EL FRÍO
DESPERTAR DE UN VAMPIRO ABANDONADO
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El niño solitario, con ojos humedecidos
y párpados empapados estaba en cuclillas, meciéndose
en el suelo. ¿Dónde estaba? No lo sabía.
¿Por qué se encontraba solo? Tampoco lo sabía.
No recordaba nada.
Sentía una sensación de temor
al hallarse solo ante la oscuridad. Solo percibía
el aleteo de sus orejas que se movían por el incesante
viento. No oía nada, solo su propia respiración,
rápida y entrecortada. No conocía su identidad,
no sabía que hacía allí solo en mitad
de la noche. Lo único que podía ver era el
alumbrar de la redonda brillante: La luna llena, que alumbraba
su rostro desdichado mientras los árboles proyectaban
sus monstruosas sombras encima de él. Se mecía
y se mecía, el aire era gélido y se le arropaba
en su piel pálida y frágil; más pálida
que nunca. Se mecía y se mecía. Palpó
con la mano el suelo, mientras mantenía la vista
a lo lejos de la penumbra sus ojos sólo lograban
distinguir extrañas figuras. ¿Estaba ciego?
No lo sabía. Palpó con la mano el frió
suelo.
<< Asfalto -pensó asustado- Estoy
en una carretera, ¿que hago en una carretera?
En la lejanía oyó el nacer de un sonido que
no podía identificar. Se aterró ante el sonido
desconocido.
Dejo de balancearse sobre si mismo.
<< De dónde proviene, que es -pensó.
>>
Bajo lentamente la mirada, mientras el aire
helado le entumecía la cara. Tenía las manos
muy frías, los dedos casi congelados dificultándole
enormemente la movilidad.
Miró el suelo, distinguió un
color. Un color blanco en forma de ralla se extendía
a lo largo. No entendía que era y volvió a
mecerse. Tenía la nariz helada, rojiza y llena de
mocos. Las gotas le comenzaron a resbalar por las mejillas,
la luna las alumbró y se secaron, se secaron heladas
como si estuvieran en un congelador.
Se notaba el cabello mojado. Se lo palpó.
Dejó de mecerse. Se lo tocó lentamente, pelo
por pelo. Movió la mano y la sangre se alumbró
en ella, seca y coagulada; tan fría como un día
de invierno, tan fría como el monte más helado
de los mundos. La sangre se le extendió hasta cubrirle
las manos al completo.
Sintió temor, mucho temor. Estaba sangrando,
helándose de frío y todavía seguía
sin entender nada. No pudo evitarlo, de verdad que no pudo,
sus ojos se humedecieron y…
Otra lágrima se derramó alumbrándose
sobre sus mejillas. Se le secó en un sonido cristalino.
Sangre. Notaba sangre en la garganta. Un gusto áspero
y a la vez dulce. Sacó la lengua y la mantuvo en
el aire; se la acarició como si fuera una mascota.
Estaba gélida, completamente congelada.
Un hilillo de sangre se le escapó de
la lengua, Se deslizó hasta rozar el suelo, antes
de tocarlo se congeló.
Una estalactita de sangre le colgaba de la lengua. Le dolía.
Se cogió con las dos manos la estalactita. El dolor
se le extendía hacia el estómago y sintió
un enorme impulso de vomitar pero se controló. Intentó
doblar la estalactita, pero la lengua se resintió.
El dolor se le subió a las sienes.
Asustado y con frenesí se rodeó con las manos
la estalactita y las hizo voltear. Volteaba las manos por
la estalactita, cada vez con más rapidez. La lengua
se resentía, pero por la fricción la estalactita
comenzó a derretirse. Las gotas derretidas se incrustaban
en las manos del chico, seguidamente se proyectaban contra
el suelo en pequeñas gotitas de cristal.
La puntiaguda forma gélida se derritió
y el chico se quedó con un intenso sabor a sangre
fresca en la lengua. Se tocó la punta de la lengua
suavemente con el dedo índice. Tenía una pequeña
herida, de no mucha importancia. Una pequeña herida,
roja como la cereza, roja como el corazón y roja
como la sangre.
La herida empezó a sanarse sola. El
niño sonrió y en la anchura de los labios
se creó una plaquita de hielo. Parecía que
con cada movimiento expulsara frío de sus entrañas.
Ahora no podía mover los labios, se había
quedado con una sonrisa compacta e inmóvil. Se lamió
los labios y se los volteó con rapidez con su lengua
helada y frágil. Al poco rato la fricción
hizo su efecto y el hielo desapareció impactando
en el asfalto en pequeñas gotas de cristal.
Se notó aliviado y contento sin saber
el porqué. Ya no se sentía tan frágil
y temeroso. La helada que le agarraba con fuerza el cuerpo
desaparecía poco a poco.
Se sintió muy húmedo y mojado,
el sudor comenzó a emanar con fuerza de él.
Un charco llegó pronto al suelo, el sudor era cálido
como el desierto durante el día, Cálido como
una calurosa noche de verano; y ese sudor cálido
le calentó los labios, le revivió la lengua
y lo acaloró por dentro. El hielo desapareció
dejando paso a la movilidad absoluta.
Solo y desnudo el chico podía moverse.
Recuperaba las fuerzas en todo su cuerpo.
El sudor paró. El frió también lo hizo.
Una calida noche de verano se notó en el ambiente.
El aire, seco y compacto impactó en la cara del chiquillo.
Sonrió con fuerza, pues el helor de los labios le
había desaparecido por fin. Ya se sentía vivo
y libre. Sonrió más ampliamente que nunca
dando a mostrar unos enormes dientes, cuya blancura era
comparable con el blanco celestial, sólo que el no
tenía nada de celestial; de demonio… tal vez.
De entre el amasijo de dientes, dos prominentes colmillos
le sobresalían de la dentadura de arriba. En su dentadura
de abajo ocurría lo mismo. Se palpó el mentón.
Lo tenía duro y fuerte.
Cerró con potencia la mandíbula,
haciendo chocar los colmillos entre si. Un potente chasquido
resonó en la noche oscura y cálida.
Volvió a emitir un chasquido con los colmillos.
<< Tengo colmillos grandes, creo empezar a recordar
quien soy -pensó. >>
Una sensación de poder lo invadió por dentro.
Pues el sabía que era un vampiro, sólo eso,
de lo demás no recordaba nada. La sensación
de sangre lo entornó. Necesitaba beber ese dulce
líquido rojo.
e repente y sin previo aviso, una luz se divisó
en el horizonte. Una luz tenue con forma de foco energético
alumbró a lo lejos al niño.
La luz se acercó y acercó, hasta que se volvió
tan fuerte que el chico tuvo que esconderse de la luminaria
protegiéndose la cara con los codos.
La luz se paró seguida de una frenada de neumáticos.
Pasó de alumbrar de forma intensa a
tenue. El niño pudo volver a mirar sin temor alguno.
Un hombre, cuya estatura era superior a la media, se le
acercó. El hombre era medio calvo, y el poco pelo
que tenía era canoso. Sus potentes bíceps
contrastaban con sus muslos vulgares. Llevaba camiseta sin
mangas de color negro abismo, sus pantalones eran vaqueros
y de un color azul intenso. La mirada del hombre era fría
y reconfortante a la vez, pues sus ojos verdes relucían
en contraste con la luz que la luna llena disparaba sobre
ellos.
- ¿Qué te ocurre chico? -preguntó el
hombre.
El niño no respondió porque
la luz lo hirió, le derretía poco a poco la
piel, se le formaban ampollas y la piel se le quemaba, el
humo le salió de su piel seca y cálida. Dio
un salto hacia atrás con gran agilidad, ocultándose
de la luz quemadora.
- Nos feratu -balbuceó el niño.
- ¿Qué? -preguntó el hombre canoso
- Nos feratu -un foco se rompió y el hombre dio un
alarido asustado- Vampirum -el otro foco explosionó
lanzando grandes cantidades de cristal al cielo que pronto
se perdieron en la lúgubre noche. El hombre arrojó
un chillido ahogado.
- Nos feratu -El chico mostró los dientes- Vampirum.
El hombre reculó.
- Sangre Nostrum.
El hombre dio otro paso hacia atrás
con la boca abierta en forma de o y los ojos abiertos como
platos dilatándose y contrayéndose alternativamente.
La expresión de pánico se sobrepuso ante la
oscuridad de la noche.
El niño alzó su mano derecha, contemplándose
las uñas, que no eran uñas, sino garras; Garras
largas y afiladas, sucias y bellas, vivas y muertas.
El hombre, más inquieto asustado y
petrificado que nunca, dejó de recular. Dejó
de moverse. Se quedó quieto en el asfalto. Las garras
del niño lo habían dejado inmóvil y
sin aliento. Estaba experimentando una sensación
de temor incapaz de describirse.
El niño avanzó unos pasos y el canoso no se
movió. Avanzó otros pasos y olió su
aliento. El aliento del hombre estaba alcoholizado, su perfume
era el hedor.
El chiquillo saltó con rapidez y le
clavó los colmillos superiores en su delgada camiseta.
La camiseta se rasgo y los colmillos crujieron hundiéndose
en la carne. Dos agujeros se formaron, y entre el colmillo
y la carne la sangre emanó viva y fuerte como un
rió, extendiéndose en su camiseta y volviéndola
de un color negro rojizo. El canoso emitió un gemido
ahogado.
El terror intentaba salir por su campanilla
que tintineaba de miedo. No podía moverse, los colmillos
lo habían envenenado dejándolo paralítico
por momentos. Con la boca tan abierta que parecía
desencajársele de la mandíbula, se quedo quieto
mientras los ojos empezaban a inyectársele en sangre.
El niño estaba contento, saboreando
el dulce manjar. Ya no tenía miedo, el miedo se había
transformado en valentía y fuerza, fuerza potente
y energética.
El chico clavo más hondo los colmillos
con un potente mordico que hizo saltar un chorro de sangre.
El canoso volvió a gemir, pero el gemido volvió
a ahogarse quedando atrapado en su campanilla.
El niño comenzó con su festín.
Succionó con los colmillos, lentamente, y a medida
que la sangre le pasaba entre los colmillos y se deslizaba
con suavidad por su garganta, aumento la velocidad aferrando
más los colmillos en la carne.
.El canoso ya no intento ni siquiera gemir.
El ceño se le frunció lentamente, los párpados
se le bajaron silenciosamente hasta que chocaron entre si
y sus ojos quedaron ciegos para siempre.
La piel pasó de un color carne vivo a un color carne
pálido, de la piel rosada a la piel blanca inerte.
El chiquillo succionó con más
fuerza y la piel del canoso se volvió pálida
del todo mientras se mecía intentando caer en el
asfalto. El niño no hizo nada, dejó que el
hombre cayera deslizándose lentamente hacia el suelo.
El chiquillo lo siguió con sus colmillos, sin apartarlos
de dentro de su carne.
El canoso por fin cayó al suelo y el
chiquillo saboreó la sangre con intensidad. Bebió
y bebió hasta saciar su sed.
Terminó y se limpió los colmillos con la camiseta
del canoso.
Desnudo y sin vergüenza se plantó delante del
cadáver. Observó su figura paralítica,
con esa expresión de temor en el rostro que reflejaba
pena y ternura, maldad y bondad.
La figura yació en el suelo.
El niño escrutó los focos rotos. Tras ellos
un coche se erguía en medio del asfalto. Se acercó
lentamente. La puerta estaba abierta.
Con sumo cuidado entro y con delicadeza giró
su cabeza hasta el asiento del acompañante. Un chico
pequeño, que debía rozar su misma edad, tiritaba
de miedo bajo el asiento.
- No puedo ir desnudo -pensó en voz alta.
Miró al chico, éste, tiritaba de miedo, agachado
y con la cabeza entre las piernas susurraba palabras de
pánico a sus zapatos.
- Dame tu ropa, et vive. Per favore dame tua ropa.
El chico temeroso no entendía lo que
ocurría, el miedo se apoderó de él
y se desmayó.
- Io no se como mi chiamo, et sospito che sono un Vampiros
-habló inútilmente al chico desmayado.
El vampiro no obtuvo respuesta. Espero impasible junto al
cuerpo desmayado. Pasó un minuto, luego dos, luego
tres. Se cansó de esperar, enfurecido y frustrado
se alejó del coche.
Se concentró y cerró los ojos
con fuerza. Los abrió y notó un dolor en la
espalda. Se la palpó con las manos. Dos alas bellas
y esbeltas se elevaban rígidamente detrás
de él.
- ¡Parla ahora o more para sempre! -las palabras del
vampiro se extendieron hasta el infinito, resonando en el
paisaje con un fuerte eco.
El niño, aún desmayado y arrodillado en el
asiento del acompañante no contestó.
El vampiro se enfureció. Sus pies se
alejaron del suelo tan rápidamente como su furia
se extendía.
- ¡Parla ot muere! -su último aviso estalló
contra el parachoques del coche haciéndolo estallar.
El chico desmayado comenzó a recobrar el conocimiento.
Pero ya era demasiado tarde para él.
El vampiro se irguió. Observó
el coche con locura y rabia. Extendió el brazo, levantándolo
con los rayos de la luna reflejándose en su mano.
Ésta, también se extendió. Apuntó
con la mano al coche, elevó el dedo índice
y señalo el carruaje.
- Fueco, Aire, et viento, more por sempre .
Las palabras del vampiro se transformaron
en una bola de fuego cálida y extraña a la
vez. El dedo índice fue el encargado de proyectar
la bola cálida hacía el coche. La bola se
lanzó volteando y danzando en espiral hasta llegar
al coche, no tuvo compasión e impactó contra
el capó.
El vampiro voló más alto para que la explosión
no lo atrapara.
El coche estalló en mil pedazos arrancando
la vida del muchacho y siendo portada del diario comarcal.
La onda expansiva derritió al completo al hombre
canosa de mirada reluciente. El coche se elevó por
los aires y volvió a caer en el asfalto emitiendo
un potente estruendo que se oyó a varios kilómetros.
El humo subió lentamente de entre los restos del
coche, el vampiro lo traspasó y se elevó hacia
la oscuridad hasta que su forma se dibujó en la luna.
Había saciado sus ansias de comer, se sintió
poderoso y decidió que la próxima vez no se
conformaría con tan pequeño manjar.
Pol era un chico normal (dentro de lo que cabe). Tenía
tres hermanos. Todos mayores que él.
Pol Iba al colegio como los demás niños. Tenía
unos padres, que aunque le gritaban y le soltaban algún
que otro golpe con frecuencia, le querían a su manera…
Sus amigos, que se podían contar con los dedos de
una sola mano, eran buenos con él. Tal vez sus amigos
eran lo mejor de su patética vida. Por lo menos él
así lo veía.
Estudiaba segundo de E.S.O. Iba a la clase de 2ª. Pero
no estaba muy a gusto con ello.
Las clases no empezaban hasta las ocho y treinta. Sin embargo,
él se tenía que levantar a las siete cada
día porque tenía que medicarse inhalando a
través de un aparato y, la inhalación duraba
una hora más o menos. Debía hacerlo por la
mañana al levantarse y por la noche después
de cenar. Aunque eso no era lo único malo de su enfermedad.
También tenía que tomarse, aproximadamente,
unas veinte pastillas diarias. Y para rematarlo. Durante
treinta minutos diarios expectoraba para sacar las flemas
de su cuerpo. Si no lo hacía en varios días,
su pulmón sangraba. Cuando eso ocurría, se
pasaba dos semanas enteras en el hospital. Y el odiaba ingresar
allí. Sin poder moverse, solamente para ir al lavabo.
La enfermera viniendo cada media hora para molestar: Le
tomaban la presión., le ponían el termómetro,
comprobaban los aparatos y mil cosas más con tal
de no dejar descansar al paciente.
Si tenía suerte y salía en dos semanas, tenía
que llevar una aguja clavada en el brazo para inyectarse
medicación vía intravenosa. ¿Parece
triste verdad? Pues para él, eso era lo mejor de
todo lo peor que le ocurría con frecuencia.
Para ir a clase iba con el almuerzo que le había
preparado su madre con descuido y el pan pasado. Pero al
menos le preparaba el almuerzo, y eso ya era algo.
Llegaba a la parada de autobús a las 8:20. Si tenía
suerte no pasaba por delante de unos chicos que le insultaban,
por el simple echo de divertirse. A el le aterraba. A mucha
gente no le importará mucho que se rían de
él/ella. Pero a Pol si.
Cuando se metían con él, le insultaban, increpaban
o se burlaban de él. Un cosquilleó repulsivo
le subía por el estómago. Le debilitaba las
fuerzas, lo hacía entristecer y le producía
una sensación de miedo al a vez. Ese era uno de los
motivos de que odiara la parada de autobús. Siempre
intentaba alejarse, intentando pasar desapercibido a los
crueles ojos de los otros niños que se metían
con él.
A veces daba la vuelta a toda la manzana, caminando el triple
de lo necesario para que no le vieran, y como resultado,
no se metieran con él.
La verdad es que eso era el paraíso comparado con
lo que le ocurría en el instituto.
El autocar llegaba al instituto sobre las ocho y veinticinco.
Conseguía pasar desapercibido y entrar a clase por
lo general. No obstante, cuando la puerta de clase estaba
cerrada. Eso era un auténtico calvario. Lo odiaba
con toda su alma. ¿Por qué? Porqué
los alumnos se aglomeraban alrededor del pasillo, y como
era pequeño lo ocupaban horizontalmente a dos bandas.
El alumno menos popular. El que era motivo de mofa con
regularidad. Ese se convertía en el blanco. Entre
varios le cogían y lo empujaban al centro del pasillo.
Allí lo propulsaban de lado a lado. Pateándolo
y golpeándolo. El intentaba deshacerse corriendo
rápido hacia un rincón donde no hubiera gente.
Corría hasta quedar a salvo.
Luego se quedaba con al cara roja, los pantalones que le
gustaban tanto sucios de patadas, la camiseta también
sucia y medio cuerpo de moratones. Encima tenía que
contenerse las lágrimas para no llorar. Si tenía
suerte y mostraba un rostro lo suficientemente melancólico.
No le volvían a empujar en un buen rato. Pero muchas
veces tener la cara roja y los ojos humedecidos no bastaba.
Le volvían a coger y lo empujaban de nuevo, riéndose
de él.
¿Saben qué es lo más cruel de todo?
A veces llegaba el maestro en pleno apogeo y no decía
nada. Los alumnos se detenían enseguida cuando lo
veían venir, pero el profesor no era ciego. Lo veía.
Veía tanto fuera como dentro de clase como se mofaban
de Pol y de algún que otro chico.
Había dos chavales más en clase que también
eran motivos de burla.
Uno era comprensivo y no se mofaba de los demás.
Sin embargo, él otro. Podría decirse que es
el tipo más estúpido que te podías
echar en cara.
Si a él le pegaban se entristecía. Pero si
unos segundos más tarde pegaban a Pol, él
sonreía i era partícipe de la agresión.
Pol no era así. El evitaba burlarse de los demás.
No toda la clase le pegaba, solo unos cuantos chicos y alguna
que otra chica presumida.
Alguna vez lo habían defendido, pero muy pocas. Y
no podía chivarse al profesor, porque en ese caso
lo dejarían en paz, tal vez durante un tiempo. Pero
después volverían las agresiones, y con más
fuerza. Como si se vengaran del chivatazo. A veces ni eso.
Si se chivaba un agredido, los otros le agredían
aún más y le amenazaban. Por eso tenía
que callármelo. Encima, se exponía a la posibilidad
que el profesor no hiciera mucho caso y solo advirtiera
en general a la clase, y lo único que conseguía
con eso, era triplicar las agresiones.
Si en el pasillo era agredido y le quedaban moratones frecuentemente,
en clase se burlaban de él. Incluso el maestro se
rió alguna vez.
Una vez, debido a su enfermedad, estornudó y con
tan mala suerte que le cayó en la gabardina del maestro.
El profesor era conocedor de su enfermedad, y sabía
que podía estornudar una flema sin querer.
Pero el profesor lo ridiculizó. Lo que le hizo no
tuvo nombre. Y aún más sabiendo que Pol tenía
esa dificultosa enfermedad.
El maestro bramó:
-Eeeecs. ¡Has el favor de quitármelo ahora
mismo! -naturalmente toda la clase se rió. Menos
una muchachita. Que estaba enamorada en secreto de Pol.
Pol no sabía con que quitarlo. No se le ocurría
con que
- Lo siento. No se con que quitarlo -Esa situación
le incómodo y le produjo un cosquilleo repulsivo
que le aferraba todo el cuerpo.
- ¡Quítamelo ya!
- ¿Con que? -Preguntó Pol nervioso. No sabía
que hacer. Estaba avergonzado de lo que había echo.
El profesor le hizo sentirse culpable de su enfermedad y
de su estornudo.
- Con tu Camisa. O lo que tengas. ¡Pero quítamelo
ahora mismo! ¡O te quedarás expulsado! -Las
amenazas parecían acompañarse con un tono
burlón. Pol no lo notó.
Pol nervioso. Sonrojado y con un mal estar terrible. Cogió
su camisa, se acercó al maestro, y le limpió
el moco que se le había quedado pegado en la gabardina.
Se le incrustó el moco en la camisa. Se lo limpió
todo lo bien que pudo y en consecuencia se le pegó
en la camisa como una pegatina.
La clase emitía estruendas carcajadas y reían
como bárbaros. Se reían de Pol. Todos, excepto
la chica que estaba enamorada de Pol.
- Vale. Esta bien -Los labios del profesor no pudieron disimular
la sonrisa- vete a limpiar. Guarro. Y no lo hagas nunca
más.
Pol no pudo aguantar el llanto y salió con las lágrimas
esparciéndose sobre sus mejillas. Esa reacción
provocó más carcajadas. El propio maestro
no se reprimió.
Mientras Pol salía por la puerta y se dirigía
al lavabo para limpiarse la camisa. El maestro sonreía.
- Ecs. Que asqueroso -Y los alumnos rieron de nuevo.
Incluso comentaron la jugada mientras Pol estaba en el baño.
Indudablemente se rieron durante muchos días, incluso
meses, por haber echado encima una flema al profesor.
Incluso en la actualidad, aún le echan en cara lo
ocurrido hace tantos años.
Tras pasar un día de colegio bajo la mano cruel
de los alumnos, llegaba a casa.
Su madre siempre le gritaba. Aunque el motivo fuera idiota.
Si se le caía un palillo en el suelo. Le gritaba.
Si no se había comido el bocadillo porque se encerraba
en el váter a la hora del patio para que nadie le
pegara o le increpara. Le gritaba.
Tenía un ordenador, bueno… más o menos.
Su padre se había comprado un buen ordenador, ya
que era médico y tenía mucho dinero. Lo puso
en la Consulta. No trabajaba nunca con él. Solo jugaba
o chateaba.
No obstante, raramente dejaba jugar a Pol. Como mucho, lo
dejaba mirar mientras él jugaba.
Los fines de semana, se sentaba a su lado. Viendo como
su padre jugaba hasta altas horas de la madrugada. No le
gustaba en absoluto permanecer allí inmóvil
viendo como su padre jugaba. Pero era una forma de esperar.
Su padre sabía que solo lo hacía para poder
jugar al ordenador.
Normalmente terminaba de jugar entre las 3 i las 5.
Pol aguardaba ansiosamente ese momento. Si tenía
suerte, su padre lo dejaba jugar. Sino, le ponía
un password en el ordenador y se iba a dormir. Cuando le
dejaba quedarse a jugar, siempre lo hacía quejándose.
Diciéndole que era un viciado. Por el motivo que
fuera, no le gustaba que su hijo jugara con su ordenador.
Pero tampoco quería, ni de lejos, comprarle uno a
su hijo.
Aunque hubiera sido la única alegría en la
vida de Pol.
Un sábado noche, en la casa solo estaban Pol, su
hermana mayor ( que era 5 años mayor que él),
y su padre.
Pol espero sentado al lado de su padre como siempre. Su
padre terminó antes de lo previsto: A las 2 de la
madrugada.
Pol quiso ponerse en el ordenador, pero su padre quería
que viera la televisión con él y le dijo:
- ¡Ya esta bien de tanto puñetero ordenador!
Pol había esperado durante dos horas, mientras su
padre se rompía el coco intentando resolver un puzzle
de un juego del ordenador. Y ahora a su padre no le daba
la gana dejarle jugar.
Pol renegó. Su padre lo dejó estar y se fue
al baño a hacer sus necesidades.
Cuando salió del baño, Pol estaba jugando
a un juego de estrategia.
Su favorito: "Starcraft". El chico estaba sonriendo
(Rara vez lo hacía).
Su padre volvió a advertirle que viniera a ver la
tele.
Pol hizo caso omiso. Se lo estaba pasando en grande jugando.
Transcurridos apenas cinco minutos su padre volvió.
-Ven a ver la tele o te pego una ostia.
-Pero, jo... papa, me lo estoy pasando muy bien. Déjame
quedar aquí por favor -le suplicó mientras
intentaba no perder la concentración en el juego.
Su padre, iracundo, y al parecer indignado. Ando hacia
él y le propinó un fuerte puñetazo
en el hombro. Lo cogió y lo lanzó al suelo.
Le asestó una patada. Lo levantó con ambos
brazos y lo dejó caer al suelo. Lo levantó
de nuevo y lo abofeteó con fuerza tres veces, lo
empujó y lo hizo saltar por encima de una camilla
que tenía puesta en la consulta.
Pol se levantó como pudo y al hacerlo su padre le
golpeó varias veces por la espalda.
Su hermana oyó la paliza y entro en la consulta rápidamente.
Al ver el estado de Pol, se puso a llorar y se interpuso
entre él y su padre.
- Basta Papa. Déjale ya.
Pol lloraba. Estaba magullado y cansado. Físicamente
y psíquicamente. Estaba harto de los abusones, las
agresiones. Todo. No lo soportaba más.
La ira inundó su rostro. No controlo su reacción.
- Ya estoy harto. ¡No vas a pegarme nunca más!
Pol se encamino con rabia hacía su padre, con los
puños en alto. Tenía sangre en los ojos. Todos
los párpados irritados de tanto llorar, y las mejillas
enrojecidas.
- ¿Tú me vas a pegar? Imbécil -Su padre
se mostró firme y se dirigió amenazador en
dirección a su hijo.
Pol desató toda su rabia acumulada. Que era mucha.
Jadeaba frenéticamente con fuertes sollozos. Topó
con su padre y lo intentó golpear. Pero éste,
con toda facilidad lo abofeteó y lo empujó
hacia tras. Pol cayó de espaldas. Su padre iba a
pegarle pero su hermana lo sujetó.
Pol jadeó y se retorció de rabia en el suelo
mientras lloraba. Su hermana lloraba también.
Su hermana tranquilizó a su padre y se llevo a Pol
a su habitación.
Por increíble que parezca, su hermana le daba un
poco la razón a su padre. Acusaba a Pol de no ver
la tele junto a su padre.
Pero Pol solo quería jugar un rato.
Si no quería ver la tele, su padre tampoco tenía
porque pegarle.
El agresor subió al cabo de un rato. Lo sermoneó.
Estuvo media hora dándole la charla y tratándolo
como si hubiera puesto una bomba en la casa, cuando lo único
que Pol quería, era jugar un poco.
Su padre le gritaba y sermoneaba. Se iba y volvía
cada dos minutos para sermonearlo de nuevo. Al final. A
las cinco de la mañana, lo dejó en paz. Consiguió
que Pol se sintiera un poco culpable a pesar de que no había
echo nada malo.
El día siguiente volvió su madre. Se había
ido cinco días a arreglar un chalet que tenían.
Pol le contó la disputa con su padre, y ella no dijo
nada. No le dio mucha importancia.
En esa temporada, entre segundo de eso y cuarto de eso,
Pol pasó un verdadero infierno. Intentó suicidarse
varias veces. Muchos días lloraba desconsoladamente.
Odiaba la vida que llevaba y quería morirse, pero,
lamentablemente no tuvo nunca el valor para suicidarse.
En cuarto de ESO cesó el infierno. El motivo fue
la madurez de los alumnos. Ya no eran tan infantiles. No
lo empujaban en el pasillo ni se reían de él.
También maduró Pol. Por eso quizás
su padre ya no se atrevía a pegarle. Ahora se enfrentaba
a un chico de metro setenta capaz de devolverle perfectamente
los golpes.
Ahora Pol es feliz. Vive con su novia en Bellaterra y no
guarda mucho rencor a sus padres ni a los alumnos que le
hicieron la vida imposible.
A causa de mi lúgubre infancia, no soporto a la gente
que se burla de mí. Me pongo furioso y soy capaz
de darle una paliza a cualquiera que me diga algo ofensivo.
¿Secuelas? ¿Me han quedado? Desgraciadamente
si.
Por si no lo había dicho… Pol, soy yo.
Me creaste
Me maltrataste
¿Para eso me creaste?
Me quería suicidar
Ahorcar
No tuve valor
Y ahora no te guardo rencor
Me estaba fumando un pitillo mientras esperaba el autobús.
Cada mañana esperaba junto a mis amigos a que llegara.
Tiré el pitillo al suelo y lo apagué con mis
botas nuevas.
- Mirad a Pol, -dijo Ernesto.
Ernesto es uno de mis mejores amigos. Lleva un peinado de
cresta con mechas rubias. Le queda bastante bien y muchas
chicas babean por él. Quizás es porque tiene
aspecto de delincuente y es un poco cara dura. Yo soy más
o menos así. Sin embargo, yo soy el "líder"
podría decirse. Si yo ando mis amigos andan. Si yo
meo en el suelo mis amigos mean en el suelo. Si yo me rasco
el culo con el asfalto de la carretera mis amigos hacen
lo mismo. Esta bastante bien tener a unos amigos que te
lamen el culo todo el día. Además casi nunca
se vuelven contra mí. Una vez, Ernesto se enfadó
conmigo y lo pagó caro. El resto de los chicos dejó
de hablarle hasta que nos reconciliamos. Desde luego yo
contribuí a que no le hablaran. Fui escampando por
todo el pueblo que Ernesto se reía y burlaba de ellos,
de pequeños defectos que tenían. Así
todo el mundo le cogió manía y me apoyó
a mí. Es bastante fácil moldear a la gente
a mi gusto. Siempre consigo lo que quiero y estoy acostumbrado
a eso.
- Mmmm -dije yo.
Escruté a Pol de pies a cabeza hasta que se detuvo
al lado de una farola, a cinco metros de donde estaba yo.
- ¡Eh Pol! -dije- Que feo eres, ¿de pequeño
desayunabas puñetazos? -la gente se destornillo de
risa.
El patético Pol bajo la cabeza. No es que me caiga
mal Pol… pero es que no lo soporto. Es un chico antisocial
y no se relaciona con los demás.
Encima echa una peste que inunda a todos con su hedor.
- ¡Ven aquí Pol!- me reí- ¡Vamos
ven!
Pol no me hizo caso.
Como ya he dicho antes, estoy acostumbrado ha que todo el
mundo me lama el culo. Que todo el mundo haga lo que yo
quiero y cuando quiero.
Mi inteligencia y mi musculatura física me ayudan
en ello. Así que cuando Pol no vino me enfurecí.
- ¡Que vengas aquí, no me has oído!
-le grité comenzando a caminar hacia él.
Los chicos que había allí se me quedaron mirando.
En aquellos momentos llevaba una camiseta roja que dejaba
a la vista mis brazos musculosos.
Pol seguía con la cabeza agachada. De verdad, me
encantaba molestar a ese chico. Todo el mundo se reía
cuando le hacía algo y yo no pensaba moderarme en
mi comportamiento. Había días que le golpeaba,
otros que le insultaba, otros que le robaba la mochila y
se la escondía, y un largo etc.
- Estas sordo -le dije casi al oído.
- Dime -dijo él sin interés y manteniendo
la cabeza agachada.
¿Es tonto este tío?, pensé. No hacía
nada, ni se atrevía a mirarme a los ojos. ¿Con
que sí eh?, pensé. Lo cogí de la camiseta
pasada de moda que llevaba y lo empujé. Se golpeó
la cabeza contra la farola y cayó al suelo de lado.
La gente hecho a reír. Pol había caído
de una forma bastante cómica. Si hubo alguien que
se apiado de él, ese alguien se calló. Cualquier
persona coherente se ahorraría una disputa conmigo.
- Levántate idiota- ordené.
El autobús llegó. Pol seguía en el
suelo. Los alumnos comenzaron a subir dentro del autobús
uno a uno. Espere a que hubieran subido todos.
- Como te muevas te pego -le dije riéndome.
- Pero me dejará el autobús -se quejó
medio llorando.
- ¡Me da igual! -exclamé. Me eche a reír
sin querer y Pol me miró desconcertado- Como te muevas
te pego una paliza -me fui alejando, riendo y destornillándome
de risa.
El patético muchacho se quedaría sin poder
ir a clase.
Pol se levantó lentamente pero se quedó allí
quieto, sin moverse. Subí al autobús dándole
la espalda. Pasé entre los asientos y cuando fui
a sentarme noté una punzada en el hombro. Me lo palpé
con la mano. Tenía la mano llena de sangre. Al principio
no sabía que ocurría, pero una segunda punzada
se me clavó en el otro hombro. La sangre me estaba
empapando la camisa. Una última punzada en la cabeza
me atravesó el cabello y se clavó en mi cráneo.
Morí al instante.
Testificación de Pol:
Todo el mundo lo adoraba, le temían. Él siempre
estaba pegándome, insultándome, haciéndome
la vida imposible. Les juro que iba a suicidarme, dios sabe
que lo quería hacer. Así que… o era él
o era yo. Finalmente fue él. Ya no aguantaba más.
Me había traído un cuchillo hasta el autobús,
pero cuando llegué me invadió el pánico
y pensé que estaba loco por haberlo traído.
Pero cuando el chico se rió de mi y me tiro al suelo
obligándome a no subir al autobús. Eso fue
la gota que colmó el vaso. Cuando subió al
autobús corrí detrás suyo y saqué
con rapidez el cuchillo de la mochila. Se lo hundí
en los dos hombros, y con más fuerza se lo clavé
en el cráneo hasta que el conductor del autobús
me detuvo. Ya saben porque lo hice. O me suicidaba, o le
mataba acabando con él y toda la amargura que me
transmitía.
Que guapa es. Hoy la he vuelto a ver. Cuando
el autobús llegaba al instituto la he visto.
1
Con su cabello oscuro, largo y liso, sus ademanes hermosos
y su andar elegante. Aunque las malas lenguas decían
que tenía el "trasero" un poco amplio,
y tal vez era verdad. Yo opinaba que era la chica más
bella que había sobre la faz de la tierra. Me enamoré
otras veces, y nunca conseguí a la chica porque era
demasiado tímido. Pero con esta me lo quería
currar de verdad.
Bajé del autobús y el aire fresco matutino
me heló el rostro. Eran las 8:25 de la mañana
de un viernes 19 de octubre en el instituto I.E.S Julio
Antonio. Yo tenía quince años y cursaba cuarto
de Eso. Hacía tiempo que mi época mala había
pasado. Aquél tiempo en que los alumnos me agredían
y me insultaban. Ahora me había labrado una cierta
popularidad entre el alumnado y tenía amigos en la
alta esferas del instituto, es decir, el bachillerato. Dos
de mis amigos de toda la vida estudiaban allí. Eran
muy conocidos en bachillerato y uno de ellos: Tomas Valcárcel,
era increíblemente popular. En clase, se sentaba
al lado de Pere Mazón, un alumno de 1,80, de aspecto
galán y muy inteligente. Muchas chicas de mi clase
lo miraban más de una vez cuando pasaba por nuestro
pasillo.
Entré en el instituto y me dirigí a clase.
El profesor ya se hallaba dentro y la mayoría de
los alumnos estaban sentados en sus respectivos sitios.
Pasaron cinco horas y media de clase antes de que nos fuéramos
a casa. Por suerte, por la tarde no teníamos clase
y podía quedarme chateando en el PC hasta la noche.
Llegué a las 14:25 a casa. Mi madre tenía
la comida preparada como de costumbre. Me la comí
rápidamente casi sin masticar (luego lo lamenté
cuando tuve que ir más de tres veces al baño).
Cuando terminé de comer me marché a mi habitación.
Allí me esperaban mi ordenador y mi router adsl,
desde el cual me conectaba todos los días. Encendí
el ordenador, cerré la puerta, me puse un cojín
sobre la silla y me acomodé delante de mi computadora.
Me dispuse a chatear en el MSN Messenger como hacía
siempre.
Eran las 3:00. Allí me encontré a Mazón.
Yo sabía que Mazón era muy amigo de la chica
que me gustaba: Cristina. Así que le pedí
un favor.
-Hola Mazón, ¿qué tal?
-Bien ¿Y tú?
-También, jeje, oye, ¿podrías hacerme
un favor?
- Si, claro. Dime
- ¿Tú conoces una chica que se llama Cristina
que tiene tu edad?
- Sí, ¿por qué?
- ¿Me la podrías presentar el sábado
por la noche?
Mazón tardó un poco en contestar y me asusté.
Temí que Cristina o algún amigo suyo se encontrara
con él y no quisiera responderme
- Oye, perdona es que mi madre me había llamado.
El sábado por la noche no creo que salga. Pero si
salgo y me ves dime lo de Cristina y te la presentaré.
- Vale tío. Muchas Gracias
Yo normalmente, que digo normalmente… ¡Nunca! Soy
tan directo preguntando las cosas. Pero es que por internet
todo es diferente. Al no tenerle cara a cara no me cuesta
nada pedirle que me presente a Cristina. Sin embargo, seguro
que si llega el sábado noche y me la quiere presentar,
me muero de vergüenza. Yo soy así.
A las nueve terminé de chatear. Comí y me
fui a dormir. Al día siguiente quedé con mis
amigos por la tarde. Quedamos en un lugar que llamamos:
laberinto. Lo llamamos así porque son una especie
de pasadizos pequeños en forma de laberinto. Cuando
llegué estaba mi amigo Valcárcel, Toni y Vives.
Estuvimos toda la tarde hablando sobre juegos y chicas.
Le comenté a Valcárcel (mi mejor amigo) mi
conversación vía chat con Mazón. Él
sabía que me gustaba Cristina y me felicitó
por el atrevimiento. No obstante, Toni y Vives no sabían
nada de mis sentimientos hacia esa chica.
Pasamos toda la tarde medio aburridos como hacíamos
siempre. Hasta que llegó Cristina al tema de conversación:
- Esta buena eh Mari carmen -dijo Vives con una sonrisa
en los dientes.
- No está mal -Admitió Toni
- La Cristina si que esta bien -sugirió Valcárcel.
Había formulado la pregunta, más que nada
para saber la opinión que tenían Toni y Vives
sobre la chica que me gustaba. Valcárcel opinaba
que estaba muy bien, pero la opinión de Vives y Toni
era una incógnita.
- Mira... Que quieres que te diga -dijo Toni
- ¡Bah! Que dices -dijo Vives con desdén- si
tiene el culo más gordo que una panera de pan.
Yo le lancé una mirada asesina pero Vives no la pilló.
Aquella fue la última vez que volvimos a reunirnos
los tres juntos.
2
El sábado por la noche ya había llegado. Era
mi noche favorita de la semana. Me enfundaba la ropa que
mejor me sentaba y me peinaba cuidadosamente poniéndome
todo el pelo de punta con gomina. Después salía
de casa y me iba a buscar a Vives.
Esa noche, como de costumbre, sólo salimos Vives
y yo. Toni i Valcárcel preferían quedarse
en casa machacándosela o, en el caso de Toni, jugar
hasta quedarse desmayado enfrente del ordenador. Yo, en
cambio, prefería salir a cazar ganado. Así
lo llamábamos Vives y yo.
Vives no tardó en salir de su inmensa casa, pues
su casa era la más grande de todo el pueblo. Anduvimos
hasta el bar Petrol. Allí una mujer que era más
ancha que larga nos sirvió un gintonic y un Vodka
con limonada. Vives era de estómago fino y solo bebía
gintonic. Una nenaza, opinaba yo. Nos bebimos los cubatas
y yo pedí un TGV para llevar.
Un TGV, por si alguien no sabe que es, es Tequila, Ginebra
y Vodka. Es una bebida muy potente que sólo se la
recomiendo a los borrachos empedernidos. Salimos del bar,
y yo, muy orgulloso con mi TGV en un vaso de plástico.
Caminamos por la carretera. Teníamos que llegar al
otro pueblo situado a 1km. Tardamos diez minutos en llegar.
Yo aún no me había atrevido a beberme mi potaje.
Llegamos frente la discoteca Lord Pearson y allí,
delante de la puerta, me engullí mi cubata de un
trago. Casi eché las papas al suelo, pero logré
contenerme. Después de haber lanzado el vaso de plástico,
entramos dentro.
La música de Gigi D'agostino (mi cantante favorito)
retumbaba en el suelo. El olor a ratonera y alcohol llegó
pronto a mis oídos. Nos encaminamos directos a la
barra. Allí volví a Pedir un TGV. Era la una
de la madrugada y la gente no llegaba hasta la 1:30.
3
Me bebí otro TGV hasta que el local se llenó
del todo. Mi borrachera ya se hacía bastante visible
con mis movimientos torpes. A la 1:40 de la madrugada llegó
Cristina. Cristina iba con su amiga Linda, eran inseparables.
Yo conocía a Linda por el Messenger y aproveché
para acercarme y saludarla. Así, de paso, alomejor
me presentaba a Cristina. Me planté delante de ella
y la saludé. Pareció sorprenderse al verme,
pues nunca la había saludado. Pero como chateábamos
con frecuencia no pudo negarme el saludo. Me dio dos besos,
me preguntó que tal y me fui sin que la hija de puta
me hubiera presentado a Cristina. En esos momentos me cague
en su madre y en todo lo cagable.
Volví a la barra con Vives. Me observaba atónito.
- ¿De qué conocías a Linda? -preguntó.
- Del Messenger
A Vives le brillaron los ojos.
- Tío, ¿me pasarás su Messenger?
Yo asentí.
<< Serás cabrón -pensé- te interesas
por linda que parece un pingüino mareado y ésta
tarde me has dicho que Cristina tenía el culo como
una panera de Pan>>
Después de saciarnos la vista mirando las adolescentes
que iban cortas de ropa nos desplazamos hasta un rincón.
Allí se encontraban compañeros de mi clase.
Charlamos un rato y después le dije a Vives que iba
a beberme otro cubata.
- ¿otro ya? Joder tío -se sorprendió-
Venga, va, que te acompaño.
Me acompañó. Pedí un JB con coca cola.
Me lo bebí de un trago y dejé el vaso vació
encima de la barra. Vives abrió la poca sorprendido.
- Joder, esta noche te estás pasando, ¿no?
Y tenía razón. Me estaba emborrachando a propósito.
Esa noche había decidido que si no venía Mazón,
yo solo, me presentaría a Cristina.
Volvimos al rincón y bailamos un rato. En vez de
bailar, podría decirse que nos pillaban ataques epilépticos.
- ¿Qué pasa neeeen? -me saludó Pasapou
Pasapou era un tipo de estatura media, con el pelo rizado
y con más entradas que un concierto de los Rolling
Stones. Era el típico pringadillo que iba solo a
los sitios y se acoplaba con la gente.
Cuando me saludó se me puso al lado y empezó
a "bailar". Extendió el brazo y lo bajó.
Hizo lo mismo con el otro brazo. Cerró los puños
y los movió de arriba abajo acorde con la canción.
De pronto le cogió un ataque epiléptico y
se convulsionó con el subidón de una canción.
Cuando la canción terminó, su ataque epiléptico
también había terminado.
En esos instantes vi a Mazón en la barra y el corazón
comenzó a palpitarme con fuerza. ¿Me presentaría
a Cristina? Estaba verdaderamente emocionado.
Fijé mi vista en Mazón y controlé todos
sus movimientos. Se pidió un cubata, que desde la
lejanía no logré ver cual era. Después
caminó hasta cristina y la saludó. El corazón
casi se me salió del cuerpo. ¿Y si le estaba
hablando de mí? Noté como las piernas me temblaban
y el vaso vacio que llevaba casi se me cayó a los
pies. Era una manía que tenía. Nunca podía
bailar sin un vaso, aunque estuviera vacío me daba
igual. Pero tener algo en la mano me transmitía confianza
aunque nunca he logrado adivinar por qué.
Mazón terminó de hablar con Cristina y despareció
de mi vista. Yo seguí bailando aún con el
corazón palpitando a un ritmo anormal.
- Ea tío -me saludó una voz a mi espalda.
Me giré y allí estaba Mazón, con su
pelo engominado y su aspecto galán. Charlamos un
rato. Criticamos a Toni y Valcárcel porque nunca
salían y finalmente me lanzó la temida pregunta.
- Me preguntases por Cristina, ¿no?
- S…Si -temí yo.
- ¿Te la presento?
Yo asentí sin apenas mover la cabeza. Mazón
se había percatado de mi miedo pero me condujo a
Cristina de todas formas.
4
Por fin la conocería. Estaba emocionado. La chica
más importante para mí, la que había
seguido tantas veces con la mirada desde el autobús.
Iba a conocerla. Muchas veces iba al pasillo de Bachillerato
sólo para verla.
Los sábados por la noche, me quedaba mirándola
desde lo lejos de la discoteca y la contemplaba durante
horas. Si un tío se le acercaba, yo también
lo hacía y bailaba empujándole hasta que se
ba. Estaba muy enamorado. ¿Pero y si me rechazaba?
Tenía mucho miedo. ¿Y si no quería
conocerme? Bueno… esa opción era bastante improbable.
Una chica, por muy feo que seas no te mandará a la
mierda antes de que os presenten. Cristina parecía
ser el tipo de chica perfecta: Agradable, simpática
y bonita. Dudaba mucho que me diera largas. Si lo hacía
me moriría de vergüenza.
A medida que nos acercábamos la veía con más
claridad.
<< Que guapa es -pensé- ¡Es súper
guapa! >>
Me imaginé saliendo con ella y el rostro se me agrando
en una inmensa sonrisa. Era la mujer de mi vida, estaba
seguro. No descansaría hasta conseguirla. No podía
dejar de ver su cara bonita y su cuerpo lujurioso. El temor
se me pasó poco a poco hasta que Mazón me
situó delante de ella. En ese momento el corazón
me golpeó el pecho con fuerza.
- Oye, te presento a Stephen.
Comencé a temblar visiblemente. Estaba seguro de
que no lograría pronunciar ni dos palabras cuerdas.
- Ahora no tengo tiempo -dijo ella con desdén.
Mazón captó la indirecta y me cogió
del brazo para que nos alejáramos.
- Vamos, que es una imbécil -dijo.
Yo no me lo creí. Sin motivo alguno no me lo creí.
Me quedé ahí pasmado. Contemplando a Cristina
que se estaba incomodando visiblemente por mí presencia.
Llevaba un año seguido observándola y enamorándome
perdidamente de ella. Y cuando había tenido el valor
de conocerla, ella simplemente no quería conocerme.
No podía ser. Seguro que había entendido mal
todo lo ocurrido. Ni siquiera Mazón me había
cogido del brazo, sí, era eso.
- Hola. Soy Stephen -dije dándole un beso en la mejilla.
Ella se quedó petrificada. Observando como la saludaba.
- ¿qué haces? -me dijo con una risa en los
labios- ¿Qué haces? -repitió con un
tono de desprecio.
Linda empezó a reírse.
- Saludarte.
- Que no te quiero conocer he dicho -dijo ella sádicamente.
Yo no pude creérmelo. ¡No quería conocerme!
A mí, que me había labrado una cierta popularidad.
Y había esperado a tener más popularidad para
que me la presentaran. La había apreciado e idolatrado
durante muchísimo tiempo. Y ahora descubría
que era una antipática y que despreciaba a la gente.
Me enfurecí. Las venillas de las sienes se me marcaron.
Los ojos se me inyectaron en sangre. Apreté con fuerza
los dientes y mi rostro mostró una ira profunda.
Cristina dio un paso atrás.
- Márchate bicho.
Linda rió con más fuerza y no esmeró
en taparse la boca.
No pude controlarme. Esa humillación no estaba a
mi alcance. Había perdido toda cordura.
- ¡Serás Hija de Puta! -grité
A cristina se le dilataron los ojos.
- ¿Como has dicho?
Agarré con fuerza el vaso, estrujándolo hasta
que me estalló en las manos.
- ¡Hija de puta! -chillé escupiendo cascadas
de saliva.
Le quité un vaso medio lleno que tenía Linda
en la mano y lo agarré con fuerza. Lo levanté
en el aire y lo rompí en la cabeza de Cristina. El
vaso de cristal le estalló con fuerza en su despreciada
cabellera. La sangre se divisó en su pelo al instante.
- ¡Hija de puta! -chillé agarrándola
de la cabeza.
Cristina intentó cogerme la mano. Mazón estaba
petrificado mirándome, no se lo creía. Linda
había enmudecido de terror. La gente se quedó
mirándonos, y los que estaban de espalda se volvieron.
Cogí la cabeza de Cristina y la golpeé contra
un poste metálico que estaba a su lado. Le aplasté
la cabeza contra el poste una y otra vez. En total unas
diez veces hasta que la gente se abalanzó sobre mí.
Veía a Cristina en el suelo boca abajo. La sangre
ensuciaba el suelo con rapidez.
5
Cristina murió. Los huecesillos de la nariz se le
incrustaron en el cerebro a causa de los impactos contra
el poste. Los médicos dijeron que murió al
cuarto golpe y que ni siquiera se enteró del dolor.
Pasé dos años en un correccional y salí
de allí con diecisiete años. Logré
engañar a los psicólogos haciéndoles
creer que estaba arrepentido de lo que hice, sin embargo,
nunca me arrepentiría. Tuve que buscarme la vida
ya que mis padres no quisieron saber nada más de
mí. Desde el momento en que Cristina me despreció,
odie las mujeres. Y seguiré odiándolas hasta
el día de mi muerte.
La gente se paseaba tranquilamente por la feria. Escudriñando
los tenderetes, observando las atracciones. Los más
pequeños disfrutaban con ellas, y los no tan pequeños
también.
Móra La Nova es la ciudad donde se celebraba dicha
feria. Cada año se llenaban tres calles enteras con
atracciones y tenderetes. El poli deportivo era inundado
con tiendas de todo tipo. La escuela servía de concesionario
improvisado. Todo el mundo salía a divertirse: El
muchacho que en la máquina del gancho intentaba cogerse
un reloj mientras hacía creer a su novia que intentaba
conseguirle el osito de peluche… El chico que se compraba
petardos y los lanzaba en medio de la calle asustando a
la gente… El abuelo que paseaba nostálgico recordando
el día en que nació la feria. Probablemente
habría miles de historias que contar. Dignas de rellenar
un buen libro repleto de cotilleos y curiosidades. Los chicos
gamberros no se quedaban atrás, pues también
rondaban por la feria. Siempre hay gamberros pensará
todo el mundo. No obstante, lo que empezó como un
juego para un chiquillo, terminó con la muerte de
todos los asistentes a la feria.
Alfonso reía bajo la ventana. Su calle estaba inundada
por la feria, y Alfonso lo aprovechó para sus trastadas.
Corría un día de sol intenso que se adhería
a los ropajes de la gente. El suelo, como de costumbre,
estaba lleno de papeles, propagandas y basura en general.
La multitud pasaba por debajo de los perturbados ojos de
Alfonso sin verlo.
¡pam! Se oyó. Una bolita diminuta de color
blanco como la leche salió disparada de una ventana.
Se desplazó por los aires en línea oblicua
hasta que impactó a toda velocidad contra las gafas
de un Anciano solitario. La bolita le dio en el reborde
que sujetaba el cristal y éste dio un saltito despojándose
de las gafas. Cayó al suelo agrietándose al
instante.
El anciano notó algo, como si le tiraran una piedrecilla,
pero no le dio más importancia . Recogió el
cristal agrietado y siguió andando solitario.
Agachado debajo de la ventana, Alfonso reía con una
mueca cruel en sus labios. Sus ojos mostraban unas diminutas
venas de sangre que se extendían por las pupilas,
el lirio reflejaba un volcán en su interior.
Alfonso se hartó. Llevaba media hora usando la pistola
y mucha gente había sido herida. Pero sentía
ansias de hacer más daño. La pistola con balas
de plástico le parecía un juego de niños.
<< Si, debes hacerlo, busca algo con que hacer daño.
Ellos te buscarán y te harán daño si
no atacas tu primero -una voz sonaba en su sonada cabeza
>>.
- Ellos, jajaja -rió jocoso- tengo que... hacer…
algo ¿yo? Si claro que sí, jajaja.
Bajó. Bajó al piso de abajo. Se encaminó
hacia la cocina. La escrutó al completo. Abrió
un armario de vidrio, su madre era una adicta al vidrio
podría decirse. Coleccionaba hasta calcetines de
cristal.
Sacó vasos y más vasos del armario. Los subió
arriba, abrió la puerta de la terraza y posó
los vasos en el suelo. Cuando tuvo bastantes vasos dejó
el armario cerrado y volvió a subir.
- Yo… no puedo hacerlo. No puedo.
<< Eso lo decidiré yo -dijo la voz dentro de
su cabeza >>.
Alfonso se convulsionó unos segundos y paró
de repente. Erguido y con el rostro apaciguado sus ojos
habían perdido la rojez de las pupilas y el lirio.
Ahora eran los globos blancos de sus ojos los que enrojecían,
estaban inyectados en sangre. Su aspecto transmitía
un aspecto de demente y psicópata.
Cogió un vaso y lo lanzó vertical con toda
su fuerza. El vaso voló hasta confundirse con el
sol. Una estrellita reluciente se reflejó mientras
caía a velocidad estrepitosa. Cayó contra
el suelo. Estalló en mil pedazos y los cristales
salieron dispersos en un radio de 15 metros. Cristales se
hundieron en la carne de chicos y chicas cortándoles
el rostro, las piernas, los brazos y todo lo que se les
puso por delante.
- Jua jua jua -emitió una carcajada que los heridos
lo oyeron. Se estremecieron todos.
Alfonso agarró con tanta fuerza otro vaso que le
explotó e la mano. Los vidrios se le clavaron e incrustaron
en la mano. La sangre chorreó con rapidez ensuciando
el suelo. No le importó.
Cogió otro vaso, esta vez no estalló. Se puso
en cuclillas y se impulsó hacia arriba. Dio un salto
magistral a la vez que el vaso se le escapaba de las manos
a una velocidad estremecedora. Iba mucho más rápido
que el anterior.
Dio en el blanco. El Vaso explosionó contra un policía.
Le atravesó la gorra que llevaba posada con delicadeza
y llegó a su cabeza. Allí estalló en
mil pedazos. Varios de ellos se clavaron en el cráneo
del policía. Los trozos restantes desgarraron la
cara de miles de personas que aún seguían
en el mismo lugar.
La gente comenzó a correr espantada, con el pánico
haciendo palpitar su corazón a diez mil por hora.
Los humanos corrían. Se pisaban, caían unos
encima de otros. Los niños lloraban, las madres gritaban.
Los que caían eran aplastados por los pasos histéricos
de las demás personas. Un ola humana intentaba huir.
- No, no señor, No lo permitiré
La terraza le escondía porque una pared se erguía
un metro por encima de su cabeza. Detrás de la pared
un tejado se extendía un par de metros.
Alfonso no se lo pensó.
<< Nadie debe huir >>.
-Es verdad
Saltó agarrándose a lo alto de la pared. Hizo
fuerza, desgarrándose los pantalones y la ropa hasta
que al fin consiguió subir al tejado.
- ¡Maldita sea! ¡Los vasos!
<< Yo te los traigo >>.
Extendió la mano. Movió los dedos invitando
a que los vasos vinieran con él. Uno de ellos le
hizo caso y se acercó hasta caer al tejado junto
a su lado. Se aferró a él y se lo apretujó
contra su pecho.
<< Se escapan >>.
- No lo harán
Se levantó. Apuntó con el vaso como si llevara
un lanzagranadas. Lo lanzó con tanta fuerza que impactó
contra la multitud, atravesando la espalda de un hombre
y saliendo por su vientre golpeó la cabeza de un
chiquillo y éste se desplomó casi inerte al
suelo.
Murió aplastado entre gritos y lloros de la gente
que huía aterrada.
- ¡Allí arriba! -chilló una mujer señalando
a Alfonso.
Multitud de personas se volvieron para contemplar al muchacho.
En él vieron un joven con la mano envuelta en sangre.
Con una postura psicópata, una mueca de ira homicida
y con los ojos poseídos por el diablo. Los gritos
resonaron entre la multitud y corrieron más y más.
Golpeándose entre ellos, cayéndose encima
los unos de los otros. Cuatro niños fueron aplastados
y murieron agónicamente.
<< No deben escapar >>
- ¡No escapareis! -aulló.
Corrió hacia la ventana. La ventana que había
utilizado para disparar con la pistola de bolas. Golpeó
el cristal y arrancó un buen trozó cortándose
la mano con cortes profundos. La sangre comenzó a
colorearle sus pantalones.
Cogió el cristal como un vúmeran. Lo impulsó
de atrás a delante. El cristal salió disparado
contra la multitud.
Testigo ocular 1, 1 de Diciembre de 2005
El cristal, con forma puntiaguda y alargada me pasó
por encima de la cabeza. Era una auténtica guillotina…
Cortó cuanto encontró a su paso: cabezas,
brazos, pies… Fue una auténtica masacre.
Fin: (el sujeto no pudo continuar, se mordió la lengua
en un ataque de epilepsia y se murió al instante)
Victorioso alzó sus manos vociferando un grito de
guerra. Sus pies se movieron. Primero lentamente y después
despacio. Su tejado estaba contiguo al de ocho casas más.
Sus pasos se movieron con más rapidez. Parecían
un rastro borroso. Alfonso corría por el tejado mirando
a los humanos heridos. Corrió y corrió con
una velocidad infernal. Se desvió hasta el final
del tejado y saltó. Saltó en dirección
al público. Se elevó por los aires y entonces
fue cuando…
Testigo ocular 2, 1 de Diciembre de 2005:
En los aires se detuvo. Empezó a cambiar. Su piel
bulló, las ampollas se le formaron en la carne y
gotas ácidas cayeron al suelo, la gente que estaba
debajo fue traspasada completamente por las gotas.
FIN: (el sujeto no pudo continuar. Murió de un infarto)
El cuerpo se enrojeció. Sus manos se agrandaron,
sus pantalones se desgarraron ante los prominentes músculos
que salían de sus piernas. Su camisa estalló
en los aires, y su pecho flácido se convirtió
en un pectoral voluminoso. Su espalda se desgarró
y sangró. La sangre se derramó encima de la
gente.
Testigo ocular 3, 1 de Diciembre de 2005:
Co...Corríamos y oía gente gritar. Cuando
me di cuenta un chorro de sangre provinente del cielo se
derramó sobre mi brazo (mostró el brazo amputado).
Y ya ve…
Fin: (El sujetó ardió ante todos como si lo
hubieran rociado con NAPALM.)
Las alas le salieron de la espalda. Unas alas fuertes y
macizas se extendían a lo alto del cielo.
Alfonso se fue volando para no volver nunca más.
Último testigo superviviente (JHOONY KEEPER), 1
de Diciembre de 2005.
Arranqué mi coche al oír gritos dentro de
la feria. No se porque lo hice. Pero huí haciendo
rugir el motor y acelerando tan rápido como pude.
Vi un río de lava cayendo del cielo. Me quemó
la parte trasera del coche y volqué. Cuando desperté
no notaba na…
MANICOMIO PERE MATA:
- ¡Les digo que es verdad! Tienen que creerme
- Seguro Jhoony…
- Ardierooon, Ardieron todos delante de mí cuando
les contaba lo que ocurrió, todo esta destruido,
¡¡¡¡¡¡¡¡¡ardierooon
delante de mí!!!!!!!!
- Te entiendo Jhoony
Jhoony entró en la celda. La puerta hermética
se cerró dejándolo a la vista por un pequeño
cristal que se encontraba encima de la puerta.
- Seguro Jhoony -Rió- El cristal de la puerta estalló
disparándose contra Jhoony. Su cuerpo fue clavado
contra la pared por miles de trozos de cristal.
Alfonso disfrazado de médico sonrió.
- EL DEMONIO SIEMPRE GANA
Me llamo Paquito Serra. Tengo 35 años. Estoy casado
con una mujer: María, a la cual le he dado una hija
y un hijo. Los dos tienen actualmente cuatro y seis años.
María cumplirá pronto los 38. Nos conocimos
en Venecia. Yo iba con unos amigos a pasar una semana en
ésta magnífica ciudad italiana. Allí
nos encontramos con gente española. Entre ellos estaba
María. Congeniamos perfectamente y empezamos a salir
dos semanas después. Teníamos tan solo 22
años cuando comenzamos nuestra relación. A
los 25 nos casamos. A los 29 tuvimos nuestra primera hija.
A los 31 nuestro primer hijo. Trabajo en una agencia de
Viajes en calidad de administrativo. Mi mujer es la directiva
de una empresa de limpieza. Nuestras hijas van a un colegio
muy cercano, a dos manzanas de nuestra casa. Nuestra morada,
esta muy bien, tiene dos pisos y todo lo que una familia
necesita para vivir en un buen hogar.
Mido 1,70 tengo un aspecto fláccido. Mi cabello
es oscuro y descuidado. Mis ojos son de un color verde inocente
que resalta mi aspecto juvenil.
Me gusta ir bien aseado y correctamente vestido. Me gusta
combinar adecuadamente la ropa que me pongo. Me ducho cada
mañana antes de ir al trabajo y al volver de él.
Los fines de semana trabajo como voluntariado en un centro
de la tercera edad, haciendo de una especie de bufón
moderno. Trabajo de 9:00 a 13:00 y de 15:00 a 17:00. Mi
remuneración, junto con la de mi mujer, nos permite
vivir decentemente. Después de todo lo que habrán
leído no sé si les caeré bien o mal.
A primera vista parezco una persona normal con una familia
normal. Mi familia lo es. Pero puedo asegurarles que yo
no lo soy, en absoluto. Mi mujer cree que me conoce, pero
no sabe nada de mi lado oscuro.
Me place pasear por las noches cuando la luna apenas alumbra
las calles. Me gusta andar por barrios marginales y oscurecidos.
Siempre le digo a mi mujer que voy a jugar a las cartas
con los amigos en casa de un compañero de trabajo.
Pero no hago eso. Lo que hago es pasear desde las 10:30
hasta las 12:30. Mi horario para caminar está cronometrado
al milímetro. Camino por las calles oscuras con mi
maletín y vestido con una gabardina negra que me
pongo sólo para la ocasión. Un sombrero elegante
enfunda siempre mi cabeza en dichos paseos. Ando y ando
observando cuanto me rodea: las farolas estropeadas que
no reflejan ningún tipo de luz en el suelo, las casas
casi en ruinas; el silencio sepulcral que invade las calles
por donde paseo. Y lo que más me gusta, los mendigos.
Esos moribundos, normalmente, viejos, que duermen entre
cartones y con una botella de vino bajo el brazo. Me gusta
acercarme a ellos. Siempre se me quedan mirando con los
ojos humedecidos y extendiéndome la mano.
- Una limosna por favor
Suelen pedirme. Yo les sonrío. Me acuclilló
delante de ellos con mis manos abrigadas en guantes de látex
de doble capa. Abro el maletín. Su interior queda
solo visible para mí. Solo yo veo lo que contiene:
Guantes de látex, un cuchillo de cocina que mide
20 centímetros (lo robé en una tienda) y un
frasco con 100mililitros de gasolina, que está en
un pote que uso a modo de Spray.
En mi maletín también llevo un mechero de
plata que me costo 1000 uros en una joyería
de prestigio. Le he puesto un nombre al mechero: "Martín".
No sé porqué se lo puse. Simplemente pensé
que era un buen nombre para un mechero. Mi mujer no conoce
en absoluto la existencia del maletín. Pues lo guardo
en las golfas dentro de un baúl cerrado con candado.
El anciano me extiende la mano con más ímpetu
al ver que me quedo observando el interior del maletín
y no me decido a darle ninguna limosna. Al cabo de un momento
emite un chillido ahogado. Siempre lo hacen. Lo hacen cuando
ven como saco cuidadosamente el cuchillo, que siempre lavo
unas 10 veces antes de utilizarlo.
Se reclinan contra la pared y mueven las manos frenéticamente
como para protegerse:
- Por favor, no -suelen decir, o-: tengo hijos, no lo haga.
A mí, todo eso no me incumbe. Son escoria y como
escoria tienen que morir.
Sacó mi cuchillo y lo agarró fuertemente
por el mango. Dejó el maletín cuidadosamente
a un lado para que no se manche con la sangre del despreciable
moribundo y me levantó. Si gritan les apuñalo
instantáneamente. Si suplican perdón me lo
tomo con más calma. Me agacho un poco y alzó
el cuchillo para bajarlo al instante a una velocidad más
que considerable. Lo hundo en el estómago del sucio
mendigo una y otra vez hasta saciar mis ansias. Suelo propinar
entre 10 y 20 puñaladas, no más. Excepto un
día en que un mendigo me insultó. Esa vez
incluso me ensucié con su sangre. Pues le asesté
120 puñaladas y quedé completamente empapado.
Por lo general suelo controlarme, pero esa vez se me escapó
de las manos.
Cuando terminó de apuñalar a la escoria,
limpio el cuchillo con un pañuelo y se lo lanzo encima
del indigente. Siempre me cercioro de que no haya huellas
digitales de ningún tipo por donde yo paso.
Después extraigo cuidadosamente del maletín,
el pote con gasolina y el mechero. Rocío al mendigo
como si le echara perfume por todo el cuerpo hasta que se
me vacía el pote. Después enciendo el mechero
y se lo acerco a la cabeza hasta que sus cabellos arden
en llamas. Cuando he acabado con la vida del moribundo me
quedó observándolo un rato.
Sus ojos alicaídos, sus mejillas que empalidecen
con rapidez, y sus brazos posados sin vida contra el suelo.
Contemplo como el fuego se propaga por todo su cuerpo hasta
que queda chamuscado.
Me siento poderoso por haber quitado de la civilización
a esa escoria.
Después de observar el cuerpo sin vida del indigente,
meto el cuchillo en el maletín y lo cierro. Paseo
un rato más por los alrededores hasta que se hace
la hora y vuelvo a casa. Allí me espera mi mujer,
en la cama. Primero lavo el cuchillo diez veces y dejo el
maletín en su escondrijo. Cuando he terminado voy
a la habitación de mis hijas, les doy un beso y luego
me voy a dormir con mi mujer. Si esta despierta le digo
que la amo y hacemos el amor si ella quiere.
Ya ven que mi vida parece normal, excepto por mis crímenes.
No puedo evitarlo, es como el tabaco o como la droga. No
puedo dejarlo. Es una necesidad que me pide el cuerpo, un
vicio que tengo que saciar, al menos una vez al mes. A veces
me cogen arrebatos y termino matando a skinheads, hippies
o cualquiera que me encuentre en las lúgubres calles
por donde paseo. Llevo dos años matando a indigentes
y algún que otro transeúnte normal. Mi lista
de víctimas haciende a 23.
Colecciono recortes de periódico donde muestran
la noticia del asesinato que he cometido. Los guardo en
un álbum de fotos que escondo dentro del baúl,
junto a mi maletín.
Ahora he comenzado a estudiar la carrera de criminología
a distancia. Lo hago con el nombre de mi mujer y ella no
sabe nada. Quiero cometer crímenes más atroces.
Pero para ello estoy esperando a terminar la carrera a distancia
y haberme informado de muchas cosas sobre el tema. En un
futuro pienso cometer muchísimos asesinatos y salir
impune. Eso si no me detienen antes… Pero lo veo difícil
con la penosa tarea policial que se lleva a cabo. En Madrid
me conocen como "el pirómano de los pobres",
puesto que mi firma es dejarlos calcinados. Con los transeúntes
normales no lo hago, más que nada para despistar.
Bien, ahora ya saben que tengo un problema. No puedo controlarlo.
Mis impulsos homicidas no se pueden curar con un par de
días. He estudiado sobre el caso y creo que es genético.
Ahora díganme señores, ¿puedo curarme?
La sociedad cree que la gente como yo, asesinos en serie
o psicópatas, matan porque quieren. Pero es totalmente
falso. También se dice que matan porque de pequeños
sufrieron maltratamientos psíquicos o físicos.
Eso es mentira. Mi padre me propinaba palizas a menudo y
mi madre abusaba de mí. Pero eso no influye para
nada en mis actos. Pienso que tengo una enfermedad grave
y no pararé de matar hasta que me atrapen. Si eso
ocurre algún día no sabré que decirle
a mi mujer y a las personas que me rodean. Pues ellos me
ven como una persona inocente, pulcro y de buen corazón.
Me ven como el Jesús de los cristianos, como la ONG
del tercer mundo, como el espíritu santo.
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