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RELATOS


Por Eddy Alexander Rodríguez


LA SUERTE DE LA NIÑA QUE VENDE SANDÍA

Una mañana la pequeña María fue despertada muy temprano por los gritos tradicionales de su madrastra desde el otro lado de la puerta. Atravesó la humilde habitación de lámina y madera frotándose los ojos, cruzó la sala pasando entre los muebles hasta llegar a la cocina donde la señora espera. Le ordena que se vista porque tiene que ir a vender las rodajas de sandía, como siempre lo hace, día tras día y con la responsabilidad pavorosa que no le dan comida hasta que no logre vender todo. Puesto su vestido de princesa triste, sus zapatitos gastados de cuero negro y un suéter de lana rosa, regresa a la cocina, toma el plato con las nueve rodajas de sandía sobre la mesa, se despide y se marcha a venderlas de casa en casa por todo el pueblo. Pero se llegan las diez de la mañana y no ha logrado vender una sola rodaja, hace un calor de ya no aguanto un segundo más, tiene mucha hambre y le duelen sus piecitos de niña de nueve años por tanto caminar. Cuando regresaba vio como a la orilla de la calle de tierra un billete de cien quetzales se abatía contra el viento debajo de una piedra muerta, se acerca disimuladamente, pisa el billete, mira hacia ambos lados y no hay nadie viéndola, se agacha y toma el dinero. Luego llega bajo la fresca sombra de un árbol de flores secas y se sienta a descansar, como ya no puede más contra el tronar de sus tripas, se come todas las rodajas de sandía. Vuelve a casa con el estomaguito lleno y sin apetito alguno, le entrega el dinero a la señora y le miente diciendo que es producto de la venta y se tira completamente exhausta sobre el viejo sofá. La madrastra se alegra descaradamente, sale del cuarto y regresa con otro plato de sandía recién pelada y le dice “Levántate, que hoy estas de suerte”.

Fin.

-A mi pequeña María-

LA SUERTE DE LA NIÑA QUE VENDE SANDÍA

Como todos los días, la pequeña Dulce abandonó su cama al escuchar los primeros cantos del gallo encaramado en el techo de la casa, y sus pies descalzos se estremecieron al tocar el piso de tierra y sentir el frío que se había acumulado durante toda la noche. En medio de la habitación en penumbra se puso su vestido percudido, sus desgastados zapatos de cuero negro y un suéter muy viejo que tenía las mangas y los codos descocidos. Con el agua helada de la pila se lavó la cara, y caminó pasando entre los cultivos de sandía, las fragantes flores del jardín, las jaulas de los animales domésticos y las perezosas vacas echadas sobre los matorrales del patio.

Dentro de la cocina le dio los buenos días a su desalmada madrastra, se despidió tomando de la mesa el plato con las rodajas de sandía y se marchó a venderlas de puerta en puerta por todo el pueblo con la sufrida obligación de vender hasta la última rodaja antes de poder desayunar.

Bajo un calor ardiente de verano, con su frente humedecida de sudor, con sus piernas adoloridas por tanto caminar y aguantándose la sed y el hambre, regresaba triste y muy preocupada porque no había logrado vender una sola rodaja. Pero al pasar por una de las últimas calles se encontró un billete de cien quetzales que el viento abatía debajo de una piedra. Llegó bajo la refrescante sombra de un gran árbol, y como ya no podía más contra el tronar de sus tripas se comió todas las rodajas de sandía.

Volvió a casa con el estomaguito inflado como sapo y sin apetito alguno. La señora se alegró mucho al notar el plato de porcelana blanca en limpio, y Dulce le entregó el dinero mintiendo que era producto de la venta y se tiró completamente exhausta sobre el sofá de la sala. La madrastra salió del cuarto y retornó trayendo en sus manos otro plato de porcelana, con otras rodajas más de sandía recién pelada y le dijo “Levántate, que hoy estas de suerte”

Fin.
Para C. Jesús. R. L.
Guatemala, abril de 2008

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