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RELATOS


Por David Herrero Sánchez
davherrero@yahoo.es


RETRO TABULUM

Una noticia inquietante recorre el mundo entero estos últimos días. Se trata de una de esas noticias que unen el pasado con el presente, el ayer con el hoy. La historia deja de ser algo pasado y muerto para convertirse en algo muy actual y vivo. Una vez más el arte es el protagonista, ya que es la huella más tangible de la historia.

En una galería de Londres van a ser subastados cuatro cuadros de Francisco de Goya y Lucientes, de los cuales, no se tenía ninguna noticia. Se desconoce su procedencia pero poco a poco se van conociendo pequeños detalles. Se descarta que se hayan sacado de España en fecha reciente y se sospecha que puedan pertenecer a algún particular.

En España la noticia causa una gran expectación y algunas voces piden que el Estado compre las obras del pintor aragonés, pero el presupuesto para nuevas adquisiciones artísticas solo podría comprar una de las pinturas, cosa impensable, porque las cuatro van a ser subastadas juntas, debido a que están unidas a un sagrario y un tabernáculo de mármoles y bronce.

La galería de arte argumenta que la subasta se hará en conjunto para respetar su aspecto original, aunque las malas lenguas opinan que se trata de una estrategia comercial para conseguir un mayor precio.

Salta a la vista que se trata de un retablo, pero nadie se atreve a datarlo ni a decir su origen. Los expertos, historiadores del arte, solamente se atreven a hablar de la iconografía de las pinturas. Resulta evidente que el primer cuadro representa el misterio de la Concepción de la Virgen Santísima en trono de ángeles y en la gloria del Padre eterno. El segundo trata el tema de un santo español armado caballero, que podría ser Santiago Matamoros o San Hermenegildo. El tercero muestra a San Benito Abad derribando ídolos y el cuarto y último a San Bernardo abrazado a una cruz.

Después de un sinfín de pruebas, tales como la del famoso carbono 14 y radiografías, y de estudios historiográficos, se llegó a la conclusión de que las pinturas estaban enmarcadas en mármol de León y de que los diseños del soporte arquitectónico respondían a un academicismo propio del período neoclásico español. Fue una época en que se estilaba el configurar los retablos con pinturas en vez de esculturas, y en la que una ley de Carlos III obligaba a realizar los retablos con mármol para fomentar que los artistas dejaran de usar la madera como material. Una ironía de la historia, ya que en España abunda la madera, pero el mármol es un bien escaso y de mala calidad. Sin duda se trataba de un intento por innovar los retablos y así conducirlos a las nuevas tendencias artísticas europeas de la época.

Todo son suposiciones en lo que se refiere a su procedencia concreta, porque son temas muy comunes de la pintura religiosa de finales del Siglo XVIII. En cuanto a su datación, los expertos británicos señalan como fecha exacta la de 1.784 debido a una pequeña inscripción en uno de los lienzos, concretamente en el del santo armado caballero. Las ciudades que se barajan cómo lugar de origen son Madrid y Zaragoza.

Las pinturas proceden de un particular ruso que vive en San Petersburgo y que no ha querido dar su nombre a la prensa, pero ha dado algunas pistas de cómo llegaron estas pinturas hasta su país: se hacen públicos unos documentos, en los cuales se hace referencia a la lejana fecha de 1.945. Cuando el ejército soviético entró en un Berlín en ruinas.

La escasa cantidad de archivos relativos a miles de obras de arte sustraídas a los alemanes, hace difícil sacar algo en limpio de los mismos por dos motivos fundamentales: lo precipitado de su sustracción y la falta de documentación por parte de los soldados rusos, que simplemente se ocuparon de embalar las obras para que fueran trasladadas a Moscú con sucintas notas como “Escuela Española del Siglo XVIII. Temas religiosos. Pinacotecas de Berlín”.

La mayoría de los archivos artísticos alemanes habían perecido durante los bombardeos de los aliados, especialmente de los soviéticos. Además el deplorable estado de conservación en que se encontraban las obras de arte, hacía más difícil si cabe, la identificación y datación de los cuadros y las esculturas.

Con el paso del tiempo se atribuyeron las pinturas del retablo a Goya y fueron trasladadas a Leningrado años después. Allí pasaron desapercibidas durante medio siglo entre las obras de las pinacotecas que existen en los palacios de Catalina la Grande de la actual San Petersburgo. Este anonimato fue estimulado por las autoridades soviéticas, ya que pretendían ocultar estos tesoros artísticos al mundo entero para evitar así posibles reclamaciones futuras. Curiosamente, la corte de Catalina la Grande ofreció la posibilidad a Goya de ir a trabajar para la corona rusa, cuando éste se encontraba de viaje de estudios en Roma, allá por el año 1.771. Invitación que Goya declinó.

Era un misterio saber cómo habían llegado a manos de un coleccionista particular los cuadros de Goya, pero no era difícil imaginar que la caída del comunismo en Rusia y el extraño enriquecimiento de este amante de las artes habían tenido algo que ver en todo este turbio asunto.

El millonario ruso era un oscuro personaje fruto de la especulación y del expolio del decrepito y decadente sistema soviético. Era tal la cantidad de divisas que le debía el estado ruso a este individuo, que se vio en la necesidad de venderle por un precio irrisorio una de sus más destacadas piezas de arte.

En España no se conservaba noticia alguna relativa a los cuadros de Goya, pero en París se encontraron documentos referentes a su origen. Se pudo averiguar que el retablo español fue llevado de España por las tropas de Napoleón durante la guerra de la Independencia en el año 1.812. Concretamente cuando los franceses eran hostigados por las tropas anglo-españolas del general Wellington y se retiraban hacia los Pirineos. Ahora la duda radicaba en cómo habían llegado a Alemania. La respuesta era bien sencilla para el común de los mortales. Una vez más fue el saqueo de un ejército invasor el que había dado cuenta de tan suculento botín. Todo el mundo pensó en la segunda guerra Mundial y en la ocupación de los nazis, pero era una conclusión errónea. El retablo con las pinturas de Goya fue vendido por un burgués de Burdeos a unos nobles bávaros, los cuales se lo regalaron al káiser de la Alemania unificada, Guillermo I, después de la guerra Franco-prusiana. Como es lógico pensar, este burgués no quería deshacerse de cuatro Goyas, teniendo en cuenta la fama que había adquirido este pintor gracias, fundamentalmente, a la admiración que por él sentían los artistas románticos e impresionistas franceses. Pero la posibilidad de que estos nobles le robaran el retablo o se lo compraran por poco dinero bajo amenazas, hizo que este ciudadano de Burdeos consiguiera un precio razonable y olvidara su apego sentimental por esta obra de arte. No olvidemos que Francia estaba ocupada por los ejércitos prusianos, y éstos, no se caracterizaban precisamente por un carácter razonable cuando querían algo de un enemigo vencido.

Berlín a finales del Siglo XIX se convirtió en una metrópoli que intentaba emular con sus museos y bibliotecas la grandiosidad artística de otras capitales europeas como París, Londres o Viena. De ahí que este retablo pasara a las colecciones de pintura del Imperio Alemán.

El santo español armado caballero fue un tema muy apreciado en Alemania porque simbolizaba los valores de la cultura cristiana occidental y además, subliminalmente, evocaba un romanticismo guerrero en la línea del ideal preconizado por las óperas de Wagner y que tuvo lecturas posteriores durante el Siglo XIX y XX. Pero el nombre del santo fue siempre un misterio. En el pasado hubo quien aventuró que se trataba de San Jorge o de San Miguel pero tras un detenido examen de la pintura, un nuevo dato hacía presagiar un giro inesperado en su origen, y por ende, de todo el retablo. Se llegó a la conclusión de que se trataba de San Raimundo de Fitero armado de caballero en el sitio de Calatrava. La toponímia resultaba más que evidente: ¡era el santo patrón de una orden militar española!.

La pista era muy reveladora. Se sabía dónde buscar. Debía de ser un encargo de la Orden de Calatrava al pintor Francisco de Goya. Aunque, como es lógico, esa ciudad no tenía porque ser necesariamente su lugar de origen porque la Orden de Calatrava tenía presencia en varios lugares de España desde la Edad Media.

Cuando se habló de la posibilidad de que el santo fuera Santiago Matamoros se barajó el nombre de la Orden Militar de su mismo nombre, que era la más importante en el Norte de España, pero la Orden de Calatrava era la más importante en el Sur.

Durante el Siglo XVIII la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando dotaba de artistas a todo el reino y un nombre de gran importancia en esta institución apareció en escena, se trataba del ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. Hombre culto interesado por las artes y las letras, cuyo aciago destino dificultaba aún más la labor de investigación.

Durante el Siglo de las Luces las órdenes militares tenían colegios por toda la geografía nacional, pero solamente un colegio de la Orden de Calatrava estaba íntimamente ligado a la Ilustración y, por ende, a Jovellanos. Se trataba del Colegio de la Orden Militar de Calatrava de la ciudad de Salamanca.

Madrid y Zaragoza empezaron a ser descartadas en esta infructuosa búsqueda para dejar sitio a Salamanca.

Francisco de Goya y Lucientes siempre mostró cierto interés por la ciudad de Salamanca. Siempre decía que quería conocer la auténtica Castilla, no la Castilla cortesana de Madrid. Pudo conocer el palacio de La Granja de Segovia, pero era más de lo mismo.

La lectura de El lazarillo de Tormes causó honda impresión en Goya. Gracias a ello, quería conocer la legendaria ciudad de Salamanca. Una ciudad de la que había oído decir que estaba construida con piedras de oro y que las fachadas de sus edificios estaban adornadas con hermosos relieves cincelados por plateros.

Goya sabía de la existencia de obras pictóricas de artistas muy importantes como José Ribera, Guido Reni y hasta del mismísimo Pedro Pablo Rubens en la ciudad del Tormes. Todo este exacto conocimiento de las pinturas existentes en Salamanca se debía a la relación de amistad que mantuvo Goya con la duquesa de Alba, la cual le contó cómo su linaje había surgido de un castillo muy cercano a Salamanca, que se encontraba en una villa que dio nombre a su familia. Dicha villa se llamaba Alba de Tormes.

La Universidad de Salamanca era vista en el Aragón natal de Goya como la lumbrera de Castilla y en Madrid como un antepasado directo de la Universidad de Alcalá de Henares. Además el pintor aragonés se movía por los círculos liberales de la corte, en los cuales había gran número de intelectuales venidos de las colonias americanas y que le hablaban a Goya de la fama que tenía la Universidad de Salamanca en los territorios de ultramar.

Los expertos rechazaron en un principio la hipótesis de Salamanca debido al lugar secundario que adquirió esta ciudad durante el Siglo XVIII, pero la existencia de una carta fechada el 10 de octubre de 1.784 de puño y letra de Francisco de Goya, referente a la terminación de los cuadros que iban a ser colocados en el retablo, hicieron de esta hipótesis la más plausible. Además, Goya y Jovellanos se conocían, siendo este último el que apalabró al artista aragonés para pintar estos temas alegóricos del origen de la Orden de Calatrava.

La carta de Goya decía así: “El primo. de trece pies de alto y su mitad de ancho que representa el misterio de la Concepción de la Virgen Ssma. en trono de Angeles y gloria con el Padre eterno; el sego. a Sn. Raymundo de Fitero armado de caballero en el sitio de Calatraba en el Pays, su alto de tres varas y dos de ancho; el tercero y el quarto son iguales, su largo tres varas y ancho una vara y tres quartos, y representan aquél a Sn. Benito Abad derribando Ydolos, y aqueste a Sn. Bernardo abrazado con una cruz, todas figuras del tamaño maior que el natural... Ha procurado el artista observar la naturaleza, usando de todas las partes del arte para mayor desempeño”.

Jovellanos fue el que “podó” la fachada barroca del Colegio de Calatrava de Salamanca para convertirlo en un edificio menos barroco y más neoclásico, siendo este un hecho que corroboraba el origen de las pinturas.

Otro singular capricho del destino, era el hecho de que Jovellanos fuera embajador de España en Rusia, siendo este último país el que había poseído el retablo durante más de medio siglo.

La subasta comenzó en la galería de arte londinense, siendo el mayor espectáculo mediático de todos los tiempos. Prácticamente había televisiones y periodistas de todo el mundo. Tuvieron que improvisar una enorme carpa cerca de la sede de la galería, con una pantalla gigante, para poder albergar tal número de personas. Naturalmente, la subasta sería retransmitida en tiempo real por Internet.

Se rumoreaba que el precio del retablo de Goya podría superar el de los famosos girasoles de Van Gogh, tema especialmente puesto en escena por los marchantes de arte para conseguir, si cabe, un poco más de expectación.

La sala de subastas parecía una catedral medieval lista para una misa solemne. Toda ella estaba llena de bancos, estando los primeros reservados a distinguidos invitados de la alta sociedad, como si se tratara de príncipes de antaño. A ambos lados de un retablo real, se encontraban los cooficiantes dela ceremonia, los encargados de recibir órdenes de una voz “divina” y anónima al otro lado del teléfono. Los auxiliares de servicios y los vigilantes de seguridad de la galería, eran los monaguillos y el caballero que realizaba la subasta era el obispo de esta catedral laica, que dirigía la ceremonia desde su púlpito.

Mientras todo esto ocurría, la ciudad del Tormes contemplaba, entre impotente y atónita, la subasta de un pedazo de historia charra que iba a ser entregada al mejor postor, o mejor dicho, al peor impostor. La alegría inicial de los salmantinos al volver a ver a alguien que se había ido hacía muchos años, se transmutó rápidamente en desconsuelo al comprobar que nunca retornaría a casa.

La puja comenzó muy alta, pero tras unos instantes de cierta quietud, se transformó en astronómica. Los que pujaban por vía telefónica no defraudaron, echaban por tierra las ofertas de los asistentes físicos que allí se encontraban. Naturalmente, el duelo monetario estaba siendo copado por norteamericanos y japoneses. No hay que olvidar que la mayor parte de los museos norteamericanos están plagados de arte europeo y que, por ejemplo, fue un japonés el que compró los girasoles del maestro holandés. Ambas culturas tienen un apetito voraz por la vieja Europa, siendo su potencia económica el catalizador de sus deseos más ocultos.

Cuando todo parecía haber acabado, siendo el comprador invisible nipón el que iba a tomar el relevo en esta carrera por atrapar el famoso retablo de Goya, el invisible norteamericano lanzó un último intento por conseguir su pedacito de cultura. Logrando desbancar al japonés y convirtiéndose casi en un héroe olímpico por haber corrido tanto y tan bien en esta larga y ardua carrera de sudor frío.

Un estruendo se apoderó de la sala, primero bajo la forma de una gran exclamación de sorpresa, luego bajo la de un enérgico aplauso cuando el señor del mazo golpeó su símbolo de poder contra el púlpito en el que se encontraba. Mientras, la señorita que representaba al millonario yanqui se sonrojaba y reía como si ella hubiera sido la que había obrado tal prodigio.

Una compañía aérea norteamericana se comprometió al transporte del retablo hasta Nueva York, lugar donde residía el misterioso multimillonario norteamericano. Así la compañía aérea consiguió una excelente publicidad, solamente pagando el transporte de los lienzos, del sagrario y del tabernáculo de mármoles y bronce.

Una obra de arte española más iba a ser trasladada a la “big apple” de los yanquis. Hubiera sido interesante que la hubieran expuesto en la sección española de un museo neoyorquino al lado de las miles de obras artísticas de Castilla y León que en esa ciudad se custodian, tales como los famosos claustros de Harlem.

El rico norteamericano tuvo la imperiosa necesidad de enseñar a sus paisanos el ejemplar que había capturado en España. Ni corto ni perezoso lo donó durante unos meses a uno de los enormes museos de Nueva York, quién sabe si por vanidad o por el simple hecho de ganarse ciertas voluntades, dado que su nombre se hizo público. Resulto ser un halcón de la informática que estaba siendo acosado por sus constantes intentos por monopolizar el mercado tecnológico mundial, de ahí el posible deseo de caer simpático a la gente.

En pleno apogeo del éxito de la exposición del retablo, que eclipsaba por completo al resto de piezas que se mostraban en el museo, un joven historiador del arte salmantino apuntó un hecho desconcertante en un periódico local de su ciudad. Tuvo que demostrar al redactor de dicho diario que no estaba loco y que todos los datos que tenía eran ciertos.

La teoría de este inquieto joven resultaba simple y contundente: las medidas del retablo expuesto en Nueva York no coincidían las del soporte arquitectónico del Colegio de la Orden de Calatrava de Salamanca, único resto del conjunto artístico que se conservaba en la capital charra.

La respuesta de los expertos norteamericanos fue rápida y certera: las sucesivas restauraciones del Colegio de Calatrava habían modificado las medidas del soporte arquitectónico del retablo. Asunto que fue rebatido inmediatamente en Salamanca, porque se tenían perfectamente documentadas todas las intervenciones hechas al edificio barroco, no tocándose en ningún caso el altar de la capilla del colegio. Ni siquiera con intervenciones puntuales.

El fantasma del fraude artístico sobrevolaba Nueva York y Londres. Aunque no se sabía en qué momento de la historia se había cambiado el retablo original por la copia, se descartaba que tuviera conocimiento de ello la galería de arte londinense, ya que esta institución no se hubiera expuesto a un escándalo tan feroz que la desprestigiaría. No obstante el millonario norteamericano amenazaba con llevar el caso a los tribunales, y la galería de arte declinaba toda responsabilidad en el vendedor ruso, el cual había desaparecido.

Entre todo este caos, lo que si se sabe con certeza es que las pinturas de Goya fueron enmarcadas con mármol de León debido a la sugerencia del rector del Colegio de la Orden de Calatrava de Salamanca, Ibáñez de Corbera, y que los diseños de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando fueron aprobados por don Ramón Durán y llevados a cabo por el arquitecto Alonso Sabas de la Fuente.

Tras la derrota del general francés Marmont en la batalla de Arapiles, el 22 de julio de 1.812, las tropas francesas saquearon la ciudad de Salamanca. Lo que no pudieron llevarse lo destruyeron. Perdiendo Salamanca casi la mitad de su patrimonio histórico-artístico.

Siempre se echaba la culpa del saqueo de obras de arte a los franceses en aquel tiempo. Si bien es verdad que en la mayoría de los casos esto fue así, no podemos ignorar la responsabilidad directa o indirecta de los españoles en algunos robos. Por ejemplo, el caso que nos ocupa: alguien tuvo que indicarle a los franceses la existencia y la localización del retablo de Goya. Quién sabe si en todo esto tuvo algo que ver la presencia en Salamanca de Ramón Durán y Alonso Sabas de la Fuente los días posteriores a la derrota francesa. Quién sabe si, en una guerra que en muchos aspectos fue una guerra civil, estos dos liberales, temiendo ser juzgados por afrancesados, ayudaron a los franceses a sustraer el retablo del Colegio de Calatrava para así tener un sostén económico en su destierro de Francia.

En Salamanca, como en tantos sitios de España castigados por la guerra de la Independencia, se seguirá culpando a los saqueadores extranjeros de todo expolio, ocultando así los desmanes propios.


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