dos de la tarde. Castilla. Un pueblo seco, amarillo, desmadejado. Plano. El único muerto a las dos de la tarde de este mes de julio más caluroso que el del año pasado.

El cura se persigna. Las mujeres se persignan. Los perros famélicos bosteza y ladran. Lo cuervos se entretienen mirando. Las nubes pasan. Blancas. En paz.

En el campo se trabaja. Y se sabe todo.

Lo han matado. Está tieso. Frió. Y eso que hace un calor que ni en el infierno. Pero está frío. Duro. Los niños lo huelen. En el corazón del hombre tendido ya se ha formado el casquete polar.

Le dispararon un tiro cuando salía de afeitarse. Murió guapo el tipo.

La mujer, la madre, la hermana, la cuñada, la abuela, todas vienen corriendo y gritando. Desgañitadas. Enlutadas ya. Sudadas ya. La abuela se desmaya y la cuñada se para y la intenta reanimar. Las otras mujeres, como en el calvario, se abrazan al cuerpo del fiambre. Miradas al cielo. Polvo. Viento. Remolinos de tierra que secan y hacen vieja la garganta. Lágrimas que se derriten en la cabeza. Lo que sale de los ojos es puro espejismo.

Las dos de la tarde de este mes de julio en un pueblo de La Mancha.

Y llegó la noche. Cielo estrellado. Inmenso. Horizonte oscuro. La calle vacía. Los perros asustados a la puerta del camposanto. La iglesia abierta con mujeres rezando y hombres que aguardan afuera. Cansancio. Rutina. También el calor que no se va.

De repente un disparo y a continuación un grito. Más gritos. Todos los gritos del mundo en una noche de gritos y de grillos ausentes. Otra vez los perros que ladran. Otra vez el cura que sale de la iglesia en busca del mañana. Campana que suena. Iglesia vacía de fieles.

Lo han matado. Está tieso. Ojo por ojo.

Los niños ya conocen el olor de la muerte. Han visto a la muerte. Han tocado a la muerte. Los niños ya saben todo lo que tienen que saber para hacerse hombres.

No se duerme, pero un extraño silencio envuelve el pueblo. Es el miedo que paraliza. También embrutece. Olor a quemado.

Únicamente los dos enterradores, en plácida conversación, se entretienen sacando cuentas.

.Y a poco que dure, pasaremos el verano trabajando como cabrones.

Un pueblo en la noche española. No quiere dormir. Tampoco quiere que llegue el día.

LA SORPRESA

El extranjero marchaba delante de mí. Alegre. Libre. Era blanco, alto, albino. El sol lo tenía en la cabeza como el sombrero de un gitano que de repente se ha vuelto rico. Más que caminar daba saltitos. Gravitaba. Yo a un metro escaso de él. Siguiéndole. Persiguiéndole. De repente el extranjero se echa un pedo y me mata. Es un decir. Otro pedo y otro más, y toda la calle rememora lo sucedido en Chernóbil. Pero no puedo despegarme de él. Estoy cumpliendo órdenes. Tengo que averiguar adónde se dirige, qué hace, qué piensa, qué come (jajajajajaja).

Después de caminar unas doce horas, aproximadamente, el extranjero se mete en una casa a pasar la noche. Yo hago lo mismo. Ocupo la habitación de al lado. Oigo sus pedos, y también una conversación, supongo que por teléfono, en una lengua extraña, salvaje.

Llamo a mis jefes para informarles de que estoy en X…, a pocos kilómetros de S… Me piden que el dato fundamental esté en la mesa de trabajo mañana por la mañana, a primera hora.

Paso mala noche porque no conseguí una revista o un libro para leer.

Con el nacimiento del nuevo día bajé pronto al bar para desayunar. El extranjero entró después. La novedad estribaba en que se había vestido como para ir a una boda. Elegante. Muy elegante. Olía maravillosamente. Pero yo tenía que ocultar la admiración. Debía seguir poniendo cara de hijoputa. La cara que nos habían enseñado a poner cuando nos tocaba seguir a un extranjero.

Otra vez la marcha. La caminata hacia un lugar sin nombre. De momento.

Cuando menos me lo esperaba, manteniendo la separación prudente de un metro, el extranjero se volvió y me agarró con las dos manos. Apretaban mis hombros. Su cara se acercó a la mía y su boca beso mis labios. Mis ojos casi estallaron. Mi piel cambió de color mil millones de veces, como los camaleones cuando notan el peligro. Supongo.

Me abrazó. Y otra vez el cambio de color. Me sonrió. Y otra vez los colores de los cojones haciendo aparición en mi cuerpo. Hasta que dejó de agarrarme y volvió a caminar.

Vi. cómo se alejaba. Dando saltitos. Silbando. Diciéndome adiós con la mano derecha. Me había derrotado con el uso despiadado de una extraña arma bacteriológica, supongo. Me resultaba del todo imposible mover un pie, las dos piernas, las manos, las cejas. Abrir la boca. Decir algo.

El teléfono sonaba con insistencia. Machaconamente. Respondí a la llamada.

Me confirmaron que había habido un grave error. La persona que seguí durante tanto tiempo, tantísimo tiempo, no era extranjera. No, no lo era.

El extranjero era yo.

Y entonces una avalancha de hombres, mujeres y niños se precipitó sobre mí. Y todos se pararon a un escaso metro de distancia. Esperando que me moviera. Un movimiento. Una palpitación. Y me moví. Di la vuelta y me puse a caminar.

Ellos me seguían, todavía me siguen. No me molestan, pero sé que están ahí.

Oliendo mis pedos.

NO ME PEGUES MÁS

(A todas las mujeres que sufren. Perdón por la crueldad del relato. Quiero, quisiera, maldecir a todos los maltratadotes. ¡Despierta sociedad!)

No me pegues más. Por favor. Déjame. O mátame. Pero no me castigues. Deja que cierre los ojos y que mis dientes no muerdan estos labios como pantanos.

No quiero volver a mirarme al espejo. No quiero escuchar tu perdón. Ni recibir cuando amanezca el regalo más hermoso. Es mucho el dolor que ahora siento. Un dolor que hasta descompone el último pelo.

No me la metas. Ahora no. No me violes más. No sientas placer al hacerlo. No gruñas. No babees. No orines. Déjame aquí, silenciosa y muerta. O casi muerta.

Cuando nos casamos me dijiste susurrando “eres mía”. Ya lo sé. Soy tuya. Pero me duele ser tan tuya. Quisiera matarte. Que la sociedad matara el compañero de fatigas y al padre de mis hijos. Yo no puedo. No puedo más. Llevar un corazón en el pecho que late con vigor me llena de angustia. Pega, si quieres, aquí, en el pecho, una mil veces. Pero deja de arrastrarme por la casa ante los ojos despavoridos de nuestras criaturas. Vístete. Dúchate. Quítate la sangre de las manos y de los ojos. No odies. Sé fuerte. ¿Es que un cobarde hijo de puta no puede ser fuerte para dejar de vivir?

No toques a nuestros hijos. ¿Suena el teléfono? ¿Es la puerta de la calle? ¿Es la policía? ¿Es Dios? Otra vez salvada de la muerte. Escucho el llanto de mis hijos. Les mando a la cama y que recen antes de acostarse. Les digo hasta mañana.

Cierro los ojos. ¿Qué ha pasado, doctor?

“Tranquila, ya todo pasó”.

-¿Y mis hijos?

¿Están bien? En casa, con su marido

Oh, miedo.

 

TODOS MUERTOS, TODOS VIVOS

Tan intenso era el viento que el cuerpo del hombre más orondo del mundo se tambaleaba de un lado para otro. Las montañas más altas del firmamento (no las de la Tierra) caían rendidas y humilladas.

Las olas más gigantescas de los desiertos unicelulares desbordaban los ojos de los incrédulos. La risa de la hiena derretía los polos. La música del manco volvía pretérita la sordera de Beethoven.

Era el cambio climático más absurdo. Una nueva extinción de seres vivos o medio vivos o a medio morir o a medio nacer o a medio imaginar por un Dios infinitesimal que se aburría veraneando en los relojes de cuco.

Todo, la plenitud, lo material y lo inmaterial, el todo más absoluto desaparecía del Cosmos. También el cosmos. Retrotraernos al segundo primigenio. Sin cadenas en el alma, sin religiones ni matemáticas.

El cambio climático sin meteoritos como protagonistas. Ni un extraño virus haciendo acto de presencia. Ha sido el hombre, que por fin toma las riendas de su historia y decide acabar, poner fin; un punto y final sin medias tintas.

Es la violencia realmente concebida. No es la violencia de las guerras ni la de los celos. Es una violencia primitiva, desnuda, sin ataduras, expuesta al viento, al agua, al fuego y a la tierra. No espera juicios ni valoraciones. Ella otorga y quita la vida.

Un cambio climático, una extinción milagrosa, en la que Dios no tiene nada que ver. Y no tiene nada que ver porque esa extinción también acaba con Él.

Y así Dios recupera también su espacio, su aire, sus manos, la locura que nunca debió dejar atrás.

Todos muertos, todos vivos. Aleluya.

HA LLEGADO LA HORA

Ha llegado la hora. Tengo el cuerpo frío. Será el miedo. Y sin embargo estoy sudando. Qué raro. La noche ha metido a todo el mundo en casa. Las camas ocupadas y los sueños pululando por el universo.

Los poetas se mueren o se quitan la vida cuando el mundo sueña o tiene pesadillas.

Los poetas no tienen derecho a vivir en un mundo despierto.

Subido en esta azotea me dejo caer despacio hacia la calle. Caigo y caigo, infinitamente, como en un agujero negro. De repente me siento observado por todos los telescopios y satélites que hay ahí arriba. No termino de caer y por eso me mareo. Vomito. Qué mierda: me encontrarán frío, despachurrado y lleno de vómitos.

Antes de llegar al suelo, al asfalto; el cuerpo se detiene a quince centímetros del impacto. Un frenazo brusco y en seco. Otro vómito. No puedo moverme. La cabeza tampoco. Los ojos miran hacia arriba. Están condenados a mirar hacia arriba. Y entonces, en la azotea, asomándose mientras se descojona por la risa, mi otro yo hace gestos para que regrese, y me insulta. Me llama maricón, mariconazo, blandengue, mantequilla caducada, dulce sin calorías, juguetito de papá y mamá.

Coño, su pudiera le rompería la cara al hijoputa de mi otro yo.

El cuerpo vuelve a ceder y cae otros pocos centímetros. Apenas me quedan cinco o seis para hacer plufff.

Y cuando decido volver a fijar la vista en la azote, en vez de un solo yo, aparecen centenares o miles de yoes en la azotea. Todos se ríen. Todos gesticulan. Todos me insultan.

Sacan sus penes y mean. Unos más que otros, pero todos mean. Escupen. Unos con más puntería que otros, pero todos escupen. Unos lanzan piedras, y otros prefieren la ropa de mujer que hay tendida.

Deduzco que me odian.

Y en cámara lenta mi cuerpo se queda pegado al asfalto. Sin dolor.

Ya me puedo mover. Puedo volver a respirar. He recuperado el pulso. Me pongo de pie. Miro hacia arriba y todos los yoes se han ido a tomar por el culo. Quien aparece es mi padre pidiéndome que deje de hacer ruido y que saque la basura de una puñetera vez.

¡La basura!

Si hubiese hecho a tiempo los deberes esto no habría pasado. Quiero decir que la basura no se puede tirar a sí misma. Primero debería haber tirado la basura real, la tangible, la que toco todos los días, incluso cuando está limpia.

La mierda más limpia es la que dejamos en el cubo de la basura.

Ahora me doy cuenta.

Cuando vaya a tirarme la próxima noche, lo que haré será colocar el cubito en el punto exacto de mi caída. Adentro.

Y mi padre, por favor, que ponga la tapa.

DE VERDAD NO ME ASUSTA LA MUERTE

De verdad que no me asusta la muerte. No me quita el sueño la llegada inevitable de su tacto.

No me asusta la muerte desasosegando espejos.

Me asusta la mordida del gusano. La carcajada inmortal de la hiena. La oscuridad en una huida sin final. En verdad son pocas las cosas que me asustan.

De repente me veo desnudo ante el mundo. El mundo horrorizado. Las serpientes abren consulta para quitar dientes sin anestesia. Utilizan pasaporte argentino. Está prohibido dormir. Las pesadillas se pueden comprar en las grandes superficies.

La muerte me visitó cuando era un mocoso. Ella no me conocía. Mi olor le pasó desapercibido. ¡Se equivocó! Trágicamente. Desde entonces la muerte me huye.

Yo sé que no puedo matar a la muerte. Pero puedo hacer trágica su inmortalidad.

Porque caminando siempre por la vía recta me pierdo.

Definitivamente en las curvas más peligrosas derrapan mis ojos borrachos de placer.

La confusión habito en el infinito.

De verdad que no me asusta la muerte.

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO

Hola, buenas tardes, me llamo Rial. Ustedes están aquí porque serás las únicas personas de la tierra que podrán ver el mayor espectáculo que ningún ojo humano ha visto jamás. Y lo digo en serio. Muy en serio. Ustedes no se conocen. Ni falta que hace. Ni siquiera se hablan entre sí. Lo que está muy bien. No han pedido un refresco, una cerveza, agua, algo para comer. Y saben que están todos invitados. Recibieron la invitación hace doce meses, y todos han acudido a la cita. Hay negros, blancos, orientales, ejecutivos, curas, filósofos, barrenderos, putas, no sé, hay toda clase de gente que trabaja en un mogollón de cosas distintas. Eso está bien. Lo está porque cuando le pregunten los de ahí fuera, o sea, los de la calle, ustedes dirán lo que han visto. Lo dirán y no podrán mentir, porque todos, sin excepción, compartirán el mismo suceso, la misma verdad. Y no se tratará de una alucinación. Cuando salgan de este sitio compartirán el suceso más maravilloso del universo, y se pasearán por la vida como seres afortunados, tal vez como unos dioses que comparten un secreto o una revelación.

Bueno, lo mejor es comenzar con el trabajo y dejar de hablar. No si antes alguno de ustedes quiere hacer alguna pregunta. Estoy dispuesto a contestar a cualquier pregunta, resolver las dudas o los temores que pudieran albergar. No se cohíban, hablen si quieren con total libertad. Aunque si no lo hacen, comenzaré de inmediato y entonces podrán regresar a sus casas, incluso antes de la hora de cenar.

Nada que preguntar, ninguna duda, ningún temor. Son todos unos valientes. De eso no me cabe duda. El mundo está lleno de valientes y de cobardes, lo que hace falta es saber distinguir entre unos y otros. Y no crean que los cobardes son los que lloran o los que no van a una guerra. No, esos no son unos cobardes, ni los valientes son los otros, los que disparan a diestro y siniestro, o los que no lloran ni pelando cebollas todo el día. Qué va, la valentía y la cobardía no se mide a través de esas acciones extemporáneas. El cobarde es el que mira con los ojos siempre muy abiertos, cuando todos sabemos que hay que mirar con los ojos entornados. Y el valiente es el que sacia la sed bebiendo agua y acordándose de Moisés en el mar Rojo.

Bueno, allá vamos.

Ah, que me olvidaba, quiero darles las gracias por la espera. Sé que han sido doce meses y eso es mucho tiempo. Lo sé. Ha sido mucho tiempo incluso para mí.

De verdad, también para mí ha sido mucho el tiempo de espera antes de que llegase el momento que había deseado desde que vine al mundo.

Allá voy.

Recuerdo que saqué una flor de mi bolsillo. Una flor algo mustia. Ni siquiera hermosa. Una flor vulgar. La había extraído de un jardín caminado hacia el lugar de la cita. No sé el nombre de la flor. ¿Acaso tiene importancia saber su nombre?

Recuerdo que después de mantenerla tendida sobre la palma de mi mano, al segundo siguiente cerré esa mano con toda la fuerza de la que era capaz. Rojo, desfigurado, haciendo un esfuerzo inhumano.

Hasta que volví a relajarme, y recuperé mi aspecto normal. La fuerza y la cólera habían desaparecido.

Y muy lentamente, casi imperceptiblemente, comencé a abrir la mano en la que había enclaustrado la flor. Tan lentamente que casi todos los presentes comenzaron a ponerse en pie, al mismo tiempo que mis dedos, uno tras otro, iban creciendo hacia el infinito.

Y de nuevo la flor. Más mustia. Más irrisoria. Pero era la flor.

Algunos miraban con ojos entornados. Otros pedían agua para calmar la sed que les produjo el nerviosismo. Todos eran valientes. Solo yo miraba cansado, algo mareado, con palpitaciones.

Una voz se oyó resquebrajando los cimientos desde el fondo. En la penumbra.

Esa flor estaba en mi jardín.

Y de esa manera se certificó el primer robo y posterior asesinato de un ser vivo en la tierra. Mucho antes de lo que le pasó a Abel. Mucho antes.

Dejé caer la flor al suelo del escenario ante el silencio de los presentes. Y cuando tocó suelo, la voz del fondo se oyó otra vez.

-Culpable.

Y todos compartieron la misma opinión.

Pero el resto del mundo me consideró libre, porque nunca creyeron esa historia. ¡Nunca!

QUÉ HERMOSO SERÍA TENER LA LEPRA

Estoy cansado. Terriblemente cansado. No puedo moverme. Mi mujer me da la medicina que el médico asegura que aliviará el dolor y hará que mi muerte resulte menos mortificante.

Pero la muerte no deja de asustarme. Me araña. Me muerde. Me retuerce el ama. La muerte me aterra y la medicina que me ha recomendado el médico no me quita el miedo, no me quita ese extraño e inapelable dolor que uno siente cercano y amargo cuando la muerte está acostada con él en la cama. En la misma cama.

Y todo huele mal porque la muerte no deja de follar con uno. Todo está sucio aunque la mujer, mi amada trabaje noche y día para hacer que mis últimas horas sean menos penosas.

No, no hay nada que alivie este espanto. Me muero como mueren los bichos en manos de los grandes depredadores. Doy asco. Siento que me descompongo con los ojos abiertos y todavía latiendo algunos de mis sentidos vitales.

Descomponerse mientras los dedos de las manos se mueven es igual que tener la lepra. Pero yo no tengo lepra. Ojalá tuviera lepra, eso significaría que me la curarían con una simple y vulgar inyección. Un pinchazo y a tomar por saco la enfermedad, la fiebre, los dolores, los espasmos, la pestilencia, el miedo. Todo.

También la muerte se levantaría de mi cama y se marcharía de la casa en busca de otro cuerpo y de otra alma a la que mortificar.

Estoy cansado. Y ahora sé que no he hecho nada valioso en este mundo. Nada positivo. Sólo escribir. Escribir como un condenado que quiere alcanzar un sueño, aunque los sueños se acumulen en el corazón y en la carne. Mis sueños de escribir para lectores sin ojos se fueron a la mierda. Se fue a la mierda hace mucho tiempo.

El médico vuelve otra vez con su maletín de artilugios desangelados. Me cuenta un chiste de putas y de negros maricones. También me recuerda que en Francia me admiran, y en Italia. Y un poco todavía en Alemania. Le miro con los ojos más pequeños que tiene una persona en la tierra. Apenas respiro.

Mis hijos lloran porque todavía no saben qué he hecho con algunas perras y con las casas y con los premios y con algunas otras cosas. Mi mujer llora porque me ama. Ella sí me ama. Lo juro. Y yo la amo. Por eso no le dejo nada. Ni siquiera los libros. Ni siquiera al perro que está en el jardín soportando como nadie que el amo no le saque un día más. Un día más sin pisar la calle.

Estoy seguro que marchará sigiloso y con algo de rabia hacia el cementerio. El perro. Mi perro. Aún recuerdo cuando lo traje del refugio de animales. Lo subí al taxi y el tipejo que conducía lo miró con mala cara. Yo le dije.

Ahora es pequeño, pero dentro de dos meses, si vuelve a mirarle de esa manera, no podré evitar que se lo coma.

Así ha sido mi vida. He esperado a crecer, pero siempre he sido un enano.

Estoy cansado. Pido, suplico que apaguen la luz, que cierren la puerta del dormitorio, que me dejen solo. Hay un silencio penetrante. La muerte sigue aquí. Me coge la mano. Me besa. Me susurra algo al oído. No la entiendo. Me entra sueño.

..Y a mi última novela ni siquiera le he puesto el punto y final.

¡Qué hermoso sería tener la lepra!

YO NO SÉ CÓMO ME LLAMO

Yo no sé cómo me llamo. No me importa.

Tienes que saber tu nombre. Es importante saber el nombre.

He caminado tanto que nunca me han preguntado cómo me llamo. Yo tampoco he hecho esa pregunta a nadie. A ningún ser vivo.

Pero todos tenemos un nombre. Así nos registran. Cobramos credibilidad.

¿Un nombre otorga credibilidad?

Te identifica.

A mí me identifican mis acciones, mi pereza, mi osadía, mi imaginación, mi alegría, mi tristeza, mi vida, mi caos, mi amor, mi odio. Esos sentimientos me identifican y me definen.

Los nombres sirven para que uno responda ante la llamada de un amigo, o ante la advertencia de un enemigo. Si oyes un nombre en este momento puede ser el tuyo, y a lo mejor lo escuchas porque te avisan de un peligro inminente o de una gran noticia.

Cuando alguien quiere dirigirse a mí lo hace con las manos, con los ojos, con todo el cuerpo, con la palabra, por supuesto, pero no necesariamente con la utilización de un nombre.

¿Qué es esto?

Una piedra.

Pues ese es su nombre. Ves, la has llamado piedra, por tanto, la llamas por su nombre.

La llamo por lo que es, no por como se llama. ¿Tú cómo sabes su nombre? ¿Eres Dios?

Ves, ese es el nombre de Dios. Dios.

No. Dios es Dios, pero a mí no me ha revelado su nombre. ¿A ti sí?

Las cosas tienen nombre: mesa, ventana, botella. Los animales tienen nombre: león, canguro, tortuga, hormiga. Los planetas tienen nombre, las galaxias tienen nombre, las nubes tienen nombre.

Pues yo no tengo nombre. Nunca lo tuve. No quiero tenerlo. Soy hombre. Soy persona. Sé lo que pienso. Sé lo que quiero. Sé lo que nunca alcanzaré.

Pero si yo me llamo Samuel, tú tendrías que tener otro nombre, o el mismo. Así le ocurre a seis mil millones de seres humanos.

¿Y qué problema hay si uno solo de esos seis mil millones de seres humanos que dices tú que hay en la tierra no tiene nombre? ¿Cuál es el problema? Debería ser yo el abandonado, el marginado, el despreciado, el extranjero en todas partes, el solitario, el paria. Y yo no me siento nada de eso. Ni siquiera me siento extraño. Raro. Me siento un igual. Y todos me tratan igual. Sólo tú me tratas de diferente manera. ¿Por qué?

Esta conversación acaeció hace ya varios siglos. Antes de que España se hiciera con los dominios del nuevo mundo. Antes, mucho antes del tiempo de los espadachines peleando y enamorándose mientras el Imperio se desmoronaba.

Eran don pobres hombres en mitad de un camino polvoriento de la vieja Castilla. En pleno agosto. Con un sol gigante y chulo.

Pero se repite todos los días, en algún lugar del planeta, en algún continente. Y siempre son dos hombres, en mitad de un camino, en mitad de una trayectoria vital.

Y hablan, y gesticulan. Y los dos creen tener la razón.

Y se hace la noche y después nace el día.

Y uno de ellos a todo le pone nombre: Samuel. Y el otro no sabe ni cómo se llama.

Pero sí, en realidad tienen un nombre. Se lo puso su madre al nacer y al tenerlo entre sus brazos. Antes de la primera chupada al enorme pezón de la teta vivificante.

Su nombre es Destino.

¿Te suena?

EL ASESINO DE POETAS

Te voy a contar una historia que pasó una vez en Bulgaria. En Sofía. En una calle de Sofía a eso de las diez de la mañana.

Antes de que cayera el comunismo.

El frío se metía por todos los sitios. Las viejas abuelas se morían en las calles y los borrachos se arrastraban por las casas buscando un resquicio de libertad debajo de las camas.

Yo no soy búlgaro. Soy ruso. Era un maldito espía ruso que se aburría. Yacía asqueado en una plaza de Sofía.

Aguardaba aquella mañana a que saliera un poeta que de vez en cuando tenía ideas peligrosas.

Por ejemplo, el tipejo pensaba que una calle era como una vena de un hombre cualquiera. Y que una tarta de manzana podía ser, por qué no, el universo entero.

Había que matarlo.

Pero matar a un poeta tiene sus riesgos. Y muchos. Un poeta no mira como suele mirar un narrador de mierda. No.

Un poeta no muere rápido. Un poeta muere como los héroes mitológicos. Uf, es muy peligroso quitarle la vida a un poeta. Y sobre todo a un poeta maldito y echado a perder.

Lo tenía que matar con mis propias manos. O sea, tenía que estrangularlo. En mitad de la plaza. Mientras muy amablemente me ofrecía fuego para encender un cigarrillo.

Tendría que estar mirando sus ojos hasta que la vida se desparramara por ellos.

Y cuando se mata a un poeta y se le mira a los ojos el peligro está en que el alma del tipo se puede meter en tu cuerpo y dominarte para siempre. Volverte loco.

A mí no me pasó. Y por eso me especialicé en matar poetas caídos en desgracia ante el partido y ante Moscú.

Marché por todo los países comunistas de Europa matando poetas. Perdí la cuenta.

Cuando llegó la democracia, o lo que coño sea esto que ahora tenemos, me dieron por culo y me mandaron al paro.

Sigo viviendo en Sofía porque me da pereza regresar a Moscú.

Ni siquiera el frío es igual que antes.

Ni siquiera los poetas son iguales que en el pasado invadido por el Gulag.

No. Todo huele a riqueza nauseabunda que aburre y deteriora los sentidos.

Ya no soy asesino. Ya no soy nada.

Ahora paso el tiempo en la biblioteca pública leyendo a los poetas que asesiné.

Soy un ávido lector de las obras de mis víctimas. Y un admirador profundo y sincero.

Sí, las maté, pero reconozco que para ser poeta hay que tener un alma de tierra. Hecha de tierra. Arena.

El poeta está más cerca que nosotros del polvo.

También he dejado de ser comunista.

Creo, sinceramente, que un día de estos me sentaré a escribir un poema.


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