Me invaden deseos de hablar, reír, llorar, pensar…
Parece que escribiendo puedo conseguir sosegarlos, no así acallarlos. Están dentro, escondidos, como queriendo refugiarse del mundo, ansiosos por ser compartidos y, sin embargo, temerosos de ser expuestos. Son deseos aparentemente tímidos que han querido rodearse de una amiga fiel y serena: la nostalgia. Es ella la que los mantiene ¡Qué error cometería si consintiese en olvidar! Derramaría menos lágrimas pero mataría la nostalgia y borraría los recuerdos. ¿Quién renunciaría a sonreír? Por eso no puedo renunciar a añorar. Porque añorar es recordar con alegre y serena tristeza. Porque añoro y me suavizo. Y así, sólo en compañía del silencio de la música, puedo convertir lo más amargo en lo más dulce, lo opaco en tranparente.
Imagino un horizonte sin horizonte donde el mundo de los sueños se confunde con la realidad. Me entretengo contemplando todo lo que aparece y desaparece ante los ojos de mi mente. Me detengo en esto, avanzo hacia a aquello; siempre impulsada por la esperanza de que algún momento del camino sea el comienzo de mi historia. Un libro henchido de páginas, pero al fin y al cabo, todavía páginas sin numerar. Un lienzo salpicado de imágenes pero imágenes aún torpes e insuficientes para crear un paisaje. Todavía espero las palabras y el esbozo que sirvan de comienzo. Una frase y un boceto sobre los que construir, crear, inventar, pulir, vivir y perfeccionar. Y así, un día pueda mirar atrás y vislumbrar la historia escondida detrás de esas letras e imágenes.
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