Solíamos jugar a las bolitas, que en
España se llaman canicas. Era en el colegio, el viejo
colegio número cuatro, de Vicente López. A
la entrada, como para desalentar a cualquier muchacho de
sanas travesuras, estaba el impávido busto de Sarmiento,
todo bronce y eternidad, con una mirada de las más
temibles. Bueno, todo aquel lugar olía a viejo, y
para consolidar el asunto había una placa a la entrada
que nos arengaba en letras de oro toda su heráldica,
su prosapia, tan bueno como el vino añejo. Las maestras
nos inculcaban nuestra dignidad de aristócratas infantiles.
Nos hablaban de siglos pasados, de ranchos, de campos. De
los tiempos en que la calle Fondo de la Legua, donde estaba
la escuela, era un camino de carros, todo de barro más
antiguo que con el que se hizo Adán. Así que
entrábamos ahí con aires y solemnidades de
respeto; las demás escuelas eran bondadosamente despreciadas,
novicias. Tenía la escuela un gran patio. No había
señal alguna de honra histórica en él,
a no ser la leyenda de una gran palmera que nos decían
que la había plantado el mismo sujeto de la mirada
ceñuda de la entrada, hombre grandioso y de sabiduría
gigantesca, grande entre los grandes, según nos enseñaban
los manuales. Decían que él había fundado
el colegio, en los bíblicos tiempos en que antes
que polvo éste hombre hubo de ser carne, malhumorada,
sí, pero carne al fin. En todo caso, a él
nunca le importaron mis opiniones, ni las de ningún
otro miembro de aquel colegio, pues "el viejo",
como lo llamábamos, mantenía con nosotros
todo el trato que puede esperarse de una estatua; es decir,
que ni siquiera nos dirigía la palabra. Bueno, estábamos
con el patio. Ahí, en el patio, había un árbol,
a unos metros de la palmera. Ya diré porqué
recuerdo tanto cómo jugábamos a las bolitas
en el recuadro de tierra que tenía el árbol.
Poseíamos un escenario, en un salón de actos.
Los camaradas más apreciados podían ufanarse
de haber pisado las tablas histriónicas de muy jóvenes,
con uniformes azules, combatiendo contra unos odiados muchachos
de rojo, que eran irremisiblemente vencidos, tal como lo
decía la historia, aunque como la historia en tal
circunstancia jugaba de local la cosa siempre se exageraba.
Las guerras habían vencido a los españoles,
y nosotros los seguíamos derrotando siempre, cada
Nueve de Julio o Veinticinco de Mayo. Los libros escolares
hacen lo mismo, generación tras generación;
y claro que no dejan de decir la verdad, aunque, cuando
ya me hice grande y más aguafiestas, pensé
que aquellos libros decían una demasiada verdad.
Nunca me dieron las medallas por aquellas guerras que ganamos
en el salón de actos, pero me imagino que nuestros
servicios a la patria serán recordados.
De repente, por aquella época, los
pechos se llenaron de celeste y de blanco, la bandera resplandecía
en el mástil, ni que el mismo Belgrano se hubiera
levantado de la tumba para levantarla en persona, sentíamos
que hasta el tipo del busto se ablandaba un poco y parecía
sonreírnos con sus dientes de bronce helado, y en
todas las voces, al empezar el día, se cantaba por
las islas del sur que se combatían desde un tal Dos
de Abril. Pasados los meses, hablando en serio y con dolor,
tuvimos que descubrir- nosotros, las maestras, y acaso personas
más serias y por ello más románticas
e insensatas- que la guerra era algo más que un escenario,
con el detalle de que había muertos y heridos, y
no solamente españoles de firme acento rioplatense
tendidos en el escenario. Bueno, yo estaba muy enojado con
todo aquel asunto. Todos lo estábamos. Las glorias
de aquellas paredes, que habían visto a la mismísima
estatua majestuosa, que acaso sus dedos metálicos
las habían rozado; todos aquellos laureles que nos
legó el tiempo, todo parecía perdido, inútil.
Entonces se produjo un hecho prodigioso. Donde jugábamos
a las bolitas, en que estaba el recuadro de tierra, un día,
a un muchacho se le hundió la pierna izquierda en
la tierra que se había abierto como por arte de magia.
Lo sacaron de allí. Y luego unos obreros vinieron
y descubrieron que, debajo de la capa de tierra, había
una débil coraza de madera, y bajo ella, oh sorpresa,
un aljibe seco. Se produjo una honda emoción en el
colegio. Claro que el aljibe no servía para nada
a nadie, excepto para los obreros, que no creo estuvieran
conformes con sus servicios, y para la historia de nuestro
colegio, que le sacó mejor provecho, claro. Ello
era una reliquia que venía a recordarnos los tiempos
idos; ella remojó nuestros laureles y los puso verdes
otra vez, nos llenó los pechos de escarapelas y cintas
patrias y le dio varios acogedores discursos a la directora.
Un aljibe más real para todos que la maligna realidad
de aquellos meses. Pudimos esconder los vientos del sur,
las heladas dolientes, las tormentas frías de allá
abajo, en los escondrijos de la memoria. El aljibe era nuestro
cobijo, nuestro pañuelo, la madre que nos acariciaba
el orgullo; un amigo, una especie de triunfo microscópico,
pero por ello más íntimo y sólido que
las magnánimas proezas de los soldaditos pechados
de cartón azul. Era la prueba de que éramos,
en efecto, importantes; en él veíamos nuestra
gloria, misteriosa, esquiva, incitante. Se sometió
a un examen el aljibe y surgieron varias historias sobre
él; de qué tiempo era, cómo lo habían
tapado, etcétera. Y todas eran tan bien trabadas
y tan sesudas, que, lógicamente, no había
dos de ellas con las que te pudieras quedar con un poco
de parecido. Nuestras maestras, en medio de la bienintencionada
confusión general, tantearon que allí, por
los fondos subterráneos del colegio, podría
haber pasadizos secretos, tan y tan secretos que nunca fueron
encontrados; si no contamos a la imaginación, que
siempre echa una mano en este tipo de cosas. Pero nuestro
aljibe fue tapado con una sólida y realista capa
de cemento, para que nadie cayera en él. Nosotros
buscamos más aljibes, y también los benditos
pasadizos, de la época de la colonia, decían
las teorías más encantadoras. Luego los actos
siguieron, las batallas de traje de cartón continuaron,
y cantamos la marcha de Malvinas por unos meses más.
La gloria no da elección, prefiere las batallas a
los sentimientos. Pero muchos empezamos a pensar que en
los manuales y sus historias de guerras procéricas,
y en la altísona placa donde se nos echaba en cara
la historia del colegio, allí, pues, no estaba la
gloria. Yo era muy pequeño, más creído
y creíble que ahora; tuve la idea, pues, de preguntarle
a la estatua, así, a bocajarro, sobre los pasadizos,
pero por lo que sé aún hoy no se trata con
nadie. Fue siempre un tipo altivo, no se le movía
un pelo. De hecho no tenía ninguno. En todo caso,
muchos de su tiempo insinuaron que era igual de afable tanto
muerto como vivo. Son cosas de la historia. Y de verdad
que comencé a pensar que la misma estaba bajo una
capa de cemento, oculta. Hoy, quienes estén en ese
colegio y pisen la capa de cemento, están pisando
la historia, la verdadera, la de los sentimientos. Yo, al
menos, ahora me lo sé.
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