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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS


Por Domenec Benaiges Fusté
fruityloops2003@hotmail.com

EL FRÍO DESPERTAR DE UN VAMPIRO ABANDONADO

El niño solitario, con ojos humedecidos y párpados empapados estaba en cuclillas, meciéndose en el suelo. ¿Dónde estaba? No lo sabía. ¿Por qué se encontraba solo? Tampoco lo sabía. No recordaba nada.

Sentía una sensación de temor al hallarse solo ante la oscuridad. Solo percibía el aleteo de sus orejas que se movían por el incesante viento. No oía nada, solo su propia respiración, rápida y entrecortada. No conocía su identidad, no sabía que hacía allí solo en mitad de la noche. Lo único que podía ver era el alumbrar de la redonda brillante: La luna llena, que alumbraba su rostro desdichado mientras los árboles proyectaban sus monstruosas sombras encima de él. Se mecía y se mecía, el aire era gélido y se le arropaba en su piel pálida y frágil; más pálida que nunca. Se mecía y se mecía. Palpó con la mano el suelo, mientras mantenía la vista a lo lejos de la penumbra sus ojos sólo lograban distinguir extrañas figuras. ¿Estaba ciego? No lo sabía. Palpó con la mano el frió suelo.

<< Asfalto -pensó asustado- Estoy en una carretera, ¿que hago en una carretera?
En la lejanía oyó el nacer de un sonido que no podía identificar. Se aterró ante el sonido desconocido.
Dejo de balancearse sobre si mismo.
<< De dónde proviene, que es -pensó. >>

Bajo lentamente la mirada, mientras el aire helado le entumecía la cara. Tenía las manos muy frías, los dedos casi congelados dificultándole enormemente la movilidad.

Miró el suelo, distinguió un color. Un color blanco en forma de ralla se extendía a lo largo. No entendía que era y volvió a mecerse. Tenía la nariz helada, rojiza y llena de mocos. Las gotas le comenzaron a resbalar por las mejillas, la luna las alumbró y se secaron, se secaron heladas como si estuvieran en un congelador.

Se notaba el cabello mojado. Se lo palpó. Dejó de mecerse. Se lo tocó lentamente, pelo por pelo. Movió la mano y la sangre se alumbró en ella, seca y coagulada; tan fría como un día de invierno, tan fría como el monte más helado de los mundos. La sangre se le extendió hasta cubrirle las manos al completo.

Sintió temor, mucho temor. Estaba sangrando, helándose de frío y todavía seguía sin entender nada. No pudo evitarlo, de verdad que no pudo, sus ojos se humedecieron y…

Otra lágrima se derramó alumbrándose sobre sus mejillas. Se le secó en un sonido cristalino.
Sangre. Notaba sangre en la garganta. Un gusto áspero y a la vez dulce. Sacó la lengua y la mantuvo en el aire; se la acarició como si fuera una mascota. Estaba gélida, completamente congelada.

Un hilillo de sangre se le escapó de la lengua, Se deslizó hasta rozar el suelo, antes de tocarlo se congeló.
Una estalactita de sangre le colgaba de la lengua. Le dolía. Se cogió con las dos manos la estalactita. El dolor se le extendía hacia el estómago y sintió un enorme impulso de vomitar pero se controló. Intentó doblar la estalactita, pero la lengua se resintió. El dolor se le subió a las sienes.
Asustado y con frenesí se rodeó con las manos la estalactita y las hizo voltear. Volteaba las manos por la estalactita, cada vez con más rapidez. La lengua se resentía, pero por la fricción la estalactita comenzó a derretirse. Las gotas derretidas se incrustaban en las manos del chico, seguidamente se proyectaban contra el suelo en pequeñas gotitas de cristal.

La puntiaguda forma gélida se derritió y el chico se quedó con un intenso sabor a sangre fresca en la lengua. Se tocó la punta de la lengua suavemente con el dedo índice. Tenía una pequeña herida, de no mucha importancia. Una pequeña herida, roja como la cereza, roja como el corazón y roja como la sangre.

La herida empezó a sanarse sola. El niño sonrió y en la anchura de los labios se creó una plaquita de hielo. Parecía que con cada movimiento expulsara frío de sus entrañas. Ahora no podía mover los labios, se había quedado con una sonrisa compacta e inmóvil. Se lamió los labios y se los volteó con rapidez con su lengua helada y frágil. Al poco rato la fricción hizo su efecto y el hielo desapareció impactando en el asfalto en pequeñas gotas de cristal.

Se notó aliviado y contento sin saber el porqué. Ya no se sentía tan frágil y temeroso. La helada que le agarraba con fuerza el cuerpo desaparecía poco a poco.

Se sintió muy húmedo y mojado, el sudor comenzó a emanar con fuerza de él. Un charco llegó pronto al suelo, el sudor era cálido como el desierto durante el día, Cálido como una calurosa noche de verano; y ese sudor cálido le calentó los labios, le revivió la lengua y lo acaloró por dentro. El hielo desapareció dejando paso a la movilidad absoluta.

Solo y desnudo el chico podía moverse. Recuperaba las fuerzas en todo su cuerpo.
El sudor paró. El frió también lo hizo.
Una calida noche de verano se notó en el ambiente. El aire, seco y compacto impactó en la cara del chiquillo.
Sonrió con fuerza, pues el helor de los labios le había desaparecido por fin. Ya se sentía vivo y libre. Sonrió más ampliamente que nunca dando a mostrar unos enormes dientes, cuya blancura era comparable con el blanco celestial, sólo que el no tenía nada de celestial; de demonio… tal vez.
De entre el amasijo de dientes, dos prominentes colmillos le sobresalían de la dentadura de arriba. En su dentadura de abajo ocurría lo mismo. Se palpó el mentón. Lo tenía duro y fuerte.

Cerró con potencia la mandíbula, haciendo chocar los colmillos entre si. Un potente chasquido resonó en la noche oscura y cálida.
Volvió a emitir un chasquido con los colmillos.
<< Tengo colmillos grandes, creo empezar a recordar quien soy -pensó. >>
Una sensación de poder lo invadió por dentro. Pues el sabía que era un vampiro, sólo eso, de lo demás no recordaba nada. La sensación de sangre lo entornó. Necesitaba beber ese dulce líquido rojo.

e repente y sin previo aviso, una luz se divisó en el horizonte. Una luz tenue con forma de foco energético alumbró a lo lejos al niño.
La luz se acercó y acercó, hasta que se volvió tan fuerte que el chico tuvo que esconderse de la luminaria protegiéndose la cara con los codos.
La luz se paró seguida de una frenada de neumáticos.

Pasó de alumbrar de forma intensa a tenue. El niño pudo volver a mirar sin temor alguno.
Un hombre, cuya estatura era superior a la media, se le acercó. El hombre era medio calvo, y el poco pelo que tenía era canoso. Sus potentes bíceps contrastaban con sus muslos vulgares. Llevaba camiseta sin mangas de color negro abismo, sus pantalones eran vaqueros y de un color azul intenso. La mirada del hombre era fría y reconfortante a la vez, pues sus ojos verdes relucían en contraste con la luz que la luna llena disparaba sobre ellos.
- ¿Qué te ocurre chico? -preguntó el hombre.

El niño no respondió porque la luz lo hirió, le derretía poco a poco la piel, se le formaban ampollas y la piel se le quemaba, el humo le salió de su piel seca y cálida. Dio un salto hacia atrás con gran agilidad, ocultándose de la luz quemadora.
- Nos feratu -balbuceó el niño.
- ¿Qué? -preguntó el hombre canoso
- Nos feratu -un foco se rompió y el hombre dio un alarido asustado- Vampirum -el otro foco explosionó lanzando grandes cantidades de cristal al cielo que pronto se perdieron en la lúgubre noche. El hombre arrojó un chillido ahogado.
- Nos feratu -El chico mostró los dientes- Vampirum.
El hombre reculó.
- Sangre Nostrum.

El hombre dio otro paso hacia atrás con la boca abierta en forma de o y los ojos abiertos como platos dilatándose y contrayéndose alternativamente. La expresión de pánico se sobrepuso ante la oscuridad de la noche.
El niño alzó su mano derecha, contemplándose las uñas, que no eran uñas, sino garras; Garras largas y afiladas, sucias y bellas, vivas y muertas.

El hombre, más inquieto asustado y petrificado que nunca, dejó de recular. Dejó de moverse. Se quedó quieto en el asfalto. Las garras del niño lo habían dejado inmóvil y sin aliento. Estaba experimentando una sensación de temor incapaz de describirse.
El niño avanzó unos pasos y el canoso no se movió. Avanzó otros pasos y olió su aliento. El aliento del hombre estaba alcoholizado, su perfume era el hedor.

El chiquillo saltó con rapidez y le clavó los colmillos superiores en su delgada camiseta. La camiseta se rasgo y los colmillos crujieron hundiéndose en la carne. Dos agujeros se formaron, y entre el colmillo y la carne la sangre emanó viva y fuerte como un rió, extendiéndose en su camiseta y volviéndola de un color negro rojizo. El canoso emitió un gemido ahogado.

El terror intentaba salir por su campanilla que tintineaba de miedo. No podía moverse, los colmillos lo habían envenenado dejándolo paralítico por momentos. Con la boca tan abierta que parecía desencajársele de la mandíbula, se quedo quieto mientras los ojos empezaban a inyectársele en sangre.

El niño estaba contento, saboreando el dulce manjar. Ya no tenía miedo, el miedo se había transformado en valentía y fuerza, fuerza potente y energética.

El chico clavo más hondo los colmillos con un potente mordico que hizo saltar un chorro de sangre. El canoso volvió a gemir, pero el gemido volvió a ahogarse quedando atrapado en su campanilla.

El niño comenzó con su festín. Succionó con los colmillos, lentamente, y a medida que la sangre le pasaba entre los colmillos y se deslizaba con suavidad por su garganta, aumento la velocidad aferrando más los colmillos en la carne.

.El canoso ya no intento ni siquiera gemir. El ceño se le frunció lentamente, los párpados se le bajaron silenciosamente hasta que chocaron entre si y sus ojos quedaron ciegos para siempre.
La piel pasó de un color carne vivo a un color carne pálido, de la piel rosada a la piel blanca inerte.

El chiquillo succionó con más fuerza y la piel del canoso se volvió pálida del todo mientras se mecía intentando caer en el asfalto. El niño no hizo nada, dejó que el hombre cayera deslizándose lentamente hacia el suelo. El chiquillo lo siguió con sus colmillos, sin apartarlos de dentro de su carne.

El canoso por fin cayó al suelo y el chiquillo saboreó la sangre con intensidad. Bebió y bebió hasta saciar su sed.
Terminó y se limpió los colmillos con la camiseta del canoso.
Desnudo y sin vergüenza se plantó delante del cadáver. Observó su figura paralítica, con esa expresión de temor en el rostro que reflejaba pena y ternura, maldad y bondad.

La figura yació en el suelo.
El niño escrutó los focos rotos. Tras ellos un coche se erguía en medio del asfalto. Se acercó lentamente. La puerta estaba abierta.

Con sumo cuidado entro y con delicadeza giró su cabeza hasta el asiento del acompañante. Un chico pequeño, que debía rozar su misma edad, tiritaba de miedo bajo el asiento.
- No puedo ir desnudo -pensó en voz alta.
Miró al chico, éste, tiritaba de miedo, agachado y con la cabeza entre las piernas susurraba palabras de pánico a sus zapatos.
- Dame tu ropa, et vive. Per favore dame tua ropa.

El chico temeroso no entendía lo que ocurría, el miedo se apoderó de él y se desmayó.
- Io no se como mi chiamo, et sospito che sono un Vampiros -habló inútilmente al chico desmayado.
El vampiro no obtuvo respuesta. Espero impasible junto al cuerpo desmayado. Pasó un minuto, luego dos, luego tres. Se cansó de esperar, enfurecido y frustrado se alejó del coche.

Se concentró y cerró los ojos con fuerza. Los abrió y notó un dolor en la espalda. Se la palpó con las manos. Dos alas bellas y esbeltas se elevaban rígidamente detrás de él.
- ¡Parla ahora o more para sempre! -las palabras del vampiro se extendieron hasta el infinito, resonando en el paisaje con un fuerte eco.
El niño, aún desmayado y arrodillado en el asiento del acompañante no contestó.

El vampiro se enfureció. Sus pies se alejaron del suelo tan rápidamente como su furia se extendía.
- ¡Parla ot muere! -su último aviso estalló contra el parachoques del coche haciéndolo estallar.
El chico desmayado comenzó a recobrar el conocimiento. Pero ya era demasiado tarde para él.

El vampiro se irguió. Observó el coche con locura y rabia. Extendió el brazo, levantándolo con los rayos de la luna reflejándose en su mano. Ésta, también se extendió. Apuntó con la mano al coche, elevó el dedo índice y señalo el carruaje.
- Fueco, Aire, et viento, more por sempre .

Las palabras del vampiro se transformaron en una bola de fuego cálida y extraña a la vez. El dedo índice fue el encargado de proyectar la bola cálida hacía el coche. La bola se lanzó volteando y danzando en espiral hasta llegar al coche, no tuvo compasión e impactó contra el capó.
El vampiro voló más alto para que la explosión no lo atrapara.

El coche estalló en mil pedazos arrancando la vida del muchacho y siendo portada del diario comarcal. La onda expansiva derritió al completo al hombre canosa de mirada reluciente. El coche se elevó por los aires y volvió a caer en el asfalto emitiendo un potente estruendo que se oyó a varios kilómetros. El humo subió lentamente de entre los restos del coche, el vampiro lo traspasó y se elevó hacia la oscuridad hasta que su forma se dibujó en la luna. Había saciado sus ansias de comer, se sintió poderoso y decidió que la próxima vez no se conformaría con tan pequeño manjar.

EL INFIRNO DE POL

Pol era un chico normal (dentro de lo que cabe). Tenía tres hermanos. Todos mayores que él.
Pol Iba al colegio como los demás niños. Tenía unos padres, que aunque le gritaban y le soltaban algún que otro golpe con frecuencia, le querían a su manera… Sus amigos, que se podían contar con los dedos de una sola mano, eran buenos con él. Tal vez sus amigos eran lo mejor de su patética vida. Por lo menos él así lo veía.
Estudiaba segundo de E.S.O. Iba a la clase de 2ª. Pero no estaba muy a gusto con ello.

Las clases no empezaban hasta las ocho y treinta. Sin embargo, él se tenía que levantar a las siete cada día porque tenía que medicarse inhalando a través de un aparato y, la inhalación duraba una hora más o menos. Debía hacerlo por la mañana al levantarse y por la noche después de cenar. Aunque eso no era lo único malo de su enfermedad. También tenía que tomarse, aproximadamente, unas veinte pastillas diarias. Y para rematarlo. Durante treinta minutos diarios expectoraba para sacar las flemas de su cuerpo. Si no lo hacía en varios días, su pulmón sangraba. Cuando eso ocurría, se pasaba dos semanas enteras en el hospital. Y el odiaba ingresar allí. Sin poder moverse, solamente para ir al lavabo. La enfermera viniendo cada media hora para molestar: Le tomaban la presión., le ponían el termómetro, comprobaban los aparatos y mil cosas más con tal de no dejar descansar al paciente.

Si tenía suerte y salía en dos semanas, tenía que llevar una aguja clavada en el brazo para inyectarse medicación vía intravenosa. ¿Parece triste verdad? Pues para él, eso era lo mejor de todo lo peor que le ocurría con frecuencia.
Para ir a clase iba con el almuerzo que le había preparado su madre con descuido y el pan pasado. Pero al menos le preparaba el almuerzo, y eso ya era algo.

Llegaba a la parada de autobús a las 8:20. Si tenía suerte no pasaba por delante de unos chicos que le insultaban, por el simple echo de divertirse. A el le aterraba. A mucha gente no le importará mucho que se rían de él/ella. Pero a Pol si.
Cuando se metían con él, le insultaban, increpaban o se burlaban de él. Un cosquilleó repulsivo le subía por el estómago. Le debilitaba las fuerzas, lo hacía entristecer y le producía una sensación de miedo al a vez. Ese era uno de los motivos de que odiara la parada de autobús. Siempre intentaba alejarse, intentando pasar desapercibido a los crueles ojos de los otros niños que se metían con él.
A veces daba la vuelta a toda la manzana, caminando el triple de lo necesario para que no le vieran, y como resultado, no se metieran con él.
La verdad es que eso era el paraíso comparado con lo que le ocurría en el instituto.

El autocar llegaba al instituto sobre las ocho y veinticinco. Conseguía pasar desapercibido y entrar a clase por lo general. No obstante, cuando la puerta de clase estaba cerrada. Eso era un auténtico calvario. Lo odiaba con toda su alma. ¿Por qué? Porqué los alumnos se aglomeraban alrededor del pasillo, y como era pequeño lo ocupaban horizontalmente a dos bandas.

El alumno menos popular. El que era motivo de mofa con regularidad. Ese se convertía en el blanco. Entre varios le cogían y lo empujaban al centro del pasillo. Allí lo propulsaban de lado a lado. Pateándolo y golpeándolo. El intentaba deshacerse corriendo rápido hacia un rincón donde no hubiera gente. Corría hasta quedar a salvo.

Luego se quedaba con al cara roja, los pantalones que le gustaban tanto sucios de patadas, la camiseta también sucia y medio cuerpo de moratones. Encima tenía que contenerse las lágrimas para no llorar. Si tenía suerte y mostraba un rostro lo suficientemente melancólico. No le volvían a empujar en un buen rato. Pero muchas veces tener la cara roja y los ojos humedecidos no bastaba. Le volvían a coger y lo empujaban de nuevo, riéndose de él.

¿Saben qué es lo más cruel de todo? A veces llegaba el maestro en pleno apogeo y no decía nada. Los alumnos se detenían enseguida cuando lo veían venir, pero el profesor no era ciego. Lo veía. Veía tanto fuera como dentro de clase como se mofaban de Pol y de algún que otro chico.
Había dos chavales más en clase que también eran motivos de burla.
Uno era comprensivo y no se mofaba de los demás. Sin embargo, él otro. Podría decirse que es el tipo más estúpido que te podías echar en cara.

Si a él le pegaban se entristecía. Pero si unos segundos más tarde pegaban a Pol, él sonreía i era partícipe de la agresión.
Pol no era así. El evitaba burlarse de los demás. No toda la clase le pegaba, solo unos cuantos chicos y alguna que otra chica presumida.
Alguna vez lo habían defendido, pero muy pocas. Y no podía chivarse al profesor, porque en ese caso lo dejarían en paz, tal vez durante un tiempo. Pero después volverían las agresiones, y con más fuerza. Como si se vengaran del chivatazo. A veces ni eso. Si se chivaba un agredido, los otros le agredían aún más y le amenazaban. Por eso tenía que callármelo. Encima, se exponía a la posibilidad que el profesor no hiciera mucho caso y solo advirtiera en general a la clase, y lo único que conseguía con eso, era triplicar las agresiones.

Si en el pasillo era agredido y le quedaban moratones frecuentemente, en clase se burlaban de él. Incluso el maestro se rió alguna vez.
Una vez, debido a su enfermedad, estornudó y con tan mala suerte que le cayó en la gabardina del maestro. El profesor era conocedor de su enfermedad, y sabía que podía estornudar una flema sin querer.
Pero el profesor lo ridiculizó. Lo que le hizo no tuvo nombre. Y aún más sabiendo que Pol tenía esa dificultosa enfermedad.
El maestro bramó:
-Eeeecs. ¡Has el favor de quitármelo ahora mismo! -naturalmente toda la clase se rió. Menos una muchachita. Que estaba enamorada en secreto de Pol.

Pol no sabía con que quitarlo. No se le ocurría con que
- Lo siento. No se con que quitarlo -Esa situación le incómodo y le produjo un cosquilleo repulsivo que le aferraba todo el cuerpo.
- ¡Quítamelo ya!
- ¿Con que? -Preguntó Pol nervioso. No sabía que hacer. Estaba avergonzado de lo que había echo. El profesor le hizo sentirse culpable de su enfermedad y de su estornudo.
- Con tu Camisa. O lo que tengas. ¡Pero quítamelo ahora mismo! ¡O te quedarás expulsado! -Las amenazas parecían acompañarse con un tono burlón. Pol no lo notó.

Pol nervioso. Sonrojado y con un mal estar terrible. Cogió su camisa, se acercó al maestro, y le limpió el moco que se le había quedado pegado en la gabardina.

Se le incrustó el moco en la camisa. Se lo limpió todo lo bien que pudo y en consecuencia se le pegó en la camisa como una pegatina.
La clase emitía estruendas carcajadas y reían como bárbaros. Se reían de Pol. Todos, excepto la chica que estaba enamorada de Pol.
- Vale. Esta bien -Los labios del profesor no pudieron disimular la sonrisa- vete a limpiar. Guarro. Y no lo hagas nunca más.
Pol no pudo aguantar el llanto y salió con las lágrimas esparciéndose sobre sus mejillas. Esa reacción provocó más carcajadas. El propio maestro no se reprimió.

Mientras Pol salía por la puerta y se dirigía al lavabo para limpiarse la camisa. El maestro sonreía.
- Ecs. Que asqueroso -Y los alumnos rieron de nuevo.
Incluso comentaron la jugada mientras Pol estaba en el baño.
Indudablemente se rieron durante muchos días, incluso meses, por haber echado encima una flema al profesor.
Incluso en la actualidad, aún le echan en cara lo ocurrido hace tantos años.

Tras pasar un día de colegio bajo la mano cruel de los alumnos, llegaba a casa.
Su madre siempre le gritaba. Aunque el motivo fuera idiota.
Si se le caía un palillo en el suelo. Le gritaba. Si no se había comido el bocadillo porque se encerraba en el váter a la hora del patio para que nadie le pegara o le increpara. Le gritaba.

Tenía un ordenador, bueno… más o menos.
Su padre se había comprado un buen ordenador, ya que era médico y tenía mucho dinero. Lo puso en la Consulta. No trabajaba nunca con él. Solo jugaba o chateaba.
No obstante, raramente dejaba jugar a Pol. Como mucho, lo dejaba mirar mientras él jugaba.

Los fines de semana, se sentaba a su lado. Viendo como su padre jugaba hasta altas horas de la madrugada. No le gustaba en absoluto permanecer allí inmóvil viendo como su padre jugaba. Pero era una forma de esperar.
Su padre sabía que solo lo hacía para poder jugar al ordenador.
Normalmente terminaba de jugar entre las 3 i las 5.

Pol aguardaba ansiosamente ese momento. Si tenía suerte, su padre lo dejaba jugar. Sino, le ponía un password en el ordenador y se iba a dormir. Cuando le dejaba quedarse a jugar, siempre lo hacía quejándose. Diciéndole que era un viciado. Por el motivo que fuera, no le gustaba que su hijo jugara con su ordenador. Pero tampoco quería, ni de lejos, comprarle uno a su hijo.
Aunque hubiera sido la única alegría en la vida de Pol.

Un sábado noche, en la casa solo estaban Pol, su hermana mayor ( que era 5 años mayor que él), y su padre.
Pol espero sentado al lado de su padre como siempre. Su padre terminó antes de lo previsto: A las 2 de la madrugada.
Pol quiso ponerse en el ordenador, pero su padre quería que viera la televisión con él y le dijo:
- ¡Ya esta bien de tanto puñetero ordenador!
Pol había esperado durante dos horas, mientras su padre se rompía el coco intentando resolver un puzzle de un juego del ordenador. Y ahora a su padre no le daba la gana dejarle jugar.
Pol renegó. Su padre lo dejó estar y se fue al baño a hacer sus necesidades.
Cuando salió del baño, Pol estaba jugando a un juego de estrategia.
Su favorito: "Starcraft". El chico estaba sonriendo (Rara vez lo hacía).
Su padre volvió a advertirle que viniera a ver la tele.
Pol hizo caso omiso. Se lo estaba pasando en grande jugando.
Transcurridos apenas cinco minutos su padre volvió.
-Ven a ver la tele o te pego una ostia.
-Pero, jo... papa, me lo estoy pasando muy bien. Déjame quedar aquí por favor -le suplicó mientras intentaba no perder la concentración en el juego.

Su padre, iracundo, y al parecer indignado. Ando hacia él y le propinó un fuerte puñetazo en el hombro. Lo cogió y lo lanzó al suelo. Le asestó una patada. Lo levantó con ambos brazos y lo dejó caer al suelo. Lo levantó de nuevo y lo abofeteó con fuerza tres veces, lo empujó y lo hizo saltar por encima de una camilla que tenía puesta en la consulta.
Pol se levantó como pudo y al hacerlo su padre le golpeó varias veces por la espalda.
Su hermana oyó la paliza y entro en la consulta rápidamente.
Al ver el estado de Pol, se puso a llorar y se interpuso entre él y su padre.
- Basta Papa. Déjale ya.
Pol lloraba. Estaba magullado y cansado. Físicamente y psíquicamente. Estaba harto de los abusones, las agresiones. Todo. No lo soportaba más.

La ira inundó su rostro. No controlo su reacción.
- Ya estoy harto. ¡No vas a pegarme nunca más!
Pol se encamino con rabia hacía su padre, con los puños en alto. Tenía sangre en los ojos. Todos los párpados irritados de tanto llorar, y las mejillas enrojecidas.
- ¿Tú me vas a pegar? Imbécil -Su padre se mostró firme y se dirigió amenazador en dirección a su hijo.
Pol desató toda su rabia acumulada. Que era mucha. Jadeaba frenéticamente con fuertes sollozos. Topó con su padre y lo intentó golpear. Pero éste, con toda facilidad lo abofeteó y lo empujó hacia tras. Pol cayó de espaldas. Su padre iba a pegarle pero su hermana lo sujetó.
Pol jadeó y se retorció de rabia en el suelo mientras lloraba. Su hermana lloraba también.

Su hermana tranquilizó a su padre y se llevo a Pol a su habitación.
Por increíble que parezca, su hermana le daba un poco la razón a su padre. Acusaba a Pol de no ver la tele junto a su padre.
Pero Pol solo quería jugar un rato.

Si no quería ver la tele, su padre tampoco tenía porque pegarle.
El agresor subió al cabo de un rato. Lo sermoneó. Estuvo media hora dándole la charla y tratándolo como si hubiera puesto una bomba en la casa, cuando lo único que Pol quería, era jugar un poco.

Su padre le gritaba y sermoneaba. Se iba y volvía cada dos minutos para sermonearlo de nuevo. Al final. A las cinco de la mañana, lo dejó en paz. Consiguió que Pol se sintiera un poco culpable a pesar de que no había echo nada malo.
El día siguiente volvió su madre. Se había ido cinco días a arreglar un chalet que tenían. Pol le contó la disputa con su padre, y ella no dijo nada. No le dio mucha importancia.

En esa temporada, entre segundo de eso y cuarto de eso, Pol pasó un verdadero infierno. Intentó suicidarse varias veces. Muchos días lloraba desconsoladamente. Odiaba la vida que llevaba y quería morirse, pero, lamentablemente no tuvo nunca el valor para suicidarse.
En cuarto de ESO cesó el infierno. El motivo fue la madurez de los alumnos. Ya no eran tan infantiles. No lo empujaban en el pasillo ni se reían de él. También maduró Pol. Por eso quizás su padre ya no se atrevía a pegarle. Ahora se enfrentaba a un chico de metro setenta capaz de devolverle perfectamente los golpes.

Ahora Pol es feliz. Vive con su novia en Bellaterra y no guarda mucho rencor a sus padres ni a los alumnos que le hicieron la vida imposible.
A causa de mi lúgubre infancia, no soporto a la gente que se burla de mí. Me pongo furioso y soy capaz de darle una paliza a cualquiera que me diga algo ofensivo. ¿Secuelas? ¿Me han quedado? Desgraciadamente si.
Por si no lo había dicho… Pol, soy yo.

Me creaste
Me maltrataste
¿Para eso me creaste?
Me quería suicidar
Ahorcar
No tuve valor
Y ahora no te guardo rencor

 

SOY UN ABUSÓN

Me estaba fumando un pitillo mientras esperaba el autobús. Cada mañana esperaba junto a mis amigos a que llegara. Tiré el pitillo al suelo y lo apagué con mis botas nuevas.

- Mirad a Pol, -dijo Ernesto.
Ernesto es uno de mis mejores amigos. Lleva un peinado de cresta con mechas rubias. Le queda bastante bien y muchas chicas babean por él. Quizás es porque tiene aspecto de delincuente y es un poco cara dura. Yo soy más o menos así. Sin embargo, yo soy el "líder" podría decirse. Si yo ando mis amigos andan. Si yo meo en el suelo mis amigos mean en el suelo. Si yo me rasco el culo con el asfalto de la carretera mis amigos hacen lo mismo. Esta bastante bien tener a unos amigos que te lamen el culo todo el día. Además casi nunca se vuelven contra mí. Una vez, Ernesto se enfadó conmigo y lo pagó caro. El resto de los chicos dejó de hablarle hasta que nos reconciliamos. Desde luego yo contribuí a que no le hablaran. Fui escampando por todo el pueblo que Ernesto se reía y burlaba de ellos, de pequeños defectos que tenían. Así todo el mundo le cogió manía y me apoyó a mí. Es bastante fácil moldear a la gente a mi gusto. Siempre consigo lo que quiero y estoy acostumbrado a eso.
- Mmmm -dije yo.

Escruté a Pol de pies a cabeza hasta que se detuvo al lado de una farola, a cinco metros de donde estaba yo.
- ¡Eh Pol! -dije- Que feo eres, ¿de pequeño desayunabas puñetazos? -la gente se destornillo de risa.
El patético Pol bajo la cabeza. No es que me caiga mal Pol… pero es que no lo soporto. Es un chico antisocial y no se relaciona con los demás.

Encima echa una peste que inunda a todos con su hedor.
- ¡Ven aquí Pol!- me reí- ¡Vamos ven!
Pol no me hizo caso.
Como ya he dicho antes, estoy acostumbrado ha que todo el mundo me lama el culo. Que todo el mundo haga lo que yo quiero y cuando quiero.

Mi inteligencia y mi musculatura física me ayudan en ello. Así que cuando Pol no vino me enfurecí.
- ¡Que vengas aquí, no me has oído! -le grité comenzando a caminar hacia él.
Los chicos que había allí se me quedaron mirando. En aquellos momentos llevaba una camiseta roja que dejaba a la vista mis brazos musculosos.
Pol seguía con la cabeza agachada. De verdad, me encantaba molestar a ese chico. Todo el mundo se reía cuando le hacía algo y yo no pensaba moderarme en mi comportamiento. Había días que le golpeaba, otros que le insultaba, otros que le robaba la mochila y se la escondía, y un largo etc.
- Estas sordo -le dije casi al oído.
- Dime -dijo él sin interés y manteniendo la cabeza agachada.

¿Es tonto este tío?, pensé. No hacía nada, ni se atrevía a mirarme a los ojos. ¿Con que sí eh?, pensé. Lo cogí de la camiseta pasada de moda que llevaba y lo empujé. Se golpeó la cabeza contra la farola y cayó al suelo de lado.
La gente hecho a reír. Pol había caído de una forma bastante cómica. Si hubo alguien que se apiado de él, ese alguien se calló. Cualquier persona coherente se ahorraría una disputa conmigo.
- Levántate idiota- ordené.

El autobús llegó. Pol seguía en el suelo. Los alumnos comenzaron a subir dentro del autobús uno a uno. Espere a que hubieran subido todos.
- Como te muevas te pego -le dije riéndome.
- Pero me dejará el autobús -se quejó medio llorando.
- ¡Me da igual! -exclamé. Me eche a reír sin querer y Pol me miró desconcertado- Como te muevas te pego una paliza -me fui alejando, riendo y destornillándome de risa.
El patético muchacho se quedaría sin poder ir a clase.

Pol se levantó lentamente pero se quedó allí quieto, sin moverse. Subí al autobús dándole la espalda. Pasé entre los asientos y cuando fui a sentarme noté una punzada en el hombro. Me lo palpé con la mano. Tenía la mano llena de sangre. Al principio no sabía que ocurría, pero una segunda punzada se me clavó en el otro hombro. La sangre me estaba empapando la camisa. Una última punzada en la cabeza me atravesó el cabello y se clavó en mi cráneo.
Morí al instante.

Testificación de Pol:
Todo el mundo lo adoraba, le temían. Él siempre estaba pegándome, insultándome, haciéndome la vida imposible. Les juro que iba a suicidarme, dios sabe que lo quería hacer. Así que… o era él o era yo. Finalmente fue él. Ya no aguantaba más. Me había traído un cuchillo hasta el autobús, pero cuando llegué me invadió el pánico y pensé que estaba loco por haberlo traído. Pero cuando el chico se rió de mi y me tiro al suelo obligándome a no subir al autobús. Eso fue la gota que colmó el vaso. Cuando subió al autobús corrí detrás suyo y saqué con rapidez el cuchillo de la mochila. Se lo hundí en los dos hombros, y con más fuerza se lo clavé en el cráneo hasta que el conductor del autobús me detuvo. Ya saben porque lo hice. O me suicidaba, o le mataba acabando con él y toda la amargura que me transmitía.

STEPHEN Y SU OBSESIÓN

Que guapa es. Hoy la he vuelto a ver. Cuando el autobús llegaba al instituto la he visto.

1
Con su cabello oscuro, largo y liso, sus ademanes hermosos y su andar elegante. Aunque las malas lenguas decían que tenía el "trasero" un poco amplio, y tal vez era verdad. Yo opinaba que era la chica más bella que había sobre la faz de la tierra. Me enamoré otras veces, y nunca conseguí a la chica porque era demasiado tímido. Pero con esta me lo quería currar de verdad.

Bajé del autobús y el aire fresco matutino me heló el rostro. Eran las 8:25 de la mañana de un viernes 19 de octubre en el instituto I.E.S Julio Antonio. Yo tenía quince años y cursaba cuarto de Eso. Hacía tiempo que mi época mala había pasado. Aquél tiempo en que los alumnos me agredían y me insultaban. Ahora me había labrado una cierta popularidad entre el alumnado y tenía amigos en la alta esferas del instituto, es decir, el bachillerato. Dos de mis amigos de toda la vida estudiaban allí. Eran muy conocidos en bachillerato y uno de ellos: Tomas Valcárcel, era increíblemente popular. En clase, se sentaba al lado de Pere Mazón, un alumno de 1,80, de aspecto galán y muy inteligente. Muchas chicas de mi clase lo miraban más de una vez cuando pasaba por nuestro pasillo.

Entré en el instituto y me dirigí a clase. El profesor ya se hallaba dentro y la mayoría de los alumnos estaban sentados en sus respectivos sitios.
Pasaron cinco horas y media de clase antes de que nos fuéramos a casa. Por suerte, por la tarde no teníamos clase y podía quedarme chateando en el PC hasta la noche.

Llegué a las 14:25 a casa. Mi madre tenía la comida preparada como de costumbre. Me la comí rápidamente casi sin masticar (luego lo lamenté cuando tuve que ir más de tres veces al baño). Cuando terminé de comer me marché a mi habitación. Allí me esperaban mi ordenador y mi router adsl, desde el cual me conectaba todos los días. Encendí el ordenador, cerré la puerta, me puse un cojín sobre la silla y me acomodé delante de mi computadora. Me dispuse a chatear en el MSN Messenger como hacía siempre.

Eran las 3:00. Allí me encontré a Mazón.
Yo sabía que Mazón era muy amigo de la chica que me gustaba: Cristina. Así que le pedí un favor.

-Hola Mazón, ¿qué tal?
-Bien ¿Y tú?
-También, jeje, oye, ¿podrías hacerme un favor?
- Si, claro. Dime
- ¿Tú conoces una chica que se llama Cristina que tiene tu edad?
- Sí, ¿por qué?
- ¿Me la podrías presentar el sábado por la noche?
Mazón tardó un poco en contestar y me asusté. Temí que Cristina o algún amigo suyo se encontrara con él y no quisiera responderme
- Oye, perdona es que mi madre me había llamado. El sábado por la noche no creo que salga. Pero si salgo y me ves dime lo de Cristina y te la presentaré.
- Vale tío. Muchas Gracias
Yo normalmente, que digo normalmente… ¡Nunca! Soy tan directo preguntando las cosas. Pero es que por internet todo es diferente. Al no tenerle cara a cara no me cuesta nada pedirle que me presente a Cristina. Sin embargo, seguro que si llega el sábado noche y me la quiere presentar, me muero de vergüenza. Yo soy así.

A las nueve terminé de chatear. Comí y me fui a dormir. Al día siguiente quedé con mis amigos por la tarde. Quedamos en un lugar que llamamos: laberinto. Lo llamamos así porque son una especie de pasadizos pequeños en forma de laberinto. Cuando llegué estaba mi amigo Valcárcel, Toni y Vives.

Estuvimos toda la tarde hablando sobre juegos y chicas. Le comenté a Valcárcel (mi mejor amigo) mi conversación vía chat con Mazón. Él sabía que me gustaba Cristina y me felicitó por el atrevimiento. No obstante, Toni y Vives no sabían nada de mis sentimientos hacia esa chica.
Pasamos toda la tarde medio aburridos como hacíamos siempre. Hasta que llegó Cristina al tema de conversación:
- Esta buena eh Mari carmen -dijo Vives con una sonrisa en los dientes.
- No está mal -Admitió Toni
- La Cristina si que esta bien -sugirió Valcárcel.
Había formulado la pregunta, más que nada para saber la opinión que tenían Toni y Vives sobre la chica que me gustaba. Valcárcel opinaba que estaba muy bien, pero la opinión de Vives y Toni era una incógnita.
- Mira... Que quieres que te diga -dijo Toni
- ¡Bah! Que dices -dijo Vives con desdén- si tiene el culo más gordo que una panera de pan.
Yo le lancé una mirada asesina pero Vives no la pilló. Aquella fue la última vez que volvimos a reunirnos los tres juntos.

2

El sábado por la noche ya había llegado. Era mi noche favorita de la semana. Me enfundaba la ropa que mejor me sentaba y me peinaba cuidadosamente poniéndome todo el pelo de punta con gomina. Después salía de casa y me iba a buscar a Vives.

Esa noche, como de costumbre, sólo salimos Vives y yo. Toni i Valcárcel preferían quedarse en casa machacándosela o, en el caso de Toni, jugar hasta quedarse desmayado enfrente del ordenador. Yo, en cambio, prefería salir a cazar ganado. Así lo llamábamos Vives y yo.
Vives no tardó en salir de su inmensa casa, pues su casa era la más grande de todo el pueblo. Anduvimos hasta el bar Petrol. Allí una mujer que era más ancha que larga nos sirvió un gintonic y un Vodka con limonada. Vives era de estómago fino y solo bebía gintonic. Una nenaza, opinaba yo. Nos bebimos los cubatas y yo pedí un TGV para llevar.

Un TGV, por si alguien no sabe que es, es Tequila, Ginebra y Vodka. Es una bebida muy potente que sólo se la recomiendo a los borrachos empedernidos. Salimos del bar, y yo, muy orgulloso con mi TGV en un vaso de plástico. Caminamos por la carretera. Teníamos que llegar al otro pueblo situado a 1km. Tardamos diez minutos en llegar. Yo aún no me había atrevido a beberme mi potaje. Llegamos frente la discoteca Lord Pearson y allí, delante de la puerta, me engullí mi cubata de un trago. Casi eché las papas al suelo, pero logré contenerme. Después de haber lanzado el vaso de plástico, entramos dentro.

La música de Gigi D'agostino (mi cantante favorito) retumbaba en el suelo. El olor a ratonera y alcohol llegó pronto a mis oídos. Nos encaminamos directos a la barra. Allí volví a Pedir un TGV. Era la una de la madrugada y la gente no llegaba hasta la 1:30.

3

Me bebí otro TGV hasta que el local se llenó del todo. Mi borrachera ya se hacía bastante visible con mis movimientos torpes. A la 1:40 de la madrugada llegó Cristina. Cristina iba con su amiga Linda, eran inseparables. Yo conocía a Linda por el Messenger y aproveché para acercarme y saludarla. Así, de paso, alomejor me presentaba a Cristina. Me planté delante de ella y la saludé. Pareció sorprenderse al verme, pues nunca la había saludado. Pero como chateábamos con frecuencia no pudo negarme el saludo. Me dio dos besos, me preguntó que tal y me fui sin que la hija de puta me hubiera presentado a Cristina. En esos momentos me cague en su madre y en todo lo cagable.

Volví a la barra con Vives. Me observaba atónito.
- ¿De qué conocías a Linda? -preguntó.
- Del Messenger
A Vives le brillaron los ojos.
- Tío, ¿me pasarás su Messenger?
Yo asentí.
<< Serás cabrón -pensé- te interesas por linda que parece un pingüino mareado y ésta tarde me has dicho que Cristina tenía el culo como una panera de Pan>>
Después de saciarnos la vista mirando las adolescentes que iban cortas de ropa nos desplazamos hasta un rincón. Allí se encontraban compañeros de mi clase. Charlamos un rato y después le dije a Vives que iba a beberme otro cubata.
- ¿otro ya? Joder tío -se sorprendió- Venga, va, que te acompaño.
Me acompañó. Pedí un JB con coca cola. Me lo bebí de un trago y dejé el vaso vació encima de la barra. Vives abrió la poca sorprendido.
- Joder, esta noche te estás pasando, ¿no?
Y tenía razón. Me estaba emborrachando a propósito. Esa noche había decidido que si no venía Mazón, yo solo, me presentaría a Cristina.
Volvimos al rincón y bailamos un rato. En vez de bailar, podría decirse que nos pillaban ataques epilépticos.
- ¿Qué pasa neeeen? -me saludó Pasapou

Pasapou era un tipo de estatura media, con el pelo rizado y con más entradas que un concierto de los Rolling Stones. Era el típico pringadillo que iba solo a los sitios y se acoplaba con la gente.
Cuando me saludó se me puso al lado y empezó a "bailar". Extendió el brazo y lo bajó. Hizo lo mismo con el otro brazo. Cerró los puños y los movió de arriba abajo acorde con la canción. De pronto le cogió un ataque epiléptico y se convulsionó con el subidón de una canción. Cuando la canción terminó, su ataque epiléptico también había terminado.

En esos instantes vi a Mazón en la barra y el corazón comenzó a palpitarme con fuerza. ¿Me presentaría a Cristina? Estaba verdaderamente emocionado.

Fijé mi vista en Mazón y controlé todos sus movimientos. Se pidió un cubata, que desde la lejanía no logré ver cual era. Después caminó hasta cristina y la saludó. El corazón casi se me salió del cuerpo. ¿Y si le estaba hablando de mí? Noté como las piernas me temblaban y el vaso vacio que llevaba casi se me cayó a los pies. Era una manía que tenía. Nunca podía bailar sin un vaso, aunque estuviera vacío me daba igual. Pero tener algo en la mano me transmitía confianza aunque nunca he logrado adivinar por qué.
Mazón terminó de hablar con Cristina y despareció de mi vista. Yo seguí bailando aún con el corazón palpitando a un ritmo anormal.
- Ea tío -me saludó una voz a mi espalda.

Me giré y allí estaba Mazón, con su pelo engominado y su aspecto galán. Charlamos un rato. Criticamos a Toni y Valcárcel porque nunca salían y finalmente me lanzó la temida pregunta.
- Me preguntases por Cristina, ¿no?
- S…Si -temí yo.
- ¿Te la presento?
Yo asentí sin apenas mover la cabeza. Mazón se había percatado de mi miedo pero me condujo a Cristina de todas formas.

4

Por fin la conocería. Estaba emocionado. La chica más importante para mí, la que había seguido tantas veces con la mirada desde el autobús. Iba a conocerla. Muchas veces iba al pasillo de Bachillerato sólo para verla.

Los sábados por la noche, me quedaba mirándola desde lo lejos de la discoteca y la contemplaba durante horas. Si un tío se le acercaba, yo también lo hacía y bailaba empujándole hasta que se ba. Estaba muy enamorado. ¿Pero y si me rechazaba? Tenía mucho miedo. ¿Y si no quería conocerme? Bueno… esa opción era bastante improbable. Una chica, por muy feo que seas no te mandará a la mierda antes de que os presenten. Cristina parecía ser el tipo de chica perfecta: Agradable, simpática y bonita. Dudaba mucho que me diera largas. Si lo hacía me moriría de vergüenza.

A medida que nos acercábamos la veía con más claridad.
<< Que guapa es -pensé- ¡Es súper guapa! >>
Me imaginé saliendo con ella y el rostro se me agrando en una inmensa sonrisa. Era la mujer de mi vida, estaba seguro. No descansaría hasta conseguirla. No podía dejar de ver su cara bonita y su cuerpo lujurioso. El temor se me pasó poco a poco hasta que Mazón me situó delante de ella. En ese momento el corazón me golpeó el pecho con fuerza.
- Oye, te presento a Stephen.

Comencé a temblar visiblemente. Estaba seguro de que no lograría pronunciar ni dos palabras cuerdas.
- Ahora no tengo tiempo -dijo ella con desdén.
Mazón captó la indirecta y me cogió del brazo para que nos alejáramos.
- Vamos, que es una imbécil -dijo.

Yo no me lo creí. Sin motivo alguno no me lo creí. Me quedé ahí pasmado. Contemplando a Cristina que se estaba incomodando visiblemente por mí presencia. Llevaba un año seguido observándola y enamorándome perdidamente de ella. Y cuando había tenido el valor de conocerla, ella simplemente no quería conocerme. No podía ser. Seguro que había entendido mal todo lo ocurrido. Ni siquiera Mazón me había cogido del brazo, sí, era eso.
- Hola. Soy Stephen -dije dándole un beso en la mejilla.
Ella se quedó petrificada. Observando como la saludaba.
- ¿qué haces? -me dijo con una risa en los labios- ¿Qué haces? -repitió con un tono de desprecio.
Linda empezó a reírse.
- Saludarte.
- Que no te quiero conocer he dicho -dijo ella sádicamente.

Yo no pude creérmelo. ¡No quería conocerme! A mí, que me había labrado una cierta popularidad. Y había esperado a tener más popularidad para que me la presentaran. La había apreciado e idolatrado durante muchísimo tiempo. Y ahora descubría que era una antipática y que despreciaba a la gente.
Me enfurecí. Las venillas de las sienes se me marcaron. Los ojos se me inyectaron en sangre. Apreté con fuerza los dientes y mi rostro mostró una ira profunda.
Cristina dio un paso atrás.
- Márchate bicho.

Linda rió con más fuerza y no esmeró en taparse la boca.
No pude controlarme. Esa humillación no estaba a mi alcance. Había perdido toda cordura.
- ¡Serás Hija de Puta! -grité
A cristina se le dilataron los ojos.
- ¿Como has dicho?

Agarré con fuerza el vaso, estrujándolo hasta que me estalló en las manos.
- ¡Hija de puta! -chillé escupiendo cascadas de saliva.
Le quité un vaso medio lleno que tenía Linda en la mano y lo agarré con fuerza. Lo levanté en el aire y lo rompí en la cabeza de Cristina. El vaso de cristal le estalló con fuerza en su despreciada cabellera. La sangre se divisó en su pelo al instante.
- ¡Hija de puta! -chillé agarrándola de la cabeza.
Cristina intentó cogerme la mano. Mazón estaba petrificado mirándome, no se lo creía. Linda había enmudecido de terror. La gente se quedó mirándonos, y los que estaban de espalda se volvieron.
Cogí la cabeza de Cristina y la golpeé contra un poste metálico que estaba a su lado. Le aplasté la cabeza contra el poste una y otra vez. En total unas diez veces hasta que la gente se abalanzó sobre mí.
Veía a Cristina en el suelo boca abajo. La sangre ensuciaba el suelo con rapidez.

5

Cristina murió. Los huecesillos de la nariz se le incrustaron en el cerebro a causa de los impactos contra el poste. Los médicos dijeron que murió al cuarto golpe y que ni siquiera se enteró del dolor. Pasé dos años en un correccional y salí de allí con diecisiete años. Logré engañar a los psicólogos haciéndoles creer que estaba arrepentido de lo que hice, sin embargo, nunca me arrepentiría. Tuve que buscarme la vida ya que mis padres no quisieron saber nada más de mí. Desde el momento en que Cristina me despreció, odie las mujeres. Y seguiré odiándolas hasta el día de mi muerte.

LA FERIA DEL DIABLO

La gente se paseaba tranquilamente por la feria. Escudriñando los tenderetes, observando las atracciones. Los más pequeños disfrutaban con ellas, y los no tan pequeños también.
Móra La Nova es la ciudad donde se celebraba dicha feria. Cada año se llenaban tres calles enteras con atracciones y tenderetes. El poli deportivo era inundado con tiendas de todo tipo. La escuela servía de concesionario improvisado. Todo el mundo salía a divertirse: El muchacho que en la máquina del gancho intentaba cogerse un reloj mientras hacía creer a su novia que intentaba conseguirle el osito de peluche… El chico que se compraba petardos y los lanzaba en medio de la calle asustando a la gente… El abuelo que paseaba nostálgico recordando el día en que nació la feria. Probablemente habría miles de historias que contar. Dignas de rellenar un buen libro repleto de cotilleos y curiosidades. Los chicos gamberros no se quedaban atrás, pues también rondaban por la feria. Siempre hay gamberros pensará todo el mundo. No obstante, lo que empezó como un juego para un chiquillo, terminó con la muerte de todos los asistentes a la feria.

Alfonso reía bajo la ventana. Su calle estaba inundada por la feria, y Alfonso lo aprovechó para sus trastadas.
Corría un día de sol intenso que se adhería a los ropajes de la gente. El suelo, como de costumbre, estaba lleno de papeles, propagandas y basura en general. La multitud pasaba por debajo de los perturbados ojos de Alfonso sin verlo.
¡pam! Se oyó. Una bolita diminuta de color blanco como la leche salió disparada de una ventana. Se desplazó por los aires en línea oblicua hasta que impactó a toda velocidad contra las gafas de un Anciano solitario. La bolita le dio en el reborde que sujetaba el cristal y éste dio un saltito despojándose de las gafas. Cayó al suelo agrietándose al instante.

El anciano notó algo, como si le tiraran una piedrecilla, pero no le dio más importancia . Recogió el cristal agrietado y siguió andando solitario.
Agachado debajo de la ventana, Alfonso reía con una mueca cruel en sus labios. Sus ojos mostraban unas diminutas venas de sangre que se extendían por las pupilas, el lirio reflejaba un volcán en su interior.
Alfonso se hartó. Llevaba media hora usando la pistola y mucha gente había sido herida. Pero sentía ansias de hacer más daño. La pistola con balas de plástico le parecía un juego de niños.
<< Si, debes hacerlo, busca algo con que hacer daño. Ellos te buscarán y te harán daño si no atacas tu primero -una voz sonaba en su sonada cabeza >>.
- Ellos, jajaja -rió jocoso- tengo que... hacer… algo ¿yo? Si claro que sí, jajaja.
Bajó. Bajó al piso de abajo. Se encaminó hacia la cocina. La escrutó al completo. Abrió un armario de vidrio, su madre era una adicta al vidrio podría decirse. Coleccionaba hasta calcetines de cristal.
Sacó vasos y más vasos del armario. Los subió arriba, abrió la puerta de la terraza y posó los vasos en el suelo. Cuando tuvo bastantes vasos dejó el armario cerrado y volvió a subir.
- Yo… no puedo hacerlo. No puedo.
<< Eso lo decidiré yo -dijo la voz dentro de su cabeza >>.

Alfonso se convulsionó unos segundos y paró de repente. Erguido y con el rostro apaciguado sus ojos habían perdido la rojez de las pupilas y el lirio. Ahora eran los globos blancos de sus ojos los que enrojecían, estaban inyectados en sangre. Su aspecto transmitía un aspecto de demente y psicópata.
Cogió un vaso y lo lanzó vertical con toda su fuerza. El vaso voló hasta confundirse con el sol. Una estrellita reluciente se reflejó mientras caía a velocidad estrepitosa. Cayó contra el suelo. Estalló en mil pedazos y los cristales salieron dispersos en un radio de 15 metros. Cristales se hundieron en la carne de chicos y chicas cortándoles el rostro, las piernas, los brazos y todo lo que se les puso por delante.
- Jua jua jua -emitió una carcajada que los heridos lo oyeron. Se estremecieron todos.
Alfonso agarró con tanta fuerza otro vaso que le explotó e la mano. Los vidrios se le clavaron e incrustaron en la mano. La sangre chorreó con rapidez ensuciando el suelo. No le importó.

Cogió otro vaso, esta vez no estalló. Se puso en cuclillas y se impulsó hacia arriba. Dio un salto magistral a la vez que el vaso se le escapaba de las manos a una velocidad estremecedora. Iba mucho más rápido que el anterior.
Dio en el blanco. El Vaso explosionó contra un policía. Le atravesó la gorra que llevaba posada con delicadeza y llegó a su cabeza. Allí estalló en mil pedazos. Varios de ellos se clavaron en el cráneo del policía. Los trozos restantes desgarraron la cara de miles de personas que aún seguían en el mismo lugar.

La gente comenzó a correr espantada, con el pánico haciendo palpitar su corazón a diez mil por hora. Los humanos corrían. Se pisaban, caían unos encima de otros. Los niños lloraban, las madres gritaban. Los que caían eran aplastados por los pasos histéricos de las demás personas. Un ola humana intentaba huir.
- No, no señor, No lo permitiré
La terraza le escondía porque una pared se erguía un metro por encima de su cabeza. Detrás de la pared un tejado se extendía un par de metros.
Alfonso no se lo pensó.
<< Nadie debe huir >>.
-Es verdad
Saltó agarrándose a lo alto de la pared. Hizo fuerza, desgarrándose los pantalones y la ropa hasta que al fin consiguió subir al tejado.
- ¡Maldita sea! ¡Los vasos!
<< Yo te los traigo >>.
Extendió la mano. Movió los dedos invitando a que los vasos vinieran con él. Uno de ellos le hizo caso y se acercó hasta caer al tejado junto a su lado. Se aferró a él y se lo apretujó contra su pecho.
<< Se escapan >>.
- No lo harán

Se levantó. Apuntó con el vaso como si llevara un lanzagranadas. Lo lanzó con tanta fuerza que impactó contra la multitud, atravesando la espalda de un hombre y saliendo por su vientre golpeó la cabeza de un chiquillo y éste se desplomó casi inerte al suelo.
Murió aplastado entre gritos y lloros de la gente que huía aterrada.
- ¡Allí arriba! -chilló una mujer señalando a Alfonso.
Multitud de personas se volvieron para contemplar al muchacho. En él vieron un joven con la mano envuelta en sangre. Con una postura psicópata, una mueca de ira homicida y con los ojos poseídos por el diablo. Los gritos resonaron entre la multitud y corrieron más y más. Golpeándose entre ellos, cayéndose encima los unos de los otros. Cuatro niños fueron aplastados y murieron agónicamente.
<< No deben escapar >>
- ¡No escapareis! -aulló.
Corrió hacia la ventana. La ventana que había utilizado para disparar con la pistola de bolas. Golpeó el cristal y arrancó un buen trozó cortándose la mano con cortes profundos. La sangre comenzó a colorearle sus pantalones.
Cogió el cristal como un vúmeran. Lo impulsó de atrás a delante. El cristal salió disparado contra la multitud.

Testigo ocular 1, 1 de Diciembre de 2005
El cristal, con forma puntiaguda y alargada me pasó por encima de la cabeza. Era una auténtica guillotina… Cortó cuanto encontró a su paso: cabezas, brazos, pies… Fue una auténtica masacre.
Fin: (el sujeto no pudo continuar, se mordió la lengua en un ataque de epilepsia y se murió al instante)

Victorioso alzó sus manos vociferando un grito de guerra. Sus pies se movieron. Primero lentamente y después despacio. Su tejado estaba contiguo al de ocho casas más. Sus pasos se movieron con más rapidez. Parecían un rastro borroso. Alfonso corría por el tejado mirando a los humanos heridos. Corrió y corrió con una velocidad infernal. Se desvió hasta el final del tejado y saltó. Saltó en dirección al público. Se elevó por los aires y entonces fue cuando…

Testigo ocular 2, 1 de Diciembre de 2005:
En los aires se detuvo. Empezó a cambiar. Su piel bulló, las ampollas se le formaron en la carne y gotas ácidas cayeron al suelo, la gente que estaba debajo fue traspasada completamente por las gotas.
FIN: (el sujeto no pudo continuar. Murió de un infarto)

El cuerpo se enrojeció. Sus manos se agrandaron, sus pantalones se desgarraron ante los prominentes músculos que salían de sus piernas. Su camisa estalló en los aires, y su pecho flácido se convirtió en un pectoral voluminoso. Su espalda se desgarró y sangró. La sangre se derramó encima de la gente.

Testigo ocular 3, 1 de Diciembre de 2005:
Co...Corríamos y oía gente gritar. Cuando me di cuenta un chorro de sangre provinente del cielo se derramó sobre mi brazo (mostró el brazo amputado). Y ya ve…
Fin: (El sujetó ardió ante todos como si lo hubieran rociado con NAPALM.)

Las alas le salieron de la espalda. Unas alas fuertes y macizas se extendían a lo alto del cielo.
Alfonso se fue volando para no volver nunca más.

Último testigo superviviente (JHOONY KEEPER), 1 de Diciembre de 2005.
Arranqué mi coche al oír gritos dentro de la feria. No se porque lo hice. Pero huí haciendo rugir el motor y acelerando tan rápido como pude. Vi un río de lava cayendo del cielo. Me quemó la parte trasera del coche y volqué. Cuando desperté no notaba na…

MANICOMIO PERE MATA:
- ¡Les digo que es verdad! Tienen que creerme
- Seguro Jhoony…
- Ardierooon, Ardieron todos delante de mí cuando les contaba lo que ocurrió, todo esta destruido, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡ardierooon delante de mí!!!!!!!!
- Te entiendo Jhoony
Jhoony entró en la celda. La puerta hermética se cerró dejándolo a la vista por un pequeño cristal que se encontraba encima de la puerta.
- Seguro Jhoony -Rió- El cristal de la puerta estalló disparándose contra Jhoony. Su cuerpo fue clavado contra la pared por miles de trozos de cristal.
Alfonso disfrazado de médico sonrió.
- EL DEMONIO SIEMPRE GANA

PAQUITO Y SU OSCURA VIDA

Me llamo Paquito Serra. Tengo 35 años. Estoy casado con una mujer: María, a la cual le he dado una hija y un hijo. Los dos tienen actualmente cuatro y seis años. María cumplirá pronto los 38. Nos conocimos en Venecia. Yo iba con unos amigos a pasar una semana en ésta magnífica ciudad italiana. Allí nos encontramos con gente española. Entre ellos estaba María. Congeniamos perfectamente y empezamos a salir dos semanas después. Teníamos tan solo 22 años cuando comenzamos nuestra relación. A los 25 nos casamos. A los 29 tuvimos nuestra primera hija. A los 31 nuestro primer hijo. Trabajo en una agencia de Viajes en calidad de administrativo. Mi mujer es la directiva de una empresa de limpieza. Nuestras hijas van a un colegio muy cercano, a dos manzanas de nuestra casa. Nuestra morada, esta muy bien, tiene dos pisos y todo lo que una familia necesita para vivir en un buen hogar.

Mido 1,70 tengo un aspecto fláccido. Mi cabello es oscuro y descuidado. Mis ojos son de un color verde inocente que resalta mi aspecto juvenil.
Me gusta ir bien aseado y correctamente vestido. Me gusta combinar adecuadamente la ropa que me pongo. Me ducho cada mañana antes de ir al trabajo y al volver de él. Los fines de semana trabajo como voluntariado en un centro de la tercera edad, haciendo de una especie de bufón moderno. Trabajo de 9:00 a 13:00 y de 15:00 a 17:00. Mi remuneración, junto con la de mi mujer, nos permite vivir decentemente. Después de todo lo que habrán leído no sé si les caeré bien o mal. A primera vista parezco una persona normal con una familia normal. Mi familia lo es. Pero puedo asegurarles que yo no lo soy, en absoluto. Mi mujer cree que me conoce, pero no sabe nada de mi lado oscuro.

Me place pasear por las noches cuando la luna apenas alumbra las calles. Me gusta andar por barrios marginales y oscurecidos. Siempre le digo a mi mujer que voy a jugar a las cartas con los amigos en casa de un compañero de trabajo. Pero no hago eso. Lo que hago es pasear desde las 10:30 hasta las 12:30. Mi horario para caminar está cronometrado al milímetro. Camino por las calles oscuras con mi maletín y vestido con una gabardina negra que me pongo sólo para la ocasión. Un sombrero elegante enfunda siempre mi cabeza en dichos paseos. Ando y ando observando cuanto me rodea: las farolas estropeadas que no reflejan ningún tipo de luz en el suelo, las casas casi en ruinas; el silencio sepulcral que invade las calles por donde paseo. Y lo que más me gusta, los mendigos. Esos moribundos, normalmente, viejos, que duermen entre cartones y con una botella de vino bajo el brazo. Me gusta acercarme a ellos. Siempre se me quedan mirando con los ojos humedecidos y extendiéndome la mano.

- Una limosna por favor

Suelen pedirme. Yo les sonrío. Me acuclilló delante de ellos con mis manos abrigadas en guantes de látex de doble capa. Abro el maletín. Su interior queda solo visible para mí. Solo yo veo lo que contiene: Guantes de látex, un cuchillo de cocina que mide 20 centímetros (lo robé en una tienda) y un frasco con 100mililitros de gasolina, que está en un pote que uso a modo de Spray.

En mi maletín también llevo un mechero de plata que me costo 1000 uros en una joyería de prestigio. Le he puesto un nombre al mechero: "Martín". No sé porqué se lo puse. Simplemente pensé que era un buen nombre para un mechero. Mi mujer no conoce en absoluto la existencia del maletín. Pues lo guardo en las golfas dentro de un baúl cerrado con candado.

El anciano me extiende la mano con más ímpetu al ver que me quedo observando el interior del maletín y no me decido a darle ninguna limosna. Al cabo de un momento emite un chillido ahogado. Siempre lo hacen. Lo hacen cuando ven como saco cuidadosamente el cuchillo, que siempre lavo unas 10 veces antes de utilizarlo.

Se reclinan contra la pared y mueven las manos frenéticamente como para protegerse:
- Por favor, no -suelen decir, o-: tengo hijos, no lo haga.
A mí, todo eso no me incumbe. Son escoria y como escoria tienen que morir.

Sacó mi cuchillo y lo agarró fuertemente por el mango. Dejó el maletín cuidadosamente a un lado para que no se manche con la sangre del despreciable moribundo y me levantó. Si gritan les apuñalo instantáneamente. Si suplican perdón me lo tomo con más calma. Me agacho un poco y alzó el cuchillo para bajarlo al instante a una velocidad más que considerable. Lo hundo en el estómago del sucio mendigo una y otra vez hasta saciar mis ansias. Suelo propinar entre 10 y 20 puñaladas, no más. Excepto un día en que un mendigo me insultó. Esa vez incluso me ensucié con su sangre. Pues le asesté 120 puñaladas y quedé completamente empapado. Por lo general suelo controlarme, pero esa vez se me escapó de las manos.

Cuando terminó de apuñalar a la escoria, limpio el cuchillo con un pañuelo y se lo lanzo encima del indigente. Siempre me cercioro de que no haya huellas digitales de ningún tipo por donde yo paso.

Después extraigo cuidadosamente del maletín, el pote con gasolina y el mechero. Rocío al mendigo como si le echara perfume por todo el cuerpo hasta que se me vacía el pote. Después enciendo el mechero y se lo acerco a la cabeza hasta que sus cabellos arden en llamas. Cuando he acabado con la vida del moribundo me quedó observándolo un rato.

Sus ojos alicaídos, sus mejillas que empalidecen con rapidez, y sus brazos posados sin vida contra el suelo. Contemplo como el fuego se propaga por todo su cuerpo hasta que queda chamuscado.

Me siento poderoso por haber quitado de la civilización a esa escoria.

Después de observar el cuerpo sin vida del indigente, meto el cuchillo en el maletín y lo cierro. Paseo un rato más por los alrededores hasta que se hace la hora y vuelvo a casa. Allí me espera mi mujer, en la cama. Primero lavo el cuchillo diez veces y dejo el maletín en su escondrijo. Cuando he terminado voy a la habitación de mis hijas, les doy un beso y luego me voy a dormir con mi mujer. Si esta despierta le digo que la amo y hacemos el amor si ella quiere.

Ya ven que mi vida parece normal, excepto por mis crímenes. No puedo evitarlo, es como el tabaco o como la droga. No puedo dejarlo. Es una necesidad que me pide el cuerpo, un vicio que tengo que saciar, al menos una vez al mes. A veces me cogen arrebatos y termino matando a skinheads, hippies o cualquiera que me encuentre en las lúgubres calles por donde paseo. Llevo dos años matando a indigentes y algún que otro transeúnte normal. Mi lista de víctimas haciende a 23.

Colecciono recortes de periódico donde muestran la noticia del asesinato que he cometido. Los guardo en un álbum de fotos que escondo dentro del baúl, junto a mi maletín.

Ahora he comenzado a estudiar la carrera de criminología a distancia. Lo hago con el nombre de mi mujer y ella no sabe nada. Quiero cometer crímenes más atroces. Pero para ello estoy esperando a terminar la carrera a distancia y haberme informado de muchas cosas sobre el tema. En un futuro pienso cometer muchísimos asesinatos y salir impune. Eso si no me detienen antes… Pero lo veo difícil con la penosa tarea policial que se lleva a cabo. En Madrid me conocen como "el pirómano de los pobres", puesto que mi firma es dejarlos calcinados. Con los transeúntes normales no lo hago, más que nada para despistar. Bien, ahora ya saben que tengo un problema. No puedo controlarlo. Mis impulsos homicidas no se pueden curar con un par de días. He estudiado sobre el caso y creo que es genético. Ahora díganme señores, ¿puedo curarme? La sociedad cree que la gente como yo, asesinos en serie o psicópatas, matan porque quieren. Pero es totalmente falso. También se dice que matan porque de pequeños sufrieron maltratamientos psíquicos o físicos. Eso es mentira. Mi padre me propinaba palizas a menudo y mi madre abusaba de mí. Pero eso no influye para nada en mis actos. Pienso que tengo una enfermedad grave y no pararé de matar hasta que me atrapen. Si eso ocurre algún día no sabré que decirle a mi mujer y a las personas que me rodean. Pues ellos me ven como una persona inocente, pulcro y de buen corazón. Me ven como el Jesús de los cristianos, como la ONG del tercer mundo, como el espíritu santo.

 

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