- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus

Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009

Publicar en Liceus
Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

 Ir al artículo...

 


 

  Guías culturales

RELATOS


Por Concha García Carrión

Esa mujer estaba loca. Ramón lo supo desde un principio. A ella la tenían encerrada en una habitación blanca, blanca. Nadie iba a visitarla nunca. La historia de esta mujer es algo absurda. La de Ramón, aburridísima.

Pero desde que se cruzó con esa mujer…

Era una tarde, tirando a noche. Ramón daba su rutinario y aburrido paseo diario. Ella corría, despeinada. Ambos chocaron y cayeron.

-¡Por Dios! Me persiguen. Por favor no le digas que me has visto.

-Escóndase ahí- dijo Ramón sintiendo compasión por la mujer y, a la vez, intriga.

Llegaron los loqueros y, al preguntarle a Ramón (que les dijo una mentira), siguieron adelante.

-¡Gracias! ¡Me has salvado!- dijo ella idolatrándole como a un Dios.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Ramón pues nunca había visto a esa mujer.

-¿No me reconoces, Marco Antonio? ¡Soy tu amada Cleopatra!

-Ah…- Contestó Ramón simplemente. Era pésimo para los romances.

-¡Por fin estamos juntos! Ya nada nos separará, amor mío.- Dijo emocionada abrazándole.

-Sí…- volvió a contestar Ramón sin alguna emoción.

-¡Vuelven! Corre que nos descubren- dijo agarrando a Ramón. Esa mujer estaba loca.

Cuando no hubo nadie, Ramón llevó a "Cleopatra" a una tienda y le compró ropa decente; no ese traje blanco. Cuando "Cleopatra" se vio así vestida, debió gustarle, porque le dio un beso a Ramón. Este le seguía la corriente, lo había leído en el libro del doctor López (un amigo suyo que, como no vendía ni un libro, tuvo él que comprarle uno). Más tarde "Cleopatra" dijo:

-Querido, ¿no tienes hambre?-

Ramón tenía hambre, mucha hambre. Y como no podía quitarse a "Cleopatra" de encima, se la llevó a un restaurante. Después de cenar, serían las once, volvieron al piso de Ramón. Allí, "Cleopatra", recorrió todo el piso agarrando a Ramón. Esa mujer estaba loca. Y, después, se tumbó en la cama de él. Ramón se ruborizó levemente.

-Marco Antonio, estoy cansada, me echaré aquí un rato- dijo ella. Esa mujer estaba loca.

Ramón se puso a ver la tele hasta que se quedó dormido en el sofá. Cuando se despertó, lo primero que vio fue la cara de "Cleopatra" que lo miraba mientras sonreía.

- No te asustes, tesoro. ¿Adónde me vas a llevar hoy?- dijo tranquilamente.

- Pues no lo sé- contestó Ramón que no se había recompuesto aún.

- Bien, improvisemos entonces. Vístete, que te espero.

Ramón se vistió y, al salir, vio lo bien que le sentaba a "Cleopatra" el vestido de seda ajustado a la cintura. Por la calle Ramón se asombró de ver actuar a "Cleopatra con normalidad. Parecía que lo único que necesitaba era descansar unas horas. Para su alivio, actuó así todo el día. Más tarde, Ramón, que se alegraba del repentino cambio, la llevó al cine, al museo y al teatro; y la trató como si fuera una amiga. Y luego volvieron a casa de Ramón. Allí, "Cleopatra" le dijo:

- Te voy a llevar a un sitio precioso.

Dicho esto, agarró a Ramón de un brazo, y salieron a la calle. Había poca gente y la que había pensaba que eran dos enamorados. Ramón deseó ver a algún conocido suyo para presentarle a "Cleopatra" y hacerle creer que estaban saliendo. Sabía que estaba mal; pero recordó a sus amigos preguntándole: <<¿Aún no tienes novia?>> <<¿Hasta cuando piensas esperar?>> <<¿Crees que alguna vez saldrás con alguien?>> "¡Malditos casados! ¡Esas preguntas no se hacen!" Se decía Ramón. ¡Que pena que no vio a ninguno, que pena! La suerte no estuvo de su parte. No había transcurrido mucho tiempo, cuando se hallaron en un bosquecillo.

- Espera aquí un minuto y verás.- Dijo "Cleopatra" parándose en seco.

Ramón espero un minuto, luego dos y finalmente tres. De repente, la luna, como si se retrasara, salió rápidamente iluminando todo. Ramón se quedó asombrado. ¿Cómo podía una loca conocer ese fantástico lugar? Se preguntó si realmente "Cleopatra" estaba loca. Se había comportado hoy de una manera tranquila y normal. Ramón creía firmemente que, si los loqueros que la buscaban la vieran, pasarían de largo creyendo que era otra persona. Ramón la miró, tenía el rostro vuelto hacia él, con una gran sonrisa y unos ojos preciosos.

-¿Ves? Te dije que era muy bonito.- Dijo ella dulcemente.

-Sí que lo es- contestó Ramón.

Ramón y "Cleopatra" se miraron durante un buen rato y, más tarde, se besaron. A Ramón no le había sentado nunca tan bien un beso y, a "Cleopatra" ningún beso le había gustado tanto. Entonces comprendieron. Y…

Y cuando Ramón se despertó se vio en un cuartucho que olía como la sala de espera de un dentista. Por la puerta entreabierta vio a "Cleopatra", le estaban preguntando unos hombres uniformados mientras le señalaban a él. ¿Qué dirían? Al final le dejaron partir. Ramón respiró aliviado. Ahora era su turno. Los hombres uniformados le hacían preguntas idiotas que apuntaban en una computadora bastante vieja. Él contestaba sin poner ningún interés a las preguntas; tal vez se las inventaba, él no lo sabía. Por la puerta entreabierta veía la silueta de "Cleopatra" sentada. Al acabar las preguntas llamaron a otros dos hombres vestidos de blanco que le pusieron una camisa de fuerza y le encerraron en una habitación blanquísima. Ramón no había visto tanto blanco en su vida. Le llamaban loco. <<¿Yo loco? Pero que se habrán creído ustedes. Si estoy loco es por "Cleopatra".>> Admitió Ramón. Eso no ayudó mucho. Fue peor. Pero lo peor de todo para Ramón era la soledad. Se sentía desesperado sin "Cleopatra". Ella, naturalmente, no dejaba de visitarlo. Pero los días eran escasos y las ausencias prolongadas. "Cleopatra" se preocupaba por él y le traía una cajita de bombones o un ramito de flores. Y sentía piedad y compasión por Ramón. Como si hubiera estado jugando con él y lo hubiera olvidado ahora. Ramón sufría más que nunca porque su "Cleopatra" le visitaba cada vez menos y, si él le hablaba de amor, cambiaba de tema. Y, por si eso fuera poco, un guardia los vigilaba en las visitas, ¡como si él fuera agresivo! A veces contaba las horas, desesperado, que quedaban para que "Cleopatra" le visitase. Pero fue solo cuestión de tiempo que las visitas se redujeran a dos por año. ¡No podía ser! Ramón sentía que cada vez se ahogaba más en aquel lugar. Cada vez tenía más ansiedad y se volvía más histérico. Eso tampoco hizo mucho. Ahora, en vez de uno, iban dos vigilantes para velar la seguridad de "Cleopatra". Ramón no lo soportaba ya más. Necesitaba a su "Cleopatra", tan linda con su vestidito de seda ajustado a la cintura, y su sonrisa, y sus ojos, y su pelo… Decidió que, después de despedirse de "Cleopatra" en la próxima visita que le hiciera, abandonaría el mundo, porque eso no era vida. Él, Ramón, no estaba vivo. Era sólo una máscara; él, Ramón, no existía. Y si alguien le llamase, de lleno que no contestaría la llamada. Porque él ya no era Ramón; ese ser aburrido que daba todos los días un rutinario y aburrido paseo; ese que todos los domingos, después de misa, iba a la biblioteca a leer sobre animales e insectos; ese que colaboraba de forma gratuita en las reuniones de "alcohólicos anónimos" y que le resultaba, ahora, odioso. Él ahora era "Marco Antonio" y lo sería hasta la muerte; que él mismo se encargaría de hacer llegar tras la siguiente visita de "Cleopatra". Pero pasó algo curioso en la visita de "Cleopatra". Para empezar vino sin guardias. Y trajo la sonrisa de la última noche que estuvieron solos y Ramón recordaba tan bien.

-¿Y los guardias?- preguntó Ramón mirando a ambos lados buscándolos.

"Cleopatra" no contestó. Rápidamente sacó un fajo de llaves del bolso y, cogiendo una de ellas, abrió la celda de Ramón.

-¿Cómo lo has hecho?- preguntó estupefacto Ramón.

-He girado la llave en la cerradura.- Confesó tranquila ella.

-¿Por qué?

-Por nosotros, cariño, tú no estas loco, ni yo. Somos víctimas de un amor imposible. Pero aunque no les guste nos queremos y…-"Cleopatra" fue interrumpida por un gran estruendo y un gigantesco ruido de pasos.- ¡Son ellos! ¡Quieren separarnos otra vez! Pero no nos dejaremos coger. Ven amor mío, Marco Antonio…- Y "Cleopatra" agarró a Ramón, ( perdón; a "Marco Antonio") por el brazo. Él se dejó llevar como siempre, hasta que escaparon hacia la libertad. Libertad con "Cleopatra". Ramón no encontró mejor combinación Verdaderamente, Ramón se volvió loco; pero esa mujer estaba loca.

EL DILEMA DE JOSÉ MARI

Dedicado a mi profe Jose Mari porque a veces nos riñe,
a veces (muchas más) nos hace reír, y siempre, siempre nos enseña.

Era una calurosa noche de Junio. Jose Mari, con ojos misteriosos, miraba al cementerio. Su mirada reflejaba locura; una locura acentuada por la noche. Porque esa noche, la luna menguante le sonreía y las estrellas le guiñaban parpadeantes, él así lo creía.

Jose Mari era alto y de constitución media. Era de tez morena, aunque tenía los ojos claros. Sus dientes, aunque un poco torcidos, eran de un blanco impecable y, cuando sonreía, los mostraba todos.

Jose Mari se adentró en el cementerio; tal vez estaba allí la respuesta. Porque quería recordar. ¿Qué había ocurrido? No lo recordaba.

El cementerio era frío y lúgubre.

A Jose Mari se le ponían los pelos de punta. Allí reinaba el silencio. Su respiración agitada fue calmándose. Se tanteó los bolsillos en busca de la cartera pero, ¡no estaba! Quiso distraer su preocupación leyendo los nombres de las tumbas; pero lo único que hizo fue acentuarla.

En una lápida inmediata a él, aparecía su nombre. No, no podía estar muerto. Lo recordaría. Debía haber una errata. El corazón le palpitaba muy deprisa (señal de que estaba vivo), pero él no lo notó.

Leyó la inscripción entera. La lápida rezaba: <<Jose María Cano Martínez. 1950-1999. Tu esposa y la peña "La tasquita" no te olvidan>>.

¡UF! Suspiró aliviado, pues él no había nacido en el año 1950 ni se apellidaba Cano Martínez.

Siguió caminando.

Decidió no leer más nombres para ahorrarse otro disgusto. Pero una nueva duda le asaltó la mente. Al llegar a un claro se vio las manos manchadas de sangre. Se las limpió con un charco del suelo.

No encontró ninguna herida. La sangre no era de él. Observó un momento cómo se mezclaba la sangre con el agua. Entonces le vino a la memoria. Recordó gritos, muchos gritos; pero nada más. Decepcionado, salió del cementerio. ¿Había hecho daño a alguien? Si era así, ¿a quién?

La voz que recordaba haber oído no le ayudaba a descubrirlo; era desentonada, no le sonaba. Caminó por algunas calles y encontró la peña "La tasquita". Se plantó enfrente del letrero y pensó si debía acercarse a la gente. ¿Y si era peligroso? Decidió que tenía que probar, por lo tanto, entró.

Se sentó en la barra y pidió una cerveza. Se la sirvieron en un vaso muy sucio y prefirió no bebérsela. A su espalda se oyeron unos ruidos y gritos. Jose Mari se giró. La escena no le gustó en absoluto: unos hombres apostaban por una pelea entre dos de ellos. Iba a comenzar la pelea.

No podía permitirlo. Tenía que hacer algo; pero, ¿qué?

Se plantó en medio de los hombres y los separó. Uno de ellos iba a golpearle. Debía evitar el golpe. El puño ya estaba prácticamente en su cara, pero algo lo detuvo. Uno de los que apostaban lo había sujetado y empezó a dar gritos. Tenía mal aspecto y daba lástima.

-¡CONTRA ÉL NO TIENES QUE PELEAR!

Acto seguido se disculpó ante él. Jose Mari aceptó las disculpas, pagó la cerveza intacta y salió del bar. A pesar de no conocer de nada a ese hombre, le había ayudado.

Pero Jose Mari ya había oído esa voz gritando. Y no sabía de dónde. Volvió a mirar por la ventana. Vio a un grupo de borrachos haciendo eses y a un muchacho con cara de fumado con una sonrisa más triste que unas lágrimas. Volvió a ver al hombre que le ayudó.

Definitivamente no le sonaba. Se alejó de allí.

Pero al girar sobre sus pasos tuvo otro recuerdo perdido: Había estado rodeado de mucha gente que gritaba. Ese era el motivo por el que no identificaba la voz. Pero, ¿qué había hecho para que tanta gente gritase? Sus pensamientos frenaron cuando notó un dolor punzante en el pie. Se fijó en ellos y los encontró extraños; pero no acertaba a adivinar por qué. Pronto se dio cuenta de que estaba descalzo. Pero, ¿y aquellas vestiduras? Parecían unos uniformes…extraños, raros.

Pero, como a Jose Mari le gustó, siguió andando, aún estando descalzo. Anduvo un buen rato ordenando sus ideas hasta llegar a un valle, pero volvió sobre sus pasos otra vez a la ciudad. Un latigazo de pensamientos le vino a la memoria: se vio reflejado en un cristal, parecía feliz, y en la mano llevaba… Se asustó al ver a un gato arqueando el lomo y no recordó más. ¿Qué llevaba en la mano? ¡No podía soportarlo! ¡Necesitaba saber! Pero no sabía nada. Se agobiaba cada vez más.

De repente le asaltó una terrible duda: ¿Y si había dejado malherido a alguien? ¿Y si esa persona se estaba desangrando en ese momento? Debía recordar pronto. Esa persona, si existía, dependía de ello. Volvió al principio del valle. Esta vez siguió el sendero con los pies ya doloridos. A medida que se adentraba, los árboles se juntaban más; sin embargo, Jose Mari no se sintió agobiado ni oprimido. Tal vez, pensó, un grupo de asaltantes lo pillara desprevenido y le quitaran la cartera y él tuvo que defenderse con lo que llevaba en la mano. Era lo mejor que podía haberle sucedido. Otra cosa sería que él hubiera atacado a alguien con lo que llevaba en la mano. Eso no lo veía muy claro, porque, ¿dónde estaría la cartera? La mejor teoría era la de los asaltantes, sin duda.

Encontró un trozo de cristal de botella y, como un relámpago, le apareció un recuerdo: el individuo llevaba algo que le cegó. Eso no le decía nada. Podía haber sido cualquier cosa. Unas gafas, una botella, un plástico,… Cualquier cosa.

Se sentó, cansado de caminar y con los pies hechos polvo, en el borde del camino, en la hierba. Miró la luna menguante y las estrellas.

Si pudiera recordar.

Se lamentó de no ser una estrella, sin preocupaciones. Podía ser una estrella que formara parte de la osa mayor. Una estrella brillante. Una estrella… ¡Ya está! ¿Cómo pudo haberlo olvidado? Se tumbó en la hierba y rió alegremente.

Jose Mari recordó que había ido a un partido del Cádiz. Al final del partido, con la entrada en la mano, estaba muy contento: habían ganado por tres a cero. ¡Que magnífica jugada! Al hombre del bar, un hincha del equipo contrario que gritaba y se aporreaba la cabeza por la calificación de su equipo, Jose Mari lo frenó agarrándolo con las manos.

Era inevitable que se hubiera manchado de sangre.

Muy posiblemente había bebido una copa de más al celebrar la victoria y, por tanto, no recordó el paradero de sus zapatos ni cómo llegó al cementerio.

Jose Mari siguió largo rato mirando las estrellas y la luna sonriente.

Reía, reía a carcajadas.

Ya sabía la verdad y no debía preocuparse. Tenía ganas de gritar.

Se levantó y chilló al cielo: ¡Ese Cádiz, oé! Y así hasta llegar, por el sendero, a la ciudad.

LOCO POR LA NATURALEZA

Una vez más crucé las frías puertas del hospital psiquiátrico. El día era caluroso; pero dentro del edificio reinaba la más helada confidencia. Dementes y enfermeros iban de un lado a otro; esto señalaba que era la hora de las visitas y que los locos sin familia podían deambular por el hospital seguidos de algún que otro enfermero. Me coloqué el cartelito en mi chaqueta que señalaba mi cordura. Caminé decidida entre aquellas personas deprimentes. Me dirigía a recepción para buscar a mi tía Remedio, por quien sentía cierta lástima tras saber su estado de excitación. Mi tía Remedio estaba muy exaltada, tanto que llegó a colgarse de la araña de su casa. Al bajarla y preguntarle, declaró que no sabía cómo había subido allí arriba. Al fin la llevaron al hospital y de allí nunca más logró salir. Me acercaba a recepción cuando un joven se plantó ante mí. Llevaba el uniforme de los enfermos, por tanto, no le dirigí la palabra y seguí mi camino. Pero el joven volvió a plantarse delante de mí. La escena se repitió varias veces colmando mi paciencia.

-¡¿Qué quiere?!- pregunté impaciente pero llena de temor.

Él me miró con cierto interés pero no contestó. Cuando volví a caminar me hizo un gesto para que parara. Hice caso omiso de la señal y seguí; pero él volvió a detenerse delante de mí. No podía articular palabra. La desesperación recorría mi cuerpo. Entonces él habló.

-¿Alguna vez ha conocido a un Eduardo Ramírez?- Preguntó con el semblante serio.

-¿A qué viene esa pregunta? ¿Está usted loco?- Pero preferí no haber formulado la última pregunta. Él me miró con una expresión que definía que esa pregunta era muy importante.- Conocía a un Eduardo; pero no sé cómo se apellidaba- respondí creyendo que así me dejaría marchar. Comencé a andar; pero él me puso una mano sobre el hombro impidiéndome caminar.

-Te contaré la historia de Eduardo Ramírez. Él vivía en una casa en el centro de la ciudad. No estaba casado, pues tenía 16 años. Su tez era morena y sus ojos un poco claros. Tenía la barbilla prominente y los labios finos tapando unos dientes color marfil. Sus extremidades eran largas. Tenía que usar unas gafas con un ancho cristal para leer; aunque él no se las ponía. Eduardo era un enamoradizo. Las chicas se volvían locas por él y esto hacía crecer su ego, desarrollado más de la cuenta.

Simulé prestar atención mientras buscaba a un enfermero que me sacara de aquel apuro; pero la suerte estaba en mi contra y tuve que seguir oyendo el relato del desconocido.

-Eduardo salía con una chica diferente cada dos semanas. Después de este tiempo ellas se cansaban de él. Entonces se buscaba a otra, que aparecía fácilmente. No era bueno en el colegio y, aunque se presentaba a los exámenes y a las recuperaciones, nunca aprobaba.

<<La historia empieza una fría tarde de diciembre. Eduardo estaba en una cafetería con Silvia, su nuevo ligue. Era la primera vez que salía con ella y le estaba contando toda su vida. Él le escuchaba con entusiasmado interés; pero en sumo silencio. Tomaban unas pastas con café. Había conocido a Silvia en la pista de patinaje. Él ensayaba un nuevo salto y ella le miraba. Se cruzaron las miradas, él perdió el equilibrio y calló. Ella fue corriendo a levantarlo. Desde la primera palabra se gustaron mutuamente.

Silvia era delgada y un poco alta. Tenía el pelo liso y largo, de color miel. Sus facciones estaban muy marcadas.

A las diez se despidieron. Eduardo llegó a su casa a las once. Su madre saltó sobre él cuando entró ya que debía estar e casa hacía una hora. Edu escuchó la perorata en silencio. Se duchó, cenó y se acostó con el pensamiento de Silvia en su cabeza. A la mañana siguiente, en clase de ciencias, mientras la profesora Marta explicaba el trabajo que debían hacer, Edu dibujaba sin darse cuenta un corazón en su cuaderno. Marta se dio cuenta.

-Edu, ¿te has enterado de qué tienes que hacer?

-¿Yo?… esto…

-Voy a repartir unas semillas a la clase y durante un mes cultivaréis un Bonsái. En los apuntes que os he dado, tenéis cómo se cuida un Bonsái. ¿Has entendido?

-Sí.- Dijo secamente.

La profesora repartió las semillas cuando acabó la clase.

Acabó la jornada escolar. Edu volvía a casa con Rafa, su vecino.

-¿Qué tal te va con Silvia?

-¿Cómo sabes que salgo con Silvia?- preguntó Edu extrañado.

-Va a mis clases de inglés. No te aconsejo que te encariñes, enseguida se cansará de ti.

-¿Tú que sabes de ella? Tú no la conoces bien. Además, no podré olvidarla. Es perfecta para mí.

-Te aseguro que si te centras en el trabajo de ciencias, la olvidarás.

-¿Crees que la olvidaré con un simple trabajo? Mi amor es auténtico. Yo le quiero. Un trabajo no conseguirá que me olvide de ella.

-Te digo yo que sí. En tus manos está sacar buenas notas y olvidar un amorío.

-¿Quieres ver cuanto quiero olvidar a Silvia?

-Sí.

-Pues mira.

Sacó la semilla y la tiró en una grieta de la acera.

-¡¿Qué haces?!

-Adiós.- Dijo Edu entrando en su casa.

Toda la tarde esperó la llamada de Silvia que llegó a las ocho. Quedaron para mañana a las siete en la plaza mayor. Después, fantaseó pensando en Silvia. Por la noche se sintió entusiasmado contando las horas que faltaban para ver a Silvia.

A la mañana siguiente no pudo evitar mirar al lugar donde cayó su trabajo de ciencias; sólo estaba la grieta. Recordó la conversación con Rafa y se sintió mucho más fiel a Silvia que antes.

A las cinco comenzó a llover tormentosamente sin descampar. Por tanto, tuvieron que aplazar la cita. Edu se sintió dolido por la lluvia, que se había atrevido a separarlo de Silvia unas horas más. Se tumbó en su cama sin saber que hacer. Tal vez debería estudiar; pero no se concentraba. Aburrido, se asomó a la ventana. Pensó que en ese momento podría estar haciendo el trabajo de ciencias. Pero desechó esa idea de su cabeza; ya que había renunciado al trabajo por Silvia. Pasó como pudo la tarde y se acostó a las diez.

El día amaneció lluvioso como la tarde anterior. Mientras corría en dirección al colegio vio de refilón un pequeño tallo verde. Era su trabajo de ciencias. Pero en ese momento no se paró. Siguió corriendo hasta el colegio. Durante el horario escolar, pensó en la plantita que había crecido en una grieta de la acera. Pero su pensamiento volvió a centrarse en Silvia.

A las siete, había descampado y Edu estaba en la plaza mayor acompañado por Silvia. La encontró deliciosa y perspicaz. Casi sintió que el tiempo no se hubiera parado durante las horas que estuvo con ella. Tuvieron un triste despido y cada uno partió por su lado; como dos caminantes que cruzaron un par de palabras y seguían su camino. Durmió soñando con Silvia; aunque, por un instante, Silvia fue sustituida por la plantita.

Al día siguiente, le dio tiempo de contemplar su trabajo de ciencias. Había crecido. Edu se preguntaba cuanto. Mañana cogería un metro y la mediría.

El colegio le sorprendió con una sorpresa a la salida: Silvia había ido a recogerle.

-¿Cómo sabías cual era mi colegio?

-Me lo dijo Rafa.

Edu acompañó a Silvia a su casa y volvió a la suya tan feliz, que olvidó por completo a la plantita.

A las tres salió a la calle con un metro y midió su planta. Automáticamente entró para que nadie le viera. A las ocho estaba en el portal de Silvia. Durante dos horas disfrutó de la compañía de Silvia y charlaron mucho tiempo. Silvia salía media hora antes que él y sus colegios no estaban lejos; por tanto, ella le esperaría y él la llevaría a su casa.

Cuando volvía a su casa miró tiernamente a la plantita. Subió a su casa, cogió un vaso con agua, bajó y la regó. Comprobó que no había crecido más y subió definitivamente a su casa.

Por la noche se acordó de ella y, al ver que la noche era fría, se preocupó.

En el camino al colegio la miró durante un rato asegurándose que no había sufrido daños. Pero no le había pasado nada; era una planta muy fuerte.

A la salida le esperaba Silvia y charló con ella todo el trayecto, aunque le preocupó que le dijera que "tenían que hablar". Quedaron para el día siguiente a las siete y media en el portal de ella para aclararlo.

Edu volvió a su casa, no sin antes observar la plantita que crecía exuberante. <<Olvida eso. No es más que una raquítica planta y tienes problemas más serios, como que te va a dejar tu novia>>. Pero la volvió a mirar antes de entrar en casa. Pensó si debía regarla ese día otra vez. Por si acaso, lo hizo. Cuando la regó, hincó las rodillas en el suelo y observó atentamente la planta. No sabía de qué especie era. Decidió llamar a Rafa para enterarse. Subió velozmente y se abalanzó sobre el teléfono. Marcó el número de Rafa y esperó impaciente la voz de su amigo, que no tardó en escuchar.

-¿Diga? ¿Quién es?

-¡Hola, Rafa! Soy Edu. La planta del trabajo de ciencias, ¿de qué especie era?

-¿Por qué lo preguntas? Tú la tiraste.

-Sí, pero he pensado que puedo comprar algunas y hacer el trabajo.- mintió.

-Son semillas de Jacarandas.

-Gracias. Adiós.

-Adiós.

Y ambos colgaron.

Enseguida comenzó a documentarse sobre las Jacarandas. Encontró revistas sobre plantas y allí venían cosas de ellas. También pensó en ir a la biblioteca.

Por la tarde se llegó y sacó uno o dos libros. Cuando volvió a su casa saludó a la planta. Su madre le dijo que había llamado a casa Silvia.

-Me dijo que la llamaras en cuanto volvieras.

-Ahora la llamo.

-¿Qué traes ahí?- miró los libros- ¿Qué es esto?

-Es… para un trabajo, mamá.

-No me mientas.

-Es cierto. Si no, ¿para qué querría yo estos libros?

-Vale, vale- dijo su madre más tranquila,- cuando termines, llama a Silvia.

Después de tres horas, Edu había cogido todos los apuntes necesarios. Repasó los apuntes obtenidos y, al ver que estaban en orden, decidió que era hora de llamar a Silvia.

-¿Sí?

-¡Hola, Silvia! Soy Edu… ¿Qué querías?

-¿Acabas de llegar?

-No; pero tenía que copiar unas cosas y…

-¿Y eso era más importante que yo?- dijo con un tono de preocupación y un leve gimoteo que acalló.

-No; pero era muy importante. ¿Qué querías?- dijo con un poco de fastidio.

-Quería saber si estabas preocupado por lo que te dije.

-¿Qué me dijiste? No lo recuerdo ahora mismo.

-Que teníamos que hablar.

-¡Ah! Sí, me había preocupado.

-Ya se nota.- dijo Silvia con un poco de ironía.

-No… Si te refieres por la hora a la que te llamo… es porque… para no pensar más en eso.

-Vale,- dijo ella con un tono triste- ¿nos vemos mañana a la salida del colegio?

-¡Claro! Adiós.

-Adiós.

Colgaron al unísono.

Edu durmió mal. Se sintió mal por cómo había tratado a Silvia. Pero luego recordó en la plantita y en que Silvia le había quitado tiempo de repasar el material que tenía para ella y pensó que se lo merecía. Y se regocijó pensando que la había dejado al borde de las lágrimas. <<¡Y pensar que encima quería dejarme!>>. Pero, aún así, no durmió del todo bien.

En el colegio, Rafa le estuvo molestando preguntando si había comprado las semillas y por qué había decidido hacer el trabajo. Edu no le hizo caso en todo el día. A la salida vio a Silvia buscándole entre sus compañeros. Cuando le halló hizo algo que nunca hizo antes, le besó. Edu se sonrojó. La agarró por la cintura con un brazo y realizaron todo el camino en silencio. Antes de que Silvia se fuera le recordó a Edu:

-Ven a recogerme a las siete y media.

-Aquí estaré.

Edu siguió su camino feliz. Le esperaba una tarde llena de amor y locura. Pero el rostro le palideció cuando vio que a su plantita se le había caído una hoja. Al punto se tiró al suelo y comprobó que le faltaba agua. Subió y cogió un vaso para regarla. La planta lo agradeció y Edu creyó escuchar <<gracias>>. En su casa se comió la cabeza pensando qué iba a ponerse esa misma tarde. A las siete ya estaba arreglado y a las siete y cuarto se encaminó a casa de Silvia. Cuando salió de su casa miró a la plantita y observó con amargura que la planta no se hallaba bien. Por el camino pensó qué podría hacer; pero la planta fue reemplazada por la imagen de Silvia, más hermosa y exuberante que nunca. Le besó durante un largo rato.

-¿Sobre qué teníamos que hablar?- preguntó Edu.

-¡Oh! Por nada- se adelantó a aclarar- Me preocupaba algo ayer; pero hoy ya no me preocupa.

-¿Seguro?

-Segurísimo.

Eduardo sintió cómo se le quitaba un peso de encima. Pasaron una feliz tarde y ambos se despidieron quejumbrosos y entristecidos.

Pero al llegar cerca de su casa el chico se preocupó sobremanera al encontrar su planta pisoteada.

-¡Oh, no!

Se tiró al suelo y examinó al vegetal. Estaba en mal estado pero no había muerto. Eduardo se sintió emocionado por la fuerza de la planta y un ser en su interior saltaba de júbilo pero, a la vez, sentía deseos de incluso matar al que le había hecho eso a su plantita. Por el momento sólo la regó un poco y la sujetó a un palillo de dientes. Más no podía hacer. Cenó y se acostó muy tarde.

A la mañana siguiente se levantó muy tarde y, al bajar, no le dio tiempo de ver su planta. Por ello, toda la jornada escolar estuvo muy angustiado. A la salida la esperaba una radiante Silvia. Eduardo la saludó sin mucho interés. La llevó rápidamente a su casa y durante el camino casi no había abierto la boca. Cuando Silvia estaba en su portal, Eduardo comenzó a irse; pero Silvia le detuvo asiéndole del brazo.

-Eduardo, ¿qué te pasa?

El aludido no contestó. Sólo pensaba en la plantita a la que no había podido ver y tenía tan mal estado.

-¡Eduardo, ¿qué te pasa?!- volvió a preguntar Silvia- ¡Contéstame!

El joven no le miró. <<Sufre. Sufre que me das igual. Déjame partir junto con mi planta>> se dijo en sus pensamientos.

-¡¡Eduardo, dime algo!!- exclamó Silvia al borde de las lágrimas.

Eduardo contempló a su novia con expresión de desagrado.

-Algo- dijo de mala gana.

-¿Qué te pasa?- quiso saber ella.

-Nada.- Zarandeó el brazo.- ¿Me sueltas?

Silvia le soltó y contempló cómo partía.

Eduardo corrió hasta su plantita. Vio que se hallaba en mejores condiciones que la pasada noche. Subió a su casa y bajó con un vaso con agua. Acto seguido, la regó y volvió a subir a su casa.

Por la tarde llamó Silvia. Tenía voz de haber llorado mucho.

-¿Qué quieres?- preguntó Edu con disgusto.

-Sólo quería llamar para saber cómo te encuentras.

-Bien- dijo simplemente.

-Me alegro. ¿Qué te pasó esta tarde?

-Por última vez: nada.

-¡Eduardo! No me digas que no te ha pasado nada. ¿Por qué te fuiste tan pronto? ¿Por qué no hablabas por el camino? ¿Tienes… un lío con otra? Contesta con sinceridad, Edu. Estoy preparada.

-No tengo ningún lío con otra.- dijo con voz cansada, como si todo aquello le aburriese. -Hasta mañana.- Y colgó antes que Silvia le contestara.

Maldijo por lo bajo todo lo que le unía con Silvia. Odiaba a Silvia. Odiaba su estúpida voz y su patético llanto. Por primera vez se dio cuenta de que lo que odiaba de Silvia era que le separaba de su planta.

El resto de la tarde lo pasó en la calle, con su planta. Le preparó unas placas para protegerla del frío, del viento y de las pisadas. Cuando terminó su trabajo se sintió satisfecho y subió a su casa porque era muy tarde.

Los días siguientes fueron parecidos: Eduardo miraba a su planta por la mañana; a la salida acompañaba a Silvia hasta su casa lo más rápido que podía; volvía a mirar a su planta; por las tardes recibía llamadas de Silvia, a la que Edu odiaba cada vez más; bajaba y se quedaba un rato con su planta y, finalmente, se acostaba.

Pero, después de nueve días monótonos, Eduardo se despertó extraño. Se vistió, desayunó y, al partir hacia el colegio, miraba a su querida plantita.

La mañana fue dura e intensa. A la salida, Silvia le buscaba entre sus compañeros. Edu no quería verla. Se escondió en un grupo y, cuando estuvo fuera del alcance de Silvia, echó a correr hasta su casa. Su plantita seguía intacta. Decidió que esa noche guardaría el envase del yogur, lo limpiaría y pondría allí a su plantita.

Por la tarde recibió muchas llamadas de Silvia que nadie contestó. A las seis las llamadas cesaron. Edu pensó que Silvia se había cansado de llamar. Bajó feliz junto a su plantita, esperando que Silvia no les molestase más. A la hora de la cena, guardó el envase del yogur y lo limpió. Lo llenó de tierra y lo preparó para el día siguiente.

Se levantó bastante tarde y apenas pudo dirigirle una mirada a la planta. La jornada se le hizo eterna. A la salida le esperaba la pesada de Silvia. Edu, que no encontró a ningún grupo donde esconderse, salió disparado pasando delante de Silvia. Esta le siguió gritándole; pero se paró al final de la calle por falta de oxígeno. Eduardo siguió corriendo por si acaso. Cerca de su casa se sintió feliz y pensó que se había salido con la suya. Pero su alegría se esfumó al contemplar el lugar donde se hallaba la planta. Las placas se habían caído aplastando su bien más preciado. Sospechó que había sido derribada por la patada de algún insensible. Se echó al suelo rápidamente. Examinó la plantita; pero no cabía duda: estaba muerta. Eduardo sintió un gran vacío en su interior. Ya no quería saber nada de Silvia. Ya no le importaba que ella viniera hasta allí y le partiera la cabeza en dos. Ya no le importaba que sacara malas notas en el trabajo de ciencias. Ya no le importaba nada. El muchacho, tirado en el suelo, no tenía ninguna expresión. Pero todo no había acabado. Silvia llegaba por la calle. Eduardo no se dio cuenta y Silvia aprovechó la oportunidad yendo lo más rápido que pudo.

-¡¿Se puede saber que te pasa?!- le gritó estando a su lado. Edu no se asustó. La miró sin expresión alguna.- ¡¿Por qué has salido corriendo?!

-¿A mí me lo preguntas?- repuso enfadado pero sin ninguna expresión.

-¡¿A quién quieres que se lo pregunte?!

-A ti, por ejemplo.- Repuso él rabioso.

-¿A mí?- preguntó incrédula la aludida.

-¡Sí! Tú has cambiado. Al principio estaba locamente perdido por ti; pero ahora has cambiado de tal forma que hasta te…te odio.

-¡¿Qué yo he cambiado?! ¡¿Qué yo he cambiado?! Eres tú el que ha cambiado. Has cambiado desde el día que te dije que teníamos que hablar. ¡Ojalá nunca lo hubiera dicho!- La muchacha prorrumpió en llanto.

Eduardo la miraba sin dar crédito a lo que veía. Mientras Silvia lloraba le insultó e hizo que toda su frustración y su tristeza se fueran en forma de rabia y palabras obscenas dirigidas a Silvia. Cuando esta salió corriendo y llorando, el joven permaneció mucho tiempo junto al cuerpo inerte de la plantita. Edu la miraba sin creer que estaba muerta. Pero lo estaba. Estaba muerta. Su madre bajó al cabo de un rato y cuando lo vio tirado en el suelo comprendió que le había pasado algo. Le subió a su casa y le preguntó que le pasaba. Pero Edu seguía con esa misma cara sin expresión alguna. Sólo dijo que se acostaba y que no tenía hambre. Pasó tres días en la cama. Sólo salía para beber agua e ir al cuarto de baño. Al cuarto su madre trajo a un psiquiatra que, al cabo de cinco sesiones, decidió que lo mejor para Eduardo era meterlo en un hospital psiquiátrico y así lo hicieron. Allí permanece hasta el día de hoy>>.- El hombre terminó su relato.

-¿Cómo…cómo sabes esa historia?- pregunté reconociendo al protagonista y antes de que aquel hombre me contestara, vi una luz en mi mente.- ¿Eres tú Eduardo?

El demente enfermo me miró otra vez con cierto interés.

-¿Cómo me has reconocido, Silvia?- me preguntó recalcando la última palabra. Yo me asusté y me eché hacia atrás. Jamás pensé que volvería a ver a Eduardo; pero muchos menos que lo vería interno en un hospital psiquiátrico.

Él, por su parte, rió a carcajadas por vez primera desde que nos cruzamos ante mi cara petrificada mientras yo descubría que, en un tiempo, había sido la novia de un loco que se enamoró de una planta.

LEER Y HACER UNA RECETA A LA VEZ

En el cumpleaños de Cristina, decidimos hacer una fiesta sorpresa. Nos organizamos de la siguiente manera: Elena reservaría un lugar agradable; Puri compraría el regalo de parte de todas; Rocío llamaría a los invitados y yo haría la tarta (con la Thermomix).

En principio decidí hacer una sencilla, ya que en cocina no soy muy buena. Cogí el libro de repostería de la Thermomix y elegí una de almendras que, en la foto, tenía un aspecto delicioso. Empecé a hacerla la mañana del día del cumpleaños.

Los ingredientes para la cobertura eran:

150 g de almendras; 130 g de mantequilla; 100 g de azúcar y 50 de agua.

Y para el bizcocho eran:

150 g de azúcar; 3 huevos; 200 g de nata líquida; 200 g de harina; 1 sobre de levadura y 1 pellizco de sal.

Ya teniendo los ingredientes en la mesa comencé la preparación.

"Ponga en el vaso las almendras de la cobertura y programe 10 sg, vel. 3 1/2." (¡¿eh?!) Lo hago y sigo leyendo: "No deben quedar muy trituradas"(¡¿Quéee?!) Aparto la tapa y encuentro una papilla.(¡UF!) Lo vuelvo a hacer y sigo leyendo: "Póngalas en un cuenco grande y resérvelas." Lo hago. "Ponga los ingredientes restantes (¡¿todos?!) de la cobertura (¡Ah!) en el vaso y programe 3 min. a 90º C, vel. 2. (¡¿Me lo puedes repetir?!) Vierta esto sobre las almendras y reserve." (OK. Pero, ¿y las almendras? ¡Oh, cielos!) Lo dejo todo y busco las almendras, que se han ido por patas. Al cuarto de hora recuerdo que las dejé dentro del microondas. Las cojo y vierto los ingredientes ya preparados. Sigo leyendo: " Sin lavar el vaso (¡UPS! ¿Pasa algo si lo he lavado?) ponga la mariposa en las cuchillas." (¡¿Cuchillas?! ¡¿Mariposa?! ¡Que alguien me lo explique!) Pregunto a mi madre y al saber qué son, para qué sirven, cómo se utilizan y cómo se colocan sigo leyendo:" Eche en el vaso el azúcar y los huevos y programe 5 min. a 40º C, vel. 3." Lo del azúcar fácil, lo de los huevos no tanto. ¿Se supone que hay que echarlos enteros o sólo la yema? Vuelvo a atrás y confirmo que eran enteros. Echo el azúcar (excelente, ahora los huevos.) Me dispongo a echarlos pero con la mala pata de la caída de un trozo traicionero de cáscara dentro del vaso. Me vuelvo histérica por la desgraciada fortuna acordándome de toda la familia del huevo. (Tranquilidad.) Miro el reloj. (¡¿Cómo?! ¡¿Ya es tan tarde?!) Vuelve la oleada de locura histérica ya desaparecida. ( No, no, tranquilidad.) Como no la encuentro y es muy tarde lo hago como puedo y sigo leyendo:" Quite la temperatura y programe otros 5 min. a la misma vel." (¡Ah! Val. Lo he entend. Gra.) Lo realizo y sigo leyendo:" Añada la nata, la harina, la levadura y la sal y programe 4 sg vel. 1." Lo realizo pero con la mala suerte de echar en lugar de la harina una extraña sustancia de color negro y olor repugnante. ( ¡¿QUÉ OCURRE?!) Ocurre que equivoqué la harina con el perborato.

( ¡¿Cómo es posible? ¿ Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?)

Me doy cuenta de la hora y sigo con la tarta. Cambio todo y lo vuelvo a hacer.

Sigo leyendo:" Termine de mezclar con la espátula." ( ¡¿Espátula?! ¡¿Aparte de las cuchillas y la mariposa hay una espátula?! ¡ME QUIEREN VOLVER LOCA!) Buscando la espátula pierdo cerca de media hora. La encuentro y lo mezclo. Sigo leyendo:" Vierta la mezcla en un molde alto engrasado y enharinado ( ¡¿Tengo que hacer eso?!) e introdúzcalo en el horno, precalentado a 180º C, durante 20 min. aproximadamente."

( ¡Aaaaah! ¡No he precalentado el horno!) Pierdo 20 valiosos minutos precalentándolo y meto el molde en molde en el horno.

Sigo leyendo:" Pasado este tiempo, desmolde el bizcocho, extienda por encima la cobertura…" (¡¿Qué dices?! ¡¿Los 20 minutos eran con el bollo dentro?!)

Lo dejo allí, perdiendo otros 20 minutos. Sigo leyendo:" …e introdúzcalo de nuevo en el horno de 10 a 15 min a la misma temperatura." (¡BUAAAAAA! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?)

Sofoco mi llanto, lo hago y sigo leyendo:" Deje enfriar el bizcocho sobre una rejilla y espolvoréelo con azúcar glass." (¡¿Azúcar glass?! ¡Antes no lo dijo! ¡¿DE DÓNDE SACO AHORRA AZÚCAR GLASS?!)

Cojo azúcar normal y corriente, lo muelo en el mortero y lo echo.

Y lo que salga salió.

¡Lo único que sé es que las recetas la leeré ENTERAS antes de hacerlas!

EL MÚSICO

I:

En un pequeño pueblo de la Riada se hospedaba Don Ricardo Gómez.. Era un hotelito pintoresco y, en ocasiones, ruinoso. Pues más de una vez se ha salvado por los pelos de la muerte. Si no es porque se le cae una pared sobre la cama en la que suele estar durmiendo, es porque cae un trozo de techo sobre la mesita donde suele comer. Suerte que en esas catástrofes no estaba él presente. Pero a él le agradaba ese hotelito. Sin razón alguna le agradó desde que llegó a ese pueblo de la Riada remotamente alejado de la civilización.. Le agradó el tono azulillo de la pared, que desentonaba con la blanca melodía de las demás casitas y comercios. Le agradaba los ventanucos que también salían de compás sobre las balconadas de las demás edificaciones. Don Ricardo Gómez era músico y, como la mayoría de los músicos, todo en su vida tenía una vaga relación con la música. Escribió algunas melodías que, indudablemente, sentó fatal a los oídos de los oyentes, y no salieron al mercado. Por eso estaba en aquel pueblo de la Riada, para entonar melodías tan claras como el amanecer, tan misteriosas como la luna llena y tan risueñas como el caer del agua desde la catarata Edgarda. Era una cataratilla que no llegaba a los tres metros de altura, pero era dulce su canción monótona al llegar a su destino. Y era tierno el salpicar de las pequeñas olas que formaban al bajar. La catarata Edgarda era la principal atracción del pueblo de la Riada. Sin ella, este pueblo habría extinguido hace milenios. Don Ricardo Gómez pensaba que aquel lugar era muy antiguo, pero no, tendría nueve décadas, casi un siglo, cosa que no importó al músico, él pensaba que era de la época de los dinosaurios y a ver quien le echaba a perder su imaginación. Don Ricardo Gómez se pasaba el día en la cima de la catarata Edgarda. Allí estaba una mujer que también se pasaba el día sobre la catarata. Una mujer menuda y campechana y, poco a poco, comenzaban a tener diálogos entretenidos. Pronto averiguó que se llamaba Malena y era sagitario. Empezó a componer melodías con Malena. Melodías que se vendían bastante, y comenzó a vender discos y, en poco tiempo, se hizo famosísimo. Ya era muy rico, pero había algo que le sentaba mal. Era que Malena no recibía nada, a pesar de su gran ayuda.

-Malena me gustaría decirte que todas las canciones se han vendido…

-No sabes cuanto me alegro.- le interrumpió Malena.

-Verás, el caso es que te debo la mitad del dinero, sin tu valiosa ayuda no lo hubiera logrado nunca…

-¡Oh, no, de ninguna manera! Ese dinero es tuyo.

-Que no, mujer, que tu me has ayudado mucho.

-No, no lo quiero.

-¡Sería injusto para tí si yo me lo quedo todo!

-¡Yo no me lo merezco! ¡¡¡ No lo quiero!!!

-¿Por qué no?

-¡¡¡Muerta, acabo muerta!!! ¿Me oyes? ¡¡¡Muerta!!!

-¿Qué dices, mujer? El dinero no mata, al revés, permite una vida mejor.

-Es igual, no lo quiero, apártalo de mi vista.

Ricardo se fue asombrado, pero más asombrado se quedó cuando en cuatro días Malena no apareció por las cataratas Edgarda. "¿Qué le habrá pasado? Sin duda no viene porque sabe que la espero. ¡En fin!". Al cabo de unos días Malena volvió a las cataratas Edgarda. Ricardo se alegró, porque tenía ganas de ver a su amiga.

-Oye, no he vuelto por el dinero, así que no me lo des.- amenazó nada más ver a Ricardo.

-Tranquila, si no lo quieres, peor para tí.

-No lo quiero. Pero veo que tu sí. ¿Sabes que el dinero no trae la felicidad?

-Pero ayuda a encontrarla. Además, eso lo dicen los que no tienen ni un céntimo en el bolsillo.

-¡No sabes lo que dices!

-¿No? Yo creo que sí

-¿No tendrás mucho dinero, verdad?

-¡Muchísimo! Las canciones y los discos se vendieron enseguida. No hay chiquillo que no sepa mi nombre.

-Y eso te alegra. ¡¡Vas a acabar muerto!! Si, has oído bien. ¡MU-ER-TO!

-¡Exageras, mujer!

-Que no exagero. Aquí, quien se hace famoso, acaba muerto.

-¿No estarás celosa? Escucha, hablo en serio, si te hace falta el dinero, me lo pides.

-¡¡¡¡Que no lo quiero!!!! Atiende, te aconsejo que abandones este pueblo.

-No abandonaré este pueblo. No me alejaré de él, no me alejaré de las cataratas Edgarda, no me alejaré de mi hotelito pintoresco y, en ocasiones, ruinoso. No me alejaré de él. Me ha hecho famoso, si lo abandono, todo se irá abajo. No puedes obligarme a irme. ¡¡No puedes!!

-Ya veo, si esa es tu decisión, eres libre de elegir. Pero no esperes que vuelva a las cataratas Edgarda. No quiero tener nada que ver con esto. No quiero tener nada que ver contigo.- Y, diciendo esto, Malena se fue. Una extraña tristeza oprimió a Ricardo. Pero, en unos instantes, la tristeza se convirtió en ira y furia.

-Vale, vete. Mejor, todo el dinero para mí. No vayas a pedirme ni un céntimo, porque no te lo daré.- Pero, aunque Ricardo gritó, Malena estaba lo suficientemente lejos para que le fuera imposible escucharle.

Los días pasaban lentamente. Ricardo iba a las cataratas Edgarda, pero Malena no estaba allí. "¡Maldición! ¿A que va a ser verdad que no va a volver?". Pensaba él. A veces gritaba su nombre, y otras intentaba buscarla, pero Malena, no apareció. Ricardo perdió todo contacto con Malena. A las pocas semanas, Malena estaba tan aburrida que no pudo aguantar más y fue a las cataratas Edgarda. "Si esta Ricardo me voy o paso de él" pensaba. Pero al llegar no se encontró a nadie. Se quedo un rato y se marchó. Cuando llegó a su casa, se encontró con cinco hombres que le esperaban.

-¿Dónde lo tienes?

-No tengo el dinero, no lo acepté. Lo juro.

-Malena, ¿Piensas que nos lo vamos a creer?

-¡Es la verdad!

-¡Y pensar que eras la mejor en estas cosas! Pero cometiste un error. Te separaste de nosotros- Uno de ellos la asió del brazo.

-¡Déjame!- Malena forcejeaba por soltarse.

-¿Pensabas que éramos tontos? ¿Pensabas que nos ibas a engañar?- Ahora, otro le agarró el brazo libre.

-¡No lo tengo!- Malena no se rindió.

Intento defenderse pero era tarde.

II:

Por la mañana, al despertar Ricardo, se encontró con la criada delante de él.

-¿Qué pasa?- se asustó al ver su cara irónicamente ladeada y sonriente.

-Señor, a Malena, la mujer que siempre se encuentra con usted en las cataratas Edgarda…-

-No, ya no nos reunimos allí.- le interrumpió Ricardo, dolido por esa verdad.

-Si el señor me permite que continúe- Ricardo asintió- a esa mujer la han encontrado muerta…- Su cara pareció divertida al decir estas palabras mientras la de Ricardo palidecía.-… en su casa. Estaba todo revuelto, y ella, en el centro del salón, estrangulada.

-¿¿¿Qué??? ¿Qué alguien la mató?

-Si señor, murió esta noche, lo ha dicho el forense del pueblo.

-¡Que horror! Es escalofriante. ¿Y saben quien fue?

-No, no han dejado huellas.

-¿No "han" dejado huellas? ¿Qué te hace suponer que eran unos pocos?- La asistenta se ruborizó.

-¿No lo cree usted también? Malena sabía protegerse muy bien de ataques, pero es imposible salvarse de unos pocos a la vez..

-Tienes razón. Es lógico.

Esa misma tarde se celebró la misa de difuntos. Ricardo llevaba un traje negro de domingo. Su cara y su camisa hacían juego: las dos estaban blancas. Al acabar, todos se alejaron de la capillita y se fueron. El único que se quedó fue Ricardo. Se acerco al ataúd, aún abierto, y, rozando los gélidos brazos con la punta de sus dedos, se despidió de su amiga.

Esos últimos días Ricardo vivió mas asustado que nunca. No dijo que era rico pero un famoso no necesita presentaciones. Recordaba las palabras de Malena: "¡¡Vas a acabar muerto!! Si, has oído bien, ¡MU-ER-TO!". Ricardo sintió escalofríos, pero ya era tarde para marchar. Era tarde, muy tarde. Tendría que esperar su destino sentado en una mecedora, y, cuando llegase, tendría que ver cómo le arrancaba la vida que le quedaba. Otra cosa no podía esperar. Ya era tarde para echarse atrás y volver.

Un miércoles a medianoche, Ricardo venía de la taberna. Estaba algo mareado, pero más por sus pensamientos que por el vino. Hacia dos meses que había muerto Malena y ese miércoles, Ricardo, pensaba en todo lo sucedido y recordó su imagen, tan real que sintió el impulso de salir corriendo y abrazarla y ver, por fin, que sólo fue una pesadilla. También pensó en marcharse de aquel infierno pero borró esa idea de su mente porque, como bien sabía él, ya era demasiado tarde. Absorto en sus pensamientos no notó la presencia de dos hombres que cortaron su paso. Entonces Ricardo comprendió lo que sucedía y, con ansiedad, intento batirse en un duelo, consciente del peligro de la situación. Pero, aunque lo intentó, no logró nada, ya era demasiado tarde.

III:

El miércoles fue la misa de difuntos de Ricardo. Fue una misa muy bonita, se diría que preciosa. Al acabar, solo quedaron algunos familiares del fallecido. Los ciudadanos se marcharon, posiblemente a sus casas, pero sólo posiblemente.

IV:

Todos los ciudadanos llegaron a la hora prevista. ¿Y cuál era la hora prevista? ¡La hora que los ciudadanos decidieron que fuera la hora prevista! Entonces apareció el alcalde con un escultor detrás de él.

-¡Aquí!- dijo señalando con el dedo amenazador sobre una piedra- Escriba: "Don Ricardo Gómez. Músico famoso."

-¿Debajo de todos estos nombres?-

-Exactamente, somos el pueblo con mayor número de famosos muertos en nuestras tierras, ¡Pronto seremos famosísimos, saldremos en el libro de los récords!-

-¡Viva el alcalde! ¡Viva!- Se oía un griterío mientras el alcalde idolatrado se inclinaba ante su pueblo. El escultor, asombrado, no decía nada. Sólo calculaba el número de nombres que tendría que escribir, porque esta gente: famoso que veían, famoso que mataban…


Volver a Relatos Cortos...

 



        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online