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EXPOELEARNING 2009.

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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS

Por David Ríos Cubero
DAVIDDRIOS@telefonica.net
¡NO MAMÁ, NO!

Como todas las tardes madame Marchand sentada en una silla de ruedas que empujaba una robusta enfermera, ascendía lentamente por la suave pendiente que la llevaría a encrestar el altozano desde el que se divisaba el mar.
A su lado caminaba su hija Ivette.
Las tres figuras vestían de negro, con una sola nota de alivio blanca en los puños y cuello de la enfermera.
Cuando llegaron arriba instalaron a la enferma a la sombra de un árbol e Ivette se acercó al muro de protección del acantilado y se quedó largo rato mirando al mar.
La señora Marchand había ido recobrando la memoria perdida tras el accidente, pero a nadie se lo había comentado porque esperaba en silencio.
Cuando regresó Ivette la llamó con un gesto y le dijo:
Ivette, c'est le temps de la vérité!
Ivette la miró sobresaltada y le preguntó:
- ¿Qué quieres saber, mamá?
- ¿Por qué no tocas el piano?. ¿Es por tu padre, verdad?
Ivette asintió:
- ¡Sí, mamá, es por él!
- ¿Cuánto tiempo hace?
- ¡Seis meses! - respondió Ivette con lágrimas en los ojos.
- ¡Dile a la infirmière que venga!
Ivette se acercó a Margot que leía sentada en un banco y le dijo:
- ¡Mi madre parece que empieza a despertar y quiere que vayas!
Ivette no quiso inmiscuirse en lo que su madre tuviera que decir a Margot y se quedó atrás.
Vio como la enfermera con algún esfuerzo subía la silla de ruedas a un lugar más elevado. Sin duda su madre quería tener una visión más amplia del mar.
Después vio a Margot alejarse hacia la fuente con el termo en la mano y recordó que a su madre siempre le había gustado el agua de ese manantial.
La señora Marchand miró el muro y calculó que debería tener unos. ochenta centímetros de altura y que en línea recta la separaban escasamente doscientos metros.
Deslizó su mano sobre la rueda izquierda y quitó el freno. Después, miró a ambos lados y muy lentamente quitó el de la rueda derecha. Se asió a las llantas y las fue girando con suavidad..
Las ruedas comenzaron a moverse y la silla se deslizó por la pendiente cada vez más deprisa.
- ¡Ciento cincuenta metros! - pensó.
La silla bajaba cada vez con mayor rapidez y madame Marchand calculó como en sueños:
- ¡Cien metros nada más!
Y pensó en un instante:
- ¡El impacto me hará volar sobre el muro y en tres minutos el mar habrá acabado con mis sufrimientos!
- ¡Cincuenta metros!
En ese momento escuchó el grito desgarrado de su hija:
- ¡Mamá, nooo! ¡Los frenos, pulsa los frenos!
La señora Marchand reaccionó al oír la voz de su hija y tiró con fuerza de los frenos que detuvieron el giro de las ruedas, pero la silla siguió su loca carrera hacia el muro patinando sobre la hierba.
¡Estaba ya muy cerca!¡Veinticinco metros!.
De repente surgió una valquiria que se lanzó en plancha sobre el manillar y consiguió desviar la trayectoria de la silla que siguió corriendo paralela al muro. Margot se dejó arrastrar aferrada al eje trasero y la silla al fin se detuvo enredada en unas matas de juncos.
Margot se puso en pie y restañó con un pañuelo la sangre que manaba de las heridas de sus piernas y brazos.
Tenía el uniforme manchado y destrozado.
Ivette llegó corriendo y se fundió en un prolongado y emocionado abrazo con Margot.
Después muy lentamente se acercó donde estaba su madre y le preguntó muy seria::
- ¿Mamá qué ha ocurrido?
Su madre respondió:
- ¡Un estúpido accidente!
- Intenté incorporarme para ver si podía caminar y accioné sin darme cuenta los frenos.
- Menos mal que Margot es una buena corredora, que si no ahora estaría en...
La señora Marchand besó a su hija; después acarició con enorme ternura los rubios cabellos de Margot y le susurró:
- ¡Gracias Margot, sé que te debo algo más que la vida!
Margot emocionada le palmeó el brazo y le dijo:
- ¡No tiene importancia! ¡Lo principal es que está sana y salva!
Madame Marchand le replicó con una triste sonrisa:
- ¡Hasta cierto punto querida Margot, hasta cierto punto!
- Y ahora olvidemos el incidente y volvamos a casa.
- Quiero que Ivette vuelva a tocar e piano por papá, por vosotras y por mí.
Entraron en el salón e Ivette se sentó al piano.

LAS BELLOTAS

Desde los bordillos de las aceras Niño Raro y sus amiguitos contemplaban ensimismados el paso del Escuadrón de Caballería, que bajaba por la calle Larga en columna de a dos.
Los caballos resoplaban y de sus narices surgían impresionantes chorros de vapor.
Eran los días finales del mes de Octubre y hacía frío, mucho frío.
Los niños bien abrigados, esperaban impacientes el paso de los jinetes que al llegar junto a ellos, refrenaban sus cabalgaduras y les ofrecían bellotas.
- ¡Gracias, mi teniente!
Así llamaban los niños a los soldados.
Con el tiempo cada niño tuvo su teniente..
- ¡Adiós mi teniente!
Decían los niños.
- ¡Adiós chavales, hasta la próxima si Dios quiere!
Con los bolsillos llenos de bellotas, agitaban sus manos hasta que los jinetes doblaban la esquina.
Cuando Niño Raro decía:
- ¡Gracias, mi teniente! - el soldado sonreía.
Le llamaba la atención los enormes estribos en los que el soldado llevaba metidas las botas y admiraba lo bien que gobernaba el caballo con las bridas que sujetaba con su mano izquierda..
- Adiós Niño Raro hasta dentro de siete días.
- ¡Ah, mi caballo se llama Nevado!
Niño Raro se quedó boquiabierto mirando al jinete que espoleó suavemente su montura.
Nevado tenía una mancha blanca en la frente.
Niño Raro estuvo todo el día haciéndose esta pregunta:
- ¿Cómo se habrá enterado de que me llamo Niño Raro?
Bueno, pensó, lo habrá oído decir a alguien.
Con Julito, uno de sus mejores amigos se metieron en la casa derruida a comerse las bellotas
Niño Raro propuso:.
- ¡Vamos a guardarle algunas a Niño Albino que le gustan mucho !
Julito estuvo de acuerdo y dijo::
- ¡Sí, claro, pero prueba éstas verás que dulces están!
- Las mías también están muy dulces.
- ¡A lo mejor son de la misma encina!
- ¡Puede ser! - asintió Niño Raro.
Guardaron media docena para su amigo y se comieron las demás mientras comentaban lo bonito que tenía que ser galopar.
La sirena de la Fábrica les anunció que había que volver a casa.
¡Era la hora de comer!
Transcurrió una semana más y Julito fue el primero en dar la voz de aviso:
- ¡La Caballería! ¡La Caballería!
Todos corrieron a las aceras.
Cuando pasó su teniente y le dio las bellotas, Niño Raro le preguntó:
- Mi teniente ¿Cómo ha sabido usted mi nombre?
Y él con una sonrisa y guiñándole un ojo le respondió:
- ¡Me lo ha dicho un pajarito!
Comenzaba el mes de diciembre y a pesar del frío allí como siempre, en los bordillos de las aceras, estaban los niños esperando el paso de la Caballería.
- ¡La Caballería! ¡La Caballería!
- ¡Pero hoy vienen muy pocos! - gritó alguien.
¡Y así era en efecto!
A medida que se aproximaba el escuadrón se notaba que faltaban caballos y jinetes.
Niño Raro buscó a Nevado.
¡Y lo vio!
Pero un temblor le recorrió todo el cuerpo.
¡El caballo venía sin jinete!
El animal al llegar a su altura se detuvo como tantas veces lo había hecho...
El soldado que venía detrás le dio unas bellotas que Niño Raro cogió casi sin mirar y preguntó:
- ¡Y mi teniente!
- ¿Dónde está mi teniente?
El caballero le contestó: :
- ¡Se ha ido con su madre!
La réplica de Niño Raro fue espontánea y certera:
- ¿Al Cielo? - preguntó:
El soldado asombrado miró al niño, bajó la cabeza y con la fusta tocó a Nevado para que continuara la marcha.
Niño Raro con su intuición lo había comprendido.
Se guardó las bellotas en los bolsillos y llorando corrió a refugiarse en los brazos de su madre.
A partir de aquel día, todas las noches y durante mucho tiempo Mama Prida y Niño Raro rezaron una oración por el teniente.
Ni aun de mayor, Niño Raro lo ha olvidado y si en alguna ocasión volvió a comer bellotas...

¡Siempre le dejaron un amargo sabor de boca!

Extractado de Las Memorias de Niño Raro
David Ríos Cubero
Madrid

EL PERRO RABIOSO

Dócilmente, como si de antemano conociera su destino el perro subía por la calle Larga sujeto por una soga, cuyos cabos sostenían dos soldados que portaban sendos fusiles.
Detrás y cerrando la marcha, caminaba un tercero que además del fusil cargaba con un pico y una pala.
El animal bajaba por el centro de la calle sin poder desviarse ni a derecha ni a izquierda, ya que con un tirón de la soga lo hacían volver a su sitio.
Un vecino preguntó a los soldados:
- ¿Lo vais a matar?
- ¡Tenemos orden de hacerlo!
- ¡Ha cogido la rabia!
Niño Raro y Julito vieron entrar en la casa derruida a los soldados con el perro que amarraron a una argolla.
- ¡Es León - y lo van a matar! - susurró Julito al oído de Niño Raro.
- ¡Cállate, que nos pueden oír! - le dijo muy quedo.
Niño Raro recordó la de veces que había visto al perro correr calle arriba al encuentro del batallón y bajar desfilando todo feliz.
Era grande, recio, de color blanco ceniciento y con una enorme cabeza.
El perro se aplastó sobre el vientre y miró fijamente a los soldados que nerviosos liaban unos pitillos que comenzaron a fumar en silencio.
Ninguno se atrevía a mirar al perro.
- ¡Bueno! - preguntó al fin uno de ellos.
- ¿Quién va a disparar?
Ninguno contestó y entonces el que portaba el pico dijo:
- ¡Lo haremos los tres y maricón el que no dispare!
Terminaron de fumar; montaron sus fusiles y rodilla en tierra apuntaron a la cabeza de León.
- Voy a empezar a contar y cuando llegue a tres, todos apretamos el gatillo.
León se había incorporado y miraba erguido a los soldados.
Uno de ellos comentó:
- ¡La madre que lo parió, que difícil nos lo está poniendo!
- ¿No veis como nos mira?
Otro añadió:
- ¡A mí me parece que lo sabe!
El tercer soldado empezó a contar:
- ¡Uno, dos, tres!
Pareció un solo disparo pero fueron tres.
León dio un salto y cayó inerme sobre el bloque de hormigón.
Justo detrás del perro, Julito y Niño Raro vieron como se elevaba hacia el cielo una nubecilla blanca.
- ¿Has visto eso, Niño Raro? - dijo Julito
- ¡Sí! ¿Qué habrá sido?
- ¡No lo sé! ¡Tal vez cal, aunque me pareció ver como humo!
- ¿No sería su alma?
- ¡Los perros no tienen alma, al menos eso dicen!
Niño Raro confesó a Julito que se había orinado en los pantalones!
- ¡Y yo también! - le respondió Julito - pero además me parece que voy a...
Corrieron hasta el destrozado jardín y vomitaron en un arriate.
¡Después se alejaron corriendo!.
Y corrieron como jamás lo habían hecho, huyendo de aquel horrible ruido que producía el pico al golpear las piedras.
Subieron la calle Larga en un santiamén y se sentaron en un banco de la Placita de Las Ranas temblando aun de miedo.
Y estuvieron llorando largo rato la muerte del perro.
¡Pero ninguno olvidó lo que aquel día presenciaron!

Extractado de Las Memorias de Niño Raro
David Ríos Cubero
Madrid

MILAGRO EN EL PRADO

Rosalina y yo nos citamos en el Museo del Prado porque teníamos que hacer un trabajo conjunto sobre el cuadro "La Sagrada Familia del Pajarito" de Murillo.
Atravesamos su Galería y miramos algunos de sus cuadros.
Observamos en su obra una acusada predilección por los temas religiosos: "La Adoración de los Pastores, Magdalena Penitente, Las Inmaculadas ( contamos tres) y El Buen Pastor Niño y el ya mencionado "La sagrada Familia del Pajarito" que iba a ser objeto de nuestro estudio.
Nos comprometimos a volver otro día para contemplarlos con más detenimiento y nos sentamos en un banco frente al cuadro que teníamos que analizar.
Empezamos por anotar en nuestro cuadernos los datos técnicos:
Título.- Sagrada Familia del Pajarito.
Autor.- Bartolomé E. Murillo.
Fecha .- Año 1650.
Técnica utilizada .- Óleo sobre lienzo.
Medidas:.- 144 X 188 cm.
Rosalina añadió:
- Este cuadro es de estilo naturalista que pusieron de moda Zurbarán y
- Velásquez y debe su nombre al pajarito que tiene el Niño Jesús en la mano.
- Por cierto Niño Raro ¿ sabrías decirme qué clase de pajarito es?
- Sí - le respondí - es un jilguero joven.
- Observa como en su cabeza empieza a aflorar el madroño.
Rosalina me contestó:
- Gracias - y continuó con las anotaciones.
- Estamos ante una escena familiar en la que el pintor parece invitarnos a entrar en la casa para mostrarnos a unos esposos felices junto a su hijo que juega con un ...,.
Se interrumpió de repente muda por la sorpresa y me señalaba estupefacta el cuadro:
¡No me lo podía creer!
¡De la mano del Niño Jesús había desaparecido el jilguero!
...

¡Luisito sólo tenía tres años, pero correteaba por su casa con una agilidad pasmosa!
Esa agilidad y su inclinación por el chocolate le llevaron un día a subirse a la encimera de la cocina.
Se situó frente al armario donde había visto a su madre guardar las tabletas y lo abrió.
No las encontró.
Pensó que estarían más arriba y para alcanzarlas no se le ocurrió nada mejor que poner boca abajo una recia fuente de cristal y subirse en ella.
¡Ahora si las veía!
Se aupó de puntillas para poder cogerlas, pero con tan mala fortuna que la fuente resbaló y Luisito cayó al suelo.
Loreto oyó el golpe y corrió a la cocina y al ver a su hijo inmóvil en el suelo exclamó:
- ¡Dios mío, no por favor!
Loreto era enfermera y trabajaba en un hospita,l por lo que sabía lo que tenía que hacer en estos casos.
Abrigó al niño y llamó a Urgencias.
El médico llegó enseguida con una ambulancia y después de examinarlo dijo:
- El niño tiene traumatismo craneal severo.
- Ahora mismo lo ingresamos.
Y así fue.
Luisito quedó ingresado en una UCI, pero cómo su estado se mantenía estable, a la semana, Loreto lo trasladó a su casa.
Loreto y Luis eran nuestros mejores amigos y casi todos los días los visitábamos.
Aquel 24 de diciembre pedimos al "Niño Jesús" al iniciar nuestro trabajo, que sanara a Luisito y nunca esa fecha la olvidaremos porque ocurrió algo extraordinario.
Loreto que acababa de lavar y cambiar a su hijo lo volvió a acostar, lo arropó bien y con mimo.
Deseaba ventilar la habitación y no quería que su hijo se enfriara.
Abrió la ventana y de repente por ella entró volando un jilguero que se posó al lado del niño.
Era un jilguero joven que empezó a picotear suavemente la orejita de Luisito, al tiempo que le cantaba al oído un armonioso "chiu, chiu"
Y el asombro de aquella madre llegó al límite cuando observó que su hijo abría los ojos y exclamaba:
- ¡Mamá, mamá, hay un "pío - pío" muy bonito en mi cama!
Loreto vio que el jilguero volvía a salir por la ventana y desbordante de alegría llamó primero a su marido y después al Hospital.
Y aquella mañana a esa misma hora, en el Museo del Prado, Rosalina y yo contemplamos páliddos de emoción cómo en la mano derecha del Niño Jesús estaba otra vez el jilguero.
Rosalina con voz entrecortada me dijo:
: - ¡Corramos a casa de Loreto, porque tengo el presentimiento de que Luisito ha
sanado!

De "Las Memorias de Niño Raro"
David Ríos Cubero - Madrid

EXTRACORPÓREO

Mamá Prida nunca debió ponerse a blanquear el patio estando embarazada de siete meses.Y menos aun, subirse a la vieja silla de aneas para poder así alcanzar con la brocha los altos de la pared.
El frágil asiento no soportó su peso y se rompió. Mama Prida cayó pesadamente de espaldas.
Y el niño nació antes de tiempo. Fue un parto prematuro y muy laborioso, pero nació Niño Raro.
...
A los tres años el niño agonizaba en la cama grande de sus padres.Su respiración era angustiosa e inhalaba el aire con gran esfuerzo.
¡Tenía tos ferina!
Anochecía y la lamparita de la mesilla de noche era la única luz que alumbraba el dormitorio.
Niño Raro tuvo un violento ataque de tos y su cara fue adquiriendo una coloración azulada, cianótica.
Cuando cesó el ataque, el niño respiró ansiosamente, inhalando el aire con anhelo, lo que provocó un rechinante sonido .
Mama Prida lo colocó con suavidad boca abajo y con la cabecita vuelta hacia un lado.
¡Pero en el dormitorio había otro Niño Raro!
Estaba sentado en el respaldo de una butaca y se contemplaba a sí mismo acostado en aquella enorme cama viéndose morir.
En un momento determinado el niño sacó una mano de entre las ropas y señaló algo sobre la mesilla.
Mama Prida le acercó un pequeño crucifijo al que todas las noches besaba antes de dormirse.
Los allí presentes contemplaban la escena en silencio.
Con el crucifijo entre las manos Niño Raro se quedó unos instantes mirándolo, lo besó y al intentar devolverlo a su sitio se le cayó sobre la alfombra.
El niño intentó cogerlo, pero no lo logró y su cabeza quedó colgando fuera de la cama. Mama Prida acudió solícita e iba a incorporarlo, cuando observó que el niño arrojaba flemas y lo dejó que siguiera expulsando mucosidades.
Más tarde, le limpió la cara con una toalla húmeda y lo volvió a acomodar en la cama..
Niño Raro se agitó durante unos minutos para de repente quedarse tranquilo.
Ahora respiraba con normalidad y el color azul le había desaparecido de su cara que ahora aparecía sonrosada.
¡De la butaca había desaparecido el otro Niño Raro!
Dos horas más tarde cuando llegó el médico se asombró del cambio experimentado y exclamó:
- ¡Es increíble; esto ha sido un milagro!
- Hasta la fiebre le ha desaparecido y yo que me temía lo peor.
- ¡Repito que ha sido un milagro!
Todos los allí presentes asintieron y respondieron casi al unísono:
- ¡Sí, ha sido un milagro y nosotros lo hemos visto!
¡Y Niño Raro salió adelante!

De "Las Memorias de Niño Raro"
David Ríos Cubero. Madrid

TELEQUINESIA

Se llamaba Isabel y tenía diecisiete años cuando se hizo cargo de Niño Raro.
Y es que Niño Raro había cogido el sarampión y tenía que guardar cama durante dos o tres semanas.
Solía tener fiebres muy altas.
Y su madrina para que se distrajera, le había regalado un juguete muy curioso.
Se trataba de un Tamborcillo de hojalata que caminaba sobre sus grandes zapatos al darle cuerda y batía un tambor con las mazas que portaba en sus manos.
Sus vivos colores esmaltados, atraían la atención de Niño Raro que se quedaba absorto contemplándolos.
Pero estos colores resaltaban más aun, cuando eran heridos por los rayos de sol que entraban a través de los cristales de la ventana .y recorrían lentamente la repisa, hasta detenerse junto al Tamborcillo, para bañarlo con su blanca luz de los pies a la cabeza.
Mientras Niño Raro guardó cama, el Tamborcillo siempre estuvo colocado en la repisa de su dormitorio.
Niño Raro tenía magia y sabía emplearla con moderación.
Algunas veces, tal vez cuando le subía la fiebre, Niño Raro miraba fijamente a su Tamborcillo, le hacía un gesto con la mano y le susurraba:
- Tamborcillo, ven!
Entonces el Tamborcillo con paso vacilante avanzaba por la repisa en silencio y muy despacio hasta situarse muy cerca del niño enfermo.
Después Niño Raro cansado por el esfuerzo se quedaba dormido.
Y para que el niño entretuviera sus largas horas de convalecencia, su madre le había regalado una caja de lápices de colores y un cuaderno de dibujo con el que se pasaba las horas sentado en la cama y coloreando las figuras que en él venían dibujadas..
Tata Isabel se esforzaba en que el niño no se destapara, porque no quería que pudiera acatarrarse.
Pero el niño para pintar necesitaba tener los brazos fuera de las sábanas.
Además tenía calor.
Y mirando las figuras del cuaderno, tomaba los lápices de colores que necesitaba, mientras comentaba::
- ¡Este arbolito lo pinto de verde claro y de verde oscuro!.
- ¡Y este pollito totalmente de amarillo!.
- ¡Para la manzana utilizaré el verde y el rojo!.
¡Tenía una gran intuición para los colores!
Era a mediados del mes de julio y el calor se dejaba sentir en el Sur.
¡Y con más fuerza a la hora de la siesta!
Tata Isabel se había quedado adormilada en la butaca.
Mientras pintaba a Niño Raro le rodó un lápiz por la cama y cayó al suelo.
Tentado estuvo de despertar a la Tata para que lo recogiera, pero lo pensó mejor y la dejó que siguiera sumergida en su beatífica duermevela.
Y sacando la mano derecha por fuera de la cama ordenó en un susurro:
- ¡Lápiz, sube!
- ¡Vamos, sube!
Y por increíble que parezca el lápiz voló del suelo a su mano.
Observó al Tamborcillo que le miraba sonriente desde la repisa y le guiñó un ojo.
El Tamborcillo acentuó su sonrisa y le correspondió con otro guiño de complicidad.
Tata Isabel se despertó en ese momento y comentó:
- ¡Me pareció oír como si se te hubiera caído un lápiz!
Niño Raro siguió coloreando sus dibujos y le respondió:
- ¡Pues mira Tata, aquí están los doce!
La Tata comentó:
- ¡Pues a lo mejor lo habré soñado!
Niño Raro pensó antes de dormirse:

¡Pues quién sabe si eso mismo es lo que me pasa a mí!

Memorias de Niño Raro
David Ríos Cubero

LOS VEINTE IGUALES

- ¡Veinte Iguales para hoy!
- ¿A quién le doy el premio?
- ¡Hoy tengo la suerte!

Pedro era ciego y se ganaba la vida vendiendo cupones de lotería.
Todas las mañanas bajaba por la acera de la calle Ancha abriéndose camino con su bastón, tanteando con sumo cuidado paredes y suelo.
Mama Prida le compraba todos los días dos cupones.
Además de ayudar al hombre, siempre abrigó en su corazón la esperanza de pillar un premio.
Una mañana avanzaba Pedro por la acera abriéndose paso en el aire con su bastón, cuando Niño Raro gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Aviones, aviones!
Y entró como loco en su casa.
El pobre ciego se quedó lívido y tembloroso y tanteando la pared se agarró a los barrotes de una ventana.
Los aviones pasaron en vuelo rasante ametrallando casas y calles.
- ¡Ratatatá, ratatatá!
La calle se llenó de cascotes y de cristales rotos, y la metralla hendía balcones, puertas y ventanas.
Debajo de la cama Niño Raro temblaba asustado.
Sobre el sonido de las sirenas y el rugido de los motores se escucharon los gritos del ciego:
- ¡Socorro, ayudadme por favor!
- ¡Que me matan!
Mama Prida no se lo pensó. Salió de la casa, se acercó al ciego y tiró de él, al tiempo que le gritaba:
- ¡Suéltese y deme la mano!
- ¡Vamos, rápido!
El ciego se soltó y casi a rastras Mamá Prida lo metió en la casa.
¡Justo a tiempo!
Los aviones hacían otra pasada.
- ¡Van a tirar una bomba! - dijo el ciego - los aviones están volando más alto.
Y no se equivocó.
Todos pudieron escuchar el inconfundible y temido silbido de la bomba que caía.
Y de repente se escuchó un horrísono estampido que hizo temblar los muros y techos de la casa y el ánimo y las piernas de todos cuantos en ella se encontraban
Se descolgaron los cuadros del salón y en la cocina el vasar se vino abajo.
Del techo caía una fina lluvia de yeso que cubrió la cama, los muebles y el suelo.
El ciego comentó casi sin voz:
- ¡Ha debido de caer muy cerca!
Mama Prida repetía una y otra vez con voz quebrada:
- ¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal!
- ¡Líbranos Señor de todo mal!
Y así continuó con la plegaria hasta que los aviones se marcharon.
Mama Prida abandonó el precario refugio de debajo de la cama y ayudó al ciego a salir.
Niño Raro ya estaba en la calle contemplando con espanto los estragos que había causado la bomba.
Mama Prida limpió la mesa y las sillas de polvo y sentó a Pedro en una.
Le trajo un vaso de agua que el hombre tomó poco a poco. .
A la casa legaron corriendo unas vecinas, sofocadas y llorando a lágrima viva.
Se abrazaron emocionadas a Mama Prida:
Y comentaron a dúo:
- ¡Qué valor!
- ¡Mama Prida! ¡Qué valor!
- ¡Lo hemos visto todo por la ventana!
- ¡Nosotras no podíamos movernos porque estábamos agarrotadas por el miedo!
Y la de más edad dirigiéndose al ciego le dijo:
- ¡Pedro, Mama Prida le acaba de salvar la vida!
- ¡La ventana a la que se sujetaba ha reventado!
Niño Raro volvió a salir y comprobó con horror que, en efecto, de aquella ventana a la que Pedro se había agarrado, sólo quedaban unas pocas astillas de madera quemada y unos muñones de hierros retorcidos dentro de un hueco ennegrecido por el humo.
Se estremeció, porque se imaginó lo que le hubiera ocurrido si el ciego hubiera continuado en la ventana.
Del suelo recogió unos cupones.
Niño Raro entró en la casa y oyó al ciego que decía:
- ¡Mama Prida esto no lo olvidaré jamás!
- Desde mañana te regalaré todos los días un cupón.
Era la manera de demostrarle su agradecimiento.
Niño Raro se acercó al ciego y le entregó los cupones que había recogido y le dijo:
- ¡Estaban en el suelo junto a la ventana!
El ciego respondió:
- ¡Se me cayeron, pero cualquiera se paraba a recogerlos!
Todos sonrieron, rota la tensión por la salida del ciego y para que pudiera marcharse, acordaron comprarle las tiras que le quedaban.
Pedro ya más repuesto volvió a la calle y acompañado por un vecino, tomó la acera adelante buscando con su bastón el camino de su casa.
Y Niño Raro recordó cuán proféticas habían sido las palabras de su pregón:

¡Hoy tengo la suerte!

LA FURGONETA

Era el único vehículo privado que quedaba en el pueblo; los demás estaban en poder del ejército y éste se salvó de la requisa por estar dedicado a transportar la carne de las reses sacrificadas desde el matadero hasta la plaza de abastos.
Era conocida popularmente como la furgoneta de la carne.
A veces, Niño Raro acompañaba a su madre a hacer las compras y aquel vehículo siempre provocaban en él desconfianza y temor
Solían aparcarla junto a la entrada principal de la plaza y nadie perdía la ocasión de echar una mirada cuando sus puertas traseras se abrían,
De su interior surgía siempre un hombre con mono azul bastante deslucido arpillera al hombro.
Descolgaba de un garfio media ternera o un cabrito de carne roja o un lechón de piel blanca y rasurada.
Los encargos los iba distribuyendo entre las diversas carnicerías.
No era un hombre afable, al contrario, su forma de comportarse era grosera y desagradable.
Y su risa resultaba molesta e irritante.
Pero cómo hubieran dado quejas de él, al menos ahora tenía buen cuidado de avisar siempre que avanzaba con su carga.
Y solía gritar:
- ¡Voy, que mancho!
La gente se apartaba de él como de un apestado.
Le gustaba vengarse infundiendo temor entre las gentes y gastaba bromas pesadas. Así cuando llegaba a la carnicería, hacía siempre lo mismo:
Con un impulso del hombro dejaba caer la pieza de la res sobre el mármol del mostrador, procurando que produjera un ruido sordo.
Y gritaba:
- ¡Aquí tienes tu ración, buitre! - y se reía a carcajadas.
El carnicero se apresuraba a colgar la pieza en un hierro de la pared alicatada de azulejos blancos que pronto se verían amancillados por los hilillos de sangre que la carne destilaba.
Niño Raro que no había perdido ni un solo detalle de lo ocurrido, bajó la vista cuando el Hombre de la Arpillera pasó por su lado.
Calzaba botas de goma, altas de color negro, en las que aún brillaban húmedas gotas de sangre.
Niño Raro sintió un repelús y prestó atención a lo que estaba comprando Mama Prida.
Pero el Hombre de la Arpillera volvía.
En esta ocasión transportaba la cabeza sonrosada de un cerdito que cuando Niño Raro la miró, creyó que le había hecho una mueca.
Y si antes había sentido un repelús, ahora sintió un escalofrío.
- Se lo tengo que contar a Julito - pensó.
Terminadas las compras regresaron a casa.
Después de comer fue a ver a Julito y le contó lo que le había parecido ver aquella mañana.
Julito le contestó:
- ¡Eso no es posible!
- Tú como no ves bien, habrás creído ver algo que sólo estaba en tu cabeza, pero de todas maneras mañana iré a darme una vuelta por la plaza y comprobaré si los cochinillos sonríen.
Niño Raro trató de defenderse invocando las cosas tan extrañas que estaban sucediendo aquel año.
- Creo que en algunos sitios han llovido ranas y en otro lugar que no recuerdo el nombre ha caído sangre del cielo.
- Y dicen que nos esperan tiempos muy malos.
Julito me interrumpió y me preguntó:
- ¿Y eso quién lo dice?
Niño Raro contestó rápidamente:
- ¡Mama Prida y sus amigas siempre están hablando de las profecías de no sé quién y diciendo que vivimos tiempos de incertidumbres!
- ¿Y eso qué quiere decir?
- Lo he mirado en el diccionario y dice que: "Nada es cierto y que todos son dudas y temores".
- ¡Además, este año ha habido un eclipse y una aurora boreal!
- ¿Estará empezando el fin del mundo?
- ¡Cualquiera sabe!
- ¡Pero tu mañana vas y miras la furgoneta de la carne!
Al día siguiente Julito le dijo a Niño Raro que había visto al Hombre de la Arpillera que llevaba al hombro una cabeza de cochino, pero que a él no le había hecho ninguna mueca ni guiño.
Aquella noche Niño Raro cenó algo más de lo habitual y tuvo pesadillas.
Julito y él se habían quedado encerrados dentro de la furgoneta vieron con horror que había muchas cabezas de cerdos y medias terneras colgadas.
En un momento dado las terneras se descolgaron y se pusieron a danzar frenéticamente, girando veloces como peonzas y soltando a cada giro chorros de sangre, que iban cubriendo las paredes y el suelo de la furgoneta.
Los cerdos reían a carcajadas y Julito y Niño Raro, acurrucados en un rincón, intentaban pasar desapercibidos.
Los dos estaban también cubiertos de sangre y temblando de miedo.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - dijo Niño Raro.
- ¿Y cómo? - preguntó Julito.
- Las puertas están cerradas y no podemos pasar por entre las reses.
Niño Raro le susurró:
- ¡Tiene que haber una salida!
- Sí, ¿ cuál es?
- ¡Vamos a salir por el mismo sitio por el que hemos entrado!
Julito también en un susurro le dijo:
- ¡No te entiendo, porque yo no sé cómo he venido a parar aquí!
Niño Raro agregó:
- ¡Esto tiene que ser una pesadilla y si despierto de ella, saldremos de la furgoneta!
Empezó a dar gritos llamando a su madre.
Pero angustiado comprobó que la voz no le salía del cuerpo.
Comenzó a agitarse y Mama Prida que tenía el sueño muy ligero se despertó.
Zarandeó repetidas veces a su hijo, al tiempo que le decía:
- ¡Despierta Niño Raro!
- ¡Despierta!
- ¿Qué es lo que te pasa?
Y los zarandeos y la voz de Mama Prida arrancaron a Niño Raro de su pesadilla.
¡Y se despertó!
Abrió los ojos y cuando vio a Mama Prida lanzó un grito de alegría.
¡Había conseguido salir de la furgoneta!
Mama Prida lo abrazó y cuando lo vio más tranquilo lo besó y le dijo:
- ¿Ves cómo no se puede cenar tanto?
Niño Raro respondió:
- ¡Sí Mama Prida, creo que anoche cené demasiado!
- ¡Anda tómate esta infusión de manzanilla y vuélvete a
- dormir!
- ¡Ah y otra cosa y no vuelvas a asomarte más a la furgoneta de la carne!
Niño Raro pensó:
- ¡Qué buena y qué lista es mi madre!
¡Y al rato se quedó dormido!

CLAUDIO EL BARQUERO

Habían pasado ya tres años desde que Cortina hubiera recibido de la Administración Central la promesa de que las obras del puente sobre el río, del cual toma su nombre el pueblo, iban a ser iniciadas de inmediato.

Pero la Administración tiene un reloj, que en ocasiones, suele llevar hasta un lustro de retraso con respeto a lo que marcan los relojes de los pacientes cortínanos.

De los 1.027 habitantes, todos excepto uno, esperaban impacientes el comienzo de las obras. Y esa excepción se llamaba Claudio.

Era el encargado de una pequeña embarcación que hacía la travesía de una parte a otra del río, en la que transportaba personas y mercancías mediante el pago del barcaje correspondiente.

Temía con razón, que cuando estuviera construido el puente, él y su barca perderían la mayor parte de su clientela, aunque en ella hubieran algunos sujetos muy antipáticos, como don Domingo, el maestro de escuela, conocido en ciertos círculos como Tontomingo.

Había llegado al pueblo con una mano atrás y otra delante como se suele decir, pero gracias a su cultura, que tenerla, la tenía; a su buena presencia que haberla la había y a sus maneras más o menos refinadas, tomadas en préstamo de las novelas románticas a las que era muy aficionado, conquistó en poco tiempo, a una señorita poco agraciada en belleza, pero sí mucho en riquezas y con la que casó al año de relaciones.

Don Domingo siguió regentando la escuela, porque aquello le confería un marchamo de hombre importante, aparte del de creso recién adquirido, gracias a las riquezas que poseía su esposa.

La poca simpatía que le tenía, se generó al poco tiempo de llegar al pueblo para cubrir la vacante, que por jubilación había dejado don Rufino.

Para trasladarse a la escuela tenía que utilizar los servicios del barquero, de esto hacía ya seis años pero Claudio lo recordaría siempre.

Y en uno de los viajes le preguntó si sabía leer y escribir.

Como el barquero le contestara que no, el liviano maestro le amonestó diciéndole que eso suponía haber perdido el sesenta por ciento de su vida.

Claudio sin tener en cuenta este porcentaje, pero reconociendo que era muy necesario saber leer y escribir, empezó a acudir por las noches a casa de Don Rufino, que le enseñó ambas cosas en muy poco tiempo y le inculcó el hábito de la lectura.

Los libros de geografía, de historia, así como las novelas que su maestro tenía en su biblioteca, las había leído y continuó leyendo aquellos otros libros que le recomendaba. De esta forma fue adquiriendo cierta cultura, lo que le permitió sentirse más seguro.

Por Semana Santa llovió mucho y el río discurría muy crecido, por lo que se suspendió el servicio de barcaje.

Pasadas las vacaciones, se reanudaron las travesías y en una de ellas se produjo una inesperada crecida del río y las aguas impactaron en la popa de la embarcación, lanzando por la borda a los tres viajeros que iban en ella.

Claudio arrojó un flotador al maestro que manoteaba en el agua y otro a la mujer, que junto a su hija intentaban mantenerse a flote.

Se arrojó al agua, nadó en dirección a la mujer y a la niña y las ayudó a llegar a tierra.

Escuchó la voz de Don Domingo que le gritaba:

-¡Socorro barquero, que no sé nadar!

Claudio nadó hacia él y cuando lo tuvo cerca le respondió:

-Insigne y perínclito maestro, no tenga miedo porque usted no va a perder la vida.

¡Puesto que sabe leer y escribir, sólo podrá ahogarse un cuarenta por ciento!

Y disimulando una amplia sonrisa, cogió el flotador, se lo encasquetó al maestro por debajo de las axilas y lo fue remolcando hasta la orilla.

CUERO DE CABRITO

Finalizado el funeral por su padre, Don Francisco Pérez de Mendoza duque de Criptana, regresó solo a su casa y se encerró en su despacho.

Y lo hizo, no porque se encontrara en exceso afectado por la desaparición de su progenitor al que, en honor a la verdad siempre profesó un enorme cariño y respeto, sino porque sus sentimientos de pena los había tenido que dejar flotando en un estado de suspensión temporal, porque allí, en aquel despacho había algo pendiente de resolver y que si lo lograba sería la salvación de su casa, de su hacienda y de su ducado tan acosado últimamente por las deudas.

Se trataba de descifrar un mensaje críptico, que en el cajón de su mesa guardaba bajo llave y que poco antes de morir, su padre le había entregado una vez que hubo jurado que cumpliría fielmente las tres condiciones que en él se exigían, no solicitar la ayuda de nadie para resolverlo, guardar el secreto y pasarlo a uno de los hijos o hijas antes de que su poseedor falleciera. Y recordó que su padre le aclaró:

-Tu tatarabuelo tenía la manía de poner a prueba la sagacidad de sus descendientes y a decir verdad, nadie ha podido descifrar hasta la fecha. Y ahí está nuestra herencia.

Se sentó a la mesa, abrió el cajón y sacó un pergamino en el que se había escrito a fuego un mensaje críptico: “Encuentra al gigante y busca el oroen el vientre de cabra del monstruo imaginario

Don Francisco leyó por enésima vez el mensaje, pero ninguna idea afloró a su mente.

Se recostó en el sillón, cerró los ojos y repitió la primera frase: “encuentra al gigante”

-¿A qué gigante se referiría?

Por más vueltas que le dio, no encontró respuesta a esta pregunta.

Abrió los ojos, se levantó y se acercó a la ventana. Contempló como el sol declinaba hacia su ocaso y como sus últimos rayos bañaban de oro, allá a lo lejos, los molinos de viento encaramados en la loma y de repente, como si el solle hubiera enviado un postrero y diáfano rayo de luz, la comprensión penetró en su cabeza:

-¡Eso es! – exclamó lleno de júbilo. ¡Los molinos son los gigantes de Don Quijote!

-Y en uno de ellos he de buscar el oro, tengo que recordar sus nombres por si alguno me puede aportar una nueva luz.

-¡Pensemos con calma! – se dijo para tranquilizarse.

-Creo que los recordaré mejor si los cito por orden alfabético.

-Veamos:

Burleta.- Parece un despectivo de burla y por el momento queda descartado.

Cariari, Inca Garcilaso y Culebro, tampoco me dicen nada. Lagarto, no es un monstruo.

Poyatos y Pilón, ni uno, ni otro.

Quimera, puede que sí. ¡Sí, tiene que ser Quimera!

-Pero antes analicemos el décimo y último:

Sardinero, tampoco, así es que volvamos a Quimera, porque, si mal no recuerdo una quimera es un monstruo imaginario, pero me cercioraré. Y de una repleta estantería de libros extrajo un Diccionario de la Lengua Española.

-Y leyó:

Quimera.- f. Monstruo imaginario que, según la fábula, vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.

-Y ese es el nombre de mi molino y el oro tiene que estar allí esperándome. Y si lo encuentro, la Casa de los Mendoza, mis tierras y mi ducado, dejarán de estar hipotecados.

-Mañana lo buscaré.

Después de cenar se tumbó en la cama y estuvo dándole vueltas a la misteriosa frase:

“Busca el oro en el vientre de cabra de un monstruo imaginario

El monstruo ya lo había localizado, sólo le faltaba encontrar el vientre de cabra.

¡Y lo hallaría!

Intentó recordar las fechas de fallecimiento de sus antepasados que figuran inscritas en una lápida del panteón familiar, pero estaba tan agotado que se quedó dormido.

Despertó cuando el sol penetraba por la ventana de su dormitorio. Desayunó fuerte, eligió un traje de pana y conduciendo el todo-terreno enfiló la carretera de los molinos.

Cuando abrió la puerta el sol penetró hasta el interior del edificio, iluminándolo por completo y empezó a pasar revista a los utensilios que allí se encontraban: una mesa, dos sillas, una caja con herramientas, una bota de vino, un par de jamones, una gaita gallega y su escopeta de caza. En un estante, colocadas en posición horizontal varias botellas de vino y en un armazón de madera, un odre que contenía aceite.

-Bueno, se dijo, veamos cuales de las cosas que aquí tengo, están hechas con piel de cabra o de cabrito pues para el caso es igual:

-Un odre con aceite de oliva, una bota de vino y una gaita gallega. Las dos primeras las descarto porque hace muy poco tiempo que llegaron al molino.

Miró la gaita que colgaba de una escarpia, la descolgóy notó que pesaba, la dejó sobre la mesa y leyó: “Recuerdo de Compostela” año 18””Las dos últimas cifras estaban muy borrosas y no las pudo leer.

Siguió examinando la gaita y experimentó un ligero sobresalto, cuando descubrió en la parte de atrás del fuelle una pequeña cremallera, que descorrió con alguna dificultad.

El corazón empezó a latirle con fuerza cuando colocó la gaita boca abajo y por la abertura empezarona caer sobre el tablero doblones de oro de diferentes épocas y valores, hasta un total de setenta y cinco.

Se secó el sudor de la frente y estuvo a punto de gritar de alegría, pero supo contenerse y elevando los ojos al cielo musitó:

-¡Duerme tranquilo padre, porque el Ducado de Criptana ya está a salvo!

FRACCIÓN DE SEGUNDO

Dana concluyó la penosa ascensión, se situó al borde del acantilado y miró hacia abajo.

Lo que vio a la luz de la luna,no era lo que esperaba encontrar. Allí no había nada más que rocas puntiagudas que intentaban trepar por la escarpadura buscando alcanzar la cima en la que él se encontraba.

Pero el mar, el bravo mar rompedor y profundo que era lo que él había venido a buscar no lo encontró, porque hasta allí no llegaba. Buscaba un mar abisal al que lanzarse desde lo alto para sumergirse en él y no poder regresar jamás a la superficie.

Volvió a mirar los riscos afilados y pensó que una caída sobre ellos supondría una muerte, tal vez rápida o tal vez de lenta agonía, según fuera el impacto del cuerpo.

Se estremeció y pensó que lo mejor sería volver a casa, donde pensaría más sosegadamente lo que debía hacer.

Ahora, mientras descendía se percató de que tenía los pies mojados. Se había llevado unas zapatillas de lona que habían ido acumulando agua cada vez que cruzaba un charco y pensó que habría tenido que pisar muchos para arrastrar ese peso.

Mas sólo ahora, se había dado cuenta de ello.

Apretó el paso y llegó a la explanada donde había dejado el coche, lo arrancó y vio a su mujer que lo miraba desde el fondo de la fotografía que siempre llevaba junto al retrovisor. De nuevo le invadió la congoja y una sensación de opresión se adueñó de su cuerpo.

Hacía una semana que Dina, su mujer había muerto víctima de un carcinoma.

-Jamás me acostumbraré a vivir sin ella, pensó.

Apretó los dientes, piso a fondo el acelerador y se dirigió a su casa.

Dejó el coche en la puerta y ni se molestó en cerrarlo. Entró en la casa y en el pasillo se despojó de las zapatillas que arrojó por el aire, impulsadas por dos precisos golpes de sus pies. Las rebasó y avanzó descalzo hasta el cuarto de baño. Se duchó con agua caliente y se calzó unas zapatillas de felpa.

Del frigorífico extrajo una jarra con cubitos de hielo y del bar cogió una botella de vodca y se dirigió a su despecho.

Se sentó a la mesa, sacó del cajón un vaso y sin más dilación lo llenó y lo apuró de un trago.

Empezó a llorar en silencio y volvió a pensar en el suicidio.

Desechó usar la pistola porque aparte del ruido, provocaría manchas en las paredes y tapicería de su despacho.

Se sirvió otro vaso y mientras lo tomaba pensó que ya hallaría otra forma más elegante de hacerlo. Se secó las lágrimas y se sirvió otro vaso más.

Y por primera vez en una semana esbozó una triste sonrisa cuando pensó, que el utilizar una cuerda para realizar su plan, era cosa de pobres.

Con el cuarto vaso tuvo problemas de visión y derramó parte del aguardiente fuera y volvió a beber y en ese momento le pareció escuchar la voz de Dina que le decía:

- ¡Dana, no bebas tan deprisa!

Dana levantó la vista y se quedó horrorizado.

Enfrente de él, al otro lado de la mesa estaba sentada Dina.

Con su lengua de trapo por el vodca ingerido, a duras penas pudo preguntar:

-¿Dina, pero tú no estás muerta?

Le llegó nítida la respuesta.

-Sólo a medias, y me explico.

Realmente estoy muerta, pero me han dado una encomienda que hasta que no la cumpla no podré ir arriba.

-¿Y esa encomienda cuál es? – farfulló Dana.

-Sencillamente, evitar tu suicidio

Dana a duras penas respondió:

-Es que cuanto antes me muera, antes estaré a tu lado, allá arriba.

-Te equivocas Dana, los suicidas no tienen sitio allá arriba. Tienes que esperar a morirte de manera natural.

-¡Pero yo no sé vivir sin ti!

-No te preocupes Dana que yo te ayudaré y estaré a tu lado en todo momento.

Dana apuró el vodca que le quedaba en el vaso y comprobó con estupor que en la botella no quedaba aguardiente..

Tropezando aquí y agarrándose allá, consiguió volver con una nueva botella.

Se sirvió un nuevo vaso, pero ya no sabía si era el cuarto o era el quinto, lo levantó miró a su mujer y consiguió balbucear:

-¡Dina, for you!

Dina se puso en pie y le contestó:

-¡Me voy!

Dana preguntó:

-¿Por qué?

Y Dina le contestó con estas enigmáticas palabras:

-He de estar arribapara cuando llegues.

Dana se sintió arrastrado por el vértigo, se estaba mareando, le dolía el pecho horriblemente y creyó que lo tenía abierto y que por el boquete se le estaba escapando la vida.

Se sujetó la cabeza para no caer en el abismo que a sus pies se había abierto, pero tenía la cabeza tan pesada que osciló sobre el cuello y cayó a plomo contra la mesa. Fue un golpe seco y letal.

Y antes de morir, una fracción de segundo antes, vio a su mujer que desde arriba le tendía la mano. Se aferró a ella y cuando tuvo conciencia de que ya estaba muerto, subió junto a Dina e instantes después volaban juntos hacia unabrillante luz que tenían delante.

 

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