Una gota golpea la ventana, la joven levanta la vista para volver a bajarla un instante después, de vuelta a sus pensamientos.
Poco a poco la tarde se llena de rítmicos golpeteos contra la ventana, las hojas de los árboles, los coches, los peatones. Ruido ambiente que ahoga el sonido de sus apagados sollozos.
Las lágrimas acuden a los ojos, los inundan y finalmente desbordan con el primer parpadeo siguiendo la vía de escape que proporcionan las pestañas y el lagrimal. Silenciosas, creando fantasmales torrentes se deslizan las lágrimas siguiendo la curva de la nariz, por las pálidas mejillas. Mientras que las primeras acaban su recorrido en la comisura de los labios, donde su sabor salado se hace ahora presente; las otras quedan suspendidas un instante en la línea que separa la mandíbula del vacío antes de precipitarse al suelo, confundido su triste y suave sonido con el alboroto de la lluvia procedente del exterior.
Cuando cae la noche, el llanto ha cesado, el viento silba con fuerza entre los árboles, y la joven duerme, respirando profundamente. |