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MATAR Y MORIR EN EL EXTRANJERO


Por Daniel Alejandro Gómez
arboces@yahoo.com.ar

 
MATAR Y MORIR EN EL EXTRANJERO

Toda literatura goza, o padece a veces, de ideas; la operación ficticia contiene un material que puede ser trasladado a la veraz vida del lector. En ocasiones, por demás, el verbo imaginario requiere, más en uno que en otro autor, una apoyatura filosófica para explicarlo, para entenderlo; incluso para la estética inteligencia del mismo. Por supuesto, su literaria cualidad no se ve menoscabada, la teorética del autor no lo explica todo, como se verá; pero ciertas notas sobre la filosofía, o cuando menos, la ideología trascendental, como la falta de sentido y valores, que subyace a la escritura, a la autoría de un relato, son importantes y explicativas. Albert Camus, con ese amplio afán de las letras, sean de puro arte o de sagaz pensamiento, escribió en El extranjero una literatura que se deja elucidar, muchas veces, en la filosofía de a pie de su protagonista; de la intensa individualidad, para morir y para matar, que es Meursault.

En esta historia, con hondo calado existencial, asistimos, así, a una doble faz de la muerte; a la acuciante pasión que se inicia con la noticia del deceso de la madre del protagonista hasta culminar, pasando por el crimen, en la condena y su propio ajusticiamiento. Meursault, un oficinista de la Argelia colonial, nos va relatando, confesivo, ásperamente sincero, su vida en un lenguaje que sufre una indiferente crudeza. Por ejemplo, son notables las descripciones del calor, del paisaje, durante el camino que lleva a su madre al cementerio; como abstrayéndose de un hecho, normalmente, crucial y pático. En efecto, en el velorio de la madre, el narrador no llora; se exhibe y piensa insensiblemente, lo cual dejará un tendal de indicios para el juicio posterior a su crimen. Sus respuestas, continuando con el aspecto lingüístico, son inerciales; está a punto de casarse, por ejemplo, pero le dice a su prometida que el hecho de quererla o no carece de importancia.

Camus dijo que el principal problema filosófico era el suicidio; desde este punto de vista, por lo tanto, la vida o la muerte de Meursault, la vida o la muerte de los que rodean a Meursault, cobran capital importancia para la intelección argumental. Entre la vida y la muerte, o su sentido o significado, se debate el narrador, ante sí mismo y ante la humanidad; y ya está a punto de matar y de morir…

El protagonista, así, vuelve a la vida normal; se entromete, más por la mecánica de las cosas que por otra cosa, en los sórdidos asuntos de un hombre que, repentinamente, le tiene confianza; éste hombre, Raymond, carga un problema con unos árabes; Meursault, pues, mata a balazos a un árabe. Ha elegido, entonces, matar, ya que vive una vida que le inspira absurdidad, falta de trascendencia religiosa o mandatos sociales plausibles; como, por ejemplo, la ley, eclesiástica, civil o filosófica, de no matar. En el asesinato del árabe, que desembocará en la ironía del juicio, el protagonista, rodeado por la circunstancia de una naturaleza opresora-¿el calor de la playa argelina?-, permanece junto al árabe y dispara, como si cediera el gatillo; sin embargo, eligiendo, palabra afín al existencialismo, una voluntad propia que trasciende el inocente vaivén de la naturaleza, sigue disparando sobre un cuerpo inerte. Aunque el narrador nunca lo explica, si bien en parte achaca al calor su acción criminal, ha optado la muerte del otro; los códigos, celestes o terrenales, no han podido influirlo, y sólo el mundo indiferente y absurdo es lo que tiene que aceptar; sin reglas que otorguen una finalidad razonable, todo está permitido. Como la vida en general no tiene significado, el asesino, acaso, concluye que matar es algo tan inexplicable como Dios. ¿Pero será Meursault igualmente, como ante la muerte del otro, indiferente ante su propia muerte?

Las reacciones del protagonista frente a la mortal angustia, como víctima y como victimario, como agente y como paciente, como asesino y como asesinado-Camus estaba en contra de la pena de muerte-, es lo que se propone este ensayo. El asesinato del árabe, si bien íntimo, pues el propio sujeto del relato lo ha cumplido, no es tan individual, tan concreto acaso, como el propio cara a cara letal del oficinista. Meursault, apático, posee una cierta ética asesina, pero no sabremos hasta el final si su práctica moral es también suicida, o, para entenderlo con más rigor, si acepta su condena a muerte, como ser humano que carece de la piedad postmortal de las religiones y las construcciones especulativas humanas. Y así asistimos, al fin, a la aplastante ironía camusina del juicio; Meursault se declara culpable; narra, abrumadoramente impersonal, los acontecimientos del proceso: el hincapié que se hace acerca de que Meursault no ha llorado por su madre-debido a los testigos del velatorio-es más importante, imputando Camus a la palabrera persuasión judicial, que el hecho de haber éste matado a un hombre. Las instituciones legales, cargadas de hipocresía tanto de verbo como de concepto, inquieren al marginado, al extranjero de esta tierra, y a su consecuente falta de valores ortodoxos; y así el hombre arrojado al mundo indolente tiene todavía más causas turbadoras; es aquí donde se nota que la sociedad de los valores juzga al individuo que no cree en nada, exceptuando el propio absurdo, la insondable voluntad del universo y de los seres; penosa conciencia, pues, que debe vivir con plenitud el asesino; una conciencia que permite rechazar el suicidio, según los ensayos del importante autor franco-argelino; pero que, ateniéndonos a la novela, no logra rechazar el asesinato…Meursault es condenado a pena capital; tanto como ha matado, ahora ha de morir.

En la cárcel, va a visitarlo frecuentemente un capellán. Meursault declara que no cree en Dios. Está tan entregado a la insensibilidad de las cosas, que le dice al religioso que no tiene tiempo de ocuparse de Dios. Hay explosiones emocionales de ambas partes. El capellán representa palmariamente el orden transmundano que quiere engañar, según la novela y el autor, la falta de finalidad, de teleología, en los hombres, tanto para la vida como para la muerte; una vez que el capellán lo deja solo, el asesino se enfrenta a sus pensamientos. Dice que ha sido feliz. Que siempre ha sido feliz. Acepta entonces el mundo impertérrito, la humanidad inhumana (carente también de significado); así, pues, el exacerbado individuo se prepara para recibir la muerte, la condena que todos cargamos sobre los hombros.

Es menester decir, por último, que Camus objetaba que, sin embargo, no todo estaba permitido; y que un deber-por ejemplo, el de no matar- podía ser, como las otras, una caprichosa, como vehemente, permisividad. Su Meursault, sin embargo, ha aceptado su vida y, sobre todo, su muerte; pero eligió matar a un hombre. Él se complace en la conciencia del absurdo; de la falta de sentido de una vida que al final declara feliz, y de su propia extinción; aunque en ello deja deslizar, acaso, que los métodos del juicio hipócrita fueron falaces, pero no su culpa. Así, la filosofía de Meursault, no pudiendo desentrañar si según Camus o según la escritura de Camus, ha sabido morir, sí, pero no ha sabido, en fin, permitirse dejar de matar.

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