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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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POEMAS


Por Daniel Alejandro Gómez
arboces@yahoo.com.ar

 
POEMAS

HORIZONTES INMORTALES

Calles de barrio,
de soles nítidos, palpables;
crepúsculos
que se besaban con los adolescentes,
o al amor taciturno que se refugiaba
en los ancianos.
La bella humildad de las zanjas
donde se ensuciaban las lunas;
quizá el barro de unas estrellas negras.
Auroras: los oros y rosados, jóvenes;
pan de pájaros y de brisas;
noche, con la luz ya enmudecida,
la sal de los sexos y de la muerte.
El viejo da con su fin, y
omite jactancias de mármol-
tumba fugitiva-; su pampa, ataúd
de llanuras, cereales y caballos.
Jugaban los chicos en el barrio,
como un ágora de inquietas mariposas.
Calles cubiertas de polvo, mustio
solar de menguados ladrillos,
de reja senil y lluvioso tejado.
Teníamos nostálgicas huellas
de gaucho, y un maíz que aún
le lloraba al polvo de sus indios.
Y a lo lejos,
las aguas patrias:
el río, meciéndose
en su leyenda morena. El ancho soplo
de las orillas mulatas,
donde las proas ansiosas
atracaron nuestra sangre.
Nos han legado, al fin,
la gloriosa extensión
de incesantes horizontes de espadas y de lágrimas.
Acaso, pues, me sueño
que los hombres allí nunca muertos seremos,
siendo que sus horizontes
nunca muertos serán.


AMIGO DEL MAR

Puede parecer lejano el mar,
suspirando leguas de espuma y yodo azul;
acaso cegarnos, pero déjenme contar
que al infinito lo sé invisible, remoto,
compasivo.
Un Caribe de arenas nevadas, de sangre verde,
las ásperas oleadas del norte, blancas
noches que duermen sus glaciares,
orillas pampeñas de tiznado sabor,
fiordos temblorosos, Cabo de Hornos
agitando tumbas valerosas…
Su sol ocultando el crepúsculo
en el horizonte; el cielo
abriendo sus venas; para que la aurora
se nos derrame sonrojada en las nubes.
Son, sí, grandezas que me alivian;
me acompañan y acompañaron.
Algún viento, escucho, trae una voz de sal,
el llanto sutil del marinero taciturno;
y cierto barco, en la derrota de la popa,
como legando
una sudada de jazmín y de lirio en la estela.
Confieso que él, majestuoso,
me vigila a un niño en sus confines;
y guarda el muchacho que fui.
Ha escondido todos mis rostros;
las vidas que pude vivir,
también las que me tocó morir.
Atesora tanto mi historia como a la historia…
Están todavía, entonces, las tozudas huellas
del galeón,
o el osado reposo infortunado del pirata,
y la sanguinaria proa de los vikingos,
que acaso asomaron,
frígidos, los dioses a las Américas.
La muerte, pues, quiso saludar
a sus tempestades y a sus guerras;
yo escruté en esas viejas desgracias:
las vísceras doradas y plateadas
del Potosí, las naciones sepultas,
los naufragios tejiendo laberintos de huesos.
He mirado en él
una imberbe, ya antigua mirada.
Vi cómo veían sus ojos de coral:
el espejo infinito, irreprochable;
es ahí, entre ilustres desdichas,
que el mar
aceptaba y consolaba mi adolescencia.
Y ahora, pues, en un fondo
de soledad sabia, ocultamente felices
y olvidadas, pude dejar en paz
a mis jóvenes lágrimas.

SILENCIOSAS MARIPOSAS BLANCAS

Mariposas blancas salen de tus sonrisas,
cuando en la noche disfrutas desnuda,
con la geografía de la luna en tu luz,
con las estrellas bañando tu mirada.
Pero no me hablas por la mañana:
eres críptica y misteriosa, como las noches,
donde los árboles duermen y cantan
sus liras en tu cuerpo, nítido
y reticente de vestido y de pudor.
La noche nos ama en silencio,
nosotros amamos a la noche, calladamente.
Mariposas blancas salen de tus sonrisas.
En tus dedos tienes mi carne ardiente,
y en mi sangre palpitan las naranjas de tu piel,
y en mis labios tengo tu sabor de coral;
el color crepúsculo de tus besos, secos de verbo.
Somos cuerpos que conversan en la noche;
hablamos horas, en el susurro de los sexos.
Pero la mañana duele, cuando te vas.
Ahora, de tu mudez, revelo mi pluma; hago
crear palabras que me crean a mí mismo.
Yo quisiera que estuvieras en ellas,
como la noche que cesa tus vestidos;
y la luna y mis manos pueden tocarte,
pero mis poemas te tocan en el alba.

ESPINAS EN LA PIEL

Huelen a mujer
las rosas desnudas al sol;
son brindis de sus besos
aquellas ebrias acequias de viñar.
Sí, el sol cubrió su tez
con bello, tierno escudo de bronce…
y que acata mi tacto libido.
Ah, sombras de mujer,
en los reflejos del agua.
Las viejas estatuas pálidas,
allá en las grecas orillas de los pontos,
tienen también sus sombras
de blancas risas.
Ofrendan al arte tu exacta carne fidiaca;
el diseño ardiente de tus senos;
tus ubérrimos labios,
con que tallaste en sangre mi cuerpo.
Ah, las manos felinas; ah, la tígrida mirada:
Qué terror el olor a mujer,
que desprenden las rosas abiertas:
Belleza solar en la pulpa del polen,
carne de oro vestida de fino pétalo.
Ya tus manos, en arduos rayos
recreadas, la cesan de la tierra;
y cierras mis ojos sexuales con la flor;
y cubres manos mías con sus espinas.
Que desde la piel te otorgan
las rojas gotas de las almas.

PESCADOR DE LUNAS

Desconsoladas olas
de dulce miel morena,
tocando con besos de arena
los juncos, agujas de la orilla
hilando la cansina y nublada majestad
de la brisa.
Un pescador de turbulentos
ojos insomnes, los cabellos
en largas penurias castañas,
arrojó su ansiedad en el sedal
de sus hambres.
Desconsoladas olas.
Paseando sus fangos oscuros,
el río deja el insulto de una sombra
en la arena charra y cimarrona.
Piedad para el pescador; el cielo
le desciende
limosnas de sangres y de oros.
Tarde bondadosa, relojes de luz
velando pálida la luna.
Crepúsculo que nada tatuado
en la escama fugitiva del pez.
Una red de poca fortuna al agua,
entre lentas espumas de plomo.
Desconsoladas olas…
Llorando en la red vacía.
El anzuelo está desierto, el río
suspira, nocturno, en los aceites
de un oleaje plateado.
Mi pescador lleva a sus espaldas
la seca red y el sedal derrotado,
y la noche
ya le guarda su plato de luna serena,
de hambre blanca.


DESPUÉS

El cielo, bandeja de miel; servidos
los ocres labios
en la aurora del bosque.
Madera de árbol, nidos
de liras nudosas
que las músicas de Apolo
empuñan para el cazador.
En la tierra han surgido las semillas
de una cabaña, palizal erizado
como aterrados cabellos. El cristal
de sus ventanas sabe la pálida intimidad
de la nieve; en la chimenea,
el fuego ríe sus dientes de azufre y sangre.
Bajo el techo de la soledad.
Una cama, en el sueño lacónico del cazador.
Fraterna soledad. Y una escopeta
asó a sus ciervos y jabalíes, y las ásperas
carnes le sangran venas de vida más roja,
de bravos tratos con la nevisca que platea
sobre el agudo pinar. Fiera amistad montaraz,
con sus insólitas faunas,
y las intactas pescas del río,
donde el hombre se baña el alma,
y flota en los blancos jabones de la espuma.
Aguarda el paso de las luces,
los indómitos humores del cielo;
deceso rubio y bronceado de follaje,
el día en la toga purpurada. Cazador
buscando apresar sueños fugitivos.
Y la soledad insufló su nariz; arcilla mordaz
de costillas sin mujer: estricta melancolía.
Tumbas que acechan. Tierra con hambre y sed.
Las flores, los bosques, la vida; el más allá
ha de crecer
de los lentos y satisfechos deshielos de su carne.
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